La cosa de las mil formas [parte 2] - WEIRD TALES (1923)

 

 NOTAS DEL BAUL
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La continuación del relato de Otis Adelbert Kline resulta anticlimática: el misterio que en la primera entrega se construía con imágenes potentes y atmósferas inquietantes se resuelve de manera demasiado simple, sin cerrar del todo las expectativas que había generado.

 Aunque había indicios de que la aparición era una “materialización” del tío del protagonista, nunca se explica cómo llegó a ese estado. Un ritual fallido o un experimento malogrado habría ofrecido un desenlace más sugestivo; en cambio, se presenta como un padecimiento común, desligado de la enfermedad que asola al pueblo. Las explicaciones del decano Randall terminan por disipar el misterio en un largo tramo de infodumping que limita la acción del protagonista. 

 Un giro interesante, sin embargo, es la reacción de la turba de habitantes, que asocia el cadáver incorrupto del tío con las apariciones y muertes repentinas, interpretándolo como una presencia vampírica. La solución propuesta —enterrarlo definitivamente— conecta con recursos del folk horror que aún hoy mantienen vigencia. 

 Es decepcionante que el protagonista se desmaye y que la resolución ocurra fuera de su acción directa. Además, ni la enfermedad que afecta al pueblo se resuelve ni la turba mantiene su tensión: se disipa como si la mera “vida” del tío bastara para calmar el temor. En conjunto, la historia inicia con fuerza, con imágenes sólidas y un misterio atrapante, pero concluye con explicaciones excesivas y un desenlace que resta intensidad. Una lectura que ilustra tanto el potencial como las limitaciones de los primeros experimentos pulp con lo sobrenatural.  

La cosa de las mil formas [parte 2]

por: Otis Adelbert Kline
Título original: The Thing of a Thousand Shapes [part 2]
WEIRD TALES, VOL. 1. NO.2. ABRIL 1923
Pp. 139-151

✠═════ ANTERIORMENTE ═════✠

La tormenta fue cediendo poco a poco, hasta extinguirse por completo, dejando tras de sí una calma sepulcral.

Pasó una hora sin novedad, para mi inestimable alivio. Creí que los extraños fenómenos se habían disipado junto con la tormenta. Ese pensamiento me reconfortó. El sopor me venció y pronto caí en el sueño.

Mas mi descanso se vio turbado por sueños inquietos. Me parecía caminar en un vasto bosque primigenio. Los árboles y la vegetación que me rodeaban eran nuevos y extraños. Helechos descomunales, algunos de más de quince metros de altura, crecían en profusa abundancia. Bajo mis pies se extendía una mullida alfombra de musgo. Por doquier se alzaban hongos gigantescos, colosales setas y champiñones de formas y tonalidades diversas.

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En mi mano llevaba una enorme maza nudosa, y mi única prenda de vestir parecía ser una piel de tigre ceñida a la cintura, que caía hasta la mitad de mis rodillas.  

Una criatura extraña, mitad rinoceronte, mitad caballo, cruzó mi camino. Tras ella, en feroz persecución, avanzaba un monstruo reptiliano de contornos semejantes a los de un canguro, pero de tamaño mayor que el más gigantesco de los elefantes. Su monstruosa cabeza, semejante a la de una serpiente, se alzaba a más de siete metros sobre el suelo cuando, de pronto, se detuvo y se irguió sobre sus patas traseras y la cola, como si desistiera de la caza.  

Entonces me descubrió. Rápido como un relámpago, me volví y eché a correr, esquivando de un lado a otro, hundiéndome en el blando musgo, tropezando con las enredadas lianas y derribando de vez en cuando alguna seta gigantesca. Oía al horrible monstruo abrirse paso entre los helechos, apenas a unos pasos detrás de mí.  

Por fin llegué a una ladera rocosa y vi una abertura de unos sesenta centímetros de diámetro. Me lancé de cabeza en ella, apenas a tiempo de escapar de las fauces espantosas que se cerraron tras de mí con un chasquido aterrador. Quedé tendido en el suelo, jadeante, en el rincón más alejado de la cueva y fuera del alcance del monstruo. Parecía intentar ensanchar la entrada con sus enormes patas delanteras…  

Alguien puso una mano sobre mi brazo, tratando suavemente de despertarme. La cueva y el horrible reptil se desvanecieron, y me encontré de nuevo en la sala de mi tío. Me volví, esperando ver a la señora Rhodes, pero no había nadie.  

Sin embargo, una mano seguía posada en mi brazo. Terminaba en la muñeca en una especie de masa indefinible, vaporosa. Ahora estaba completamente despierto, y, como puede imaginarse, bastante sobresaltado. La mano se retiró y pareció flotar por el aire hasta el otro extremo de la habitación.  

Entonces advertí en la estancia una especie de vapor blanco, del cual comenzaban a formarse otras manos. Pronto hubo manos de todas las formas y tamaños. Se movían sin cesar: algunas flexionaban los dedos como probando los músculos recién creados, otras hacían señas, y otras se enlazaban en pares, como en un saludo.  

Había manos grandes y callosas de hombre, manos delicadamente formadas de mujer, y manos pequeñas y vivaces como las de los niños. Algunas estaban perfectamente modeladas; otras, aún en proceso de formación, parecían jirones flotantes de gasa; y otras más tenían el aspecto de guantes planos y vacíos.  

De pronto, dos manos bien formadas emergieron de la masa y avanzaron unos pasos hacia mí. Se agitaron como intentando atraer mi atención, y entonces vi que trazaban letras del alfabeto de los sordomudos. Deletreaban mi nombre:  

«B-I-L-L-Y.»  

Luego:  

«S-A-L-V-A-M-E B-I-L-L-Y.»  

Logré preguntar: «¿Quién eres?»  

Las manos deletrearon:  

«Y-O S-O-Y—»  

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Entonces fueron retiradas, de un tirón, hacia el grupo.  

