La Asombrosa Aventura de Joe Scranton [parte 2] - WEIRD TALES (1923)
La Última Entrega Emocionante de
La Asombrosa Aventura de Joe Scranton
Por EFFIE W. FIFIELD
Título original: The Amazing Adventure of Joe Scranton
Weird Tales | Volumen 2 | Número 4 | OCTUBRE 1923
Pp. 43-46
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CAPÍTULO SEIS
Una noche, después de cenar copiosamente, salí de la casa sin ser visto y me dirigí a una especie de cueva poco profunda que había descubierto bajo una roca saliente junto al mar. Era un lugar ideal para dejar el cuerpo de Jack Walsh.
Me encaminé directamente a mi propio hogar. Estaba cerrado y oscuro. Revisé cada habitación. Todas estaban vacías, salvo una, ocupada por la ama de llaves. Fui al establo. Los caballos estaban allí, y el cochero —que también era nuestro chófer— dormía plácidamente en su acogedora habitación del piso superior. El garaje estaba cerrado. Mi automóvil no había sido usado.
Regresé a la casa e intenté encontrar algún trozo de papel, una nota olvidada, cualquier cosa que pudiera decirme lo ocurrido, pero fue en vano. Luego fui a la casa del padre de Angeline, y allí, en la habitación que había sido suya de niña, vi a mi esposa. La lámpara ardía débilmente, y una enfermera estaba sentada junto al lecho.
Respiré una oración de agradecimiento al saber que Angeline había sido apartada de la presencia de mi enemigo, aunque comprendía que quizá me resultara difícil recuperarla. Era evidente que, como mujer, había resentido el trato de su supuesto marido y había regresado al hogar materno.
Pero ¿qué había sido de mi cuerpo? Fui a la habitación de Helen. Ella yacía tranquila junto a su esposo, quien se había incorporado sobre un codo y estudiaba con atención su rostro. Parecía muy desconcertado. Le habló, pero ella no respondió. La sacudió, pero no despertó. Vi de inmediato que se había astralizado, y que el coronel Saunders había descubierto que se hallaba en un estado anormal.
No dudaba de que Helen se hubiera astralizado. Tal vez había concertado una cita con mi enemigo. Lo más probable era que estuviera con él en ese mismo instante. De ser así, comprendería enseguida la verdadera situación y quizá podría ayudarme a salir de mi terrible aprieto.
—¿Y ahora qué? —murmuré—. ¿Debo intentar encontrar a Helen, o sería mejor permanecer aquí y esperar su regreso?
Era un tormento pensar que mi cuerpo estaba en algún lugar, deshabitado, y yo ignoraba dónde. ¡Oh, si pudiera conocer su paradero! ¡Si tan solo pudiera llegar a él antes de que mi enemigo sospechara mi presencia!
Finalmente decidí dirigirme a nuestros lugares más queridos, con la esperanza de hallar a Helen. Cualquier cosa era mejor que este estado de inacción. Por fortuna, apenas había avanzado un poco desde la casa de Helen, cuando me encontré cara a cara con el astral de mi enemigo.
—¿Dónde está mi cuerpo? —exigí.
—Te lo diré cuando esté listo para entregarlo —fue su insolente respuesta.
He pensado desde entonces que lo peor de estar sin cuerpo es la imposibilidad de plantar cara en una buena pelea, y esa es mi única objeción a ser un ángel cuando muera. Si me encontrara con Jack Walsh en el cielo, sé que lo derrotaría… si pudiera.
—Adiós, muchacho —dijo con una mueca burlona—. Dale un beso a Liz de mi parte, y procura mantener mi cuerpo en buen estado. Puede que lo necesite algún día.
Se alejó flotando, y decidí seguirlo, arriesgándome a entrar primero en mi cuerpo. Si fracasaba, al menos tendría la satisfacción de verlo y saber dónde buscarlo en otra ocasión. Pero Jack adivinó mi pensamiento y se volvió hacia mí de inmediato.
—Viejo —dijo—, te arrepentirás si lo intentas. No me acercaré a tu cuerpo mientras me sigas. Si muere, no me importa. Seguramente ya has adivinado que me da lo mismo volver a ver mi vieja envoltura o no.
Me tenía en su poder, y lo sabía. Me alejé sin decir palabra, reacio a hacer nada que pudiera poner en peligro mi precioso cuerpo. Sin duda, la existencia de un astral era preferible a la que llevaba Jack Walsh, pero no era más deseable que la vida a la que yo estaba acostumbrado.
