ENVENENADO - WEIRD TALES (1923)

ENVENENADO - WEIRD TALES (1923)

 Otro Relato Fantástico del autor de “El Demonio de las Serpientes” y “El relicario de Teca”. 

ENVENENADO

Por FARNSWORTH WRIGHT 
Título original: POISONED
Weird Tales | Volumen 2 | Número 4 | OCTUBRE 1923
Pp. 70-73

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Fue una disputa trivial la que rompió la amistad de toda la vida entre Aubrey Charles, el abogado, y Aubrey Leclair, el boticario.  

“Busca a la mujer”, dice el viejo proverbio. No fue una mujer la que causó la disputa entre los dos Aubreys, pero sí fue a causa de una mujer que la brecha se ensanchó y la amistad se tornó en odio. De ese modo, el proverbio se justifica una vez más.  

—La carta sobre la mesa es jugada, Aubrey —dijo Charles, cuando Leclair arrojó un rey sobre el as del primer jugador.  

—No seas tonto, Aubrey —replicó Leclair—. Yo quería jugar mi dos. Cualquiera en su sano juicio sabría que jamás pondría mi rey sobre tu as.  

—La carta sobre la mesa es jugada, Aubrey —repitió Charles, con una inflexión creciente en la voz—. No es culpa mía que juegues como un necio.  

Leclair lanzó sus cartas al aire, tomó su sombrero, abrió la boca como si fuera a hablar, y luego salió pisando fuerte de la oficina del abogado sin pronunciar palabra, cerrando la puerta de un portazo.  

Ya habían ocurrido antes estallidos de mal humor, siempre debidos al hábito de Leclair de retirar sus cartas después de jugarlas. Charles había jurado muchas veces que nunca volvería a jugar con Leclair. Pero la pareja era inseparable, y al día siguiente siempre volvían a lo mismo, con el boticario retirando sus jugadas tan descuidadamente como siempre.  

Leclair salió furioso a la calle, angustiado más allá de toda medida porque Aubrey Charles valoraba tan poco su amistad como para insistir en una jugada tan obviamente ridícula. Aubrey Charles, sentado en su despacho interior, se reprochaba su irritabilidad y se preparaba una vez más para tragarse su orgullo, como ya lo había hecho en varias ocasiones. Había sido irrazonable, y lo sabía.  

—¡Pero tenía razón, el idiota! —exclamó en voz alta, golpeando el escritorio con furia resentida—. La carta sobre la mesa siempre es jugada. ¡Dios mío! ¿Debo estar siempre mimándolo para conservar su amistad? 

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Allí la disputa podría haber terminado, de no ser por Mazie Lennox, quien había cuidado a ambos Aubreys durante la gripe y estaba comprometida para casarse con Aubrey, el abogado. Aubrey Charles, dispuesto a ceder y tragarse su orgullo, aunque aún lleno de agravios, tomó el teléfono para llamar al otro Aubrey y disculparse, cuando se le ocurrió que el boticario difícilmente habría tenido tiempo de llegar a su farmacia. Así que llamó a Mazie en su lugar.  

En vez de una disculpa contrita por teléfono de parte de Aubrey Charles, el boticario recibió una severa reprimenda de Mazie Lennox. Fue Mazie quien lo llamó primero, antes de que el abogado lograra comunicarse.  

—¿Qué demonios quisiste decir con salir pisando fuerte de la oficina de Aubrey y esparcir tus cartas por todas partes? —lo increpó—. Aubrey, estoy francamente avergonzada de ti. ¿No tienes más sentido común que dejar que una diferencia en un juego de cartas provoque una pelea entre tú y Aubrey? ¿Qué te pasó?  

—Pero Aubrey quería que tirara mi rey sobre su as —exclamó Aubrey el boticario, escandalizado.  

Al sentimiento de agravio que ya guardaba contra Charles se añadió ahora una sensación de ultraje personal porque Charles había contado a Mazie la disputa. Leclair no sabía que en ese mismo momento el otro Aubrey intentaba llamarlo por teléfono para pedirle perdón y reparar la ruptura entre ellos.  

—Me trató como si fuera un niño travieso, y se enojó porque no quise regalarle el juego dejando que la jugada equivocada quedara. Me llamó necio.  

—¿Y qué si lo hizo? —dijo Mazie—. No puedo permitir que los dos mejores amigos que tengo en el mundo se peleen. Ahora escucha, Aubrey. Voy a Klickitamas esta noche por el fin de semana. Tú y Aubrey, ambos, deben seguirme mañana y olvidar sus diferencias. Simplemente no voy a permitir que se peleen. Eso es definitivo.  

