El Amo de los Cuerpos - WEIRD TALES (1923)



 NOTAS DEL BAUL
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El amo de los cuerpos es una de las narraciones más extensas de los primeros números de Weird Tales (1923). Su mezcla de misterio policial y fantasía macabra lo convierte en un relato genuinamente weird: detectives, pistas, asesinatos y, detrás de todo, una conspiración sobrenatural. 

El antagonista es una mente que ha trasmigrado cuerpos desde tiempos tan remotos como el Antiguo Egipto. Su interés en el protagonista surge de la resistencia peculiar que este muestra ante sus poderes. No se trata de un relato de redención, sino de tortura lenta, donde el detective va perdiendo facultades hasta casi extinguirse. 

 Uno de los recursos más logrados es la exploración de recuerdos distorsionados, que muestran cómo la mente del protagonista se va quebrando. Este efecto narrativo transmite la sensación de que el héroe está atrapado en un laberinto psicológico, más que en una investigación racional. 

El monstruo se topa con una parte del protagonista que no logra corromper, y eso conduce al desenlace. Sin embargo, el final es casi abierto: no conocemos el destino del villano, y quizá nunca más se sepa de él. Esta ambigüedad refuerza la atmósfera inquietante del relato, dejando al lector con la sensación de que el mal sigue latente.

La relación con Avis es una oportunidad desaprovechada. Ella queda reducida a un ente pasivo, sin agencia propia, funcionando solo como semblante y objeto del deseo del protagonista. En términos modernos, encarna el tropo de la “mujer en refrigerador”, donde el sufrimiento o la pasividad femenina sirven únicamente para motivar al héroe. Esto debilita la dimensión emocional del relato, pues los deseos de salvarla se tornan impuros y subordinados al tormento del protagonista. 

Para el lector actual, El amo de los cuerpos es fascinante por su mezcla de géneros y su atmósfera opresiva. Al mismo tiempo, resulta problemático por su tratamiento de los personajes femeninos y por la falta de cierre narrativo. Su mayor logro está en mostrar cómo el mal puede erosionar lentamente la mente, más que en ofrecer una resolución clara.

El Amo de los Cuerpos

Por Harold Ward 
Título original: The BODYMASTER
WEIRD TALES VOL.1 NO. 2. ABRIL 1923
Pp.49- 69

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Prólogo

Quizá he estado sufriendo una alucinación. Es posible que, durante los largos meses en que estuve perdido para mi familia y amigos, vagara por el país con el cerebro en fermento, fermento que después desembocó en el ataque de fiebre cerebral del cual acabo de recuperarme.  

Y sin embargo, las larvas de la locura dentro de mi cráneo no pudieron haber creado todo lo que he visto. La prueba de mi sinceridad está en el hecho de que en estas páginas he confesado complicidad en crímenes por los cuales la ley podría colgarme si así lo quisiera. Estoy dispuesto a admitir que, para el hombre de ciencia, mi relato está plagado de errores—errores de interpretación, pero no de hecho—pues soy detective, no científico.  

¿Existió realmente un hombre como *El Amo de los Cuerpos*? ¿O fue sólo el retorcimiento de mi imaginación torturada lo que transformó al doctor Darius Lessman, teólogo y filántropo, en un demonio encarnado? Su guarida ya no existe. Un montón de ruinas carbonizadas ocupa ahora el lugar donde se alzaba. Sus habitantes murieron con ella. El Amo de los Cuerpos ya no está. Pero… ¿está realmente muerto?  

Sólo el tiempo lo dirá. Los archivos del Departamento de Policía de la Ciudad de Nueva York respaldarán mi historia hasta cierto punto. A partir de ahí, el asunto es un enigma para mí. De esto es de lo que el lector debe extraer sus propias deducciones. Yo sólo puedo dar los hechos.  

Capítulo I  

A través del espeso matorral y los árboles que rodeaban el sanatorio privado del doctor Darius Lessman, justo a las afueras de la ciudad de Nueva York, irrumpió un joven, sin saco ni sombrero, con la camisa y los pantalones desgarrados en jirones por las espinas y zarzas.  

