El pueblo del cometa [parte 2] - WEIRD TALES (1923)

 

La entrega final de

El pueblo del cometa 

 Por AUSTIN HALL

Título original: The People of the Comet

Weird Tales | Volumen 2 | Número 3| OCTUBRE 1923

Pp. 32-37 a 84. 86. 88-89 

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CAPÍTULO SIETE

«Me detuve frente a la morada, y apenas me detuve la doncella, sin un ápice de vacilación, corrió a mi encuentro, siguiendo al carro etéreo hasta llegar a la tronera donde podía mirarme dentro.

Jamás había visto a nadie tan hermosa.

Carecía de miedo, y esa falta provenía de la inocencia. Era tan rubia como un hada, y de una gracia que superaba con creces la de cualquier doncella que yo hubiera conocido en la Tierra. Sus facciones eran perfectas; sus labios rojos como el jugo de las bayas; su figura, sílfide. Su vestido era aún más extraño que su hermosura: una túnica de plumas echada sobre el hombro derecho, dejando desnudo el seno izquierdo, pero cubriendo la cintura y descendiendo hasta las rodillas. Sus pies estaban sandaliados.

Fue un momento extraño para ambos.

Yo, un aventurero del planeta Tierra, de visita en un cometa; ¡y qué doncella era aquella! La más hermosa que jamás había contemplado; sus ojos azules, grandes, inocentes, llenos de ansia. Toda su expresión era de esperanza, maravilla, impaciencia. Alzó una mano sobre la tronera y miró dentro, y al verme comenzó a hacer señas. Había en sus ojos una mirada extraña que no podía descifrar.

Por un minuto permanecí en mi asiento, admirando su belleza. No podía oírla, claro está; pero podía observar su impaciencia. Era tan natural como un niño y tan espléndida como una diosa.

Cuando no me moví, cerró su pequeño puño y golpeó la tronera.

Señaló hacia la morada. Sus ojos estaban muy abiertos, suplicantes. Al no responder, rompió en un pequeño espasmo de ira y golpeó con el puño contra el costado, como si quisiera abrirse paso a través del carro etéreo.

¿Qué podía significar semejante recibimiento? ¿Quién podía ser ella? Tenía que ser cuidadoso. Aunque hubiera atmósfera en el núcleo, no tenía prueba de que pudiera vivir en ella. Veía toda clase de vida orgánica, sí, pero no era como la que había conocido en la Tierra. Primero haría una prueba de la atmósfera cometaria; así que presioné una palanca y saqué un recipiente de vidrio por una de las pequeñas puertas.

La muchacha pareció comprender. Al ver lo que había hecho, recogió una criatura semejante a un gatito que correteaba a sus pies y la colocó en el recipiente. Luego hizo una señal.

Así probé la atmósfera del cometa. Retiré el vidrio y examiné al gatito —o lo que llamo así, pues tenía realmente las patas de un conejo—. Si la criatura sufría en el carro etéreo, es decir, en mi propia atmósfera, sabría que no debía aventurarme afuera.

La doncella observaba por la tronera.

Puse a la pequeña criatura en el suelo. Al principio estaba tímida. Pero al poco comenzó a corretear con perfecta comodidad. Si el gatito podía vivir en mi aire, no había razón para que yo no pudiera salir. La muchacha pareció anticipar mi intención. Corrió hacia la puerta.

Cuando salí del carro etéreo estaba algo inseguro. Llevaba muchas horas sin dormir; y durante todo el viaje me había visto obligado a mantenerme en una posición más o menos encogida. El aire afuera era fresco y suave, dulce como la mañana. No había cielo como el que conocemos en la Tierra, ni sol. El aire estaba lleno de un resplandor rojo que provenía de la coma sobre nosotros. La gravitación era vertical como en la Tierra; y no noté sentirme más fuerte ni más ligero que en Sansar. Después supe que esto se debía al extremo tono magnético del núcleo. El horizonte, donde el borde giratorio lanzaba sus guirnaldas, era una llamarada de glorioso carmesí. La hierba bajo mis pies era blanda, como trébol. El aire era bueno para respirar.

La doncella corrió hacia mí. A la clara luz abierta era aún más hermosa. Sus brazos estaban desnudos, finamente moldeados. Carecía de todo miedo o deshonestidad; sus ojos eran como los de un niño. Como un niño me tomó del brazo y comenzó a hablar.

Me maravilló su voz, su suavidad, su melancolía; pero no podía comprenderla. Las palabras que pronunciaba no tenían significado para mí. Sólo podía leer sus gestos y mirar sus maravillosos ojos. Claramente algo estaba mal. Se aferraba a mi brazo, y mediante un apasionado pantomimo me hizo saber que era en la morada. Su interés no estaba en el carro etéreo, ni en su contenido.

No pude sino seguirla. El patio estaba alfombrado de verdor y salpicado de flores; árboles rodeaban la morada de piedra por tres lados. A la izquierda corría el pequeño río.

Tomó mi mano en la suya y me condujo por el sendero. Su palma era suave y magnética; podía sentir su estremecimiento de esperanza, ansia y triunfo. Dos veces alzó la vista hacia mí y sonrió: una mirada de posesión infantil y orgullo, como si yo hubiera llegado justo a tiempo para cumplir una esperanza largamente perdida. En la puerta se detuvo. Llevó el dedo a los labios y entró sola.

Al minuto regresó. Tomó mi mano de nuevo y me condujo a través del umbral, por una antesala, y luego por otra puerta. Entonces se detuvo. Señaló hacia una figura reclinada en un diván al otro lado de la estancia.

Era la forma de un hombre, uno de los más notables que jamás había visto, un hombre muy anciano y venerable, un gigante de hombre. Dormía, o —el pensamiento me sobresaltó— quizá moría. Estaba recostado en almohadas; sus brazos cruzados sobre la colcha delante de él. Su barba y cabello eran de blanca nieve; y su rostro, aun con los ojos cerrados, era el más noble que jamás había visto. Su frente era inmensa. Intuí de inmediato que allí había virtud, orgullo, sabiduría, nobleza. ¿Quién era este extraño hombre, y quién la doncella? ¡Qué los había traído aquí!

La muchacha dejó mi lado. Corrió hacia el lecho y se arrodilló. Primero tomó una de las manos gastadas y la besó; luego se inclinó y presionó sus labios contra los del durmiente. Pronunció unas pocas palabras…»

¿Quieres que continúe con el resto del capítulo en este mismo estilo fiel y atmosférico, o prefieres que prepare variantes paralelas (literal, literaria, gótica) como solemos hacer para tu archivo comparativo?

-32-

«Los párpados se abrieron. Un murmullo, y la mano del anciano buscó la cabellera dorada que se inclinaba sobre su pecho. En lo profundo de aquellos ojos había una ternura más allá de toda comprensión… y tristeza.