Pude ver que una nueva transformación tenía lugar. Las manos se juntaban, disolviéndose en una columna blanca, irregular, acanalada, coronada por una masa oscura y velluda. En lo alto de la columna parecía formarse un rostro barbado, mientras ésta se ensanchaba considerablemente, adoptando la silueta de una figura humana. En un instante, allí se erguía un ser revestido de túnica blanca, los ojos vueltos hacia arriba y hacia adentro, como en temor y súplica, los brazos extendidos hacia mí.  

La aparición comenzó a avanzar lentamente en mi dirección. Parecía deslizarse suspendida en el aire. No había movimiento de pasos, sólo un flotar pausado.  

El fantasma, cuando estaba al otro extremo de la sala, ya resultaba bastante espantoso; pero verlo acercarse era desconcertante… aterrador. Cuanto más se aproximaba, más horrible parecía, y más firmemente me sentía clavado en el sitio.  

Pronto se alzaba sobre mí. Sus ojos rodaron hacia abajo y parecieron penetrar los míos hasta mi propio cerebro. Los brazos se extendieron para rodearme, cuando el instinto de conservación acudió en mi auxilio.  

Actué con rapidez, y aparentemente sin voluntad consciente. Volqué la silla y corrí fuera de la habitación, atravesando la puerta principal y lanzándome por el sendero. No me atreví a mirar atrás, sino que me precipité ciegamente en la noche.  

De pronto hubo un resplandor deslumbrante. Algo me golpeó con gran fuerza, y perdí el conocimiento.  

Cuando recobré los sentidos, me hallaba tendido en un dormitorio, la misma habitación que ocupaba en la casa de mi tío.  

Una joven hermosa se inclinaba sobre mí, bañando de cuando en cuando mi frente febril con agua fría. La luz del sol entraba a raudales por la ventana. Afuera, un petirrojo entonaba su canto matinal, su despedida al norte, sin duda, pues los vientos acerados y cargados de nieve del invierno pronto lo obligarían a emigrar hacia el sur.  

Intenté incorporarme, pero caí de nuevo con un gemido, al sentir un agudo dolor atravesar mi costado derecho.  

Mi delicada asistente posó una mano suave sobre mi frente.  

—No debe intentarlo otra vez —dijo—. Los cables telefónicos están caídos, así que padre ha ido al pueblo en busca del médico.  

Los recuerdos de la noche regresaron: la aparición, mi carrera por el sendero, la cegadora luz, el súbito choque… y luego el olvido.  

—¿Le importaría decirme —pregunté— qué fue lo que me derribó, y cómo llegó tan repentinamente en mi auxilio?  

—Fue nuestro automóvil el que lo derribó —respondió—, y no era más que justo que yo hiciera cuanto pudiera para que estuviera cómodo hasta que llegara el doctor.  

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—Por favor, dígame su nombre —¿quiere?— y cómo ocurrió todo.  

—Mi nombre es Ruth Randall. Mi padre es Albert Randall, decano del colegio local. Habíamos viajado en automóvil hasta Indianápolis, con la intención de pasar el fin de semana con unos amigos, cuando recibimos la noticia de la muerte de su tío. Él y mi padre eran amigos íntimos, y juntos realizaron numerosos experimentos en investigación psíquica. Naturalmente, regresamos de inmediato para asistir al funeral.  

—Esperábamos llegar a Peoria antes de la medianoche, pero la tormenta se desató y los caminos pronto se volvieron casi intransitables. Sólo gracias a las cadenas en las ruedas y a avanzar la mayor parte del tiempo a baja velocidad logramos progresar. Justo al pasar frente a esta casa, usted se lanzó delante del coche.  

—Padre dice que fue una fortuna que nos viéramos obligados a ir despacio; de otro modo, habría muerto instantáneamente. Lo llevamos hasta la puerta y despertamos a la ama de llaves, quien nos ayudó a trasladarlo a su habitación. Padre intentó llamar al médico, pero fue inútil: las líneas habían caído con la tormenta, así que condujo hasta el pueblo para buscar uno. Creo que es él quien llega ahora; escucho un motor en la entrada.  

Unos momentos después entraron dos hombres: el profesor Randall, alto, delgado, ligeramente encorvado y de rostro pálido; y el doctor Rush, de mediana estatura y algo corpulento. El médico llevaba gafas de cristales muy gruesos, a través de los cuales parecía casi fulminarme con la mirada. No perdió tiempo: tomó mi pulso y mi temperatura, introdujo el termómetro en mi boca con una mano y me sujetó la muñeca con la otra.  

Sacó el termómetro, lo alzó a la luz, entornó los ojos un instante y murmuró un “Humph”, antes de proceder a palparme en busca de huesos rotos. Cuando empezó a manosear mi costado derecho, me estremecí de dolor. Pronto localizó un par de costillas fracturadas.  

Tras una dolorosa media hora, durante la cual me entablilló las costillas, me dejó con instrucciones de permanecer lo más quieto posible y dejar que la naturaleza hiciera el resto.  

El profesor se demoró un instante, y le pedí que solicitara al doctor Rush examinar el cuerpo de mi tío en busca de signos de descomposición, pues habían pasado ya más de tres días desde su muerte.  

La señorita Randall, que había salido durante la revisión, regresó justo cuando su padre se marchaba. Me dijo palabras dulces y compasivas, esponjó mi almohada y me apartó el cabello de la frente; y si el doctor me hubiera tomado el pulso en ese momento, habría jurado que mis aurículas y ventrículos competían entre sí por el campeonato mundial.  

“Después de todo —pensé—, que a uno le rompan las costillas no es una experiencia tan desagradable.”  

Entonces entró su padre, y mis pensamientos se encauzaron hacia nuevos derroteros.  

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—El doctor Rush ha hecho un examen minucioso —dijo— y no ha encontrado absolutamente ningún signo de descomposición en el cuerpo de su tío. Confiesa abiertamente que esta condición lo desconcierta, y que se trata de un caso completamente ajeno a su experiencia previa. Afirma que, por el estado del cadáver, habría supuesto que la muerte ocurrió apenas unas horas atrás.  