Con la sangre corriendo por centenares de arañazos en su rostro y manos, ofrecía un aspecto salvaje, casi inhumano, al lanzarse frente al automóvil que descendía velozmente por el pavimento liso de asfalto.  

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Su rostro estaba demacrado, macilento, contraído; y el cabello níveo, que coronaba su juvenil semblante, aparecía enmarañado y desordenado. Sus ojos salían de las órbitas como los de un maníaco, mientras fulminaba con la mirada a la máquina que se aproximaba.  

La tarde, que ya tocaba a su fin, había sido inusualmente calurosa; la tormenta, suspendida sobre el campo, llenaba el aire de un extraño presentimiento—una sofocante pesadez. El cielo estaba opaco, salvo cuando algún relámpago desgarraba los cielos sombríos. Ni un soplo de viento. Ni el crujir de una hoja. Y, sin embargo, los dientes del hombre en la calzada castañeteaban como castañuelas, y en su frente húmeda el sudor frío del terror se destacaba en gotas.  

El conductor del gran automóvil lo detuvo con un agudo chirrido de frenos. Al captar fugazmente el rostro macabro del hombre frente a él, se echó instintivamente hacia atrás en su asiento.  

—¡Qué demonios! —exclamó.  

El otro saltó hacia el costado de la máquina y forcejeó torpemente—sus dedos temblaban como los de un hombre atacado de parálisis—con el pestillo de la puerta.  

—¡Rápido! —exclamó con voz ronca—. ¡Él… el Amo de los Cuerpos… me persigue! Lléveme a la estación de policía. Debo… ¡Dios mío! ¡Debo contar mi historia antes de que me atrape de nuevo!  

Consiguió abrir la puerta y se desplomó dentro del vehículo. El conductor se volvió hacia él.  

—Está bien, amigo —dijo en el tono apaciguador que se emplea al dirigirse a un lunático—. Lo llevaremos allí en un santiamén. ¿Viene de la gran casa allá arriba? —y señaló con el pulgar en dirección al sanatorio.  

Un estremecimiento involuntario recorrió al joven. Sus ojos se dilataron. Se encogió, alejándose del automovilista.  

—¡Dios mío! ¡No allí! ¡No otra vez! —suplicó—. ¡Por favor, no me lleve de nuevo a esa guarida! Usted cree que estoy loco. Veo que lo cree. Estoy cuerdo—tan cuerdo como usted. Pero el cielo sabe por qué… después del infierno que he atravesado.  

Se volvió hacia el conductor y lo tomó del brazo.  

—¡Déle gas! —exclamó—. ¿No ve que estoy condenado? Pero no… usted no sabe nada del Amo de los Cuerpos ni del extraño dominio que ejerce sobre sus súbditos. ¡Él me persigue—él, el Amo de los Cuerpos! Es para salvar a otros del mismo destino que debo contar lo que sé.  

Con un salto repentino se lanzó hacia adelante, los ojos desorbitados, el cabello revuelto, las manos extendidas, los dedos arañando frenéticamente, todo su cuerpo temblando. Luego cayó al suelo del vehículo como si manos invisibles lo hubieran derribado.  

—¡Él está aquí! ¡El Amo de los Cuerpos está aquí! —chilló—. ¡Conduzca—por el amor de Dios, con…!  

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Las palabras terminaron en un apagado y gutural borboteo mientras se retorcía en el suelo del vehículo, a los pies del otro. El conductor, desconcertado por la extraña escena, metió el embrague, y la máquina se lanzó frenéticamente por el pavimento.  

El joven yacía ahora de espaldas, con las rodillas encogidas, el rostro macabro y contraído, los ojos desorbitados, los dedos arañando como si manos invisibles se cerraran sobre su garganta. Su boca estaba abierta—boqueando mientras luchaba por respirar.  

Con un alarido de terror, el conductor saltó fuera del vehículo. El automóvil se desvió, patinó—y luego descargó su peso contra un árbol cercano.  

Reuniendo valor, el hombre se levantó del borde del camino, donde su caída lo había arrojado entre arbustos y zarzas, y se acercó al destrozo. En el fondo del coche yacía muerto el desconocido.  

¡Y sobre su blanca garganta estaban las negras marcas de unos dedos!  

Capítulo II  

John Duncan fue arrestado, acusado del asesinato del joven desconocido.  