La joven recibió la caricia: alzó el rostro; habló; y pude escuchar el murmullo de su voz. Luego señaló hacia mí.

El hombre levantó la mirada.

Aún lo veo: sus ojos grises, grandes, bondadosos; llenos de asombro y calma. Pude ver que estaba muriendo; y que su final era cósmico. No pertenecía al común de los hombres, sino a algo mayor: un monarca. Una luz agradecida brilló en sus ojos.

Miró hacia la doncella. Habló lentamente, preguntando, y me dirigió una mirada.

Entonces la joven respondió. Hablaba con la misma voz musical, acompañada de gestos. Sin duda describía el carro etéreo y la manera de mi llegada. El rostro del anciano se suavizó mientras ella continuaba. Dos veces sonrió y acarició su cabello. Cuando terminó, señaló un mecanismo elíptico en la pared lateral.

No lo había notado antes. En la pared había una pista oblonga construida de metal negro, cubierta de marcas blancas, una escala graduada de algún tipo; y a lo largo de la base de la pista, una flecha.

La joven se acercó a la pared y sumergió un pincel en un fluido negro. Justo encima de la punta de la flecha dejó una marca. Luego comenzó a escribir una lista de anotaciones y cálculos que el anciano dictaba. Cuando terminó, el anciano me miró. Me hizo señas.

Me acerqué al lecho. Por un minuto permanecí inmóvil, contemplando su rostro maravilloso. ¡Qué hombre era aquel, y qué lo había traído aquí!

La doncella vino a mi lado: tomó mi brazo. El hombre, con un supremo esfuerzo, se enderezó entre las almohadas. Era viejo, muy viejo. Hizo una indicación. La joven se inclinó; y, siguiendo su ejemplo, me arrodillé a su lado.

Hubo entonces palabras entre el hombre y la doncella, palabras que no comprendí. Luego silencio, tras el cual extendió la mano y tocó mi cabeza. Al levantar la vista, leí su historia.

El hombre estaba muriendo. Estaba solo; la doncella era su hija. Yo había llegado a tiempo para ser su protector. Por sus labios supe que oraba, que agradecía a Alguien el milagro que me había traído al cometa. Me pregunté si sería digno de la hija de tal patriarca.

Entonces me sentí avergonzado. ¿Por qué había saltado a tal pensamiento? Él pedía que yo fuese su protector.

Ella era demasiado niña, demasiado hermosa, demasiado tierna para un hombre como yo. Viviría por ella, la protegería y, si era posible, ganaría su amor. Me sobresaltó la idea.

Él tomó su mano y la colocó en la mía. Luego alzó sus manos abiertas sobre nuestras cabezas y habló en bendición. Cuando terminó, me miró a los ojos. Fue un momento supremo; y comprendí. En adelante no debía ser rey de los sansares, sino guardián de esta joven.

Cuando nos levantamos de nuevo, la muchacha me miró al rostro; puso ambas manos sobre mis hombros; sus ojos estaban llenos de lágrimas, lágrimas de gratitud, esperanza, tristeza, felicidad. En su profundidad leí la historia de la soledad, la esperanza y la doncellez; yo había llegado por milagro; pero aun así, había sido esperado. En adelante debía vivir por los sueños de esta niña. ¡Qué reina sería!

Miré alrededor de la estancia y sus muebles. Había un extraño conjunto de instrumentos, piezas de maquinaria, folletos, y demás. En una pared había una masa de diagramas, figuras astronómicas y cálculos. El anciano señaló un mapa y un rollo de pergamino. La joven lo llevó hasta él. Cuando lo desplegó, me llamó al lecho.

Era un mapa estelar como nunca había visto, atravesado por la cabeza de una elipse que cruzaba un grupo de nueve puntos. El anciano colocó su dedo sobre el tercer punto desde el centro. Luego levantó la mirada. Señaló el reloj. Tardé un minuto en comprender. Cuando lo hice, quedé asombrado.

¡Me estaba señalando la Tierra! La pista en la pared no era sino un mecanismo que seguía el curso del cometa. ¡Este hombre prodigioso había cabalgado el cometa en su viaje por la infinitud!

Asentí. Luego me señalé a mí mismo e hice un gesto de volar por el aire. La joven habló y él pareció entender. Dijo algo y trazó un amplio ademán con la mano. La joven asintió.

Ella me condujo fuera de la estancia; en el umbral se detuvo y levantó la vista hacia mi rostro, sus ojos llenos de asombro, confianza, felicidad. Tomó mi mano y pronunció palabras que parecían significar:

«Ven. Y te mostraré.»

Me llevó a través del patio, entre los árboles semejantes a helechos, hasta un campo junto al borde del pequeño río. Era un prado de quizá una docena de acres, en el que varias aves púrpuras, muy semejantes a avestruces, se alimentaban. Estaban agrupadas alrededor de una vegetación en el centro del cercado.

Caminamos por la hierba semejante al trébol. El aire era suave; el cielo sobre nosotros, carmesí y maravilloso más allá de toda contemplación; el aliento de miríadas de flores llenaba el aire. Era como un día de primavera. Ella me condujo directamente al objeto en el centro del campo. Cuando llegamos comenzó a arrancar las enredaderas que cubrían los lados. Se irguió y señaló lo que yacía debajo, como si dijera:

«He aquí. Esta es nuestra historia.»

Con un grito, me lancé hacia adelante. Pues era un carro etéreo muy semejante al mío; había naufragado, distorsionado, quemado; pero seguía siendo un carro etéreo. Un costado había sido abrasado por una llama terrible; los muros de agacita estaban desnudos, retorcidos, desgarrados. Aquí estaba la historia; la historia de una gran aventura llegada a un fin que bien pudo haber sido el mío.

¡Qué fuerza era aquella que había desmoronado la agacita que yo suponía impenetrable a temperatura y corriente! La joven pareció leer mis pensamientos; tocó mi brazo y señaló las cegadoras guirnaldas que centelleaban desde el núcleo giratorio. Entonces comprendí. El hombre y la doncella habían llegado como yo había llegado; y habían sido atrapados en la terrible corriente. Quizá, en aquel tiempo, la abertura del borde no era tan grande como cuando yo entré. Su nave había quedado inutilizada y se habían visto obligados a permanecer en este pequeño mundo cometario donde los había encontrado.

En cualquier caso, eso explicaba la falta de miedo de la joven cuando yo había navegado hacia el núcleo. ¿Cuánto tiempo habían estado en el cometa? ¿De dónde habían venido?

La joven pareció adivinar la primera pregunta. Se tocó el pecho y mantuvo una mano cerca del suelo.