Busqué a Helen todo el tiempo que me atreví a dejar el cuerpo de Jack. La busqué en vano. No había nada que hacer salvo regresar al lugar donde lo había ocultado y retomar su horrible rutina. Esta vez no había sido molestado. Me introduje en él, lo calenté y, con cansancio, lo arrastré hasta la mísera casa de Jack Walsh. El sol apenas despuntaba cuando entré en la habitación, pero la diligente Jane ya estaba ocupada en sus quehaceres.
—Buenos días —dije.
—¡Hum! —respondió ella—. Bueno, al menos esta vez no has estado de juerga. ¡Hoy sí vas a trabajar!
—Sí —contesté, sabiendo que era la única manera de mantener con vida el cuerpo prestado. Me parecía que requería más alimento del que necesitarían tres cuerpos semejantes.
—Liz está en la habitación contigua. Pasó la noche en vela esperándote, y apenas acaba de quedarse dormida.
—Déjala dormir. Yo trabajaré, y puedes darle todo lo que gane, excepto lo justo para comprar comida suficiente para que no me muera de hambre. Pero, ¡bendito sea!, no quiero volver a verla jamás.
—Jack, ¿qué te pasa?
—Eso no es asunto tuyo. Vamos, sirvamos el desayuno y salgamos cuanto antes.
—Anoche vinieron unos hombres a verte. ¿Los esperabas?
—No.
—Uno era bajo y…
—No me importa nada de ellos.
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—Me parece que no venían con buenas intenciones. ¿Te has metido en algún lío?
—No de una manera que tú puedas comprender.
—Bueno, aquí tienes tu desayuno. He conseguido suficiente trabajo de barrido para mantenerte ocupado todo el día.
Desayuné y me puse a trabajar. Me alegraba trabajar. ¿Sabes?, desde entonces he llegado a la conclusión de que hay muchas personas ociosas que estarían dispuestas a hacerse útiles, si no temieran ensuciar sus preciosos cuerpos, o torcerlos, o volverlos poco presentables. Yo siempre había vacilado en hacer algo que endureciera mis manos o las volviera ásperas, pero no me importaba un comino lo que sucediera con las manos de Jack Walsh. De hecho, me regocijaba al saber que estaban llenándose de ampollas insólitas y demostrando ser de mayor utilidad de lo que nadie jamás había sospechado.
Jane recogió mis ganancias antes. Al mediodía me ofreció una pinta de cerveza, pero la rechacé. Luego fue a una tienda y me compró una buena comida. Dijo que casi estaba dispuesta a creer que Liz me conocía mejor que nadie, y en muchos aspectos mostró que su opinión sobre mí estaba mejorando. Pero no me confió ni un céntimo del dinero que había ganado.
A media tarde, un sheriff y su grupo vinieron a verme.
—¿Eres Jack Walsh? —preguntó el sheriff.
—Se supone que sí.
—Eso no responde a mi pregunta. ¿Eres Jack Walsh? Sí o no.
—Sí.
No me gustaba decirlo, pero ¿qué otra cosa podía responder?
—Creo que mientes.
—Tienes razón en eso —contesté—. Mi verdadero nombre es Joe Scranton. Tengo una bonita casa en Wisconsin, EE. UU. Mi esposa se llama Angeline.
—¡Viejo chiflado! ¿Qué nos estás contando?
—Les digo la verdad, aunque no espero que me crean.
—¿No te has estado llamando Jack Walsh?
—No, no lo he hecho; pero he respondido a ese nombre.
—Este es el tipo que me preguntó dónde vivía Jack Walsh —dijo un hombre de la multitud. Lo reconocí como aquel que me había retado a apostar que no era pariente de Jack Walsh.
—¡Oh, Jack, Jack, qué has hecho ahora!
Liz se abrió paso entre la multitud que rápidamente se había reunido a mi alrededor, e intentó lanzarse a mis brazos. Lloraba, y sus labios estaban fruncidos, listos para besarme.
—¡Fuera de aquí! —grité—. ¡Si me tocas te mato!
—¡Qué vergüenza! —dijo el sheriff.
—Bésala tú mismo, si crees que es divertido —repliqué.
—Ese no es Jack Walsh —dijo una voz en la multitud—. Jack era bastante ruin, Dios lo sabe, pero al menos dejaba que su esposa lo besara.
—¿Cuánto tiempo lleva así? —preguntó el sheriff a Jane.
—Dos o tres días —respondió ella—, pero por el amor de Dios no lo hagan volver a ser como antes.
—¿Han notado que no permite que la señora Walsh lo bese?
