LA DECLARACIÓN DE ARCHIBALD SWAYNE - WEIRD TALES (1924)


NOTAS DEL BAUL
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La Declaración de Archibald Swayne es uno de esos relatos tempranos de Weird Tales que se sitúan en una frontera difusa entre la fantasía, el ocultismo y la ciencia ficción especulativa. Aunque el núcleo de la historia se apoya en conceptos propios de la literatura esotérica, como los viajes astrales, la proyección de la conciencia y la posesión espiritual, Burton Peter Thom construye su argumento utilizando un lenguaje pseudocientífico que anticipa muchos de los recursos que más tarde serían habituales en la ciencia ficción. 

 La historia adopta la forma de una confesión escrita por Archibald Swayne, un prestigioso psicólogo internado en un hospital psiquiátrico criminal. A través de su relato, afirma haber descubierto la forma de proyectar su conciencia hacia una cuarta dimensión y, desde allí, ocupar y controlar cuerpos ajenos. Lo que comienza como una defensa de su cordura termina convirtiéndose en una inquietante narración de obsesión, venganza y asesinato. 

 El tema central resulta familiar para quienes han explorado las primeras etapas de Weird Tales. La idea de dominar otra mente o apoderarse de otro cuerpo ya había aparecido en relatos como “El Alma de Peter Andrus” (1923) y “El Amo de los Cuerpos” (1923). Los tres textos giran en torno a una misma fascinación: las posibilidades del control mental y la transferencia de identidad. Sin embargo, mientras aquellos relatos se inclinan más hacia el horror sobrenatural, La Declaración de Archibald Swayne intenta revestir estas ideas con una apariencia racional, recurriendo a referencias de psicología, matemáticas trascendentales e hiperdimensionalidad para justificar lo imposible. 

Resulta especialmente interesante observar cómo el relato utiliza conceptos que hoy asociamos con la ciencia ficción clásica. La cuarta dimensión no aparece únicamente como una metáfora espiritual, sino como un espacio real desde el cual la conciencia puede desplazarse, observar y manipular la realidad tridimensional. La combinación de ocultismo y especulación científica recuerda las obras de autores que buscaban reconciliar los avances científicos de principios del siglo XX con las antiguas creencias esotéricas. 

 Más allá de su premisa fantástica, el cuento mantiene al lector constantemente en duda. ¿Se trata de una auténtica transferencia de almas? ¿O estamos leyendo el testimonio de un hombre consumido por la paranoia y la locura? Thom nunca ofrece una respuesta definitiva y construye deliberadamente la narración como un expediente ambiguo en el que la explicación sobrenatural parece tan plausible como la psiquiátrica. 

Leído hoy, La Declaración de Archibald Swayne destaca como un ejemplo temprano de los experimentos literarios que caracterizaron a Weird Tales durante sus primeros años. Es un relato que combina espiritualismo, pseudociencia y horror psicológico para explorar una pregunta inquietante: si la mente pudiera abandonar el cuerpo y apropiarse de otro, ¿qué impediría que nuestros pensamientos más oscuros encontraran un nuevo instrumento para actuar? El resultado es una curiosa pieza de fantasía científica que demuestra cómo la revista ya estaba explorando conceptos que posteriormente serían habituales tanto en la ciencia ficción como en la literatura de horror psicológico.

 Hay un Enigma Psíquico en

LA DECLARACIÓN DE ARCHIBALD SWAYNE

Por BURTON PETER THOM

Título original: THE STATEMENT OF ARCHIBALD SWAYNE

Weird Tales | Volumen 3 | Número 3 | Marzo 1924

Pp.54-56

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Los médicos dicen que me queda poco tiempo de vida. Tienen razón. Mi corazón está tan deteriorado que debo permanecer incorporado en la cama, pues no puedo respirar acostado. Unas cuantas semanas, como mucho, es todo lo que puedo esperar durar. Tengo las piernas hinchadas por la retención de líquidos y mis pulmones comienzan a llenarse. La digitalina ya me ayuda muy poco, y cuando deje de hacerlo, buenas noches.