—Si puede dedicarme el tiempo —respondí—, y si no es pedir demasiado, me gustaría que pasara el día conmigo. Tengo mucho que contarle, y han sucedido cosas extrañas sobre las cuales necesito con urgencia su consejo y ayuda. Joe Severs puede llevar al doctor de regreso a casa.  

El profesor accedió amablemente a quedarse, y su hija bajó a buscar a Joe y su destartalado coche.  

—Las cosas que estoy a punto de contarle —comencé— pueden parecer visiones de un fumador de opio, o las alucinaciones de una mente trastornada. De hecho, me han hecho dudar incluso de mi propia cordura. Sin embargo, debo contarlas a alguien, y como usted es un viejo y estimado amigo de mi tío, siento que, acepte o no mi relato como verídico, será un oyente comprensivo y podrá ofrecer alguna explicación… si es que es posible explicar sucesos tan singulares.  

Entonces relaté con detalle todo lo ocurrido desde mi llegada a la granja hasta el momento en que me lancé de cabeza frente a su automóvil.  

Me escuchó con atención, aunque no pude discernir si creía mi narración o no. Cuando terminé, me hizo muchas preguntas sobre los diversos fenómenos que había presenciado, y mostró particular interés cuando le hablé de la desaparición del murciélago. Me preguntó dónde se hallaba el libro con el que había despachado a la criatura, y enseguida bajó a buscarlo, trayéndolo de vuelta un momento después.  

Todavía se distinguía débilmente una mancha blanca y seca en la cubierta. La examinó con cuidado mediante un microscopio de bolsillo y luego dijo:  

—Debo colocar esta sustancia bajo un microscopio compuesto y también someterla a pruebas químicas en mi laboratorio. Puede ser la clave para explicar todos los fenómenos que ha presenciado. Esta tarde regresaré a casa y haré un examen exhaustivo de esta muestra.  

—Me alegraría mucho —respondí— tener siquiera una ligera explicación de estos misterios.  

—Usted sabe, sin duda —dijo—, que no existen vampiros ni murciélagos semejantes en esta parte del mundo. El único murciélago vampiro verdadero se encuentra en Sudamérica, aunque existe un tipo de murciélago frugívoro que se le asemeja ligeramente y habita en la costa sudeste de Asia y el archipiélago malayo, y que a veces se llama erróneamente vampiro o espectro. Usted ha descrito con detalle una criatura muy semejante al auténtico murciélago vampiro, pero es probable que lo que vio no fuera un murciélago en absoluto. Qué fue realmente, me reservo a decirlo hasta haber examinado la sustancia en la cubierta de este libro.  

—Bueno, sea lo que fuere, estoy seguro de que no era un vampiro real, como dice Glitch —repliqué.  

—No me gusta esa historia del vampiro que está difundiendo Glitch —dijo el profesor—. Puede traer problemas. Resulta sorprendente encontrar supersticiones tan burdas en estos tiempos modernos.  

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En ese momento se oyó un golpe en mi puerta. Llamé: «Adelante», y entró Joe Severs.  

—Bueno, Joe, ¿lograste llevar al doctor a casa sin que se le aflojara ningún diente? —pregunté.  

—Sí, señor, lo llevé bien —respondió—, pero no es eso lo que vengo a contarle. Se está gestando un buen lío por estos rumbos y pensé que debía avisarle. Hay enfermos en casi todas las familias del vecindario, y dicen que el señor Braddock es la causa. Ahora mismo están celebrando una reunión de indignación en la escuela.  

—Esto es realmente grave —dijo el profesor—. ¿Sabe qué piensan hacer al respecto?  

—No podría decirlo, pero seguro que están bien enojados —replicó Joe.  

En ese instante entró la señora Rhodes con mi almuerzo, y anunció al profesor que la señorita Ruth lo esperaba en el comedor de abajo, por lo que pidió disculpas y se retiró. Joe salió murmurando algo sobre tener que dar de comer a los caballos, y quedé solo para disfrutar de una comida muy sabrosa.  


Capítulo IV 

Media hora más tarde, el ama de llaves entró para retirar los platos, y la señorita Randall me trajo un enorme ramo de margaritas otoñales.  

—Padre ha ido al pueblo para analizar una muestra de no sé qué cosa que ha encontrado —dijo—, y mientras tanto haré lo posible por hacerle pasar las horas agradablemente. ¿Qué quiere que haga? ¿Quiere que le lea?  

—Por supuesto —respondí—. Lea o hable, o haga lo que guste. Le aseguro que no soy difícil de entretener.  

—Creo que leeré —decidió—. ¿Qué prefiere? ¿Ficción, historia, mitología, filosofía? O quizá —añadió— prefiere poesía.  

—Dejaré la elección enteramente en sus manos —dije—. Lea lo que le interese, y yo me interesaré también.  

—No esté tan seguro de eso —replicó, y bajó a la biblioteca de mi tío.  

Regresó unos momentos después con varios volúmenes. De un libro de poemas de Scott eligió *Rokeby*, y pronto nos vimos transportados, como en una alfombra mágica, al Yorkshire medieval, con sus castillos rodeados de fosos, sus densos bosques, arroyos centelleantes, riscos escarpados y valles encantados.  

Había terminado el poema, y conversábamos alegremente, cuando entró la señora Rhodes.  

—Un niño pequeño ha traído esta nota para usted, señor —dijo, entregándome un sobre sellado.  

Lo abrí descuidadamente y leí:  

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Señor William Ansley.  

Muy señor mío:  

Debido al hecho de que al menos un miembro de casi todas las familias de esta comunidad ha sido atacado por una extraña dolencia —en algunos casos fatal— desde la muerte de James Braddock, y en vista de la evidencia innegable de que el cadáver del mencionado se ha convertido en vampiro, probado por ciertos sucesos que usted, en compañía de dos vecinos respetables y veraces, presenció, se celebró hoy una reunión de indignación, a la que asistieron más de un centenar de residentes, con el propósito de discutir los medios de combatir esta terrible amenaza para la comunidad.  

