La asombrosa aventura de Joe Scranton - WEIRD TALES (1923)
Una novela extraordinaria llena de acción insólita
La asombrosa aventura de Joe Scranton
Por Effie W. Field
Título original: The amazing adventure of joe Scranton
Weird Tales | Volumen 2 | Número 3| OCTUBRE 1923
Pp. 03-14
══════════════ ✧✧✧ ══════════════
TODD STORRS me presentó a Hicks Carew. Me pregunto si todos los que han conocido a ese hombre recuerdan la presentación como una de las calamidades de su carrera. Por mi parte, nunca pienso en el nombre Hicks Carew sin anteponerle un maldito. ¡MALDITO HICKS CAREW! Créeme, esa súplica viene del corazón.
—¡Vaya, Hicks Carew! —exclamó mi amigo—; esto sí que es una sorpresa. Había oído que estabas en la India.
—Recién regresado —respondió Hicks Carew brevemente.
Una de las peculiaridades de ese hombre era, y sigue siendo, que casi siempre se le llama por su nombre completo: Hicks Carew, así, de corrido. Había oído mucho acerca de él, pero era la primera vez que lo veía.
—Quiero que conozcas a mi amigo, Joe Scranton —dijo Todd, tirando de mí hacia adelante.
—Joe —continuó—, has oído hablar de Hicks Carew, el mayor científico psíquico que existe.
—¡Sí… oh, sí! —exclamé, simulando un gozo reverencial y deseando saber con exactitud qué demonios era un científico psíquico.
Me pareció advertir un destello de humor sardónico danzando en los ojos del científico mientras yo hablaba, pero reconoció la presentación con indiferencia cansada, sin molestarse en levantarse de la silla de descanso para saludarme. Lo estudié mientras Tod intentaba entablar conversación con él: un hombre alto, moreno, bien formado, muy apuesto, muy dueño de sí, de unos treinta años de edad, si se podía juzgar por su apariencia. ¿Cómo había encontrado tiempo para convertirse en el mayor científico psíquico viviente? ¿No requería eso estudio, investigación, experiencia, largas horas de aplicación constante?
Nos habíamos encontrado en el amplio porche de un hotel de verano, y el ojo errante de Tod pronto descubrió a una muchacha bonita. Era inevitable.
—Discúlpame un momento, Joe —dijo—; veo a un amigo. Vuelvo enseguida. Tú espera aquí.
Me quedé solo con Hicks Carew, y no podía pensar en una sola buena razón para huir.
—Estoy convencido —dijo Hicks Carew, con pereza—, de que no es posible comer constantemente de nuestro plato favorito, aspirar siempre la fragancia de nuestra flor predilecta, leer sin cesar a nuestro autor preferido o escuchar nuestra ópera favorita sin desear un cambio.
—Estoy completamente de acuerdo con usted —respondí, como si hubiera dedicado profundo estudio al asunto.
—Habría menos infelicidad doméstica —prosiguió Hicks Carew— si otros hubieran prestado a ese axioma la atención que usted parece haberle concedido.
Ahora veía que el hombre se dirigía a algo, algo que tenía que ver conmigo. No hablaba sólo por conversar, como yo había supuesto al principio. Sin saber qué decir, decidí parecer muy pensativo y sabio… y no decir nada.
—No es que usted se haya cansado de su esposa —fue su siguiente asombrosa observación. Me estudiaba como imagino que un entomólogo estudiaría a un insecto nuevo.
—En absoluto —respondí con calor.
—Usted la ama, y cree que ella lo adora.
—Lo sé. Nos hemos amado desde que éramos niños.
—¡Eso es! —Hicks Carew asintió con vigor—. Como dije hace un momento, uno no puede comer de su plato favorito en cada comida…
—Señor —lo interrumpí indignado—, quiero que entienda…
—Por favor, vuelva a sentarse —replicó Hicks Carew—; permítame asegurarle que entiendo… todo. No es que usted desee ver menos a Angeline, su esposa, sino que quisiera ver un poco más a Helen, la esposa del coronel Saunders.
Ahora estaba furioso, furioso como el demonio. ¿Qué quería decir aquel hombre? ¿Con qué derecho? ¡Debía obligarlo a batirse! Se han librado duelos por razones menores. Balbuceé en mi justa indignación. Me levanté para marcharme. ¡Cómo desearía haberlo hecho! Pero me miraba con tanta curiosidad, como si leyera mis pensamientos, y quizá había oído rumores que podían dañar a las dos mejores mujeres del mundo: mi esposa y Helen. No podía irme sin saber exactamente a qué apuntaba aquel infame.
—El coronel Saunders y yo nos graduamos juntos —dije con dignidad, como si eso lo cambiara todo—. Siempre hemos sido camaradas.
—Angeline y Helen fueron también compañeras de escuela, ¿no es cierto?
—Si habla de mi esposa, la señora Scranton, y de su mejor amiga, la señora Saunders —respondí severamente—, puedo decirle que han sido amigas inseparables desde la infancia.
—Me han dicho que usted y su esposa son una pareja ideal —dijo—, y que el coronel y la señora Saunders son otra.
—Ha sido informado correctamente —respondí con frialdad—; pero no entiendo por qué unos perfectos desconocidos creen tener derecho a comentar sobre nosotros de cualquier manera.
—El desconocido común no lo haría —replicó Hicks Carew con calma—; pero un científico no siempre cree todo lo que se le dice sólo porque suena romántico y bonito. Y esto es especialmente cierto en un científico que lee la mente humana.
—Por supuesto —dije con la mayor rigidez que pude—, usted creerá lo que le plazca.
—Hay momentos —soliloquizó Hicks Carew— en que incluso yo puedo compadecer a la pobre mosca que lucha en un plato de jarabe de arce.
—Le deseo muy buenos días —dije fríamente.
—Todavía no —y me lanzó una mirada con unos ojos que se habían tornado sorprendentemente oscuros. Estaban llenos de un resplandor danzante, pero nunca vacilaban en su expresión. Me fascinaban, y volví a sentarme.
—Seremos amigos, ya lo verá —dijo sonriendo; y a pesar de mi inquietud tuve que admitir que su sonrisa era muy atrayente—. Quiero decirle —continuó— que considero la amistad entre usted y la señora Saunders sumamente encantadora, tan cercana a lo platónico como puede ser una amistad. Y estoy profundamente impresionado, porque es difícil encontrar tal amistad entre dos personas felizmente casadas, ninguna de las cuales querría causar a su respectivo compañero un solo momento de pena o ansiedad.
Eso sonaba un poco sarcástico; sin embargo, el hombre parecía hablar de buena fe, y sus notables ojos eran ahora grandes, castaños y suaves, como los de un perro inteligente cuando mira a su amo querido. No encontraba un motivo real para resentirme.
—La señora Saunders y yo somos buenos amigos —respondí—, pero no hay nada inusual…
—Ni una sola cosa —interrumpió Hicks Carew—. Lo entiendo. Su esposa y el coronel Saunders aprueban la amistad, aunque no siempre logran interesarse en los temas que le apasionan a usted. No tienen gustos literarios, pero intentan comprender…
—Ese es justamente el problema —estallé, olvidando que había decidido no admitir nada—. Escuchan, no porque estén interesados, sino porque cada uno desea que su propiedad particular diga algo que sea absolutamente irrefutable.
—Y así cada uno intenta ser un poco más brillante que el otro, y su conversación pierde mucho de su encanto; es, de hecho, mucho menos interesante que cuando tienen unos minutos a solas.
—A veces resulta penoso —confesé— verse obligado a descender de las deliciosas alturas de la especulación fascinante…
Vacilé. ¿Cómo podía decir lo que tenía en mente de un modo que no sonara mal, de un modo que no me avergonzara recordar?
—Lo entiendo —respondió Hicks Carew con un aire de simpatía encantadora—. Entiendo lo que sufre quien se ve obligado a descender sólo para dirigir alguna observación trivial a su cónyuge, con el fin de evitar cualquier sospecha de descuido. Esa molestia crece con el tiempo.
De nuevo sonaba vagamente sarcástico, pero parecía muy amistoso y comprensivo.
—Su amistad es demasiado ideal —dijo— para estropearse. Deberían estar a salvo de interrupciones durante esos períodos en que parece bueno y apropiado estar juntos.
—Jamás buscaremos la atención ofensiva de la Dama Chismorreo —respondí, con mi tono más moral.
—Y usted no quiere herir ni a Angeline ni al coronel —añadió Hicks Carew—. Ahora bien, yo podría ayudarlo… pero no sería conveniente mencionarme a ninguno de ellos. No lo comprenderían. Si su esposa me conociera, probablemente me llamaría un faquir interesante, y el coronel Saunders afirmaría una vez más que el ocultismo es una patraña.
—¿Lo ha oído usted? —pregunté, riendo, pues había imitado al coronel a la perfección.
—Sé —dijo Hicks Carew— que ellos jamás podrían comprender la más simple ley del mundo psíquico… mientras que usted y Helen pronto se verían llevados a deleitarse en él.
—¿Qué exactamente… —pregunté, acercando mi silla y hablando en voz baja— qué exactamente propone usted?
—Simplemente que usted y Helen se astralicen.
Me quedé mirándolo, demasiado asombrado para hablar.
—Como astrales —prosiguió— podrán disfrutar de la compañía mutua sin interrupciones de lo vulgar. Un astral puede ir adonde quiera… y la Dama Chismorreo no puede seguirlo.
—¿Pero cómo lo sabremos? ¿Tarda mucho en aprenderse? ¿Es doloroso? He leído sobre ello, pero nunca con atención.
—No, porque no sabía lo útil que podría ser. Piense en visitar todos los lugares hermosos del mundo… sólo ustedes dos.
—¿Pero sabríamos que éramos nosotros mismos? ¿Nos reconoceríamos, sabríamos lo que significa estar juntos?
—Por supuesto. No hay nada en ello que divida a los amigos verdaderamente platónicos.
