EL POZO - WEIRD TALES (1923)

 

Una nueva historia del Maestro de la ficción extraña  

EL POZO

por: Julian Kilman
Título original: THE WELL

Weird Tales | Volumen 1 | Número 4 | ABRIL 1923
Pp. 58-59

❖ ❖ ❖

Jeremiah Hubbard trabajaba con un tiro de caballos en un terreno a cierta distancia de su vivienda. Cuando se acercaban las cinco de la tarde de aquel otoño, se desató las riendas de la cintura, desenganchó los tiros y emprendió el regreso con sus caballos.

Era un hombre corpulento, algo menor de mediana edad, con rostro en forma de plato y ojos muy juntos. Caminaba con brío. Uno de los caballos se rezagó un poco, y él lo golpeó con furia usando un látigo corto.

Al poco llegaron a la casa de los Eldridge, abandonada y derruida, al otro lado del camino. La granja estaba siendo trabajada a medias por un hombre llamado Simpson, que vivía a cinco millas y conducía un “tin Lizzie”. Un roble antiguo, de tronco enorme marcado por la podredumbre, alzaba sus ramas retorcidas hacia el cielo.

Esas ramas daban sombra a un pozo en desuso—el primero que hubo en el condado de Nicholas, excavado en los años cincuenta por la familia pionera Eldridge. Bajaba cuarenta pies en línea recta hasta el suelo residual característico de la región, pero, debido al mejor drenaje, se había secado. Nada quedaba de la vieja caseta de la bomba, salvo el círculo de piedra desmoronado alrededor de la boca, testimonio de su antigua majestad.

Una niña de ocho años salió corriendo desde la parte trasera. Hubbard frunció el ceño y detuvo a su tiro.

—Será mejor que te alejes de ahí —gruñó—, o te vas a caer en el pozo.

La niña lo miró con picardía.

—Usté y la señora Hubbard no se hablan, ¿verdad?

El rostro de Hubbard se oscureció. El látigo chasqueó y alcanzó las piernas de la niña. Ella chilló y huyó.

Un octavo de milla más adelante, Hubbard giró hacia su granero. Alimentó a sus animales. Pasadas las seis entró en la casa, que, comparada con el gigantesco granero, parecía diminuta.

Una mujer de pecho hundido y cabello ralo recogido en un nudo tomó los dos baldes de leche que él traía y los dejó en la cocina. No cruzaron palabra.

Hubbard fue al lavabo, sus botas resonando en el suelo, y se lavó con abundante agua y jabón, resoplando con fuerza. En el comedor, una niña de doce años leía un libro. Al ver entrar a su padre lo miró con temor.

Él no le prestó atención y se dejó caer en una silla frente a un escritorio lleno de papeles: hojas mecanografiadas de “alegatos”, un registro de títulos manoseado y ennegrecido en los bordes, revisado con evidente cuidado.

El hombre se ajustó unas gafas anticuadas sobre su rostro plano. Para hacerlo debía tirar con fuerza de las patillas hacia atrás, pues su nariz apenas ofrecía puente.

Al cabo habló a la niña:

—Dile a tu madre que traiga la cena.

La niña salió presurosa, y poco después la madre apareció con los platos. La comida se dispuso en silencio. El granjero comió con avidez y en diez minutos terminó. Entonces se dirigió a su hija, evitando mirar a su esposa:

—Dile a tu madre que quiero el desayuno a las cinco mañana.

—¿A dónde va, pa? —preguntó la niña.

—Voy a la cabecera del condado a ver al abogado Simmons.

La mirada de Hubbard siguió a la niña mientras recogía la mesa.

—Oye —dijo—, ¿has estado hablando con esa chiquilla Harper?

—No —respondió la hija con un poco de brío—. Pero vi a su padre junto a la cerca.

—¿Y qué hacía ahí?

—No me quedé. Me dio miedo que me sorprendiera mirándolo.

