EL MIEDO SECRETO - WEIRD TALES (1923)
EL MIEDO SECRETO
Un “escalofriante” relato detectivesco
Por KENNETH DUANE WHIPPLE
Título original: The Secret Fear
WEIRD TALES. VOL. 1. NO. 3. ABRIL 1923
Pp.22 to 44-48
❖ ❖ ❖
La noche era sofocante y sin aliento, como lo había sido el día, y el aire húmedo con su sabor salino golpeaba mis fosas nasales cuando, envidiando a Martin su descanso vacacional lejos del tedio del reportaje policial, me desvié de la amplia y pavimentada avenida Washington y tomé la angosta y débilmente iluminada Wharf Street, rumbo a mi alojamiento más allá del puente.
Al pasar bajo la segunda farola de globo sucio me detuve de golpe, con el sonido entrecortado de unos pasos apresurados resonando en mis oídos. De regreso a casa desde la oficina del *Journal*, donde el trabajo de Martin me había retenido hasta pasada la medianoche, había cedido a la tentación de tomar el atajo. Ahora, con la peculiar insistencia de aquellas pisadas tras de mí, empecé a preguntarme si había elegido bien.
Los botones de latón, reluciendo débilmente bajo el arco de la esquina, me tranquilizaron. Al instante siguiente se me ordenó detenerme con rudeza. Reconocí la voz ronca y jadeante del patrullero Tom Kenton, del cuarto distrito, cuyo recorrido, como sabía, se extendía a lo largo de los muelles.
—Soy yo, Kenton… Jack Bowers, del Journal —dije—. ¿Qué ocurre?
Kenton me escrutó con atención en la mala luz. Luego su rostro se relajó.
—Un hombre ha sido asesinado en el almacén de Kellogg, justo a la vuelta de la esquina —respondió.
—¿Asesinado? ¿Cómo?
—El sargento no lo dijo. Lo supe hace un momento cuando informé. Alguien telefoneó hace apenas un minuto. Ven conmigo si quieres. Es justo tu terreno, y eres buen amigo del capitán.
Me puse a su lado, con cierta dificultad para seguirle el paso.
—¿Sabes quién llamó? —pregunté.
—No. Puede ser una broma. Puede ser una trampa. Puede ser cualquier cosa.
Su voz profunda retumbaba en la penumbra de la calle deslucida, desierta salvo por nuestras figuras apresuradas. Cruzamos al otro lado, pasando bajo un arco azul que chisporroteaba desnudo a través de una grieta irregular en su globo sucio y escarchado.
A la vuelta de la esquina se alzaba la mole destartalada del almacén de Kellogg, una estructura de madera de cuatro pisos que se agazapaba sobre los muelles del río. En la planta baja, una amplia entrada se abría en la oscuridad. A la izquierda del umbral, a unos tres pies sobre el nivel de la calle, el extremo de una plataforma de carga sobresalía de las tinieblas.
Más allá del almacén, un muelle angosto se proyectaba hacia la corriente. Alcancé a distinguir las luces de posición de alguna pequeña embarcación, apenas perfilada contra el gris negruzco del agua aceitosa.
Kenton se detuvo en la esquina del almacén para sacar su revólver, indicándome con un gesto que permaneciera donde estaba.
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—Quédate aquí —murmuró—. Voy a echar un vistazo. Si es una trampa, no hay necesidad de involucrar a nadie más. Además, serías de más ayuda aquí.
Enderezó sus anchos hombros y se perdió en el rectángulo de sombra. No hizo falta mucho para convencerme de quedarme afuera. Con cautela me asomé por una rendija en las tablas deformadas. El tenue rayo de luz que Kenton proyectaba delante de sí parecía acentuar aún más la oscuridad.
La luz se detuvo. Pude distinguir a Kenton inclinado sobre algo en el suelo de tierra, no a más de quince pies de la entrada. Alzó la vista y habló en voz baja.
—Adelante, señor Bowers —dijo—. Esto no es ninguna broma.