—No, si puede evitarlo; parece completamente decidido en contra.
—Y aun así quieres que siga así.
—¡Claro que sí!
—¿Por qué? ¿Recibes tú sus besos?
—¿Yo? ¿Si te refieres a mí? ¿Qué insinúas, pedazo de bruto? ¿Crees que dejaría que ese vagabundo se me acercara lo suficiente para besarme? ¡Lo mandaría volando hasta la semana que viene!
—Entonces, ¿cuál es la razón por la que quieres que siga así?
—Está trabajando por primera vez en su vida, y ha dejado de machacar a Liz hasta hacerla papilla.
—¿Qué hace con su dinero?
—Yo lo guardo. Dice que puedo gastarlo en Liz, pero estaría encantado si nunca tuviera que verla otra vez.
—Amigo mío —dijo el sheriff, volviéndose hacia mí—, creo que no has vivido con la señora Walsh el tiempo suficiente para conocer sus muchas buenas cualidades. Ven conmigo.
Decidí ir tranquilamente, pues ciertamente no podía estar en una situación mucho peor.
Me llevaron ante un juez y me examinaron, y se probó más allá de toda duda que yo no era Jack Walsh. No pude responder ni a las preguntas más simples sobre la vida pasada de ese individuo. No sabía cuántos pequeños Walsh eran responsabilidad mía, cuántos habían muerto, cuántos eran varones, ni cuáles pertenecían a mi primera esposa. Tampoco podía decir si esa esposa había sido separada de mí por la muerte o por el divorcio.
Era evidente que no era Jack Walsh; entonces, ¿quién era yo? ¿Y cuál era mi pequeño juego? ¿Y dónde estaba Jack? Decían que me parecía a él, pero eso no probaba nada. Muchos hombres tenían un doble. Jane y Liz nunca le habían oído mencionar un hermano; pero Jane dijo algo así como que Jack era lo bastante endiablado como para tener una penitenciaría llena de parientes, y nada podía ser peor de lo que siempre había sospechado.
Descubrí que estaba arrestado por el asesinato de dos mujeres en Whitechapel. Se suponía que yo era Jack el Destripador. Parecía haber muchas pruebas en mi contra, y todo indicaba que sería ahorcado.
El problema que se presentaba ahora era este: si el cuerpo físico de Jack iba a ser ahorcado, ¿qué sería de mi cuerpo astral? Por supuesto, si lograba recuperar mi propio cuerpo antes de que Jack supiera el destino probable del suyo… ¿pero podría? Pensé en astralizarme justo antes de la ceremonia de la horca, como una salida posible; pero pronto deseché esa idea como inútil. Mis carceleros simplemente intentarían devolverme la conciencia: me colgarían si lo lograban, y me enterrarían si no. El panorama era bastante sombrío, se mirara por donde se mirara.
Finalmente, me dejaron solo en mi celda y, sin perder tiempo, tendí el cansado cuerpo de Jack sobre el jergón de hierro y escapé, apresurándome hacia mi hogar con Angeline. No había recorrido ni la mitad del camino cuando me encontré con Jack Walsh.
—¡Hola! —exclamó, casi fraternalmente—. ¿Quieres recuperar tu viejo cuerpo?
—¡Dios mío, sí! —empecé, con entusiasmo jubiloso, y luego, decidiendo de repente parecer un poco más diplomático, continué en tonos cuidadosamente medidos—: Por supuesto, si ya has terminado con él… ¡ejem! Aunque he tenido algunas experiencias interesantes en tu cuerpo… eh… muy interesantes; sin embargo… ya sabes… el cuerpo de uno siempre encaja un poco mejor.
—¡No me vengas con palabrería! El mío es una carcasa podrida, y lo sabes.
—El mío dista mucho de ser perfecto —murmuré, preguntándome qué argumento podría usar para persuadirlo de abandonarlo para siempre.
—¡Oh, no me quejo del cuerpo! ¡Es tu familia la que me saca de quicio!
—¿Mi familia?
—Tus mujeres nunca han sido educadas para tratar a los hombres con respeto. Ahora, de mi mujer no puedes quejarte. ¡Ella ha sido entrenada!
—¡Eso sí que lo ha sido! —exclamé con toda la cordialidad de que fui capaz.
—¿Crees que se alegrará de tenerme de vuelta?
—Pues… sí… creo que sí. Parece sorprendentemente encariñada contigo.
—Eso es más de lo que puedo decir de ti y de tu maldita falda.
