LA FUGA - WEIRD TALES (1923)

 

LA FUGA

por: HELEN ROWE HENZE

Título original: THE ESCAPE

Weird Tales | Volumen 1 | Número 4 | ABRIL 1923

Pp. 104-105 a 114

❖ ❖ ❖

—¿Está usted seguro?

El doctor asintió brevemente.

—Muy seguro, ¡y cuanto antes, mejor!

Donaldson apretó el respaldo de la silla junto a él hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

—No hay nada que temer —dijo el doctor con un matiz de desprecio—. La apendicitis es algo bastante común. Operamos de ello hasta cien veces al año en el hospital.

Donaldson se levantó lentamente.

—Se lo haré saber en algún momento —dijo, mirando vagamente a su alrededor.

—Está bien. Pero le aconsejo que lo haga pronto.

Donaldson se arrastró hacia la puerta.

—Se lo haré saber —murmuró, y salió.

Descendió a la calle. Era un hombre de estatura media y más bien delgado. Vestía con decoro, con ropas de algunos años atrás, pero aún buenas. Se percibía que las cuidaba con esmero, con un cuidado tímido. Sus ojos azules vagaban en momentos extraños de un objeto a otro, y sus labios delgados intentaban mantener una línea firme, pero se doblaban débilmente si, por casualidad, lo olvidaba. Entonces los tensaba de nuevo, tirando de ellos con fuerza, tratando de parecer casual, indiferente. Pero su paso caía en su habitual inseguridad breve, sus hombros se hundían un poco, sus ojos comenzaban su furtivo vagar, toda su figura expresando un deseo de ocupar el menor espacio posible, como si su alma y su cuerpo se comprimieran con el anhelo de ser inadvertido.

Al salir del consultorio, sus ojos pálidos se desviaron hacia la multitud que se movía en la calle. ¿Por qué no podía haber sido otro? Allí estaban todos, tan alegres, tan inconscientes de él y de la sombra que lo envolvía. ¡Inconscientes! Esa era la palabra que había aterrorizado su mente durante diez largos años. Y eso era lo que significaba la anestesia: ¡inconsciencia!

Donaldson se abrió paso y dobló hacia una pequeña calle lateral hasta llegar a su casa. Entró con su llave. El desnudo vestíbulo resonó lúgubremente bajo sus pasos. La habitación desangelada y sombría le dio solo una fría bienvenida. Cuando la señora Saunders había llevado la casa, era más alegre. No había esa quietud mortecina al entrar. Eso había sido hacía varios años, y desde entonces su miedo había crecido con el tiempo, como una gran bestia famélica royendo en la oscuridad. Era un miedo astuto, receloso, que huía de la compañía. Había vivido diez años completamente solo, salvo por la señora Saunders, la ama de llaves, pero finalmente incluso su presencia se volvió demasiado, y la había despedido.

Comenzó torpemente a preparar la cena. Había algo de jamón, queso, medio pan y unas pocas papas que peló junto al fregadero. También había un pequeño pastel que uno de los vecinos le había enviado hacía unos días. Gente bondadosa, incapaz de comprender la vida solitaria de Donaldson, que se apiadaba de él y de vez en cuando le mandaba algún dulce o jalea para alegrar sus comidas.

Una vez, cuando estuvo enfermo de un resfriado, el marido le trajo medio vaso de whisky, pero Donaldson se estremeció y levantó los brazos como para rechazarlo, gritando:  

—¡Nada de eso! ¡Váyase! ¡Déjeme solo!

Y el vecino se retiró, atribuyendo aquella extraña conducta a la enfermedad. Pero no, el miedo de Donaldson al whisky era casi igual al miedo bestial que acechaba sus pasos o se agazapaba en las sombras delante de él.

Desde aquella terrible e inolvidable noche en que lo había bebido por primera y última vez, había sentido un terror salvaje hacia él. Incluso la visión del licor le evocaba con más fuerza el rostro blanco y tenso de su esposa al caer al suelo, y la marca roja del guardafuego en su sien. Recordaba cómo se había marchado y había traído a Jack Dingler unas horas más tarde, y juntos la habían encontrado. Los vecinos habían sido tan compasivos en su desgracia. Incluso los mismos que le habían llevado el whisky y se habían marchado diciendo con tristeza:  

—Pobre señor Donaldson. Nunca ha vuelto a ser el mismo desde que asesinaron a su mujer. Parece que se le trastornó la mente.

