EL VIEJO CEMENTERIO - WEIRD TALES (1923)

 

Sorprendentes en verdad fueron los Fantasmales Jinetes Nocturnos que Acechaban  

El Viejo Cementerio 

Por Edgar Lloyd Hampton

Título original: The Old Burying Ground

Weird Tales | Volumen 2 | Número 2 | JULIO 1923

Pp.40-50

══════════════ ✧✧✧ ══════════════

Históricamente hablando, el río Clearwater, en la parte occidental del estado de Idaho, nunca ha sido nada más importante que una ubicación algo indefinida, con un nombre adjunto.

Es decir, su cuenca jamás fue desarrollada; pues los Dioses que hicieron las montañas lo dejaron tendido, inerme, entre los diversos caminos principales hacia el Pacífico. Una generación atrás, la Oregon Short Line, extendiendo un codicioso brazo de acero a lo largo del Snake River, rumbo a Portland, Oregón, se desvió de pronto y lo dejó a cien millas al sur. Más tarde, la N. P., apresurándose sobre la cumbre de los Bitter Roots en su viaje hacia Seattle, lo aisló, cincuenta millas al norte.

Así, la civilización se deslizó por ambos lados y dejó al Clearwater inviolado. Ningún hombre blanco levantó su cabaña en sus orillas; ninguna mujer meció una cuna bajo sus árboles susurrantes.

El lejano bramido de un barco de fondo plano, avanzando lentamente por el Snake, podía sobresaltar a los ciervos de cola negra que pastaban en las tierras bajas; o el estampido del rifle de un trampero apresurar al puma hacia los altos bosques de las cabeceras. Éstos, sin embargo, serían el límite de la perturbación local; pues el valle del Clearwater no tenía transporte; así permaneció un desierto, un desierto extremadamente solitario y aislado.

Y ahora debo retirar una afirmación hecha hace un momento. Porque, después de todo, el Clearwater era algo más que un lugar con un nombre adjunto; era el último refugio de la Tribu Kennisau de indios —el último refugio, del último vestigio de la tribu.

Sin duda recuerdas a los Kennisaus, al menos de oídas. Resultaron ser una partida sedienta de sangre, peor aún que los apaches, si es posible.

Sostenían la teoría de que el hombre blanco estaba entrando en el país a una velocidad nada acorde con los hechos, apoderándose de las tierras indias y convirtiéndolas en suyas, para usos más bajos —lo cual, quizá, era la verdad.

-40-

En cualquier caso, los Kennisaus se agitaron profundamente ante la situación. Nada menos que el Viejo Jefe Pohontihac, quien había comenzado con la intención de convertirse y permanecer como cristiano, llegó al extremo de emprender un viaje a Washington, D. C., para contar a sus hermanos cristianos la naturaleza de sus pruebas y tribulaciones.

Fue con gran pompa y boato, adornado con numerosas coronas de guerra, cuentas y mantas, montando un caballo blanco como la leche, de crines y cola plateadas. Y regresó con sus coronas de guerra, cuentas y mantas, y con su caballo blanco, pero ya sin pompa ni boato. También regresó pagano, y con una nueva opinión acerca de los hombres blancos.

Después ocurrió que, cuando los trenes de emigrantes del Oeste descendían lenta y fatigadamente por la cordillera de los Bitterroot hacia la cuenca del Snake, rumbo al valle del Willamette, Pohontihac y sus compañeros bajaban casualmente por el río en canoas, y mataban a los viajeros, sin distinción y aparentemente sin temor.

Este proceder poco cristiano continuó durante dos o tres décadas, pero el recurso fue inútil: el hombre blanco siguió llegando. Y, como corolario irónico, el hombre rojo siguió desapareciendo. De una tribu grande y poderosa, que habitaba dos tercios de lo que más tarde sería el estado de Idaho, los Kennisaus se redujeron a la mitad de su tamaño anterior y descendieron a las cuencas bajas de los ríos Snake y Salmon.

Fue inmediatamente después de ocupar este último refugio cuando la O. S. L. descubrió que necesitaba la cuenca baja del Snake para llevar a cabo sus planes ferroviarios. Así, los Kennisaus, ahora sumamente indignados, se redujeron otra vez, y se replegaron aún más. Esta vez al valle del Salmon. Entonces, ciertos profetas del Destino fundaron los futuros pueblos de Whitebird, Leland y Lewiston, y atrevidos pilotos de barcos de vapor comenzaron a hacer sonar sus estridentes silbatos a lo largo de las orillas del Salmon. Así los Kennisaus —los pocos que quedaban— plegaron sus tiendas como los árabes, y se escabulleron silenciosamente hacia la cuenca del Clearwater, donde se sentaron con gravedad a esperar el fin.

El Viejo Jefe Pohontihac había muerto hacía tiempo de un corazón roto—murió aún pagano. Y lo enterraron como pagano, con gran despliegue, en la ribera del alto Clearwater, cerca de un punto que más tarde se conocería como Deadman’s Hill, entre las tumbas de sus contemporáneos. Lo dejaron en ese último reposo, junto con sus diversos arreos de guerra y abundancia de comida y mantas; y, como el caballo blanco se negó a morir, lo mataron y lo enterraron con él, para que no tuviera que caminar hasta las Praderas Felices.

Así, en el momento de esta narración, los Kennisaus eran una raza casi extinguida: habían desaparecido con los búfalos—o los búfalos habían desaparecido con ellos, según se quiera decir. Algunos sostenían que la tribu había sido completamente exterminada, y otros discrepaban de esa afirmación. Se recordaba que el gobierno, al no requerir el valle del Clearwater para otro propósito, lo había entregado a los Kennisaus como una Reserva, aunque en un período tan remoto que el Departamento quizá había olvidado el incidente.

También se había informado que una expedición biológica, en busca del eslabón perdido, hacia el año 1913, mencionó de manera extraoficial haber encontrado señales de aldeas extinguidas en el alto Clearwater, y numerosos cementerios indios que recordaban, en sus características generales, a los de los apaches de las Llanuras Blancas.

Además, el equipo de topógrafos del S. P. & S., que había trazado la línea hacia los depósitos de carbón del alto Clearwater un par de veranos antes, recordaba haber visto en una o dos ocasiones el humo de fogatas remotas, y el destello ocasional de una manta roja y azul contra el fondo verde del bosque.

Más allá de estos escasos hechos, sin embargo, el asunto estaba envuelto en misterio—una especie de halo de recuerdos muertos o medio muertos. Lo único seguro era que los Kennisaus habían hecho su última resistencia en la cuenca alta del Clearwater; y que ahora, por la urgencia de la necesidad inmediata, el S. P. & S. estaba a punto de construir un ferrocarril por dicha cuenca—esto en desafío de las leyes de la gravedad, de los fantasmas de tribus desaparecidas, de las formas de aquellos que aún quedaran, y de todos los demás obstáculos y trabas, visibles e invisibles. Porque, como se sugirió antes, los depósitos de carbón en la cabecera del Clearwater habían comenzado a atraer atención.

CAPÍTULO DOS

Instalamos nuestro campamento de construcción al pie de Deadman’s Hill, donde el Little Chewelah desemboca en el Clearwater, unas cuarenta millas arriba de su confluencia con el Salmon.

