EL GORILA - WEIRD TALES (1923)

 

Una lúgubre historia de horror  

El Gorila 

Por HORATIO VERNON ELLIS 

Título original: THE GORILLA

Weird Tales | Volumen 2 | Número 2 | JULIO 1923

Pp.60-62 a 95

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Era una noche de tormenta. Las calles eran un lodazal de fango y aguanieve. Un viento bestial soplaba, y al salir del club casi me derribó. Fue, por lo tanto, con considerable satisfacción que encontré un alegre fuego de leños esperándome en la biblioteca de mi casa.  

—Noche terrible, señor —comentó mi criado mientras me ayudaba a quitarme la ropa empapada y ponerme algo seco.  

—Lo es, George… escucha cómo aúlla el viento… parece como si mil demonios anduvieran sueltos… ¿no te parece?  

—Así parece, señor.  

El viento chillaba alrededor de la cornisa de la casa. Se apagaba en un largo y bajo lamento, sólo para levantarse de nuevo con mayor furia que antes.  

Con un ponche caliente a mi lado, despedí a mi hombre por la noche y me acomodé frente al fuego para disfrutar de una hora de lectura antes de retirarme.  

Y entonces llegó a mis oídos otro sonido. Al principio pensé que era sólo el viento. Pero al escucharlo por segunda vez estuve seguro de que era una voz humana llamando. Dejando a un lado el libro que había estado leyendo, me incliné hacia adelante en un esfuerzo por captar el sonido de nuevo. De pronto, por encima del chillido del viento, escuché mi nombre.  

—¡Madden… Madden, por el amor de Dios, abre la puerta!  

Con un alarido de terror, la voz se apagó en un chillido agudo que se mezcló con el aullido del viento.  

Tomando mi pistola automática del mantel sobre la chimenea, corrí hacia la puerta del vestíbulo y la abrí de golpe. Involuntariamente retrocedí, mientras una figura cubierta de barro se precipitaba dentro del hall.  

—¡Cierra esa puerta! ¡Por el amor de Dios, Madden! ¡Rápido, antes de que sea demasiado tarde!  

Jadeando, con los ojos desorbitados por el terror, la figura se acurrucó contra la pared como un animal acosado.  

Cerrando y atrancando la puerta, me volví y examiné apresuradamente el rostro del hombre. A través del barro que cubría sus facciones reconocí a Hapesworth Chadwick, colector de animales para el Zoológico del Wild Park.  

—¡Dios mío, Chadwick! ¿Qué ha sucedido?  

—¿Está seguro de que nadie… o… o… nada… puede entrar por esa puerta? —preguntó ansioso, ignorando mi pregunta.  

—La dinamita es lo único que podría abrir esa puerta desde afuera —le aseguré. 

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Pareciendo más tranquilo, levantó una mano temblorosa y la pasó por su rostro, limpiando parte del barro que allí se pegaba. No fue sino hasta entonces que reparé en su atuendo. Vestía un traje de pijama empapado de lluvia y lodo, los dientes castañeteando de frío; era una figura lamentable. Al mirar hacia abajo noté que estaba descalzo.  

Estuve casi tentado a reír de su situación, pero un gesto de horror brillaba en sus ojos y retorcía su rostro cubierto de tierra en una mueca espantosa.  

Suprimiendo las numerosas preguntas que deseaba hacer, exclamé:  

—¡Señor! Chadwick, debes estar casi helado. Ven a la biblioteca y siéntate junto al fuego mientras te busco algo que ponerte, más cómodo que lo que llevas ahora.  

Un baño caliente, ropa seca, un whisky ardiente y un buen cigarro ayudaron a disipar parte del miedo que lo acosaba.  

Parecía casi increíble que él, Hapesworth Chadwick, quien había enfrentado la muerte incontables veces cazando animales en las más salvajes junglas africanas, fuese el mismo hombre sentado frente a mí, que a cada ruido de la tormenta se estremecía nervioso y miraba por encima del hombro.  