—Como Helen y yo lo somos —me apresuré a añadir—. ¡Piense en estar en la cima de la montaña más alta —deliré—, Helen y yo, bebiendo las bellezas a nuestro alrededor y sin nadie que lo arruine preguntando cuántos pies o pulgadas tiene de altura! ¡Piense en poder bañarnos en los rayos del sol poniente, sin que nadie nos pregunte si esas nubes no parecen lluvia!
—Es tal como pensaba —murmuró Hicks Carew, con una mirada que me hizo sentir bastante orgulloso de mí mismo.
—Y nadie podrá acusarnos de nada impropio —añadí, virtuoso.
—Por supuesto que no —replicó Hicks Carew—, no habrá nada impropio.
—¿Nos enseñará?
—Si lo desean. Mejor hablen con la señora Saunders y encuéntrenme aquí esta noche, hacia las once. Traiga a la señora Saunders. Estará oscuro aquí afuera, y los demás estarán bailando.
Helen y yo estuvimos allí a la hora convenida. También Hicks Carew.
—Estamos interesados —comenzó Helen—, pero no convencidos…
—Creo que podría convencer incluso al coronel Saunders de que lo que propongo es posible —dijo Hicks Carew.
—Si le parece —dijo Helen—, no se lo mencionaremos por ahora.
—No sería conveniente en absoluto —añadí—. Si intentáramos asegurar compañía sin interrupciones, tanto su esposo como mi esposa se sentirían heridos.
—Ellos no podrían comprender —dijo Helen— cómo es posible que los amemos más que a nadie, y aun así deseemos estar lejos de ellos… solos juntos… de vez en cuando.
—Bueno —pregunté—, ¿lo intentamos?
—No veo que pueda hacer daño —respondió ella.
—Debe ser de noche, supongo, cuando Angeline y el coronel estén dormidos —dije—. Sería incómodo si intentaran despertarnos…
—¿A qué hora se retira su esposo? —preguntó Hicks Carew.
—A las once. Generalmente está profundamente dormido a medianoche.
—¿Y Angeline?
—Oh, creo que no es probable que nos cause problemas después de esa hora.
—¡Vengan a mi despacho, ambos, de inmediato! —ordenó Hicks Carew—. Los introduciré en algunos de los misterios del ocultismo.
CAPITULO 2
HELEN y yo acompañamos a Hicks Carew a su despacho, tal como lo había ordenado, y era casi medianoche cuando llegamos allí.
¿Estábamos asustados? Sí… y no. Éramos conscientes de que habíamos decidido emprender experiencias nada comunes en la parte del mundo en que vivíamos: experiencias fantasmales, y temblábamos un poco, naturalmente más o menos recelosos.
Si hubiera sabido lo que pronto iba a descubrir, me habría negado a entrar en su habitación; habría arrastrado a Helen lejos de su puerta; habría matado a Hicks Carew allí mismo si hubiera insistido en nuestra obediencia contra mi mejor juicio.
Ahora opino que Hicks Carew debió lanzarnos algún tipo de hechizo, dejándonos no del todo responsables de lo que hacíamos. Porque, en aquel momento, nos parecía lo más natural del mundo acompañarlo para aprender a astralizarnos. Y realmente estábamos convencidos de que actuábamos por iniciativa propia, y que aquel hombre, casi un desconocido, se había convertido en nuestro benefactor. No puedo creer que lo hubiéramos pensado de otro modo, de no haber estado parcialmente hipnotizados.
Helen y yo visitamos aquel despacho en más de una ocasión—cuántas exactamente no lo diré; ni tampoco relataré las lecciones que aprendimos, porque es un hecho que nueve de cada diez personas pueden aprender el arte de la astralización si realmente se aplican.
Y algunos, después de leer esto, podrían sentirse tentados a hacer el experimento. No quiero ser responsable de nada semejante.
Tales prácticas no conducen al desarrollo sensato del mundo; se oponen al progreso práctico de los pueblos. ¡Piense en la India! Muchos de sus habitantes conocen perfectamente el arte que Hicks Carew nos enseñó… ¿querríamos que nuestro país llegara a ser como la India? ¡Pues entonces, basta! No pidan más esclarecimiento en esta línea, y no supongan que no podría enseñarles a astralizarse sólo porque me niego a hacerlo.
Diré simplemente que Helen y yo fuimos alumnos aplicados. Practicamos fielmente, sin descuidar siquiera los tediosos ejercicios de respiración. Pero incluso los mejores discípulos no podrían haber progresado tan rápido como nosotros sin la ayuda de Hicks Carew en los momentos difíciles. Por lo general, se requiere mucho tiempo e infinita paciencia para convertirse en un adepto de la astralización—y es sumamente peligrosa. Más de un discípulo ha logrado abandonar el cuerpo sólo para descubrir que no podía regresar, y los médicos se vieron obligados a conjeturar la causa de una muerte cuyo origen ignoraban por completo.
Una noche, cuando no cabía la menor duda de que Angeline dormía, me volví sobre mi costado derecho, estiré las piernas, eché la cabeza hacia atrás hasta que mi columna quedó perfectamente recta, cerré los ojos y… lo demás ha sido suprimido.
Tuve éxito en este, mi primer intento, como había confiado en que ocurriría. Nadie que no lo haya experimentado puede decir qué delicioso sentido de libertad acompaña al abandono del cuerpo. Todos saben lo aliviado que uno se siente al despojarse de ropas pesadas, y quienes puedan imaginar esa sensación intensificada un millón de veces tendrán alguna idea del éxtasis que llenó mi alma al ponerme de pie junto a mi cama y mirar hacia abajo mi cuerpo, que parecía envuelto en el sueño profundo de la perfecta salud.
Me dirigí a la puerta de Helen, y con gran alegría descubrí que sus esfuerzos también habían sido coronados con éxito. Entonces sentí vergüenza, pues allí estaba ella, vestida sólo con su camisón. Pareció leer mi pensamiento, porque exclamó:
—¡Pero tú estás en pijama!
—¿Qué diferencia hace? —pregunté con bastante desenfado.
—Ninguna en absoluto. ¿Adónde iremos?
—Hagamos de ello Italia.
—¡Oh, sí, Italia! —Helen aplaudió con éxtasis.
-05-
¡Cómo describir aquel viaje! ¿Por qué intentar lo imposible? Baste decir que sólo tuvimos un motivo de pesar: la velocidad con la que nos lanzábamos por el aire nos impedía contemplar muchas de las bellezas sobre y a través de las cuales pasábamos. No habíamos aprendido a gobernar nuestra rapidez, y viajábamos casi tan rápido como el pensamiento.
En una ocasión oímos un leve zumbido muy adelante; y casi en cuanto lo mencionamos nos encontramos volando directamente sobre un enorme aeroplano que hacía un viaje sin escalas a través del continente, a una velocidad de cuatrocientas millas por hora.
—¿Qué fue eso? —oímos exclamar una voz sobresaltada.
—Parecía como dos espíritus viajando lado a lado —fue la respuesta, en un tono de tremenda excitación rayana en el miedo.
—¡Tonterías! ¡No existen los espíritus!
Ya habíamos pasado tan lejos del aeroplano que incluso el ronroneo del motor se perdía para nosotros, y sin embargo el avión viajaba en nuestra misma dirección. ¿Le da eso alguna idea de lo que significa viajar casi tan rápido como pensar?
Helen y yo, en su mayor parte, éramos inconscientes de todo salvo de la presencia cercana del otro, y de la nube envolvente de suave neblina gris que parecía acompañarnos. Dijimos poco. Éramos demasiado felices para palabras. Nadie que no haya experimentado el embriagador gozo de la amistad platónica puede comprender lo que aquel primer viaje por el éter bañado de luna significó para nosotros.
Demasiado pronto nos encontramos sentados lado a lado en la orilla de un hermoso cuerpo de agua. El éxtasis exquisito de aquel momento nunca podrá expresarse en palabras. Éramos libres con una libertad que un alma atada a un cuerpo insensible jamás puede comprender. Estábamos impregnados de una exaltación más allá de los torpes recursos con que la humanidad intenta hacerse entender. Estábamos viviendo lo que nunca se pensó que pudiera describirse, sólo experimentarse. Ahora apreciábamos las bellezas de la naturaleza como nunca lo habíamos hecho al verlas con los ojos del cuerpo; ahora incluso la más humilde hierba tenía encantos que jamás habíamos soñado que poseyera.
No cruzaron palabras entre nosotros. No las necesitábamos, pues cada uno leía el pensamiento del otro, y así en dichoso silencio nuestras almas se comunicaban, sin ser perturbadas por las preocupaciones de nuestra existencia cotidiana.
—¡Pensar! —exclamó Helen al fin—, ¡que estamos aquí, tú y yo juntos!
—Tú y yo… solos —corregí suavemente.
—¡Y en Italia! —añadió Helen, arrebatada—. ¡Italia, la querida vieja Italia! ¡Y las maravillosas orillas del lago de Como! Nunca soñé lo maravilloso que era…
—¡Espera! —la interrumpí, olvidando mi cortesía nativa en una oleada de emoción.
—Los rayos de luna danzan sobre las olas —musitó Helen—; es casi tan claro como el día…
—¡Mira! —exclamé— ¡allí! ¿Qué opinas de eso?
—¡Islas! —exclamó Helen—. ¿Veo islas?
—¡Mira donde señalo! Gira un poco la cabeza a la derecha. ¡Allí!
—¿Qué es? ¿Una torre?
—Estamos mirando las aguas del mar Mediterráneo —expliqué—, no el lago de Como en absoluto.
—¿Cómo lo sabes?
—Esa torre, como la llamas, es uno de los Pilares de Hércules. Estamos en el extremo sur de la península ibérica. En diez minutos podríamos cruzar a África…
—¡África! —exclamó Helen, bastante sobresaltada—. ¡Qué lejos de casa! Debemos regresar.
—En un minuto. ¡Mira la espuma danzando contra las rocas allá! Me recuerda a Angeline, cuando vio por primera vez el océano Pacífico después de una tormenta. “¡Cielos!”, dijo, “¡mira toda esa espuma!”