Perkins, el superintendente del S. P. & S., nos había trasladado en bloque desde aquella línea inconclusa que corría hacia Burns, Oregón. El trabajo inmediato consistía en un terraplén que comenzaba en Deadman’s Hill y se extendía veinte millas por la margen izquierda del Clearwater, atravesando la pradera de Wild Rose. El levantamiento topográfico ya estaba hecho; nos correspondía seguirlo, trazar la pendiente, abrir los cortes, hacer los rellenos (no había túneles) y preparar la base para las traviesas y los rieles.

Nuestro equipo comprendía unos trescientos obreros de construcción, seis o siete palas mecánicas tipo “orange-peel” para cortes y pendientes, medio centenar de caballos para arados y rastras, tiendas de campaña para dormir, talleres de reparación, cocinas—un equipo ordinario de construcción ferroviaria. Perkins simplemente nos entregó el trabajo y nos dijo que lo hiciéramos, así que no había nada más que decir al respecto—excepto que era una tarea de proporciones, considerando el tiempo disponible; pues habíamos llegado al terreno apenas a principios de agosto, y se esperaba que termináramos antes de que llegara el invierno, aunque nadie, por supuesto, sabía cuándo sería eso.

Por ello, Weatherford había enviado a Courtney por adelantado, para establecer el campamento y poner las cosas en orden; nosotros lo seguimos un par de semanas más tarde—Weatherford, Charley Eaglefeather y yo.

Tú, por supuesto, has oído hablar de Charley Eaglefeather. Él es (o era) lo que llamaban un “indio educado”.

No solo era Charley Eaglefeather un indio educado, sino un indio Kennisau educado—para decirlo como corresponde. Además, tenía sangre real. Era descendiente del viejo Jefe Pohontihac, nieto de Witchipa, y heredero directo del trono Kennisau, si es que hubiera quedado algún trono.

Así fue como decidieron educarlo, al menos eso dicen. En cualquier caso, el agente indio lo arrancó una mañana de la puerta del tipi de su padre, cuando aún era un niño de ojos brillantes que disparaba flechas de juguete contra enemigos imaginarios, y lo envió a un asedio de cinco años en Carlisle.

Allí, una rica solterona de Boston, que recorría el país en busca de información—y mientras tanto empeñada en el proverbial “elevamiento del indio”—lo descubrió, sintió un súbito prejuicio favorable hacia sus vivaces ojos negros y, descendiendo sobre él, lo alimentó consecutivamente, y a su propio gasto, en la Universidad de Harvard, la Facultad de Derecho de Ann Arbor y el Politécnico de Boston.

-41-

Salió de aquellas pruebas y tribulaciones convertido en el indio más altamente educado que jamás se hubiera visto: educado—si debo decir toda la verdad—en formas desviadas que iban mucho más allá de las meras ciencias y los clásicos. Pues sus logros incluían—además de chalecos elegantes, refrescos de helado y corbatas rojas—las bellas artes del fútbol, el béisbol y el tenis.

Quienes no sean demasiado jóvenes recordarán en particular al aborigen de piel morena que electrizó al mundo universitario al lanzar a Harvard hacia la victoria en un partido de catorce entradas, tres a dos, en el campus de Princeton, aquella memorable tarde de mayo de 1911. Bien, ese era Charley Eaglefeather, solo que lo hizo bajo su nombre cristiano.

Fue ese mismo Eaglefeather quien, durante el verano siguiente, llevó al casi invencible Quigley a un empate en las canchas de arcilla de Poughkeepsie, por el campeonato estatal de Nueva York. En el Día de Acción de Gracias de ese mismo año corrió ochenta y cinco yardas por el centro del campo de Yale para un touchdown, y así salvó el partido. Y aún es tema de chismes locales, en las salas de descanso del Baltusrol Golf Club, que fue un indio—un indio educado—quien resultó subcampeón frente al temible Spivvins en el campeonato estatal amateur, que se prolongó hasta el hoyo treinta y ocho antes de que el hombre rojo finalmente terminara, uno abajo.

“¡Vaya indio!”, dirás.

Y así era. De hecho, Eaglefeather fue “subcampeón” en varios aspectos, incluyendo deudas de juego y cuentas de gastos, las cuales, con el tiempo, encontraron su camino hasta la dirección de la señorita Selina Pennington, de Boston.

Pero aquellos viejos días habían quedado atrás. Eaglefeather se había resignado a los hechos más duros de la vida. Ahora era ingeniero de construcción, asistente de Weatherford en el S. P. & S. Además, estaba a punto de participar de manera importante en la construcción de una línea de ferrocarril por el desolado valle del Clearwater, entre las tumbas de sus antepasados, por así decirlo, y en una región sobre la cual él debería haber sido rey.


CAPÍTULO TRES

Como se mencionó antes, nosotros tres descendimos por el Clearwater aquella primera tarde, juntos. Y no olvidaré pronto la manera de nuestra llegada—ciertamente no ahora, a la luz de los extraños y por completo inexplicables sucesos posteriores.

Nos aproximamos al valle por la ruta del norte, bajando desde Spokane hasta Lewiston, luego atravesando la divisoria hacia el alto Clearwater, y descendiendo por la cuenca del río, a través de la pradera de Wild Rose.

Al entrar en la pradera de Wild Rose, avanzando hacia el sur en dirección a la base de Deadman’s Hill, dimos inesperadamente con la aldea india. Se hallaba al este del río, frente a las estribaciones. Al rodear una curva abrupta del sendero, apareció de pronto ante nosotros, apiñada en un claro entre los árboles, a la orilla de un arroyo de corriente rápida. Daba la extraña impresión de habernos estallado en la cara.

No es que fuera lo bastante grande como para causar semejante explosión; más bien era su aspecto diminuto lo que nos sorprendió. No había más de una docena de tipis, antiguos en su linaje, desgastados por el clima y vencidos en sus mástiles centrales.

En primer plano habría quizá una docena de hombres indios, reclinados con calma, fumando sus pipas de largo tallo, no menos inertes que su entorno. De un lado a otro de la aldea se movían mujeres adustas, de rostro severo, piel morena y arrugada, balanceando pesadamente las caderas mientras se desplazaban con paso torpe, absortas en sus quehaceres domésticos.

Por todo el campamento había una veintena o más de niños jugando. Estaban medio desnudos, o del todo. Al vernos se levantaron de un salto, corriendo veloces y silenciosos, como una bandada de codornices asustadas, ocultándose tras las solapas de los tipis, desapareciendo en la maleza, hundiéndose en la hierba alta, y de inmediato se volvieron invisibles. Después de eso podíamos sentir la presión de rostros morenos y ojos negros y brillantes que nos espiaban furtivamente desde esos escondites.

Un indio enorme, gordo, de cabello largo y aspecto grasiento, estaba en cuclillas sobre una hoguera humeante junto al arroyo, friendo pescado. Debía de ser un indio democrático para ocuparse de tal tarea en presencia de sus mujeres.

—How, George? —dijo Weatherford, dirigiéndose a él.

El indio gordo giró lentamente, aún en cuclillas, para mirarnos con gran dignidad por encima del hombro.

—How —dijo, sin sorpresa.

—Vamos a construir un ferrocarril aquí —explicó Weatherford—. Un ferrocarril por el Clearwater, ¿you sabe? —Weatherford mezclaba su inglés con chino.

El indio lo miró un momento con impasibilidad, sin emoción alguna.

—Hyeu cultus! —dijo, sucintamente—. Halo cumtux! (Muy malo; no entiendo). Luego volvió a su fritura de pescado.

—¿No puede hablar inglés? —preguntó Weatherford.

—Supongo que podría si quisiera —admitió Charley Eaglefeather.