El resbaladizo golpeteo de la lluvia se infiltraba en la quietud de la estancia, repiqueteando con dedos fantasmales contra las ventanas. Un estremecimiento convulsivo sacudió a mi compañero.  

—Ahora, Chadwick, dime… ¿de qué se trata todo esto? —pregunté, intentando reprimir la agitación en mi voz.  

Al romper mi voz la súbita quietud del cuarto, mi amigo dio un violento respingo y casi se levantó de su silla.  

—¡Dios! Madden, cuando pienso en la cosa horrible que vi allá en mi habitación, la carne se me eriza.  

Levantando una mano temblorosa, la pasó por su frente y la dejó reposar un instante sobre sus ojos, como si quisiera excluir alguna visión de horror.  

Hubo un momento de silencio. Podía oír el viento gimiendo entre los árboles.  

Con un esfuerzo tremendo mi amigo se rehízo y comenzó a hablar:  

—¿Recuerdas aquel último viaje que hice a África? Fue hace unos dos años, supongo. Bien, como sabes, fui tras gorilas. El lote que había traído el año anterior contrajo una enfermedad y murió. Así que me correspondía conseguir otro suministro de esas bestias.  

—Al sexto día nos internamos en un pantano espeso. El olor a podredumbre y moho era nauseabundo. Conforme avanzábamos más en aquel infierno, el aire se volvía más pesado. Olía a muerte.  

—De pronto, uno de los batidores que iba delante lanzó un grito. Hubo un crujido de maleza, y una vieja gorila con una cría en el pecho se precipitó sobre nosotros. Espuma le caía de la boca. En el acto alcé mi rifle y disparé. Con un alarido la bestia se desplomó en tierra, la cría aferrada con fuerza a su pecho.  

—Mientras dos de los muchachos nativos intentaban arrancar a la pequeña de los poderosos brazos de la madre, descubrí que mi bala sólo había rozado el costado de la cabeza de la fiera, y que en vez de muerta estaba simplemente inconsciente. Al fin logramos liberar a la cría y, por rara fortuna, también conseguimos llevar a la madre de vuelta al campamento antes de que recobrara el sentido.  

—En los días siguientes obtuvimos una buena colección de animales menores. La vieja, para entonces, se había recuperado de la herida en el costado de la cabeza donde mi bala la había marcado. Al sanar, dejó una larga cicatriz que corría desde la comisura de la boca hasta atrás, sobre la oreja izquierda.  

—Había mantenido a la cría apartada de su madre, y nos volvimos bastante amigos. Un día la llevé a mi choza y la solté de la jaula para ver qué hacía. Mientras observaba sus tontas cabriolas, escuché gritos excitados de los guías afuera. Olvidando a la pequeña, corrí hacia fuera, dejando la puerta abierta. Cuando regresé, el joven gorila había desaparecido. Mirando por la puerta, lo vi corriendo hacia la jaula de su madre.  

—De un salto fui tras él. Lo atrapé justo cuando llegaba a la jaula. Al sujetar al pequeño, la madre lanzó un rugido de furia y comenzó a desgarrar los barrotes en un frenesí salvaje por alcanzarme. A medida que los aullidos de la madre aumentaban, la cría empezó a arañar y morder como un pequeño demonio, intentando escapar. Con la intención de estrangularlo hasta dejarlo inconsciente lo agarré del cuello; debí sostenerlo demasiado tiempo, pues cuando lo solté en el suelo estaba muerto.  

—La madre pareció comprender lo que había hecho. Cesó en su intento de liberarse. Replegándose sobre sus ancas lanzó un chillido que me heló la sangre. Al mirarla allí en su jaula, sus ojos parecían quemar los míos. Casi podía sentir el odio que ardía en ellos. Sonidos guturales de agonía brotaban de su espeso cuello peludo. Espuma espesa y viscosa caía de su boca sobre el ancho pecho.  

