El caso del Dr. Johnstone - WEIRD TALES (1923)
He aquí un relato basado en un tema de amplio interés humano y que contiene un clímax horripilante.
El caso del Dr. Johnstone
Por BURTON PETER THOM
Título original: The Case of Dr. Johnstone
Weird Tales | Volumen 2 | Número 2 | JULIO 1923
Pp. 24-26- 91
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Acabo de leer acerca de la muerte de Robert Belmore Johnstone.
Con una o dos excepciones, todos los diarios metropolitanos publicaron reseñas de su vida y obra. Muchos de los periódicos médicos, sin duda, también incluirán obituarios editoriales en las próximas semanas.
Pues, como es bien sabido, el Dr. Johnstone fue uno de los más destacados médicos del mundo angloparlante antes de que lo alcanzara la horrible desgracia en la cúspide de su carrera. Que fue grande en la ciencia de la medicina, uno de los más grandes investigadores y estudiosos, par de Magendie, Bernard o Virchow, es cierto. Que fue un hombre noble, en el sentido de poseer un alma elevada y generosa, también lo es. Yo, que quizá lo conocí mejor que nadie, puedo dar testimonio de ello.
Pero que súbitamente se volvió loco hace seis años y que murió hace unos días, eso no es cierto. El Dr. Johnstone fue el hombre más cuerdo que jamás conocí, y cuando se le declaró loco ya estaba muerto.
Para el lector y para quienes lo conocieron, esta afirmación es a la vez un misterio y una paradoja. Sin embargo, es verdad. La solución de este misterio y paradoja sólo yo la conozco. Creo que ha llegado el momento de contarla. Los hechos, tal como ocurrieron, los expondré en forma de relato, porque pienso que hallarán más crédito así que si fueran presentados en un monográfico leído ante una sociedad médica o de investigación psíquica.
Es difícil comenzar, sin embargo, porque no tengo experiencia en escribir ficción, que es el modo en que esta narración debe ser contada. Además, por esa razón, me veo obligado a despojar el relato de toda terminología científica, lo cual me resulta muy parecido a escribir sobre alguna enfermedad en forma de novela.
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La fama del médico no es vasta; ni perdura. ¿Quién recuerda hoy a los célebres doctores de hace cien años—Laennec, Cooper, Abernethy, Rush? Excepto entre sus colegas profesionales, y ni siquiera todos ellos, han sido hace tiempo olvidados.
Así ocurre con Johnstone. Miles lo recuerdan ahora por contacto personal; pero muchos miles jamás oyeron su nombre, y dentro de cincuenta años su figura y sus logros al resolver algunos de los más abstrusos problemas de la patología, sus investigaciones en fisiología, significarán, salvo para unos pocos eruditos, casi menos que nada.
Y sin embargo, durante los años de su actividad, realizó trabajos que perdurarán. Pero acerca de su mayor victoria, que terminó en—no, no diré derrota, pues derrota implica fracaso y él no fracasó—hablaré, para que si en el futuro aquello que él demostró vuelve a ser demostrado, el mérito—la gloria—le pertenezca.
Fue mientras yo era interno en el Hospital Neurológico que llegué a conocer al Dr. Johnstone. Era jefe del cuerpo de médicos visitantes y tenía una sala acondicionada como laboratorio donde realizaba sus experimentos e investigaciones. Debido a su posición en el hospital, los internos éramos destinados de vez en cuando a asistirlo. Como mis inclinaciones estaban, y aún están, dirigidas hacia el lado experimental y de investigación de la medicina más que hacia el práctico o clínico, quizá mostré más entusiasmo que otros internos asistentes, y este vínculo común de interés pronto nos convirtió en muy buenos amigos.
Cuando mi internado en el hospital concluyó y comencé a ejercer por mi cuenta, seguí actuando como su asistente. Fue por su influencia que, un año más tarde, abandoné por completo la práctica privada y me dediqué exclusivamente a la investigación, al ser nombrado investigador en patología en el Instituto Stoneman, un cargo de tiempo completo que aún conservo.