—¿Entonces simplemente no quiere?

—Bueno… no lo hizo —respondió Charley Eaglefeather.

Seguimos por el sendero, sin hablar más por el momento, pensando—al menos yo pensaba—en la expresión de aquel viejo guerrero: una mirada a la vez cómica y absurda, dadas las circunstancias, allí sentado, grasiento, gordo y miserable, sobre su pequeña hoguera humeante. Sin embargo, esa mirada me recordó de algún modo a un águila enjaulada: tan silenciosamente digna, tan serenamente desafiante, tan llena de emoción contenida. Era como la mirada de un rey que ha perdido su trono, pero que sigue siendo rey.

—¿Quiénes son ellos—Kennisaus? —preguntó Weatherford.

—Son Kennisaus—sí —admitió Eaglefeather.

—¿Todo lo que queda de ellos?

—Puede ser… quizá —respondió Charley Eaglefeather con indiferencia.

Los ojos de Weatherford adoptaron una expresión nostálgica… Así que esto era todo lo que quedaba de los Kennisaus—un puñado en la ribera, agazapados junto a las hogueras: un pueblo extinguido, una raza casi desaparecida, empujada al último límite por el impulso inquieto de eso que llaman “sociedad organizada”; aferrándose, no obstante, con tenacidad a sus recuerdos muertos y a la región de su último refugio… Y aquí estaba Charley Eaglefeather, graduado de Harvard, héroe del fútbol—ídolo de matiné, por así decirlo—hijo de un rey, heredero de un trono que había desaparecido, de regreso al fin a la tierra de su juventud, a la región sobre la cual debería ser soberano—venido con el propósito de construir un ferrocarril.

—¿Y el que fríe pescado en la hoguera? —preguntó Weatherford, volviéndose de pronto hacia Eaglefeather.

—El que fríe pescado en la hoguera —repitió Charley Eaglefeather— es Witchipa, ¡Jefe de la tribu Kennisau!

Seguimos por el sendero hacia el escenario de nuestras próximas actividades.

-42-

CAPÍTULO CUATRO

El campamento de construcción del S. P. & S. se extendía sobre una planicie de un cuarto de milla de ancho, a lo largo de la ribera oriental del Clearwater. Era un lugar bastante tranquilo durante el día, desierto salvo por los encargados de la cocina o, de vez en cuando, algún mensajero de paso lento. Después de las cinco de la tarde, sin embargo, se convertía en una masa desenfrenada de hombres y caballos, arrastrándose, maldiciendo, pateando, llenando el valle silencioso con una mezcla de sonidos resonantes, que se apagaban en un sollozo hacia la medianoche.

Trabajábamos duro, contra el tiempo, Weatherford dando órdenes y Courtney empujando a la cuadrilla de construcción a toda velocidad. Se nos había dicho que había que obtener resultados. A veces nieva en el Clearwater en septiembre, siempre en noviembre, y esperábamos terminar el terraplén antes de que llegara.

Las cosas parecían torcerse en nuestra contra desde el principio; teníamos una cantidad inusual de mala suerte. A veces un trabajo se da así—con toda clase de interrupciones menores, inexplicables además.

Pronto comenzaron a afectar los nervios de Courtney.

—Siempre pasa lo mismo con los pedidos urgentes —gruñó—. Cuanto más prisa, menos avance. Ojalá no hubiéramos olvidado ese equipo de aparejos. Ahora solo puedo trabajar con cinco de las palas de vapor, y necesitamos las siete para salir adelante.

—Bueno, haz lo mejor que puedas —aconsejó Weatherford con paciencia—. Parece que tenemos más molestias de lo normal, eso sí.

—¡Molestias! —ladró Courtney—. ¡Pues claro que sí! El tren de descarga se salió de la vía tres veces ayer—solo tres veces, ¿entiendes? Y dos equipos de terraplén se fueron por el terraplén—¡dos, en una sola tarde! ¿Puedes creerlo? Los hombres tampoco trabajan muy bien, de algún modo.

—Eso es pura imaginación —dijo Weatherford con amplitud.

—No, no es imaginación —replicó Courtney tajante—. No sé qué es, pero de algún modo no estamos obteniendo los resultados que deberíamos—no como de costumbre. No puedo decir cuál es el problema, sin embargo —repitió, frunciendo el ceño.

—Bueno, es parte del trabajo —dijo Weatherford filosóficamente—. De algún modo saldremos adelante; sigue insistiendo.

—¡Y oye! —Courtney se volvió sobre sus talones al marcharse—. Este levantamiento que seguimos pide un corte de diez pies justo a través de ese maldito cementerio indio, allá en la Colina Número Dos.

—Bueno —dijo Weatherford, mirándolo con indiferencia desde detrás de una pila de cifras sobre el escritorio—. ¡Pues hazlo entonces!

—¡Pero es un cementerio! —protestó Courtney—. Un indio…

—Bueno, ¿no están todos muertos? —preguntó Weatherford, con un leve temblor en las comisuras de la boca.

—¡Sí, lo sé! Pero ya tenemos suficientes problemas, sin andar despertando a los muertos —dijo Courtney, con una risita incómoda.

—¿Cuándo te volviste tan supersticioso? —preguntó Weatherford, secamente.

—¡No soy supersticioso! —se defendió Courtney indignado—. Pero… Bueno… los hombres no…

—Si el levantamiento pide un corte a través de un cementerio —dijo Weatherford, midiendo sus palabras para darles mayor peso—, entonces vamos a través de un cementerio. Nosotros no hicimos el levantamiento; estamos aquí para seguir instrucciones. Y estamos construyendo un ferrocarril. —Weatherford volvió diligente a sus cifras—. Tiene que haber cementerios en algún lugar —añadió, medio disculpándose, cayendo en el lenguaje coloquial—, y también tiene que haber ferrocarriles.

A lo largo de los misteriosos percances mencionados—llamémoslos así, aunque parecían dirigirse extrañamente hacia lo específico, como si hubiera algún método o plan detrás de ellos—Charley Eaglefeather no mostró emoción alguna. No se puede sacar emoción de un indio, en circunstancias normales. No es que no exista—simplemente no se puede sacar. Puedes mirarlo al rostro durante cien años y no leer sus pensamientos. Los tiene, claro; pero, sean cuales sean, permanecen tan seguros en su custodia como los secretos de las Pirámides.

El trabajo de Eaglefeather consistía en nivelar el terraplén detrás de la cuadrilla—decirles cuándo detenerse y cuándo continuar.

Lo hacía con eficiencia y sin comentario. Nunca había sido muy hablador, ni siquiera en sus momentos más locuaces, y no hablaba ahora. Los incidentes de aquel primer día en la aldea india no habían vuelto a ser mencionados por él, ni la tribu misma, ni sus ancestros, ni lo que hacíamos al cementerio familiar. Simplemente continuaba estoicamente con su tarea, mirándote—cuando lo hacía—con esa mirada impenetrable suya, que recordaba a una estatua de piedra, salvo que era mucho más ardiente.

Al final de la cuarta semana de nuestra estancia al pie de Deadman’s Hill, la situación había afectado tanto los nervios del temperamental Courtney, que volvió a plantear el asunto con Weatherford.

—Tenemos que hacer algo al respecto —dijo frunciendo el ceño, como siempre hacía ante las dificultades—. Al menos un centenar de picos y palas han desaparecido desde que empezamos, cuarenta o cincuenta en las últimas veinticuatro horas.

—No me lo habías dicho —exhaló Weatherford.

