LA SIRENA - WEIRD TALES (1923)
LA SIRENA
Un relato “diferente”
Por TARLETON COLLIER
Título original: THE SIREN
Weird Tales | Volumen 1 | Número 4 | ABRIL 1923
Pp. 106-107
❖ ❖ ❖
Con un brusco sobresalto, Joe Wilson, que yacía en un catre dentro de la pequeña tienda, se incorporó sobre el codo en actitud de escucha atenta. No había otro sonido que el zumbido de una brisa somnolienta entre los pinos, el contralto aún más adormecido de un ruiseñor burlón, y el murmullo subyacente del agua que corría.
—¡Es ella! —susurró. Con esfuerzo se sentó erguido y volvió a repetirse: —¡Es ella!
De pronto se oyó el crujir de voces afuera, el golpe sordo de pasos. Joe se dejó caer de nuevo en el catre y cerró los ojos con furiosa energía justo cuando la solapa de la tienda se levantaba y el ingeniero y el médico asomaban dentro.
—Está dormido —dijo el ingeniero en voz baja.
—Hm —respondió el médico. Era un hombrecillo enjuto, con gafas. Luego dejó caer la solapa, y su voz llegó a Joe con brusquedad a través de la lona: —Bien, volveremos. Quiero hablar con él. Probablemente no está muy enfermo, pero… ¡Por Dios, hombre, tienes que mantener a tus hombres alejados del agua de aquí, o nunca terminarás tu ferrocarril!
Mientras hablaba se alejaban, y para Joe la voz pareció desvanecerse.
—Te digo… contaminada… fiebre…
Después se perdieron, tragados por el murmullo del arroyo que corría sobre las rocas. Con un sobresalto, Joe volvió a erguirse, los ojos furtivos, recorriendo la pequeña cámara de lona. Se acercó de puntillas a la solapa y la levantó apenas un centímetro, espiando las figuras que se alejaban bajo un roble de agua.
Con igual cautela se deslizó hacia el otro extremo de la tienda y salió al aire libre. Por un momento permaneció irresoluto, los ojos cerrados, como si estuviera mareado.
—¡Aléjate del agua, necio! —susurró.
Ya no había otro sonido de vida en el bosque; la brisa había cesado y el ruiseñor estaba en silencio. Sólo el parloteo de un arroyo cercano sobre su lecho pedregoso…
Con una zancada nerviosa y tambaleante, casi una carrera, Joe Wilson se dirigió hacia el sonido del agua, y finalmente se abrió paso entre un espeso grupo de sauces, quedando rígido, medio agazapado, en lo alto de una orilla cubierta de musgo verde y húmedo que descendía abruptamente hacia un arroyo con pozas como pozos negros, quietos y silenciosos. Sólo los bajíos plateados entre las pozas se agitaban con vida.
Al pie de la orilla había una repisa de roca, manchada de verde por el musgo, que se adentraba en el arroyo apenas un centímetro sobre el agua. La mirada de Joe se posó en ella, como si una fuerza ajena lo retuviera. Retrocedió entre los sauces; sus ojos hundidos se cerraron en su rostro pálido; luego, con un salto repentino, se lanzó sobre la orilla y quedó encaramado en la roca.
Algo parecido a una sonrisa iluminó su rostro, como si con aquel salto hubiera resuelto un asunto molesto. Se sentó lo más fácil y cómodamente que pudo, las piernas dobladas, las manos entrelazadas sobre las rodillas; y miró fijamente la poza negra a sus pies.
Y entonces, entre el cerrar y abrir de sus ojos, allí estaba la mujer donde él la había esperado.
No hubo sensación de súbita aparición; sólo que, cuando cerró los ojos contra un mareo, estaba el agua y nada más; cuando los abrió, un instante después, ella estaba de pie en medio de la poza, casi al alcance de su mano. Y era como si hubiera estado allí todo el tiempo.
El agua le llegaba apenas por encima de los tobillos. Sus piernas estaban desnudas hasta las rodillas, vestidas más arriba, y su cuerpo también, con una prenda blanca, suave y ceñida, que parecía parte de ella; el cuello y los brazos, desnudos. Su rostro estaba vivo con una sonrisa agradable; sus ojos, mezcla de verde y gris, también vivos y agradables.
