LA COPA DE SANGRE - WEIRD TALES (1923)

 

El espantoso secreto del Castillo Bludmanton Se revela de manera sobrecogedora en  

La Copa de Sangre  

Una novela condensada  

Por Otis Adelbert Kline

Título original: The Cup of Blood

Weird Tales | Volumen 2 | Número 2 | JULIO 1923

Pp.29-32

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Fue después del cierre de la Gran Guerra cuando Anderson y yo decidimos recorrer Escocia a pie.  

Como mi propósito no es relatar en detalle aquel viaje en su totalidad, sino más bien narrar la historia de cómo se vio bruscamente y temerosamente interrumpido, expondré, lo más brevemente posible, los incidentes que condujeron a aquella noche fatídica y memorable en el Castillo Bludmanton.  

Tras dos semanas de agradables caminatas y campamentos, pasando cada noche bajo lona, nos encontrábamos paseando por un pintoresco pueblecito una tarde, acalorados, cansados y sedientos, cuando el ojo errante de Anderson descubrió un letrero que prometía diversas y tentadoras bebidas refrescantes. Nos dirigimos hacia él a paso doble, dejamos nuestras mochilas en el suelo del fresco salón y pronto estábamos lavando el polvo de nuestras gargantas resecas.  

Mi compañero es rápido para entablar amistades, y no tardó en iniciar conversación con el viejo Sandy Magruder, que se hallaba en la mesa contigua. No se mostró reacio a acompañarnos en una o dos jarras de cerveza, a invitación de Anderson, y lo encontramos sumamente interesante.  

Supongo que apenas existe aldea, pueblo o ciudad en el mundo que no tenga algún hito o curiosidad que sus habitantes señalen con orgullo a los forasteros. En San Antonio preguntan: “¿Has visto el Álamo?”; en Nueva Orleans: “¿Has recorrido el Mercado Francés?”; en Roma: “¿Has visitado las Catacumbas?” Y así sucesivamente.  

En este caso se trataba de un castillo encantado. Bludmanton Castle, según nos aseguró Sandy, estaba habitado por “fantasmas balbuceantes y lechuzas chillonas, y quizá el mismo Viejo Nick.”  

Yo estaba dispuesto a discutir la posibilidad de que existieran tales criaturas como fantasmas parlanchines, pero Anderson me dio un fuerte puntapié bajo la mesa y colmó al viejo de preguntas que sacaron a relucir una notable leyenda acerca de aquellas ruinas antiguas.  

Se decía que, muchos años atrás, el Castillo Bludmanton había sido el bastión de Sir Malcolm Blud, señor de Bludmanton, un monstruo cruel e inhumano, despreciado y odiado en toda la comarca, tanto por su servil sumisión hacia los superiores como por su trato despiadado y tiránico hacia quienes lo rodeaban y tenían la desgracia de ser de humilde cuna.  

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Aunque odiaban y denostaban a su despiadado señor, la gente de Bludmanton amaba y respetaba a su esposa, la hermosa y gentil Lady Helen, pues muchas eran sus obras de bondad hacia los pobres y afligidos; y si llegaba a enterarse de alguien que había sufrido por la tiranía de su marido, de inmediato procuraba reparar el daño en la medida en que su escasa bolsa se lo permitía.  

Lady Helen era hija de un laird del norte y, al casarse, llevó consigo a dos de sus antiguos sirvientes para vivir en el Castillo Bludmanton. Estos sirvientes, como suele ocurrir, chismorreaban, y no pasó mucho tiempo antes de que todos en el castillo y sus alrededores conocieran las circunstancias de su desdichada boda.  

Se decía que aquel matrimonio con un hombre más que doble de su edad no había sido de su elección, pues ella apenas contaba dieciocho años y Sir Malcolm pasaba de los cincuenta, sino que le fue impuesto por su padre cuando se le ofreció como única alternativa a la ejecución de una deuda que debía al Laird de Bludmanton y que no podía pagar debido a su precaria situación.  

Un matrimonio sin amor es, en el mejor de los casos, una tragedia; pero cuando se le añade la desesperación de un amor perdido sin esperanza, se convierte en una verdadera calamidad. Tal parecía ser el caso de Lady Helen, pues corrían rumores de un joven estudiante de teología que había conquistado su afecto antes de la boda, y por cuya causa había sido severamente reprendida por su padre. No obstante, jamás lo mostró, ni en palabra ni en acción, pues fue una esposa fiel y verdadera; siempre sumisa a la palabra de su laird y deseosa de agradarle en todo. A pesar de la pena secreta que atenazaba su corazón, se conducía en silencio y sin queja, volviéndose cada vez más pálida y frágil, hasta que al cabo de un año no era más que una sombra de sí misma.  

Por entonces murió el anciano ministro de la parroquia, y un hombre más joven, recién ordenado, fue enviado para ocupar su lugar. Como Lady Helen estaba continuamente dedicada a sus obras de misericordia entre los necesitados, era natural que a menudo se encontrara con el joven ministro en los hogares de sus feligreses; mientras ella procuraba aliviar sus carencias materiales, él les brindaba consuelo espiritual.  