Esto está escrito en un asilo para criminales insanos. La sociedad me ha juzgado un criminal y los médicos dicen que estoy loco. Lo primero es cierto, pero lo segundo decididamente no lo es. Por mi crimen, aunque nunca he considerado que lo que hice fuera un crimen, estoy pagando la pena, y la pago sin quejarme; pero sí me opongo a que me clasifiquen como un lunático.

No me importaría tanto, lo aceptaría como parte de mi castigo, si ello no me impidiera intentar reparar una grave injusticia. Porque todo lo que digo o escribo es descartado debido a la supuesta aberración de mi mente. Pero como sé que mi fin está muy próximo, escribo esto sin importarme si será leído como el delirio de un intelecto trastornado o no. En las circunstancias actuales, es lo único que puedo hacer, y si no lo hiciera sería aún más desgraciado durante el poco tiempo que me queda.

Esto está escrito para limpiar el nombre de un hombre muerto. Robert Q. Emory no mató al doctor Kendall. Yo lo maté. Soy consciente de que se objetará inmediatamente que, al momento de escribirse esto, Robert Q. Emory no está muerto y que yo soy Robert Q. Emory. En parte, eso es cierto. El cuerpo de Robert Q. Emory sigue con vida, aunque en un estado muy deteriorado; pero su alma lo abandonó hace ya algún tiempo, exactamente hace dieciocho meses. Mi alma, mi inteligencia, mi identidad, ha habitado el cuerpo de Robert Q. Emory desde instantes antes de la muerte del doctor Kendall, y fue mi yo personal quien impulsó su cuerpo a cometer el asesinato. Poseí su cuerpo y lo utilicé como instrumento para vengarme de mi enemigo. Por lo tanto, puedo afirmar con absoluta verdad que él es inocente y que yo soy culpable.

Yo soy Archibald Swayne, y en el cuerpo de Robert Q. Emory maté al doctor Kendall. Esa es la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

No es necesario exponer aquí los detalles de cómo llegué a saber que Kendall era mi enemigo. Basta decir que lo desenmascaré como un impostor y un mentiroso cuando levantó ante mí el muro que no pude escalar, destrozando mis mayores esperanzas y quebrantándome. Lo hizo sin motivo alguno. Y porque lo hizo sin motivo alguno, yo lo destruí.

Ahora dirán que las cuentas están saldadas, que el equilibrio ha sido restablecido, pero no es así. Lo odio ahora más de lo que creo haberlo odiado entonces, y doy la bienvenida a la muerte y me alegra que esté cerca, porque cuanto antes llegue, tanto antes volveré a enfrentarme con él. En el reino de las sombras lo atacaré como lo ataqué aquí, y en los mundos que se extienden más allá, si huye tan lejos, lo perseguiré.

Como psicólogo fui, y sigo siendo, relativamente conocido. Mis monografías sobre La Voluntad y Los Fundamentos del Carácter son consideradas obras autorizadas. También poseo cierta reputación como matemático, o más bien en aquella rama incluida dentro del dominio de la metafísica: las matemáticas trascendentales, desarrolladas por los místicos de la antigüedad y más recientemente por Zöllner, Hinton y Einstein.

He penetrado en los misterios del hiperespacio más lejos que cualquier hombre actualmente vivo. Soy uno de los pocos que pueden afirmar que han estado físicamente en la cuarta dimensión. Fue mientras me encontraba en ese plano cuando descubrí que J. Ensley Kendall me había traicionado. Leí sus pensamientos como si fueran un libro abierto. Cuando regresé al espacio tridimensional fui a verlo, lo acusé de su traición y lo reprendí.

Me escuchó. Incluso me pareció que lo hizo con paciencia.

Cuando terminé, y sé que hablé en voz alta y con gran agitación, simplemente dijo:

—¿Eso es todo?