—¡Ya lo sabrás pronto! ¡Oh, te va a caer encima! ¡Y bien fuerte! Y te servirá de justa lección… lo que sea que recibas.
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—¡Señor! —exclamé—. Explíquese.
—Me he emborrachado… y he golpeado un poco a mi mujer; pero jamás me he escapado con otra. Estoy bastante podrido, sí, sí… pero comparado contigo soy un ángel inmaculado.
El desprecio en la voz del hombre fue tan cortante que, naturalmente, me llené de furia.
—¿Qué quieres decir, sucio y holgazán golpeador de mujeres? —le exigí.
—Mejor pregúntale al coronel Saunders —se burló—. Te está esperando con un látigo nuevo, fuerte, de serpiente negra.
Me sacudió tanto la ira que los electrones que componían mi cuerpo parecieron perder toda relación entre sí. Durante un tiempo —no sé cuánto— fue como si yo no existiera. Cuando volví a darme cuenta de que era yo, había miles de millas de atmósfera entre Jack Walsh y yo. Y de pronto recordé que no le había dicho a mi enemigo dónde podía encontrar su cuerpo, ni había averiguado el lugar de reposo del mío.
CAPÍTULO SIETE
El problema que ahora se me presentaba era: «¿Cómo encontrar mi propio cuerpo y tomar posesión de él antes de que Jack Walsh descubra que el suyo va a ser ahorcado?»
No sabía hacia dónde volverme, pero finalmente decidí dejarme guiar por mi gran anhelo de ver a Angeline. Iría primero a la vieja casa. Ella debía haber regresado ya. No podía creer que quisiera permanecer lejos después de recordar lo bueno que siempre había sido con ella.
La casa estaba oscura, vacía, silenciosa, como en mi última visita. No hallé ni una sola pista sobre el último lugar de reposo de mi amado cuerpo.
Fui a la casa de los padres de mi esposa. Angeline yacía en la cama donde la había visto por última vez. Parecía dormir, pero había huellas de lágrimas en su mejilla. En su mano tenía un ejemplar del periódico vespertino. Eché un vistazo a las palabras que evidentemente había estado leyendo cuando se quedó dormida.
“¡ESCÁNDALO EN LA ALTA SOCIEDAD!”
Esas fueron las palabras que vi, en el más insolente de los titulares en negrita. Leí el artículo hasta el final. Narraba cómo yo, Joseph Scranton, había golpeado cruelmente a mi esposa Angeline con un calzador, en presencia de testigos, y cómo ella había seguido el consejo de su familia y amigos e iniciado un proceso de divorcio. Insinuaba que desde hacía tiempo era adicto a las drogas, aunque había sido muy hábil en disimularlo, y terminaba prometiendo a sus lectores que, si acudían al juzgado a cierta hora de cierto día, serían obsequiados con más jugosos detalles sobre la familia Scranton y otra familia muy conocida en los círculos sociales.
No intento citar textualmente, sino dar un resumen de un artículo que, sin duda, me convirtió en el astral más furioso del universo.
Nada podía ganar quedándome allí, así que decidí ir a la casa de Helen. Quizá allí pudiera aprender algo sobre mí mismo. Si tan solo hubiera sabido cuánto tiempo había transcurrido desde que mi cuerpo había sido abandonado, tal vez no me habría preocupado tanto. Era terrible pensar que mi yo terrenal podía estar muriendo en ese mismo instante.
Pero ¿por qué querría vivir si Angeline iba a divorciarse? ¿Qué valor tendría la vida sin ella? Nunca había creído en los divorcios, y ahora estaba más que nunca en contra de un país donde las leyes los hacían posibles. ¿Por qué no podía Angeline tener más fe en mí? Hasta donde ella sabía, no había tenido motivo alguno para dudar de mí. ¿Por qué su amor no le había dicho que yo no podía golpearla y seguir siendo yo mismo?
Por supuesto, si hubiera sabido de mis viajes atmosféricos con Helen, eso sin duda habría hecho que perdiera la fe en mí; pero ¿cómo podía saberlo? Incluso si se lo contaran, su limitado conocimiento de las leyes ocultas la habría llevado a decir que no era posible. No quería que Angeline obtuviera el divorcio. Creía que si lograba recuperar mi cuerpo, llamarla, dejar que viera que seguía siendo su yo adorable, podría ganarla de nuevo fácilmente, y todo estaría bien para siempre.
Mi primera mirada a Helen, al llegar a su habitación, me dijo que se había astralizado otra vez. Me volví para salir y vi una tarjeta que había colocado en un lugar visible junto al reloj de su tocador. Contenía las palabras: “Junto al pequeño lago en Italia.”