Ambos reímos.
—Me recuerda —dijo Helen— un viaje por Yellowstone con mi esposo. Estábamos al pie de las grandes cataratas. “Me enferma”, gimió mi esposo, “ver todo ese poder desperdiciándose.”
Reímos otra vez. No críticamente, sino con ternura. Realmente disfrutábamos de esos rasgos en nuestros compañeros domésticos… cuando no perturbaban nuestras propias ensoñaciones. Reímos, y pensamos en casa.
Al unísono nos levantamos. Parecía como si al mismo tiempo ambos hubiéramos comprendido que teníamos lazos que nos ataban a la tierra.
Presento lo anterior como prueba de que nuestro afecto por los compañeros de nuestra vida era tan consistente como cualquiera podría pedir. Si Helen no hubiera amado al coronel Saunders, si yo no hubiera amado a Angeline, ¿podríamos haber sacrificado nuestra dicha presente para regresar a ellos?
Inmediatamente emprendimos el viaje de regreso. Dejé a Helen en su puerta quizá media hora después. Esperé hasta que desapareció tras ella (no tenía necesidad de molestarse en abrirla) y luego me dirigí a mi propia habitación.
Mi cuerpo estaba tal como lo había dejado, salvo que se había enfriado bastante, y Angeline, medio despierta, me preguntaba con fastidio por qué no había calentado mis pies antes de acostarme.
Sonreí, pensando en lo sorprendida que estaría si despertara lo suficiente para darse cuenta de que eran las cuatro de la mañana.
Con considerable esfuerzo, y no sin dolor, finalmente tomé posesión de mi cuerpo, y antes de cerrar los ojos en el sueño, resolví que no volvería a permanecer tanto tiempo ausente, a menos que encontrara alguna manera de mantener mi cuerpo caliente durante mi ausencia.
Nuestro experimento había sido tan completamente delicioso, que no sorprende que Helen y yo resolviéramos repetirlo en breve. Estábamos más que felices al día siguiente al descubrir que podíamos recordar todas nuestras experiencias, y nos resultaba muy difícil contenernos de aludir a ellas cuando conversábamos en presencia de Angeline y el coronel Saunders. Pero incluso esa dificultad servía para añadir sabor a una existencia que habíamos hallado monótona, y para estrechar más los lazos de una amistad que, en nuestra opinión, era más platónica que cualquier cosa concebida por Platón.
En menos de una semana emprendimos nuestro segundo viaje por la atmósfera. Soplaba un fuerte vendaval, que nos resultaba incómodo, y decidimos elevarnos por encima de él y, a cientos de millas de la superficie de la tierra, buscar un lugar donde nuestras almas pudieran comunicarse en un estado de dicha sin interrupciones de ninguna clase.
Como no teníamos medios de medir tiempo o distancia, no puedo decir cuánto habíamos viajado cuando nos dimos cuenta de voces en nuestra inmediata vecindad.
—No estamos solos —dijo Helen, flotando más cerca de mí.
—¿Podrían Angeline y el coronel Saunders estarnos siguiendo? —pregunté, asaltado por un súbito temor.
—¡Imposible! Nunca podrían astralizarse.
—¡Oh, claro! —respondí, con tono de profunda seguridad. Pero no estaba del todo tranquilo en el asunto. La experiencia me había enseñado que, en varias ocasiones, Angeline había demostrado poseer características que nunca había sospechado, y no había manera de saber qué podría hacer si sus sospechas se despertaban. Podría incluso convertirse en un astral. Podría enseñar al coronel Saunders cómo serlo.
—¡Él nunca haría eso! —exclamó Helen con gran firmeza—. Por supuesto, no sé acerca de Angeline…
—Ni yo —suspiré—, pero si acaso estuviera enamorada de él…
—¡¿Angeline enamorada de mi esposo?!
—O si él estuviera enamorado de ella…
—¡Imposible!
-06-
—De pronto se me ocurre que los hemos dejado solos juntos con bastante frecuencia…
—¡El solo pensamiento me electriza de aprensión! —exclamó Helen.
—No nos preocupemos. Lo suyo puede ser simplemente un afecto platónico… como el nuestro.
—No podría ser. Mi esposo no es capaz de albergar afectos platónicos.
—Ni Angeline… ahora que lo pienso. De hecho, estoy seguro de que tú y yo estamos en una clase aparte.
En ese momento nos encontramos en medio de una gran compañía de personas, la mayoría demasiado absortas en sus propios asuntos como para saber o preocuparse de que dos recién llegados se les hubieran unido. Una sola mirada bastaba para advertir que provenían de todos los países del mundo.
Me parecía oír sus voces, e incluso reconocer el timbre de algunas, aunque no puedo asegurarlo. Mis libros sobre astralización me habían llevado a creer que un astral no necesitaba voz, pues siempre conversa por medio de la telepatía. Si eso es un hecho, puedo añadir un dato al caudal del conocimiento humano sobre el tema: el efecto de los tonos de la voz también se transmite telepáticamente. Estoy convencido de que oí las voces de algunos de aquellos nuevos conocidos.
Lo que me sorprendió aún más fue que podía entender lo que todos decían, aunque al mismo tiempo era plenamente consciente de que muchos hablaban en lenguas que jamás había aprendido. Miré a Helen y vi que pasaba por la misma experiencia, y que estaba tan asombrada como yo.
—¿Dónde estamos? —pregunté a un hombre que estaba cerca, observando la multitud con la mirada lejana de un filósofo.
Era evidentemente un nativo del Tíbet, y pueden imaginar mi sorpresa cuando respondió con una sola palabra que no puedo reproducir aquí, pero que supe de inmediato significaba una especie de casa de compensación matrimonial, donde los divorciados o quienes arreglan sus dificultades conyugales se congregan.
—Sí —repetí—, una casa de compensación matrimonial… ¿pero dónde?
—Estamos en la cima de la Gran Pirámide.
—¡Una de las tres pirámides de Guiza! —exclamé.
—La más alta —respondió—; tiene casi quinientos pies de altura.
—Y hemos llegado aquí sin escalar —dijo Helen, con comodidad.
Habíamos leído que sólo había espacio para media docena de personas en la cima de esa pirámide; luego miramos a la multitud reunida, y por primera vez comprendimos cuán poco espacio necesita un astral.
—Una casa de compensación matrimonial —repetí, mirando más de cerca a mi informante.
¿Por qué estaba allí? ¿En qué podía interesarle semejante convención? ¿Qué podía saber un tibetano del peso que la civilización ha cargado sobre las espaldas del matrimonio? Había leído que en ningún país de la tierra se tenía en mayor desprecio la relación matrimonial que en el Tíbet. Si este hombre no estaba satisfecho con su esposa, ¿por qué no conseguía otra? Le pregunté al tibetano por qué estaba en un lugar como aquel.
—Amigo mío —respondió—, he sabido que ustedes tienen un gozo que nosotros no conocemos. Estoy aquí para intentar comprenderlo, de modo que pueda regresar a mi cuerpo y enseñarlo a mis compatriotas.
—A juzgar por los semblantes de quienes vemos alrededor —dije—, ha venido a un mal sitio para estudiar el gozo. ¿Cuál es la sensación a la que se refiere?
—En parte, la que ustedes experimentan ahora —dijo, mirándome fijamente a los ojos con una expresión que no me gustó.
—No lo entiendo —respondí fríamente, apartándome de él.
—Espere —imploró, siguiéndome de cerca—, ¿por qué se han astralizado usted y esta dama? ¿No es para disfrutar de la compañía mutua sin provocar comentarios indecorosos? Pues bien, en mi país no habría habladurías, ni el placer consiguiente de burlar a los habladores. Ustedes disfrutan de una exaltación mental al fugarse con la esposa de otro hombre que yo nunca podría experimentar, a menos que primero logre convencer a mis compatriotas de que tales cosas están mal.
—Nos malinterpreta por completo —comenzó Helen fríamente, cuando fue interrumpida por un gesto de desesperación de nuestro extraño interlocutor.
—¡Lo sé! —exclamó—, pero intento comprender. Si pudiera experimentar la sensación que provoca esa frase: “¡Nos malinterpreta por completo!” Todos la dicen. Todos lo dicen de sí mismos, y nadie lo cree de su vecino, y parece ser una parte necesaria del disfrute. ¡Oh, si pudiera comprenderlo! Ustedes tienen leyes morales hechas por ustedes mismos que no obedecen, pero que parecen querer que otros crean que obedecen. Si pudiera captar y comprender el espíritu que impulsa la obediencia y la desobediencia en el mismo aliento, mi problema estaría resuelto. Entonces podría tener el honor de dar a mis compatriotas una nueva forma de gratificación.
Entonces en el Tíbet tendríamos matrimonios y divorcios y fugas y escándalos y asesinatos, y la vida dejaría para siempre de ser monótona.
—Mire, señor —dije, completamente irritado—, quiero que entienda que no somos como esas personas…
—¡Eso es! —interrumpió—, todos aquí me han dicho exactamente lo mismo de sí mismos. He escuchado explicación tras explicación, pero no veo gran diferencia. He llegado a la conclusión de que la autoilusión debe ser parte del disfrute; pero ¿por qué? ¿Y es realmente una ilusión? ¿No ve que nadie cree de ustedes lo que ustedes creen de sí mismos, y lo que no creerían de otro en las mismas condiciones? Si es una ilusión real, ¿cómo la adquieren? Si no lo es, ¿qué placer encuentran en ella? Me alegraría mucho recibir un poco de ayuda práctica para salir de esta dificultad.
Helen y yo estábamos disgustados. Nos volvimos bruscamente y dejamos a nuestro obtuso conocido. El tiempo era demasiado precioso para desperdiciarlo en un individuo que no aceptaba nuestra propia valoración. Pero, por alguna razón, habíamos perdido toda inclinación por la compañía mutua, y emprendimos el regreso de inmediato, llegando dos horas antes que en nuestro viaje anterior.