No tenía defensa. Todas las pruebas estaban en su contra. El cuerpo del extraño había sido hallado en su automóvil destrozado. La muerte había sido resultado de estrangulamiento. Las marcas de unos dedos estaban en la garganta del difunto.  

El acusado admitió que el fallecido estaba vivo cuando entró en el vehículo. Y la historia que contó era tan extraña, tan increíble, que incluso su propio abogado se burló de ella. ¿Cómo, entonces, podía un juez creer su relato?  

El doctor Darius Lessman fue llamado a testificar en la audiencia preliminar. Alto, enjuto, de semblante saturnino, con el cabello negro apenas matizado de gris, peinado hacia atrás desde su amplia frente, parecía un estudioso, un hombre de investigación, y como tal impresionó al jurado.  

Con cuidado, minuciosamente, realizó un examen del cuerpo. Según su conocimiento y creencia, declaró, nunca había visto al hombre en vida. Cómo había llegado a vagar por los terrenos del sanatorio Lessman, lo ignoraba. Añadió a la opinión ya favorable que el juez y el jurado habían formado de él al solicitar que se le permitiera pagar los gastos del funeral del desarrapado desconocido.  

Un solo hombre creyó el relato contado por John Duncan. Era Patrick Casey, capitán al mando de la brigada de homicidios del Departamento de Policía Metropolitana.  

El supuesto asesinato había ocurrido fuera de la jurisdicción de Casey; pero el capitán se hallaba presente en la audiencia. Inmediatamente después buscó una entrevista con el acusado.  

Por segunda vez escuchó la historia, interrogó a Duncan con detalle y, al concluir su visita, aconsejó al acusado que contratara la agencia de investigaciones privadas de la cual yo soy jefe. Incluso se interesó hasta el punto de llamarme, contándome lo que había hecho y pidiéndome que tomara el caso como un favor personal hacia él.  

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John Duncan, siendo un hombre acaudalado, aceptó el consejo del policía. Y así me convertí en una figura dentro de lo que me veo obligado a creer fue la serie más extraña de sucesos que jamás haya recaído sobre un mortal.

Confieso que me avergüenza el papel que el destino me forzó a desempeñar. El lector probablemente me tildará de necio o de lunático. Estoy seguro de que no soy un necio. En cuanto a ser un lunático—como he declarado en mi prólogo, no lo sé. Pero me desvío.

Tres días después, armado con cartas de presentación de algunos de los alienistas más célebres de la ciudad, todos avalando mi carácter y capacidad, solicité al doctor Darius Lessman un puesto como asistente.

Obtuve el puesto.

Un lugar extraño, inquietante, espectral: así era el sanatorio del doctor Lessman.

Mi primera visión de él me recordó una descripción que había leído en alguna parte de un castillo en ruinas “de cuyas altas ventanas negras no salía rayo de luz y cuyos baluartes quebrados dibujaban una línea dentada contra el cielo iluminado por la luna”. Había sido construido medio siglo atrás—para un manicomio. Su propietario, mejor médico que hombre de negocios, lo perdió todo antes de concluirlo, y el edificio cayó en grave deterioro cuando Lessman lo adquirió.

Se alzaba en medio de un árido matorral de encinos, cedros y pinos raquíticos. Lessman, evidentemente, había hecho poco por mejorar el lugar o sus alrededores, salvo terminar la parte que había quedado inconclusa por el antiguo dueño; y año tras año se había vuelto más lúgubre y menos habitable. La carretera estatal pasaba a escasa media milla, flanqueada en ambos lados por el bosque raquítico, y un camino de macadam que serpenteaba entre los árboles conducía hasta la casa. La vivienda más cercana estaba a varios kilómetros de distancia.

Cómo un lugar semejante pudo ser aprobado por el estado como hospital para la cura de trastornos nerviosos siempre ha sido para mí un misterio. Sin embargo, la investigación demostró que Lessman tenía licencia estatal, aunque, según mi mejor conocimiento, su institución no tenía pacientes, ni los buscaba. Era un sanatorio sólo de nombre.