Como un relámpago, esas palabras iluminaron mi mente. Helen había adivinado que un extraño astral poseía mi cuerpo. Creía que, en mi consiguiente desdicha, podría visitarla, y había escrito esas palabras esperando que yo las viera y me uniera a ella en la orilla del hermoso lago que nuestros cuerpos astrales habían visitado una vez.
En un tiempo sorprendentemente breve —tal como suele medirse el tiempo— ya estaba en camino a Italia, había encontrado a Helen y estábamos intercambiando confidencias.
—Eso es lo que pensé —dijo, cuando le conté acerca de Jack Walsh—. El whisky y el tabaco en tu mesa de biblioteca despertaron mis sospechas.
—¿Se lo explicaste a Angeline?
—¿Explicárselo a Angeline? ¡Hum! Espera a intentarlo.
—¿Has tratado de explicarlo?
—Lo he hecho —su tono era ominoso.
—¿No pudo entenderlo?
—No lo intentó. Ni lo hará nadie más. Pero no me preocupo por ti. Tengo mis propios problemas. ¿Qué crees que me espera?
—Nada muy malo, espero.
—Mi esposo ha consultado a un médico sobre mí. Ha habido una junta. Han decidido que mi cerebro está inflamado por presión y que soy un caso apto para una trepanación…
—¡Trepanación! No puedes querer decir trepanación.
—Eso es exactamente lo que quiero decir. Eso es lo que tengo que agradecerte. Debería estar en mi cuerpo en este mismo instante. Si lo encuentran inconsciente… ¡puede que esté en la mesa de operaciones ahora mismo!
—Y aun así te arriesgaste a dejarlo, solo para verme…
—No porque quisiera, créeme. ¡Si tan solo nunca te hubiera visto…!
—Pensamientos similares me visitan unas cuatro veces por minuto —interrumpí, con sarcástica cortesía.
—Tenía que verte —continuó Helen—, para que supieras que depende de ti sacarme de este espantoso lío.
—¿De mí?
—Por supuesto. Tú me metiste en esto.
—Te arrastré, supongo —respiré, helado.
—Tienes que volver a tu propio cuerpo, ¡de inmediato! —ordenó Helen—.
—¡No lo dices en serio! —me burlé.
—Entonces tienes que convencer a esos médicos, y a mi pobre y querido esposo…
—Que lleva un látigo de serpiente negra…
—¡Cobarde! ¡Supón que lo usa contigo! ¿Es eso comparable con mi sufrimiento?
—En absoluto. Yo estoy pasando un tiempo dichoso.
—Joe, por favor, vuelve a tu cuerpo. Intentaré contener a mi esposo.
—¡Qué bondad la tuya! ¿Podrías decirme dónde puedo encontrar mi cuerpo?
—En la casa de trabajo. ¿No lo sabías?
—¡Casa de trabajo! ¡Mi cuerpo en la casa de trabajo!
—Condenado a noventa días; embriaguez.
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¡Casa de trabajo! Noventa días. ¡Mi cuerpo! Oh, si tan solo tuviera a Jack Walsh por el pescuezo durante un dulce minuto… pero ¿para qué resoplar fuego y azufre? ¿Qué le había hecho yo? ¿Acaso no encontraría él su cuerpo en la cárcel, a punto de ser ahorcado por asesinato?
Cuando abrí los ojos, en la casa de trabajo, encontré a dos médicos y varias enfermeras trabajando sobre mí, mientras los funcionarios observaban. Se creía que había intentado suicidarme, y el interesante problema era: ¿qué había tomado que me había llevado tan cerca de las puertas de la muerte, sin mostrar ninguno de los signos habituales de envenenamiento? Me interrogaron en vano. ¿Qué habrían dicho si les hubiera informado que no había localizado mi cuerpo hasta que estuvo casi demasiado tarde para salvarlo? Como no podía decir la verdad, parecía mejor guardar silencio.
—Lo que necesita —dijo uno de los médicos, severamente— es mucho trabajo duro.
—Nos aseguraremos de que lo tenga —respondió el encargado.
Y cumplió su palabra.
Ochenta y nueve días quedaban para romper piedras. Nada de lo que dijera convencería al obtuso superintendente de que no merecía todo eso y aún más. Me llevaron bajo custodia para encontrarme con Angeline, mi querida esposa, en el tribunal de divorcio.
