EL SAPO - WEIRD TALES (1924)
NOTAS DEL BAUL
Publicado en Weird Tales en 1924, "El sapo" es uno de esos relatos extraños que comienzan como una historia de crimen y terminan transformándose en una auténtica pesadilla sobrenatural. Desde sus primeras líneas, Donovan G. Fitzpatrick construye una relación marcada por un desequilibrio de poder absoluto: un sirviente humillado que obedece cada orden de su amo mientras alimenta en secreto un odio tan profundo que termina convirtiéndose en obsesión homicida.
Sin embargo, el verdadero corazón de la historia no se encuentra en el asesino ni en su víctima, sino en Bismarck, el enorme y repulsivo sapo que da título al relato. Lo que en un principio parece un simple elemento grotesco pronto revela una dimensión inesperada. A pesar de su aspecto monstruoso, Bismarck posee una nobleza silenciosa que contrasta con la mezquindad humana que lo rodea. Los ojos del animal, descritos como llenos de amor y comprensión, anticipan que detrás de esa apariencia de pesadilla habita algo profundamente espiritual.
La relación entre el anciano y su sapo podría parecer absurda sobre el papel, pero Fitzpatrick consigue que resulte sincera. El afecto del amo hacia Bismarck es absoluto, y la lealtad del animal hacia su compañero termina convirtiéndose en el motor de toda la narración. Tras el crimen, el relato abandona gradualmente el terreno del misterio para convertirse en una tragedia de fidelidad, donde un ser aparentemente insignificante dedica los últimos años de su existencia a buscar justicia para su amigo asesinado.
Por ello, Bismarck emerge como una especie de héroe trágico. En un universo literario donde los monstruos suelen ser amenazas, aquí el monstruo es la única criatura inocente. El verdadero horror no proviene del sapo, sino de la corrupción moral del narrador. La criatura soporta el paso de los años, el abandono y el deterioro físico impulsada únicamente por una misión: revelar la verdad. Su acto final convierte el desenlace en uno de los momentos más extraños y memorables de la primera época de Weird Tales.
El cuento también recuerda a los relatos de culpa de Edgar Allan Poe, especialmente por su protagonista, convencido durante años de haber cometido el crimen perfecto. Como ocurre en los mejores cuentos de conciencia culpable, el asesino termina siendo derrotado no por la policía ni por las pruebas materiales, sino por algo mucho más inquietante: una verdad que se niega a permanecer enterrada.
Una historia de poder singular que lo mantiene a uno hechizado hasta la última palabra
EL SAPO
Weird Tales | Volumen 3 | Número 3 | Marzo 1924
Pp.51-53 a 82
══════════════ ✧✧✧ ══════════════
Trabajé para él, fui su lacayo, me incliné y me encogí ante cada una de sus órdenes; ¡y sin embargo cuánto lo odiaba! Conocía bien las pasiones que combatían en mi corazón, y sentía el dolor que revelaba cuán profundamente arraigadas estaban. Odiaba a mi amo. Pero había algo más que multiplicaba mi odio por diez; no sabía por qué lo odiaba.
Al principio parecía haber un choque entre nuestros espíritus tutelares, un combate mudo, una lucha de alma contra alma, una brusca derrota, ¡victoria!... y su alma vencía siempre. Y yo retrocedía furtivamente, confundido por la derrota, herido por su fácil seguridad, doblegado por su voluntad dominante. Entonces mi rencor ardía con más fuerza. Porque aquel sujeto obtuso, aunque yo temblara de rabia, ni siquiera percibía mi odio constante. Reía con alegre abandono, sus labios arrullando un zumbido dichoso; retozaba a mi alrededor y me daba palmaditas bajo la barbilla, ¡justamente cuando yo ardía por dentro y era consumido por el odio!
Mientras lo adulaba, sonreía y danzaba obedeciendo sus órdenes, lo asesinaba en mi imaginación.
—¡Tráeme mis lentes, Gastón!
—Enseguida, señor —respondía yo, mientras mentalmente lo empujaba por un precipicio.
—Gastón —decía un poco después—, se me ha soltado el cordón del zapato. Átalo.