<<Debo hacer un paréntesis para declarar que ésta fue la última vez que se me vio hasta mi reaparición meses después, con todas las apariencias de un maniático delirante. Naturalmente, tras varias semanas sin noticias de mí, mi familia y amigos iniciaron una investigación. El doctor Lessman pudo demostrarles que yo nunca había llegado a su propiedad, a pesar de la declaración de Hopkins, el chófer. Éste fue arrestado y probablemente habría sido retenido por mi asesinato de no haber sido por mi oportuna reaparición. Pero de esto hablaré más adelante.>>

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Me acerqué a la gran puerta, tachonada de clavos de hierro y encajada en un umbral de macizo ladrillo y piedra. No había señal de campana, y finalmente me vi obligado a recurrir a mis nudillos para golpear un tamborileo sobre el panel ajado por la intemperie.

Casi había decidido probar suerte en la puerta trasera, cuando escuché la aproximación de un paso pesado. Se oyó el traqueteo de cadenas y el chasquido de enormes cerrojos. Luego una llave giró con chirrido, y la gran puerta se abrió.

Algo me dijo que huyera; pero sacudí aquel sentimiento como indigno de un hombre de mi profesión y me mantuve firme. ¡Si tan sólo hubiera obedecido aquel impulso, sería hoy un hombre más feliz!

El doctor Lessman, vestido con una bata descolorida, el índice entre las páginas del volumen que había estado leyendo, me recibió. Por un instante su mirada recorrió mi figura de pies a cabeza, luego se deslizó más allá de mí como buscando mi medio de llegada. Al parecer satisfecho con su inspección, tomó mis cartas de presentación y las leyó con cuidado, interrogándome sobre varios puntos.

Capítulo III

¿Qué mejor prueba de que no estaba loco durante aquellos meses horribles que el hecho de que, en mis períodos de lucidez, mantuve un diario? Fragmentario aunque sea, mostrando la terrible tensión bajo la cual me hallaba, el instinto de detective debió permanecer siempre en lo más alto.

No recuerdo nada de haberlo escrito. Y, sin embargo, aquí está, en mi propia letra. Evidentemente, mi misión—el hecho de que estaba allí para salvar a un inocente del cadalso—debió de quedar tan profundamente impresa en mi mente subconsciente que, como un hombre que escribe dormido, lo hice sin saberlo, obsesionado con una sola idea: preservar las pruebas que iba acumulando contra Darius Lessman. Por qué no destruyó el diario, lo ignoro. Posiblemente lo tenía demasiado bien oculto. O quizá no lo consideró digno de molestia, creyendo que jamás escaparía.

El Diario

“El desarrapado desconocido tenía razón. Lessman es un Amo de los Cuerpos. Ya me tiene bajo su poder. Mi cuerpo es suyo para hacer con él lo que quiera. Aquellos en cuyas manos caiga esta escritura probablemente pensarán que estoy demente, pues la mente humana se niega a creer aquello que no puede comprender. Y mientras esté bajo su extraño dominio puedo realizar algún acto—cometer alguna acción—que, en circunstancias más felices, me llenaría de repugnancia. No me juzguen con demasiada dureza. Recuerden que la voluntad de Lessman es la que me obliga.”

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Otra entrada en el diario

“Anoche maté a un hombre. De esto estoy casi seguro. Yo, un hombre jurado a vengar el crimen y a perseguir criminales, llevo la marca de Caín en la frente. Mis manos están empapadas de sangre. Debería estar en una celda del corredor de los asesinos, esperando que la ley vengadora me cuelgue, en lugar de respirar el aire de la libertad. Pero ¿soy libre? ¡No! ¡Mil veces no! Soy tan prisionero como lo sería tras las rejas de la jaula de un criminal.