Había un matiz sombrío en su tono. Con un escalofrío, crucé el umbral y me acerqué hasta donde él se agachaba sobre una figura inmóvil, acurrucada contra el costado de la larga plataforma de carga.
El cuerpo era el de un hombre de gran estatura —más de seis pies de altura, según pude calcular por la posición encogida en que yacía. No había señales visibles de violencia, salvo un cuello de lino deshilachado, torcido, que colgaba de la camisa por un solo ojal junto al poderoso cuello musculoso. Pero al inclinarme para observar el rostro, retrocedí con un jadeo.
El semblante del muerto estaba deformado por una expresión de horror y repugnancia extremos. Alrededor de las pupilas dilatadas de sus grandes ojos gris-azulados, los blancos aparecían en un halo pálido de miedo. Sus facciones irregulares y rojizas, incluso en la muerte, parecían retorcerse de terror. Un brazo largo y nervudo se alzaba sobre la parte inferior del rostro, como si intentara rechazar alguna amenaza invisible y terrible.
Temblando, miré por encima del cuerpo hacia el rostro sencillo e imperturbable de Kenton.
—Por el amor de Dios, ¿qué le ocurrió? —pregunté.
Las manos de Kenton se movían con rapidez sobre el cadáver. Luego las separó en un gesto de desconcierto.
—No parece haber ninguna herida —dijo—. Vea si encuentra algún interruptor por aquí, señor Bowers. Debería haber alguna forma de iluminar esto.
Palpé la pared hasta que mis dedos toparon con un pomo redondo de porcelana. Una sola bombilla mugrienta, colgando de una viga cubierta de telarañas, arrojó un círculo mortecino de luz amarillenta sobre el suelo del almacén.
El cuerpo había yacido sobre su costado izquierdo, mirando hacia la entrada. Kenton lo giró metódicamente boca abajo, sus dedos explorando la espalda. Para mí, al menos, fue un alivio que aquellos ojos aterrados quedaran ocultos, en vez de seguir mirando con espanto a través del arco de la puerta hacia la estrecha calle vacía.
—Hay algo raro en esto —dijo Kenton—. Ninguna herida, señor Bowers, que yo pueda encontrar. Nada de sangre, ni siquiera un moretón, solo esta marca en la garganta.
No la había visto antes, y aun ahora tuve que fijarme bien para distinguirla. No era más que una ligera decoloración de la piel en una amplia franja bajo la barbilla. Pero no había abrasión, mucho menos una herida capaz de causar la muerte de un hombre tan fuerte como el que yacía ante nosotros.
Con un encogimiento de hombros, Kenton devolvió el cuerpo a su posición original. De inmediato, los ojos horribles reanudaron su mirada fija hacia la calle vacía.
❖
Un ruido en la entrada nos hizo volver la cabeza. Solo Kenton podría decir qué imagen evocó su imaginación en ese instante. Por mi parte, confieso que sentí un alivio distinto al ver que no se trataba de nada más alarmante que un par de hombres harapientos asomándose por la puerta abierta.
Mientras observábamos, un tercer vagabundo de los muelles se les unió, avanzando con curiosidad hacia el cuerpo tendido en el suelo.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó uno, intrigado—. ¿Alguien se cargó a un tipo?
—Sí —respondió Kenton con sequedad—. ¿Lo conocen alguno de ustedes?
Su compañero, que había estado mirando fijamente el cadáver, habló de pronto con tono sobresaltado:
—¡Caray, es Terence McFadden! Nunca habría reconocido al muchacho con esa expresión en la cara, salvo por la cicatriz sobre su ojo derecho. ¡Mira, Jim! Seguro que parece como si el mismísimo diablo lo persiguiera.
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Un murmullo de confirmación vino de los demás. El chirrido de las ruedas de un tranvía en la curva de Washington Avenue se recortó con claridad sobre el chapoteo bajo de las olas contra los pilotes podridos afuera del almacén. El aire húmedo, impregnado de los fétidos olores del puerto, resultaba sofocante.