—¡Por supuesto, señor! —replicaba, mientras enterraba mis dientes en su pierna.
—¡Anúdame la corbata, Gastón!
—Sí, señor —decía yo, mientras lo estrangulaba hasta matarlo.
Mediante tales distracciones, pues eran algo serio, mortalmente serio para mí, lograba hacer tolerable mi temprana servidumbre. Pero llegó un momento en que mi mente, por estimulada que estuviera, ya no podía idear nuevos métodos para provocar la caída de mi amo.
Entonces me vi presa de una desesperación absoluta.
Mi amo no amaba a hombre, mujer ni niño alguno. Pero todo el amor que había en él estaba consagrado a su sapo. Era un sapo enorme, más corpulento que un ave de corral y mucho más feo que cualquier otro ejemplar de aquella fea raza. Largos pliegues de piel enfermiza colgaban de su cuerpo rechoncho. Y sobre aquella superficie malsana se alzaban toda suerte de colinas, valles y volcanes, retorcidos y deformados como si una mano diabólica los hubiera modelado. Delgadas corrientes de baba recorrían su cuerpo. Envenenaba el aire con su sola presencia.
Pero aquella perfección de la fealdad estaba empañada por los ojos. Eran maravillosas joyas de luz, inflamadas de amor y comprensión; buscaban el reino del espíritu, clamaban por Dios y por la eternidad. Así, mientras su repulsiva apariencia me hacía aborrecer al sapo, aquellos ojos me llenaban de miedo; un miedo que penetraba hasta mis entrañas y perseguía mis sueños. Odiaba a mi amo; temía al sapo.
-51-
Para mi amo, sin embargo, el sapo era cuanto había de querido en el mundo. Una simple mirada a la criatura hacía que el color acudiera a sus mejillas. Durante horas enteras contemplaba al sapo, tan absorto y apasionado como cualquier galán que mira a los ojos de su amada. Porque el sapo era su vida. En tres ocasiones el viejo estuvo al borde de la muerte. En sus agonizantes plegarias llamó al sapo y, cuando se lo llevaron, ¡he aquí!, como en los milagros de antaño, su fuerza vital regresó a él.
Durante todo el día el sapo era su guardaespaldas; resultaba ser un elixir cuya sola presencia fortalecía su existencia. Cuando se alejaba de su vista, el hombre caía en un tormento indescriptible; se estremecía, temblaba y jadeaba como un pez moribundo. Sólo el pronto regreso del sapo podía devolverle la calma. Durante horas enteras aquel hombre se comunicaba con el sapo, con la voz rebosante de reverencia y los ojos encendidos de afecto. Le daba palmaditas en su cabeza nudosa, acariciaba su lomo córneo y lo mecía en un delirante frenesí de amor. Mientras tanto, el sapo, en una grotesca imitación de un gato, rondaba a su alrededor, restregando su viscosidad sobre la ropa de su amo.
Mi amo encontraba un placer casi sacrílego en el cuidado del sapo. Había dispuesto una trampa para atrapar moscas y se las ofrecía una por una, relamiéndose de satisfacción mientras la criatura se atiborraba. Cada día el sapo recibía un baño. Y su devoto dueño rociaba aquel repugnante cuerpo con perfume. Delicadas balanzas registraban diariamente el estado de salud del sapo, mientras un médico especializado en el tratamiento de sapos permanecía a la espera de la llamada del amo.
Bismarck, pues así había llamado aquel hombre a su mascota, gozaba de plena libertad por toda la casa. En los días frescos y húmedos avanzaba pesadamente por las habitaciones, siguiendo los talones de su amo o acuclillándose junto a su sillón. Cuando el clima se volvía cálido y pegajoso, se retiraba a un rincón oscuro de la cocina y se introducía en una palangana llena de agua, su piscina particular. Cuando llovía, se posaba en el alféizar de la ventana, escuchando con adormecida felicidad el repiqueteo de las gotas de lluvia.