Con eso colgó, dejando a Aubrey el boticario agitando el teléfono e intentando recuperarla, secándose el sudor de la frente mientras esperaba su respuesta. Pero Mazie ya iba camino a la oficina del otro Aubrey para salir a cenar con él antes de partir hacia Klickitamas.  

Demasiado orgulloso para rechazar la invitación de Mazie, demasiado enojado para llamar a Aubrey Charles, Aubrey el boticario dispuso ausentarse de su farmacia durante el domingo, y al mediodía siguiente tomó el tren hacia Klickitamas.  

Una palabra o dos por teléfono de Aubrey el abogado, quien sin duda estaba en falta, habrían calmado sus sentimientos heridos y evitado toda la tragedia que siguió.  

Pero Aubrey el abogado odiaba quedar en falso. La dignidad era para él un fetiche, ante el cual rendía culto. Era su principal carta de presentación. No había en todo el país un hombre que causara una impresión más imponente en el tribunal. Siempre vestido de manera costosa pero conservadora, con porte erguido, semblante serio y noble, realzado por un bigote recortado que lo hacía parecer mayor de lo que era, impresionaba a los jurados con su sola presencia. Incluso sus juegos de cartas con Aubrey el boticario se realizaban siempre en el despacho interior del abogado, pues Aubrey Charles no deseaba que el público lo viera en sus momentos de relajación, cuando se rebajaba a un pasatiempo tan trivial como jugar a las cartas.  

Por lo tanto, Aubrey el abogado, que en el primer impulso de contrición por la disputa había intentado llamar a Aubrey el boticario, ahora esperaba que el boticario diera el primer paso hacia la reconciliación. Entonces se disculparía, pero su dignidad quedaría a salvo si Leclair lo llamaba primero. No podía ir a Klickitamas. Si telefoneaba al boticario y se lo decía, sabía muy bien que el boticario también se abstendría de ir. Pero parecería una admisión de que temía dejar a Mazie con Leclair durante el fin de semana. ¿No pensaría Leclair que esa era la única razón que lo impulsaba a llamar y disculparse? Razonando así, Aubrey el abogado se abstuvo de telefonear a su amigo, y Aubrey el boticario fue solo a Klickitamas.  

Aubrey Leclair, como el amigo más cercano y confidente del otro Aubrey, consideraba a Mazie una compañera, pero nada más, pues era la futura esposa de su amigo. Le gustaba mucho Mazie, y solía seguirla con la mirada por la habitación, deleitándose con su bien ajustado uniforme de enfermera, su boca expresiva y sus misteriosos ojos castaños, cuando se recuperaba de la gripe. Pero desde el principio ella y el otro Aubrey se habían atraído mutuamente. Habían salido juntos después de que los dos Aubreys salieran del hospital. Aubrey el boticario era el tercero, el amigo de ambos, y había aceptado el amor de sus dos amigos como algo natural. Era leal a su amigo Aubrey Charles, y se alegraba de verlo conquistar a una chica tan valiosa como Mazie.  

Pero esa noche todo parecía distinto. El hechizo de la luz de la luna y el agua despertó en él una locura primaveral, y deseó a la muchacha para sí. Sus ojos invitaban a confidencias, y su tono era de amistad tierna. Su rostro estaba cerca del suyo. El sentido de lealtad hacia su amigo—el amigo que lo había herido—se disolvió como uno de sus propios fármacos, en el agua y la luz de la luna. Sus labios encontraron los de ella. Mazie se apartó y rió, suavemente, nerviosa.  

—Por poder —dijo—, lo disfruté. ¿Me lo diste por Aubrey Charles o por Aubrey Leclair?  

Apenas había rozado sus labios con los suyos, pero el estremecimiento y la promesa de aquel leve beso lo embriagaron, y el calor de sus labios encendió su sangre.  

—Puede que haya sido por Aubrey Charles —exclamó, con voz entrecortada por la emoción repentina—, pero este es de Aubrey Leclair.  

La estrechó fuertemente contra su pecho. Una y otra vez la besó, en la garganta, los labios, los ojos. Ella no luchó, sino que permaneció lánguida en sus brazos, muda, impotente, asombrada por esa traición de su amigo hacia su amigo, mientras él, con palabras ardientes, declaraba la fuerza de su propio amor.  

—No Aubrey Charles, sino Aubrey Leclair —repitió—. Fui leal a Aubrey mientras él fue leal conmigo, pero ha roto conmigo por nada. Me niego a cederte a él.  