Los tres hombres se agruparon más cerca, lanzando miradas temerosas por encima del hombro, como si intentaran vislumbrar aquello que los ojos del muerto contemplaban. Solo Kenton parecía ajeno a la tensión.
—¿Saben dónde vive?
—En la Calle Veinticuatro —se adelantó el tercero—. Pero esta noche había estado en el *Tiger*, allá afuera. Lo vi subir a bordo. ¿Por qué no llamar al capitán Dolan? Él y Terry eran amigos.
—¿Cómo se llama?
—Dolan… Capitán Ira Dolan.
—Ve a buscarlo —ordenó Kenton, quitándose la gorra y secándose la frente.
El hombre, nada reacio, salió del círculo de luz. Oímos sus pasos sobre las tablas del muelle y su grito hacia el barco anclado allí.
Kenton se volvió hacia mí, con gesto preocupado.
—¿Le importaría ir al local de Patton en la esquina y telefonear, señor Bowers? —me pidió—. No lo haría si no fuera porque el capitán lo conoce bien. Dígale que me quedo con el cuerpo. Y pida que venga el doctor Potts, si está disponible. Quiero llegar al fondo de esto.
Me alegré de salir del almacén, pues la atmósfera inquietante empezaba a ponerme nervioso. Cuando regresé, dos de los somnolientos parroquianos del grasiento comedor de Patton, despertados por mi mensaje telefónico al capitán Watters del cuarto distrito, me siguieron, murmurando y frotándose los ojos enrojecidos.
No habían pasado diez minutos desde que encontramos al muerto en el viejo almacén de Kellogg. Sin embargo, ya una docena de andrajosos ratas de muelle rodeaban la entrada, atraídos por algún misterioso mensaje telepático transmitido en el aire turbio de la noche.
—Estará aquí en diez minutos —dije, asintiendo a Kenton.
De pronto, un hombre se abrió paso entre la multitud y se apresuró hacia nosotros. Su rostro curtido y desaliñado adquiría líneas más profundas bajo la tenue luz, sus relieves brillando en la mortecina claridad como trozos de pergamino amarillento. Sin embargo, había fuerza en su mirada azul penetrante, y vigor en cada línea de su alta y enjuta figura, que ahora se inclinaba de golpe sobre el cuerpo del muerto.
—¡Terence! —gritó, con voz áspera de dolor—. ¡Terence, muchacho!
Kenton se inclinó y lo tocó en el hombro.
—¿Es usted el capitán Dolan? —preguntó.
El anciano levantó la vista, con una mano aún apoyada sobre el cuerpo inmóvil junto al que se arrodillaba.
—Lo soy —respondió simplemente.
—Entiendo que este hombre… ¿Terence McFadden, se llama?—
El capitán Dolan asintió.
—Entiendo que estuvo a bordo de su barco esta noche.
—Sí —dijo Dolan, poniéndose de pie.
—¿A qué hora se marchó?
—No hace más de media hora, oficial. Poco después de la medianoche, diría yo. Solo estuvo a bordo para una pequeña cena de despedida, ¿comprende? Una visita amistosa, comer y beber un poco, antes de que yo zarpe al amanecer para otro viaje. Voy a recorrer la costa.
Kenton negó con la cabeza.
—Olvídese de eso. ¿Tiene alguna idea de cómo encontró la muerte? ¿Tenía enemigos que usted conozca?
El capitán Dolan pasó sus dedos huesudos por sus cabellos grises, con la mirada aún fija en el cuerpo de su amigo.
—Enemigos tenía de sobra, oficial, como cualquier hombre de puños firmes con el carácter de Terence McFadden. Apenas la semana pasada se encargó de dos de la banda de Jerry Kramer que intentaron asaltarlo con pistola en esta misma calle. Pero su preocupación esta noche no tenía nada que ver con ellos. Un hombre como Terence podía cuidarse de cualquiera. La verdad, era su propio peor enemigo.
Kenton lo interrumpió bruscamente.
—¿Cómo dice? ¿Estaba preocupado esta noche?