Si Bismarck era el personaje privilegiado de la casa, también era, sin duda, el señor de todo lo que había debajo de ella. Un pasadizo embaldosado, construido para el sapo, conducía al sótano. Allí reinaban constantemente la humedad, el ambiente pegajoso y el olor a moho. El suelo estaba cubierto por una capa de cieno negro. Rodeando el lugar había ladrillos desmoronados manchados de musgo amarillo. El tiempo y los elementos habían modelado allí un pequeño valle enfermizo. Existía una pendiente excavada que descendía hacia un rincón, hacia el cual corría una red de pequeños arroyos fangosos. Y, oculta bajo los muros salientes, en un diminuto rincón de oscuridad, se abría una cavidad semejante a una cueva.
En aquella hondonada desembocaban los pequeños riachuelos. Ese hueco oculto, imperceptible incluso para los ojos más agudos a plena luz del día, era la única manifestación exterior de una falla en el terreno. Invierno tras invierno, grandes inundaciones irrumpían en el sótano. Y cada vez aquella cavidad subterránea engullía el torrente. Así, el sótano permanecía felizmente drenado en todas las estaciones. Pero la caverna cumplía además otra función: era el hogar privado del sapo. Allí Bismarck pasaba las noches en paz. Su voz rara vez se oía y, cuando lo hacía, estaba llena de una perezosa satisfacción. Así, año tras año, el sapo habitó en el sótano.
A pesar de la calma que parecía reinar en la casa, yo sentía una profunda desconfianza subyacente. Día tras día me volvía más nervioso y suspicaz. La íntima compañía entre el sapo y mi amo me convertía en un extraño. Llegué a convencerme de que conspiraban contra mí.
Una noche, mientras meditaba sombríamente sobre estas cuestiones, abstraído en mis pensamientos más oscuros, pisé de lleno al sapo. La criatura lanzó un chillido capaz de helar la sangre y retrocedí tambaleándome hasta apoyarme contra la pared, mientras un terror innombrable se apoderaba de mí. Mi amo se incorporó al instante y, de un solo salto, se lanzó sobre mí. Su pesado bastón me golpeó sin piedad, repiqueteando sobre mis huesos.
Entonces recuperé el dominio de mis sentidos.
Con un solo movimiento le arranqué el bastón de las manos.
Y lo apaleé hasta matarlo.
❖
Consumado el asesinato, me esforcé por encontrar un medio seguro de deshacerme del cadáver. Inmediatamente pensé en la cueva del sótano. Parecía haberse formado providencialmente para servir a mis propósitos. Ni una sola partícula de tierra se desprendió cuando deslicé el cuerpo corto y delgado por la pequeña abertura. Poco después resonó un golpe sordo: el cadáver había caído en el abismo que se extendía más abajo.
Localicé algo de arcilla a no mucha distancia de la casa y, con gran rapidez, reparé la brecha en la pared. Trabajé con tal pericia que ni la inspección más minuciosa habría revelado el engaño. Era primavera, las lluvias habían terminado y los días veraniegos endurecerían la nueva pared hasta volverla tan sólida como la antigua. Me sentí seguro.
Entonces fui en busca de la criatura que había causado todos mis problemas, decidido a matarla en cuanto la encontrara. Pero, al contemplar al sapo, me sorprendió el cambio que se había operado en mis sentimientos. Sentí algo parecido a la compasión al observar su cuerpo maltrecho. Luego, mientras continuaba mirándolo, mi antiguo temor al sapo volvió a apoderarse de mí. Abandoné el lugar y desde entonces evité su presencia.
Tras dejar transcurrir un tiempo prudente, informé a la policía de la desaparición de mi amo.
Respondieron de inmediato y, tal como había previsto, llevaron a cabo una inspección exhaustiva y rigurosa del sótano. Mi corazón se hundió una y otra vez cuando las afiladas hachas de los investigadores golpearon a escasos centímetros de la pared falsa. Pero también reí para mis adentros. Mi escondite resistió la prueba y, finalmente, los hombres, agotados, abandonaron la búsqueda.
Entonces su atención se dirigió al sapo. Bismarck había seguido toda la investigación con vivo interés. Mostraba una expresión melancólica, mientras una fiebre salvaje ardía en sus ojos. Permanecía apostado en el rincón fatídico, trepaba una y otra vez sobre la pared falsa e incluso apartaba con sus patas pequeñas migajas de tierra de la arcilla recién colocada. Y mediante insistentes cloqueos guturales, mediante los más inoportunos contorsionismos y por todos los medios de comunicación salvo el habla misma, parecía intentar revelar un terrible secreto.