Mis deberes allí me hicieron imposible trabajar con él como antes, pero aunque ahora investigaba de manera independiente, nunca dejé pasar la oportunidad de colaborar con mi maestro (pues así lo consideraba) cuando surgía la ocasión. Su vasto conocimiento y su aguda percepción de las rarezas de la enfermedad, junto con la riqueza de sugerencias que siempre estaba dispuesto a ofrecer generosamente, hicieron que la asociación con él tuviera un valor inmenso para mis propias indagaciones. Podrás comprender, entonces, mi estima por él, no sólo como científico sino como hombre.
A diferencia de muchos hombres de grandes logros científicos, cuyas vidas se consumen en la persecución del saber, el Dr. Johnstone no era un pedante. Tampoco era un materialista absoluto, como tantos de su profesión suelen ser. Me parecía que su mente era tan fina y sutil, tan penetrante, que podía ver con los ojos del espíritu cosas negadas a quienes se vanagloriaban de su materialismo. Pues he notado a menudo que quienes se sumergen en la ciencia excluyendo todo lo demás, no pocas veces pasan por alto la verdadera causa de las cosas.
Podría decirse con justicia que el Dr. Johnstone fue el fisiólogo más eminente de su tiempo; pues nadie había ahondado más en el mecanismo de la vida. Y sin embargo, a diferencia de algunos que podría nombrar, no creía que la vida de un individuo—hombre o bestia—fuese simplemente la suma de sus reacciones endocrinas. Para él, la vida era infinitamente más que una reacción química. Creía que toda criatura viviente poseía un alma, un espíritu, un *pneuma* como lo llamaban los antiguos griegos, que animaba su estructura física y era tan parte de ella como los planos tisulares de los que su cuerpo estaba compuesto.
Soy consciente, y sin duda el Dr. Johnstone también lo era, de que los teósofos y otros cultos más antiguos sostienen esta creencia; pero no quiero dar a entender que el Dr. Johnstone fuese un místico ni entregado al ocultismo, como muchos que creen lo mismo suelen ser. Él lo veía únicamente a través de la fría luz de la razón. Pues cuando la razón ilumina tanto el espíritu como el intelecto, revela muchas cosas que otros no pueden ver.
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Los investigadores en medicina rara vez discuten estas cosas. Algunos niegan con vehemencia que el alma exista; para otros—y ellos son la mayoría—es un asunto indiferente. Pero Johnstone no estaba entre ellos. El tema le interesaba. Estoy bastante seguro de que lo había interesado durante muchos años. En lo personal, debo confesar que la existencia o inexistencia del alma en el hombre nunca me atrajo como tema de discusión o investigación científica.
En cuanto a los animales tener alma; jamás se me pasó por la mente. Recuerdo nuestra primera conversación sobre el tema—estas palabras en especial:
“Quienes no creen en la existencia del alma no están en posición de explicar los fenómenos de la vida. *Je pense donc je suis*—‘Pienso, luego existo’. El francés tenía razón, soy lo que soy, sin importar en qué existencia corpórea o incorpórea se halle mi ego. El espíritu es tan indestructible como la energía.”
Fue poco después de esto que creo comenzó sus extraños experimentos; aunque no me tomó en su confianza respecto a ellos. No puedo, por lo tanto, afirmar nada sobre su naturaleza, aunque estoy seguro de que no seguían las líneas habituales de los investigadores psíquicos. Por mi conocimiento de su modo de pensar, estoy convencido de que su enfoque era desde el punto de vista fisiológico o biológico.
Hacia mediados de junio de 1916, o por esas fechas, me llamó por teléfono y me pidió que pasara el fin de semana en su casa de campo en la Costa Norte.
“Quiero que me ayudes en un experimento que te abrirá los ojos,”fue la razón que dio para la invitación.