También era natural que, cuando por enfermedad se vio incapaz de salir del castillo en sus tareas de caridad, pidiera al joven ministro que actuara como su agente en la distribución de limosnas. En tal calidad se convirtió en visitante frecuente del castillo y, como el laird estaba mucho tiempo ausente, pronto las maliciosas lenguas del chisme comenzaron a insinuar un romance clandestino que finalmente llegó a oídos del amo.  

Sir Malcolm se negó rotundamente a creer aquellos rumores ociosos al principio; hasta que supo que el joven ministro era el mismo estudiante de teología que había ganado el amor juvenil de su esposa. Esto cambió su visión y lo transformó de un marido severo pero confiado en un demonio astuto y sin escrúpulos.  

Desde entonces espió continuamente las acciones de su esposa, cuidando de que ella no sospechara que estaba siendo vigilada. Pero su conducta fue siempre intachable, y de no haber sido por un único incidente desafortunado, es probable que hubiera abandonado su espionaje y quizá tomado venganza contra sus calumniadores. Pero la suerte quiso que un día, estando presente el joven ministro, Lady Helen sufriera un mareo y habría caído desvanecida al suelo de no haberla sostenido él.  

La doncella, que estaba en la habitación, fue enviada en busca de remedios, y durante su ausencia apareció el laird en el umbral. Al ver a su joven esposa en brazos de su supuesto rival, quien no notó su presencia porque tenía la espalda vuelta hacia la puerta, Sir Malcolm se retiró a su habitación con las manos crispadas y un gesto en el rostro que infundió terror en los criados que se cruzaron con él.  

Se encerró en su cuarto toda la noche, y al día siguiente envió a Lady Helen a visitar a su padre, diciendo que iba a reparar y remodelar el castillo. Cuando ella emprendió su viaje hacia el norte, él partió solo y estuvo ausente más de un mes. Regresó con una cuadrilla de obreros extranjeros y ordenó desalojar a todos del castillo mientras duraban las obras, que se realizaron con absoluto secreto.  

Cuando el trabajo estuvo concluido, él mismo condujo a los extranjeros hasta Edimburgo y los embarcó con pasajes pagados de regreso a su tierra.  

A su vuelta mandó llamar a Lady Helen y ofreció un gran banquete en honor de la reapertura del castillo. Se invitó a huéspedes de lejos y de cerca, y por primera vez en muchos años los arrendatarios tuvieron libertad de entrar en el lugar. Sir Malcolm, su esposa y el joven ministro estuvieron presentes en la primera parte de la velada, y su ausencia posterior no fue notada hasta casi la medianoche, cuando el laird apareció pálido y demacrado.  

Lady Helen y el ministro no volvieron a ser vistos aquella noche, ni jamás se los volvió a ver.  

Los chismes decían que ambos habían huido juntos, pero entre los sirvientes corrían rumores en voz baja de que el marido celoso se había deshecho de ellos en algún escondido rincón del castillo. Un lacayo juraba que, al pasar frente a la habitación del amo a las once de la noche del banquete, escuchó el grito de una mujer en terror mortal. La doncella que puso en orden la estancia al día siguiente contó haber hallado una gran mancha carmesí en la alfombra y, bajo una de las sillas, un cáliz de plata en el que la sangre se había secado y endurecido.  

Que el laird había tomado una terrible venganza contra ellos parecía probado más allá de toda duda, aunque nadie se atrevió a denunciarlo abiertamente, ni siquiera a interrogarlo sobre el asunto.  

Al mediodía siguiente a la noche del banquete, el laird sufrió un ataque que lo sumió en un delirante frenesí. El viejo médico que lo atendió dijo que no le quedaba mucho tiempo de vida, y se convocó a su sobrino y heredero, Sir Eric Blud. Como Sir Eric se hallaba en Aberdeen en aquel momento, transcurrieron tres días antes de su llegada.  

De todos los criados de la casa, sólo uno tuvo el valor de velar al amo delirante durante la noche. El viejo Steenie MacDonald llevaba largo tiempo al servicio de los Lairds de Bludmanton, y juraba que ni el mismo Viejo Nick lo apartaría de su deber.  

Lo que Steenie vio o escuchó en aquella maldita cámara nadie lo supo jamás, pero se decía que salió corriendo de la habitación hacia las once de la noche, mudo de horror, y nunca volvió a hablar.  

Los sirvientes que tenían ocasión de pasar por el pasillo lo hacían tan rápido como sus piernas se lo permitían, y contaban haber oído los sollozos y gemidos de una mujer, mezclados con las maldiciones y desvaríos del laird, aunque todos sabían que estaba solo en aquella gran estancia.  

Cuando Sir Eric llegó, fue directamente a la habitación del amo, sin prestar atención a los relatos sobre ella, diciendo que no temía ni a hombre ni a demonio, y que si un enfermo podía resistir el poder que allí se ocultaba, un hombre sano con espada y pistolas no tenía nada que temer. Era casi la hora de las once cuando se acercó al lecho, mientras un grupo de criados curiosos y temerosos se agazapaba justo afuera de la puerta.  