Los investigadores se divirtieron con las extravagancias del sapo; se reunieron en el rincón y lo observaron con gran interés. Lo apartaban de la pared falsa y reían al ver que regresaba invariablemente a ella. Finalmente, Bismarck desistió y, con aire abatido, se volvió para mirar fijamente a los investigadores.
—¿Saben? —comentó uno de ellos—. Creo que ese sapo intenta decirnos algo.
—Tal vez —respondió otro— esté tratando de decirnos dónde se encuentra el hombre desaparecido.
Estuve a punto de desmayarme. Una confesión de culpabilidad acudió a mis labios y me volví dispuesto a implorar misericordia. Pero acto seguido rompí a reír. Los investigadores simplemente estaban bromeando acerca del sapo y burlándose de quienes habían hecho aquellos comentarios.
Poco después, los investigadores se marcharon.
❖
Los años volaron, y mi secreto continuó oculto. Me volví feliz y despreocupado. El asesinato parecía ya un sueño remoto; en ocasiones llegaba incluso a persuadirme de que aquellos sombríos recuerdos no habían sido sino el fruto de una fantasía enferma. Los investigadores volvieron una y otra vez, siempre sin resultado alguno. Convencido de mi seguridad, los recibía con sincera hospitalidad; les narraba largamente la extraordinaria amistad que unía al hombre y al sapo, y les informaba con absoluta franqueza que siempre había odiado a mi amo.
Desde una perspectiva terrenal, tenía motivos para estar satisfecho. Mi amo no dejó herederos y me legó toda su fortuna. Como albacea, únicamente se me impuso una obligación: velar fielmente por el bienestar del sapo. Ésa era la única cláusula del testamento. Me congratulaba por el crimen que me había elevado de sirviente a amo... de sirviente a amo. Repetía aquellas palabras con deleite y soltaba pequeñas carcajadas al pensar que las autoridades seguían completamente ajenas a la verdad.
-52-
Con toda seguridad tomé cuantas precauciones fueron necesarias para mantener intacto mi escondite.
Las lluvias invernales, con su incesante afluencia de agua al sótano, amenazaban con derribar la pared falsa. ¿Qué ocurriría si los investigadores se presentaban justo cuando torrentes de agua arremolinada caían en la sima? Un descubrimiento así sellaría mi destino. Actué sin demora.
Cada noche, durante muchos meses, añadí un cubo de arcilla, y nada más, al terreno situado bajo los escalones del sótano. Alrededor de la casa planté vegetación de raíces profundas, tan espesa como podía crecer. Así logré contener a mi enemigo: la lluvia.
Durante aquellos años de tranquilidad encontré gran diversión en mis relaciones con el sapo. Había perdido el temor que antaño me inspiraba; ahora me movía a la burla. A menudo pasaba una velada en compañía de Bismarck. Lo colocaba sobre una silla y, sentándome frente a él, sostenía irónicas conversaciones. Le agradecía efusivamente haber sido la causa de mi buena fortuna. Me enjugaba lágrimas imaginarias mientras relataba, en tono burlón, las virtudes de mi difunto amo. Le preguntaba confidencialmente a Bismarck si no creía que había hecho un trabajo admirable al deshacerme del viejo. Después le decía cuánto lo apreciaba e intentaba estrecharle la mano.
Las reacciones del sapo ante aquel tratamiento eran trágicamente cómicas. Su inteligencia, que parecía proyectarse más allá de los límites de su especie, daba la impresión de comprender el significado de mis palabras. Temblaba y se estremecía y, si mis ojos no me engañaban, llegaba incluso a encogerse al oír mencionar mi crimen. Y, aunque entonces apenas le prestaba atención, manifestaba hacia mí un odio profundo.