No hace falta decir que acepté con entusiasmo. Estaba saturado de trabajo, y tres días de descanso en su encantadora casa junto al Sound me resultaban muy atractivos. Como saben quienes lo conocieron, el Dr. Johnstone no tenía consultorio en la ciudad. Su práctica privada era enteramente como consultor, y los casos que le remitían otros médicos los atendía en una sala destinada a ese propósito en el hospital. No pocas veces era llamado a consultas fuera de la ciudad. De junio a octubre pasaba sus fines de semana en su casa de campo.
Lo encontré esperándome en la estación, y mientras avanzábamos por el agradable camino rural en su potente roadster recién adquirido, nuestra conversación giró más en torno a los méritos de su nuevo automóvil que a experimentos fisiológicos. No fue sino hasta después de una excelente cena, cuando encendimos nuestras pipas en el porche, que me habló de la naturaleza del experimento que pensaba realizar.
“Como quizá sabes,” comenzó, “llevo algún tiempo dedicado a investigar para probar la existencia del alma o identidad personal. Tú eres el único que conoce mis esfuerzos en esa dirección. No necesito decirte, como bien sabes, que si hubiera hecho públicos mis experimentos, mis colegas científicos, casi sin excepción, me habrían convertido en objeto de burla.
Por esa razón, salvo contigo, de cuya cordura no dudo, he mantenido mi trabajo en secreto. Hasta ahora, como en toda investigación relacionada con la vida y sus funciones, en salud o enfermedad, he experimentado con animales. He llegado ahora a la etapa en que es necesario un sujeto humano. Por lo tanto, propongo experimentar conmigo mismo, o más bien, es necesario que yo forme parte del experimento. Por eso te he llamado. No sólo para que tú, a quien en cierto sentido considero mi discípulo, seas testigo de la demostración física de la existencia del ego fuera de su hábitat original, sino también porque necesitaré tu ayuda en lo que pretendo probar. Significará que tú también participarás de la fama que la prueba traerá.”
Las particularidades técnicas de su experimento no las reveló; y como no parecía interesado en discutirlas, cambié de tema. La verdad era que ninguno de los dos quería hablar de “trabajo”, y como el experimento próximo ciertamente entraba en esa categoría, hablamos de otras cosas.
He pensado muchas veces en aquella velada desde entonces. Qué poco imaginábamos lo que iba a suceder.
“Duerme todo lo que quieras,” fueron las palabras de despedida de mi anfitrión antes de irnos a la cama.
Si estuviera escribiendo ficción, supongo que ahora sería el momento de divagar y contar cómo me llenaron vagos temores del día siguiente; cómo ruidos extraños, insólitos, o sucesos misteriosos se oyeron o se vieron en las vigilias de la noche, que ayudarían a construir la estructura del horror culminante. Pero nada de eso ocurrió.
No había razón para ello. Un experimento científico maravilloso, de gran alcance, quizá fuera de lo común, iba a realizarse. Tales cosas se hacen todos los días. Para el científico no son más que parte del trabajo cotidiano. La demostración científica del alma o identidad personal mediante un experimento cuidadosamente razonado y racionalmente elaborado, aunque de intenso interés, no tenía por qué ser siniestra. Las investigaciones de Lodge, de Crookes, de Rochas y—más recientemente—de Richet, cuando se someten a análisis científico, no son fantasmales ni extrañas.
La ciencia no tiene lugar para fenómenos que la razón no pueda comprender. Tales cosas no existen salvo en la imaginación de quienes sienten, pero no piensan. Pero he pensado a menudo en por qué el gran experimento del Dr. Johnstone tuvo el desenlace que tuvo. Apenas puedo creer que la parte más importante de todas haya sido descuidada o no prevista. Pues nunca supe si fue un descuido o un simple accidente.
Quizá tengan razón quienes dicen que hay cosas que no podemos, o más bien, no debemos conocer, y que existe algún Poder, llámese como se quiera, que dice: “Hasta aquí llegarás y no más allá.”
