LA MANCHA NEGRA - WEIRD TALES (1923)


Un extraño cuentecillo Por el autor de el pozo.

LA MANCHA NEGRA  

Por Julian Kilman  

título original: THE BLACK PATCH

Weird Tales | Volumen 2 | Número 2 | JULIO 1923

Pp. 18-19 a 89

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El peso muerto sobre mi cuerpo me hizo jadear al saltar dentro del taxi.  

Hasta donde mi tío y yo sabíamos, sólo había otra persona que conocía mi cometido. Vivía en un pequeño pueblo del norte de Ontario y era el único miembro sobreviviente de aquella rama de la familia Warren que había abandonado Inglaterra tres generaciones atrás. La moneda de oro que llevaba era un legado para él, y no podía imaginar que hubiera revelado la forma de su entrega.  

Sin embargo, dos veces durante el breve tiempo transcurrido desde mi llegada a Nueva York había sido atacado, y en la segunda ocasión mi bolso fue realmente arrebatado de mis manos. Esto parecía excesivo incluso para una ciudad tan sofisticada como Nueva York.  

El taxi me condujo a la estación Grand Central, donde aseguré mis boletos en la taquilla. Una vez que el tren partió, volvió a mi mente la extraña petición de mi primo canadiense. Había exigido que el legado se pagara en oro, decisión que, bajo los términos del testamento, no dejaba opción a mi tío ni a mí, sus albaceas; de ahí que cargara con aquel valioso metal sobre mi persona.  

La visita a las Cataratas del Niágara no debía cancelarse, y nada ocurrió que aumentara mi aprensión durante la escala en el célebre paraje. Al final del día siguiente, tras mucha incomodidad por el execrable servicio ferroviario, llegué a mi destino y me apresuré hacia una posada.  

Esa noche averigüé algo acerca de mis parientes, la mayor parte de la información proveniente de una camarera parlanchina que apenas necesitaba el más leve indicio de pregunta para no sólo responderla, sino anticipar otras cinco.  

Así fue como supe que David Warren, mi primo lejano, era un “pájaro raro”; que rara vez se le veía en el centro del pueblo porque en el pasado había tenido problemas con las autoridades—si se insinuaba que bebía o qué, no lo descubrí—y, finalmente, que cuanto más lejos me mantuviera de su “cuchitril”, mejor sería para mí.  

Eran casi las nueve de la noche cuando llegué a la residencia Warren, en las afueras del pueblo. El edificio era grande y desordenado, con pintorescos hastiales que se alzaban en el peculiar resplandor crepuscular del norte.  

Al atravesar la verja percibí claros signos de deterioro y abandono. No se veía una sola luz en la casa. Con considerable recelo avancé por el largo sendero cubierto de hierba hasta la puerta y golpeé con el viejo llamador. Nadie respondió. Esperé unos momentos, sintiéndome cada vez menos inclinado a cumplir mi tarea.  

De pronto la puerta se abrió silenciosamente y me enfrenté a un hombre anciano. Sostenía en alto una vela y me escrutó.  

—¿Es usted mi primo? —preguntó.  

—Si usted es David Warren —respondí.  

—Soy David Warren —dijo lentamente; y añadió con mayor rapidez, como si comprendiera su descuido como pariente y anfitrión—: Pero entre, señor; entre.  

Al bajar la vela y volverse para cerrar la puerta, me sobresaltó ver que llevaba un parche negro sobre un ojo.  

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Sea cual fuere mi primera impresión del hombre, ciertamente nada ocurrió durante el resto de la velada que despertara desconfianza. No mostraba afectación alguna y me trató con la mayor cordialidad. En verdad, había en él algo que me complacía: me daba la satisfacción de sentir que era de mi propia sangre; ¡su voz era la primera, grave y baja, que había escuchado desde que dejé Inglaterra!  

Con esta opinión de mi pariente y anfitrión, acepté su invitación de permanecer como huésped, y pronto, con todo temor adormecido, fui conducido a una habitación en lo alto de la escalera. Respeté su delicadeza al no mencionar el objeto de mi visita hasta ese momento, y yo mismo no lo referí, pues no deseaba que supiera que había tomado precauciones para ocultar el oro sobre mi persona.  

No sé cuánto tiempo dormí, pero debió transcurrir un lapso cuando, de pronto, me encontré completamente despierto. Me incorporé temblando, con el oído alerta al ruido que me había perturbado.  

Entonces llegó: un llamado tenue, cercano y a la vez lejano—como el logrado artificio de un ventrílocuo. Me pareció que la palabra que había escuchado era:  

“¡Socorro!”

Profundamente alarmado, metí la mano bajo la almohada: el oro seguía allí.  