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A su llegada, el laird cesó sus maldiciones y desvaríos y lo saludó con un débil apretón de manos. Aunque jadeaba por falta de aliento, logró hacerse oír incluso por quienes estaban fuera de la puerta.  

—Llegas justo a tiempo, sobrino —dijo—, pues no me queda ya mucho del aliento de la vida, y hay algunas cosas que debo contarte. Toda mi herencia, personal y real —tierras, dinero, todo— pasa a ti cuando muera. Sólo tengo una petición que hacerte, y es respecto a la disposición de mi cuerpo. En el gran almacén al final de la torre hay un cofre fuerte que abrirás, y en él encontrarás un féretro de plomo. Sella mis restos en ese féretro y colócalo, sin servicio ni ceremonia, en la tumba que he mandado construir junto a la torre de la capilla.  

Apenas había pronunciado estas palabras cuando la campana de la capilla comenzó a tañer solemnemente la hora de las once, y un agudo grito de mujer en terrible angustia desgarró el aire. En ese instante el viejo laird cayó muerto, y el joven laird empuñó sus pistolas y retrocedió hacia la puerta, pues el grito había provenido del interior de la habitación y era evidente que allí no había ninguna mujer presente.  

Siguieron sonidos apagados de sollozos y lamentos, y fuertes golpes se escucharon en el techo, las paredes y el suelo. Los sirvientes huyeron precipitadamente, y Sir Eric no tardó en seguirlos.  

Al día siguiente cumplió las órdenes del difunto y, al hacerlo, se encontró con una extraña y inesperada aventura, pues justo cuando bajaban el féretro de plomo a la tumba, la tapa cayó con gran estrépito y los asustados portadores soltaron las correas que estaban enganchadas a los anillos del ataúd.  

El joven laird ordenó abrir la tumba y recuperar las correas, pero al levantar la tapa, tanto el féretro como las correas habían desaparecido por completo. Concluyeron que era obra del mismo diablo, pues el interior estaba hecho de sólida mampostería sin grieta alguna capaz de admitir siquiera la punta de una espada, y ni el laird ni sus criados quisieron tener más relación con el Castillo Bludmanton.  

Ese mismo día lo abandonaron todos, cada alma viviente, y hallaron refugio temporal en las casas de los arrendatarios hasta que el joven laird concluyó su nueva fortaleza, que construyó más cerca del pueblo.  

Estábamos en nuestra quinta jarra de cerveza cuando Sandy terminó su historia.  

—¿Y dices que el castillo no ha estado habitado desde entonces? —preguntó Anderson.  

—El lugar no ha albergado a ser humano alguno hasta el día de hoy —respondió Sandy—, pero son muchas las historias de cazadores y caminantes que, al pasar junto al castillo de noche, han oído sonidos espantosos y alaridos capaces de levantar a los muertos.  

—Tengo una curiosidad devoradora por ver esas ruinas —dijo Anderson.  

—Salgamos a echarles un vistazo —sugerí.  

Anderson dejó su jarra con estrépito.  

—¡Lo tengo! —exclamó—. ¡Iremos allí y acamparemos por la noche! Será una aventura rara. Piensa en la diversión de acampar junto a un castillo en ruinas lleno de espectros. Tal vez podamos ver alguno, o quizá escuchar su lamento.  

—Mi carro está afuera —dijo Sandy, animado por la cerveza que había bebido—. Los llevaré y podrán ver las ruinas antes del ocaso, pero atiendan al consejo del viejo Sandy Magruder y levanten su tienda en otro lugar. Por mi parte, no pasaría la noche a la sombra del Castillo Bludmanton por todo el dinero de los bancos de Edimburgo.  

Cargamos nuestras mochilas y seguimos al anciano afuera, donde un caballo flaco, largo y sarnoso estaba atado a un destartalado carro de paseo. El vehículo crujió alarmantemente cuando subimos a bordo, y allá fuimos, traqueteando por el polvoriento camino.  

Recorrimos quizá unas cuatro millas, luego tomamos un sendero estrecho que atravesaba un bosque denso y sombrío. Al girar en una curva del camino apareció a la vista una imponente estructura—imponente a pesar de sus torres derrumbadas y almenas esqueléticas, sus matacanes rotos y sus merlones y almenas destrozados por el tiempo. Estaba construida en parte sobre una ladera inclinada y en parte sobre el llano del valle, y nuestro camino serpenteante nos llevó directamente junto a la poterna, contra la cual se apoyaba una escalera podrida, hasta un lugar en la ladera justo enfrente del puente levadizo, donde burbujeaba un manantial de agua clara y brillante.  

—Pues bien —dijo Sandy, saltando del carro con notable agilidad para su edad—, como dijo vuestro General Pershing en la tumba de LaFayette: “Aquí estamos”.  

—Un lugar ideal para acampar —exclamó Anderson, y simultáneamente saltamos al suelo, pidiendo a Sandy que nos mostrara el castillo y señalara los distintos sitios que había mencionado en su relato, pero él se negó rotundamente.  