—Bueno, al principio apenas los noté—no hasta que se fue ese gran lote ayer. Sabes, creo que son los indios los que lo hacen.

—¿Por qué? ¿Encontraste algunos vivos cuando pasaste por su cementerio? —sonrió Weatherford.

—No, pero encontramos montones de cuentas, puntas de flecha y tomahawks, y un par de toneladas de huesos perfectamente blancos. —Courtney se estremeció—. Hay algunos vivos por aquí, de todos modos —añadió—. Lo que quiero saber… —se volvió de pronto, con los ojos muy abiertos, hacia Weatherford—. ¡Lo que quiero saber es quién abrió esas compuertas hacia el Corte Número Dos, anoche!

—¿Cómo? ¿Fueron abiertas? —Weatherford se enderezó de golpe, interesado.

—Sí, fueron abiertas—abiertas de par en par. Tres pies de agua en el corte esta mañana; tuvimos que drenarlo antes de seguir. Y esas compuertas no se abrieron solas —añadió Courtney con significado.

—Puede que haya bolcheviques entre la cuadrilla —sugirió Weatherford.

—No, no lo creo —respondió Courtney con firmeza—. La cuadrilla está bien. Así que no es eso. El hecho es, sin embargo, que dejamos el tren de descarga en el apartadero anoche, y esta mañana estaba en la zanja; lo habían bajado y desviado en el cambio—tirado de lado.

—Podría haberse soltado —sugirió Weatherford pensativo.

—¡Claro que podría! —ladró Courtney—. Esas compuertas también podrían haberse abierto solas; pero no lo hicieron. ¡Te digo que algo está pasando aquí—algo que se nos escapa, sin que lo veamos!

La voz de Courtney tenía un tono trágico; claramente estaba desconcertado y preocupado.

—No creo que sean los indios, sin embargo —dijo Weatherford.

—¿Entonces quién es? —exigió Courtney, impotente—. Alguien lo está haciendo; tienen que ser indios, de algún tipo.

—No sé quién sea —dijo Weatherford, con una mirada preocupada—. Pero es una situación que habrá que investigar.

-44-

CAPÍTULO CINCO

El hecho es que no habíamos visto indios desde el primer día de nuestra llegada. Habíamos observado, eso sí, sus caballos—tenían un gran número de caballos, dos o tres cientos, diría yo—pastoreando siempre a gran distancia, allá en la pradera de Wild Rose.

También habíamos notado, de vez en cuando, penachos de humo elevándose contra el cielo azul desde fogatas remotas, y escuchado, a veces, tenues aunque estridentes sonidos indios—el extraño canto de la danza de la cosecha, el monótono golpeteo de los tambores.

Sin embargo, estas visiones y sonidos eran siempre lejanos—muy lejos, como si fueran apenas recuerdos. En verdad, desde el principio habían parecido más recuerdos que realidades—recuerdos de una ascendencia antaño vasta y despiadada, pero ahora perdida o agotada. En cierto sentido, aquello era simbólico.

El clima era de ese tipo maravilloso con el que a veces soñamos, que llega tan claro y quieto en septiembre sobre las mesetas occidentales. La tierra yacía silenciosa, inmóvil—adornada con una multitud interminable de colores otoñales. Sobre ella el sol caía, blanco y ardiente, brillante como un reflector sobre un cuadro pintado. El universo entero parecía contener la respiración, como en una actitud tensa de escucha.

De aquel silencio surgía la tos interminable de las palas de vapor, el súbito chillido del silbato del burro mecánico, el traqueteo de los acoples, la explosión del vapor escapando, los gritos roncos de los hombres, resonando milla tras milla arriba y abajo del valle, mientras la cuadrilla de construcción del S. P. & S. trabajaba con frenesí y prisa febril en la línea del Clearwater.

Charley Eaglefeather, en su porte general, no había cambiado particularmente. Seguía su tarea como antes—estoico y sin comentario.

Sin embargo, al observarlo más de cerca, estaba seguro de discernir una diferencia subterránea. Había en sus ojos una mirada más profunda—en cierto sentido, más salvaje. A veces me recordaba la expresión en el rostro del Jefe Witchipa, cuando se agazapaba aquella mañana junto a su hoguera, mirándonos por encima del hombro: la mirada contenida de un águila enjaulada, o de un rey que ha perdido su trono, pero que sigue siendo rey.

Habíamos terminado el corte en la Colina Número Dos; ya estábamos más allá del cementerio indio. No solo habíamos atravesado esa región con un corte ferroviario de cuarenta pies, sino que, en nuestra prisa y falta de alternativa, habíamos profanado el área circundante, surcando y escarbando la superficie de la tierra, esparciendo, con arado y rastra, las pequeñas pirámides de piedra que marcaban el último reposo de guerreros y jefes, por unas cien yardas a cada lado.

Sin embargo, durante toda esta transacción profana, Charley Eaglefeather no pronunció palabra, ni dio señal alguna de protesta. Simplemente, con esmero, nivelaba el terraplén detrás de la cuadrilla, y continuaba como antes, en silencio.

Esta afirmación, sin embargo, no podía aplicarse igualmente a la cuadrilla de construcción. El hecho de que percibieran alguna condición anormal comenzó a jugar con su imaginación. Debía de haber adoradores de ancestros entre los hombres del S. P. & S., o paganos de algún tipo. En cualquier caso, levantaron un considerable alboroto sobre la situación, construyeron drama a partir de ella, incluso hipérbole; revolvieron los cien años muertos de la historia Kennisau, la reunieron y la digirieron—o no la digirieron, y así padecieron dispepsia mental.

En cuanto al resto de nosotros, seguimos con nuestro trabajo lo mejor que pudimos, bajo las dificultades reinantes. Courtney puso un vigilante nocturno sobre las compuertas del Corte Número Dos, con órdenes de vigilar el tren de construcción. Habíamos tendido un cable temporal por el Clearwater hasta la línea principal de la N. P., conectando al mundo exterior por teléfono; Weatherford, entonces, llamó a Spokane, ordenando más picos y palas; y ese fue el final del incidente de los picos y palas.

CAPÍTULO SEIS

Creo que fue la segunda noche después de que Courtney colocara al vigilante en el Corte Número Dos, cuando el hombre hizo su reporte.

Lo hizo de manera abrupta; casi derribó la puerta al entrar en la oficina improvisada. Courtney y yo estábamos allí en ese momento, calculando el volumen de trabajo para el día siguiente. El hombre parecía profundamente alterado.

—Hay un montón de indios en el Corte Número Dos —balbuceó—. Actúan de manera muy extraña. Dos o tres cientos de ellos. ¡Será mejor que vengan rápido!

Courtney y yo, por supuesto, nos apresuramos a investigar.

Y allí estaban, en efecto. En número no podían exceder de una docena. Era cerca de la medianoche. La luna estaba más allá de su primer cuarto; colgaba baja sobre el horizonte occidental, proyectando una luz pálida y amarillenta a través del valle envuelto en sombras.

A través de esa luz los vimos tenuemente—más como si fueran sombras, y no realidades. Estaban en plena indumentaria de guerra. Sobre sus cabezas, en el resplandor azafranado, se alzaban sus enormes penachos. Las mantas multicolores, ceñidas fuertemente a sus cuerpos, ondeaban en el viento nocturno. Sus rostros, cuando los giraban hacia la luna, aparecían surcados y manchados con las horribles máscaras de la pintura de guerra.