¡Oh, la agonía de ese momento! Mis manos, que habían sido suaves y blancas la última vez que estrecharon las suyas, estaban ahora ásperas y sangrantes. Un fragmento de piedra voladora me había golpeado en una mejilla, dejando un cruel corte y cerrando un ojo. Me faltaba un diente delantero —resultado de una pelea cuerpo a cuerpo en la que Jack Walsh había salido perdiendo—, y el traje que llevaba mostraba mudas evidencias de cómo mi pobre cuerpo había sido arrastrado por un suelo muy sucio.
La sala del tribunal estaba abarrotada. Se probó, por boca de muchos que alguna vez me habían llamado amigo, que había golpeado a mi esposa, que le había jurado en presencia de nuestros conocidos, que no había mostrado preocupación cuando ella cayó enferma a causa de mi conducta. Finalmente, se afirmó que ahora cumplía condena en la casa de trabajo por embriaguez.
Mi abogado me había aconsejado no intentar defenderme.
—Mejor deja que tu esposa obtenga el divorcio —dijo—. Tú y ella nunca podrían ser felices juntos, después de todo lo que ha pasado entre ustedes, y el sentimiento público es tan fuerte en tu contra que cuanto más callado permanezcas, mejor será para ti.
Tenía razón. Debería haberlo escuchado y mantenerme fuera de esa sala. Pero no pude hacerlo. Tenía que ver a Angeline. No podía creer que permitiera que el proceso siguiera adelante al verme allí, frente a ella.
Debí haber guardado silencio, sin importar lo que dijeran contra mí… pero no pude. Me sentí impulsado a defenderme. Debía hacerlo. ¿Pero qué podía decir? Obtuve permiso para hablar, me puse de pie, fijé mis ojos —mi único ojo bueno— en mi esposa.
—Angeline —dije—, sabes que no hice todo lo que se me ha imputado aquí hoy. Tu corazón te dice que no pude haberlo hecho, que nunca fui así…
—No antes de convertirte en un borracho —sollozó Angeline—. Admito que fue la bebida la que te cambió.
—No bebo —protesté—. Detesto el sabor del licor, como siempre lo he hecho. Convencí a mis carceleros de que me tentaran: ellos pueden decirte que no toqué ni una gota del mejor whisky escocés, aunque permaneció en mi celda durante cuarenta y ocho horas.
—Realmente parece haberse reformado —aventuró mi abogado.
—¡Nada de reformas! —repliqué con indignación natural—. Les digo que nunca bebí. Nunca juré. Nunca golpeé a mi esposa…
—¿Puedo preguntar quién la golpeó, entonces? —inquirió el abogado de Angeline, con un tono que raspaba como una lima.
Entonces todo volvió a mí, y las cosas se oscurecieron. Por un momento había olvidado que no había vivido en mi propio cuerpo de manera continua como debía.
—Les diré quién golpeó a mi esposa —dije, desesperado, enfrentando a mi verdugo—. Para entenderlo, deben creerme cuando les digo que sé cómo astralizarme. Deben creerme cuando les digo que dejé mi cuerpo por un tiempo y otro astral tomó posesión.
—¡Santo cielo! —exclamó el abogado de Angeline—. ¡Qué coartada!
—¿Puedes superar eso? —dijo el padre de Angeline, que por un momento parecía demasiado aturdido para indignarse.
Me volví hacia Angeline y extendí mis manos, suplicante.
—Intenta creerme —dije—. Sabes que nunca te he mentido. Querida, no fui yo quien te golpeó…
—¿Quién fue, entonces? —saltó el abogado.
—Se llama Jack Walsh —respondí con firmeza—. Su hogar está en Inglaterra, donde los funcionarios del tribunal afirman que es Jack el Destripador. Ha sido condenado por asesinato. Tiene una pobre esposa desdichada, desaliñada y maltratada llamada Liz…
Me interrumpió un rugido de carcajadas. Incluso el juez rió. Intenté ampliar mi explicación, pero nadie quiso escucharme… ni podía, en realidad. Yo era simplemente un chiste. Hubo algunas formalidades que estaba demasiado indignado para seguir, y luego se aseguró a mi esposa que ya no estaba relacionada conmigo, y fui escoltado de regreso a la casa de trabajo.
CAPÍTULO OCHO
Un periódico sensacionalista tomó mi historia. Se permitió que un reportero me visitara. Fue comprensivo, y le abrí mi alma. Prometió ayudarme, y me dejó muy reconfortado.