La tradición nos dice que existen dos métodos eficaces para deshacerse de un vampiro. Uno es quemar el cadáver del culpable; el otro, enterrarlo con una estaca atravesando el corazón. Hemos decidido optar por este último, por ser más sencillo y fácil de llevar a cabo.  

Por lo tanto, se le ordena trasladar el cadáver al pinar situado a medio kilómetro de la carretera, en la granja de su tío, donde encontrará una fosa ya abierta y seis hombres que se encargarán de que el cuerpo sea debidamente sepultado. Tiene hasta las ocho de esta noche para cumplir estas instrucciones.  

Negarse a obedecer no le servirá de nada. Si no trae el cuerpo, iremos a buscarlo. Si ofrece resistencia, lo hará bajo su propio riesgo, pues estamos armados y hablamos en serio.  

*El Comité.  

P. D. No intente llamar por teléfono ni enviar un mensajero en busca de ayuda. Sus líneas están fuera de servicio y la casa está rodeada por centinelas armados.  

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Tal como había predicho el profesor, aquello representaba en verdad un giro sumamente grave de los acontecimientos. Me volví hacia la señora Rhodes.  

—¿Dónde está el portador de esta carta? —pregunté—. ¿Esperó alguna respuesta?  

—Me la entregó un niño pequeño —respondió—. Dijo que, si usted deseaba contestar, pusiera su carta en el buzón y sería entregada a la persona indicada. Había un automóvil cerrado esperándolo frente a la casa, y el muchacho corrió hacia él y se marchó a gran velocidad.  

—Debo vestirme y bajar de inmediato —dije.  

—No debe hacer tal cosa —replicó la señorita Randall—. Las órdenes del doctor son que guarde absoluto reposo hasta que sus costillas sanen.  

Oí entonces un paso rápido en la escalera, y un momento después el profesor entró en la habitación, visiblemente alterado.  

—¡Dos granjeros —exclamó— me encañonaron con escopetas y me registraron en plena carretera! ¡Eso es lo que acaba de sucederme!  

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—¿Qué supone usted que buscaban? —pregunté.  

—No lo dejaron claro en ningún momento, y no se llevaron nada, así que no puedo explicar su conducta. Simplemente me detuvieron, me palparon los bolsillos y registraron el coche; luego me dijeron que siguiera adelante.  

—Quizá esto arroje algo de luz sobre sus motivos —dije, entregándole la carta.  

Al leerla, una expresión de sorpresa se dibujó en su rostro.  

—¡Ah! Ahora está bastante claro. Eran los guardias armados mencionados en la posdata. Parece increíble que semejante superstición prevalezca en esta era ilustrada; sin embargo, la evidencia es demasiado clara para ser cuestionada. ¿Qué se puede hacer?  

—Francamente, no lo sé —respondí—. Evidentemente estamos tan vigilados que sería imposible que alguien fuera en busca de ayuda. Por supuesto, no pueden dañar a mi difunto tío atravesando el cadáver con una estaca, pero permitir que estos bárbaros lleven a cabo su propósito sería profanar la memoria del mejor amigo que jamás tuve.  

—¿Qué piensan hacer? —preguntó alarmada la señorita Randall. Le entregué la carta. La leyó apresuradamente y luego corrió escaleras abajo para comprobar si el teléfono funcionaba.  

—¿Qué diría usted si le dijera que existe una fuerte posibilidad de que el cuerpo de su tío no sea un cadáver; o, en otras palabras, que en realidad no esté muerto? —preguntó el profesor.  

—Diría que, si existe la más mínima posibilidad de ello, harán de mí un cadáver antes de escenificar este funeral vampírico —repliqué, comenzando a vestirme.  

—Estoy con usted en eso —dijo él, extendiendo la mano—, y ahora examinemos la evidencia.  

—Por supuesto —respondí.  

—Según la creencia de la mayoría de los psicólogos modernos —comenzó—, todo ser humano está dotado de dos mentes. Una suele llamarse objetiva, o consciente; la otra, subjetiva, o subconsciente. Algunos la denominan conciencia subliminal. La primera gobierna nuestras horas de vigilia; la segunda domina cuando dormimos.  

—Usted, sin duda, está familiarizado con las funciones y poderes de la mente objetiva, así que no las discutiremos. Los poderes de la mente subjetiva, que no son generalmente conocidos ni reconocidos, son los que más nos conciernen en este caso.  

—Mi convicción de que su tío no está realmente muerto comenzó cuando escuché por primera vez su relato. Más tarde se vio corroborada por dos hechos significativos. Tomaré los diversos puntos en su orden lógico, y usted mismo podrá juzgar si mi hipótesis está o no plenamente justificada.  

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—Primero, al verlo tendido en el ataúd, usted exclamó involuntariamente: «No está muerto… sólo duerme». Esta afirmación aparentemente absurda, sin fundamento en evidencia objetiva, fue sin duda impulsada por su mente subjetiva. Uno de los poderes más conocidos de la mente subjetiva es la telepatía, la comunicación de pensamientos o ideas de una mente a otra sin empleo de medios físicos. Este mensaje, al parecer, fue impreso con tanta fuerza en su mente subjetiva que lo pronunció en voz alta, automáticamente, casi sin la conciencia subjetiva de estar hablando. Suponiendo que se tratara de un mensaje telepático, necesariamente debió haber sido proyectado por otra mente. ¿No podemos, entonces, suponer razonablemente que el mensaje provino de la mente subjetiva de su tío?  

—Luego, el segundo mensaje. ¿No fue claramente de alguien que lo conocía íntimamente, alguien en extrema necesidad? Recordará que, justo antes de quedarse dormido, le pareció escuchar las palabras: «¡Billy! Sálvame, Billy».  