Parecía haber un matiz evasivo en la actitud del capitán Dolan.
—Fue por un artículo que leyó en el periódico. Le arruinó la cena.
—¿De qué trataba?
—Era una nota del zoológico —respondió Dolan.
Kenton jugueteó con un botón, lanzándome una mirada desconcertada. Era evidente que sus preguntas no lo llevaban a ninguna parte.
Antes de que pudiera interrogar más al capitán Dolan, el grupo en la entrada fue apartado bruscamente, y el patrullero Corcoran, el nuevo agente del distrito vecino, se abrió paso. Su mano derecha se aferraba a las solapas de un extranjero bajo y fornido, de rostro moreno medio oculto por una barba áspera, castaño rojiza. El cuello de su camiseta empapada de sudor estaba abierto, y sus mangas arremangadas dejaban ver unos antebrazos velludos y musculosos.
Corcoran miró al grupo reunido en torno al cuerpo sin vida de Terence McFadden.
—¿Así que es cierto? —preguntó con curiosidad—. Pensé que este “Big Jim” intentaba darme una pista falsa.
—¿Quién? —preguntó Kenton.
—Dobrowski, o algo así—lo llaman “Big Jim”. Dicen que es de la banda de Kramer.
—¿Dónde lo atrapaste?
—Lo pillé saliendo de un sótano en la calle Efton. Me vio y echó a correr como el demonio. Así que lo alcancé y le pregunté qué significaba esa huida. Se hizo el tonto, pero yo sabía que tramaba algo. Lo registré y encontré… ¡esto!
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Sacó un reloj y una cartera del bolsillo lateral de su abrigo. El capitán Dolan se inclinó hacia adelante con ansiedad.
—¡De Terence! —exclamó—. ¡Miren si no están sus iniciales en la parte trasera!
Prácticamente arrebató el reloj de la mano de Corcoran. El joven patrullero se volvió hacia Kenton.
—¿Y quién es este viejo, de todos modos? —preguntó en voz baja.
Kenton explicó en pocas palabras la relación del capitán con el asunto. Mientras tanto, el anciano había abierto la caja de oro con su gruesa uña y entrecerraba los ojos para mirar dentro.
—¡Miren! —afirmó, señalando las iniciales “T. J. M.” grabadas allí.
Corcoran asintió con indiferencia.
—“Big Jim”, sin duda —dijo con firmeza—. Es el hombre que mató a McFadden.
“Big Jim” miró a su captor, masticando con fuerza.
—¡No matar! —exclamó—. ¡No matar!
Kenton había estado frunciendo el ceño, desconcertado. Ahora se volvió hacia Corcoran.
—Dime, Bill —preguntó—, ¿cómo llegaste aquí, de todos modos? ¿Quién te dijo que había un hombre muerto?
Para nuestra total sorpresa, Corcoran señaló con el pulgar a “Big Jim”.
—Él lo hizo —dijo.
—¿Él? —repitió Kenton incrédulo—. ¿Entonces fuiste tú quien llamó al sargento?
Corcoran asintió, apretando más fuerte las solapas de su prisionero.
—Iba a pedir la patrulla y llevar directamente a “Big Jim”. Pero contó una historia tan rara que pensé que intentaba engañarme, así que lo traje aquí para asegurarme.
Kenton negó con la cabeza.
—No era la manera de hacerlo —murmuró—. Bueno, no importa. ¿Qué dice?
—Dice que le quitó estas cosas a McFadden, pero que no lo mató —se burló Corcoran—. Que no sabe quién lo mató, pero que él no fue. ¿Sospechoso? ¡Pues claro que sí!
El capitán Dolan volvió a inclinarse sobre el cuerpo de Terence McFadden. Luego levantó la vista hacia “Big Jim”.
—Cuéntanos lo que pasó —ordenó.
Las palabras brotaron turbulentas de “Big Jim”. O bien decía la verdad, o bien había memorizado su historia.