Tenían razón. Su mente estaba trastornada. John Donaldson sabía lo que era tener miedo. Durante diez terribles años, el miedo había merodeado tras él. Su compostura y su confianza se habían desvanecido. Se había convertido en un cobarde con el temor constante de que, de algún modo, por alguna palabra o acción, revelara su secreto. Se mantenía siempre alerta. El miedo, la fuerza que lo impulsaba y no le permitía dormir. Siempre mantenía la puerta atrancada por la noche, y la habitación contigua vacía, por miedo a hablar en sueños.

Ese era su mayor pavor: que alguna vez, en estado inconsciente, hablara. Aprendió a tomar las mayores precauciones respecto a su seguridad personal. Nunca emprendía viajes largos, ni corría riesgos innecesarios. Y ahora… ¡apendicitis!

UNA NOCHE, una semana después, Donaldson despertó sobresaltado, el cuerpo empapado en sudor. Había estado soñando un sueño terrible. Le parecía ver el rostro blanco de su esposa con la marca roja en la sien; solo que estaba de pie, mirándolo con una expresión desconocida y macabra en los ojos, y detrás de ella, asomándose sobre su hombro, aparecía un rostro de sátiro, largo y amarillento.

Entonces aquella figura se adelantaba hacia él, sosteniendo cadenas en las manos. ¡Cadenas para él, Donaldson! Ya había tenido sueños semejantes antes, variando a veces en los detalles, pero siempre con la misma terrible insinuación. Y siempre despertaba como ahora, húmedo y frío, con el mismo miedo monstruoso aferrándolo, punzándolo como mil agujas, encogiéndole la carne, paralizándolo con un extraño y siniestro estremecimiento.

Se preguntó si habría hablado en sueños. Por supuesto, no había nadie que pudiera oírlo, pero aun así lo pensó. Era algo que nunca podría saber, una incertidumbre horrible y amenazante que pendía sobre él, que siempre pendería sobre él.

¡Y esas cadenas! Tenía la visión mental de sí mismo en las canteras de piedra penitenciarias, encadenado a una bola de hierro.

Miró su reloj. Era más tarde de lo que había creído: las seis. Se levantó de la cama y se vistió rápidamente. Sabía por experiencia cuál era el único modo de disipar el efecto entumecedor de sus sueños: la acción física, caminar y caminar hasta agotarse. Entonces su mente se liberaría de aquel terror nervioso y enloquecido, y recaería en el miedo constante y obstinado del que no conocía respiro.

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Abrió la puerta y salió a la calle. El sol de la mañana comenzaba a iluminar el gris patio desierto. Alguien, al otro lado, cerró una ventana. Donaldson se irguió, apretando los labios. Incluso tan temprano podían verlo. Debía parecer casual, como un hombre ocioso que sale a dar un paseo matinal.

Pero era un esfuerzo, pues un miedo irracional lo poseía. Quería correr. Algo detrás de él parecía apremiar sus pasos. Le parecía que sus pies iban realmente más rápido que el resto de su cuerpo, como si obedecieran la voluntad de aquello que lo seguía, mientras él mismo avanzaba solo con un andar moderado.

Tenía la sensación de estar dividido en dos entidades. Una era John Donaldson tal como lo veía el mundo: un hombre delgado, discreto, caminando algo tímidamente por la calle; y la otra era el cobarde, el ser aterrorizado, huyendo de la cosa que lo perseguía; alerta, astuto para burlar a su perseguidor. Una vez, por un impulso irresistible, se desvió hacia un callejón. Luego, súbitamente avergonzado y consciente, salió de nuevo, caminando con audacia, los ojos fijos en un caballo que pasaba, tratando de parecer despreocupado.

Hacia el mediodía regresó y, recordando que no había desayunado y que no había nada en casa para comer, se detuvo en la tienda de abarrotes de la esquina. El tendero estaba atendiendo a otro cliente cuando Donaldson entró, pero levantó la vista y asintió.

—En un minuto estoy con usted, señor Donaldson. —Y luego:— ¿Pero qué le pasa? ¿Está enfermo?

Donaldson se había sentado de golpe sobre un barril de harina, sujetándose el costado, el rostro vuelto gris de dolor. El tendero corrió a traerle un vaso de agua.

—¡Tome, mejor beba esto! ¿Qué le ocurre? ¿Puedo ayudarle?

Pero Donaldson solo sacudió la cabeza sobre las rodillas, incapaz de hablar. Lo llevaron a casa poco después, cuando el dolor se hubo aliviado un poco, y enviaron a un médico a verlo. Donaldson no quería médico, pero el tendero se había asustado con su rostro pálido y no atendió a sus protestas.