“Como quien contempla una película proyectada en la pantalla plateada, me veo a mí mismo con Meta a mi lado… Cruzamos una calle oscura… Los detalles son fragmentarios—ocasionales. Sé que estamos cerca de una casa. Una ventana está abierta. Entramos. A su orden, me acerco a la caja fuerte empotrada en la pared. Parece abrirse a mi toque… Meta sostiene una linterna… Y, sin embargo, no es Meta. Es otra—una joven de cabellos claros, rostro dulce—pero su voluntad es la voluntad de Meta. La fuerza que la impulsa es la de Meta, así como mi cuerpo es arrastrado por la férrea voluntad del Amo de los Cuerpos…

“Alguien se aproxima. Nos ocultamos tras la cortina. Él entra y enciende la luz. Al ver la caja fuerte abierta, se vuelve. Está a punto de dar la alarma… Hay un cuchillo en mi mano… ¡Lo golpeo! ¡Dios del cielo! ¡Lo he matado!… Tomamos las joyas de la caja fuerte y escapamos…

“Había una mancha de sangre en mi mano cuando desperté esta mañana. ¡Soy un asesino! ¡Oh Dios! Ruego que todo haya sido un sueño. Sin embargo, fue tan realista que me veo obligado a creer que es verdad.

“He descubierto la evidencia que me propuse encontrar. Pero qué precio terrible he pagado por lo que he aprendido. Bajo su voluntad, mi cerebro es un vacío, resonando dentro de su cráneo como una piedra en un cubo de hojalata, funcionando sólo cuando él lo ordena. Pero ¡espera! Esto no puede ser del todo cierto. Debo conservar aún algún poder de razonamiento, de lo contrario no estaría escribiendo estas líneas. ¡Gracias a Dios por ello!

“Y aun mientras escribo sé que el Amo de los Cuerpos planea mi muerte. Tiene en su poder expulsar mi alma de mi cuerpo—usurpar esta morada de barro con su propio cerebro corrompido. Cómo obra sus prodigios lo describiré más adelante, si soy capaz. Me resulta difícil pensar con continuidad.

“El de Lessman es el cerebro más grande, la inteligencia más prodigiosa que el mundo haya conocido. Suya es la sabiduría acumulada de los siglos—desde que Jesús de Nazaret caminó sobre esta tierra no ha habido nadie capaz de realizar las maravillas que él ha llevado a cabo. ¡Piensen en el poder para el bien que podría haber sido!”

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“Debo dar a conocer al mundo su diabólica naturaleza. John Duncan yace pudriéndose en la celda de un criminal, quizá destinado a estirar la cuerda de cáñamo por un crimen que Lessman cometió. Debo salvarlo si puedo. Pero ¿quién me creerá? Jueces sabios y abogados eruditos se burlaron y ridiculizaron lo que Duncan tenía que contar. ¿Qué dirán entonces cuando lean estas líneas? Los veo sonreír con sorna y golpearse la frente abultada en señal de mi locura.

“Meta es el señuelo que utilizó para mantenerme bajo su poder. Mi instinto me dijo que huyera en el instante en que crucé el umbral. ¡Ojalá lo hubiera hecho! Lessman debió leer mis pensamientos, pues pulsó la campanilla que la convocó a su lado.

“Una sola mirada a Meta Vinetta y estaba perdido.

“Lessman me la presentó como su hermana. Ahora sé que ella es más que eso: es su alma gemela, su afinidad. Es su cómplice en todos los planes infernales que incuban en su prodigioso cerebro.

“Juntos pueden gobernar el mundo. Lessman sostiene que el cuerpo es una cáscara, una casa construida sólo para albergar el alma, derivando su poder del espíritu, de la voluntad. Para él no hay crimen en el asesinato, pues su teología afirma que romper el hilo de la vida es simplemente liberar el alma que se eleva hacia los reinos superiores. Suya es la creencia de que la fuerza es la justicia. Necesita los cuerpos de sus víctimas para practicar sus artes diabólicas. Tiene el poder de tomarlos, y lo usa al máximo. Sostiene que el cuerpo no es una prisión, sino un esclavo de la voluntad. En su filosofía, es simplemente una herramienta útil sobre la cual el espíritu posee control absoluto. No es espiritista ni teósofo. Su teoría es única, propia y aislada.

“¡Lessman ha decidido vivir para siempre! De eso estoy seguro. Él y Meta—la mujer que ama.”

Otra entrada en el diario

“Hay otros pobres incautos aquí—al menos una docena de ellos. Algunos son maníacos; y Lessman los retiene, creo yo, con la esperanza de poder curar su terrible mal. Pues, según entiendo, no tiene poder sobre un cerebro enfermo. Sólo aquellos que son normales se someten a sus órdenes.