—Llegas tarde —dijo ella. Había algo del brillante murmullo del arroyo en su voz. Joe Wilson sólo pudo sonreír en respuesta; luego su sonrisa se desvaneció y su rostro se tornó desdeñoso y algo obstinado.
—Sí —dijo—, y estuve a punto de no venir. Juré que no vendría.
—Pero viniste —dijo ella, aún sonriendo.
—Sólo para decirte que esta es la última vez.
Su sonrisa, más alegre ahora, iba acompañada de un sonido que bien podía ser el borboteo de un pequeño remolino en los rápidos, o quizá una nota baja de risa.
—Entonces no lo decías en serio, que me amas —lo reprendió, acercándose. No fue un paso lo que la movió, ni esfuerzo perceptible alguno. El espacio entre ellos, de pronto, se redujo, nada más.
Joe había perdido su aire descuidado y su postura. Estaba de rodillas, con furia en sus palabras.
—¿Que no lo decía en serio? No puedes decir eso. Me he vuelto menos que un hombre, tanto te amo. Me traes aquí cada día para hacer de mí lo que quieras, y moriría si no viniera, tanto te amo. Por ti he roto mi palabra con mis amigos allá en el campamento. Y no sé quién eres ni qué eres.
De nuevo aquel sonido suave que podía ser un súbito giro del agua, o su risa. Entonces ella estaba más cerca, y sus ojos agradables se clavaron en los suyos, con burla en ellos.
—¿No sabes quién soy? —preguntó suavemente—. Y sin embargo soy tuya.
Las líneas obstinadas del rostro de Joe se desvanecieron. Un rápido latido de sangre ahogó en un nudo la palabra que iba a pronunciar, y extendió los brazos. Ella estaba, de pronto, fuera de su alcance.
—Tuya —repitió, y esta vez no cabía duda de que reía.
Los ojos de Joe estaban hambrientos. Se inclinó hacia adelante sobre sus brazos tensos, y la miró como un perro nostálgico.
—No sé quién eres —susurró—. No sé quién eres.
—Soy quien tú quieras que sea —dijo ella.
—Te llamaré Sadie —dijo él.
—¿Sadie? —Sus párpados descendieron, velando sus ojos, pero su estrecho destello seguía vivamente alerta.
—Sí, hay una muchacha…
Entre dos palabras ella estaba ya muy cerca, frente a él, al borde de la roca.
—Soy tuya —dijo con voz baja y feroz—. ¿Qué te importa ninguna muchacha? Soy toda mujer, y me tienes. ¿Qué te importa el mundo? Me tienes a mí.
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Sintió su aliento en el rostro. Había en él calor y fragancia. Su blancura era más hermosa que la de las flores de cornejo que caían en la penumbra bajo una ráfaga repentina; y un mareo lo golpeó, de modo que los árboles nadaron ante sus ojos.
—Te tengo —repitió con voz espesa, poniéndose de pie.
—¿Y la muchacha… Sadie? —preguntó ella.
—Tú eres Sadie. Sólo tú. Lo he olvidado… —Extendió los brazos, pero ella estaba otra vez fuera de su alcance, con los ojos misteriosos.
Con los brazos extendidos, le rogó que volviera.
—Te amo —dijo.
Durante un instante entero lo miró con gravedad. Luego: —Ya veremos —dijo, hundiendo las manos en el arroyo. Al levantarse, sus manos estaban ahuecadas y rebosantes de agua. Se movió hacia él, sonriendo.
El terror se acumuló en el rostro pálido de Joe.
—Bebe —lo tentó.
Él susurró “No”, y la negativa pareció fortalecerlo, pues cuando ella repitió “Bebe”, él lo gritó: —¡No!
Ella dejó caer las manos, y el agua volvió a salpicar en el arroyo; y, aún sonriendo, se acercó hasta quedar junto a él sobre la roca, sus pies húmedos brillando como plata sobre la superficie pardoverdosa. Sus ojos atraparon la mirada amplia y asustada de Joe.
—¿Por qué? —le preguntó, tan cerca que él percibía el calor y la fragancia de su cuerpo.
Él le respondió con firmeza:
—No lo haré, por eso. No debo. Te lo he dicho cada día que he venido aquí, y sin embargo siempre he bebido de esta agua. Me ha hecho menos que un hombre. Me ha hecho romper mi palabra y mis propias reglas.
