OSIRIS - WEIRD TALES (1923)
OSIRIS
El extraño relato de una momia egipcia
Por Adam Hull Shirk
Título original: OSIRIS
Weird Tales | Volumen 1 | Número 4 | ABRIL 1923
Pp. 56-57
❖ ❖ ❖
La reciente y lamentable muerte de Sir Richard Parmenter, F. R. G. S., está aún demasiado fresca en la memoria pública como para requerir mayor referencia; y si no fuera porque me considero capaz de arrojar luz sobre los incidentes que contribuyeron a la súbita y aparentemente innecesaria extinción de una vida valiosa, me abstendría de mencionarla nuevamente.
Es bien sabido que los médicos de entonces concluyeron que una debilidad valvular del corazón debió ser la causa de la muerte del célebre egiptólogo; pero la declaración de su propio doctor, asegurando que Sir Richard jamás había mostrado indicios de tal afección y que, en apariencia, gozaba de excelente salud justo antes de su fallecimiento, provocó considerable asombro.
Había pensado dejar que los hechos permanecieran sepultados, pero, por ciertas razones, reconsideraré mi determinación y contaré lo que sé.
Siempre recordaré la noche en que Sir Richard me convocó, como su consejero, para asistirlo en sus aposentos del Albermarle. Era una noche de tormenta, y las calles de Londres eran un lodazal de fango y nieve derretida. Un viento atroz se había levantado, y al salir de mis habitaciones en el Temple casi me derribó. Por ello, fue con no poca satisfacción que encontré un alegre fuego de leña esperándome en la biblioteca de mi distinguido cliente, y el sorbo de brandy que me ofreció fue un verdadero salvavidas.
Noté, sin embargo, que pese a su aparente jovialidad, algo lo atormentaba, y decidí llegar a la raíz del asunto sin demora:
—¿Cómo puedo servirle, Sir Richard? —pregunté con viveza—. Veo que algo lo preocupa.
—¿Es tan evidente? —replicó, intentando mostrarse despreocupado; pero sus rasgos fuertes y sencillos desmentían su esfuerzo por aparentar calma.
Antes de que pudiera responder, prosiguió:
—Pero no importa eso: quiero que redacte mi testamento… ahora.
—¿Su testamento? —Mi expresión de sorpresa e incredulidad fue natural, pues desde que había sido contratado por él había notado como una de sus pocas rarezas el hecho de que jamás lo hubiera redactado. Cuando le mencioné la conveniencia de hacerlo, lo dejó de lado con un comentario caprichoso acerca de ser supersticioso.
—Hablo en serio —declaró—, y será muy sencillo: apenas una forma breve, y lo firmaré con mi criado como testigo.
—¿Pero por qué la prisa? —dije—. ¿Por qué no esperar a que mañana pueda redactar el documento debidamente en mi oficina…?
—No; ahora —respondió, y había tal tono de irrevocabilidad en su voz que no tuve elección.
Mi preocupación por mi cliente, a quien realmente apreciaba y respetaba profundamente, me impulsó a preguntar:
—¿No está enfermo, Sir Richard?
Sacudió la cabeza, con el esbozo de una sonrisa en su rostro curtido.
—Físicamente… no. Pero…
Se detuvo, y tras un momento volvió a instarme a proceder con la redacción del testamento.
Redacté el documento, que era sencillo: dejaba la mayor parte de sus vastas propiedades a su hermana en Surrey, con numerosos pequeños legados a amigos y parientes lejanos, y una generosa suma junto con su colección privada al Museo Británico y al Museo Imperial de Egiptología. Hicimos pasar a su criado, y el documento fue debidamente firmado; después de lo cual Sir Richard exhaló un largo suspiro de alivio y, recobrando algo de su natural disposición, me ofreció su estuche de cigarros y se recostó en su silla, fumando con comodidad.
—Tengo una historia que contarte, Madden —dijo entre bocanadas—, y es un relato extraño, además. Pensarás… pero no importa. Escucha primero, y luego di lo que quieras. Sólo… —miró alrededor con una expresión de aprensión que me puso los nervios de punta—. Espero que tengamos tiempo.
—¿Tiempo para qué? —pregunté.
Se relajó de nuevo y sonrió:
—Está bien —declaró—. Supongo que estoy algo nervioso, pero está bien. Toma otro brandy.
Bebimos solemnemente juntos. Luego volvió a acomodarse y yo me dispuse a escuchar.
—Madden —dijo—, quizá sonrías ante lo que me ha parecido lo bastante serio como para justificar los pasos que acabo de dar —me refiero a hacer mi testamento—, pero, lo mires como lo mires, quiero que sepas que es cierto… cada palabra.
-56-
—Mi último viaje a Egipto —del cual regresé apenas hace quince días— iba a ser, de todos modos, el definitivo. He realizado seis viajes allá en mi vida, y he reunido suficiente información para llenar una docena de volúmenes. Además, he contribuido con muchos ejemplares valiosos al museo y corregido numerosas interpretaciones erróneas de ciertos jeroglíficos. En conjunto, creo que he hecho bastante bien.
Esta última visita fue, en muchos aspectos, la más satisfactoria; de hecho, marcó un triunfo en mi carrera como egiptólogo que habría sido la coronación de mis logros, de no ser por… pero de eso no hablaremos aún.