“Hemos comparado notas. Collins, de Chicago, tiene intervalos de lucidez durante los cuales puede hablar libremente. Él, como yo, era detective. Recuerdo haber leído sobre su extraña desaparición hace más de un año. Estaba en un caso de robo, y ciertas pistas lo condujeron a Nueva York. En lugar de informar a la policía, pensó en llevarse todo el crédito y capturar él mismo a los criminales. Los siguió hasta la casa del doctor Lessman. Él, como yo, cayó víctima de los encantos de Meta. Ahora, por intervalos, es un idiota balbuceante.

“Varios de los pobres desgraciados, me cuenta Collins, fueron colocados aquí por parientes lejanos. Lessman, vestido con el hábito de la santidad, habla de su deseo de curarlos de su trastorno nervioso, y sus parientes, pobres necios, felices de librarse de la pesada carga que llevaban al cuello, entregan a las miserables criaturas en sus manos. Cobra una tarifa baja por su alojamiento y tratamiento médico.

“Para todos y cada uno es conocido como ‘El Amo de los Cuerpos’. Les enseña a llamarlo así. Lo temen como al mismo demonio. Ocasionalmente hablan de una revuelta. Pero cuando él está cerca tiemblan ante su ceño. Su dominio sobre ellos es absoluto—completo.”

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Capítulo IV

Evidentemente transcurrieron varias semanas entre la última entrada del diario y lo que sigue. Esto se deduce del hecho de que se mencionan varios sucesos de los cuales no existe registro. Con toda probabilidad, estuve en un estado semi-sonámbulo durante ese intervalo, como resultado del extraño poder que Lessman ejercía sobre mí.

Durante todo mi cautiverio hubo momentos en que todo era un vacío; en otros, recuerdo, había visiones vagas y nebulosas de cosas en las que me asomaba. Parecían sueños. Y, sin embargo, si eran sueños, ¿de qué estaban hechos? Un sueño debe tener algún fundamento.

Del diario

“Lo imprevisto ha sucedido. Aquello que acabo de presenciar Dios nunca quiso que ojos mortales lo vieran. Al pensarlo, mi cuerpo tiembla y cada nervio se estremece como bajo una descarga eléctrica.

¿Dónde está Lessman? ¿Perecieron el Amo de los Cuerpos y su cómplice femenina en las ruinas de su propio arte diabólico? Eso espero. Es mejor que yo—que todos nosotros—muramos de hambre, encerrados como estamos en esta guarida horrible, antes que otros compartan el destino que se nos ha impuesto.

Anoche estoy casi seguro de que intercambiamos cuerpos—¡el Amo de los Cuerpos y yo!

Al menos, mi conciencia al despertar me dice que así fue. Sin embargo, todo es tan nebuloso que sólo puedo recordar fragmentos de lo ocurrido. Quizá sólo lo soñé. Relato únicamente lo que puedo recordar.

A su orden, me escabullí de mi estrecha celda como un león de circo sarnoso, medio famélico y drogado, que sale de su jaula. Y, como el rey de las bestias, domado en servidumbre para la arena, me arrastré a los pies de mi amo, dispuesto a obedecerle. Tal es el estado al que he llegado. Pues mi cuerpo no me pertenece. Es suyo—suyo para hacer con él lo que quiera. Por más que luche, una fuerza invisible me obliga a cumplir sus mandatos.

Estaban juntos, él y Meta. Por otra puerta entró una joven—hermosa, de cabellos claros. Estoy seguro de que es la mujer que me acompañó en aquella otra ocasión que recuerdo—la noche en que hallé sangre en mi mano y supe que había matado a un hombre. Sueño con ella cada noche. Es una víctima de Meta. Como yo, su mente aún no está en blanco. Entró lentamente, con desgano, como si cada fibra de su cuerpo se rebelara contra el crimen atroz en el que iba a participar, sus grandes ojos azules fijos al frente.

Como una sonámbula, se acercó al lado de Meta. Por un instante se quedaron allí—la joven de cabellos claros y la hermosa mujer de cabellera negra. Las manos de Lessman flotaban sobre ellas.

¡Ella gritó! ¡Dios del cielo, cómo chilló! Entonces el cuerpo de Meta se tambaleó hasta una silla cercana y se dejó caer en sus profundidades.