Nos acercamos junto a la fila de vagones planos, y nos quedamos allí observándolos en silencio. Sus acciones parecían más que curiosas; se inclinaban sobre el suelo, rebuscando, moviéndose aquí y allá por el área profanada, al este del Corte Número Dos.

—¡Están colocando de nuevo las piedras! —jadeó Courtney, con una súbita bocanada de aire—. ¡Reacomodando las piedras para marcar las tumbas profanadas… Dios! —exclamó de pronto, aferrándome del brazo—. ¡Mira lo que llevan! ¡Mira, hombre, son arcos y flechas! ¡No son rifles, son arcos y flechas! ¡Los indios ya no usan arcos y flechas hoy en día!

—Suéltame el brazo —gruñí, sacudiéndolo…

Las cosas que llevaban eran arcos y flechas. Los portaban cruzados sobre los hombros, de manera que se mantenían erguidos, mientras se inclinaban, alisando la tierra surcada, recogiendo piedras y reacomodándolas en pequeños montículos redondos. Lo hacían todo en silencio, sin emitir sonido alguno, simplemente inclinándose aquí y allá en la noche, ordenando pequeños montículos de piedras. Había algo terriblemente patético en ello.

Y entonces, una ráfaga súbita de viento nocturno cruzó la pradera, gimiendo lúgubremente entre la hierba alta, y me quedé frotándome los ojos, mirando con torpeza. ¡Porque habían desaparecido—desaparecido tal como habían llegado, sin palabra ni sonido, dejando la noche súbitamente vacía!

—¿Adónde se fueron? —me escuché preguntar, idiotamente.

Y entonces mi sangre pareció volverse agua, al sentir la presión de una mano sobre mi hombro. Me volví para enfrentar a Weatherford; había llegado detrás de nosotros mientras observábamos.

—¿Los viste? —susurré.

Él asintió con la cabeza.

-45-

—Los vi desaparecer —dijo, con voz neutra, como si nada.

—Estaban arreglando las tumbas —expliqué débilmente, sin soltar el brazo de Weatherford.

—Sí —respondió, con un matiz extraño en su tono—. Es una lástima, ¿no?… Pero tenemos que construir nuestro ferrocarril —continuó con voz más grave—, aunque tengamos que… —alzó las manos y no terminó la frase—. ¡En interés del comercio! —añadió al cabo, con una expresión irónica—. Pobres hombres… Nunca tuvieron una sola oportunidad contra el blanco.

—¿Viste sus arcos y flechas? —insistió Courtney, con una risita histérica—. Un poco pasados de moda, ¿eh? —y volvió a reír, una risa hueca que resonó en la noche—. ¡Solo un indio sabe desaparecer así! —añadió, como si quisiera convencerse.

Debía de ser alrededor de las cinco de la mañana—esa misma mañana—cuando el cocinero del campamento vino a golpear mi puerta, despertándome de un sueño poco reparador. El cocinero, por supuesto, se levanta antes del amanecer; ahora venía a dar su reporte: todos parecían dar reportes últimamente; parecía ser la moda.

El informe del cocinero era que, al salir hacia la pila de leña para recoger astillas con que encender el fuego—alrededor de las tres y media de la madrugada—había notado a un jinete, un jinete solitario, cabalgando de un lado a otro por la cresta junto al Corte Número Dos.

Aún estaba muy oscuro; sin embargo, aseguraba haberlo visto claramente. El hombre era un indio. Iba adornado con cuentas y manta, pintura y penacho de guerra. Era un indio alto y corpulento. Se sentaba muy erguido y digno sobre su caballo, como… bueno, algo así como un jefe. Llevaba arco y flechas, y un hacha de guerra. No hacía nada en particular, sin embargo—solo cabalgaba de un lado a otro entre las tumbas, como si estuviera en una inspección.

En cuanto al caballo—el cocinero estaba absolutamente seguro del caballo; era blanco como la leche, con crines y cola plateadas. Incluso vio el rocío brillando en sus crines y cola plateadas, lo vio alzar la cabeza y relinchar una vez, como si estuviera perdido y buscara a sus compañeros. No estaban causando daño alguno—no hacían ruido de ningún tipo—solo se movían de un lado a otro como sombras, allí en la oscuridad, entre las tumbas. Parecía que habían surgido de pronto del Corte Número Dos, dijo; y luego volvieron a entrar en el Corte Número Dos, y así desaparecieron. Cuando volvió a mirar, ya no estaban.

—Pensé que debía venir a decírselo, señor —dijo—. No eran muy claros, por supuesto, no mucho más claros que sombras. Y aun así…

Se quedó allí, balanceándose sobre los talones en mi puerta, obsesionado con un exceso de palabras, como si quisiera quedarse hablando para siempre.

—Pensé que debía venir a decírselo, señor —repitió.

—Anda, ve a preparar el desayuno —le ordené bruscamente—; esto es un campamento de construcción ferroviaria, no un jardín de infancia; ¡lo que necesitamos aquí es comida!


CAPÍTULO SIETE

Tuvimos, sin embargo, una experiencia aún más definida con el quimérico caballo blanco y su crin y cola plateadas.

Esta vez fue el propio vigilante nocturno. Nosotros tres—Weatherford, Courtney y yo—estábamos sentados en la pequeña oficina, discutiendo el trabajo del día siguiente. Era ya tarde en la noche—al menos las once y media.

De pronto escuchamos una descarga de disparos de rifle, allá por el Corte Número Dos. Saltamos y corrimos precipitadamente por la puerta, hacia la noche, atravesando el claro en dirección a los sonidos.

Encontramos al vigilante apoyado débilmente contra una rueda motriz del burro mecánico, forcejeando con su rifle en un intento de recargarlo.

—¿Qué fue de ellos? —jadeó, histérico, al vernos llegar y, dejando caer su arma, se aferró a la manga de Weatherford.

—¿Qué fue de qué? —preguntó Weatherford, apartándolo con brusquedad.

—¡Surgieron del Corte Número Dos! —dijo, castañeteando los dientes—. ¡Y comenzaron a cruzar el viejo cementerio, directo hacia mí! Les grité que se detuvieran. Pero no lo hicieron. Entonces abrí fuego contra ellos—empecé a disparar tan rápido como pude. Pero de algún modo no pude darles, en absoluto. Vinieron directo hacia mí, lentos y dignos como el destino, sin hacer ruido—directo hacia mí, hasta que pude ver el blanco de sus ojos y escuchar su respiración. ¡Dios! ¡Era imposible fallar, a treinta yardas!

—¡Y aun así fallé! —susurró, temblando—. ¡Vacié mi repetidora contra ellos, a treinta yardas, y no se inmutaron! Y entonces corrí—tan rápido como pude: ¡vine aquí! ¿Dónde están ahora?

—¿De qué estás hablando? —exigió Weatherford, sacudiéndolo con furia.

—¡Un indio! —susurró—. ¡Un jefe indio, todo pintado de guerra y con mantas; montando un caballo blanco como la leche, con crin y cola plateadas! ¿Adónde se fueron? —El hombre temblaba entero mientras hablaba; su rostro estaba tan blanco como la muerte.

—¡No se fueron a ningún lado! —dijo Weatherford, con ira—. Porque no estaban aquí. Ve al médico del campamento y que te dé un buen trago de brandy.