Hubbard se puso el sombrero con gesto hosco.

—Ya me enteraré —bufó.

Cruzó con paso rápido un rastrojo de trigo, la vista fija hacia adelante. Era ya el crepúsculo, pero alcanzó a distinguir la figura de un hombre en el extremo norte de sus tierras.

—¡Eh, Harper! —gritó—. ¡Deja esa cerca!

Corrió hacia él.

Los hombres estaban separados por dos cercas de alambre paralelas, a tres pies de distancia. Cada una, extendida unos doscientos metros, era reclamada por el granjero del lado opuesto. Esa disputa sobre el lindero llevaba cuatro años en litigio.

El curioso espectáculo de las cercas gemelas se había convertido en atracción del condado. Había sido fotografiado y publicado en revistas agrícolas.

—No te tengo confianza, Harper —dijo Hubbard, jadeando—. Tienes ventaja con el juez Bissell, y entre los dos traman ganarme.

El otro soltó una risa.

—Te ganaré, sí —repuso con calma—. Pero no será porque el juez Bissell sea injusto.

El tono enfureció a Hubbard, que saltó la primera cerca y enseguida la segunda.

Harper, sorprendido por el arrebato, retrocedió. Alzó una pala. Hubbard se lanzó contra él. La pala descendió.

Pero Harper era de complexión ligera, y el golpe no detuvo al hombre enfurecido, que arremetió con todas sus fuerzas. Se trabaron. Los dedos de Hubbard se cerraron en la garganta del otro, y ambos cayeron al suelo, Hubbard encima. La caída rompió su presa. Con sus puños enormes comenzó a golpear el cuerpo. Siguió hasta que quedó inerte.

Entonces, su furia se apagó de golpe. Retrocedió y miró la figura inmóvil, extrañamente quieta.

—¡Así! —jadeó.

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Se oyó entonces el canto de alguien, la voz flotando con nitidez en el aire nocturno. Hubbard la reconoció como la de un ministro itinerante de la Iglesia Metodista Libre, cuya capilla en Ovid él y su familia asistían de vez en cuando.

El himno que resonaba, mientras el Hombre de Dios avanzaba por la carretera en su carruaje, era Jesús, amante de mi alma.

Por un momento Hubbard se cubrió el rostro con un brazo, como si intentara apartar una cosa invisible.  

Luego, inclinándose sobre el cuerpo tendido, metió la mano entre la ropa para comprobar el latido del corazón. Realizó el gesto mecánicamente, pues sabía que había matado al hombre.  

Descubrió el bolso de mano. Evidentemente Harper se dirigía a Ovid para tomar el tren hacia la cabecera del condado, donde al día siguiente sería el juicio. Eso significaba que su esposa no lo echaría de menos por lo menos en veinticuatro horas.  

El asesino meditó su siguiente paso. ¿Dónde ocultar el cuerpo? Detrás de él había un trozo de bosque, pero sabía que lo recorrían constantemente los cazadores de ardillas. Pensó en el ferrocarril. ¿Por qué no un accidente? ¿Muerto por el mismo tren al que se dirigía?  

Comenzó a arrastrar el cuerpo hacia la vía, que pasaba a media milla al norte. Sin embargo, al darse cuenta de que la distancia era demasiado grande para el momento, dejó que el cuerpo se deslizara al suelo. Después se deslizó por las cercas gemelas hasta la carretera y miró en ambas direcciones. No parecía haber nadie.  

Volvió corriendo, y en veinte minutos había cargado el cuerpo hasta la propiedad de los Eldridge y lo arrojó al antiguo pozo.  

Al regresar encontró a su esposa y a su hija juntas en la sala, donde, con el predicador itinerante, los tres estaban arrodillados en oración. Hubbard empujó sin ceremonia al clérigo.  

—Ya basta —dijo.  

El ministro se levantó, su figura alta y huesuda imponiéndose sobre Hubbard.  