—No me aventuraría en ese lugar maldito y fantasmal por toda la tierra de la parroquia, y si tal propósito tienen en mente, les aconsejo que se cuiden, pues aunque hayan sido valientes soldados y luchado hasta detener al enemigo, recuerden que el hombre tiene enemigos que no pueden ser vencidos con balas ni bayonetas.  

—Si te refieres a Su Satánica Majestad y sus esbirros —dijo Anderson, sonriendo—, yo, por mi parte, estoy dispuesto a arriesgarme, habiendo combatido con los Devil Dogs y junto a las Ladies From Hell.  

—Sí, que venga Belcebú —dije yo— y traiga consigo a algunos de sus inmundos demonios. En cuanto a los fantasmas, tengo curiosidad por escuchar uno gritar. Ciertamente no podría haber nada más interesante que una criatura sin pulmones ni cuerdas vocales que pueda chillar.  

Sandy se volvió con tristeza.  

—Pobres muchachos extraviados, no saben de qué hablan con tanta ligereza. No dudo que se les hará pagar caro cada palabra, y como veo que no están dispuestos a regresar conmigo, debo marcharme, pues la noche pronto caerá.  

Ante su firme negativa a aceptar pago por sus servicios, le agradecimos cordialmente y le dimos un alegre adiós mientras se alejaba por el sendero serpenteante.  

Comencé a desenrollar la tienda, pero Anderson detuvo mi mano.  

—Espera, Art —dijo—, tengo una idea.  

Lo miré inquisitivamente.  

—No hay necesidad de montar la tienda esta noche —prosiguió.  

—¿Así que esa es tu idea? Vas a deformar tu sombrero con una de esas ocurrencias tuyas. Por mi parte, voy a dormir bajo lona. Huelo lluvia en el aire y…  

Anderson pareció ligeramente ofendido.  

—Si tienes la bondad de escucharme y no saltar tan precipitadamente a conclusiones, quizá cambies de opinión. ¿Quién dijo algo de dormir al aire libre? Estaba a punto de sugerir que durmiéramos bajo techo.  

—¿Quieres decir en el castillo? —Hubo en mi voz una nota de algo—llamémoslo ansiedad—que delataba una repugnancia interior hacia la idea, de la cual no había sido consciente objetivamente.  

—Por supuesto, si tienes miedo…  

—¿Quién tiene miedo? Grandullón, creo que el asustado eres tú.  

Él rió.  

—Aquí estamos, desafiándonos como un par de colegiales. Sé perfectamente que no hay nada que temer en ese viejo castillo, y tú también lo sabes. Puede que nos evite una buena mojadura. ¿Has visto ese banco de nubes en el horizonte norte? Se avecina una gran tormenta y seguro que nos empaparemos aquí en la ladera, con tienda o sin ella.  

—Bueno, en todo caso, cocinemos nuestro tocino y huevos antes de entrar —dije—. Tengo tanta hambre que mi estómago cree que lo he dejado olvidado.  

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—Vamos, podemos cocinar dentro. Habrá muchos lugares, y no creo que tengamos problema en encontrar combustible.  

Recogimos nuestros bultos y, con Anderson a la cabeza, cruzamos con cautela el tambaleante y hundido puente levadizo. El profundo foso estaba casi vacío de agua, pues el terraplén inferior se había derrumbado, pero un pequeño arroyo corría muy abajo, alimentado por el manantial de la ladera. Pasamos por el patio exterior y luego al patio interior, donde el chasquido de nuestras botas sobre los gastados adoquines resonaba extrañamente en las paredes circundantes. Mi compañero miraba alrededor con el aire de quien explora castillos feudales a diario, y se dirigió a una alta puerta arqueada a nuestra derecha.  

—Los aposentos familiares del laird deberían estar en esta parte del edificio —dijo.  

Perseguidos por los ecos huecos del edificio vacío, cruzamos un corredor, atravesamos una gran sala —evidentemente un salón de banquetes—, entramos en otro pasillo y pasamos muchas puertas, en cada una de las cuales Anderson se asomaba. Finalmente entró en una, más grande y pretenciosa que las demás, y lo seguí.  

—Creo que esta es la habitación del amo —dijo, dejando su mochila en el suelo—. ¡Uf! Qué olor a humedad, y polvo y suciedad por todas partes. Extendamos la tienda en el suelo frente a la chimenea. Al menos tendremos un lugar limpio para comer y dormir.  

Había una pequeña cantidad de leña medio quemada en la chimenea que reunimos, y pronto tuvimos un fuego crepitando. Se acordó que yo prepararía la cena mientras Anderson salía a buscar más madera.  

Cuando el café hervía y el tocino chisporroteaba, me puse a examinar la habitación a la luz vacilante del fuego, pues el crepúsculo turbio ya se fundía en oscuridad, y las ventanas a ambos lados de la chimenea, lejos de dar luz, parecían parches grises apagados incrustados en el muro.  