—¡No matar! —vociferó, gesticulando—. ¡No matar! ¡Tomar reloj, pero no matar! ¡Esconder por hombre—tirar de él—pelear—él muerto! ¡Tomar dinero—correr—esconder…!
El miedo brillaba en sus ojos huidizos y en su rostro moreno, sudoroso. Al mirar nerviosamente alrededor del edificio, me vino la fantástica idea de que su temor era menos hacia la policía que hacia alguna fuerza invisible e incomprensible. Me descubrí mirando con aprensión por encima de mi propio hombro.
Corcoran escupió al suelo con disgusto.
—Parte de esa historia está bien —dijo—. Esa parte de robar el reloj y todo eso. El resto es pura mentira. ¿Cómo iba a quitarle las cosas a un tipo tan grande sin matarlo? ¿Cómo lo mató, entonces?
El capitán Dolan se inclinó hacia adelante, con los ojos brillantes.
—Sí, oficial —repitió—. ¿Cómo lo mató? Díganos eso, si puede.
Corcoran empujó a su prisionero hacia Kenton y se arrodilló junto al cuerpo. Cuando levantó la vista, su rostro estaba vacío. Al incorporarse, se volvió con furia hacia “Big Jim”.
—¡Vamos! —ordenó con rudeza, sacudiendo al extranjero por el hombro—. ¿Cómo lo mataste? ¡Habla!
—¡No matar! —repitió obstinadamente “Big Jim”—. ¡No matar!
Corcoran levantó su porra de manera amenazante. No sé si habría golpeado a “Big Jim” o solo quería intimidarlo; llevaba poco tiempo en la fuerza y sentía con intensidad su autoridad. Pero el capitán Dolan dio un paso adelante, extendiendo una mano imperiosa.
—¡Un momento, oficial! —dijo con severidad.
❖
Por un instante sin aliento, el cuadro permaneció inmóvil. Luego Corcoran, cerrando su boca asombrada, acercó su rostro enrojecido al del capitán Dolan.
—¿Qué derecho tiene usted de meterse en esto, de todos modos? —gritó—. ¿Quién le dijo que diera órdenes? Parece que fue amigo de este sujeto, según dice Tom aquí. Pero ¿cómo sabemos que no tenía usted un resentimiento contra él y lo drogó esta noche a bordo de su barco? ¿Cómo sabemos que no le dio alcohol de madera o algo de beber que lo dejó fuera de combate? Será mejor que se quede callado y permanezca aquí hasta que el doctor lo examine.
El rostro arrugado, semejante a pergamino, del capitán Dolan se tornó de un rojo airado, y sus manos huesudas se cerraron en puños. Luego, de pronto, se relajó, soltando una breve risa sin alegría.
—Al quedarme aquí, como usted pide —respondió—, mi idea es asegurarme de que se haga justicia. Por poco cariño que Terence tuviera hacia Jerry Kramer y su banda, él desearía juego limpio, incluso para ese “Big Jim” ahí. Y por esa razón pediré su amable indulgencia mientras les cuento un poco acerca de Terence McFadden.
Corcoran fulminó al anciano con la mirada. Kenton se encogió de hombros.
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—Adelante —dijo—. Tenemos que esperar el coche.
El capitán Dolan se irguió bajo la mugrienta bombilla eléctrica, que arrojaba un brillo cobrizo sobre sus cabellos grises. A su izquierda estaba Corcoran, frunciendo el ceño, con una mano aferrada a su prisionero sometido. Más allá, Kenton se apoyaba contra la plataforma de carga. Yo los observaba desde las sombras.
—Cada uno de nosotros tiene su miedo secreto —comenzó de pronto el capitán Dolan, con un tono algo oratorio—. Para uno es el mar abierto. Para otro, el horror de las grandes alturas. Pero todos lo tenemos. En cuanto a Terence McFadden, no hacía falta más que un pequeño mono de organillo, con su larga cola, para hacerlo temblar.