Me volví sobre mis talones y regresé a mi choza. Toda aquella noche tuve sueños terribles que siempre terminaban igual: luchaba en los brazos de un gorila bestial que intentaba desgarrarme la garganta con sus colmillos amarillos.  

—A la mañana siguiente su jaula estaba abierta y ella había desaparecido. Cómo se abrió la jaula nunca lo supe, ni pude averiguarlo jamás. Pero la vieja gorila se había esfumado y se había llevado a su muerto consigo.  

El hombre permanecía allí, mirando las llamas. Yo escuchaba la lluvia repiquetear, como dedos de esqueleto, en los cristales de la ventana.  

Mi amigo levantó la vista.  

—Entonces deseché todo aquello de mi mente. Nunca lo habría vuelto a recordar de no ser por lo que ocurrió ayer, cuando por casualidad entré en la carpa de fieras de un circo. Créelo o no, Madden, pero al salir de la carpa temblaba de miedo. Un impulso salvaje de huir me dominó cuando un largo y extraño grito me llegó flotando en el viento.  

—En una de las jaulas de esa carpa estaba el mismo animal que había escapado de mí en las selvas de África.  

Un chillido agudo, que parecía parte del viento y sin embargo independiente de él, hizo que el rostro de mi amigo se tornara gris ceniza.  

—¿Qué fue eso, Madden? ¿Lo oíste? ¡Dios mío!  

Temblando, se hundió más en su silla, como si quisiera ocultarse del terror invisible que lo acosaba.  

—Sólo era el viento —le aseguré con tono tranquilizador, aunque en mi propio corazón no estaba seguro de que lo fuera. —Decías…  

—¡Oh, sí! Veamos… ¿dónde me quedé?  

Como un hombre en trance parecía buscar en su mente los cabos sueltos de un pensamiento destrozado.  

—¡Ah, sí! Ahora recuerdo. Después de salir de la carpa del circo fui directamente a mis habitaciones. Tenía una sensación de fatalidad inminente. Por más que intentaba no podía librarme de ella. El grito que había escuchado seguía resonando en mis oídos cuando me metí en el baño. Me sentí mucho mejor después del chapuzón, así que, tomando un libro, me arrojé sobre la cama y comencé a leer. Todavía era de día cuando me acosté, por lo tanto no necesitaba luces.  

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«Debí haberme quedado dormido, pues de pronto me encontré sentado en la cama. La oscuridad parecía tan espesa que se podía cortar con un cuchillo. Una vez más aquella sensación de fatalidad se apoderó de mí. Gotas frías de sudor cubrían mi frente. Pasé una mano por mi rostro: estaba húmedo y pegajoso. La muerte parecía extender sus manos huesudas para aferrarme la garganta. Al instante siguiente mi sangre se heló de terror, pues desde la noche, allí tendido en la negrura de mi habitación, llegó hasta mí un largo grito animal. Saltando de la cama encendí las luces. Mientras permanecía escuchando podía oír mi corazón golpear un tamborileo contra mis costillas.  

»No dormí más aquella noche. Al menor ruido, un sudor frío me cubría todo el cuerpo. Cómo pasé la noche sin perder la razón, sólo Dios lo sabe.»  

El narrador hizo una pausa. Su rostro estaba ceniciento. Se cubrió la cara con las manos, temblando, mientras yo me levantaba para echar otro leño al fuego.  

Afuera, el viento seguía aullando, monótono, lúgubre. Entonces volvió la voz de mi amigo, muerta, fría:  

«Con la primera débil franja del alba ya estaba vestido. Al salir de la casa me sentía como un cobarde miserable, temeroso de las sombras que aún acechaban en las esquinas de las cercas. Caminando pensé que podría librarme de la sensación que aún me dominaba. Todo el día anduve, sin detenerme siquiera a comer, pues mi único impulso era huir del miedo obsesivo que me poseía. Al fin, hacia la tarde, me detuve para orientarme, y descubrí, por algún capricho del destino, que estaba a pocos pasos de la carpa que albergaba aquello que temía. Qué me impulsó a volver a mirar a la horrible bestia, no lo sé, pero compré un boleto y entré.  