El tiempo pasó lentamente. Nada sucedió, y me creí olvidado. Y entonces se me permitió recibir una edición dominical de aquel periódico sensacionalista. Había fotografías de mi hogar, de Angeline, de mí mismo; de la casa de los Saunders, de Helen y su esposo; de Jack Walsh, Liz y Jane, y del sórdido lugar que llamaban hogar. Había una confesión de Jack Walsh, y se señalaba que había sido ahorcado el “viernes antes de que este periódico saliera de imprenta.” Jack relataba con detalle convincente muchos episodios de su vida con Angeline; y cómo, después de insultarla la primera vez, volvió a la habitación con la intención de besarla y reconciliarse; pero encontró su rostro embadurnado de barro, lo que lo enfureció tanto que la golpeó con un calzador en vez de besarla, “y por Dios,” añadió, “¿no habría hecho lo mismo cualquier hombre de sangre caliente?”
Ese artículo causó una enorme sensación. Alejó por completo al coronel Saunders y a Helen, quienes huyeron a lugares desconocidos —pero no juntos. La ciudad entera se sacudió de risa. No pudieron soportarlo. La única circunstancia mitigante de esa tragedia fue que Helen se salvó de la operación de trepanación. Ahora tenía el amargo conocimiento de que a su esposo ya no le importaba si la necesitaba o no.
Mi tiempo en la casa de trabajo había terminado. Se había acortado gracias a mi excelente conducta.
Esperé solo lo suficiente para frotar mis manos gastadas por el trabajo antes de apresurarme a mi hogar y a mi esposa. Ese suplemento dominical había sido chocante, pero pensé que debía, al menos, haberme dado el beneficio de la duda en la mente de Angeline. Ella debía saber ahora que había sido Jack Walsh, no yo, quien le había causado tanta miseria. Por supuesto, aún tendría mucho que perdonar, pero cuando comprendiera cuánto había sufrido yo, cuán arrepentido estaba…
Mi suegro me recibió en la puerta de mi casa. Se colocó de tal manera que no pudiera entrar sin dificultad.
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—Lo esperábamos —dijo con severidad—. Mi hija desea que se le informe que sus efectos personales han sido empacados y serán enviados a cualquier dirección que usted indique.
—¡Infierno! —exclamé con vehemencia.
—¿Eso significa que debemos quemarlos? —preguntó, con un destello de diversión en los ojos. —No vale la pena hacer un escándalo por ello —añadió, más cordialmente—. Angeline piensa atenerse a la decisión del tribunal de divorcio.
—Pero seguramente está convencida de que no fui yo quien la maltrató —supliqué.
—Creo que le concede el beneficio de la duda en lo que respecta al episodio del calzador; pero hacerlo es admitir que usted huyó con la esposa de otro hombre.
—Pero bajo condiciones tan espirituales…
—¡Tut-tut, Scranton! No evada la cuestión. No hay manera de negar el hecho de que no invitó a su esposa a su pequeña fiesta de astralización. Le deseo buenas noches, señor Scranton.
—¡Apártese! —ordené—. Esta sigue siendo mi casa…
—Le aconsejo que vea a su abogado, señor Scranton. Buenas noches. —Y cerró mi propia puerta en mi indignado rostro.
Me dirigí a un hotel donde había sido huésped bien recibido durante mucho tiempo, y fui recibido con escasa cortesía y una burla apenas disimulada, luego conducido a un apartamento indeseable.
—¿No satisfactorio? Lo siento, señor Scranton, pero es todo lo que tenemos —dijo en tono distante, de “tómelo o déjelo.”
Me encerré en mi habitación, encontré papelería en el pequeño escritorio polvoriento y puse toda mi alma en una apasionada súplica a mi esposa. Abrí mi corazón y supliqué como nunca volvería a hacerlo. Lágrimas ardientes rodaron por mis mejillas mientras escribía y caían sobre el papel. Las dejé allí, pensando que no pasarían muchas horas antes de que lágrimas de los ojos de Angeline las acompañaran.
No podía creer que mi esposa hubiera dejado de amarme. Solo estaba celosa, y los celos nunca deberían desalentar a un amante verdaderamente ardiente. Por supuesto, eventualmente estaría de acuerdo conmigo en que ya había sufrido bastante…
Tras horas de espera que parecían un sabor de eternidad, me entregaron la carta de mi esposa. Aquí está:
“Señor Scranton: Si nunca lo hubiera idealizado, lo que me hizo habría sido menos difícil de soportar. Porque me ha engañado, nunca más podré creer en sus protestas de afecto. Hice lo mejor que pude, y fracasé en satisfacerlo. Y si he de creer su increíble historia, ¿cómo podré saber que el hombre al que saludo por la mañana es el mismo que me besó de buenas noches? La vida con un hombre como usted no es lo suficientemente estable como para ofrecer atractivo a una mujer de mi naturaleza doméstica. Mejor búsquese una ‘Liz’ o una ‘Helen.’