El objeto más llamativo de la estancia era la gran cama con dosel, en la cual, si la historia era cierta, el Laird de Bludmanton había dormido su último sueño. Era evidente que los cortinajes eran de rico material, incluso bajo la gruesa capa de polvo que los cubría. Estaban recogidos a un lado, y la ropa revuelta confirmaba la descripción de Sandy sobre la precipitada huida de Sir Eric y sus criados. Los otros muebles eran tres sillas, una mesa bellamente tallada y dos arcones macizos. La habitación tenía un techo con vigas, paredes revestidas con paneles y tapices desvaídos, y un suelo de tablas ásperas que crujía lúgubremente al pisar, cubierto por una alfombra sucia y carcomida por polillas.  

Regresé a la chimenea, dispuse nuestros platos de hojalata, tazas y utensilios, rompí los huevos en la grasa caliente del tocino y salí a llamar a Anderson. Grité fuerte en el pasillo… y me respondió mi propio eco.  

—¿Qué lo estará reteniendo? —me pregunté.  

Debía haber vuelto en diez minutos, al menos, pues era un corto trayecto hasta el patio donde había leña abundante, y llevaba ya veinticinco minutos fuera. Me encaminé por el oscuro pasillo, crucé la sala de banquetes y, tras recorrer el corredor exterior, salí por la puerta arqueada al patio. Anderson no estaba a la vista.  

—¡Jack! —llamé en voz alta—. ¡Oh, Jack! Una lechuza sobresaltada salió ruidosamente de un nicho tras de mí mientras escuchaba en vano alguna respuesta. Sabía que, de estar dentro del alcance, Anderson habría contestado, así que me sentí desconcertado y no poco alarmado. Era de naturaleza inquisitiva, y no había modo de saber qué le habría ocurrido. Crucé hasta la poterna, esperando verlo tendido en el fondo del foso, pero mi linterna de bolsillo sólo reveló las orillas cubiertas de maleza, los muros musgosos y el arroyuelo brillante y burbujeante en el fondo.  

No quedaba más remedio que explorar el castillo de arriba abajo, y emprendí la tarea con un sombrío presentimiento de peligro que me fue imposible sacudirme.  

Tras revisar cada sala y corredor del nivel del patio, subí los traicioneros escalones de una torrecilla ruinosa y comencé una búsqueda sistemática de torres y almenas, iluminando con mi linterna cada rincón oscuro y los muros empinados en los puntos donde pensé que mi impetuoso amigo podría haber caído.  

Al estar en la más alta almena de la gran torre, la tormenta, que llevaba tiempo gruñendo ominosamente, estalló con gran violencia. Cortinas de lluvia me azotaron, empapándome hasta la piel. Relámpagos en forma de tenazas jugaban alrededor de torre, torrecilla y minarete, y el suelo temblaba bajo mis pies con cada estruendoso trueno.  

Me refugié en la negra sala de la torre y, mientras la tormenta rugía furiosamente afuera, intenté disipar las nubes interiores de presentimiento sobre el destino de mi amigo, aplicando la luz de la razón. Había examinado cada palmo del castillo, o de sus alrededores, sin rastro de mi compañero perdido.  

Seguramente no se había marchado dejándome atrás, pues Anderson no era de esa clase. ¿Qué había sido de él, entonces? Sólo podía pensar en dos posibles soluciones: o había regresado a nuestro punto de reunión y, al hallarlo vacío, me buscaba ahora; o alguien, o algo, se lo había llevado.  

Como la segunda posibilidad parecía absurda, lo lógico era volver a la habitación del amo y esperarlo allí.  

Descendí la torre sacudida por el viento, crucé el patio luchando contra los torrentes de lluvia y, con ayuda de mi linterna, llegué a la estancia sin más incidentes. Anderson no estaba allí, ni había señal de que hubiera estado. El tocino y los huevos se habían carbonizado, la cafetera se había secado, y el fuego se reducía a un montón de brasas apagadas.  

Coloqué los utensilios ennegrecidos en el hogar, amontoné el resto de mi escaso combustible sobre las brasas, las avivé hasta que prendieron, y me acerqué para secar mi ropa empapada. Todo pensamiento de hambre me había abandonado, pues mi mente estaba completamente ocupada con la misteriosa desaparición de mi camarada y la inquietante situación en que me hallaba: solo en un gran castillo medieval, oscuro y húmedo, deshabitado salvo por búhos y alimañas, y que la gente tenía por morada de fantasmas chillones y balbuceantes.  

No estaba exactamente asustado—no en ese momento, al menos—pero debo admitir que un sentimiento parecido al miedo se deslizó sobre mí al repasar mentalmente la historia de Sandy Magruder y conectarla, aunque fuera inconscientemente, con el destino desconocido de Anderson.  

Digo “inconscientemente” porque, objetivamente, no admitía para mí mismo que existiera tal cosa como un fantasma. Razonaba además que, incluso si existiera un ser así—una entidad desmaterializada, cuyo cuerpo no fuese más que luz, o quizá vapor—, sería manifiestamente imposible que produjera ruido o moviera objetos físicos. En cuanto a que tal ser se llevara a mi compañero… ¡absurdo!  