»Al acercarme a su jaula sentí que la sangre se me escapaba del rostro. Temblaba de pies a cabeza. ¡La jaula estaba vacía! Con voz trémula pregunté a uno de los cuidadores qué había sido de la fiera que ocupaba la jaula el día anterior. Me informó que había escapado esa misma noche. Al mirar de nuevo la jaula noté que los barrotes de hierro estaban torcidos y doblados como si fueran alambre de plomo. Entonces comprendí que había huido la misma noche en que me había despertado aquel grito que casi me enloqueció.  

»Entumecido de terror abandoné la carpa. Apenas oscurecía cuando entré en mis habitaciones. Encendí las luces, bajé las persianas y, tras cerrar con llave la puerta, me sentí en cierto modo seguro. Cansado, exhausto y con los pies doloridos por mi vagar sin rumbo, me desvestí y me tendí en la cama, demasiado fatigado para tirar de las cobijas y meterme bajo ellas. No apagué las luces, pues temía enloquecer si no podía ver todo lo que había en la habitación.  

»Pronto caí en un sueño inquieto. Cuánto dormí no lo sé. Un estrépito de cristales rotos me despertó. Al instante estaba de pie en medio del cuarto. Mis ojos se cegaron un momento por el resplandor súbito de las luces que había dejado encendidas. Mientras parpadeaba, fui consciente de un extraño sonido de raspado. Cuando mis ojos se acostumbraron a la luz, mi mirada se dirigió a la ventana. Enmarcada en el vidrio roto estaba la enorme cabeza peluda de un gorila. Una mano se extendía hacia mí como para agarrarme del cuello. Los labios se retraían sobre los dientes amarillos en un gruñido gutural. Espuma espesa goteaba de la boca cubriendo el pecho de la bestia. Con un súbito empuje la criatura se lanzó hacia adelante, arrastrando los hombros por la abertura. La luz que caía sobre el costado de su cabeza reveló una larga cicatriz que corría desde la comisura de la boca hasta atrás, sobre la oreja izquierda. Mi sangre ardió en las venas como fuego. Algo en mi cerebro se quebró. Con un grito me volví, abrí la puerta de golpe y huí escaleras abajo, hacia la noche.  

»El resto, Madden, lo sabes tan bien como yo. ¡Qué me impulsó a venir aquí, sólo Dios lo sabe! Sólo sé que corrí. ¡Dios, cómo corrí! Mi único pensamiento era escapar de la cosa horrible en mi habitación, y… y… Madden, tengo miedo… ¡miedo!»  

Mi compañero se estremeció. La luz del fuego iluminaba su rostro, que parecía súbitamente envejecido y demacrado. Alcancé la botella de brandy que estaba sobre la mesa. Una extraña sensación de hormigueo recorrió las raíces de mi cabello. Sirviéndole un trago fuerte se lo tendí, diciendo:  

—Toma, bebe esto y recobra el ánimo. Puede que no sea tan malo como parece.  

Mi intento de jovialidad fracasó, pues la historia que mi amigo acababa de contar, combinada con el golpeteo de la lluvia, me estaba poniendo nervioso.  

Bebió el brandy de un trago. Tomando yo mismo un sorbo fuerte, me volví hacia él y dije:  

—Ahora escucha, Chadwick. Lo que necesitas es una buena noche de descanso. Te prepararé el cuarto de huéspedes, pues debe ser bastante tarde. Vamos, te mostraré dónde está.  

Al terminar de hablar, el reloj del vestíbulo dio las dos. Con un traspié Chadwick se levantó.  

—Está bien, Madden. Espero que tengas razón, pero de algún modo me siento como aquel oriental que dijo: “¿Quién puede escapar a su destino?”  