Adiós para siempre, Angeline.”
La finalidad de esa nota fue nauseabunda y enloquecedora. La rompí en pedazos y la quemé; luego deseé haberla pisoteado antes de arrojarla a la chimenea.
¡Háblenme del amor inquebrantable, de la divina comprensión, del dulce perdón, de la maternidad madónica del amor de una esposa! ¡Bah! Nada de eso. Caminé por la habitación como un león enjaulado, azotándome en furia con una tachuela bajo los pies. En el fondo era un asesino. No podía matar a Jack Walsh, porque aquello que me habría dado placer ya había sido cumplido por la ley.
Pero aún quedaban Hicks Carew, y Tod Storrs que me lo había presentado, y Angeline y su padre, y el coronel Saunders y Helen… y mi mente bullía con planes para que cada uno pagara la pena antes de que me atraparan… Y no me atraparían, porque podía dejar mi cuerpo tan fácilmente y no volver jamás a él.
Mientras estos pensamientos se perseguían unos a otros en mi cerebro febril, mi puerta se abrió, tan fácilmente como si no hubiera estado cerrada con llave. Se cerró suavemente y se volvió a asegurar. Hicks Carew estaba ante mí.
—¿Por qué desesperar? —preguntó, jovialmente—. Ganó su amor una vez; ¿por qué no otra vez? Con su experiencia…
—¡Maldita sea mi experiencia! —exploté—. ¡Y maldito usted! Salga de aquí antes de que lo mate.
—Se sentirá mejor ahora que lo ha sacado de su sistema —dijo, con gentil simpatía—. Y ahora déjeme decirle cómo puede no solo recuperar todo lo que ha perdido, sino multiplicarlo por mil…
—Le digo —jadeé—, que no quiero más de sus consejos. Si no fuera por usted…
—Recuerde —me advirtió, interrumpiéndome—, que yo entré en el juego después de que usted se interesara en la esposa de su vecino, no antes. Usted estaba listo para el experimento y necesitaba la lección que le enseñó. Pero… ya ha sufrido bastante.
—Mucho le importa eso —gruñí, tratando de ser firme en mi negativa a escucharlo, aunque me preguntaba si realmente podría ayudarme a recuperar el amor de mi esposa.
—Ha sufrido —continuó Hicks Carew—, y si quiere puede cosechar cien veces satisfacción por cada dolor que ha soportado. Como filósofo…
—¿Como qué? —interrumpí.
—Como filósofo. Un gran maestro psíquico. Un profesor de ocultismo. Su cabello se riza naturalmente. Déjelo crecer tanto como pueda. Igualmente su barba. Crearemos un uniforme para usted, algo muy artístico y favorecedor. Pronto será idolatrado. Las mujeres se declararán locas por usted. Su esposa estará orgullosa de llevar su nombre. Le rogará que la reciba de nuevo.
—¡Pero un filósofo! —exclamé, atónito—. Un maestro, un profesor… no podría hacerlo.
—¿Por qué no? ¿Acaso no ha demostrado que el cuerpo es solo la casa del alma? ¿No puede decir por experiencia que es posible que el tabernáculo humano albergue diferentes personalidades en distintos momentos? ¿No puede advertir a sus alumnos de los peligros de la astralización? Amigo mío, si quiere puede hacer mucho para que este mundo sea un lugar mucho más interesante de lo que jamás ha sido, porque su experiencia da fundamento a una creencia seria en una vida independiente de las limitaciones físicas. Además —añadió—, descubrirá que le señalo el único camino por el cual podrá volver a ser interesante para Angeline.
Es medianoche. Hicks Carew se marchó hace apenas unos momentos.
Es extraño el dominio que el ocultismo puede ejercer sobre un hombre una vez que comienza a explorar sus misterios. No aconsejaría a nadie —salvo, quizá, a un enemigo— que lo iniciara jamás.
Pienso en Angeline, no como la difunta señora Scranton, sino como la muchacha que conocí antes de unirnos en los santos lazos del matrimonio. Era sumamente encantadora. Nuestro noviazgo fue delicioso. Estaba muy orgullosa de mí.
Sí, es un hecho que siempre he amado a Angeline. Creo que puedo recuperarla otra vez.
✠═════ FIN ═════✠
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"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."


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