¡Un bebé! Había estado allí toda su vida. Calculé la velocidad del cometa e hice un rápido cálculo. Me llevó mucho más allá de Neptuno, el más distante de nuestros planetas. ¡La joven había venido de una estrella!

Estábamos al pie de la montaña, cerca de la fuente del río burbujeante. Los árboles semejantes a helechos ascendían por la ladera hasta cierta altura sobre nosotros; la montaña era solitaria, redonda como un pequeño volcán. Recordé la lámina rosada de agua que había visto en la cima. Señalé hacia la altura. Podía ver un sendero que serpenteaba entre peñascos y rocas. La montaña era lo bastante natural; pero no podía concebir lámina de agua alguna que tuviera un tinte natural de rosa.»

-33-

Aquí tienes la traducción al español del fragmento que compartiste:

«Quizá tuviera alguna relación con el borde giratorio del núcleo.

Fue la primera vez que ella mostró miedo. Cuando señalé, alzó la mano y me la aferró; la bajó e interpuso su hermoso cuerpo como si quisiera protegerme incluso de la idea de un ascenso; sus ojos se abrieron, sobresaltados, y en ellos había un temor que no podía comprender.

Era inútil intentar obtener una explicación, así que me aferré a las enredaderas y me alcé hasta la cima del carro etéreo destrozado. Luego tomé las manos de la joven y la atraje junto a mí. El contacto de su carne envió un estremecimiento por todo mi cuerpo; era maravillosa, hermosa; sus brazos desnudos y su vestido bárbaro le daban un aire que jamás había visto en doncella alguna. Aterrizó sobre la cima como un hada, sus ojos brillantes y toda su figura vibrante. Saltando a mi lado, apartó las enredaderas que bloqueaban la entrada del carro etéreo.

Dentro encontré exactamente lo que esperaba: motores atómicos destrozados y demolidos, maquinaria arrancada. Lo que quedaba daba testimonio de una civilización a la par de la mía. En aquel interior desmantelado leí una historia trágica, una tragedia que había comenzado allí y terminado en la casa bajo los árboles de helecho. ¡Qué vida debieron haber llevado en el cometa! Había sido sin esperanza hasta mi llegada. ¡Qué pensamientos debió tener el padre al ver acercarse su fin, su hija sola y desprotegida!

Ella no había conocido otro mundo que este. Era como un hada, una niña del cielo, ¡la hija de las estrellas!

¡Qué historia tenían para contar! Sin duda habían venido de un planeta muy lejos del alcance de nuestros telescopios, de la vecindad de alguna estrella que sólo podíamos estudiar por el espectro.

Recordé el reloj en la pared de la cámara del anciano, los diseños astronómicos y cálculos. Era un hombre de sabiduría incalculable; había trazado las estrellas, no desde la distancia, sino mediante el viaje real. ¿Llegaría yo a conocer su historia? ¿Podría alguna vez intercambiar pensamientos con ese hombre extraordinario? Una cosa era segura: debía aprender su idioma.

Regresamos a la morada. En el camino comencé mi lección, tomando objetos familiares, preguntando su nombre y dando su equivalente en sansar. La joven estaba encantada. La lección fue emprendida con entusiasmo por ambos lados. En pocos minutos tenía suficientes palabras zumbando en mi cabeza como para confundir a un lingüista.

Al llegar a la casa bajé a mi propio carro etéreo y regresé con los artículos que pensé añadirían a nuestra comodidad. Después visité al padre, a quien encontré dormido. Y luego me senté a un banquete preparado para mí por la hija de las estrellas.

La lección continuó. Uno por uno, recogía los nombres de objetos familiares, cuidando de dar su equivalente en sánscrito. De pronto pensé en el nombre más interesante de todos. Señalé a mi compañera.

Ella no entendió; así que volví mi dedo hacia mí mismo.

—Alvas —dije.

Ella sonrió y repitió la palabra después de mí, sólo que al pronunciarla el vocablo tuvo un timbre musical. Se demoró en el nombre y lo repitió una y otra vez. Entonces la señalé de nuevo. Esta vez rió y se golpeó el pecho.

—Sora —dijo.

Señalé la habitación donde el padre dormía.

—Zin —pronunció la doncella.

Así fue como llegué a conocer a los errantes de las estrellas, padre e hija.

CAPÍTULO OCHO

El tiempo había pasado. Bajo el hechizo de los ojos de Sora me había demorado en el maravilloso núcleo, aprendiendo la lengua de Zar y enseñando a la doncella la lengua de mi propio Sansar. Olvidé todo salvo la luz de sus ojos y la magia de su risa; y la historia que tenían para contar, una historia mayor que el universo mismo.

No podía regresar a la Tierra con el padre enfermo y la hija, debido a la limitada capacidad del carro etéreo; por ello había decidido permanecer.

Sabía ahora, a la luz de la coma, que habíamos circundado el sol y nos dirigíamos a las profundidades del Espacio. Por la joven supe que el núcleo era un mecanismo cósmico, tan automático como un reloj, y que registraba su aproximación a una estrella o sol mediante las guirnaldas del borde giratorio, que crecían y deslumbraban al acercarse el cometa al astro y disminuían en su retroceso.

Esto lo habíamos notado a menudo desde la Tierra. Habíamos observado que el brillo del núcleo aumentaba al aproximarse al sol, pero desaparecía cuando el cometa se alejaba en la distancia estrellada.

Mi interés como astrónomo superaba mi inclinación como rey de Sansar; estaba absorto en el misterio del cometa, y en el hombre y la doncella.

De la joven no había podido aprender nada definitivo acerca del planeta Zar ni de las circunstancias que habían traído a su padre con un simple bebé al núcleo del cometa. Sólo podía deducir que él era astrónomo, como yo. Nuestras aventuras, hasta el descubrimiento del núcleo, debieron haber sido casi paralelas. Del planeta Zar aprendí muy poco concreto, salvo el hecho de que era miembro de un sistema solar distinto al nuestro.

Eso, por supuesto, era mucho. Probaba que el cometa era un cuerpo interestelar, y si lograba reunir más datos quizá podría establecer mi teoría de que era meramente un ion.

El anciano se demoraba. No había hablado desde el momento de mi llegada. Tenía esperanzas de dominar el idioma a tiempo para conocer su historia.

¿Qué sabía él? ¿Y cuáles eran sus teorías? Como astrónomo estaba tan ansioso como lo estaba como amante. Pues para entonces no había duda de mi amor por Sora.

Pasábamos mucho tiempo en nuestras lecciones. Entre tanto hacíamos breves excursiones por el núcleo. Era un pequeño mundo maravilloso, lleno de flores, árboles de helecho, aves de mil colores y extraños animales inofensivos. El clima era siempre suave. Descubrí que la temperatura del cometa no dependía en absoluto del sol, que el cometa proveía su propio calor y luz. No había noche. Y como la coma brillaba siempre, y la cola del cometa nos rodeaba, no había estrellas. Estábamos prisioneros en la gloria del cometa.