Pude haberlo estrangulado allí mismo. Sentí oleadas de calor y frío. Las piernas me fallaron y comencé a temblar. Intenté hablar, pero no pude. Él puso una mano sobre mi hombro y dijo:

—No te encuentras bien, viejo amigo. Será mejor que vuelvas a casa y te acuestes.

No sé por qué lo hice, pero sin decir una palabra más me marché.

Después de aquello comenzó la persecución. Adondequiera que fuera me seguían. Una vez, cuando un individuo particularmente grosero me estaba siguiendo, me volví y le pregunté qué quería. Él respondió:

—Estás diciendo puras tonterías. Largo de aquí, o te daré una buena.

Aquello me hizo cavilar, y cavilar no es bueno; demasiado de ello pudre el alma y convierte la leche de la bondad humana en hiel.

Comencé a ser perseguido de otra manera aún más diabólica. Voces me hablaban. Susurraban en mis oídos mientras impartía clases. Se burlaban de mí cuando caminaba por las calles. Cuando estaba solo, a veces prácticamente me gritaban. Me mantenían despierto por las noches, hasta el punto de dejarme demacrado porque ansiaba dormir. Me llamaban necio, cobarde y otros muchos nombres demasiado viles para escribirlos.

Soy perfectamente consciente de que en ciertas formas de locura, especialmente en la demencia precoz y la paranoia, las alucinaciones auditivas no son raras. Pero yo no estaba loco. Los procesos de mi mente funcionaban con la misma fluidez de siempre. Si hubiera sido supersticioso, probablemente las habría atribuido a espíritus desencarnados, pero sabía que eso era absurdo.

Finalmente resolví el problema. Era tan absurdamente sencillo que me avergoncé de mi propia estupidez por no haberlo comprendido antes. Las voces que me atormentaban, que me estaban llevando casi al borde de la locura, no eran otra cosa que la voz de J. Ensley Kendall hablándome desde el espacio tetradimensional. Evidentemente me había robado el secreto, aunque jamás he podido determinar cómo lo hizo. Probablemente obtuvo acceso de manera furtiva a mis apuntes y a mis aparatos.

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Sin duda tuvo la oportunidad de hacerlo.

La paciencia tiene sus límites, y los límites de la mía habían llegado a su fin. No pensaba recurrir a la violencia para poner término a las persecuciones a las que estaba sometido. Eso sería el último recurso. Escribí a Kendall y le supliqué que se detuviera. Él respondió con una carta hábilmente redactada en la que negaba haberme perjudicado jamás de ninguna manera. Aquello fue la gota que colmó el vaso. Decidí matar a aquella rata que había estado royendo las fibras de mi corazón hasta dejarlas desgarradas y en carne viva. Merecía morir.

Cada vez más las voces, su voz, se burlaban de mí y me gritaban; pero ya no me preocupaban. Pronto cesarían. Comencé a pensar en un plan. No fue fácil, porque aunque se me ocurrían muchos, ninguno resistía un examen detenido. No solo era necesario matarlo; también era necesario que el castigo correspondiera al crimen y, por encima de todo, que pudiera hacerlo sin ponerme en peligro. No porque temiera a Kendall personalmente, sino porque no tenía intención alguna de caer en las garras de la ley. Finalmente la solución acudió a mí, y la desarrollé hasta el último detalle.

Robert Q. Emory y yo nos conocíamos desde hacía muchos años. Éramos conocidos más que amigos, pero ambos nos profesábamos una gran estima. Fue por puro accidente que supe que estaba enfermo, y lo natural y correcto era visitarlo para interesarme por su estado. Vivía solo, pues había enviudado muchos años atrás, acompañado únicamente por una anciana ama de llaves, y no estaba tan enfermo como para no poder recibirme.

Siempre había admirado su enorme y casi anormal fuerza física. Sus hombros descomunales y su profundo pecho, el grueso cuello columnar, los brazos largos y poderosos, y aquellos dedos huesudos, espatulados y fuertes, ofrecían un notable contraste con mi cuerpo débil y enclenque. Cuando me estrechó la mano, la presión aplastante de su apretón me inspiró un pensamiento que me estremeció.