—¡Al diablo! —juró Courtney, retorciéndose las manos—. Claro que no estaban aquí. Claro que no había ninguno…

De pronto un silbido nos cruzó los oídos; un objeto pasó caliente y silbante junto a nuestras cabezas, y se clavó temblando en el armazón del burro mecánico. Extendí una mano temblorosa y lo arranqué. Era una flecha india, coronada con una punta de pedernal.

Weatherford se volvió hacia Courtney con un gesto preciso:

—Será mejor que mañana por la mañana llames por teléfono a Fort Hardie —anunció— y les digas que envíen la caballería para limpiar a estos indios. Tenemos que terminar este ferrocarril —añadió, con tono incidental—. Y en cuanto al resto —se volvió hacia mí de pronto—: mañana por la mañana ve a revisar su manada, y fíjate si hay un caballo blanco como la leche, con crin y cola plateadas.

Fui, como se me ordenó; pero no encontré ningún caballo blanco con crin y cola plateadas.

-46-

CAPÍTULO OCHO

Los vimos de nuevo la noche siguiente, justo después de que el sol se hubiera ocultado tras el horizonte occidental, dejando el valle en sombras.

Habíamos entrado en una conferencia, Weatherford, Courtney y yo, sobre la cuestión de desviar el levantamiento más allá de Camloops Creek, en un intento de reducir la pendiente. Nos reunimos junto al montón de madera frente a la oficina de la compañía y comenzamos a hablar. Eaglefeather salía de la barraca en ese momento. Como la cuestión involucraba en parte su trabajo, Weatherford lo invitó a unirse.

Le dirigí al indio una mirada más atenta, más aguda, cuando se acercó caminando en silencio, alto y digno, hacia nuestro grupo. Y vi de inmediato que había cambiado para peor. Su cabello, normalmente liso, estaba despeinado. Su rostro se veía contraído y rígido. Había una expresión tirante en las comisuras de su boca apretada, y una mirada salvaje, aunque completamente inescrutable, en sus ojos. Con toda la fuerza de su voluntad parecía luchar contra una emoción tensa que estaba siempre a punto de dominarlo. Su actitud reflejaba tragedia.

Era natural que pronto cambiáramos del tema de pendientes y cruces a aquel otro que furtivamente ocupaba el fondo de nuestras mentes; porque para entonces la situación había superado con creces el ámbito de las trivialidades. Se había convertido en un problema real.

—No son más de una docena de indios, como mucho —dijo Weatherford, tranquilizador—. No nos causarán mayores molestias.

—¡Molestias reales! —bufó Courtney—. Espero que no empeore más de lo que ya está. ¿Qué opinas del incidente del caballo blanco anoche?

—Oh, tienen un caballo blanco escondido en algún sitio —dijo Weatherford, con amplitud—. El vigilante nocturno estaba excitado; por eso falló los disparos. Y mejor que lo haya hecho.

—El grupo de sepultureros volvió anoche —dijo Courtney, ominoso—, amontonando pequeñas pilas de piedras, como antes. El cocinero los vio.

—Pues es una verdadera lástima —comentó Weatherford—. ¿Qué les hizo a esos tontos topógrafos trazar la línea donde lo hicieron? Cualquiera debería haber sabido mejor. No puedes culpar a los indios por estar enojados… ¿Así que volvieron anoche?

—Eso dice el cocinero. Los vio. —Courtney se quedó mirando a Weatherford—. El cocinero los vio. Pero el vigilante nocturno no pudo verlos en absoluto —añadió—. Los dos estaban hombro con hombro, mirando; y el cocinero los veía, y el vigilante no. —Courtney soltó una risa aguda—. ¿Qué opinas de eso?

Weatherford lo miró fijamente un momento.

—Creo que será mejor cambiar al vigilante nocturno —dijo en voz baja.

Pero Courtney no se dejó desviar tan fácilmente.

—Extraño, que el cocinero pudiera verlos y el vigilante no —murmuró, abstraído—. ¡Y sin embargo estaban allí! Husmeando entre las tumbas, como si sus sentimientos hubieran sido heridos y no tuvieran poder para expresarlo. ¡Dime! ¿Siempre vuelven así? Recuerdo una vez…

Pero Weatherford lo interrumpió bruscamente.

—¡Bah! —dijo con disgusto—. Esa es una charla absurda para un hombre de negocios. Han estado muertos cien años… ¿No es así? —añadió, mirando lentamente a nuestro alrededor, como esperando respuesta.

Courtney se volvió de pronto hacia Eaglefeather.

—¿Qué piensas tú, Charley? —preguntó, con una sonrisa torcida.

Eaglefeather lo miró fijamente un momento, sin hablar; luego su mirada se perdió en la oscuridad creciente.

—No sé si están muertos o no —dijo—. Pero no creo que lo estén.

—¡Bah! —rió Weatherford, con su risa irritada—. Eso es pura tontería, Eaglefeather. Saca esa idea de tu cabeza. Es ese grupo de indios allá por Lost Creek—solo ellos, nada más.

—Supongo que tienes razón —replicó Courtney—. ¡Debería saberlo! Los tontos estuvieron golpeando sus tambores anoche, y haciendo sus cantos de guerra, allá por Deadman’s Hill, hasta que no pude dormir ni un minuto. Me están poniendo nervioso, supongo.

—Los Kennisaus no golpeaban tambores anoche —dijo Charley Eaglefeather—. Ni hacían cantos de guerra tampoco.

—¿Quieres decir que no golpeaban tambores desde las diez hasta la medianoche, allá por Deadman’s Hill? —El rostro de Courtney se llenó de alarma.

—No lo hacían —dijo Eaglefeather, tranquilo—. Yo estuve con ellos hasta pasada la medianoche, en su campamento en la cuenca de Elk Creek, a muchas millas del lugar que mencionas.

—¡Entonces quién estaba golpeando tambores, me gustaría saber! —casi gritó Courtney—. ¿Qué demonios…?

Se detuvo con una súbita bocanada de aire, su rostro congelado en una expresión de estupor absoluto.

—¡Allí están ahora! —susurró tensamente, señalando hacia la cima distante de Deadman’s Hill.

El sol se había deslizado tras el borde occidental; el valle bajo las crestas yacía envuelto en sombras crecientes. Sin embargo, la cima de Deadman’s Hill, a media milla de distancia, aún captaba los últimos rayos de luz.

Y allí, entre los pinos dispersos, sobre el abrupto hombro del precipicio, estaba el caballo blanco como la leche y su jinete, silencioso y erguido como una estatua de Guillermo II en Coblenza; mientras detrás de esta aparición se alineaba un grupo de jinetes, cubiertos con mantas y armamento de guerra, en posición de firme.

Por un momento permanecieron así, como congelados en el paisaje, destacándose claros y distintos bajo los últimos rayos del sol poniente: un jefe y sus guerreros, listos para avanzar—como si un reflector se hubiera encendido de pronto sobre la fase final de un cuadro histórico.

Luego la luz se apagó, se desvaneció, desapareció por completo, dejando la tierra envuelta en sombras más densas. Y la aparición se había ido—desvanecida con la luz.

Fue la voz de Eaglefeather la que nos sacó de nuestro estupor. Se había descubierto la cabeza de pronto, y permanecía así, mirando hacia la cima de Deadman’s Hill. Sobre sus facciones oscuras y expresivas había aparecido la mirada absorta de un fanático; sus ojos ardían con un fuego antinatural.

—¡Pohontihac! —susurró, reverente—. ¡Pohontihac! ¡El Jefe ha regresado!