Pero había dos lugares que la doncella no me permitía visitar: uno era la cima de la montaña solitaria donde había visto el lago, el otro era el borde del núcleo.

Me dio a entender, primero con señas y luego con palabras, que era muerte segura aventurarse demasiado cerca. Había visto bastante del borde a mi llegada como para saber que era algo terrible; pero no estaba tan seguro respecto al lago rosado que había visto en la montaña. Cuando preguntaba, ella palidecía y señalaba el carro etéreo destrozado. Insistía en que me mantuviera alejado; y cuando hablaba de ese modo y golpeaba con su pequeño pie, era ley para Alvas el sansar. Aunque ya no era rey, ella era reina.

Llegó el día en que el padre despertó y me llamó a su lecho. Desde mi llegada había yacido en una especie de sopor. La joven me dijo que tal había sido su condición desde mucho antes de mi llegada. Se había acostumbrado a ello.

Yo había sabido desde el principio que el hombre estaba muriendo. Era muy viejo… tan viejo que dudaba fuese su padre.»

¿Quieres que continúe con el resto del capítulo VIII en este mismo tono narrativo fiel, o prefieres que prepare variantes paralelas (literal, gótica, poética) para tu archivo comparativo?

-34-

Aquí tienes la traducción al español del fragmento:

«Había en él algo grandioso, un gigante tanto en intelecto como en estatura, un hombre que sólo podía morir poco a poco. A menudo me escabullía en la habitación para observarlo. Era como un dios, espléndido y supremo incluso en su debilidad.

A su petición, Sora salió de la estancia. Lo ayudé entre sus almohadas y las acomodé. Me senté a su lado. Extendió la mano y me tocó. Habló en la lengua de Zar:

—¡Mi hija te ha enseñado la lengua de Zar!

—Así es.

—¿Quién eres?

—Soy Alvas el Sansar.

—¿Qué es Sansar?

—Es el nombre de un país, un reino.

—¿Y tú eres uno de su pueblo?

—Soy su rey.

Asintió.

—Ya veo. Tenéis una civilización, quizá igual a la de Zar. Nosotros tuvimos reyes. Pero nuestros hombres eran iguales. Nuestros grandes hombres lo eran por sus méritos. Teníamos a nuestros Sabios.

—En Sansar también tenemos Sabios. Se supone que el rey es el más sabio de todos. De otro modo no podría ser rey.

—Eso está bien —dijo—. Me gusta ese tipo de rey. Pareces digno. Eres un hombre limpio, fuerte, noble. He orado al Uno que está sobre nosotros, al que nos gobierna a todos, y he pedido tu llegada. Lo pedí por Sora, la pequeña; no podía dejarla sola.

Cuando habló de la doncella su voz se volvió tierna, como afinada en música delicada. Antes había sido la de un patriarca, o más bien la de un Zeus herido. Era una figura maravillosa, su barba y cabello de blanca nieve, su frente inmensa, sus ojos de acero frío, y su boca la más firme que jamás había visto. Tanto en cuerpo como en espíritu, habría sido un gigante entre los hombres de mi raza. Sublime incluso en su impotencia.

—Sora —prosiguió—. Conoces su nombre. ¿Te dijo el significado de Sora?

—No. Es un nombre. Para mí es hermoso.

Me lanzó una mirada rápida, como si comprendiera lo que había tras mis palabras: pareció agradarle.

—Significa luz del sol —respondió—. Y la luz del sol es algo que ella nunca ha visto, salvo de bebé. Pero ella es luz del sol para mí y para el pequeño mundo en que vive. Incluso las aves la aman. Ella es el amor mismo.

—Lo sé —respondí.

Extendió la mano y la colocó sobre mi cabeza.

—Hijo mío —preguntó—. Dime. ¿La amas?

—Estoy seguro de ello.

—Eso está bien —contestó—. Y eres digno. La protegerás y cuidarás de ella. Has sido elegido por Uno más alto que yo. Ahora dime, ¿cómo llegaste aquí?

—Soy astrónomo —respondí—. Un astrónomo que vivía en la Tierra, un rey científico de los Sansares. Me interesaban los cometas. En la Tierra no sabemos prácticamente nada de ellos, nada de sus leyes ni de su relación con la Infinitud. Sólo sabemos que no son planetarios y que parecen interestelares. Nada sabemos del porqué de un cometa.

—¿No tienes teoría?

—Sí, tengo una teoría. Extraña. Una que quisiera probar.

—Ya veo. ¡Una teoría! Continúa. ¿Cuál es tu teoría?

—He sostenido que nuestro planeta Tierra con su sol central —o debería decir, el sol y todos sus planetas— no es más que un átomo. Quisiera tomar la teoría atómica y aplicarla a las estrellas.

Sus ojos se iluminaron: se enderezó perceptiblemente; y me miró con cierto orgullo.

—Sí —dijo—. Continúa.

—Esa fue y es mi tesis. Nuestro sistema solar no es más que un átomo. Soy astrónomo. En la Tierra sostuve que jamás resolveríamos la Infinitud con nuestros telescopios. Mejor, dije, estudiar nuestro propio átomo. Después quizá podríamos hallar el camino hacia afuera. Sostenía que un cometa no es más que un ion de cohesión o adhesión, según el caso, con una función exactamente análoga a los iones que mantienen unidos los átomos de este lápiz. Quise resolver el cometa y descubrir su secreto. Llegué en un carro etéreo. Al alcanzar el núcleo encontré la abertura en el borde. Navegué a través y descubrí este mundo cometario maravilloso. Encontré a Sora y a ti; y decidí quedarme.

Él meditó un momento.

—Entonces sostienes que el Universo visible no es, después de todo, más que materia, sustancia.

—Sí.

Cerró los ojos y se recostó un minuto, pensando. De pronto los abrió.

—¿Qué es esa sustancia?

—No lo sé.

—¿Y aun así dices que el cometa es un ion?

—Sí.

—¿Y no ves salida?

—Me temo que no lo comprendo.

Extendió su mano.

—Aquí —dijo—, siente mi mano. ¿Qué le ocurre?

La tomé en la mía. No comprendía. Su mano estaba fría, helada. Lo miré interrogante.

—¿Qué le ocurre a mi mano? —repitió.

—No lo sé —respondí—. Tu mano está fría. No lo comprendo.

—Y aun así pretendes resolver el Universo —contestó—. Quieres entrar en la Infinitud antes de haberte resuelto a ti mismo. Has puesto tu dedo sobre el secreto de toda materia, y no lo has adivinado. Dices que mi mano está fría. ¿Sabes la razón? Ves que soy viejo, que muero. ¿Por qué?