—Y ahora, en cuanto a los fenómenos: debo confesar que al principio tuve ciertas dudas. No porque cuestionara en lo más mínimo su veracidad, pues ningún hombre se arroja ciegamente frente a un automóvil en marcha sin causa suficiente, sino porque las visiones que presenció eran tan sorprendentes e inusuales que estaba seguro de que debían ser alucinaciones. Sin embargo, al reflexionar, concluí que sería extraordinario que usted y otros dos hombres tuvieran las mismas alucinaciones. Era, por lo tanto, evidente que habían presenciado fenómenos genuinos de materialización.  

—La clave de toda la situación, sin embargo, residía en la aparentemente insignificante mancha sobre la cubierta del libro. Hace dos años, su tío expuso una teoría según la cual los fenómenos de materialización eran producidos por una sustancia que él denominó “psicoplasma”. Tras escuchar su argumento, quedé convencido de que tenía razón. Desde entonces hemos asistido a numerosas sesiones de materialización, con el objeto de obtener una muestra de ese esquivo material para su examen. Siempre desaparece instantáneamente cuando se le expone a una luz intensa, o cuando el médium se sobresalta o se alarma, y nuestros esfuerzos en ese sentido han sido infructuosos.  

—No hace falta decir que, cuando usted describió el depósito dejado en el libro por el murciélago fantasmático, me sentí intensamente interesado. El examen microscópico y el análisis muestran que esta sustancia es algo completamente distinto de todo lo que he encontrado antes. Aunque indudablemente es orgánica, resulta notablemente diferente, en estructura y composición, de cualquier cosa previamente clasificada por biólogos o químicos. En resumen, estoy convencido de que se trata de esa sustancia que tanto tiempo nos ha eludido: el psicoplasma.  

—Sin duda se preguntará qué relación tiene esto con la cuestión que discutimos, es decir, si su tío aún vive. Hasta donde sabemos, el psicoplasma sólo es producido por, o a través de, personas vivas, y en casi todos los casos ocurre únicamente cuando el individuo que actúa como médium se encuentra en estado de catalepsia o animación suspendida. Como la mayoría de las manifestaciones tuvieron lugar en la habitación donde yacía el cuerpo de su tío, y siendo él el único en la casa que probablemente se hallara en tal estado, supongo que el alma de su tío aún habita su cuerpo.  

—El punto final, y de ninguna manera el menos importante, es que, pese al tiempo transcurrido desde su supuesta muerte —pese al hecho de que el cuerpo ha permanecido en una habitación cálida, sin refrigeración ni fluidos de embalsamamiento—, el cadáver de su tío no muestra absolutamente ningún signo de descomposición.  

—¿Pero cómo es posible —pregunté— que una persona en estado cataléptico simule la muerte tan completamente como para engañar a los médicos más competentes?  

—Cómo es posible tal cosa, no puedo explicarlo más de lo que puedo decirle cómo se genera el psicoplasma. Los prodigiosos poderes de la entidad subjetiva son verdaderamente asombrosos. Sólo podemos atenernos a los hechos tal como los encontramos. Las estadísticas muestran que no menos de un caso por semana de animación suspendida se descubre en los Estados Unidos.  

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—Existen, sin duda, cientos de otros casos que jamás salen a la luz. Hoy en día, lo habitual es que apenas el médico declara muerto al paciente, se llame de inmediato al enterrador. Y, como es natural, cuando las arterias han sido vaciadas y el fluido de embalsamamiento inyectado, no queda absolutamente ninguna posibilidad de que el paciente vuelva a la vida.  

Juntos bajamos las escaleras y entramos en la habitación donde yacía el tío Jim. Observamos con cuidado, minuciosamente, en busca de algún signo de vida, pero ninguno era evidente.  

—Es inútil —dijo el profesor— recurrir ahora a medios físicos. Sin embargo, tengo un experimento que proponer, el cual, si resulta exitoso, puede probar mi teoría. Como señalé antes, usted está, sin duda, en rapport mental subjetivo con su tío. Su mente subjetiva se comunica constantemente con la suya, pero carece del poder de elevar los mensajes a su conciencia objetiva. Mi hija ha cultivado, en cierta medida, la facultad de la escritura automática. Usted puede, sin duda, establecer rapport con ella mediante el contacto. Yo formularé las preguntas.  

Se llamó a la señorita Randall, y al explicarle que deseábamos realizar un experimento de escritura automática, consintió de buen grado. Su padre la sentó a la mesa de la biblioteca, con lápiz y papel junto a su mano derecha. Luego sostuvo un pequeño espejo frente a ella, apenas por encima del nivel de sus ojos, en el cual fijó la mirada.  

Tras contemplar el espejo durante un breve lapso, él hizo algunos pases hipnóticos con las manos, y ella cerró los ojos, cayendo aparentemente en un ligero sueño. Entonces, colocando el lápiz en su mano derecha, me indicó que me sentara a su lado y pusiera mi mano derecha sobre la suya izquierda. Permanecimos así quizá diez minutos, hasta que comenzó a escribir, muy lentamente al principio, luego con creciente rapidez, hasta que el lápiz volaba sobre el papel. Al llegar al final de la hoja se le entregó otra, y ésta quedó medio cubierta de escritura antes de detenerse.  

El profesor y yo examinamos el manuscrito resultante. Algo en él me resultaba extrañamente familiar. Recordaba haber visto esas palabras en un libro que había tomado en esa misma habitación. Al comparar, descubrimos que había escrito, palabra por palabra, la introducción al libro de mi tío, *La realidad de los fenómenos de materialización*.  

—Ahora haremos algunas preguntas —dijo el profesor.  

Tomó lápiz y papel y registró sus preguntas, cuyas respuestas fueron escritas por su hija. Las he copiado literalmente, y las presento a continuación.  

P: «¿Quién eres tú que escribes?»

R: «Ruth.»

P: «¿Por dirección de quién escribes?»

R: «Billy.

P: «¿Quién dirige a Billy para que te indique escribir así?»

R: «El tío Jim.»

