EL LOCO - WEIRD TALES (1923)

 

Una noche de horror en la morgue  

EL LOCO

Por Herbert Hipwell

Título original: THE MADMAN

Weird Tales | Volumen 1 | Número 4 | ABRIL 1923

❖ ❖ ❖

Peter Stubbs tiene el cabello blanco como la nieve, y apenas cuenta veintiocho años. Murmura para sí mismo mientras realiza su humilde tarea de barrer las calles de nuestro pequeño pueblo universitario. Los niños se burlan de él y lo provocan hasta hacerlo estallar en ira y lágrimas.  

Peter alguna vez tuvo el cabello negro como el cuervo y fue un joven tan fuerte y apuesto como cualquiera que encabezara las fuerzas del pueblo en sus frecuentes batallas contra nuestros estudiantes. Eso fue antes de la única noche que pasó como cuidador de nuestra escuela de medicina. Solo dos de nosotros conocemos la verdadera historia de aquella noche y la razón por la cual Peter fue sacado del edificio a la mañana siguiente convertido en un idiota balbuceante, de cabellos blancos.  

Hemos guardado silencio por diversas y egoístas razones, pero ya no puedo mantener para mí el relato de esa noche espantosa.  

Nuestro colegio de medicina es un edificio solitario y destartalado. La ciudad ha crecido lejos de él. Está rodeado de viejos y húmedos depósitos de chatarra y apartaderos ferroviarios casi en desuso, y se encuentra a millas del noble conjunto de edificios que conforman el resto de la universidad.  

Siempre ha sido difícil conseguir un cuidador adecuado. Ninguno de los muchos contratados podía garantizar llegar lo bastante temprano para encender bien los fuegos y mantener los senderos libres de nieve. Nuestro nuevo decano, el doctor Towney, creyó haber resuelto el problema al decidir que el cuidador viviera permanentemente en las instalaciones.  

Peter Stubbs, al enterarse, solicitó el puesto y no tuvo dificultad en obtenerlo. El decano le mostró el edificio y le explicó las tareas que debía cumplir. Un hombre más imaginativo quizá se habría sentido inquieto ante los esqueletos dispuestos en vitrinas en algunas de nuestras aulas. Ciertamente no se habría sentido complacido con los aposentos que le habían asignado: la única habitación disponible era un cuartucho directamente conectado con nuestra morgue.  


Con frecuencia, allí quedaban cuerpos durante la noche, esperando ser utilizados por el colegio. La mayoría de las personas no recibirían con agrado semejantes vecinos nocturnos, pero Peter se burló y dijo que dormiría allí tan a gusto como en un hotel iluminado.  

Chic Channing y yo escuchamos su necia fanfarronada, y ambos teníamos viejas cuentas pendientes con Peter.  

Su puño robusto me había dejado un círculo azul alrededor del ojo durante una semana, y Chic había perdido un diente tras un encendido encuentro entre los seguidores de Peter y nosotros, los novatos.  

Chic saltó de inmediato ante aquella brillante oportunidad de venganza.  

—¿Te animas a un poco de paseo fantasmal? —me susurró, mientras Peter y el decano se dirigían a otra parte del edificio.  

Le pedí detalles.  

—Es la ocasión de nuestra vida, si tenemos el valor —declaró—. Esta noche volvamos a entrar en el edificio, trepemos a un par de losas en la morgue y cubrámonos con sábanas. Nos veremos lo bastante como cadáveres para engañar a Peter si se asoma. Luego, cuando se acueste y todo esté bien solitario, podemos cobrar vida con unos gemidos suaves, ponerlo nervioso y después hacer un pequeño baile de fantasmas para su beneficio. Cuando lo tengamos muerto de miedo, nos quitamos las sábanas y nos reímos de él. La historia se difundirá rápido, y el pobre Peter no volverá a molestarnos a los novatos.  

Yo podía olfatear problemas en aquel plan disparatado, y apresuradamente empecé a poner objeciones.  

—Peter sabe que ahora no hay cuerpos allí —dije.  

—No importa —replicó Chic—, escuché al decano decirle que quizá llegaran un par hoy mismo. De hecho, sé que habrá uno seguro. Hoy murió un interno del hospital gubernamental para locos, un pobre desgraciado tan violento que tenían que mantenerlo encerrado todo el tiempo. No tenía amigos, así que el cuerpo vendrá aquí y el enterrador ya ha ido por él.  

Yo seguía sin estar convencido, pero no tenía excusas plausibles. Me palpé el ojo, aún dolorido por el golpe de Peter, y asentí al loco plan.  