No respondí.

—Simplemente —prosiguió— porque los iones se van, se disipan. Soy viejo, gastado; las fuerzas de cohesión de mi cuerpo se escapan; y al irse, los átomos se desunen, uno por uno. Fui un hombre fuerte. Ahora soy un anciano. Soy viejo porque los iones que mantienen unidos los átomos han sido expulsados en la lucha de la vida. Cuando los iones se van, los átomos no tienen nada que los mantenga unidos: se dispersan para formar nuevas combinaciones, quizá nueva vida. Después de los átomos, las moléculas se desintegran, las células de la carne se marchitan y perdemos fuerza; de ahí la vejez, la debilidad, la muerte. Morimos por los iones. Cuando el espíritu se va, todo se va; la fuente central del ion se ha secado. A eso llamamos Muerte. El Espíritu continúa.

—Pero la materia es indestructible.

—Por supuesto que lo es. Pero no la identidad. La materia puede volver al éter y seguir siendo materia. Sólo puede conservar su identidad mediante su cohesión. Los iones de cohesión y adhesión son las fuerzas que gobiernan: están en la base de toda vida y sustancia, de todo lo que el hombre llama materia. Sea hierro o carne, la materia sólo puede mantener su identidad mediante su cohesión; y no hay nada tan pequeño ni tan grande que no tenga su identidad. El Universo la tiene. La Infinitud misma debe tener identidad, al menos intrínsecamente. Todo debe tener sus iones. Has acertado. Un cometa es un ion.

—Todo esto suena bien —respondí—. Es mi teoría. A todo hombre le gusta ver su teoría justificada. Pero aun así, a menos que podamos probarlo, nuestro argumento sigue siendo, después de todo, nada más que sutil sofistería. Hablar es hablar, por elevado que sea. ¿Hay alguna manera de probar que un cometa es un ion? Tomemos, por ejemplo, este cometa…»

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-35-

«—La hay.

Se enderezó, y sus ojos parecieron arder con un fuego repentino.

—Puede probarse —dijo—. No sólo puede probarse, sino que tú, si lo deseas, podrás ver el otro lado del Universo.

Me sobresalté.

—Es la primera vez —prosiguió— que un ion ha sido retenido por una inteligencia consciente y controladora. El cometa es un ion; tu sistema solar es un átomo; las estrellas son todos átomos, moviéndose según leyes atómicas, vibrando, girando, cruzándose, manteniéndose unidos, cada uno en su lugar, aparentemente sin fin.

—¿Cómo vería yo el otro lado del Universo?

Meditó un instante; luego habló:

—Quizá no debería decírtelo. Eres el protector de Sora. Y ese debe ser el primer deber de tu vida. Lo fue para mí. Pero, aun así, tienes derecho a mi secreto. De joven me propuse resolver el enigma de las estrellas. No lo he logrado. Pero Dios te ha enviado para que tomes y continúes mi obra. Lo pedí en oración. Quizá te conceda lo que me negó a mí.

De no haber sido por Sora habría conducido el cometa a través del Universo hace mucho. Pero mi hija fue primero. El amor es más grande que todo. Tengo el amor de un padre. De haber estado solo habría ido al otro lado, quizá habría perecido. Pero al menos, lo habría visto.

—¿Cómo es posible —pregunté— conducir este cometa fuera del Universo?

—Es fácilmente posible. ¿Has visto el borde del núcleo?

—Sólo al atravesarlo. Desde entonces Sora me ha mantenido alejado. Jura que es la muerte.

—Lo es. No te acerques; su fuerza es inconcebiblemente mayor que cualquier cosa que tengas en tu Tierra. ¿Has visto el lago?

—Sólo desde el carro etéreo.

—El lago alimenta el borde automáticamente —respondió— y de acuerdo con una ley natural. Lo alimenta tan rápido o tan lentamente. Regula la velocidad del cometa. Cuando se aproxima a un sistema solar, o átomo, alimenta más rápido, respondiendo a la ley natural, e imparte su peculiar cualidad de cohesión. Cuanto más rápido alimenta, mayor es la velocidad del cometa.

—Yo dejaría caer todo el lago en el borde del núcleo de una sola vez. El cometa seguiría siendo un ion, pero sería un ion desatado, lo que llamáis energía-calor. Pasaría a la superficie y al superéter.

Esto es exactamente lo que ocurre siempre en la materia. Por ejemplo: si tomo este palo y lo pongo en el fuego, la cohesión inmediatamente aflora, los átomos se desunen y se convierten en fuerzas giratorias; después, los iones se asientan y los átomos se reorganizan para formar nueva materia. Eso es lo que llamamos calor, energía, y es la fuente de toda mecánica y toda fuerza. Pero no es más que la liberación de incontables miríadas de iones.

Yo pensaba en mi propia Tierra. Así que pregunté:

—Si esto se hiciera con este ion en particular, ¿dañaría a mi propio átomo solar?

—En absoluto. O al menos, sólo infinitesimalmente. Hay miríadas de iones para cada átomo. Quizá el ion regresaría. Pero seguramente pasaría a la superficie.

Reflexioné un momento. Toda mi vida había soñado con una manera de atravesar las estrellas. ¿Qué había más allá de ellas? ¿Para qué existían? Pero nunca había soñado con un instante como este: sólo pude preguntar:

—¿Cómo haría para volcar el lago en el borde?

—He dispuesto eso —respondió—. Has visto el sendero que serpentea por la ladera de la montaña. Conduce hacia la salida, donde la fuerza líquida fluye hacia el borde. No te acerques demasiado. Encontrarás una palanca donde el sendero termina.

Con sólo presionar una palanca soltarás una corriente atómica que abrirá el canal. El lago caerá y se precipitará en el borde. Eso será todo. El cometa dejará de ser cohesivo. Será un ion enloquecido, un poco de calor, energía. Pasará a la superficie de la sustancia, al exterior del Universo.

—¿Pero el calor? —pregunté—. Tal velocidad es desconocida. El núcleo se quemaría.

—En absoluto. No puedes destruir un ion. Sólo lo liberas. El núcleo estará protegido por su propia coma. No notarás su velocidad.

—Pero —interpuse— nada puede viajar tan rápido, ni siquiera la electricidad.

—La fuerza del ion es veloz. Tan veloz como el pensamiento. No es la primera vez que un ion ha sido expulsado. Sólo obedecerá una ley natural. Debe salir hasta recuperar su equilibrio; quizá regrese.

—Una pregunta más. Suponiendo que salgamos, ¿cómo seríamos conscientes en tal inmensidad?