—¡Aubrey!  

La voz de Mazie resonó, a la vez airada y suplicante.  

—¡Aubrey, te das cuenta de lo que estás haciendo?  

Le mostró la mano frente a los ojos. Un gran diamante brillaba a la luz de la luna. Aubrey el abogado lo había colocado en su dedo. El destello de aquel diamante de compromiso fue para Aubrey Leclair como un trozo de hielo sobre el corazón. La locura primaveral aún lo poseía, pero había sido tocada por el rigor del invierno.  

—¡Mazie! —exclamó.  

Su voz sonó lejana y distante, como un susurro siniestro de labios malignos.  

—¡Mazie, no puedo dejar que te cases con Aubrey Charles! ¡Tú, con tu pureza, tu dulzura! ¡No debes! He estado junto a Aubrey, pese a mi conocimiento de ciertos hechos que ha mantenido ocultos al mundo, porque un hombre ve tales lapsos de manera muy distinta a una mujer. ¿Has oído hablar de Lena May?  

Mazie le tapó bruscamente la boca con la mano, como para silenciarlo. Luego se apartó de él y se liberó de su abrazo.  

—¿Lena May? —exclamó, poniéndose de pie y enfrentando a Aubrey con desesperación. Incluso a la luz de la luna Aubrey notó lo pálida que estaba.  

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—¿Qué tiene que ver Lena May con Aubrey?  

—Pregúntale a él —respondió Aubrey Leclair—. No puede negarlo. No le daría cincuenta dólares cada mes para el sustento de su hijo si no fuera cierto. Yo he entregado el dinero a ella cada mes como recadero de Aubrey, pues no quiere que se le hagan cheques a su nombre, con los que luego pueda ser chantajeado. Tú llevas el anillo de Aubrey, pero es Lena May quien debería llevarlo.  

Un fuerte estremecimiento de repulsión sacudió a Mazie.  

—¡Bestia! —exclamó—. ¡Sucia bestia! ¡Y te llamas su amigo!  

Ella huyó hacia la casa.  

El orgullo inflexible por un lado, el resentimiento y la locura primaveral por el otro: la ruptura se consumó en la larga amistad de los dos Aubreys.  

Mazie Lennox dejó de usar el anillo de Aubrey Charles. Un año más tarde se casó con el doctor Armitage, quien había sido amigo de su juventud. Tanto Aubrey Charles como Aubrey Leclair fueron invitados silenciosos a la boda. Ninguno había dirigido palabra al otro desde el día en que Aubrey Leclair salió furioso de la oficina de Aubrey Charles, esparciendo las cartas por la habitación al marcharse.  

El alto y digno abogado nunca había parecido tan frío y reservado como aquel día en que el tesoro de su corazón fue entregado a otro. El boticario, habitualmente jovial, estaba tan serio y reservado como el otro Aubrey. Su rostro era una máscara sobria.  

Aubrey Charles, el abogado, se marchó inmediatamente después de que el ministro pronunciara las palabras que hicieron del doctor Armitage y Mazie Lennox marido y mujer. Aubrey Leclair, el boticario, estaba aún más abatido que el otro Aubrey. No solo había perdido a la muchacha, sino que su traición a Aubrey el abogado le había hecho perder la amistad que valoraba más que cualquier otra cosa en su vida. Sentía que era culpable de toda la tragedia. Una disputa sin sentido había agitado la superficie tranquila de su camaradería con Aubrey Charles, y él, Aubrey Leclair, en lugar de encaminarse hacia aguas serenas, había destrozado deliberadamente la nave de la amistad y volcado el bote. Odiaba al otro Aubrey con todo el veneno de su naturaleza, con un odio que no se detendría ante nada. Pero en ese momento necesitaba aire. Se ahogaba en la atmósfera festiva de la boda, se hundía en el torbellino de sus propias emociones. Abandonó abruptamente la casa de la alegría, subió a su coche y dejó atrás la pequeña ciudad.  

Atormentado por sus pensamientos, torturado por los remordimientos, aguijoneado por el odio, apenas notó a dónde iba, hasta que oyó que lo llamaban por su nombre. Se detuvo junto a la acera. Se encontró en las calles de una ciudad a veinte millas de la suya. Era un amigo, un colega boticario, quien lo llamaba.  

Aubrey bajó de su coche y entró del brazo en la farmacia con el amigo que lo había llamado. Agradeció aquel breve respiro del tormento de sus pensamientos. Y allí se enteró de una noticia que primero lo golpeó con un punzazo de conciencia, y luego lo hizo arder de placer. Pues el boticario le contó, confidencialmente, que Aubrey el abogado había comprado un veneno fuerte para matar a un perro grande, o al menos eso había dicho al farmacéutico cuando lo adquirió.  