¡Qué extraño sería ser aquel hombre!

Si tan solo yo fuera como él, podría estrangular a mi enemigo con mis propias manos. Con la fuerza contenida en aquellos brazos simiescos podría despedazarlo. Podría aplastarle la vida contra aquel pecho velludo como un oso.

Para comprender mi idea basta recordar que, desde la cuarta dimensión, el interior de un sólido está tan expuesto como lo está el interior de una figura plana.

Me indicó que tomara asiento y, al hacerlo, invoqué la fórmula que transportaba mi ego al hiperespacio. Dejé mi cuerpo sentado en la silla. Entré en su cuerpo y tomé posesión de su cerebro.

Su espíritu luchó con gran energía, pero no podía compararse con el mío. Aunque no pude expulsarlo, sí pude impedirle ejercer cualquier control sobre su cuerpo. Como yo ocupaba la ciudadela del cerebro, mi dominio era absoluto.

Penetrar en un organismo vivo fue para mí una experiencia completamente nueva. La sensación era extraña, especialmente porque la personalidad que lo controlaba ofrecía una resistencia encarnizada. Casi de inmediato advertí que su cerebro no era un instrumento de pensamiento tan fino ni tan agudo como el mío. Funcionaba con mayor lentitud y menor precisión.

Podía ver mi propio cuerpo tendido allí, muy pálido e inmóvil. Era desgraciado que la transposición no se hubiera realizado en mi laboratorio, donde habría podido utilizar mis aparatos. Con ellos habría podido abandonar físicamente el espacio tridimensional y ocultar mi cuerpo. Tal como estaban las cosas, tendría que correr el riesgo de dejarlo en el apartamento de Emory hasta mi regreso. Quienquiera que lo viese asumiría naturalmente que yo estaba muerto.

Era imposible prever, sin embargo, lo que podría ocurrirle mientras yo estuviera ausente. Podía quedar fácilmente inutilizable a causa de una investigación forense o por el proceso de embalsamamiento de un funerario, o si, por alguna circunstancia, mi espíritu no volvía a entrar en él antes de que comenzaran los cambios químicos que producen el rigor mortis.

Por lo tanto, debía actuar con rapidez.

Tuve cierta dificultad para localizar algunas prendas y artículos necesarios. Me vestí apresuradamente. Cerré la habitación, la aseguré con llave y guardé esta en mi bolsillo. El ama de llaves no se hallaba cerca, y abandoné el apartamento sin ser observado. Para ocultar mejor mis movimientos no utilicé el ascensor. Por fortuna, el portero tampoco estaba en su puesto, de modo que nadie me vio salir.

Tras caminar varias cuadras tomé un taxi. En menos de veinte minutos me encontré en el consultorio del doctor Kendall. Había dos pacientes esperando para verlo, y poco después fui conducido a su despacho de consulta.

—No creo haberlo visto nunca antes —dijo mientras yo tomaba asiento.

—No, no me ha visto —respondí—, pero dentro de un momento sabrá quién soy.

Debió de haber algo en mi manera de hablar, o tal vez en la expresión de mi rostro, que lo hizo vacilar y lo alarmó. Se incorporó a medias de su silla, pero en ese instante me lancé sobre él.

Lo sujeté por la garganta con una mano y le golpeé la cara con la otra. Trató de aferrarse a mí y de defenderse, pero su fuerza no era nada comparada con la mía. El despacho era amplio, y no hubo muebles volcados ni cristales rotos cuyo estruendo pudiera atraer ayuda.

Cayó al suelo, todavía debatiéndose débilmente, y allí mismo lo estrangulé. Mientras moría lentamente, le dije quién era yo: Archibald Swayne ocupando el cuerpo de otro hombre.

Me puse de pie. Estaba algo sin aliento, pues debe recordarse que el cuerpo que había tomado prestado acababa de levantarse de un lecho de enfermo.