El veredicto fue lo que Donaldson había anticipado: apendicitis y la necesidad de una operación inmediata. Lo oyó, tendido en la cama, de labios de un médico desconocido, con la sensación, a pesar del dolor en el costado, de que debía ser otro hombre el condenado. ¡Él no podía aceptar esa anestesia! El dolor podía matarlo; entonces que lo matara. Sería mejor que aquellas horribles cadenas. Porque sabía que, una vez inconsciente, la verdad saldría, que todo el veneno que lo había enloquecido durante años fluiría de sus labios en una confesión, una vez bajo anestesia. ¿Cuántas veces lo había relatado ya en la quietud de la noche? ¿Qué de su secreto no podían contar las paredes de su habitación? Debían haberlo oído una y otra vez.

El médico repitió su dictamen y Donaldson asintió.

—Sí —dijo mecánicamente. Debía apaciguar a ese hombre, no fuera que una negativa lo volviera demasiado insistente. Cuando el médico se marchara, estaría a salvo otra vez. Se repondría. Todos sufrían esos ataques; no significaban nada.

—Volveré a verlo esta noche —dijo el médico al disponerse a salir.

—No —respondió Donaldson—, no venga. Estaré bien.

—Vendré —contestó el médico, y se fue.

De pronto una gran fatiga se apoderó del enfermo, un sueño abrumador, un deseo de dormir, una de esas fuerzas primarias, insistentes, irresistibles que no admiten negación.

Cuando despertó estaba completamente oscuro. No sabía la hora. Las luces brillaban en las casas de enfrente. El tic-tac del reloj era el único ruido. La oscuridad de la habitación parecía palpable, como si flotara sobre él y a su alrededor, respirando. Entonces el reloj dio las ocho. Donaldson recordó. El médico iba a regresar. Podía llegar en cualquier momento. ¡Solo que no debía! Se oyeron pasos en la acera. Era él, ¡y la puerta estaba sin llave!

Donaldson se levantó y se dirigió hacia ella. Había olvidado su costado. Solo era consciente de una dificultad para moverse, como en una pesadilla, como si pesas arrastraran sus pies. El médico estaba en el porche. Donaldson forcejeó. ¿Qué retenía sus pies?

—¡No entre! —jadeó—. ¡Estoy bien!

Entonces vino el dolor, como una repentina hoja de cuchillo, atravesándolo. Gritó, un alarido terrible, incontrolable, y se desplomó hacia adelante.

Había un olor extraño, desconocido, y quietud. No la quietud vacía de su propia casa, sino la quietud de seres humanos y movimientos apagados.

La náusea lo dominaba. Abrió los ojos un instante y luego los cerró. Estaba en una habitación de paredes blancas, oscurecida. Contra la persiana corrida sentía el sol golpeando. Un rayo se filtraba entre la cortina y el marco de la ventana y alcanzaba la pared opuesta. Era pleno día. De pronto, rápido y claro como una flecha liberada de la cuerda tensa de un arco, la mente de Donaldson saltó a la conciencia.

Estaba en un hospital, y todo había terminado: la operación. Era el anestésico lo que lo había mareado. ¿Qué había dicho? ¿Se había delatado? Sin embargo, allí estaba, acostado tranquilamente en aquella habitación. De todos modos, no podían llevárselo mientras estuviera enfermo.

Estaban esperando… esperando a que se repusiera para ponerle las cadenas. Lo sabía. Por eso estaban tan callados, para no despertar sus sospechas. Preguntaría a la enfermera. Ella podía decirle si había hablado.

Pero la enfermera no estaba. No sabía que él estaba despierto. Bien, esperaría y le preguntaría. Tal vez no había hablado. No siempre ocurría. El sol se filtraba contra la persiana. Luz, esperanza. ¡Podría ser que volviera a verla, libre! Que caminara por las calles a la luz del día.

La puerta se abrió y la enfermera entró. Se acercó a su cama. Él le sonreiría con facilidad, con indiferencia. Ella pensaría que su pregunta era casual.

—Enfermera —empezó. Su voz sonaba lejana, más débil de lo que debía.

La enfermera sonrió.  

—¿Cómo está mi paciente? ¿Se siente mejor?

—Enfermera —se esforzó valientemente por hacer su voz fuerte, casual. Incluso sonrió débilmente—. ¿Dije… eh… algo bajo el éter?

—No, ni una palabra. Ahora descanse tranquilo y volveré dentro de un rato. —Y salió.

Donaldson suspiró. Seguía a salvo. Ella se lo había dicho. No engañaría a un enfermo. Y sin embargo… ¿no lo haría? Recordaba haber leído en alguna parte que siempre se decía a los pacientes que no habían hablado, para evitar que el conocimiento los excitara y obstaculizara su recuperación.