P: «¿Cómo hemos de saber que es el tío Jim?»

R: «El tío Jim dará prueba.»

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P: «Si el tío Jim nos dice algo que él sabe y nosotros no, pero que podamos comprobar, habrá dado prueba suficiente. ¿Qué puede decirnos el tío Jim?»  

**R:** «Retiren el tercer libro del estante superior, contando desde la izquierda. Sacudan el libro y caerá una hoja de arce prensada.»  

(El profesor lo retiró y lo sacudió como se indicó, y una hoja de arce prensada cayó al suelo.)  

P: «¿Qué otra prueba puede dar el tío Jim?»  

R: «Tomen la llave de la pequeña urna sobre la repisa. Abran el escritorio del rincón y saquen un pequeño libro de cuentas. Vayan a la página sesenta y encontrarán el registro de la *Peoria Grain Company*. La cuenta fue saldada el primero de octubre con un cheque de mil doscientos cuarenta y ocho dólares con sesenta y tres centavos.»  

(De nuevo el profesor hizo lo indicado, y otra vez la declaración escrita quedó corroborada.)  

P: «La prueba es amplia y convincente. ¿Dirá el tío Jim dónde se encuentra en este momento?»  

R: «Aquí, en la habitación.»  

P: «¿Qué medios debemos emplear para despertarlo?»  

R: «El tío Jim se está recuperando. No desea ser despertado.»  

P: «Pero queremos que el tío Jim despierte algún día. ¿Qué debemos hacer?»  

R: «Dejen al tío Jim tranquilo, y despertará naturalmente cuando llegue el momento.»  

El profesor formuló varias preguntas más, a las cuales no hubo respuesta, de modo que dimos por terminada la sesión. La señorita Randall fue despertada mediante sugestión.

—Ahora tenemos pruebas concluyentes de que su tío está vivo, y en estado cataléptico —dijo el profesor.

—¿No hay manera de despertarlo? —pregunté.

—Lo mejor es dejar que despierte por sí mismo, tal como nos indicó en el mensaje telepático. Está, según sus propias palabras, recuperándose de su enfermedad y no debe ser perturbado. Quizá usted ignore que la catalepsia, aunque muchos la consideran una enfermedad, en realidad no lo es. Si bien se la conoce como síntoma de ciertos trastornos nerviosos, puede acompañar cualquier forma de dolencia, o incluso ser causada por un choque mental o físico de algún tipo.

—También puede ser inducida en la hipnosis mediante sugestión. No piense en ella como una enfermedad, sino más bien como un sueño muy profundo, que permite al paciente el descanso tan necesario para un cuerpo y una mente sobrecargados; pues es un hecho bien conocido que, cuando la catalepsia interviene en cualquier forma de enfermedad, la muerte suele ser burlada.

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—¿Sería peligroso para la salud de mi tío si lo trasladáramos a su dormitorio? —pregunté—. Me parece que un ataúd es un lugar bastante macabro para convalecer.  

—De acuerdo —dijo el profesor—, y no veo ningún daño en moverlo, siempre que se le manipule con suma delicadeza. Ruth, ¿quieres pedir a la señora Rhodes que prepare la habitación? El señor Ansley y yo llevaremos entonces a su tío arriba.  

Mientras la señorita Randall cumplía las órdenes de su padre, tratamos de idear un modo de burlar a los granjeros supersticiosos, que llegarían en pocos minutos si cumplían su amenaza.  

Mi mirada se posó en dos grandes troncos de roble que el joven Severs había traído para la chimenea, y dije:  

—¿Por qué no pesar el ataúd con estos troncos y atornillar la tapa? Sin duda lo sacarán sin abrirlo, y cuando estén bien lejos podremos colocar a mi tío en su coche y escapar antes de que descubran la sustitución.  

—Una idea excelente —dijo el profesor—. Envolveremos bien los troncos para que no hagan ruido, y como el ataúd es especialmente pesado, no sospecharán nada hasta que lo abran en la tumba.  

Subí corriendo y arranqué dos gruesos edredones de mi cama, y con ellos pronto tuvimos los troncos bien acolchados. La señorita Randall anunció que la habitación estaba lista. El profesor y yo levantamos cuidadosamente a mi tío del ataúd y estábamos a punto de sacarlo de la estancia, cuando una voz áspera ordenó:  

—¡Schtop!  

Una docena de hombres enmascarados, armados indistintamente con escopetas, rifles y revólveres, se hallaban en el pasillo. Podíamos oír el pisoteo de muchos más en el porche. Reconocí la voz y la figura del líder: era Glitch.  

—¡De vuelta al ataúd! —dijo, apuntándome con una escopeta de dos cañones—. ¡Pónganlo de nuevo, o les vuelo la maldita cabeza!  

Entonces varios hombres más entraron y nos amenazaron con sus armas.  

Capítulo V  

Solté los pies de mi tío y me lancé furiosamente contra Glitch, pero dos fornidos granjeros me sujetaron de inmediato y me dominaron.  

El profesor, sin embargo, se mostró más sereno. Depositó con cuidado a mi tío en el suelo y enfrentó a los hombres.  

—Caballeros —dijo—, ¿puedo preguntar la razón de esta repentina e injustificada irrupción en un hogar pacífico?  

—Vamos a enterrar ese cadáver vampírico con una estaca en el corazón. Eso es lo que haremos —replicó Glitch.  

—¿Y qué harían si les dijera que este hombre no está muerto, sino vivo? —preguntó el profesor.  

—Vivo o muerto, será enterrado esta noche —dijo un rufián corpulento, acercándose a mi tío—. Uno de ustedes ayúdeme a meterlo en el ataúd.  

Un granjero alto y enjuto se adelantó y apoyó su escopeta contra el féretro. Entonces, entre los dos, levantaron bruscamente a mi tío y lo colocaron dentro, atornillando la tapa.  


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Entretanto, otro había descubierto los troncos envueltos y llamó la atención de sus compañeros.  