Decidí reconocer el terreno y bajé de puntillas hacia la sala, encendiendo de vez en cuando una cerilla de cera. Ya casi había concluido que, en mi estado nervioso, era víctima de una alucinación, cuando mi atención fue atraída por un escritorio antiguo. Algo blanco sobresalía bajo el secante, y con toda naturalidad lo saqué.  

¡Era una carta que había estado en el bolso arrebatado de mis manos en Nueva York! La visión de aquel pedazo de evidencia inanimada—mi certeza absoluta de que provenía del Gladstone robado—hizo que mi corazón se agitara.  

Regresé a mi habitación, pero dormir fue imposible, y alivié el tedio de la espera del amanecer con un minucioso examen de mis aposentos.  

A las siete en punto se oyó un golpe en la puerta. Una anciana negra me indicó que la siguiera.  

—Buenos días —escuché al entrar en el comedor—. Confío en que haya dormido bien, primo mío.  

El hombre del parche negro estaba de pie junto a la ventana, su buen ojo fijo en mí.  

—Magníficamente —mentí.  

Al terminar el desayuno, sin que yo mencionara el propósito de mi visita, mi anfitrión pareció inquieto. Se levantó de la mesa.  

—Y ahora —dijo, casi con brusquedad—, supongo que trae consigo la suma de mi legado: mil libras.  

—Lo siento —respondí—, pero me pareció prudente depositar el oro en un banco en las Cataratas del Niágara: el peso del metal hacía el viaje tremendamente incómodo.  

Demostró ser un consumado actor.  

—¡Por supuesto, por supuesto! —exclamó con rápida jovialidad—. No nos preocupemos por eso. Podemos arreglarlo más tarde.  

Dos veces aquel día intenté escabullirme; pero cada vez mi anfitrión, con un aire desarmantemente casual, se las ingeniaba para acompañarme. En la segunda ocasión había alcanzado la carretera y me dirigía al pueblo cuando, con profusas disculpas por su descuido, me alcanzó. Continué la caminata en su compañía.  

Nada se logró. Una y otra vez, al pasar por las calles del pequeño pueblo, noté la mirada curiosa de quienes nos cruzaban, y las palabras de la sirvienta volvieron a mi memoria. El hombre que me acompañaba no habló con nadie, ni nadie le habló a él. Mientras tanto, mantenía un incesante fuego de comentarios, como si sus pensamientos corrieran desbocados.  

—A propósito —exclamó al volver sobre nuestros pasos—. No le he mostrado mi laboratorio.  

Más tarde, al exhibir su taller, mostró una nerviosidad extrema.  

—Este ojo —explicó— lo perdí hace años en un experimento.  

Al pensar en la cuenca vacía bajo aquel parche negro, me resultó difícil reprimir un escalofrío.  

La velada con mi anfitrión no sirvió para disipar mis temores. Había decidido permanecer despierto toda la noche; y por la mañana, comunicarme en cualquier caso con las autoridades.  

Durante las largas horas que siguieron permanecí completamente vestido sobre la cama, revólver en mano; pero la vigilia fue demasiado para mí en mi estado de agotamiento y finalmente cabeceé.  

Debía de ser pasada la medianoche cuando desperté y quedé tenso: una mano se movía con cautela de un lado a otro bajo mi almohada. La búsqueda fue minuciosa, pero el oro no estaba allí: seguía sujeto a mi cuerpo. Y el dueño de la mano pareció concluir que era necesario otro recurso, pues un momento después lo oí escabullirse.  

Al deslizarme fuera de la cama, se oyó un ruido como si alguien hubiera tropezado en el pasillo. Al instante le siguió un horrible alarido—una y otra vez desgarró el aire.  

El cabello de mi cabeza se erizó de terror.  

Al abrir de golpe la puerta de mi habitación, apenas pude distinguir que se desarrollaba una terrible lucha entre dos hombres. Continuó por un breve instante, y pronto escuché un largo suspiro; uno de los combatientes se deslizó hasta el suelo.  

No esperé más, sino que salté al pasillo, las manos extendidas delante de mí. De pronto, en la oscuridad, tocaron las de otro. ¡Me estaba buscando!  

Nos agazapamos allí un instante, cada uno tanteando al otro, como en los preliminares de un combate de lucha. Sus dedos estaban calientes y resbaladizos de humedad. Entonces me embistió. La pistola fue derribada de mi mano, y al instante los dos forcejeábamos juntos.  

De un lado a otro nos tambaleamos. Finalmente mis pies tropezaron con el cuerpo tendido en el suelo. Mi adversario y yo caímos juntos.  