Mi enemigo yacía muerto a mis pies. La cabeza le colgaba hacia atrás y el rostro estaba ennegrecido y deformado. La lengua sobresalía entre sus labios hinchados y azulados, y los ojos desmesuradamente abiertos parecían a punto de saltar de las órbitas.

Sus espías ya no seguirían mis pasos. Las voces que me habían atormentado guardarían silencio para siempre.

Una extraña serenidad descendió sobre mí y, por primera vez en mucho tiempo, sentí paz.

No del todo. Aún tenía que escapar.

El impulso de mi acción no se había extinguido todavía, y me permitió actuar con prontitud y lógica incluso dentro del obtuso cerebro en que estaba aprisionada mi inteligencia.

Pensé si el cadáver podría verse al abrir la puerta para salir. Era evidente que sí, de modo que lo arrastré a un lado. Me arreglé la ropa, que había quedado algo desordenada, y salí al vestíbulo.

El asistente me entregó el sombrero y abrió la puerta que daba a la calle.

Mientras descendía los escalones oí sonar el teléfono.

Dentro de unos minutos se sabría lo que había hecho.

Apresuré el paso por la calle tan rápido como podía sin llegar a correr. Miré hacia atrás al doblar la esquina, pero nadie había salido aún a la puerta. Eso me hizo sentir un poco más seguro.

En ese momento pasó un taxi vacío y el conductor se detuvo cuando lo llamé. Una vez dentro me sentí a salvo. Sabía que nadie me había visto subir y que ni la enfermera ni el portero sabían quién era yo. Tan pronto como pudiera volver a ocupar mi propio cuerpo, cualquier posibilidad de ser descubierto desaparecería.

Mi deseo era regresar al apartamento de Emory lo antes posible, pero para asegurar aún más mi seguridad le indiqué al conductor que se dirigiera al centro de la ciudad. Mi intención era volver al apartamento por un camino indirecto.

Fue mi error fatal.

Ese, y el desafortunado incidente de la tarjeta.

Pero incluso el descubrimiento del nombre y la dirección de Emory no habría frustrado mi plan. Todavía habría tenido tiempo si hubiera regresado directamente al apartamento.

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MI arresto, juicio e internamiento por la comisión de salud mental no son asuntos en los que me detendré.

Durante los tres años que he permanecido aquí he intentado muchas veces penetrar en el espacio de la cuarta dimensión, pero jamás he conseguido hacerlo. La razón ha sido la inferioridad del instrumento mental que me he visto obligado a utilizar. El alma de Emory abandonó hace mucho tiempo su cuerpo. Él está muerto; solamente vive su cuerpo. Había esperado desarrollar su cerebro hasta que sus elementos celulares reaccionaran de forma suficiente para permitirme pasar otra vez al espacio tetradimensional y, una vez allí, elegir algún cuerpo dotado de un cerebro de primera categoría. Pero, por la razón ya expuesta, no pude lograrlo. Poco después de mi llegada aquí, el cuerpo que habito comenzó a mostrar signos de deterioro al manifestarse una grave afección cardíaca. Su rápida progresión me hizo comprender que cualquier esfuerzo adicional sería inútil. Me he resignado.

Para demostrar que no estoy loco, concluiré esta declaración con una exposición del espacio hyperdimensional. Para hacerlo es absolu...

Aquí el manuscrito termina abruptamente. La teoría o explicación de la cuarta dimensión que el autor pensaba exponer nunca llegó a ser presentada. Es lamentable que no pudiera hacerlo; sin duda habría resultado extraordinariamente interesante. El debilitado corazón empeoró repentinamente, y veinte minutos después de escribir la última palabra estaba muerto.

Si esto fuera simplemente una narración compuesta por un paciente afectado de demencia precoz o de alguna otra forma de locura, poseería un interés relativamente escaso, salvo como ejemplo de los procesos mentales de un demente. Pero cuando se conocen los hechos se descubre que es mucho más que eso. Es un misterio psíquico en el que una explicación ocultista resulta más fácil de creer que una científica.