—¡Silencio, Eaglefeather! —gritó Weatherford, sacudiéndolo por el hombro—. ¡Deja esa brujería, hombre! Nadie ha regresado, no hay nada sobrenatural…

Pero el indio no prestó atención a esa orden; porque Eaglefeather había comenzado a hablar, al fin.

—Han regresado —repitió con voz hueca, retorciendo sus manos—. Los Kennisaus han vuelto a reclamar sus tierras saqueadas. Este es el movimiento final. Hay problemas en el viento, esta noche.

—¡Cálmate, Eaglefeather! —la voz de Weatherford adquirió un tono suplicante—. Te digo que son solo los Kennisaus, el resto de la tribu. No han regresado. No han…

—Sopla el viento del norte —prosiguió el indio en voz cantarina, meciéndose suavemente con su canto—. Sopla el viento del norte. Las cigarras han dejado de llamar. Los cuervos vuelan en largas filas hacia las cumbres: ¡Hay un halo alrededor de la luna, esta noche!

El rostro de Weatherford cambió de pronto a una expresión de alarma.

-47-

—¡Hombre, estás fuera de ti! —suplicó—. ¡No sigas así, te lo digo! Sabes que no hay nada sobrenatural en ello. Sabes…

Pero el indio había pasado más allá del alcance de la razón; había regresado a la edad paleolítica; las supersticiones de mil años habían vuelto sobre él, multiplicadas.

—Los dioses de los Kennisaus están enojados esta noche —prosiguió, balanceándose rítmicamente de un lado a otro en una extraña semidanza, alzando los brazos sobre su cabeza—. Sus almas están desgarradas de dolor—escuchan los sonidos de mucho llanto. Los espíritus de los muertos hacen medicina. El viento del norte rugirá como señal; los bosques gemirán por las penas de los que lloran. El espíritu del gran Pohontihac viene por venganza. ¡Cuidado con el viento del norte! La muerte cabalga por los cielos esta noche…

Así continuaba, en su horrenda invocación, con los ojos abiertos y fijos, la cabeza erguida, los hombros cuadrados, meciéndose lúgubremente de un lado a otro, con el gesto de un vidente en su rostro tenso y agitado.

Nos quedamos mirándolo, asombrados y mudos, allí en la noche creciente. Ninguno de nuestro pequeño grupo tuvo poder de palabra. Porque el ciclo de la vida se hallaba inerte; la misma tierra se alzaba desprovista de perspectiva. El surco del tiempo parecía haberse deslizado hacia atrás y lo había dejado de nuevo como un salvaje, entre sus ancestros salvajes. Pues Charley Eaglefeather, abrupta y súbitamente, había regresado a la idolatría.


CAPÍTULO NUEVE

La tormenta estalló alrededor de las diez de la noche—un viento fuerte y seco soplando desde un cielo medio despejado del norte, bajo una luna intermitente.

Hizo cantar la hierba alta como arpas eólicas, gimió entre los dispersos matorrales de buckbrush, y rugió en las copas de los álamos detrás de la cocina. Su voz agitó el campamento de construcción del S. P. & S. con una actividad mucho mayor que la normal, llenando la noche con el golpeteo de muchos cascos, el sonido de pies apresurados y el grito fuerte de órdenes.

Mis nervios, gravemente sacudidos, me negaban el sueño. Así que caminé por el campamento—entrando y saliendo entre los edificios improvisados, arriba y abajo por las diferentes vías secundarias, de un lado a otro por los claros abiertos—hasta que, después de una hora o más, aquel pequeño universo volvió a dormir, aunque de manera inquieta.

El viento seguía rugiendo, aumentando siempre en intensidad. Sin embargo, la noche no era del todo opaca. A través de los claros, los edificios del campamento aparecían como fantasmas grises en la oscuridad. Bajo el resplandor pálido y azafranado podía ver la silueta tenue de Deadman’s Hill, alzándose como una sombra contra el cielo del norte. Sobre nuestras cabezas, las nubes, blancas como la nieve o negras como la tinta, con bordes rosados y plateados, huían sin cesar sobre el rostro de una luna de porcelana.

La noche parecía cargada de un temor adicional, el aire saturado de corrientes eléctricas. Aquello—fuese lo que fuese—no había terminado aún. Estaba seguro de ello. Quizá apenas comenzaba—¿quién podía decirlo? El campamento dormía; solo los vigilantes nocturnos se movían como espectros en sus rondas. Y yo, cuyos nervios me negaban el sueño, mantenía guardia adicional, escuchando, esperando intensamente, los sentidos tensados hasta el límite, contra aquello que debía—o al menos podía—suceder.

Parecían venir del norte—cabalgando con el viento y la noche, descendiendo por la pradera de Wild Rose.

Podía escuchar el rumor vago pero definido de un sonido significativo, que subía y bajaba, y volvía a subir, como el rugido de una tormenta en la ladera de una montaña distante. Ninguna cosa física se manifestaba aún—ningún objeto era visible a los ojos humanos; sin embargo, sentía intensamente la aproximación de esa amenaza innombrable.

Impulsado por el deseo súbito de elevarme sobre mi entorno y alcanzar un punto de mayor seguridad, trepé al montón de madera frente a la oficina de la compañía, y allí me quedé, azotado por el viento fuerte, mirando hacia el norte, con los ojos muy abiertos, en la noche.

Los sonidos habían crecido ahora, aumentados a un retumbar constante—el golpe persistente de cientos de cascos de caballos, corriendo con fuerza, golpeando la superficie cubierta de hierba de la pradera de Wild Rose.

Se precipitaban hacia nosotros—venían en dirección al campamento de construcción. Pronto una silueta tenue se hizo visible, más como la sombra móvil de una nube, extendida delgada y alargada sobre la superficie plana de la pradera, vaga pero siempre en movimiento, avanzando hacia nosotros a través de la noche azafranada, como el viento que pasa sobre un campo de trigo.

El campamento dormido escuchó el creciente empuje del sonido, y volvió a agitarse. Luces se encendieron de pronto en la cocina y los dormitorios; puertas se cerraron de golpe, voces gritaron agudas en la oscuridad. El S. P. & S. había despertado una vez más a la acción. Por encima de todos los demás sonidos podía escuchar los chillidos de los caballos asustados en los corrales de la compañía, el correr de pies, el golpe seco de cascos contra las paredes del cercado; y, elevándose tenuemente sobre el torrente de ruido, la voz de Weatherford en el teléfono de la pequeña oficina detrás de mí, llamando con insistencia a Fort Hardie, y a la caballería.

Una mano me agarró con fuerza de la manga, y me volví. Era Courtney; había trepado al montón de madera junto a mí; ahora estaba allí, pálido y tembloroso a mi lado.

—¡Una estampida! —susurró—. ¡Han soltado sus caballos de la pradera contra nosotros!

Pero no era una estampida. Porque esos caballos—desplegados, como estaban, en una delgada línea de escaramuza de caballería sobre la pradera de Wild Rose, corriendo bajos, con los hocicos tensos y extendidos—tenían jinetes. Jinetes, con mantas, pintura y penachos de guerra, que montaban erguidos y llenos de dignidad. Los guiaba una figura sobre un caballo blanco como la leche, con crin y cola plateadas.

Así avanzaban rápidamente hacia nosotros. Sin embargo, no emitían sonido alguno—no hacían movimiento indebido; simplemente avanzaban rectos, silenciosos, inexorables, como espectros cabalgando en la noche.

—¡Mira qué quietos están! —jadeó Courtney de pronto, aferrándome del brazo—. ¡Como si fueran mudos!—¡incapaces de hacer ruido alguno!