¡Qué alegría encontrar a Angeline durmiendo tan dulcemente como cuando la había dejado! Toqué sus pies, sus manos y su frente. Estaban cálidos y ligeramente húmedos, como los de un bebé dormido. Sabía que no se había astralizado, pues no podría haber calentado su cuerpo tan rápidamente.
Pasaron varios días antes de que Helen y yo repitiéramos nuestro experimento. Fueron días transcurridos en las sencillas delicias de la vida doméstica. No nos vimos. Ella estaba contenta con el coronel Saunders y yo con Angeline. Pero una noche coincidimos en casa de un amigo, y la conversación giró en torno a un nuevo club que se había formado recientemente con el propósito de intentar aplicar principios científicos a los estudios ocultos.
Helen estuvo brillante aquella noche, y me enorgullezco de que mi conversación no resultara poco interesante. Fue un placer para ambos saber cuánta riqueza de experiencia podríamos revelar si fuera aconsejable. Nos miramos y sonreímos, y sin que mediara palabra supe que Helen se astralizaría esa noche, y que yo la encontraría como antes.
Desde ese momento nos volvimos casi temerarios, entregándonos a los deleites de la astralización a veces dos o tres veces en una misma semana.
-07-
Me pregunto ahora cómo nuestros compañeros de matrimonio permanecieron tanto tiempo sin sospechas.
Fue por mi propia estupidez que Angeline comenzó a sospechar que algo no estaba bien conmigo. Estaba tan ansioso por astralizarme que no siempre esperaba a que ella estuviera demasiado somnolienta para hablar. Sé ahora que me hacía preguntas que yo no escuchaba, y que se irritaba porque no respondía, y que su irritación finalmente la llevó a creer que ya no la amaba. ¡Si tan solo hubiera podido adivinar el estado de su mente! ¿Por qué una esposa no puede decirle a su marido exactamente lo que está pensando? Se evitarían muchas experiencias desagradables… claro está, si se volviera confidencial antes de que sus pensamientos se tornaran sospechas y su carácter se agriara.
CAPÍTULO TRES
Ya he mencionado las desagradables sensaciones coincidentes con la reanudación del cuerpo, después de largas horas pasadas recorriendo el universo.
Por cierto, lo llamo “volar”, pero en realidad no es volar, porque nuestros astrales no tienen alas. No volamos, ni caminamos. Incluso los miembros astrales no podrían moverse lo bastante rápido para llevarnos a través de la atmósfera a la velocidad con que lo hacemos.
Lo más cercano que puedo explicar es que es como impulsarnos a una velocidad tremenda—algo parecido a lo que los niños hacen al “empujarse” en un columpio—aunque no tenemos pies ni manos contra los que apoyarnos. Simplemente hacemos uso del poder que llevamos dentro. Queremos ir… y vamos, y no hay obstáculos que impidan que vayamos tan rápido como deseamos.
Me hallaba sentado en uno de nuestros bonitos parques, una tarde, pensando en ello, cuando Hicks Carew se acomodó tranquilamente a mi lado.
—Creo —comenzó, sin saludo previo— que tu cuerpo se vuelve frío, rígido e inmanejable mucho más rápido que el de Helen.
—Nunca la he oído quejarse —respondí, intentando aparentar indiferencia, como si hubiéramos estado conversando sobre ese mismo tema desde hacía tiempo. Me estaba acostumbrando a sus maneras inusuales.
—Puede deberse en parte a que ella es naturalmente un poco más heroica —continuó—, aunque realmente pienso que no sufre como tú.
—Para mí es una verdadera prueba —admití—, como trepar dentro de un vestido rígido de sebo helado. A veces, cuando lo pienso, me lleno de tal repulsión…
—¿Repulsión? ¡No digas eso! No puede ser repulsión ni nada parecido. ¡Piensa en la experiencia maravillosa que estás teniendo! Y en realidad, sabes, no estás obligado a sufrir… ni nada en absoluto.
—¿Qué podría hacer para evitarlo?
—Simplemente mantener tu cuerpo caliente.
—Pero no sé cómo.
—Arregla con algún otro astral que lo ocupe durante tu ausencia.
—¡Qué fácil! —exclamé—. Extraño que nunca se me hubiera ocurrido.
—Asegúrate de conseguir uno de tu mismo tamaño —advirtió Hicks Carew, mientras me levantaba, después de agradecerle calurosamente su sugerencia.
Esa misma noche encontré a un astral errante y entablé conversación con él. Parecía exactamente de mi talla, y estaba seguro de que encajaría en mi cuerpo muy cómodamente.
—Claro que sí —respondió, tras escuchar mi proposición—. Puedo hacerlo.
—¿Pero qué hay de tu cuerpo? —pregunté de pronto.
—Oh, mi vieja envoltura está acostumbrada a ser abandonada; además, se calienta rápido… y no me importa un poco de incomodidad.
Con eso, lo introduje en mi cuerpo y partí con Helen hacia un viaje a la India que habíamos estado planeando desde hacía tiempo. Ya habíamos aprendido cómo decidir adónde queríamos ir, y cómo mantener nuestro objetivo claramente en mente para aterrizar donde planeábamos, y no entusiasmarnos con las bellezas del lago de Como cuando en realidad mirábamos el mar Mediterráneo, como nos ocurrió en nuestro primer viaje.
Habíamos pasado varios días trazando este viaje y decidiendo cuánto podríamos ver en un tiempo dado. Yo propuse dedicarlo entero al estudio de los maravillosos templos de la India; pero para mi sorpresa Helen no estuvo de acuerdo.
—Primero tengamos un poco de diversión —suplicó—; los templos podemos dejarlos para la próxima vez.
—Muy bien —accedí—. ¿Adónde quieres ir?
—A Calcuta —respondió sin vacilar.
—¿Pero qué clase de diversión crees que podemos encontrar en Calcuta?
—Primero visitaremos el Templo Jain.
—Pensé que los templos estaban prohibidos en este viaje.
—No el Templo Jain. Sabes que es el lugar de culto más rico de la India. Allí enseñan la transmigración de las almas, y no lejos de allí, justo en la calle, encontraremos a los encantadores de serpientes.
—¡Serpientes! —exclamé con un escalofrío—. Las detesto.
—Pero no te importarán en el astral. No pueden morder a un astral, y debe ser horriblemente fascinante ver a los artistas manejar las grandes pitones—hacerlas danzar, enroscarlas en sus cuerpos… ¡cielos! Sólo espero no gritar.
—¿Pero por qué mirar si te hace sentir ganas de gritar?
—¿No lo entiendes? Es la fascinación terrible, el estremecimiento horrible… algo que uno no olvidaría en toda la vida.
—¿Y llamas a eso diversión?
—No diversión exactamente, sino distracción. Dime, ¿por qué vas a una obra de teatro? ¿No es para que tus emociones se agiten? ¿De verdad te interesaría una historia que no te hiciera llorar? ¡Pues entonces! ¿Sabes que en Calcuta hay un tigre de Bengala que devoró a doscientos hombres antes de ser capturado? Quiero verlo. Me pregunto qué le darán de comer ahora.
—Espero que no me alcance —dije.
—Y —continuó, sin atender a mi interrupción— debemos asegurarnos de ver a algunos devotos hindúes haciendo penitencia sobre un lecho de clavos. Me gustaría comprobar por mí misma cuán afilados son esos clavos.
Fue una mirada al interior de la mente de Helen para la cual no estaba preparado. Debo confesar que no me agradó; pero intenté excusarlo pensando que todas las mujeres eran así.
Fuimos a Calcuta. El Templo Jain me agradó inmensamente: el edificio más maravilloso que jamás había visto. Cada centímetro cuadrado está magníficamente decorado, como si fuera una caja de joyas destinada a las alhajas de un rey. En diez años de estudio cuidadoso no se agotarían las bellezas de ese templo.
Vi a los encantadores de serpientes, pero me negué a observar a los pobres devotos engañados tendidos, desnudos, sobre sus camas de clavos. En cambio, bajé al puente Howrah, que cruza el río Hooghly, y contemplé los muchos barcos de casi todo el mundo, y soñé sueños sobre ellos, y fui feliz. Incluso me sorprendí pensando por qué me había metido en esto con una mujer, y reflexionando en lo estupendo que sería si Tod Storrs estuviera conmigo en lugar de Helen. No me sorprendería que todas las mujeres perdieran gran parte de su encanto si uno llegara a conocer demasiado bien sus astrales.
Helen me encontró en el puente Howrah, según lo convenido.
—Hora de irnos —dijo alegremente—. ¡He pasado un tiempo tan bueno! Te lo contaré todo en el camino.
Estaba radiante y locuaz, y no pareció notar mi abstracción. Yo no sólo estaba desencantado, sino que por primera vez comencé a buscar compañeros de una naturaleza muy distinta de los que había estado cultivando. Ella quizá no habría admirado el Templo Jain como yo; pero habría querido permanecer largo rato en su fresco interior, y su rostro habría mostrado esa expresión de paz y serenidad que siempre me resultaba reconfortante, y habría dicho con sencillez: “Me gustó estar allí, me hizo sentir tan cerca del querido Padre celestial.”
-09-
Había regresado exactamente a la hora convenida—mi inquilino y yo. Mi cuerpo estaba deliciosamente cálido y dormía profundamente. Lo desperté al extenderme sobre él y hacer pasar una ola fría de aire por un oído.
Cuando mi amigo astral asomó, le insinué que ya estaba listo para relevarlo. Se deslizó a medias afuera, apoyó sus codos astrales sobre mi cabeza física y, para mi asombro y suprema indignación, se negó a ser relevado. Deliberada, diabólicamente y con firmeza, se negó.
—Ve, métete en mi cuerpo —dijo—. Te he dicho dónde lo dejé.
—Pero yo no quiero tu cuerpo.
—¿Ah, sí? Pues yo sí quiero el tuyo. Está construido con un rostro mucho más agradable que el mío.