—¡Bueno, me quedaré pasmado! —exclamó—. ¿Creían que eran muy listos, eh? ¿Que podían engañarnos con un par de troncos? Pues por eso mismo se vienen con nosotros a la fiesta, para que no intenten más trucos.  

—Caballeros —dijo el profesor—, ¿se dan cuenta de que cometerán un asesinato si entierran el cuerpo de este hombre?  

—¡¿Asesinato, al infierno?! —exclamó uno—. ¡Él mató a mi hijo!  

—¡Chupó la sangre de mi hija! —gritó otro.  

—¡Y mi hermano yace en su lecho de muerte por su culpa! —vociferó un tercero.  

—Vamos, muchachos, es hora de irnos —dijo el rufián corpulento—. Algunos de ustedes agarren las manijas, y nos iremos turnando en el camino.  

—¡Sí! Procederemos —dijo Glitch—. ¡Vorwärts!  

—Si me lo permiten, iré a tranquilizar a mi hija antes de acompañarlos —dijo el profesor—. Está muy nerviosa y podría quedar postrada de miedo si no la calmo.  

—Adelante, pero sea rápido —respondió el rufián—. Y no intente ninguna payasada, o le clavamos la estaca a usted también.  

El profesor subió apresuradamente, y al regresar un momento después, el cortejo fúnebre se puso en marcha.  

Afuera reinaba una oscuridad absoluta, por lo que algunos hombres llevaban faroles. Uno de ellos encabezaba la marcha. Inmediatamente detrás iban seis hombres cargando el féretro, seguidos por el profesor y yo, con un guardia armado a cada lado.  

Tras nosotros venía el resto de los hombres, unos veinticinco en total. No había conversación, salvo en los momentos en que los portadores del féretro eran relevados por otros. Esto ocurrió varias veces, pues la carga era pesada y el camino nada fácil.  

Yo caminaba como en trance. Parecía que mis pies se movían automáticamente, como dirigidos por una fuerza ajena a mí. A veces pensaba que todo era una horrible pesadilla de la que pronto despertaría. Luego la terrible realidad se imponía, engendrando una pena que parecía insoportable.  

Repasé mentalmente las muchas bondades de mi tío. Pensé en su generoso sacrificio para que yo pudiera educarme y enfrentar el mundo; y ahora que había llegado el momento de servirle —cuando su propia vida estaba en juego—, lo estaba fallando, fallando miserablemente.  

Exprimí mi aturdido cerebro en busca de alguna manera de burlar a los granjeros supersticiosos. Una vez pensé en arrebatarle el arma a mi guardia y enfrentar solo a la turba, pero sabía que sería inútil. Apenas lograría retrasar, no impedir, los macabros planes de esos hombres, y casi con certeza perdería la vida en el intento. Me sentía débil y desfalleciente, y mis costillas rotas me dolían sin cesar.  

Demasiado pronto llegamos al pinar, y nos dirigimos hacia un punto desde el cual se filtraban débilmente los rayos de un farol entre los árboles. Unos momentos más, y nos hallábamos junto a una fosa poco profunda, donde aguardaban seis lúgubres sepultureros, enmascarados como sus compañeros.  

El féretro fue colocado en la tumba y se retiró la tapa. Entonces se trajo una larga y robusta estaca, afilada con hierro en la punta, y dos hombres con pesados mazos se situaron, uno a cada lado de la fosa.  

Aquí surgió una discusión acerca de si sería mejor clavar la estaca a través del cuerpo y luego volver a colocar la tapa, o poner primero la tapa y después atravesar todo el ataúd con la estaca. Finalmente se decidió por este último plan, y la tapa fue repuesta, cuando todos nos sobresaltamos con un terrible grito que provenía de un matorral, quizá a unos cien metros de distancia. Era la voz de una mujer en terror mortal.  

—¡Ayuda! ¡Sálvenme, sálvenme! —clamaba—. ¡Oh, Dios mío, nadie va a salvarme!  

En un instante, todo fue confusión. La estaca y los mazos cayeron al suelo, y todos corrieron hacia el matorral. Los gritos se redoblaron a medida que nos acercábamos. Al poco vimos a una mujer corriendo entre la maleza, y tras una persecución de varios minutos la alcanzamos. Mi corazón dio un vuelco al reconocer a Ruth Randall.  

Ella se agachaba, como si estuviera en mortal temor de algo que parecía intentar apartar de sí—algo invisible, imperceptible para nosotros. Su hermoso cabello le caía hasta la cintura, y sus ropas estaban desgarradas y sucias.  

Yo fui el primero en llegar a su lado.  

—¡Ruth! ¿Qué sucede?  

—¡Ese murciélago enorme, ese terrible murciélago de ojos llameantes! ¡Aléjenlo de mí! ¡No dejen que me atrape! ¡Por favor, por favor!  

Intenté calmarla en mis brazos. Ella levantó la vista, con los ojos desorbitados de terror.  

—¡Ahí está, justo detrás de usted! ¡Oh, no deje que me atrape! ¡Por favor, no deje que me atrape!  

Miré hacia atrás, pero no vi nada que se pareciera a un murciélago. Los hombres armados nos rodeaban en círculo.  

—No hay ningún murciélago detrás de mí —dije—. Está alterada. No tenga miedo.  

—¡Pero sí hay un murciélago! ¡Lo veo! Está volando en círculo a nuestro alrededor. ¿No lo ve volar allí? —y describió un arco con la mano—. Ustedes tienen armas. Dispárenle. ¡Ahuyéntenlo!  

Glitch habló:  

—Es el vampiro otra vez. Pondremos fin a este asunto ahora mismo. Vamos, hombres.  

Regresamos al pinar. Yo estaba desconcertado, perplejo. Quizá, después de todo, existiera tal cosa como un vampiro. Pero no, eso no podía ser. Ella era sólo víctima de unos nervios sobreexcitados.  