Bismarck había cambiado visiblemente desde la muerte de su amo. Comía poco; durante un largo período después del asesinato prácticamente se había dejado morir de hambre. Era ahora una masa enfermiza de pliegues y arrugas. La luz se extinguió en sus ojos, que adquirieron una dureza acerada. Había perdido toda la vivacidad que alguna vez poseyó. En ocasiones creí que estaba muerto cuando yacía rígido sobre el suelo, permitiendo que las hormigas recorrieran libremente su cuerpo. Sin embargo, y esto me intrigaba y perturbaba extrañamente, parecía aferrarse a la vida, desafiando a la muerte, como si lo impulsara un propósito decidido.
Por fin el sapo se alejó arrastrándose y no regresó más.
Una inmensa sensación de alivio se apoderó de mí. Había desaparecido aquella fea sombra de mi amo; había desaparecido el testigo y el perpetuo recordatorio de mi crimen. Satisfecho por ello, me apresuré a borrar toda asociación con aquel acto.
Quemé el bastón, aquel símbolo del asesinato.
El sillón del muerto y su retrato, que aún parecía mirarme con severidad desde la pared, fueron entregados a las llamas. Hice llamar a unos albañiles y transformé el escenario del crimen en un armario; un armario en el que procuraba no entrar jamás. Suelos nuevos, muebles nuevos, decoración nueva y papel tapiz nuevo dieron al interior un aspecto renovado y agradable. Capas de pintura brillante en las paredes exteriores y en el techo proclamaban que el pasado muerto de la casa había quedado sepultado.
Así desaparecieron de la vista, y así desaparecieron también de mi memoria, las reliquias de unos días menos felices.
Llegué incluso a razonar, con una lógica que consideraba impecable, que el asesinato, desde un punto de vista práctico, jamás había ocurrido.
❖
Pasaron todavía más años, ligeros y veloces, y yo prosperé y engordé con la fortuna. El mundo me miraba con benevolencia, y yo le devolvía una sonrisa igualmente benévola. Había olvidado por completo el pasado; contemplaba el porvenir con agradable expectación. Pronto, si todo marchaba bien, sería felizmente casado.
Entonces estallaron las lluvias.
Impulsado por truenos y relámpagos, un cataclismo inmenso, terrible en su poder, golpeó, sacudió y estremeció la tierra. Lagos enteros se extendieron sobre el paisaje. Y, aún insatisfecha, la tormenta continuó; durante días, semanas, meses, el interminable diluvio siguió cayendo. Finalmente, con una malicia diabólica, enormes corrientes de agua invadieron mi sótano. En un abrir y cerrar de ojos derribaron la pared falsa y se precipitaron hacia la sima.
Me helé de angustia.
¡Aquel secreto que había resistido el paso de los años acababa por fin de quedar expuesto!
¡Ah!, pero ¿acaso la desaparición no había sido olvidada mucho tiempo atrás? Hacía años que los investigadores habían abandonado la búsqueda y me habían confesado que ya no albergaban esperanza alguna de resolver el misterio. Su reaparición parecía, por tanto, improbable. Así pues, me serené y resolví que, una vez pasada la inundación, llenaría la cavidad con arcilla. Después, ni el propio diablo podría revelar mi secreto.
Mis reflexiones se vieron interrumpidas por el repique del teléfono.
¡Era una llamada de la policía! ¡Venían de inmediato!
Me golpeé la cabeza en un acceso de desesperación. ¿Qué destino era aquél, que los hubiera mantenido alejados durante años para lanzarlos sobre mí precisamente en el instante exacto en que mi secreto quedaba al descubierto? Bajé tambaleándome al sótano y, sumido en una especie de trance, observé el agua impetuosa mientras caía en la sima.
De pronto, el agua dejó de descender y comenzó a represarse junto a la pared. Rápidamente, una lámina de agua fue ocultando la pared falsa.
Entonces caí de rodillas y di gracias a Dios.
¡La sima se había llenado! ¡El agua cubría la pared falsa!
¡Mi secreto seguía desafiando el descubrimiento!
Con renovada ligereza regresé a la casa, me acomodé en un sillón y resolví recibir a la policía con la mayor indiferencia posible.
Alegres y bulliciosos, como una partida de excursionistas, irrumpieron en la casa.