—Es una buena pregunta. Y la he meditado. Para ello he debido llegar a la fuerza central del ion, al espíritu, la vida, o como quieras llamarlo. Conoces el óvulo, la primera forma de vida, el germen en el saco del huevo.

—Sí, hasta cierto punto; es el inicio de toda vida, el núcleo que se divide y se convierte en dos, cuatro, ocho células protoplásmicas, llamadas blastómeros, cada una con un núcleo como el original. Se multiplican por división; son el secreto de toda vida… y el misterio.

—En absoluto. El proceso entero es simple, una vez que lo comprendes. Te confunde sólo mientras consideres el núcleo del óvulo como mera materia, como átomos-sustancia. No es eso; está por debajo y por encima. El núcleo es un saco de iones, cohesivos y adhesivos, masculino y femenino, reunidos de la vida de los padres. La cohesión es vida. Es función de esos iones reunir los átomos de la sangre y el alimento y construir el cuerpo. Cada ion, mientras permanece, es un señor y un arquitecto; reúne sus propios átomos particulares. Así tienes cabello, uñas, músculos, hueso, lo que sea. Proviene de la vida del progenitor, del Alma, que es una especie de ameba. La ciencia enseña que la ameba siempre se subdivide; y continúa sin fin. La religión dice que el Alma es inmortal. Ambas son ciertas. Sólo que son una misma cosa. El Alma es una ameba, subdividiéndose siempre, transmitiéndose, eterna. He pasado mis años en el cometa, experimentando con la vida. He logrado aislar sus funciones y retenerlas. He reunido lo suficiente para construir dos cuerpos.

Señaló un estante.

—Alcánzame el paquete de láminas de allá.

—Ahora —lo levantó—, si alguna vez deseas hacer el experimento con el cometa, todo lo que tienes que hacer es tomar lo que encuentres en estos frascos. Toma uno. Y luego espera. Verás el exterior del Universo. Lo que te ocurra a ti y al cometa será en razón inversa. Tú crecerás y el cometa disminuirá. ¡Sabrás!

Eso fue todo lo que me dijo.

Estaba muy débil y se recostó de pronto sobre las almohadas, vencido por el esfuerzo. Quedó inmóvil. Con gran reverencia y temor, me retiré.

Afuera me encontré con Sora. Estaba de pie junto a la puerta. Había estado escuchando. Aunque era un acto honesto de indiscreción, no sabía en qué resultaría. Llevó el dedo a los labios como advirtiendo silencio. Luego entró en la habitación.

El viejo astrónomo no volvió a hablar más. Quizá el esfuerzo apresuró su fin.»

-36-

«Lo enterramos junto a su carro etéreo destrozado. Sobre su tumba plantamos una cruz con las palabras:

ZIN DE ZAR Astrónomo y Errante de las Estrellas

CAPÍTULO NUEVE

El gran Zin me había contado lo suficiente de su historia como para darme materia de reflexión para toda una vida. Desde entonces el cometa adquirió un nuevo significado. Mi teoría había sido confirmada.

Observaba el sendero que ascendía la montaña; en su extremo yacía el secreto de todas las cosas. Anhelaba subir y accionar la palanca que destruiría la cohesión del cometa. Entonces sería un ion enloquecido.

¿Qué ocurriría? ¿Cuál sería el final?

Y había otra que también pensaba.

—¿Son todos los hombres astrónomos? —preguntó—. ¿Todos sueñan sólo con las estrellas y pasan su tiempo tratando de descubrir qué son y cómo atravesarlas?

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque mi padre era astrónomo. Era el único hombre que conocí antes de que tú llegaras. Ahora estás aquí, y tú también piensas todo el tiempo en las estrellas. ¡Oh, cómo serán!

—¿Qué?

—¡Las estrellas! ¡Deben ser maravillosas! ¡Cómo me gustaría verlas! Quisiera estar en Zar, o en la Tierra. ¡Imagínalo! Zar tiene cien mil millas de circunferencia, y dices que tu Tierra tiene miles de millas de diámetro.

Y yo tengo que quedarme en este viejo cometa. Lo detesto. Todo lo que tiene es ese terrible borde y esa horrible coma. ¿Cómo son las estrellas?

Intenté explicárselo. Mientras describía los cielos, ella permanecía inmóvil, soñando; sus ojos estaban llenos de asombro, y podía ver que su imaginación vagaba por un país de hadas.

La dejé y entré en la casa. Quería mirar el reloj cometario. Había estado llevando un registro exacto de su movimiento. Después de los ojos de Sora, era lo más fascinante del núcleo. Me gustaba observar cómo registraba el curso del cometa hacia la Infinitud. Sora estaba afuera. Al poco, tomé un pergamino escrito en la escritura de Zar e intenté descifrarlo.

Y entonces…

Llegó de repente. Un estremecimiento, un gemido y un estruendo. ¡El edificio se sacudió! Fui arrojado al suelo y me estrellé contra la pared lateral. ¡Un rugido de explosiones terribles y casi continuas!

Luego silencio. ¡Un silencio como la muerte!

Era el lago. El corazón del núcleo había irrumpido en el borde. No podía ser otra cosa. Pensé en Sora y corrí afuera.

Ella descendía la ladera de la montaña a saltos, su cabellera dorada ondeando, su pequeña y hermosa figura como la de una ninfa fugitiva. La montaña se sacudía, y enormes peñascos caían a su alrededor. Los esquivaba, corría entre ellos y saltaba sobre rocas, abajo, abajo, abajo.

Corrí a su encuentro. Al llegar a la llanura la estreché en mis brazos.

—¡Sora! ¡Sora! ¿Qué has hecho?

Ella rodeó mi cuello con sus brazos; con la otra mano señaló la cima de la montaña.

—Oh, Alvas —dijo—, he hecho lo que mi padre dijo. Vivió toda su vida sin hacer lo que soñaba, todo por mí. Y tú eres astrónomo como Zin, mi padre. El amor es sacrificio. Te amo. Tú deseas resolver el misterio de las estrellas. ¡Yo quiero verlas! ¡Detesto este viejo cometa! Entremos en la casa y hagamos lo que dijo padre. ¡Tomemos los frascos!

Fue un momento lúgubre.

El núcleo se había convertido en un muro sólido de carmesí.

La coma sobre nosotros era tan espesa como la sangre. Estábamos en el centro de algo que jamás había estado en la memoria del hombre. El cometa se había vuelto loco. Cabalgábamos una cosa tan veloz como el pensamiento. No había tiempo que perder.

Juntos corrimos a la casa. Tomamos los frascos y los llevamos a la luz abierta. Tengo un recuerdo vago del gran reloj y del indicador corriendo por la pared como si de pronto se hubiera desatado. Recuerdo a Sora alzando el frasco y yo haciendo lo mismo. Estábamos abrazados.