La furia de la tormenta fue disminuyendo poco a poco hasta convertirse en una lluvia constante y repiqueteante, con sólo ocasionales truenos. Esto duró quizá una hora, luego cesó por completo, y el único sonido audible fue el goteo del agua desde aleros y almenas. El silencio relativo era singularmente deprimente.  

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Mi último combustible se reducía a un pequeño montón de brasas incandescentes, y sabía que pronto se extinguirían—en cuestión de media hora, a lo sumo. La habitación ya estaba envuelta en una penumbra turbia en la que los objetos visibles se convertían en contornos vagos y fantásticos.  

Vi, o creí ver, un leve movimiento entre los cortinajes de la cama con dosel del laird. Al mismo instante, un sonido, aparentemente proveniente de un punto justo detrás de mí, me hizo girar como un animal acorralado, con cada cabello de mi cabeza erizado. Sonaba como alguien deslizándose o arrastrándose por el suelo, y era evidente que estaba en la cámara, aunque sólo veía la pared revestida de paneles y la alfombra polvorienta en el lugar de donde emanaba el ruido.  

Intenté recomponerme.  

“Debe de ser ratas u otra alimaña hurgando en los arcones”, pensé. “Ánimo, viejo. Recuerda, no existe tal cosa como un…”  

Mi soliloquio fue interrumpido por otro sonido—un sonido que heló la médula de mis huesos. Era claramente humano: un profundo suspiro sollozante, como el de alguien que despierta de una pesadilla o que sale de la anestesia tras una operación. Tomé las oxidadas tenazas del fuego y esperé sin aliento a que alguien, o algo, apareciera.  

Las tenazas me dieron una sensación de seguridad, y exploré la habitación con audacia, mirando tras los tapices y alrededor y debajo de los muebles. Convencido de que había sufrido una alucinación provocada por la autosugestión, regresé al lienzo y desenrollé mi manta, completamente exhausto y necesitado de sueño.  

Desde la infancia he tenido la costumbre de dar cuerda a mi reloj cada noche antes de acostarme. Automáticamente giré la pequeña ruedecilla entre el pulgar y el índice, y miré la esfera. Faltaba un minuto para las once. Al instante, los recuerdos de la referencia del viejo Sandy a la hora de las once inundaron mi mente. Con ellos vino el viejo sentimiento de temor, y una persistente convicción intuitiva de que no estaba solo en la habitación. Observé la manecilla avanzar rápidamente, conteniendo la respiración.  

Las once llegaron y pasaron sin incidente. Comencé a respirar más libremente a las once y cuarto, y estaba a punto de quitarme las botas, reprochándome mi miedo supersticioso sin fundamento, cuando ocurrió: un estremecedor grito, mitad gemido, mitad alarido, seguido de bajos y lastimosos sollozos, como de alguien en extremo dolor o angustia.  

Entonces escuché de nuevo el sonido deslizante, y fuertes golpes que parecían provenir de las paredes y el techo de la cámara. Al mismo tiempo, mi fuego se apagó y quedé en total oscuridad.  

La sensación que me dominó en ese momento es difícil de describir. Quienes han sufrido pesadillas saben a qué me refiero. En pocas palabras, es como si uno estuviera atado con bandas invisibles e irrompibles de la fuerza del acero templado. A esto se añade una sensación de miedo mortal, mucho más terrible que el que se experimenta al enfrentar un peligro tangible y visible.  

Me sentí clavado al suelo, incapaz de mover siquiera un dedo. A medida que los ruidos sobrenaturales continuaban, las bandas invisibles alrededor de mi pecho parecían apretarse hasta que respirar se volvió casi imposible.  

Hice un esfuerzo supremo por romper el hechizo, moverme, gritar. El resultado fue un sonido gorgoteante e inarticulado que nunca habría reconocido como proveniente de mi propia garganta, una visión momentánea de mil chispas centelleantes y un misericordioso rompimiento del hilo de la conciencia.  

Estoy seguro, al escribir estas líneas, de que habrá quienes me condenen por cobarde y necio, pero he resuelto no decir medias verdades ni añadir adornos que me pinten como héroe. Son relativamente pocos los que han enfrentado lo inexplicable, solos en la oscuridad; por consiguiente, pocos pueden simpatizar conmigo—pocos comprenderían plenamente el horror de aquel momento.  

Para mí, no hay miedo tan terrible como el miedo a lo desconocido. Creo que un conocimiento positivo de la muerte inmediata sería leve en comparación, y téngase en cuenta que nunca había sido supersticioso—nunca admití, ni siquiera para mí mismo, la existencia de seres sobrenaturales.  

El hecho de que permaneciera en un estupor catatónico en aquella habitación hasta el amanecer posiblemente me salvó la vida. Estoy seguro de que al menos salvó mi razón.  

Cuando desperté, el resplandor rosado del amanecer desde las dos ventanas derramaba su suave luz por la habitación. Los temibles ruidos habían huido con la oscuridad. Los recordaba como se recuerda una mala pesadilla. De hecho, al repasarlos a la luz del día parecía poco razonable suponer que habían sido algo más que un sueño.  