—Hermano —comenzó con voz resonante—, ven con el Señor…  

—Sí, ya lo sé —replicó Hubbard, con una paciencia que sorprendió a su esposa—. Pero tengo algo que hablar con mi familia. —Se detuvo. Luego, metiendo la mano en el bolsillo y sacando una moneda pequeña, añadió—: Toma esto y sigue tu camino.  

Cuando el predicador se hubo marchado, Hubbard llamó a su hija.  

—Harper ya no estaba cuando llegué a la cerca.  

—¿Qué lo detuvo tanto?  

—Me fui hacia el bosque. Hay un nido de mapaches. Van a destrozar el maíz. —Sonrió de manera forzada—. ¡Mira! Si los atrapamos, te daré el dinero que den sus pieles.  

Hubbard comprendió que su actuación era pobre. Tanto la niña como su esposa lo miraban abiertamente.  

—¡Bueno! —gritó—. ¿Qué les pasa?  

—Nada, pa, nada —sollozó la niña.  

—Entonces váyanse a la cama, las dos.  

A la mañana siguiente Hubbard partió hacia la cabecera del condado, un viaje de diez millas. Regresó esa tarde y se quejó de que el caso había sido aplazado porque Harper no se presentó en el tribunal.  

Al día siguiente volvió a su campo, lejos por el camino, para seguir arando. Dos veces fue llamado a la carretera por transeúntes para hablar de la desaparición de Harper.  

Una semana más tarde, al pasar con su tiro por el camino, descubrió a la hija de Harper en la propiedad de los Eldridge. Estaba sentada al borde del pozo.  

Con una maldición contenida, soltó las riendas y avanzó a medio paso, medio carrera, hacia donde la niña estaba.  

—¡No te dije que te alejaras de ahí! —explotó.  

La niña lo miró fijamente, sin moverse, aunque sus labios temblaban. Hubbard miró hacia la carretera. Luego le agarró el brazo.  

—¡Vete a casa! —gritó.  

La giró bruscamente. Ella siguió mirándolo mientras se alejaba hacia su hogar.  

Toda esa mañana Hubbard trabajó duro con sus caballos. Se dio cuenta de que estaba ansioso por volver a pasar junto a la casa de los Eldridge. Puntualmente, a las doce, ató su tiro y subió por el camino. Sintió un alivio fugaz al no ver a la niña, aunque pronto se le heló el ánimo.  

—Está comiendo —murmuró.  

Se alejó sin mirar dentro del pozo. Trabajó hasta las cuatro de la tarde. De regreso, descubrió a la niña otra vez sentada junto al pozo. Se inclinaba y actuaba de manera extraña.  

Apresuró a sus caballos hacia la carretera, ató las riendas a un poste de la vieja cerca en zigzag. Al acercarse, la vio arrojar una piedra al agujero.  

Hubbard esperó hasta estar seguro de su voz.  

—Ven conmigo —dijo.  

Sujetando a la niña, la llevó hacia su casa, a poca distancia. Al llegar, la puerta principal estaba entreabierta. Una mujer, con los ojos enrojecidos de tanto llorar, miró a Hubbard en silencio.  

—¡Aquí! —dijo con brusquedad—. Esta niña debería quedarse en casa. Se va a caer en el pozo.  

La señora Harper simplemente extendió los brazos hacia su hija. Hubbard permaneció de pie, incómodo.  

—¿Ha sabido algo de Harper? —preguntó.  

—No quiero hablar con usted —respondió la mujer.  

Hubbard se dio la vuelta. Junto a sus caballos lo esperaba el alguacil adjunto. Ambos hablaron más sobre la desaparición.  

—Si no fuera porque usted es tan conocido, Jeremiah —dijo finalmente el oficial—, seguro pensarían que está metido en esto de algún modo.  

—¿Por qué? —gruñó el granjero, desatando las riendas.  

—Pues todo el mundo sabe que usted y Harper llevan años pleiteando por esa línea divisoria.  