Y entonces…

No tengo idea del lapso de tiempo, ni de lo que ocurrió después. Lo primero que supe fue a Sora en mis brazos, su rostro asustado mirándome, y su dedo alzado. Señalaba el cielo, o al menos, donde debería estar un cielo.

Estábamos bajo un inmenso techo de material semitransparente, un techo curvado como un arco, que se proyectaba desde enormes acantilados de sustancia rosada que se alzaban para encontrarse con él. El suelo bajo nuestros pies era de la misma sustancia que los acantilados. Al mirar, el techo parecía descender, oscilar y venir hacia nosotros. Me volví.

Frente a nosotros había un vasto espacio abierto como un abismo. El suelo rosado a nuestros pies se extendía hasta el borde de ese precipicio. Al mirar de nuevo el techo estaba casi sobre nuestras cabezas. O bien descendía, o nosotros crecíamos para alcanzarlo.

Sora gritó. Actué por instinto. Con la doncella en mis brazos corrí hacia el borde del abismo. El suelo bajo mis pies era rosado y surcado, y sin embargo tan liso como el vidrio. Era la sustancia más extraña que jamás había encontrado. En el mismo borde me detuve y miré atrás. El techo descendía, más bajo, más bajo, hasta que quedó bajo nuestros pies y, en vez de ser un techo, se convirtió en un suelo que se extendía como una vasta meseta.

Miré hacia el abismo donde nos habíamos detenido. Me estremecí; era como mirar hacia el caos. Errante y aventurero que era, me produjo un escalofrío que nunca olvidaré. Sentí el brazo de Sora apretarse alrededor de mi cuello. Estábamos creciendo.

No había nada que hacer salvo buscar la meseta de sustancia plana. Temía el borde. Planté mis pies sobre la superficie lisa y corrí hacia el centro.

Pero ni siquiera eso nos salvó. Todo parecía disminuir. La extraña materia semitransparente que había parecido un techo cuando estábamos debajo, y una meseta cuando estábamos junto a ella, comenzó, en cuanto estuvimos sobre ella, a hacerse más y más pequeña. Al menos, esa era la sensación.

Pero sabía que no era así. Estábamos creciendo a un ritmo increíble. En un instante la meseta se había reducido a un punto en el que apenas podía mantener el equilibrio. A nuestro alrededor se abrían vastas profundidades inconmensurables. Para salvarnos de caer tuve que deslizarme y sostenerme a horcajadas sobre el soporte que nos mantenía. Coloqué a Sora delante de mí y la estreché contra mi pecho. Intenté ver y descubrir lo que ocurría a nuestro alrededor. De nuevo Sora gritó. Señaló hacia arriba y exclamó:

—¡Oh, Alvas, mira! ¿Qué es? ¿Qué puede ser?

Estábamos contemplando dos de las cosas más hermosas que jamás había visto: dos círculos brillantes de maravilloso color resplandeciente. Y entonces miré de nuevo. Sentí los dedos de Sora cerrarse sobre mi brazo. Oí su jadeo. ¡Las luces maravillosas eran ojos! ¡Los ojos de un ser humano! Podía ver el rostro.

Entonces escuché un sonido prodigioso. El aire fue atravesado por un trueno, ¡una super-risa! Al instante siguiente éramos llevados a través de las profundidades. Me costaba mantener el equilibrio.»

-37-

«Pero tuve tiempo de comprender nuestro entorno.

¡Estábamos sobre un pulgar! Nos llevaba a través de la habitación. El agudo trueno era risa. Estábamos a horcajadas sobre la uña del pulgar. ¡Habíamos salido justo debajo de la uña! Aquello que había tomado por el gran techo semitransparente era en realidad la uña.

El abismo se hizo más pequeño, y contemplé una vasta superficie plana debajo de nosotros. El pulgar nos había levantado sobre una mesa. Estábamos en una sala inmensa, llena de hombres, formas colosales, diferentes a cualquiera que hubiera visto. Se movían de un lado a otro y todos hablaban al mismo tiempo. El ruido era terrible.

¡Y aún seguíamos creciendo!

Al fin fuimos lo bastante grandes para bajar del pulgar a la mesa. Tomé la mano de Sora en la mía y nos pusimos de pie.

En pocos minutos fuimos lo bastante grandes para comprender nuestro entorno. Los hombres se agrupaban a nuestro alrededor: grandes seres maravillosos, barbados y espléndidos. Nos miraban hacia abajo, con ojos llenos de asombro. Vi que éramos tan milagrosos para ellos como ellos lo eran para nosotros. Sujeté el brazo de Sora e hice un ademán con la mano, tratando de sugerir que quería que se sentaran.

Parecieron entender. Eso era mejor. En sus sillas no eran tan terribles.

—¡Oh, Alvas! ¿Qué clase de sala es esta? ¿Qué es esa cosa que cuelga allá, del techo?

Miré y vi que estábamos en un observatorio. ¡Los hombres eran astrónomos! Aquello que colgaba del techo era un telescopio. Estudiaban las estrellas.

CAPÍTULO DIEZ

Estos superhombres se habían propuesto resolver el enigma de las estrellas. Señalé el telescopio. Si tan sólo pudiera hacerles saber lo que yo sabía, y lograr que comprendieran cómo habíamos llegado. Traté de transmitir mi idea de una Tierra. Ellos acercaron sus cabezas a la mesa. De nuevo señalé el telescopio. ¡Quería ver las estrellas! Finalmente logré que entendieran. Uno de ellos colocó su mano, palma arriba, sobre la mesa. Era una mano inmensa. Como no nos movimos, nos tocó con el dedo. Al instante siguiente, Sora y yo éramos llevados hacia el telescopio.

Era un aparato descomunal. El ocular solo tenía veintiséis pulgadas de diámetro, de modo que era casi como mirar a través de la enorme lente de uno de nuestros propios telescopios.

Podía ver estrellas, constelaciones y lunas. La estructura de aquel plano mayor era muy semejante a nuestro propio sistema solar. La similitud era sorprendente.

Los hombres nos observaban, sus grandes ojos brillando como enormes fuegos de inteligencia. Su curiosidad había sido despertada por nuestro interés en su telescopio. Hablaban y retumbaban entre sí; gesticulaban con las manos. Al fin parecieron llegar a un acuerdo. La mano que nos sostenía nos depositó, con la mayor delicadeza posible, de nuevo sobre la mesa.

Entonces uno de ellos extendió una sustancia blanca, muy semejante al pergamino, a mis pies. Colocó en mi mano una larga caña. La caña era un lápiz. Los grandes ojos nos observaban, preguntándose si podría comprender. Entonces comprendí lo que querían. No podía hablar ni explicar con mis ojos…»

-84-

«Pero podía dibujar. Y eso fue lo que hice.