Estaba helado hasta los huesos y resolví primero encender un fuego en la chimenea, luego reanudar la búsqueda de mi compañero perdido. Sabía que la leña del patio estaría demasiado húmeda, así que busqué en algunas habitaciones cercanas, todas provistas de chimeneas, y encontré suficiente combustible seco.  

Con el fuego encendido y mi espalda al calor, estaba planeando mi siguiente movimiento cuando escuché un débil golpeteo metálico a mi derecha. Sobresaltado y desconcertado por este nuevo acontecimiento, escuché sin aliento mientras el sonido continuaba. Entonces, de repente, reconocí el código Morse. Aquellos golpes deletreaban: **“A-R-T H-E-L-P, A-R-T H-E-L-P.”**  

En un instante comprendí que Anderson estaba en peligro e intentaba comunicarse conmigo.  

Rápidamente seguí los sonidos hasta la pared revestida de paneles a mi derecha.  

—¡Jack! —grité—. ¿Dónde estás, Jack?  

Hubo un débil susurro inarticulado. Luego el golpeteo continuó: “R-O-M-P-E  E-L  M-U-R-O,” deletreaba.  

Tomé el pesado morillo y lo golpeé contra la pared, pensando destrozar el panel de un solo golpe, pero descubrí, para mi sorpresa, que el panel era de acero pintado para parecer madera. Sin embargo, estaba muy oxidado y pronto cedió, permitiéndome entrar en una cámara oscura donde encontré a mi compañero tendido en un semiestupor, más muerto que vivo. Al inclinarme para levantarlo, tropecé con los huesos de un esqueleto mohoso, y noté que yacía sobre un estrecho estrado en el que se extendía un segundo esqueleto a lo largo.  

Sin detenerme a examinar el espantoso contenido de aquella lúgubre cámara, llevé a mi camarada hasta donde mi manta estaba extendida frente al fuego.  

—¿Dónde estás herido? —pregunté. Él respondió con gran dificultad, en un débil susurro ronco:  

—Pierna rota… no sé qué más. Dame de beber… algo caliente… y un médico.  

—Tendrás café en un instante —repliqué, y, tomando la cafetera, corrí por los pasillos y corredores familiares y crucé el puente levadizo hasta el manantial.  

Tras frotar el carbón del interior de la cafetera con un puñado de arena y enjuagarla bien, la llené de agua y emprendí el regreso, cuando un rumor familiar llegó a mis oídos, seguido de la aparición de Sandy Magruder en su carro de paseo. Ató el caballo a un pequeño retoño y se acercó hacia mí con una cesta en el brazo.  

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—Pensé que quizá les gustaría tener huevos frescos para el desayuno —dijo amablemente—. ¿Y cómo descansaron anoche?  

Le agradecí el obsequio y le expliqué la situación de Anderson. Se ofreció a ir al pueblo por un médico y, antes de marcharse, me entregó una botella de una pinta de Johnny Walker.  

—Su amigo necesitará un trago de esto —dijo—. Si el Dr. MacReady está disponible, volveré dentro de la hora.  

Mientras se alejaba por el estrecho sendero con estrépito, me volví y corrí de regreso a la cámara. Tras un sorbo del frasco, Anderson recobró bastante ánimo.  

Mientras yo preparaba el desayuno, él recobró la voz y, pese a mis protestas por su estado debilitado, insistió en contar su historia. Su pierna rota se había entumecido y no le molestaba tanto como cabría esperar.  

—Cuando te dejé anoche —comenzó—, salí al patio en busca de leña. La vista de las ventanas de la capilla, reflejando los rayos del sol poniente, me recordó aquella parte de la historia de Sandy Magruder que hablaba de la desaparición del ataúd de la tumba, que se suponía estaba cerca del lugar de culto. Como sabía que tenías suficiente combustible para un buen rato y aún faltaba media hora para oscurecer, decidí explorar un poco y, si era posible, averiguar si la historia tenía algún fundamento.  

—Tras subir la tambaleante torrecilla, llegué a la capilla y, en efecto, allí estaba la tumba de mármol del laird con un epitafio bellamente cincelado. Con gran dificultad levanté la pesada tapa hasta la vertical, pues las bisagras de bronce estaban corroídas y no giraban fácilmente. La tumba estaba vacía y parecía de sólida mampostería, pero quise asegurarme, así que me bajé dentro.  

—Apenas mis pies tocaron el fondo, la tapa se cerró con estrépito, el suelo se abrió bajo mí y descendí velozmente por un conducto pulido de madera. Al llegar abajo, mi pierna derecha se dobló bajo mí, mi cabeza golpeó contra algo duro y perdí el conocimiento.  

—Debió pasar algún tiempo antes de que recobrara los sentidos. Me dolía la cabeza y un agudo dolor me atravesaba la pierna al moverme, tanto que grité de agonía. Como estaba en total oscuridad, saqué mi linterna de bolsillo y miré alrededor.  