Chic tenía razón respecto al cadáver. El coche del enterrador se detuvo frente al colegio justo cuando nosotros nos marchábamos. Éramos los últimos estudiantes en salir, y el decano era la única otra persona presente.  

Nos pidió ayuda para llevar el cuerpo a la morgue, y lo depositamos sobre una fría losa de mármol. Peter llegó de cenar, dispuesto a comenzar su primera noche allí, justo cuando el decano y nosotros nos retirábamos.  

Fiel a mi promesa, me encontré con Chic cerca del colegio hacia las diez de la noche y nos preparamos para ejecutar nuestro plan. Mi valor ya comenzaba a desvanecerse. Una de esas lunas amarillentas y apagadas era la única luz que caía sobre el lúgubre edificio, y cada crujido de una hoja o cada guijarro removido me hacía estremecer hasta la médula. Pero no podía echarme atrás.  

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Silenciosamente, forzamos una de las ventanas del sótano que estaba flojamente asegurada. Luego subimos por unas escaleras oscuras y atravesamos las aulas, donde imaginé que los esqueletos se destacaban como manchas blancas en la penumbra.  

Llegamos a la sala de la morgue y tanteamos nuestro camino hacia dentro. Estuve a punto de gritar cuando mi mano rozó de pronto al maníaco muerto, pero logré recobrarme. Chic palpó en los rincones hasta encontrar dos inmensas sábanas blancas.  

Nos encaramamos en losas contiguas, nos tendimos de espaldas y tiramos las coberturas sobre nosotros. Conseguí mantener levantada una pequeña esquina, de modo que tuve una visión parcial de la sala mientras mis ojos se acostumbraban a la oscuridad.  

El silencio se volvió intenso. Oímos el largo y lúgubre silbido de una locomotora de carga. Me estremecí involuntariamente y pensé en el verdadero cadáver a pocos pies de distancia.  

Unos pasos resonaron en el edificio. Peter estaba haciendo una ronda de inspección antes de retirarse. Encendió las luces de la morgue y lanzó un leve silbido de sorpresa al ver las tres figuras inmóviles y blancas tendidas allí.  

Luego volvió a silbar, un poco temblorosamente. Evidentemente no se sentía tan valiente como cuando aceptó el puesto. Se dirigió a su pequeño cuarto, pero pronto regresó.  

En la mano llevaba un pequeño rollo de cuerda, aparentemente un tendedero. Lo desenrolló y, con gran cautela, se acercó a la losa en la que yo yacía.  

Sentí un ligero golpe cuando un extremo de la cuerda cayó sobre mí. Peter no iba a correr riesgos con fantasmas de medianoche. ¡Iba a atarnos firmemente a las losas!  

Silbando para mantener el ánimo, prosiguió con su tarea. En pocos minutos estaba firmemente atado. No habría podido moverme aunque lo intentara.  

Después cortó el resto de la cuerda y procedió a amarrar a Chic de la misma manera. Tuvo que forcejear para lograr que los dos extremos se encontraran.  

No quedó nada para el verdadero cadáver y, aunque buscó con diligencia en todas partes de la sala, no pudo encontrar más.  

Nos examinó a los dos, sujetos firmemente a las losas, y evidentemente se sintió tranquilizado. Decidió arriesgarse a que el tercer cuerpo permaneciera quieto y se retiró a su cuarto, cerrando la puerta y dejándonos solos en la tétrica morgue iluminada por la luna.  

¡Cómo maldije a Chic mientras yacía allí, incapaz de moverme, escuchando la respiración cada vez más profunda de Peter al caer en un sueño pesado! ¿Y si nos dejaba atados hasta que llegaran los profesores por la mañana? ¡Qué escándalo habría!  

Estos y otros pensamientos desagradables que corrían por mi mente se vieron súbitamente interrumpidos por un leve sonido que me heló de pies a cabeza. Horrorizado, miré a través de la pequeña rendija de mi cobertura. No podía creer lo que veían mis ojos.  

¡El cadáver del maníaco se había movido!  

Se oyó un leve crujido en el sudario que lo cubría, y el cuerpo volvió a moverse apenas perceptiblemente. Quise gritar de terror, pero estaba paralizado. El sudario se agitó de nuevo, esta vez de manera más evidente. El cuero cabelludo se me tensó y sentí la piel erizarse por todo el cuerpo.  

Entonces, con un movimiento repentino, el maníaco se incorporó de golpe y arrojó el sudario lejos de sí.  

Vestía únicamente una larga bata de hospital. Su cabello ralo se erizaba en mechones enmarañados, y sus ojos brillaban como los de un gato en una habitación oscura.  

Lentamente examinó su alrededor, y luego estalló en la risa más horrenda que jamás haya escuchado. Sus grandes dientes amarillos parecían los colmillos de un animal salvaje. Pude imaginar cómo desgarraban mi carne.  