—Y parecían saberlo, esos demonios burlones. Apenas pasaba junto a un organillero italiano en la esquina, el pequeño simio de gorra roja soltaba un chillido y corría hacia Terence. ¿Y me creerían si les digo que el hombre se ponía realmente pálido?
“‘Vámonos, Ira’, me decía, agarrándome, ‘vámonos, Ira. Seguro que busca morderte la pierna.’”
—Recuerdo un día en que fuimos al zoológico, Terence y yo. “‘Está entendido’, dijo al llegar a las puertas, ‘que no visitaremos la casa de los monos.’”
—Pero yo me burlé de él, insinuando sobre su valentía, ¿entienden?, hasta que al fin apretó los dientes con determinación.
“‘Nadie dirá que Terence McFadden es un cobarde’, dijo. ‘Entremos.’”
—En cuanto cruzamos la sala, el lugar estalló en alboroto. Los pequeños monos de pelo amarillo colgaban de sus colas y chillaban, y hasta los grandes simios del rincón rugían como demonios desatados. De nada me sirvió señalarle a Terence que era la hora de la comida. Él no quería saber nada.
“‘Las bestias me reconocen’, murmuraba entre dientes castañeteando. ‘Es mi sangre lo que buscan.’”
“‘¿Y por qué habrían de querer tu sangre?’, le pregunté.”
“‘No sé el porqué’, dijo, temblando en cada miembro, ‘pero así es.’”
—¡Tonterías! —le dije, pues quería librarlo de ese miedo absurdo suyo—. Camina conmigo hasta esta jaula y mírale a los ojos al grandullón. ¡No puede hacerte daño, estando tras las rejas!
—Terence sudaba de miedo, pero apretó los dientes, y brazo con brazo caminamos hasta la jaula. El gran ejemplar leonado —el de rostro feo junto a la puerta del fondo— estaba allí encorvado en su rincón, mirándonos con ojos como brasas.
“‘Míralo, hombre’, le dije, ‘y deja tu necedad. ¡Incluso al aire libre podrías enfrentarte a él!’”
—No había terminado de hablar cuando la bestia dio un salto desde su rincón y se lanzó a mitad de las rejas al frente de la jaula, con un rugido que parecía arrancar el alma misma. Confieso que me sobresalté, aunque poco temo a los monos y sus semejantes.
—Pero el pobre Terence soltó un jadeo y se apoyó en mí, realmente paralizado de miedo. Sus ojos quedaron fijos en una mirada vidriosa, como los de un muerto. Y les juro que, después de sacarlo afuera, pasó media hora antes de que el color volviera a sus mejillas y sus rodillas dejaran de temblar.
“‘¿Viste su horrible rostro?’ jadeaba. ‘¿Y los largos brazos extendiéndose hacia mi garganta?’”
—Y entonces volvía a temblar otra vez.
❖
El capitán Dolan se detuvo tan bruscamente como había comenzado. Tan vívidamente había contado su historia que por un momento se había transportado de cuerpo entero a la casa de los monos del zoológico. Ahora, en el súbito silencio, nos movimos incómodos, mirándonos unos a otros.
Corcoran se rascó la cabeza con gesto desconcertado.
—¿Y qué tiene todo esto que ver con encontrar al asesino? —estalló.
El capitán Dolan negó con la cabeza.
—No hay asesino —dijo.
Todos nos sobresaltamos, imagino. Kenton habría hablado, pero Dolan le indicó silencio con un gesto. Incluso Corcoran, por una vez, se quedó sin palabras.
—Hablé de una nota en el periódico esta noche —continuó Dolan—. Sin duda la vieron todos ustedes. ¿No leyeron que uno de los gorilas del zoológico había escapado de su jaula y andaba suelto por la ciudad?
En el silencio sin aliento que siguió, sentí un extraño escalofrío recorrerme la espalda. Kenton jugueteaba nerviosamente con la funda de su revólver. De algún modo inquietante, las sombrías palabras del viejo capitán parecían tejer alrededor de todos nosotros una red de supersticioso temor de la que luchábamos en vano por escapar.