Por eso lo había dicho. Querían que se recuperara, para poder ponerle las cadenas. ¿No había vacilado un poco antes de responder? Le había parecido que lo miraba con cierta sospecha. Ahora estaba seguro. Y por eso mismo. No querían que supiera que ellos sabían. Querían asegurarse de atraparlo.

En ese momento los pensamientos de Donaldson fueron interrumpidos por un ruido en la calle. Algún vehículo resonando sobre el pavimento y el sonido de una campana. La puerta estaba entreabierta. Dos enfermeras pasaban por el pasillo, y el oído tenso de Donaldson captó sus voces:

—¿Qué es todo ese ruido? —preguntó una.

—No lo sé —respondió la otra—. Parece una patrulla de policía.

-105-

¡Venían por él! ¿Qué debía hacer? Arrojó las ropas de la cama. Su mente trabajaba como un relámpago. Nunca lo atraparían. Se deslizó al suelo. No supo cómo llegó hasta la puerta. El miedo da fuerzas. La cerró y volvió tambaleante por la habitación, cayendo a medias contra la cama.

Sabía lo que iba a hacer. Con febril prisa levantó las ropas desde el pie de la cama. La sábana, eso era lo que quería. Rasgó el dobladillo unos centímetros, doblándolo hacia atrás para alcanzar el borde crudo de la tela. Luego arrancó una tira a lo largo de toda la sábana. Rió excitado. ¡Nunca lo atraparían!

Para entonces, el corte en su costado se había abierto de nuevo, pero no lo notó. No sabía nada salvo su único propósito enloquecido. Sus sentidos parecían haberlo abandonado. Era como si estuviera en un sueño. Sentía que su mente se mantenía aparte, dirigiendo a su cuerpo a hacer aquellas cosas, y que estaba obligando a una mitad insensata e inanimada de sí mismo a ejecutar ciertos movimientos prescritos.

Ató un extremo de la tira a uno de los barrotes de hierro de la cama, luego subió y se tendió. Pasó el otro extremo de la tira alrededor de su cuello. La cabecera de la cama estaba enmarcada entre los postes con volutas de hierro blanco. Levantó las rodillas y empujó con los pies hasta que su cabeza pasó por una de esas aberturas, colgando en el espacio entre la cama y la esquina de la habitación. Su cuello quedaba ahora en línea recta entre los barrotes, doblado hacia atrás, y al respirar emitía por los labios pequeños ruidos roncos que parecían escapar protestando de su garganta tensa. Sabía que no podría estrangularse hasta morir, pues en cuanto llegara la inconsciencia, aflojaría la presión. ¡Si pudiera atar el otro extremo! Eso sería seguro.

La sangre le subió a la cabeza. Tiró del nudo con fuerza, muy apretado, y jadeó. Se sintió como si se ahogara. Las sienes le latían, y los oídos golpeaban como si las olas retumbaran dentro de su cráneo, ora rugiendo, ora cantando con un extraño zumbido sobrenatural. Relajó la mano, y el lazo se aflojó.

¡Ah! No era tan malo, pero la sangre retrocedió de su cerebro, y las olas giraron a su alrededor haciéndolo terriblemente mareado. Se sintió como un pequeño bergantín, sacudido en el valle de un mar tempestuoso, golpeado, aturdido, apático.

Se recobró un poco. ¡La policía! ¡Debían estar subiendo! Las olas lo llamaban. Su oleaje inquieto martillaba su cerebro, embotando su sensibilidad. Había paz bajo esas olas. ¡Paz inmutable!

Pero debía apresurarse. Una nube se alzó ante sus ojos, gris y tentadora. Parecía olvidar. ¿Qué iba a hacer? ¿Dónde estaba esa paz? Paz, algo que no había conocido en eones, eones dolorosos, interminables. ¿Dónde estaba? ¡Ah, sí! Bajo las olas, esas olas agitadas, inquietas, insistentes.

—Ya voy —murmuró con voz espesa. La lengua parecía hinchada. Había prisa. Se sacudió para despejar la mente en el esfuerzo final. Entonces apretó el lazo con todas sus fuerzas y lo ató rápidamente al poste derecho de la cama.

Las olas parecían abrirse y él descendía. Vio una luz opalescente, tenue, bajo él. Había algo precioso allí abajo. Era la paz.

—¡Ya voy! —murmuró, forcejeando, los brazos extendidos hacia ella—. ¡Ya voy!

✠═════ FIN ═════✠

-114-

"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."

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