—Olvídalo. Nada puede hacerte daño aquí. Haría falta media docena de gorilas para entrar en el cuarto donde voy a alojarte —le respondí.  

Tambaleándose como un hombre ebrio, me siguió hasta su habitación, situada detrás de la biblioteca, la mía estando en el piso superior, directamente encima de la suya. Había traído conmigo la automática desde la biblioteca. Encendiendo las luces, la dejé sobre la cómoda, diciendo:  

—Ahí tienes, Chadwick; eso basta para enfrentarse a una docena de animales, sean los que sean.  

Dándole la llave de la puerta, para que pudiera encerrarse si lo deseaba, le deseé buenas noches. Al subir las escaleras hacia mi cuarto escuché su llave chirriar en la cerradura.  

No pasó mucho tiempo desde que entré en mi habitación hasta que estuve en la cama y dormido. Cuánto dormí no puedo decir. Me despertó lo que creí era el disparo de un arma. Pensando que quizá había estado soñando, me incorporé en la cama y escuché.  

Afuera, el viento seguía aullando y chillando, arrojando la lluvia contra la ventana en torrentes. La negrura era perforada de vez en cuando por relámpagos. Un silencio tan profundo me recibió que mis tímpanos zumbaban. Convencido de que había soñado, estaba a punto de recostarme de nuevo, cuando un grito resonó y volvió a resonar por toda la casa, haciéndome saltar de la cama. Tras el grito sonaron dos disparos.  

Corriendo hacia el vestíbulo, bajé las escaleras de un salto. El sonido de una lucha violenta llegó a mis oídos mientras fallaba los dos últimos escalones y caía de bruces en la oscuridad. Recuperándome rápidamente, corrí hacia la habitación de mi amigo, de donde provenía el estrépito. Al llegar a la puerta, un alarido de agonía mortal resonó, helándome la sangre en las venas. Con ímpetu me lancé contra la puerta intentando forzarla. Fracasando en el primer intento, retrocedí para otra embestida justo cuando otro disparo retumbó. Aterrorizado, me abalancé sobre la puerta, golpeando los robustos paneles de roble con mis puños desnudos, gritando:  

—¡Chadwick… Chad… por el amor de Dios abre la puerta! ¡Chad…!  

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Por un momento escuché. La franja amarilla que se filtraba por la rendija bajo la puerta me indicó que su luz seguía encendida. Un extraño sonido de raspado llegó a mis oídos tensos, seguido del impacto de un cuerpo al caer. Al instante, el vestíbulo donde me hallaba se inundó de luz. Al girar, me encontré con mi criado, de pie detrás de mí en ropa de dormir. Le castañeteaban los dientes y su rostro estaba blanco como la cal.  

—¿Q-qué sucede, señor? —preguntó.  

—Aún no lo sé. Ayúdame a abrir esta puerta —respondí rápidamente.  

Uniendo nuestras fuerzas, logramos, tras lo que pareció una eternidad, derribar la puerta. Involuntariamente retrocedí ante la horrible visión que se presentó a mis ojos.  

Tendido en el suelo yacía el cuerpo de mi amigo. Apretado con fuerza en su mano derecha estaba la automática que yo había dejado sobre la cómoda. Su cabeza reposaba en un oscuro charco de sangre, que aún manaba de un desgarrado agujero en la garganta.  

—¡Dios mío, señor! ¡Mire! —jadeó mi criado, señalando con un dedo tembloroso hacia la ventana.  

Apartando mis ojos de la espantosa visión a mis pies, miré hacia la ventana.  

Un horror repulsivo me atenazó las entrañas al contemplar la cosa que yacía en el suelo bajo la ventana. Con sangre goteando de la boca estaba el cuerpo de un enorme gorila. La luz brillaba sobre su cabeza deforme y revelaba una larga cicatriz que corría desde la comisura de la boca hasta atrás, sobre la oreja izquierda.  

✠═════ FIN ═════✠

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"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."

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