No lo sé. En cierto modo, el experimento fracasó; fracasó horriblemente; y sin embargo, el Dr. Johnstone probó que el alma existe, que hay espíritu además de materia, lo probó de un modo que yo, al menos, no podía negar. Por lo tanto, en vez de decir que fracasó, diré que pereció, pues un hombre puede perecer y aun así no fracasar.
Me despertaron en la mañana los pájaros que gorjeaban en los árboles. Después del desayuno, que recuerdo fue una comida muy alegre, salimos al porche y fumamos.
“Creo que será mejor que subamos ahora,” dijo Johnstone cuando terminamos nuestras pipas. “Quiero acabar antes del mediodía, para poder ganarte en el campo de golf esta tarde.”
"Ya veremos,” respondí riendo.
El laboratorio estaba en el último piso y ocupaba toda la extensión de la casa. Nunca había estado allí antes, pero pude ver de inmediato que estaba completamente equipado. En el centro de la sala había dos mesas de operaciones de vidrio, y sobre una de ellas, cubierta por una sábana, se distinguía lo que parecía ser una forma humana, ya fuera de un niño o de un hombre o mujer de baja estatura. El rítmico subir y bajar de la sábana mostraba que estaba vivo.
Levanté la sábana y vi un orangután adulto dormido, evidentemente bajo la influencia de algún narcótico.
“Él es una parte del experimento,” dijo Johnstone sonriendo, “y yo soy la otra.”
No respondí, ni devolví la sonrisa. Por alguna razón, no sé por qué, experimenté una sensación de repulsión. Experimentar con animales me resulta algo muy común; también, dentro de ciertos límites, lo son los experimentos con seres humanos. No soy aprensivo ni sentimental, pero esto—
“¿Pretendes transferir tu inteligencia al cuerpo de este simio y que la suya—sea lo que sea—pase a la tuya?” pregunté.
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“Eso es exactamente lo que pretendo hacer,” respondió. “Si logro hacerlo por medios físicos habré probado no sólo que el alma existe, sino que existe también como entidad tangible.”
No dije más; pues, al fin y al cabo, ¿por qué habría de hacerlo? El experimento era eminentemente legítimo. Los fenómenos de la telepatía, las apariciones de vivos y muertos, los mensajes de inteligencias desencarnadas se investigan constantemente; ¿por qué no habría un científico de primera clase de investigar este problema profundo y vital, el enigma de enigmas, desde el punto de vista de las ciencias que más se ocupan de las manifestaciones de la vida y la muerte—la biología y la fisiología?
Una investigación llevada a buen término en esta línea convencería más a los escépticos que cualquier cantidad de las llamadas “pruebas” ofrecidas por los investigadores espiritistas.
Procedimos de inmediato con el trabajo. A indicación del Dr. Johnstone, afeité la nuca del animal y también un área en forma de tonsura en la parte superior de la cabeza. Luego ajusté un electrodo en forma de capucha, sujeto por cintas firmemente atadas bajo la barbilla. No fue necesario afeitar al hombre, pues era lo bastante calvo para permitir que se colocara un electrodo similar sin que el cabello interfiriera con el contacto.
Después me pidió que le asegurara las piernas y brazos con correas de cuero sujetas a la mesa en la que yacía; la bestia no fue inmovilizada. Conecté entonces los dos electrodos mediante un cable metálico sin aislamiento, de extraño brillo luminoso—diría radiactivo—y muy frío al tacto.
También uní a los polos de la batería dos cables más largos del mismo material, uno desde cada electrodo, completando así el circuito. La batería, si puedo llamarla así, pues ignoro si generaba electricidad u otra fuerza, no puedo describirla, porque las unidades que la componían estaban encerradas en una caja de madera. Se hallaba sobre un pequeño soporte entre las dos mesas de vidrio en las que descansaban hombre y bestia.
“¡Todo listo!” exclamé.
“Acciona el interruptor.”