Fue en vano que le supliqué. Tenía posesión de mi cuerpo y no podía sacarlo. Ni siquiera escuchaba mis ruegos, sino que se lanzó de nuevo dentro, sabiendo perfectamente que un astral no tiene medios de comunicación con la humanidad ordinaria. Una y otra vez envié aire frío a sus—o más bien a mis propios—oídos, esperando provocarlo para que volviera a mostrarse; pero deliberadamente se levantó, encontró una caja de algodón que yo guardaba en mi tocador y rellenó ambos oídos tan completamente que ni un soplo de aire podía alcanzarlo. Luego volvió a la cama y pronto cayó en profundo sueño.
¡Qué podía hacer! ¿Algún otro hombre se había visto jamás en semejante aprieto?
Maldije a Hicks Carew con toda la vehemencia de que era capaz—y luego fui en su busca, entré en su habitación y envié una ráfaga helada a su oído. Su astral asomó.
Comencé a contarle mi dilema, pero parecía saberlo todo ya—y no se mostraba en lo más mínimo preocupado.
—Ve y métete en ese otro cuerpo —gruñó—, antes de que sobrevenga la mortificación. Es la única salida.
—Pero yo no quiero ese otro cuerpo.
—¿No es mejor que ninguno?
—No lo sé ni me importa. Quiero mi propio cuerpo.
—Pues no puedes tenerlo mientras el otro lo posea.
—¿Entonces qué debo hacer?
—Se astralizará antes de mucho —me consoló Hicks Carew—. Se ha convertido en una pasión para él. Lo único que tienes que hacer es vigilar y recuperar la posesión en la primera oportunidad.
—No lo haré —respondí obstinadamente—. Si no puedo tener mi propio cuerpo, permaneceré como estoy.
—¡Piensa en Angeline!
—Por supuesto que notará la diferencia. ¡Oh, qué voy a hacer!
—Haz lo que te digo. Mantén vivo ese otro cuerpo. Nunca recuperarás el tuyo si no lo haces.
—¿Y si muere? ¿Cómo lo sabrá él?
—Lo verá en los periódicos. Ahora ve. Date prisa, o será demasiado tarde.
Tristemente me alejé. El otro cuerpo se hallaba sin dificultad. Lo miré con una repulsión creciente que casi me llevó a la locura. Como he dicho, era aproximadamente de mi tamaño, pero ¡oh! ¡qué rostro! Me dolía sólo pensar en llevarlo. No había un solo cabello en la coronilla de aquella cabeza sucia, y apenas siete dientes en la boca repulsiva. Durante varios minutos permanecí allí, junto a esa caricatura de humanidad, tratando de reunir valor para entrar en ella.
Finalmente, con un supremo esfuerzo, reprimí mi creciente aversión y me introduje en aquel cuerpo horrible. Estaba frío y rígido. Se sentía como si siempre hubiera sido frío, rígido, poco fiable, enfermo e insensible. ¡Cómo lo odié!
—Volveré —amenacé—, y si no hago que ese sujeto pague, entonces mi nombre no es… Pero ¿cuál era mi nombre? ¿El nombre de este cuerpo innombrable? ¿Y cómo podría dañar a mi enemigo mientras permaneciera en mi cuerpo? ¿Y saldría alguna vez de él, si lo enfurecía?
Más tarde recordé que ahora estaba en Inglaterra, mientras mi propio cuerpo se hallaba en mi hogar en Wisconsin. ¿Cómo podría llevar el cuerpo que ahora ocupaba a través del océano? No hallé dinero en sus bolsillos. Sus ropas parecían desechadas por otro. Sin duda, ese cuerpo nunca había sido bien cuidado.
Apenas me había acomodado en mis nuevos aposentos, cuando fui sobresaltado por la entrada de dos mujeres en la lúgubre habitación donde yacía. Una de ellas lloraba amargamente. Era una mujer delgada, de aspecto nada atractivo, desaliñada, mal alimentada, sin cariño, indecisa, sin amor, innecesaria. Todo podía verlo de un vistazo a través de mis pestañas ralas. Se acercó a la cama y me miró mientras su compañera colocaba la mano sobre mi corazón—quiero decir, sobre el corazón del otro, que mi personalidad había puesto en marcha.
—¡Pero no, Liz! —exclamó la otra mujer, con sorpresa y disgusto—. Jack no está muerto.
—No hay tanta suerte para ti esta vez.
La mujer hablaba con la pronunciación del inglés inculto; pero como no lo he oído desde aquella terrible experiencia, y nunca lo había oído antes, debo excusarme de intentar reproducirlo aquí. El intento anterior debería convencerte, como me convence a mí, de que no puedo hacerlo. Te prometo que, en todos los demás aspectos, mi relato será fiel a los hechos.
La mujer que lloraba, Liz de nombre, era evidentemente la esposa de mi enemigo. Se arrojó sobre mí con tal fuerza que jadeé, y luego, ¡horror!, comenzó a cubrir mi rostro de besos. Por primera vez me alegré de llevar el rostro de otro. Ser besado por esa mujer… luego recordé el aspecto del rostro que estaba besando, y permanecí pasivo. Si quería hacerlo, ciertamente debía tener el privilegio. ¡Seguramente no podía ser peor para mí de lo que era para ella!
Todo ese tiempo mantuve los ojos casi cerrados. Sabía que me creían inconsciente, y así pude ganar tiempo para intentar ordenar mis pensamientos y decidir un curso de acción.
Pronto entró un médico en la habitación, y la mujer le explicó que Jack no estaba muerto, después de todo. La que no era Liz añadió: “Peor para ella”, y ganó un poco de mi respeto al hacerlo.
El médico hizo algunas preguntas a Liz, y así supe que a menudo había tenido esos extraños ataques y que a veces yacía durante horas como muerto. Esta información me llenó de alegría. Ahora estaba seguro de que mi enemigo era un bebedor empedernido de astralización, tal como Hicks Carew me había dicho. Ahora me atrevía a creer que no tardaría en abandonar mi cuerpo para otro viaje por la atmósfera.
—¿Cómo se ve cuando recobra la conciencia? —preguntó el médico.
—Tan feo como siempre —respondió la mujer que era, evidentemente, hermana de Liz—. Se ve como un muerto un minuto —continuó— y comienzo a tener la esperanza de que Liz vaya a ser viuda y tenga una oportunidad en la vida; pero al siguiente minuto se sienta y empieza a maldecir, y lo más probable es que la golpee en la cabeza con una horma de zapato.
Liz lloraba en silencio. Ya era bastante repugnante pensar en que me besara con el rostro que llevaba; pero que llorara por mí cuando yo la había golpeado en la cabeza con una horma era simplemente insoportable. La desprecié desde ese momento, y anhelé decírselo.
-09-
Entonces pensé en Angeline. ¡Supongamos que ese bruto, que tenía posesión de mi cuerpo, despertara y golpeara a Angeline en la cabeza con una horma de zapato! ¡Supongamos que le gritara improperios!
Angeline nunca me había oído maldecir. De hecho, jamás le había hablado con rudeza más que una vez en mi vida, y fue cuando usó mi navaja de afeitar para cortar carne seca. Entonces le dije, con calma pero con firmeza… ¡pero qué importa! Después lo lamenté, y compré un lazo de cinta que até al mango de la navaja; luego se la di a Angeline para que la conservara con el propósito expreso de cortar carne seca con ella.
Yo me compré una nueva y fina navaja, que guardé bajo llave. Pero mientras yacía en aquella horrible choza inglesa, con esas dos miserables mujeres cerca de mí, pensé en Angeline y deseé haber dejado la nueva navaja donde pudiera encontrarla en caso de que la otra se perdiera o se mellara.
No abrí los ojos. Las lágrimas de la afectuosa Liz hacían incómodamente húmedo mi rostro prestado, pero era mejor que abrir los ojos a una situación que muy probablemente sería peor que todo lo que había experimentado hasta entonces.
¡Oh, cuánto deseé no haberme astralizado jamás! Incluso llegué a desear no haber conocido nunca a Helen. Si no hubiera sido por ella —meditaba— no estaría sufriendo como sufría ahora. ¿Qué derecho tenía a conducirme a la tentación? Angeline y yo éramos tan felices como dos tórtolos hasta que ella se interpuso entre nosotros.
Nunca la había amado, ni le había dado oportunidad de pensar que lo hacía, y ninguna mujer que fuera verdaderamente mujer, ninguna mujer decente, habría aceptado las atenciones que yo le ofrecí. Estaba seguro de que nada habría inducido jamás a Angeline a lanzarse por la atmósfera con ningún astral que no fuera el mío; pero Helen carecía absolutamente de delicadeza.
¡Era tan fácil para hombres incautos como yo ser atrapados por una mujer calculadora!
Formulé muchas buenas resoluciones mientras yacía allí, pero todas eran secundarias frente al deseo de que Liz usara un pañuelo cuando lloraba, o que dejara de besarme.
—No se aflija tanto —dijo el médico amablemente—. Creo que volverá a ser él mismo en poco tiempo. No está enfermo. Sólo ha estado un poco más borracho de lo habitual.
—¡De ningún modo, señor! —dijo Liz con patética vehemencia—. Esta vez no estaba borracho. Nunca tiene estos ataques cuando tiene dinero suficiente para comprar whisky. Lo he visto borracho muchas, muchísimas veces, y sé que estos ataques son distintos.
El médico sonrió y dijo algo a la hermana que no alcancé a oír. Era evidente que estaba convencido de que Jack estaba borracho, y supongo que habría estado igualmente convencido aunque yo hubiera abierto los ojos y dado un relato veraz de lo ocurrido.
—Liz me saca de quicio —dijo la hermana—. ¿Cómo puede ser tan tonta de preocuparse por un hombre que la trata como Jack? Yo lo habría matado hace tiempo y lo habría dado de comer a los cerdos.
¡Cuánto deseé que ella, en lugar de Liz, hubiera sido la esposa de Jack! Con toda probabilidad nunca le habría permitido vivir lo suficiente como para convertirse en un astral.
—Realmente lo creo —respondió el médico, con una risita divertida—. Bueno, no parece que haya mucho que se pueda hacer para despertarlo, así que me iré. Creo que volverá en sí pronto. Si empeora, sin embargo, mándenme llamar.