La caída aflojó su presa. Pude respirar con más libertad, y alcancé su garganta con una mano; la otra vagó por su rostro y se aferró a algo.  

Grité con horror. ¡Uno de mis dedos se hundía en la cuenca vacía de un ojo humano!  

Enloquecido por el dolor, mi antagonista se levantó de un salto desde el suelo, arrojándome como si fuera un niño. Un instante después lo oí correr escaleras abajo.  

Me ha sido difícil comprender mi proceder aquella noche espantosa. Estaba insensato. Seguí al hombre tuerto, pues sentía que se había cometido un asesinato. La luz de la luna me permitía verlo claramente. Con increíble rapidez, el fugitivo se lanzó por el paisaje y se dirigió hacia un puente de madera que cruzaba una hendidura a medio kilómetro de distancia.  

Sabía que al otro lado había un paraje densamente boscoso y, temiendo su huida, intenté interceptarlo. Sin embargo, alcanzó el puente unos segundos antes que yo, y para mi horror lo vi equilibrar su cuerpo a un lado; al momento siguiente se precipitó al vacío.  

Creo que ambos gritamos entonces; el hombre tuerto mientras giraba en la luz de la luna hacia su muerte, y yo al contemplarlo.  

No fue sino hasta el amanecer que recobré el sentido. Las suelas de mis botas estaban desgastadas, y parecía haber corrido durante horas; corrido para borrar de mi visión la imagen de aquel cuerpo girando hacia el abismo—corrido para arrancar de los tentáculos de mi memoria el horrendo pensamiento de que había empujado a un ser humano hacia su muerte.  

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Entonces, lleno de presentimientos acerca de la identidad del cuerpo sobre el que había tropezado más temprano en la noche, emprendí el regreso. Al llegar a la casa pasó largo rato antes de que pudiera reunir el valor para entrar. Una vez dentro, sin embargo, recobré confianza y me apresuré a subir las escaleras.  

El cuerpo había desaparecido del pasillo. Pero en la pequeña habitación de un extremo—apenas un armario—encontré lo que buscaba: el cuerpo del hombre que había caído durante la lucha nocturna; evidentemente se había arrastrado hasta allí. Su corazón aún latía, y lo cargué escaleras abajo. Era pesado, y gemí de alivio cuando el peso resbaló de mis brazos al suelo.  

Entonces miré el rostro. Nunca lo olvidaré.  

¡Era mi anfitrión! El parche negro se había desplazado. ¡Había estado cubriendo un ojo perfectamente sano!

Debí de haberme desmayado ante aquella visión, pues lo siguiente que recuerdo es que había muchos hombres a mi alrededor. Venían del pueblo y habían sido avisados por la anciana negra.  

Fui puesto bajo custodia y encerrado durante tres largas horas en un ridículo lugar que llamaban “calabozo”. Al cabo de ese tiempo me condujeron ante un magistrado que tomó mi declaración.  

A la mañana siguiente me informaron que el cuerpo de David Warren había sido hallado en el barranco. Confirmaba mis peores temores: ¡había llevado a la muerte a mi propio primo!  

Ese mismo día las autoridades obtuvieron una confesión del hombre que había llevado el parche negro. Era desconocido para ellos y declaró llamarse Douglass. Durante unos tres meses había trabajado para David Warren como asistente en labores de laboratorio. Al abrir por error la primera carta de nuestro abogado, Douglass se enteró del legado y mantuvo a mi primo en la ignorancia.  

Durante dos meses había mantenido confinado a David Warren en circunstancias de la mayor crueldad, en el pequeño armario al final del pasillo. Aseguró el silencio de la anciana negra mediante amenazas de muerte.  

Cómo Warren logró escapar de su habitación, Douglass no pudo decirlo. Sospechaba que la mujer se había atrevido finalmente a abrir la puerta. En cualquier caso, mi primo se encontró con Douglass en la oscuridad justo cuando éste salía de mi cuarto tras su inútil intento de robar el oro. Entonces se produjo la lucha en el pasillo que yo había escuchado, y en la cual Warren apuñaló al impostor con un cuchillo—herida que más tarde resultó en la muerte del criminal.  

Aunque sabía que nunca habíamos visto a nuestro primo canadiense, Douglass llevaba el parche negro temiendo que pudiéramos saber que David Warren había perdido un ojo.  

Tras el juicio, me apresuré, sacudido y tembloroso, al hotel y empaqué el Gladstone robado que había sido hallado y devuelto a mí. Luego, sintiendo que ya tenía una impresión suficientemente vívida de América, adquirí un giro con el oro y emprendí el largo viaje de regreso a casa.  

✠═════ FIN ═════✠

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"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."

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