—Fue esa nota la que arruinó la cena de Terence, cuando la leyó a bordo del barco esta noche. Y de nada sirvió que intentara razonar con él. En su mente, el rostro burlón del gran simio se asomaba por cada portilla.
De pronto Corcoran giró, mirando hacia la oscuridad al fondo del almacén, donde algo se agitó suavemente. Kenton sacó su pistola. Sentí la piel erizarse en mis brazos. Solo el muerto, imperturbable, seguía mirando fijamente en dirección opuesta.
Al instante siguiente, un gato callejero entró con calma en el círculo de luz y se sentó a lavarse el pelaje polvoriento, parpadeando complaciente hacia nuestros rostros pálidos. Me limpié las gotas frías de la frente y solté un profundo suspiro.
Corcoran se volvió casi suplicante hacia Dolan.
—El gorila… —dijo—. ¿Fue el gorila del zoológico quien mató a Terence McFadden?
El capitán Dolan negó con la cabeza.
—No diría eso —respondió.
Lo miré asombrado. Como Corcoran, yo también había llegado a esa conclusión. Kenton se pasó la mano por la frente, perplejo.
—¡Pero usted dijo que no hubo asesinato! —gritó Corcoran—. ¿Fue “Big Jim” quien lo mató, después de todo?
—No diría eso —repitió Dolan.
Corcoran miró al anciano aturdido. Luego habló muy suavemente, con tono conciliador, como quien interroga a un niño retrasado:
—Entonces dígame, capitán Dolan —dijo—. ¿Cómo murió Terence McFadden?
—Fue asesinado —respondió Dolan.
Corcoran lo miró fijamente.
—¿Asesinado? ¡Pero dijo que no había asesino!
—Ni lo hubo —dijo el capitán.
Corcoran dejó caer las manos, impotente. Kenton retomó el interrogatorio.
—¿Se mató él mismo? —preguntó—. ¿Fue suicidio?
—No diría eso —repitió Dolan por tercera vez.
Pero Kenton no se dejó confundir.
—¿Con qué arma fue asesinado? —preguntó obstinadamente.
El capitán Dolan miró el rostro contraído del hombre a sus pies.
—Con una de las armas más antiguas del mundo —respondió—. Un arma que ha causado la muerte de muchos hombres valientes, más valientes y poderosos que Terence.
Las olas golpeaban saladas contra los pilotes podridos al fondo del almacén. En la oscuridad chilló una rata, y el gato, interrumpiendo su aseo, salió disparado del círculo de luz y desapareció. En la penumbra se oyó el sonido de un motor acelerado.
El capitán Dolan levantó los ojos del cadáver de su amigo, y su voz fue muy suave y compasiva:
—¿No dije que Terence era su peor enemigo? De no haber sido por esa necia obsesión suya…
Se volvió y señaló de pronto hacia “Big Jim”, que permanecía allí torpemente en las sombras. Casi parecía que los ojos del muerto, siguiendo la dirección de su brazo extendido, miraban con terror consciente las facciones bestiales y repulsivas del prisionero.
—¡Miren sus brazos peludos! —gritó—. ¡Miren su barba larga y desgreñada! Cuando se plantó en la plataforma junto a la puerta y le rodeó la garganta con el codo, ¿creen que el pobre muchacho supo del revólver en su espalda, o de las palabras de amenaza balbuceadas en alguna jerga pagana? Para la mente de Terence no fue otra cosa que la materialización de todas sus pesadillas. No es de extrañar que sus ojos estén a punto de saltar de sus órbitas, tendido ahí con el terror deteniendo las válvulas de su corazón y cuajando la sangre misma en sus venas.
—Entonces, ¿el nombre del arma…?
—Se llama Miedo —dijo el capitán Dolan.
El motor resonaba al final de la calle. Con un chirrido de frenos, el coche de policía se detuvo afuera. El doctor Potts atravesó la multitud y se inclinó brevemente sobre el cuerpo.
—Fallo cardíaco —dijo.
✠═════ FIN ═════✠
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"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."



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