De hecho, no puede ofrecerse ninguna explicación científica. La teoría de la personalidad escindida o de la personalidad dual, que podría invocarse, no puede aplicarse en este caso, porque ninguna de ellas contempla la obsesión o posesión de más de un individuo.

Swayne está muerto, y también lo está Kendall, asesinado por... que el lector forme su propia opinión. Esos son los hechos.

La narración afirma que Archibald Swayne era psicólogo. Lo era y, además, uno muy distinguido. También se sabe que estaba profundamente interesado en las matemáticas superiores y que expresaba con frecuencia su creencia en dimensiones espaciales distintas de aquellas reconocidas por los sentidos.

Asimismo, se ha establecido que fue amigo íntimo del doctor Kendall durante muchos años. También se sabe que esta amistad se rompió de manera repentina unos meses antes del asesinato de Kendall. Durante ese período se observó que la conducta de Swayne era marcadamente errática; tanto así que sus amigos y familiares consideraron seriamente la posibilidad de internarlo bajo vigilancia.

La carta que escribió a Kendall, mencionada en la declaración, fue encontrada entre los documentos de este último, y no cabe duda de que su autor estaba loco.

Emory, hasta donde se sabe, no tenía relación alguna con el hombre asesinado. Era viudo, sin hijos, y se había retirado de los negocios. Como afirma el manuscrito, era un hombre excepcionalmente fuerte. No se ha podido rastrear el origen de su relación con Swayne, aunque puede suponerse fácilmente debido a que ambos pertenecían al Colonial Golf Club. Hasta el momento mismo del crimen, no existía razón alguna para sospechar que Emory estuviese loco.

El día del asesinato, Emory recibió la visita de Swayne. Apenas se estaba recuperando de un severo ataque de reumatismo y todavía guardaba cama. Se desconoce qué conversación tuvieron, pero el testimonio del ama de llaves indicó que Emory salió de la habitación solo. Esto le pareció extraño, particularmente porque sabía que apenas se había recuperado de su enfermedad.

No entró en el cuarto hasta que llegaron los detectives, quienes encontraron a Swayne tendido en el suelo e inconsciente. Nunca recuperó el conocimiento y murió aquella misma noche.

No había señales de violencia en el cadáver, pero resulta extraordinario señalar que la investigación forense no logró establecer una causa definida de muerte. Existía cierto endurecimiento de las arterias y un engrosamiento de las membranas que cubren el cerebro, el cual también presentaba una humedad superior a la normal, pero tales alteraciones difícilmente habrían provocado una pérdida súbita de conciencia seguida de la muerte en cuestión de horas.

Ahora bien, si fue Emory quien mató a Kendall y escribió este relato para exculparse, ¿cómo llegó a conocer tantos detalles de la vida pasada de Swayne? No meros fragmentos obtenidos por rumores, sino un conocimiento íntimo y exacto de sus asuntos privados y personales.

Es una pregunta que no pretendo responder.

Existe otra paradoja igualmente desconcertante. Si la inteligencia de Swayne se hallaba en el cuerpo de Emory, como sostiene la narración, ¿cómo llegó a olvidar una parte tan considerable de sus conocimientos altamente especializados en psicología y metafísica?

Eso también es un enigma.

¿Fue una coincidencia que Emory enloqueciera y desarrollara impulsos homicidas precisamente cuando Swayne fue a verlo? ¿Y fue también una coincidencia que Swayne quedara inconsciente en ese mismo momento?

Es posible, pero no probable.

La opinión del comentarista puede expresarse mejor con las palabras de Claude Bragdon:

«Muchos casos... se explican más fácilmente como una posesión por una voluntad ajena que mediante la menos creíble hipótesis de que el carácter, los hábitos y el lenguaje de una persona puedan cambiar por completo en un solo instante.»

✠═════ FIN ═════✠

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"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."

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