Una vez más nos hallamos junto a la tumba. Dos hombres estaban atornillando la tapa del ataúd. Los tres con la estaca y los mazos aguardaban listos. Vi que la señorita Randall temblaba de frío, pues había salido sin abrigo, y quitándome mi chaqueta la coloqué sobre sus hombros.  

El profesor permanecía al pie de la fosa, mirando serenamente a los hombres. Parecía casi indiferente.  

La estaca fue colocada en el punto calculado para estar directamente sobre el pecho izquierdo de mi tío, y el hombre más cercano levantó su mazo para golpear.  

Me lancé hacia él.  

—¡No golpee! ¡Por el amor de Dios, no golpee! —grité, sujetando su brazo.  

Alguien me golpeó en la parte posterior de la cabeza, y fuertes brazos me arrastraron hacia atrás. Mis sentidos se nublaron, mientras veía descender primero un pesado mazo, luego otro. La estaca atravesó el ataúd y se hundió profundamente en la tierra debajo, impulsada por los golpes implacables.  

De pronto, aparentemente desde el fondo de la tumba, surgió un gemido apagado, que se transformó en un horrible alarido desgarrador, capaz de helar la sangre.  

La turba permaneció un instante como paralizada y luego, al unísono, huyó precipitadamente, sin detenerse a recoger armas ni herramientas. Yo hallé un alivio momentáneo en la inconsciencia…  

Mis sentidos regresaron poco a poco. Caminaba, o más bien me tambaleaba como un ebrio, sostenido entre la señorita Randall y su padre, que me ayudaban a volver a la casa. El profesor llevaba un farol que uno de los hombres había dejado caer, y sombras fantásticas, oscilantes y bamboleantes se proyectaban allí donde penetraban sus rayos.  

Tras lo que pareció una eternidad de penoso trayecto, llegamos a la casa. La señorita Randall me ayudó a entrar en la sala principal, seguida por el profesor. Sam y Joe Severs estaban allí, y alguien descansaba en el gran sillón Morris frente al fuego. La señora Rhodes entró presurosa con un carrito de té humeante.  

Me acerqué a la chimenea, pues estaba helado hasta los huesos. Al hacerlo, miré hacia el ocupante del sillón y lancé un grito de sorpresa.  

¡El hombre en la silla era el tío Jim!  

—Hola, Billy —dijo—. ¿Cómo estás, muchacho?  

Por un momento quedé sin habla. —¡Tío Jim! —logré balbucear—. ¿Es realmente usted, o estoy soñando otra vez?  

Ruth me apretó el brazo con gesto tranquilizador. —No tengas miedo. Es realmente tu tío.  

Me arrodillé junto al sillón y sentí el brazo del tío Jim rodear mis hombros. —Sí, soy yo de verdad, Billy. Un poco débil y sacudido, quizá, pero pronto estaré tan fuerte como un dólar nuevo.  

—¿Pero cómo… cuándo… cómo salió de esa horrible tumba?  

—Primero pediré a la señorita Ruth que tenga la bondad de encargarse del carrito de té. Luego creo que mi amigo Randall podrá relatar los sucesos de la noche mucho más clara y satisfactoriamente que yo.  

—Siendo quizá más familiar con la trama urdida esta noche que algunos de los presentes, acepto la nominación —respondió el profesor, sonriendo—, aunque al hacerlo no quiero restar un ápice del honor que corresponde a mis compañeros de conspiración por su eficaz ayuda, sin la cual mi plan habría sido un completo fracaso.  

Se sirvió el té, se encendieron cigarros, y el profesor comenzó:  

—En primer lugar, estoy seguro de que a todos les interesará conocer la causa de la epidemia por la cual algunos de nuestros vecinos han recaído en supersticiones propias de la Edad Oscura. Se explica en un artículo de *The Peoria Times*, que traje conmigo esta tarde, pero que no tuve tiempo de leer hasta hace un momento. En él se afirma que el campo está siendo azotado por una nueva y extraña dolencia conocida como “enfermedad del sueño”, y que los médicos no han encontrado aún un medio eficaz para combatirla.  

—Ahora, en cuanto al pequeño drama de esta noche. Usted recordará, señor Ansley, que antes de unirnos al cortejo fúnebre pedí un momento de conversación con mi hija. Los acontecimientos que siguieron fueron el resultado de esa conversación.  

—Para que el plan pudiera llevarse a cabo, era necesario que ella obtuviera primero la ayuda de Joe y Sam aquí presentes, y luego hiciera un rápido rodeo alrededor de la procesión. Sé que son pocos los hombres que no acudirían al rescate de una mujer en apuros, y le pedí que llamara pidiendo ayuda para desviar a la turba de la tumba. La idea del murciélago fue suya, y debo decir que funcionó de manera excelente.  

—Mientras todos estaban ausentes, Joe y Sam, que se habían apostado cerca, vinieron y me ayudaron a sacar a su tío del ataúd. Al hacerlo, noté señales de que recobraba la conciencia, provocadas en parte, sin duda, por los bruscos sacudones del féretro. Luego los muchachos lo llevaron a la casa, mientras yo volvía a colocar la tapa. Ustedes conocen bien lo que siguió.  

—Pero ese grito sobrenatural desde la tumba —dije—. Sonaba como el clamor de un hombre agonizante.  

—Ventriloquia —respondió el profesor—, nada más. Un sencillo truco que aprendí en mis días de escuela secundaria. Fui yo quien gritó.  

El tío Jim y yo convalecimos juntos.  

Cuando mis costillas se soldaron y sus fuerzas se restablecieron, se decidió que él debía ir a Florida durante el invierno, y que yo me haría cargo de la granja. Dijo que mi educación y preparación me convertían en un administrador mucho más capaz que él, y que el puesto debía ser mío mientras yo lo deseara.  

Sin embargo, retrasó su viaje hasta que cierta muchacha, que me había hecho cierta promesa, cambiara el apellido Randall por el de Ansley. Entonces nos dejó entregados a nuestra felicidad.  

✠═════ FIN ═════✠  

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"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."


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