El eco de su espantosa carcajada apenas se había apagado cuando Peter irrumpió desde su cuarto, vestido con ropa de dormir. Sus rodillas casi cedieron al contemplar la escena terrible. El horror se reflejaba en cada línea de su cuerpo, y yo sentí un inexplicable impulso de reír. Pero con un supremo esfuerzo logré contener aquella histeria.  

Con toda calma, el loco bajó las piernas de la losa y se sentó en el borde, clavando su mirada terrible en el pobre Peter. Soltó una risita.  

Peter comenzó a retroceder hacia su cuarto. En un instante, el maníaco se abalanzó sobre él.  

Entonces comenzó una persecución frenética por la sala, de la cual solo podía captar fugaces destellos cuando pasaban junto a mi losa. Una vez, el maníaco apoyó sus manos huesudas sobre mi cuerpo mientras se preparaba para un nuevo embate contra Peter, cuyo jadeo podía escuchar cerca.  

Atados de pies y manos, Chic y yo éramos incapaces de movernos, incluso si el terror no nos hubiera paralizado.  

Incansable, astuto, el maníaco perseguía a su presa. Peter esquivaba y se retorcía presa del pánico. El sudor le corría por el rostro. Pero sus esfuerzos eran inútiles. Finalmente quedó acorralado en un rincón, donde una puerta conducía directamente a una escalera en el pasillo.  

Paso a paso, el loco se acercaba, con sus largos dedos extendidos como garras, y de sus labios brotaba una risa baja y jubilosa. Peter retrocedía desesperadamente, como si esperara atravesar la gran puerta de roble. Los dedos del maníaco estaban ya casi en su garganta, cuando la puerta se abrió de repente y Peter cayó fuera de la sala, su cuerpo golpeando y retumbando en las escaleras.  

Sobrecogido por la súbita desaparición de su víctima, el maníaco se detuvo un instante. La puerta se cerró automáticamente de nuevo, esta vez con firmeza. Al parecer, antes no había quedado bien cerrada. La criatura enloquecida se lanzó contra ella. Lo rechazó. Chilló y la arañó, pero en vano, y finalmente se volvió.  

Sus ojos, ahora más desquiciados que nunca, recorrieron la sala. Se posaron sobre nuestras figuras atadas. Rápidamente se acercó hasta donde yo yacía. La cuerda lo desconcertó, y permaneció quieto un momento.  

De pronto la agarró y la rompió como si fuera hilo. Estaba libre, pero no me moví. Esperé a que me atrapara, pero sus pasos se alejaron. Estaba junto a Chic ahora. Oí cómo se partía la cuerda que lo sujetaba.  

Desesperado, rodé fuera de la losa y me levanté temblando. El ruido atrajo al ser enloquecido. Se volvió y me enfrentó.  

Sus facciones se deformaron en una sonrisa horrible. Sus dientes afilados y crueles rechinaban como si aguardaran un festín sangriento. Se lanzó sobre mí, saltando la losa en la que había estado tendido de un solo brinco.  

Yo estaba demasiado débil para esquivar, pero intenté aferrarme a él con firmeza, como había visto hacer a boxeadores tambaleantes que buscaban ganar tiempo. Estaba en sus brazos. Sus ojos ardían a menos de un pie de los míos. Espuma salpicaba su boca. Su peso me aplastaba. Se volvía más y más pesado.  

Entonces mis nervios, sobreexcitados, cedieron, y caí en la inconsciencia.  

Cuando desperté estaba afuera, en el aire fresco de la noche. Chic me bañaba la frente con agua lodosa de un charco junto al camino. El maníaco se había desplomado en el mismo instante que yo. Aturdido, Chic lo había vuelto a colocar sobre la losa y me había arrastrado fuera del edificio.  

Al pobre Peter lo olvidamos, hasta que fue hallado a la mañana siguiente, demacrado, con el cabello blanco y sin poder pronunciar una palabra inteligible.  

Una imaginación demasiado vívida, llevada al frenesí por el entorno siniestro, fue la manera en que los médicos diagnosticaron su extraño caso. Chic y yo estábamos demasiado aturdidos para desmentir la teoría.  

En cuanto al maníaco, en verdad había muerto, tras aquel breve lapso de animación suspendida y resurrección momentánea. Lo sé porque su enjuto esqueleto fue una de las principales decoraciones en nuestro baile de graduación.  

Pero, aun con esa certeza, a veces despierto en la noche empapado en sudor frío, y tanteo el mango del revólver bajo mi almohada.  

✠═════ FIN ═════✠

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"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."


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