—¿Un perro? —exclamó Aubrey, algo sorprendido.  

—Un gran danés que ha tenido durante varios años —explicó el farmacéutico—. Dice que tiene un tumor y que le resulta necesario matar al perro. Le vendí el veneno porque es amigo cercano tuyo. Pero me sorprende que no haya acudido a ti.  

—Quizá —dijo Aubrey, pensativo—, quizá temía que yo estuviera demasiado encariñado con el perro y que insistiera en intentar curarlo. Muchas gracias.  

—¿Por qué? —preguntó el boticario.  

—Por venderle el veneno a mi amigo.  

Aubrey Leclair tenía ahora algo nuevo en qué ocupar sus pensamientos mientras conducía lentamente de regreso. Aubrey el abogado nunca había tenido un perro. Evidentemente no quería que Aubrey el boticario supiera que deseaba veneno, así que fue a esta otra ciudad para conseguirlo. Lo quería, entonces, para sí mismo. Estaba muy abatido, aunque su rostro y su porte en público no mostraban relajación alguna respecto a su habitual dignidad y reserva.  

En efecto, Aubrey Charles había comprado el veneno para darse muerte, pero su sentido de la dignidad le impedía llevar a cabo su intención. Le resultaba más fácil soportar las punzadas de la desesperanza que permitir al mundo asomarse a su corazón en una investigación forense. Esa escena inevitable se representaba en su mente cien veces. Siempre le costaba un escalofrío imaginar la curiosidad de su pequeño mundo de conocidos (pues ya no tenía amigos cercanos desde que Aubrey Leclair lo había abandonado) al enterarse de cómo Mazie Lennox lo había rechazado a causa de su relación clandestina con Lena May. Aubrey estaría muerto cuando se revelaran esas cosas, pero incluso su alma debía encogerse en humillación avergonzada al ver el mundo qué figura tan lamentable había sido. Así vivía con sus pensamientos amargos, y el veneno permanecía sin usar en un armario de su despacho interior.  

Aubrey Leclair, el boticario, privado del suicidio de Aubrey Charles, sentía que el destino lo había tratado cruelmente. Como el abogado, había sido despojado de su camarada y de su amada. Incluso la venganza le estaba negada. Así que cuando un asunto legal trivial que afectaba sus intereses hizo necesario que firmara ciertos papeles, acudió a la oficina de Aubrey el abogado para arreglar el asunto. Esta visita le daría la oportunidad de ver por sí mismo cuán profundamente sufría el abogado por su desastre compartido.  

Ninguna figura de bronce podría haber estado más rígida que Aubrey Charles cuando Aubrey Leclair entró en la oficina del abogado, salvo que esta figura abrió la boca y habló.  

—No te daré la mano, Aubrey —dijo la figura lentamente—. No deseo reavivar viejas amistades. Pero porque una vez fuimos amigos, tú y yo, te ofreceré una copa de vino, de añada anterior a la prohibición.  

La figura se movió majestuosa hacia el despacho interior. Aubrey el boticario, imitando la altiva reserva del abogado, permaneció con los brazos cruzados esperando su regreso. Tras la puerta cerrada del despacho interior, la altivez del abogado cayó de él como un manto. Febrilmente buscó un polvo blanco que había colocado allí semanas antes, en el momento del matrimonio de Mazie Lennox con el doctor Armitage. Al encontrarlo, lo vertió en una copa de vino, llenó la copa con vino y sirvió otra para Aubrey.  

Al regresar a la oficina exterior, colocó una copa frente a Aubrey Leclair. Ante sí puso cuidadosamente la copa envenenada. Su mano temblaba tanto que derramó algo de vino. Su frente estaba húmeda de sudor. Su gélida reserva se había derretido por completo. Aubrey el boticario aún permanecía con los brazos cruzados. Lentamente sacudió la cabeza.  

—Bebes demasiado, Aubrey —dijo el boticario.  

—No por amor al licor, Aubrey —respondió el abogado—, sino para olvidar la pena. Me has herido, Aubrey, pero te has herido igualmente a ti mismo. Bebamos.  

—Tú lo empezaste —dijo Aubrey el boticario, con frialdad—. No beberé contigo.  

—Quizá el vino sea demasiado fuerte —insistió Aubrey el abogado—. No eres un hombre de bebida como yo. Te traeré un poco de agua.  