Hubbard soltó una risa.  

—Yo les diré dónde está Harper. Se largó, eso pienso yo: abandonó a su familia.  

Esa noche, y muchas otras, Hubbard no durmió. Semanas más tarde, una tormenta eléctrica tremenda estalló en la noche. Un trueno particularmente fuerte sobresaltó al desvelado Hubbard, que saltó de la cama y se vistió. Bajo la lluvia torrencial salió.  

Inevitablemente sus pasos lo llevaron hacia el pozo. Estaba oscuro y al principio no pudo ver. Pero otro relámpago iluminó, y observó algo extraño:  

El enorme roble, junto al pozo, había sido partido en dos por el rayo, y una parte del árbol había caído sobre la boca del agujero.  

A la mañana siguiente Simpson, el hombre del “tin Lizzie”, se detuvo en la casa de Hubbard. Era un sujeto de hablar brusco y rostro enrojecido, a quien Hubbard detestaba.  

—Fue una tormenta fuerte anoche —dijo—. El rayo golpeó el gran roble junto al pozo.  

—¿Y qué con eso? —replicó Hubbard con aspereza.  

—Había un esqueleto en el centro de ese árbol —explicó Simpson—. Esta mañana hablé por teléfono con el sheriff. Me dijo que hace setenta y cinco años un hombre fue asesinado en Ovid, y nunca encontraron su cuerpo. Ese esqueleto debe de ser el suyo.  

Hubbard carraspeó con fuerza.  

—¿Qué hicieron con él? —preguntó.  

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—El cráneo y uno de los huesos de la pierna cayeron al pozo cuando intenté recogerlos. Quiero pedir prestada una soga para poder bajar allí.  

Por un instante apenas Hubbard guardó silencio.  

—Lo que deberías hacer —dijo, recomponiéndose— es rellenar ese agujero. Es peligroso.  

—Sí, es cierto. Pero primero voy a sacar ese cráneo. Será una buena prueba. Me pregunto si alguna vez encontraremos el esqueleto de Harper.  

—Espera un momento —dijo Hubbard con voz ronca, encaminándose al granero—. Buscaré una soga y te ayudaré.  

Ambos regresaron a la granja de los Eldridge. Allí encontraron a la hija del difunto, encaramada en el árbol caído.  

—¡Maldita insensata! —murmuró Hubbard—. ¡Su madre dejándola jugar aquí!  

Se preparó una polea sobre la rama y se colocó la cuerda con una tabla como asiento.  

—Yo bajaré —se ofreció Hubbard.  

Simpson lo miró sorprendido, pero asintió.  

A Hubbard le tomó unos cinco minutos recuperar las partes faltantes del esqueleto. Subió con el hueso de la pierna y el cráneo sonriente. Estaba pálido cuando se encaramó al borde.  

—Voy a rellenar ese agujero yo mismo —dijo.  

—Está bien —replicó Simpson, manipulando el cráneo con curiosidad—. Adelante.  

La noticia del hallazgo del antiguo esqueleto se difundió, y los habitantes comenzaron a acudir para ver el espectáculo. Simpson, hombre de cierta inventiva, había alambrado los huesos blanqueados y los suspendió de una de las ramas del árbol caído. El esqueleto colgaba y se balanceaba con el viento.  

Hubbard, enloquecido por la demora y la publicidad, sentía que se consumía. Se había obsesionado con la convicción de que, si el pozo se rellenaba, su mente hallaría descanso.  

Las noches de insomnio continuo destrozaban sus nervios, y ya no podía permanecer en la cama. Se dejaba caer vestido, esperando a que los demás durmieran. Entonces salía furtivamente.  

Al principio solo caminaba por los caminos, agitando los brazos y murmurando. Pero a medida que avanzaba la noche, su paso se aceleraba, y con frecuencia echaba a correr. Corría hasta que los pulmones le estallaban y la baba le escurría de la boca. Los viajeros tardíos empezaron a vislumbrar la figura fugitiva, y el rumor creció de que un fantasma rondaba el pozo—que el esqueleto caminaba.  