Primero tracé el contorno de un gran pulgar. Luego dibujé un círculo para la Tierra dentro de él, y estrellas, y una luna, y un sol. Después dibujé un tosco telescopio y un hombre. Entonces me señalé a mí mismo.

Parecieron comprender. Hubo un gran murmullo y asombro. Señalé su telescopio y levanté el dedo hacia las estrellas sobre nuestras cabezas.

En ese momento Sora me aferró el brazo.

—¡Alvas! —exclamó—. ¡Alvas! Siento… yo…

No terminó. Algo pareció sofocarla; su voz se debilitó. La sentí desvanecerse en mi brazo. Me volví y la sostuve. Al mismo instante todo a nuestro alrededor pareció dispararse hacia arriba. Por un minuto tuve una sensación de debilidad. Y entonces comprendí. Estábamos haciéndonos más pequeños. Volvíamos al pulgar.

En ese momento ocurrió algo. Nos levantaron y nos llevaron por el aire. Luego nos depositaron sobre la sustancia transparente que al principio nos había desconcertado. Ahora sabía dónde estábamos y lo que debíamos hacer. Sora se había recuperado; tenía mi mano en la suya, y parecía comprender. Nuestro regreso era como un vuelo. Corrimos, mano con mano, a través de la superficie hasta llegar al borde. Entonces saltamos por encima del límite. Algo parecía atraernos.

Llegamos justo a tiempo. La uña semitransparente se había convertido en un techo. Me detuve para echar una última mirada al mundo maravilloso. Miré hacia arriba, fuera del techo, y vi un vasto círculo alrededor de un ojo monstruoso. ¡Nos estaban observando en nuestro vuelo! Apreté la mano de Sora y corrimos bajo el techo hacia el olvido.

El resto se cuenta pronto.

Lo siguiente que supimos fue que estábamos de nuevo en el cometa. Nos encontrábamos afuera de la casa de la que habíamos partido. Al parecer sólo habían pasado unos minutos.

Pero no era el mismo cometa que habíamos conocido. El terrible borde estaba casi consumido; y de la vasta coma sólo quedaba un resplandor. Era un lugar muy distinto del maravilloso pequeño mundo que habíamos conocido.

Sin embargo, todo lo demás estaba tal como lo habíamos dejado. Entramos en la casa. El reloj del cometa seguía funcionando; el indicador había vuelto a la pista. Sora me tomó del brazo.»

-86-

«—¡Mira, Alvas! —exclamó ella.

Entonces miré y vi, y comprendí. Nos acercábamos a mi propia Tierra. El indicador estaba justo en el punto que Sora había marcado a mi llegada.

Eso fue todo.

Corrimos hacia el carro etéreo, almacenamos los datos que pudimos reunir y descartamos todo lo que dentro de la nave podíamos prescindir. Luego zarpamos del cometa.

El viaje fue tranquilo. Acabamos de aterrizar. Vimos esta luz y nos dirigimos hacia ella. Esta es nuestra Tierra. He contado nuestra historia.»

—Se detuvo —dijo el profesor Mason— y esperó a que yo hablara. Los observé: el hombre y la doncella. Eran más hermosos que cualquier cosa que hubiera visto. La joven permanecía junto a su amante, esperando que yo hablara. Al fin pregunté:

—¿Entonces nuestro sistema solar no es más que un átomo?

—Sí. Así como los átomos bajo nosotros actúan según sus leyes planetarias y solares relativas, que llamamos atómicas, así nuestro sistema, en el gran esquema de las cosas, actúa respecto al mundo que está sobre nosotros. Todo es relativo.

—¡Pero millones de años! ¡Y ustedes estuvieron en el plano superior sólo unos minutos!

—Eso se explica fácilmente. Los átomos bajo nosotros giran a una velocidad increíble. Cada revolución alrededor del núcleo atómico representa un año. Un minuto en nuestro plano equivale a millones dentro del átomo. Y así ocurre en el plano superior. Es cuestión de relatividad. Estuve fuera de nuestro Universo unos minutos. Para el interior eso representa millones de años. Pero comprendo tu asombro, porque yo mismo me equivoqué. Pensé que había estado fuera sólo unas semanas. No había calculado el tiempo en el plano exterior. No lo entendí hasta que me mostraste este lugar, al que llamas California.

En ese momento la joven habló:

—Alvas, quisiera un poco de agua. Tengo sed. Yo… yo siento que…

Noté que se había puesto muy pálida; casi como muerta. El joven se volvió. Estaba asustado.

—¡Rápido! —dijo—. ¡Tráele agua!

Su actitud era extraña. Noté que él también estaba pálido. Corrí fuera de la habitación.

Mientras estuve ausente lo escuché llamar varias veces. Noté que cada vez su voz era más débil. Yo estaba en un estado de gran agitación…»

-88-

Aquí tienes la traducción al español del fragmento:

«Principalmente porque no podía comprender. Algo, lo sabía, estaba mal. Podía sentirlo. Pero no sabía qué.

Corrí de regreso con el agua en la mano. Y entonces me detuve. Me detuve y quedé inmóvil, el vaso en la mano, buscando a mis extraños compañeros. ¡Habían desaparecido!

¿Desaparecido? ¡No! Allí estaban en el suelo, increíblemente diminutos. No medían más de quince centímetros. El hombre sostenía a la doncella en sus brazos. Agitaba las manos y gesticulaba; y señalaba mi pulgar.

Me incliné, y siguiendo su indicación puse mi pulgar sobre el suelo. Recuerdo que hablé y me pregunté por qué hablaba.

—Aquí —dije—. Súbanse a mi pulgar.

Y lo hizo.

Ya no era mucho más alto que una mosca. Lo vi correr sobre la uña y caer por el borde. La doncella seguía en sus brazos. Luego desapareció.

Tomé un microscopio. A través de la lente todo era mayor; y tuve un último vistazo. Estaba justo bajo el borde de mi uña, mirando hacia arriba. Agitó la mano. Luego se volvió y huyó bajo la uña con la doncella.»

Tal fue la historia del profesor Mason.

—¿Y bien? —pregunté.

El profesor Mason no respondió. Cayó en profunda reflexión. La misma abstracción que había notado durante las noches anteriores volvió a sus facciones.

—¿Y bien? —pregunté de nuevo.

Levantó la mirada.

—Esa es mi historia. Quisiera mi microscopio.

Su voz tenía su antigua melancolía. Era el mismo tono que había escuchado más temprano en la velada. Le devolví su microscopio. El profesor Mason es un buen anciano.

Cuando lo dejé estaba mirando a través de la lente en su propio pulgar.»

✠═════ FIN ═════✠

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"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."

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