¡Mandarlo llamar! ¿Qué podía hacer él?
Cuando el médico se fue, la hermana, cuyo nombre era Jane, persuadió a Liz de salir con ella a tomar una taza de té, y quedé solo.
Me levanté de inmediato y comencé a buscar algo decente que ponerme. No tenía idea de adónde habían ido esas mujeres a tomar su té, ni cuánto tardarían en volver; pero de una cosa estaba muy seguro: debía escapar de ellas tan pronto como el Señor me lo permitiera, y me desagradaba ser visto en harapos. Pero debía irme, sin importar cómo luciera. Sentía que fracasaría si intentaba hacerme pasar por Jack, y no había manera de prever qué podría suceder si se descubría que mi naturaleza no era la que había sido la suya.
Podría provocar en Liz una demostración de afecto que me llevara a matarla. No podía golpearla en la cabeza con una horma de zapato, como sabía que se esperaba de mí, ni maldecirla, ni arrastrarla por la habitación tirando de su mechón de cabello desgreñado, ni hacer ninguna de las otras cosas que Jane había enumerado como mis métodos favoritos de diversión.
Si hubiera sabido cómo habría considerado Liz mi conversión a una vida mejor, quizá no me habría sentido tan inquieto. Pero si llegaba a ser causa de que ella renovara sus esfuerzos en el arte de llorar—si se arrojaba a mi cuello o apoyaba mi cabeza en su pecho mientras lloraba en mi rostro, o dejaba caer sus lágrimas sobre mi coronilla calva, o intentaba cualquiera de los estilos descritos en los libros que tratan tales temas—¡oh, cielos! El solo pensamiento aceleró mis movimientos. Ya había tenido más que suficiente de la húmeda Elizabeth.
Pronto decidí que llevaba puesta toda la ropa que poseía. ¡Y las mujeres estaban regresando! Muy bien. Salí cautelosamente por una ventana trasera, y sentí que un trozo de mis pantalones se enganchaba en un clavo y se separaba de la prenda. Nunca, ni en los períodos más deprimentes de mi vida, me había visto caminando por las calles de un pueblo con un agujero en los pantalones que no pudiera ocultarse salvo cuando estaba sentado.
Fue fácil escapar de la casa porque la madrugada estaba oscurecida por una espesa niebla.
—¿Cuál es el número de esta casa? —pregunté a un hombre que evidentemente iba a trabajar.
Me lo dijo, con una mueca burlona, y me preguntó de dónde había sacado el dinero para beber, esta vez.
—No estoy borracho —respondí—. Soy un extraño aquí. ¿Puede decirme el nombre del hombre que vive en esa casa?
—¿Se refiere a Jack Walsh? —preguntó, y luego llamó a un camarada.
—¡Ven aquí, Bill! Jack está tan borracho que no puede decir cuál es su nombre.
—No es Jack —dijo Bill, después de observarme unos minutos—. Jack no podría hablar con tanta cortesía ni aunque le fuera la vida en ello.
Finalmente los hombres decidieron que yo era el hermano de Jack, y lo dejé pasar así.
Me interné en el campo y me tendí bajo un árbol, donde esperaba estar libre de intrusos. Había decidido astralizarme de nuevo e intentar descubrir qué estaba ocurriendo en casa. No podía pensar en mejor manera de pasar el tiempo esperando a que mi propio cuerpo quedara vacante.
Todo lo que tendría que hacer sería habitar mi cuerpo prestado lo suficiente para mantenerlo vivo, y finalmente dejarlo donde lo encontré, de modo que, en caso de que su dueño legítimo quisiera reclamarlo, no tuviera excusa para seguir molestándome.
CAPÍTULO CUATRO
¡Con qué prisa crucé el Atlántico! ¡Cómo se regocijaba mi alma al volver a abrirse paso por el éter de mi tierra natal! La esperanza estaba al timón. ¿Quién podría adivinar qué cosa buena me aguardaba?
Podría encontrar mi cuerpo vacante, y no demasiado rígido ni frío. Podría hallar a mi inquilino intolerable dispuesto a regresar con su propia esposa, manteniendo mi cuerpo caliente sólo hasta que yo viniera a reclamarlo. Seguramente ya había sufrido bastante. Tenía derecho a esperar la liberación, y más aún cuando pedía tan poco de la vida: únicamente el privilegio de vivir en mi propio cuerpo, de tomar posesión de él, para no abandonarlo nunca más, hasta que la Muerte viniera a reclamarme.
-10-
Mediodía. Al entrar en mi hogar, el reloj sobre la repisa marcaba las doce. La planta baja se veía desordenada, descuidada, antinatural, como a veces ocurría cuando Angeline había estado fuera unos días. De inmediato me invadió un escalofrío de aprensión que me sacudió como la llama moribunda de una vela agitada por la brisa.
Sabía que algo estaba mal. ¿Se habría ido Angeline con su madre? ¿Habría decidido, tan pronto, que su marido ya no era soportable? ¿Qué le habría hecho aquel hombre? ¿No habría sabido, en lo más profundo de su corazón, que no era su fiel Joe quien la había maltratado? ¿No habría podido adivinar que algún astral errante controlaba su cuerpo? ¿No le habría dado Helen alguna pista del problema, si algo terrible había ocurrido durante mi ausencia? ¿No buscaría a Hicks Carew y le suplicaría ayuda?
Estos pensamientos cruzaron mi mente mientras subía apresuradamente las escaleras, dirigiéndome directamente a la habitación donde mi esposa dormía.
La estancia estaba oscurecida. Angeline yacía tendida en la cama. Una enfermera, un médico y varios parientes llorosos la rodeaban. Helen entró. Ella también había estado llorando.
—¿Cómo está? —preguntó Helen, inclinándose sobre la cama—. ¿Vivirá?
—Creo que sí —respondió el médico con gravedad—, pero pasará mucho tiempo antes de que vuelva a ser ella misma.
—¿La golpeó tan fuerte? —exclamó Helen, añadiendo con fiereza—: ¡El bruto! Deberían colgarlo. Me encantaría ayudar a hacerlo.
Ahora veía que ese sentimiento era propio de ella. Se emocionaría tanto como cuando contemplaba el cuerpo rudo de un devoto tendido sobre un lecho de clavos afilados.
—No fue tanto el golpe —dijo el médico— como la idea de que su esposo pudiera haber estado lo bastante enojado para golpearla. Esa es la verdadera causa de esta postración.
—Y porque estaba borracho —añadió uno de los parientes—, asquerosamente borracho, y habló en favor de los “Drys” en las últimas elecciones.
Lo peor había sucedido. Jack Walsh había usado mi brazo para golpear a mi esposa con mi horma de zapato. Y yo estaba impotente para devolver el golpe. Impotente para hacer nada, salvo enfurecerme… y eso no arreglaba nada. La brisa suave que entraba por la ventana podía abanicar la frente pura de mi esposa sufriente… pero yo no podía hacer nada, nada.
Y yo era culpable de su estado. De ninguna manera podía hacérsele compartir la responsabilidad—como todo esposo entiende que una esposa debe hacerlo siempre que ese deber sagrado pueda imponérsele.
Si el sufrimiento hubiera recaído en Helen, o en Hicks Carew, entonces la Justicia victoriosa podría haber agitado sus balanzas triunfalmente. Pero que la pobre, inocente, paciente Angeline estuviera así… ¿nadie hablaría en mi favor?
—Por supuesto, el señor Scranton no estaba en sí —dijo el médico.
—¿Cómo que no estaba en sí? —preguntó Helen. Veía que estaba asustada. Temía que nuestro secreto estuviera a punto de descubrirse.
No por mí, no por Angeline, no por el mundo entero confesaría libre y francamente, ofreciendo así una solución a este incomprensible hecho que había ocurrido, el cruel informe que pronto se pondría ante los ojos de todos: Joe Scranton golpeó a su esposa con una horma de zapato, infligiéndole heridas que podrían ser fatales.
Eso era lo que tendría que sobrellevar cuando volviera a estar en posesión de mi cuerpo.
—¿Cómo que no estaba en sí? —repitió Helen.
—Me han dicho que estaba muy borracho —respondió el médico—, por lo tanto no podía estar en sí, y no debería ser culpado como se culparía a un hombre perfectamente normal…
—¿Por qué no? —interrumpió mi cuñada—. Nadie lo obligó a emborracharse. No le vertieron el licor en la garganta, y él sabía que se embriagaría si lo bebía. ¿Por qué no debería sufrir las consecuencias?
—Creo que las sufrirá —replicó el médico—. He conocido a Joe Scranton por mucho tiempo. Era un buen hombre. Está destinado a estar muy arrepentido…
—¡Arrepentido! —interrumpió de nuevo mi cuñada—. Lo dirá, por supuesto; de hecho, ya lo ha dicho. Pero debo decir que no actúa tan destrozado como lo haría cualquier hombre decente que hubiera medio matado a su esposa.
Me recordó a Inglaterra y a la hermana de Liz, y me pregunté si todas las cuñadas no tendrían inclinación a ser vengativas, dadas las circunstancias.
—Debo decir —intervino la enfermera— que no me parece tan arrepentido. He visto casos similares… donde había otra mujer en el asunto. No digo que la haya en este caso…
—Nunca se sabe —respondió mi cuñada, sombría—. Siempre tengo mis dudas de esos hombres tan agradables que gustan a todos.
—Estoy muy segura, sin embargo —dijo Helen, algo nerviosa—, de que el señor Scranton estaba absolutamente dedicado a su esposa.
—Eso puede ser cierto —replicó la enfermera con duda—; pero si yo fuera pariente de la pobre señora Scranton, lo primero que haría sería contratar a un detective.
Lo dijo mirando directamente a los ojos de Helen, y Helen le devolvió una mirada fulminante, sin lograr perturbarla lo más mínimo.
—Su idea es buena —dijo mi cuñada con calor.