Lo hice. Se oyó un leve chisporroteo, semejante al de una corriente de D’Arsonval, y al instante ambos cuerpos quedaron rígidos. Los movimientos respiratorios cesaron, así como el latido del corazón. Los ojos permanecieron abiertos, pétreos, con las pupilas dilatadas. En el rostro del hombre y en el de la bestia pareció posarse el cambio de la muerte. Sus facciones se afilaron y hundieron, los labios lívidos tensos sobre los dientes. Era la facies Hippocratica, el seguro heraldo de la muerte descrito por el gran padre de la medicina siglos atrás.
Era como si los órganos vitales—corazón y pulmones—hubiesen dejado de funcionar y el resplandor de la vida se hubiera extinguido. Esta fase duró exactamente un minuto y veintidós segundos, pues la cronometré con mi reloj. Luego el corazón de cada uno comenzó a latir de nuevo: lentamente y débil al principio, pero la fuerza y el número de los latidos aumentaron con cada segundo.
Comenzaron a respirar. Vivían; aunque inconscientes. Por un tiempo parecieron dormir; dormir con esa profundidad que sólo se observa en los niños, en los ancianos, o en quienes están exhaustos por el esfuerzo físico. Esta segunda fase duró poco menos de cinco minutos.
Entonces vino otro cambio. Un cambio sutil y terrible de ver. Era como si la vida regresara, pero en cada uno era una vida distinta, y esa diferencia quedaba indeleblemente marcada en sus facciones. El semblante del simio brillaba con una luz nueva y extraña; el semblante del hombre se transformaba con una expresión que no era humana. Me sobrecogí; pues lo que vi era más extraño que todo cuanto había contemplado.
El simio volvió sus ojos hacia mí. La boca cavernosa se abrió, el hocico negro hizo una mueca, y en tonos roncos y guturales surgieron las palabras: “¿Dónde estoy?”
No respondí; simplemente lo miré fijamente. La bestia se incorporó, estiró los brazos, luego bajó al suelo y se acercó tambaleante hacia mí. Retrocedí, no pude evitarlo.
“No tengas miedo. Soy yo—Johnstone.” El rostro arrugado se quebró en una sonrisa horrible. “Ayúdame a soltar al otro.”
El hombre, entretanto, forcejeaba con las correas intentando liberarse. Al desabrochar la que sujetaba sus hombros, intentó morderme.
“¡Detente!” croó el simio, y le asestó un fuerte golpe en la cara. El hombre se encogió ante el golpe y lanzó una mueca furiosa, y cuando las correas de las piernas fueron soltadas saltó al suelo con un alarido salvaje y comenzó a brincar por la sala con el cuerpo encorvado y los brazos colgantes—como un simio. Si no fuera horrible, habría parecido grotesco, pero tal como era me produjo náusea.
La bestia me aferró del brazo y, con voz temblorosa de emoción, áspera y ronca aunque era, dijo: “¡Mira! Su alma está en mi cuerpo y mi alma está en el suyo. He probado que el alma existe—que hay un ego en todos los seres vivos.”
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En silencio permanecimos observando aquella cosa bestial, y comprendí hasta qué punto el cuerpo refleja el alma que lo habita. De un lado a otro de la sala corría; husmeando, murmurando, palpando, olfateando. De pronto se acercó y se detuvo ante la mesa donde estaba la batería.
Con un grito de alarma, el que estaba a mi lado saltó hacia adelante para apartarlo. Pero ya era tarde. Cuando la bestia se abalanzó, el hombre arrojó el aparato al suelo. Cayó con estrépito. De los frascos rotos se elevó un vapor verdoso y humeante que llenó la sala con un olor acre y penetrante. Los cables emitieron débiles luces rojas y se tornaron en vetas blancas, semejantes a ceniza.