—Me hallaba en una pequeña sala cuadrada, tres de cuyos lados eran de sólida mampostería. El cuarto lado era de acero oxidado, remachado de modo que parecía panelado. Había una puerta de acero en la pared de piedra a mi izquierda, que evidentemente se cerraba desde el otro lado, pues no pude abrirla. Un conducto de madera descendía bajo ella y se extendía en posición horizontal sobre el suelo. Sobre éste descansaba un féretro de plomo.  

—Evidentemente tanto el féretro como yo habíamos llegado por esa puerta, que podía empujarse desde arriba pero no abrirse desde dentro. Lo que más me impresionó y horrorizó, sin embargo, fue la proximidad de dos esqueletos humanos, el menor tendido sobre el mayor, que estaba extendido en un estrecho estrado elevado.  

—Me arrastré hasta la partición metálica, cada movimiento arrancándome un gemido, y golpeé a intervalos con la esperanza de atraer tu atención. Golpeé y grité hasta que mi voz se redujo a un susurro, sin resultado.  

—Al fin me debilitó el esfuerzo y me entumeció el frío, y desistí. Fue entonces cuando mi atención se fijó en un puñal oxidado con empuñadura enjoyada, que yacía junto al ataúd. Sobre él había varios arañazos que parecían escritura. Me acerqué y leí una explicación de la desaparición de la joven y hermosa esposa del terrible laird, escrita por su propia mano.  

—En resumen, decía que la noche del banquete su marido la llamó a su habitación. En su mano tenía un enorme cáliz de plata del cual le ordenó beber a la salud del joven ministro. Desconcertada por tan extraña petición, pero siempre obediente a la palabra de su señor, llevó el vaso a sus labios y luego lo arrojó con horror. En lugar de vino, estaba lleno de sangre fresca y caliente.  

—Con una sonrisa demoníaca en el rostro, Sir Malcolm se dirigió a la pared y, alcanzando bajo un tapiz, tiró de una palanca oculta, tras lo cual una sección del panel se deslizó hacia arriba, revelando a su antiguo amante tendido en un estrado, con el rostro pálido y demacrado. Su brazo izquierdo colgaba inerte sobre el borde, y la última sangre de sus venas goteaba de una herida en la muñeca hacia una urna en el suelo.  

—“Has brindado por tu amante en su propia sangre”, dijo su marido. “Ahora ve y pasa los pocos días que te quedan en la tierra con su asqueroso cadáver.”  

—Le dio un empujón que la lanzó de cabeza al hueco, y el panel se cerró tras ella, dejándola en total oscuridad. Cayó en un desmayo que duró horas. Al recobrar la conciencia, tanteó el lugar, pero no halló salida. Al tocar la frente del joven ministro la encontró fría en la muerte. Había comida y vino en la sala, colocados allí por su marido para prolongar su agonía, pero sabía que estaba condenada a morir de hambre.  

—Fue justo cuando la campana de la capilla tañía la hora de las once que llevó la copa de sangre a sus labios, y cada noche, al escuchar la campana a esa hora, el recuerdo la sumía en prolongados ataques de llanto.  

—La cuarta noche oyó las maldiciones y desvaríos de su esposo como en noches anteriores, y también sus instrucciones a su sobrino sobre la disposición de su cuerpo. Sintió que había llegado la hora de su liberación y gritó con todas sus fuerzas, pero en lugar de atraer al joven laird y sus criados en su rescate, los ahuyentó de la habitación.  

—Al día siguiente el ataúd, que sabía contenía los restos de su diabólico esposo, se deslizó repentinamente en la sala, y como poco después todo sonido en el castillo cesó, adivinó con razón que había sido abandonado.  

—Sin esperanza de rescate, tomó el puñal ensangrentado que había cortado la muñeca del joven ministro martirizado y grabó su historia en el costado del féretro de plomo. Trabajó en total oscuridad únicamente por el tacto, como lo demuestra la irregularidad de los caracteres, perseverando en su tarea durante dos días después de agotarse su provisión de alimentos, para que las generaciones futuras conocieran la verdad. Al final negó enfáticamente cualquier relación impropia con el ministro y encomendó su espíritu a su creador.  

Sandy llegó puntualmente con el Dr. MacReady, quien entablilló la pierna de mi amigo y me ayudó a llevarlo hasta el carro en el que lo trasladamos al pueblo más cercano.  

La noticia de nuestro descubrimiento se propagó como fuego, y durante varios días fuimos asediados por reporteros de periódicos. Personas viajaban desde lejos y cerca para saciar su mórbida curiosidad en aquella cámara de horrores, de la cual yo estaba más que feliz de haberme alejado. Un mes después zarpamos hacia los Estados Unidos.  

Escribo estas líneas en la sala principal de un apartamento que Anderson y yo hemos tomado en la ciudad de Nueva York. Sobre la mesa frente a mí yace un puñal oxidado con una empuñadura alegremente enjoyada. Tiene un valor histórico que supera con creces su valor intrínseco, pues gracias a él puedo revelar al mundo el espantoso secreto del Castillo Bludmanton.  

✠═════ FIN ═════✠

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"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."

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