—Podría llevar a la conclusión de que este ataque fue un intento de asesinato —respondió la enfermera—. Podría permitirles velar por la seguridad de su pobre hermana, cosa que no podrían hacer con su esposo rondando la casa.
¡Así que allí conducía el asunto! Iban a intentar meter mi cuerpo en la cárcel. La familia de Angeline era aconsejada a protegerla de un marido que nunca en su vida le había dicho una palabra cruel.
Me pregunté qué pensaba Helen al respecto, qué haría. Seguramente no podía permanecer en silencio. Aunque nada podía ser más puro que el sentimiento que ella y yo habíamos compartido, debía darse cuenta de que unas cuantas infernales insinuaciones de esas viejas arpías dulces y desinteresadas bastarían para ennegrecer nuestras reputaciones para siempre.
—¡Helen! —exclamé, cerca de su oído—. Haz algo. Ve a ver a Hicks Carew. No puedes saber lo que me ha pasado, pero él lo sabe todo. Haz que nos saque de este apuro.
Pero Helen no pareció haber oído una palabra.
Entonces intenté hacer que Angeline sintiera mi presencia. Esperaba que el vínculo sagrado entre esposo y esposa vibrara al ser tocado por mis apasionadas protestas.
—¡Despierta, Angeline! —imploré—. Soy yo quien habla, yo, Joe, tu amante y tu esclavo. Deja que tu alma vea mi forma astral; entonces comprenderás.
Me incliné sobre mi dulce esposa y cubrí de besos sus labios, sus mejillas, sus párpados, y la cruel contusión en su frente. Sentía tan intensamente que parecía imposible que no percibiera mi presencia. Me esforcé hasta sentir que mi alma iba a romper su envoltura astral, pero en vano; era como aullar a la luna. Angeline abrió los ojos, sí, pero no a mi llamado.
Angeline abrió los ojos y se incorporó en la cama, sus ojos fijos en Helen con una mirada funesta, extraña. Había oído lo que la enfermera dijo. Estaba dispuesta a creer que su esposo había intentado matarla. No sólo había oído que podía haber otra mujer, sino que había determinado en su mente quién era esa otra mujer.
-11-
—¡Salgan de la habitación! —dijo—, ¡todos! Pero sus ojos estaban fijos en Helen. —Quiero estar sola.
Entonces estalló en un violento acceso de llanto.
Realmente sentí lástima por Helen. Aquello había caído sobre ella como un rayo en cielo despejado. Ella había creído sinceramente que nuestra amistad no podría tener consecuencias desastrosas. ¡Qué terrible fue su despertar!
—¿Quieres que me quede contigo, hermana, verdad? —preguntó Miriam con ternura.
—Mejor déjenla con la enfermera —dijo el médico. Entonces Miriam y Helen salieron de la habitación, pero no juntas. Los demás parientes siguieron a Miriam. Yo fui con Helen, que entró en la biblioteca y se enfrentó a Jack Walsh, quien ya había convertido mi cuerpo en un objeto sumamente desagradable.
—Joe —dijo ella con enojo—, quiero que me digas qué te pasa.
—¿Qué me pasa? No me pasa nada. —Mis labios se movían—los labios de mi cuerpo tan anhelado. Mi voz sonaba natural… pero el verdadero yo no hablaba. Yo escuchaba.
—Estás terriblemente cambiado —exclamó Helen—. No eres en absoluto como tú mismo. ¿No lo comprendes?
—¡Oh, Joe, Joe, qué es esto? —Helen se acercó a mi cuerpo y habló en tono bajo, confidencial—. ¡Dímelo! ¿Tiene algo que ver con… con nuestra experiencia?
—¿Eh? —Mi cuerpo se incorporó de golpe, pero la expresión en sus ojos era muy distinta de cualquiera que yo hubiera proyectado en ellos. —¿Qué dices? ¿Experiencia?
—No me digas que lo has olvidado…
—No he olvidado nada —murmuró mi enemigo—; pero mi mente anda rara; dame una pista. ¿Qué estabas diciendo?
—Nuestra experiencia —titubeó Helen—. No había nada de qué hablar, ¿verdad? Seguramente comprendías que mi amistad contigo era puramente platónica…
—¡Platónica, pamplinas! —respondieron mis labios con una risa grosera—. Tú y yo sabemos que no hay nada de eso, querida.
Por un momento pensé que Helen se desmayaría; se puso mortalmente pálida. Tanteó el camino hacia la ventana, como si estuviera ciega, y se apoyó un instante contra el marco.
Me situé a su lado e intenté susurrarle al oído. Me parecía que ella, que tanto había estudiado la ciencia que nos había traído todo este infortunio, podría dejarse influir por mí y adivinar el verdadero estado de las cosas; pero no pude saber si logré impresionarla. Se volvió una vez más hacia mi forma.
—Señor Scranton —dijo, con una mirada significativa hacia la caja de cigarros y la botella de brandy sobre mi escritorio—, ¿sería tan amable de decirme cuánto tiempo hace que empezó a fumar y beber?
—¡Caramba! —exclamaron mis labios, repitiendo la risa brutal—. Diría que hace bastante desde que lo dejé, a juzgar por la dificultad que tuve en encontrar algo para beber o fumar, y por el estado asqueroso en que está mi estómago.
Helen salió de la habitación sin decir otra palabra. Yo no pude acompañarla, pues sabía que debía regresar a aquel detestable cuerpo que había dejado bajo los árboles de aquel bonito bosque inglés y calentarlo lo suficiente para mantenerlo vivo. Debía hacerlo, pero ¡cómo podía! ¿Cómo podía dejar a mi esposa, mientras sufría, aunque no pudiera ayudarla? Miré a mi alrededor. ¡Mi hermoso hogar! ¿Cómo podía alejarme de él…
—¡Maldita sea! —murmuré—, ¡cómo pude ser tan idiota de embarcarme en esos malditos viajes!
Salí de la casa y fui a buscar a Hicks Carew. Si se negaba a ayudarme, juré que no viviría mucho después de que yo recuperara mi cuerpo. ¡Debía pagar—y qué caro lo haría pagar por todo lo que había sufrido!
Hicks Carew no estaba en casa. Se había marchado en uno de sus misteriosos viajes sobre los cuales nunca confiaba nada a nadie. No había manera de adivinar cuándo regresaría.
Cuando finalmente partí hacia Inglaterra, sufría los tormentos de los condenados. Estaba casi enloquecido de aprensión por mi esposa, mi hogar, mi propio cuerpo tan deseado. Era evidente que hacía mucho tiempo que mi enemigo no tenía dinero para comprar brandy y tabaco en cantidad suficiente para satisfacerlo, y temía tanto el efecto de sus excesos sobre mi pobre cuerpo como el daño que causaría a mi reputación. ¿Y volvería alguna vez a astralizarse? ¿No podría encontrar su vida presente tan de su agrado que los goces de la astralización le parecieran débiles en comparación?
Creo que nadie se astraliza deliberadamente si no espera disfrutar de algún placer que de otro modo no sería suyo, y que parece mayor que cualquier cosa experimentada hasta entonces. ¿Qué podría darle la astralización a un hombre como Jack Walsh que le resultara preferible a la vida que yo había llevado? Nunca había comprendido tan plenamente lo deseable que era mi suerte en la vida como ahora, que parecía estar excluido de ella para siempre.
Sin embargo, si la esperanza me hubiera abandonado por completo, nunca habría regresado al cuerpo de mi enemigo. Quiero decir, nunca habría ido en su busca; porque, cuando llegué al lugar donde lo había dejado, había desaparecido. ¡Desaparecido! No se veía ni rastro de él.
¿Qué había sido de él? Mi astral se tensó con la agonía del terror, y solté un triste adiós a todo lo que había amado. Ya no podía esperar recuperar mi cuerpo.
No sé cuánto tiempo lloré. Ni puedo decir qué fue lo que me susurró que no me rindiera. Supe entonces que debía continuar la lucha mientras persistiera la memoria.
—Debo concentrarme —pensé—, debo exigir ayuda. Aquello que acaba de susurrarme debe decirme qué hacer ahora. “Condúceme a ese cuerpo —exigí—, condúceme a él, digo.” Todo mi ser se volcó en ese deseo. “¡Ese cuerpo! ¡Ese cuerpo repugnante! Condúceme a él.”
Había llegado a un punto en que comprendía que, por horrible que fuera verme obligado a calentar semejante cuerpo para darle vida, era aún más horrible verme privado del privilegio de hacerlo.
¿Qué había sido de él? ¿Lo habrían devorado las fieras? ¿Existía en Inglaterra alguna bestia lo bastante hambrienta como para tocarlo?
No. Debía estar en manos de estudiantes de medicina. Eso parecía más probable. Creía que los estudiantes de medicina eran ciertamente menos escrupulosos que cualquier fiera de la que hubiera leído. ¿Debía comenzar mi búsqueda en el hospital o en la morgue? Sabía tan poco de la vida de hombres como Jack Walsh que no podía decidir de inmediato el mejor curso a seguir, y parecía no recibir ayuda de mis plegarias.
¡Y ese maldito cuerpo no podía vivir para siempre! Aunque aún fuera habitable, debía estar al borde de la disolución.
CAPÍTULO CINCO
Finalmente decidí regresar con Liz y su hermana, confiando en obtener de su conversación alguna noticia sobre el paradero del cuerpo de Jack.
Por suerte, ese cuerpo estaba siendo llevado por las escaleras en una larga caja negra, justo cuando llegué.
Jane abrió la puerta.
—Bueno —dijo, con un tono de extrema satisfacción—, ¡me parece que esta vez está lo bastante muerto para quedarse así!
—Muerto como un clavo de ataúd —respondió uno de los hombres que cargaba la caja.
-12-
Casi me desplomé de desaliento. No había pensado que pudiera sentirme tan mal con la mera sugerencia de que quizá nunca más podría volver a entrar en aquel desagradable cuerpo.
—Será duro para su esposa, ¿no? —preguntó otro de los hombres.
—Lo supongo, al principio —respondió Jane—; pero lo superará, y es la cosa más afortunada que le haya ocurrido jamás.