El simio lo sujetó. El hombre gritaba, mordía y forcejeaba. El cuerpo de Johnstone era el de un hombre vigoroso en la plenitud de la vida, y ofreció una lucha feroz. Una y otra vez rodaron, derribando sillas y mesas, ora el hombre, ora la bestia encima. Lentamente pero con certeza, la fuerza animal vencía a la humana. El hombre quedó abajo y la bestia encima.
En vano los puños del hombre golpeaban el rostro negro y ancho y desgarraban el pecho peludo. Los dedos cortos y gruesos se cerraban cada vez más sobre su garganta; su rostro se tornó azulado, la lengua se le extendió en una longitud nauseabunda, y sus ojos parecían estallar de las órbitas.
Contemplé la lucha espantosa sin intentar intervenir, porque era imposible hacerlo. No era como una pelea entre hombre y hombre, sino entre dos bestias. Me sentía fascinado, pero cuando comprendí que el hombre estaba muriendo—que la bestia lo estrangulaba hasta la muerte—recobré el sentido.
¡Detente! ¡Por el amor de Dios, detente!” grité. “¡Lo estás matando—te estás matando a ti mismo!”** y agarré al simio por el hombro intentando apartarlo.
“¡Suéltalo!” Entendió y aflojó su presa, poniéndose de pie. El hombre aún respiraba débilmente.
“¿Qué te sucede?” le pregunté con vehemencia. “Si lo matas, ¿cómo podrás volver a tu propio cuerpo?”
El simio se volvió y me miró.
“Sí,” gimió, “lo sé; pero él ha destruido el puente por el cual debíamos pasar para regresar a lo nuestro.”
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“¡Qué!” exclamé. “¿Quieres decirme que no puedes volver? ¿No puede repararse el aparato? Podemos mantener esto”—y señalé la forma postrada en el suelo—“encerrado hasta que consiga lo que necesites.”
“No puede hacerse,” susurró. “Ni el aparato ni los elementos de que está compuesto pueden reemplazarse. No entraré en detalles, pero no puede hacerse.”
Gemí.
Luego hablamos un rato. Esa conversación no la registraré. Fue puramente personal y trató de asuntos que deseaba que yo atendiera. Finalmente dijo:
“Gracias, viejo amigo, y adiós.” Y extendió una garra peluda. **“Voy ahora a resolver otro enigma,”** y salió furtivamente de la fatídica sala, dejándome solo con su cuerpo y—el simio.
Al día siguiente, en varios periódicos de Nueva York apareció la siguiente nota:
“Mono asusta automovilistas”
“Mientras R. J. Farley viajaba con la señora Farley y el señor y la señora B. M. Greene por la carretera de la Costa Norte ayer, casi atropellaron a un gran mono o simio que apareció de pronto frente a su coche. El señor Farley declara que el animal actuaba como si quisiera ser atropellado. El señor Farley detuvo su coche justo a tiempo, y el animal huyó. Probablemente era el mismo mono que más tarde fue hallado ahogado en el lago de la finca de G. L. Hirt, un corredor de bolsa de Wall Street.”
Varios días después de que apareció esta nota, dos eminentes alienistas internaron al Dr. Robert Belmore Johnstone en un manicomio. Ambos caballeros lo conocían, y tras firmar los documentos de internamiento, uno de ellos, un hombre corpulento que siempre hablaba en grande, comentó conmigo:
“¡Un caso muy peculiar, doctor!—muy peculiar. Realmente no puedo entenderlo. Incluso si la psicosis se desarrolló de manera repentina, es de lo más extraña y enteramente distinta de cualquiera que haya visto. Parecería como si el cerebro del hombre se hubiera transformado en el de una bestia—un simio, diría yo.”
Guardé silencio. Nunca supo cuán cerca de la verdad estuvo.
Ahora, cuando escucho, como escuché apenas el otro día, que el alma, la individualidad, no es más que la suma de las reacciones de las glándulas sin conducto—que el ego puede resolverse en una fórmula química, me aparto; porque sé que no es así.
✠═════ FIN ═════✠
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"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."



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