Me pregunto, Madden, si sabes algo acerca de las ceremonias religiosas y formas de culto del antiguo Egipto. En cualquier caso, puedo decirte que los habitantes del Nilo, como se les llamaba, reconocían como su deidad suprema a Osiris, señor del inframundo. Algunos lo han identificado con el Sol y, junto con los cuarenta jueces de los muertos, se suponía que juzgaba las almas que Horus le presentaba en las dobles salas de la verdad, después de que Anubis hubiera pesado sus buenas y malas acciones.
Los egipcios reverenciaban a Osiris con una devoción tan fervorosa como la que los chinos profesan a Buda, y los sumos sacerdotes de Osiris eran considerados con casi tanto respeto como la propia divinidad.
En todos nuestros estudios e investigaciones, sin embargo, nunca hemos podido identificar realmente a Osiris; aunque ahora se admite, en general, que se creía que había vivido en la tierra en algún momento y que sólo tras su muerte asumió prerrogativas divinas. En este sentido, podría decirse que la teología cristiana moderna se asemeja en cierta medida a la forma más antigua.
Osiris aparecía representado en muchas tablillas como una criatura con cabeza de toro, aunque existe cierta discrepancia al respecto. En cualquier caso, se decía que su tumba estaba cerca de Heliópolis, y fue para investigar esta tradición que emprendí mi último viaje a Egipto.
Sir Richard hizo una pausa para encender de nuevo su cigarro y escuchó la tormenta que rugía afuera. Otra vez lanzó aquella mirada rápida y temerosa a su alrededor, y luego prosiguió:
—Me sería imposible explicarte, como profano, la desmesurada alegría que sentí al encontrar —por qué medios y tras qué tedioso trabajo, no me detendré a contar ahora— una tumba abandonada que supe, por ciertas inscripciones jeroglíficas halladas, que era precisamente la que había buscado durante buena parte de medio año.
Comprende que toda esta tradición de la tumba de Osiris era considerada por mis colegas científicos como un mito, y si se hubiera sabido públicamente que le daba suficiente crédito como para gastar tanto tiempo y dinero en buscarla, me habrían tomado por loco y expulsado de las sociedades. Esto quizá te permita apreciar más plenamente mis sensaciones al localizar, al menos, la tumba. ¡Lo que pudiera hallar dentro, apenas me atrevía a imaginarlo!
¡La tumba de un Dios! ¿Puedes concebirlo, Madden?
Y, sin embargo, ¡si tan sólo me hubiera detenido allí! ¡Si me hubiera contentado con la certeza que ya poseía, sin proceder más allá y profanar con manos sacrílegas aquel solitario sarcófago en el desierto!
Cómo logré penetrar en esa tumba, los horrores de murciélagos y criaturas reptantes que no lograron detenerme, el casi sobrenatural temor que se apoderó de mí… no puedo detenerme a narrarlo. Basta con decir que al fin me encontré junto al tremendo ataúd de piedra, temblando de un miedo desconocido. Y, mientras estaba allí, algo blanco revoloteó a mi lado y escapó por la abertura hacia el aire exterior. Un ibis sagrado… pero cómo había penetrado allí y cómo había sobrevivido, no puedo decirlo.
—Sirve otra copa de brandy, Madden… y echa también otro leño al fuego, si no te importa. ¡Dios mío, cómo sopla el viento! ¿Has dicho algo?… Perdona, estoy nervioso esta noche, como ya te dije antes, muy nervioso… ¿Dónde me quedé? Ah, sí…
Aquel gran sarcófago se alzaba ante mí, y sobre él vi inscrito el sagrado escarabajo y la pluma de la verdad, mientras que en el centro aparecía la palabra —el único, maravilloso nombre— “Heseri”, que en egipcio significa Osiris.
La curiosidad insaciable reemplazó entonces al reverente temor que debería haberme poseído, y con manos de vándalo forcé la tapa de piedra del cofre. Alcancé a ver un rostro enorme, bovino, un rostro vivo, cuyos ojos se hundieron en lo más profundo de mi alma… y entonces huí como si todos los demonios de Amenti me persiguieran.
Eso es todo, Madden, salvo que estoy nervioso… terriblemente nervioso. Es tan distinto a mí. Sabes cuán poca parte ha tenido el miedo en mi vida. He enfrentado el temido *simún*; me he perdido entre tribus salvajes; he encarado la muerte en un centenar de formas… pero jamás me he sentido como ahora. Temo a un sonido; mis oídos me engañan haciéndome creer que siempre escucho algún ruido extraño; mi apetito se desvanece, y siento el peso de mi edad como nunca lo había sentido hasta ahora… ¡Dios mío, Madden! ¿Qué fue ese sonido?… ¡Oh! ¡Mira detrás de ti, Madden! ¡Mira!…
❖
Y ahora llego a esa parte de mi declaración que probablemente será rechazada como increíble por quienes la lean; pero, mientras viva, afirmo que es la verdad.
Cuando Sir Richard pronunció sus últimas palabras, cayó de bruces, extendido por completo sobre la alfombra del hogar, justo en el instante en que yo me volvía obedeciendo su mandato. Las sombras eran densas en el rincón más alejado de la amplia estancia, pero pude distinguir allí una gran masa informe que se balanceaba, algo que era parte de las sombras y, sin embargo, parecía independiente de ellas.
Tuve la visión de dos ojos ardientes y un hocico negro y reluciente—una cabeza pesada, deforme. Un extraño olor fétido, animal, me llenó las fosas nasales.
Lancé un grito y, volviéndome, corrí fuera de la habitación como un loco, tropecé en las escaleras y huí hacia la noche azotada por el viento.
✠═════ FIN ═════✠
-57-
"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."
Comentarios
Publicar un comentario