—¿Dejaremos el cuerpo en esta caja?
—¿Es la caja más barata que tienen?
—No.
—Sáquenlo y traigan una más barata. No merece ninguna. Si no fuera por Liz lo vendería a una facultad de medicina, e intentaría recuperar parte del dinero que me debe.
Los hombres sacaron el cuerpo de la caja, para mi gran alivio, lo colocaron sobre una tabla y se marcharon.
Liz entró y se arrojó sobre él, comenzó a llorar sobre su rostro y a cubrirlo de besos húmedos con sus delgados labios. Yo miraba, vacilante. ¿Podría soportar aquello? Ya era bastante malo verlo, cuando el rostro no sentía nada. Pero tenerlo animado por mi personalidad… ¡uf! me revolvía el estómago.
Sin embargo, era mi única esperanza de volver a disfrutar de la compañía de Angeline en la tierra. Ese pensamiento me decidió. Sin más vacilación, me introduje en el cuerpo. Estaba tan rígido e inflexible que temí no poder adaptarme jamás a él. Me pareció que pasaban largas horas antes de lograr calentar alguna parte en vida, y miraba con horror los preparativos que se hacían para su entierro.
Incluso comencé a anhelar la presencia de Liz cuando se alejaba de mí; pues sabía que ella sería la más propensa a detectar signos de vida. En cuanto a Jane, estaba igualmente seguro de que, si llegaba a percibir tales señales, sólo apresuraría las ceremonias fúnebres.
Puede parecer una paradoja, pero fue un momento de júbilo para mí cuando Liz presionó sus labios contra la mejilla de Jack (no lo llamaré mía ni siquiera por claridad), sintió que estaba tibia, la besó de nuevo y, con un grito salvaje, se desmayó sobre el pecho de Jack.
Sentí que moriría de colapso anatómico si no lograba apartarla, pues había dejado el cuerpo de Jack tanto tiempo sin alimento que no resistiría mucho más. Hice un esfuerzo sobrehumano, di un espasmo convulsivo y lancé a Liz al suelo. En ese momento Jane entró en la habitación, y Liz recobró el sentido.
—¡Oh! —exclamó Liz, jubilosa—, ¡Jack no está muerto! ¡Jack no está muerto! Me ha derribado, Jane; tan cierto como que vives, ¡me ha derribado una vez más!
—Y parece que te alegra —exclamó Jane con desprecio.
—¡Pero, Jane! —balbuceó la pobre—, era terrible tener a Jack muerto.
—¿Terrible? —había amenaza en la voz de Jane. Me incorporé, listo para defenderme, pues temía que intentara dañar el cuerpo que yo había buscado con tanto empeño.
—¡Miserable…! —(añadiré “desalmado”, porque lo que realmente me llamó no quedaría bien impreso. Estaba en un estado de ánimo en que podía hacer sonar blasfema hasta la misma alfabetización).
—Es bueno estar aquí —murmuré, pues había decidido un nuevo plan—. Es muy bueno estar aquí, pero no puedo permanecer bajo falsas pretensiones. He decidido ser absolutamente sincero.
Jane me miró con los ojos redondos como platos, la boca abierta, la mandíbula colgando sin fuerza. Liz gimoteaba. Nunca habían estado más asombradas en su vida. Realmente había iniciado una peligrosa aventura, pero no lo comprendía, porque no podía darme cuenta del choque que les estaba causando. Pensaba únicamente en mi nuevo plan para escapar de las demostraciones de Liz.
—¡Oh, Dios, qué le pasa ahora! —se lamentó Liz.
—Cállate —ordenó su hermana—; deberías alegrarte de que no te esté golpeando.
—No serás golpeada mientras yo esté aquí —dije solemnemente.
—Jack Walsh —exigió Jane—, ¿qué diablura tramas ahora?
—Mi nombre no es Jack Walsh —respondí con dignidad y firmeza, pero en mi tono más cortés—. Puede ser difícil de creer, pero mi nombre es Joe Scranton, y vivo en Wisconsin, EE. UU., donde soy un ciudadano siempre altamente respetado. ¿Serías tan amable de decir eso al editor de uno de tus periódicos diarios?
—¡Jackie! —suplicó Liz—, no hables así. ¿No reconoces a tu propia mujer?
—Apártese, señora Walsh —dije con severidad, apartándola de mí—. Tengo una esposa en casa. Su nombre es Angeline. Soy fiel a ella. No debe volver a besarme.
—¡Loco! —dijo Jane—. Lo llevaremos al manicomio.
—¡No, no, Jane! —gimió Liz.
Entonces Jane se volvió hacia mí. Estaba furiosa.
—¡Ladrón! —dijo—. ¿Por qué no te quedaste muerto?
Comprendí bien su punto de vista, y lo respeté. Pero su manera era más insultante de lo que el caso merecía. Decidí responder aún como caballero… pero dar rienda suelta a mi sarcasmo, del cual a veces me había enorgullecido.
—¿Quedarme muerto? —pregunté—. ¿Y dejarlas atrás? ¿Merezco semejante tortura?
Jane volvió a mirarme fijamente. —¡Me fríe el cerebro! —dijo lentamente—. ¡Si no está hablando como un cura ahora!
Era evidente que el sarcasmo se perdía con esas dos. ¿Qué podía hacer después? Tenía hambre. ¿Debía pedir comida?
—¿Puedo preguntar —dije cortésmente— qué tienen en la casa que pueda cocinarse para un inválido?
No hubo respuesta alguna. Incluso la intrépida Jane quedó atónita. Comprendí que debía comer para mantener vivo ese cuerpo, y que la comida no podía demorarse mucho.
—¡Oye, belleza! —troné—, sal a esa cocina y prepárame algo para desayunar. ¿Me oyes? ¡Pues anda!
Jane cruzó los brazos y me estudió sin hablar.
—Liz —dije suavemente, pensando que era mejor intentar otra táctica—. Liz, ¿no comprendes que necesito alimento? ¿No serías tan amable de traerme algo de comer?
—¡Oh, Jack! —gimió Liz—, ¡no eres tú mismo en absoluto! ¡Oh, mi lindo Jack, ¿vas a morir y dejarme?!
Y esto después de que yo había intentado con todas mis fuerzas ser un bruto. Liz se arrojó a mis brazos, y sus enormes lágrimas rodaron por mi cuello. Me enfurecí, y la arrojé de nuevo con tal fuerza que tambaleó.
—¡Basta de esa maldita tontería! —troné—. ¡Tráeme algo de comer!
—No tengo dinero —gimió Liz.
—¿De dónde consigues comida?
—Jane me la da.
—Entonces Jane debe traerme algo a mí.
—¡Jamás! —exclamó Jane, con feroz determinación.
—¡Se te pagará, tonta! ¿Crees que quiero mendigar? ¡Apártense, apártense las dos, o las mataré más muertas que arenques!
Evidentemente Jack no había tenido la costumbre de sugerir que podía pagar por la comida. Ambas mujeres mostraron signos inequívocos de intención de lanzarse a mis brazos y llorar en mi cuello, y sólo me salvé poniéndome de pie y adoptando la actitud de un boxeador.
-13-
Para mi intensa alegría, la comida fue traída sin más discusión. Consistía en un cuenco de gachas de avena y una rebanada de pan negro sin mantequilla. No parecía nada apetecible, pero recordé que el cuerpo de Jack necesitaba alimento y que, con toda probabilidad, estaba acostumbrado a nada mejor.
—¿Podrían decirme —pregunté, tragando el caldo como si fuera medicina— qué clase de trabajo puede hacer un hombre como yo?
Liz se abalanzó sobre mí al oír la pregunta, y yo retrocedí contra la pared sosteniendo el pan como si fuera a lanzárselo.
—¡Aléjate, Liz! —grité—. Si tu rostro empapado se acerca a menos de metro y medio del mío, lo aplastaré.
Era un lenguaje duro para usar con una mujer, y con una de las más constantes de su sexo, pero estaba desesperado.
—Déjalo, Liz —dijo Jane—. Si está pensando en trabajar, por el amor de Dios no le distraigas la mente.
Luego Jane se volvió hacia mí.
—Sé de varios almacenes que necesitan ser barridos —dijo.
—¿Dónde? —pregunté.
—Yo conseguiré el trabajo, tú lo haces, y yo me quedo con el dinero.
—¡¿De veras?! ¿Por qué no puedo manejar mi propio dinero?
—¿Tuyo? Tienes muchas deudas que pagar antes de que algo pueda ser tuyo por derecho. Si recibes un solo penique, nunca me pagarás un céntimo por lo que he hecho por ti y por Liz.
Finalmente consentí en el arreglo de Jane, para su gran sorpresa, y pasé ese día barriendo almacenes. Sentía que no podía estar bajo la obligación de una mujer por comida, aunque no fuera mi propio cuerpo el que intentaba mantener con vida, y no tenía idea de dónde encontraría trabajo un hombre como Jack. No podía hacer nada mejor, hasta acostumbrarme a mis extraños alrededores, que dejar que Jane me manejara. Ella se suavizó perceptiblemente al ver lo fielmente que me aplicaba, y me alimentó bien. Eso era lo que quería.
Había decidido poner el cuerpo de Jack en buen estado de funcionamiento. Luego trabajaría mi pasaje a través del Atlántico—de allí a Wisconsin. Cuando llegara a casa, intentaría recuperar la posesión de mi cuerpo. Si fallaba en eso, tendría dos manos materiales y fuertes con las que estrangular la vida de mi cuerpo, volviéndolo inútil para mi enemigo. Entonces degollaría a Jack.
Podría estar cometiendo un crimen, pero al menos podría librar a Angeline de la presencia de mi enemigo, y no haría daño a Liz. Comprendía que podría seguir un castigo, pues no tenía derecho a apresurar mi partida al otro mundo, pero creía que no podría ser castigado eternamente por mi desesperado intento de reparar un daño.
✠═════ CONTINUARÁ═════✠
-14-
"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."



Comentarios
Publicar un comentario