Sacudí su mano de mi manga.

—¿Por qué no habrían de estar callados? —le respondí con un siseo torpe—. No hay nada de qué hacer ruido.

—¡Sombras del pasado muerto! —escuché a Courtney murmurar con un sollozo, su voz apagándose en un susurro.

Por la vía del S. P. & S. avanzaban, a través del Corte Número Dos, sobre los terraplenes a medio terminar, cruzando los cementerios profanados, con un rugido interminable de cascos, como el ímpetu de un vendaval creciente. El viento nocturno hacía sonar las plumas secas de sus penachos, corría por sus cabellos negros y desordenados, azotaba sus mantas hasta dejarlas rectas como estandartes detrás de ellos, mientras avanzaban. Sin embargo, no emitían señal ni sonido humano: simplemente cabalgaban con circunspección en la noche.

—¡Dios! ¡No pueden moverse! —jadeó Courtney—. ¡Mira, no pueden moverse—no pueden girar la cabeza!

-48-

La frenesí de aquel hombre medio demente pareció desquiciar mi razón, obsesionar mi mente, de modo que escuchaba lo que él escuchaba, veía solo lo que él veía. Así contemplé aquella extraña agregación de formas, fosilizadas en su calma sobrenatural, avanzar rápidamente, como arrastradas por manos invisibles a través de la oscuridad. Sus mentones estaban erguidos, sus hombros rectos; cada brazo derecho, alzado alto y desafiante, sostenía un arco y un haz de flechas. Sin embargo, ningún músculo de sus cuerpos se agitaba, ningún rasgo cambiaba en aquellos rostros manchados de pintura. Simplemente permanecían como imágenes de bronce, sus ojos, abiertos y sin parpadear, fijos hacia adelante, como congelados en sus órbitas.

—¡Ciegos! —susurró Courtney, medio histérico—. ¡Totalmente ciegos! ¡Oh, qué lastimoso, qué lastimoso!

Así, por un breve instante, cruzaron ante nuestra vista. En ese instante la tierra giró vertiginosamente, perdiendo toda forma y enfoque. Porque cabalgaron—o parecieron cabalgar—directo a través del tren de construcción, dormido en el apartadero; a través de las siete palas de vapor; a través de la cocina, y de las cien tiendas de los dormitorios; a través de la pequeña oficina misma, donde Weatherford aún llamaba frenéticamente a la caballería—atravesaron, y siguieron—dejando todo en pie como antes.

El campamento de construcción del S. P. & S. se unió a la breve conmoción, con portazos y golpes, el llamado de voces frenéticas desde los dormitorios. Sin embargo, estos, junto con el constante golpeteo de cascos, fueron los únicos sonidos.

Nuestros propios caballos, contagiados súbitamente, relinchando y pateando, saltaron contra las puertas del corral y, derribándolas, se desbordaron hacia la pradera para unirse a la orgía salvaje de la noche.

Así pasaron, tronando hacia el sur por la cuenca del Clearwater. El ruido disminuyó, se hizo cada vez menor, llegando vagamente, más y más vago, a través de la distancia creciente, hundiéndose finalmente en un murmullo bajo en el viento nocturno, y desapareció. Una vez más el campamento de construcción del S. P. & S. yacía envuelto en su manto de silencio y reposo.

De pronto, en medio de ese silencio, se alzó la nota lastimera de un coyote solitario, aullando a la luna, desde la ladera de la colina del muerto.


CAPÍTULO DIEZ

La caballería llegó a la mañana siguiente, al amanecer, bajo el mando del joven Capitán Farnsworth, impecable y “elegante”; aún no muy alejado, mentalmente, de West Point, y demostrándolo con sus acciones. Weatherford le dio los detalles:

Sí; reuniría a esos condenados Siwashes—claro que lo haría. En unos diez segundos, además.

Procedió a hacerlo, aunque no en diez segundos. A las dos de la tarde pasó por el campamento para informar.

—No había indios, en realidad —sonrió—, menos de una docena de guerreros en total—igual número de mujeres, treinta o cuarenta niños desnudos, y unos cien perros.

—¡Pero, oiga! —explicó a Weatherford—. Esos indios no han estado haciendo nada. Son perfectamente inofensivos, tranquilos como ratones; no se han movido en veinte años—eso dice Alderson. Los encontramos detrás de Deadman’s Hill, preparando su desayuno—friendo pescado sobre una vieja hoguera humeante, demasiado perezosos incluso para ponerse de pie. Los llevaré al Fuerte por un par de días de disciplina —añadió— y luego los soltaré de nuevo. No tiene que preocuparse por ellos; son perfectamente inofensivos.

—¡No lo crea ni por un momento! —dijo Weatherford con severidad—. Nos lanzaron una estampida anoche—se llevaron todos nuestros caballos; nos tomó hasta hace media hora recuperarlos. Por cierto —añadió, mirando de pronto al oficial—, ¿no habrá visto algo de Charley Eaglefeather, verdad? Es un indio educado—uno de la cuadrilla del S. P. & S. Ha desaparecido por completo, y no tenemos idea de dónde encontrarlo.

El Capitán no había visto a Charley Eaglefeather, sin embargo. Tampoco la cuadrilla del S. P. & S. volvió a verlo jamás. Porque había desaparecido tan completamente como si la tierra lo hubiera tragado, sin dejar rastro alguno.


CAPÍTULO ONCE

Pues bien, la tormenta trajo la nieve tras de sí en las siguientes veinticuatro horas.

Cuarenta y ocho horas después llegó una llamada telefónica de larga distancia de Perkins, ordenándonos bajar al distrito de Grant’s Pass, en el sur de Oregón, donde no nieva en septiembre, ni en octubre tampoco, para el caso. La primavera siguiente llegó la guerra; y olvidé por completo cómo construir ferrocarriles, y no regresé en dos años.

Sin embargo, terminaron la línea inconclusa del Clearwater en ese tiempo. Lo sé; la recorrí un día la semana pasada. Así fue como vine a contarte esta historia. Estaba en ruta hacia los nuevos campos de carbón. Trabajo ahora para el Gobierno, y el Departamento pensó que este nuevo carbón del Clearwater podría ser lo bastante bueno para la Marina. Así que me enviaron a investigarlo.

Me bajé del tren en Waverly, un lugar antes conocido como Deadman’s Hill. Llámalo sentimentalismo si quieres, no me importa. Simplemente quería volver a ver el lugar.

El humo de una aldea india atrajo mi atención, allá contra las estribaciones, en la ribera del Little Chewelah. Así que me dirigí en esa dirección.

Un indio, gordo, miserable y grasiento, estaba en cuclillas sobre una pequeña hoguera humeante junto al arroyo, friendo pescado.

—How, George? —dije.

—How —respondió.

Y entonces, aún en cuclillas, giró para mirarme por encima del hombro.

—¡Pero si es Charley Eaglefeather! —exclamé, casi desplomándome de la sorpresa—. ¡De todas las cosas! ¿Cómo demonios llegaste aquí?

Aún en cuclillas, me miró un momento por encima del hombro, en silencio, inescrutable, pero con gran dignidad, como un águila enjaulada; o como un rey que ha perdido su trono, pero que sigue siendo rey.

—¡Hieu Clatawah! —dijo finalmente—. ¡Halo Cumtux!

Luego volvió de nuevo a su fritura de pescado.

✠═════ FIN ═════✠

-50-

"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."

Comentarios

Entradas populares