—¡Adivine para qué hemos venido! —exclamó uno de los investigadores, dándome una amistosa palmada en la espalda.
Percibí la ironía en su voz.
—Pu-pues... —balbuceé—. Han venido a buscar al hombre desaparecido. ¡Por supuesto! ¡Por supuesto! Adelante, caballeros. Y si yo...
El hombre me dirigió una mirada penetrante.
—¿Cómo sabe usted que está muerto?
Me desplomé interiormente. Por fortuna, el terror me dejó mudo y permanecí en silencio.
—No —continuó con juguetona solemnidad—. Nuestras obligaciones oficiales no tienen nada que ver con esta visita. Hemos venido por una cuestión puramente social. Hemos venido a ver a Bismarck. ¡Bismarck, el extraordinario sapo! ¿Dónde está?
—¿Bismarck? —repetí—. Sí... sí. Debí haberlo imaginado. Tiene usted razón, señor. Es un sapo extraordinario... un sapo de gran inteligencia, señor. ¿Les he contado alguna vez...?
—Pero —insistió suavemente el investigador—, ¿dónde está?
—Ah, señor —respondí—, el sapo quedó desolado tras la desaparición de su amo. Se volvió débil y enfermizo y, un día, se alejó arrastrándose y nunca regresó. Sin duda alguna, el sapo ha muerto.
En ese instante surgió desde abajo un lamento salvaje y espantoso.
Era como si las penas acumuladas de la tierra y del infierno brotaran de una garganta monstruosa.
Y llamaba...
Llamaba...
Corrimos escaleras abajo.
Nos detuvimos en seco.
Ellos jadearon de asombro; yo jadeé de comprensión y de un profundo horror.
¡La mitad del sótano se había derrumbado!
¡Agua todavía espumosa llenaba la espantosa sima!
De pronto, la superficie del agua se agitó inquieta y se cubrió de burbujas.
Entonces, desde aquellas profundidades, emergió un cráneo humano.
Volvió hacia nosotros su rostro burlón y nos observó desde las vacías cuencas de sus ojos. Lentamente, después, la mandíbula del cráneo se abrió paso entre el agua y la calavera avanzó trabajosamente hacia la orilla. Tocó tierra. Se esforzó con todas sus fuerzas por salir del agua. Se alzó, tembló y se sacudió al borde de la sima.
Luego, con un suspiro y una salpicadura, cayó de nuevo al fondo.
Incansable, resuelto con frialdad a encontrar un punto de desembarco, el cráneo siguió navegando de un lado a otro. Una y otra vez, en distintos lugares, se lanzó hacia tierra firme; una y otra vez, con monótona insistencia, volvió a precipitarse hacia atrás, al interior de la fosa.
Por último, el cráneo se retiró a la orilla opuesta y, cobrando velocidad, atravesó el agua.
Con un salto superó la sima y cayó pesadamente sobre el suelo.
El cráneo logró estabilizarse, arrastró tras de sí los huesos que golpeaban sordamente el piso y se detuvo a mis pies.
Levantó su rostro chorreante.
Sus ojos vacíos se encontraron con los míos.
Y aquellas horribles mandíbulas se abrieron lentamente, como si estuvieran a punto de hablar.
-53-
Entonces, de debajo del cráneo emergió el sapo con aire resuelto.
Clavó en mí una mirada abrasadora de odio.
Volviéndose hacia los agentes como un fiscal ante un jurado, e inclinando la cabeza en mi dirección, emitió una serie de sonidos extraños; sonidos que, de algún modo, fueron comprendidos con absoluta claridad.
Al terminar, aguardó inmóvil, expectante, como si reclamara una sentencia.
Poco a poco, la comprensión se dibujó en los rostros de los presentes, y el sapo pareció dilatarse de satisfacción.
Entonces, con un último y terrible croar de venganza, se desplomó a mis pies, exánime.
Me volví hacia los policías y vi en sus semblantes una pregunta silenciosa.
—Arrestenmé —dije con voz apagada—. Sí... yo asesiné a mi amo.
✠═════ FIN ═════✠
-82-
"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."




Comentarios
Publicar un comentario