Hubbard se volvió macilento. Pero no podía dejar sus rondas nocturnas, algunas de las cuales lo llevaban millas lejos, aunque todas terminaban en un mismo lugar: el pozo.  

Allí, exhausto, se sentaba hasta el amanecer, mirando el esqueleto oscilante, mascullando incoherencias, rezando, cantando himnos en voz baja, riendo. Al despuntar el día volvía furtivamente a casa.  

Por fin, cuando el interés por el esqueleto se hubo apagado y Simpson consintió en retirarlo, Hubbard cargó su carreta con piedras y guijarros y se dirigió al pozo. Aquella primera mañana hizo tres viajes, arrojando cada vez una considerable cantidad de piedras.  

Al día siguiente añadió otro viaje. Empezó a sentir alivio. Pero en la tarde del segundo día, cuando hacía otro viaje, Simpson se acercó desde un campo vecino.  

—Quería verte ayer —dijo, mirando a Hubbard con sorna—. La señora Harper estuvo aquí. Dijo que su niña jugaba por aquí y dejó caer un par de morillos al pozo.  

—¿Y qué con eso? —soltó Hubbard.  

—Tienes que sacarlos.  

—¿Por qué?  

—Porque esos morillos son reliquias.  

—Pero me diste permiso de rellenar el agujero.  

—Estaba bromeando —rió Simpson—. Yo solo arriendo la granja. No tengo nada que ver con la casa ni el patio.  

Sin decir palabra, Hubbard se volvió hacia su carreta. Subió al asiento y se marchó. Una hora después regresó con la misma cuerda que se había usado para recuperar las partes faltantes del esqueleto. También trajo a un jornalero que trabajaba ocasionalmente para él.  

Simpson lo observó divertido mientras Hubbard ajustaba de nuevo la polea, preparaba un cubo y enganchaba su tiro al extremo de la cuerda.  

Pacientemente, cubo tras cubo, las piedras eran elevadas y vaciadas. Abajo, en el interior negro, Hubbard trabajó durante una hora. A las seis aún no había encontrado los morillos. Dos veces se vio obligado a subir para tomar aire fresco.  

Su último ascenso lo dejó tan pálido y débil que se vio obligado a regresar a casa.  

Esa noche recurrió a polvos para dormir. Pero permaneció acostado, dando vueltas, con los ojos abiertos durante las horas oscuras. Algún tiempo después de la medianoche se levantó. Una luz seguía encendida en la habitación de su esposa y, avanzando de puntillas por el pasillo, se detuvo ante la puerta. En voz baja, madre e hija conversaban. En su imaginación febril le pareció seguro que hablaban de la desaparición de Harper.  

Murmurando para sí, salió de la casa. Corrió por el sendero hasta la carretera y la siguió hasta llegar a la propiedad de los Eldridge. Se propuso no detenerse, y logró pasar corriendo, como un animal asustado.  

Su paso se aceleró. Era mejor descrito como un escurrirse, pues corría encorvado y bajo. Creyó ver a alguien acercarse. Eso lo hizo volver. Retrocedió con la velocidad del viento.  

Arrastrado por una fuerza irresistible, se dirigió directamente al sendero de los Eldridge. Llegó al pozo, cuya boca se abría ante él. Por un momento se quedó de pie, los ojos muy abiertos, mirando las profundidades negras.  

Entonces, gritando, se lanzó de cabeza.  

Su alarido, largo y extraño, quedó temblando en el aire nocturno.  

En la casa de los Hubbard, a un cuarto de milla de distancia, la madre y la hija lo escucharon. Las dos permanecieron atentas, con el corazón palpitante. Se aferraron de las manos.  

En un susurro ronco la madre exclamó:  

—¿Qué fue eso?  

✠═════ FIN ═════✠
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"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."

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