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Aubrey el boticario no respondió. El abogado parecía desconcertado y reacio a abandonar la sala. El boticario seguía erguido, una estatua helada. Cualquiera que conociera a ambos, sabiendo de la digna reserva del abogado y la jovial camaradería del boticario, habría pensado que Aubrey Leclair era el abogado y Aubrey Charles el boticario. El abogado salió de repente de la oficina exterior y entró rápidamente en la interior. Aubrey Leclair lo oyó abrir la llave del agua. Al cabo de un minuto regresó con una jarra de agua y otro vaso. El boticario permanecía con los brazos cruzados como antes. Al parecer, las copas no se habían movido, pero el rostro de Aubrey Leclair mostraba un rastro de agitación, lo cual pareció satisfacer a Aubrey el abogado.  

—No agua, por favor —dijo Aubrey el boticario—. Lo beberé tal como está.  

—¡A la salud de Mazie Lennox! —dijo Aubrey Charles con voz vibrante, mirando con una extraña expresión de astucia y triunfo a Aubrey el boticario.  

Sin vacilar un instante, levantó su propia copa, la chocó contra la de Aubrey Leclair y la llevó a sus labios. Ambos hombres apuraron hasta la última gota. Aubrey Charles entonces quebró el tallo de su copa y la arrojó al cesto de basura.  

—Y ahora, a los negocios, Aubrey.  

El abogado había recuperado su calma habitual. Los dos hombres se sentaron. Aubrey Charles leyó en voz alta, muy lentamente, el documento que quería que Aubrey Leclair firmara. De vez en cuando lanzaba una rápida mirada al boticario. Siempre encontraba los ojos del otro fijos en su rostro. Se puso nervioso ante aquella mirada inmutable, y sus miradas al boticario se hicieron más frecuentes. La mirada de Aubrey Leclair nunca vacilaba.  

Un sentido de tragedia inminente atenazaba a Aubrey Charles. Su rostro se contrajo espasmódicamente. ¿Por qué? Intentó luchar contra la terrible duda que lo asfixiaba. Razonó consigo mismo así: Aubrey Leclair ha cambiado las copas de vino, tomando para sí la copa envenenada. Él cree que yo le di la copa envenenada, yo que él me la ha devuelto. Si no fuera así, ¿por qué me miraría de ese modo? Está buscando síntomas de envenenamiento. Pero es él quien ha bebido el veneno. ¿Por qué debería temer?  

De nuevo su rostro se contrajo. Se puso de pie de un salto. Un dolor agudo le atravesó el corazón. Vio a Aubrey el boticario relajarse de su intensa mirada y recostarse satisfecho en su silla. Una horrible sospecha incendió el cerebro del abogado. ¿Había estado Aubrey observándolo por la rendija de la puerta? Pero eso apenas podía ser. Otro punzazo le atravesó el corazón. Un fuerte estremecimiento sacudió su cuerpo. Se aferró a la mesa, falló, y cayó al suelo. Aubrey Leclair le sonrió.  

—¡Aubrey!  

Fue el abogado quien habló. Todo su cuerpo estaba convulsionado por el veneno.  

—¿Sí, Aubrey?  

El boticario volvió a sonreír.  

—¡Aubrey! ¿Tú… tú cambiaste las copas?  

La sonrisa desapareció de los labios de Aubrey el boticario mientras se inclinaba sobre su enemigo moribundo. Sus cejas se fruncieron con ira, y el odio se posó en su rostro como una nube oscura.  

—Sí, Aubrey, cambié las copas.  

La voz del boticario vibraba de triunfo.  

—Has caído en tu propia trampa mortal —continuó—. No bebí tu vino, porque sabía que lo habías envenenado. Mientras estabas en la oficina interior cambié las copas. No solo te di la copa que habías destinado para mí, sino que yo mismo envenené tu vino, para asegurarme. No dejé nada al azar.  

Ahora era Aubrey el abogado quien sonreía, mientras yacía convulsionado en el suelo.  

—Entonces nos volveremos a encontrar —dijo débilmente—. ¡Au revoir, Aubrey, pero no adiós! ¡Au revoir! ¡Au rev…!  

Hizo un último intento por levantarse, pero de pronto se desplomó de bruces. Su cuerpo se fue endureciendo lentamente.  

Aubrey Leclair no lo vio morir, pues de repente había quedado ciego. Tanteó hacia la mesa. Su pie tropezó con la cabeza de Aubrey Charles. Con un grito ahogado cayó sobre el cuerpo del abogado, y un momento después estaba muerto.  

✠═════ FIN ═════✠

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"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."


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