Una vez más sus ojos fueron graves. —¿No debes? —preguntó. Su voz podía haber sido la de los bajíos murmurantes. No había escapatoria de su mirada, y ante ella los ojos de Joe vacilaron y se desviaron. Sus hombros se hundieron.
—¿No lo harás? —prosiguió la voz murmurante—. ¿Ni por mí, y dices que me amas? Es tan poco lo que pido.
Había dolor en su voz cuando exclamó: —No… ¡Sadie! He prometido… la regla…
Fue ella quien ahora inclinó la figura, y su rostro se tornó triste. —Pero ya has roto las reglas antes por mí —murmuró.
—Hoy vine para decir que no lo haría más.
—Pero es tan poco lo que pido. Y yo… soy… tuya.
Él suplicó: —¡No!
Con súbita entrega, ella se arrojó contra él, y por primera vez sus brazos se cerraron en torno a ella. Ella cedió a su abrazo feroz, la cabeza contra su pecho.
—No me amas —susurró.
—¡Sadie…! —Sus brazos se apretaron con su grito, y una niebla roja lo cegó al sentir su cuerpo cálido y vital más cerca de él.
Ella levantó el rostro y lo miró.
—¿Lo harás? —preguntó, sonriendo.
—No —dijo él, casi con un gemido.
Ella lo besó. —Beber, sólo beber —dijo suavemente—. Es tan poco. Te he dado a mí misma… ¿no es eso algo?
Con un brazo se aferraba a él tan fuerte como él la sostenía; el otro brazo estaba libre, y con su mano acariciaba su rostro. Sus besos ardían en sus labios. Sus ojos estaban cerrados, y se balanceaba con un mareo más poderoso que cualquiera que hubiera conocido.
—Sólo beber —dijo ella—. ¿No me quieres, y yo me he entregado a ti? ¿Qué son esos hombres del campamento para ti, ellos y sus reglas? No beberás… y sin embargo yo te doy… esto…
Sus labios se encontraron en una eternidad de dar y recibir.
—No —dijo él otra vez, pero su voz tembló y se quebró, con el claro mensaje de rendición.
Con un pequeño grito, ella se arrodilló al borde de la poza, sus brazos aún alrededor de él de modo que se vio obligado a arrodillarse con ella. Hundió las manos en el agua, y las levantó hacia él con su carga de plata.
Con un sonido ansioso, casi un gemido, él bebió el agua fresca; y al hacerlo la niebla roja ante sus ojos se espesó, y sus oídos rugieron con el trueno de la sangre dentro. Beber se convirtió entonces en su pasión, y él mismo ahuecó las manos, las llenó de agua y bebió.
Por un momento la niebla se aclaró y el rugido cesó, y vio que estaba solo sobre la roca.
—¡Sadie! —llamó.
El sonido de respuesta pudo haber sido sólo el parloteo del arroyo, o quizá una risa baja.
El pensamiento le vino de que tal vez ella había huido a la orilla, y con esfuerzo prodigioso trepó la pequeña pendiente. Ella no estaba allí. Apartó la suave cortina ondulante de los sauces, y aunque las frondas eran tan ligeras que un ave podría haber volado a través de ellas, jadeó por el esfuerzo que le costó.
Tambaleándose hacia la luz del sol más allá del borde de los árboles, descubrió que tampoco estaba allí. Intentó correr, pero sólo tropezaba, levantándose penosamente para seguir tambaleante. Entonces la niebla de su delirio lo envolvió, y la sangre golpeó en sus tímpanos y un tumulto surgió de la tierra y del cielo para abrumarlo.
❖
El médico y el ingeniero, que iban de pesca, tropezaron con su cuerpo desplomado una hora más tarde. El primero, un hombrecillo enjuto y con gafas, se inclinó sobre él y lo examinó con ojos que parecían verlo todo. Estudió el pulso del joven, le aflojó la camisa, miró fijamente las pupilas de sus ojos. Al fin se volvió hacia el otro, frunciendo el ceño, y dijo:
—Fiebre, y quizá esa maldita tifoidea. Es el hombre más enfermo que he visto jamás.
Entonces su voz se elevó con un destello de furia:
—Dime, ¿no puedes mantener a estos necios alejados de esta agua? —preguntó—. Hay muerte en ella.
✠═════ FIN ═════✠
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"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."



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