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“¡Está hecho!

Él, el Amo de los Cuerpos, se volvió hacia mí. Todo mi ser luchaba contra el sacrilegio que se estaba cometiendo. Era como intentar detener la marea que avanzaba. Sentí mi cuerpo en convulsión. Algo parecía desgarrar mis entrañas mismas. Mi mente se tambaleaba. Mi cerebro estaba lleno de fuego. El rostro—el rostro diabólico, infernal, burlón del Amo de los Cuerpos—apareció ante mí. No podía ver nada más. Sus ojos siniestros, relucientes, parecían quemar hasta mi núcleo. Mi cuerpo pareció ser lanzado a través del espacio… Luego vino el olvido.

Debí haber estado inconsciente apenas un instante. Me encontré apoyado contra la mesa, los dedos presionando mi frente dolorida. Aturdido, pasé la mano por mi rostro. Tenía barba. ¡Era el rostro de Lessman, el Amo de los Cuerpos!

La ropa era suya. ¡Habitaba su cuerpo!

Mi mirada sobresaltada recorrió la habitación. A todos los efectos, era yo quien estaba allí, con el brazo alrededor de la cintura de la joven de cabellos dorados.

Sabía que no era yo—que era Lessman, el Amo de los Cuerpos, quien ofrecía sus repugnantes caricias al hermoso rostro alzado hacia él. Sabía que los ricos labios rojos no eran los de la joven cuyo cuerpo esbelto había mancillado. Era Meta—Meta y Lessman, no la muchacha y yo…

Una oleada de furia brotó en mí. Algo se rompió. Por un instante un torrente rojo apareció ante mis ojos. Salté hacia adelante, con la lujuria de matar ardiendo en mi cerebro.

El cuerpo de Lessman estaba nutrido, sus músculos alimentados por la buena vida, mientras el mío estaba medio famélico, mal nutrido, debilitado por la preocupación y la tensión nerviosa.

Era mi propio cuerpo el que castigaba. Sin embargo, el alma que lo habitaba era la de Lessman. Como un hombre ve su rostro en un espejo, así veía yo mi rostro frente a mí. Arrojé mi cuerpo robado al suelo. Gritando de rabia, descargué golpe tras golpe sobre él. Se retorcía de dolor.

Y todo el tiempo, dentro de mí, se libraba una terrible lucha por el dominio. Sentía la voluntad de Lessman ordenándome desistir. Pero el amor de una mujer era más fuerte que su poder. Hundí mis dedos en los ojos relucientes que me miraban, mientras estrangulaba la garganta—mi garganta—que yacía bajo mis manos.

La mujer gritaba. Sabía que era Meta quien me maldecía, quien intentaba arrancarme de mi víctima. Sin embargo, era el cuerpo de la joven innombrada que amaba, su rostro contorsionado en un frenesí de malignidad, quien descargaba golpe tras golpe sobre mi cabeza descubierta…

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Capítulo V

Más del diario

“¡Ella me ama! Hoy nos encontramos por primera vez, libres de las insidiosas cadenas que el Amo de los Cuerpos ha tejido en torno a nosotros. Su nombre es Avis—Avis Rohmer. Me lo ha contado todo.

Quizá sea parte de su plan diabólico permitirnos vernos. Sabe que jamás intentaré escapar mientras no pueda llevarla conmigo. Desde mi rebelión de la otra noche—ignoro cuánto tiempo ha pasado, pues el tiempo no significa nada en un cerebro medio muerto—ha sido más cuidadoso.

Ella, Avis y yo, únicos entre todos los que han caído bajo su poder sobrenatural, conservamos aún nuestras mentes. Los demás son ruinas mentales, sus cráneos meras conchas vacías en las que sus cerebros trastornados chisporrotean y hierven como vino mal fermentado en toneles. Ella me ha suplicado que la proteja. Y yo he jurado sacarla de esta guarida de iniquidad, aunque sólo Dios sabe cómo podré cumplir mi promesa. Pues estoy tan completamente bajo su poder como ella.

La victoria lo vuelve descuidado, mientras que el fracaso lo impulsa a redoblar sus esfuerzos. Por eso este relato aparece fragmentado. Soy como un hombre que duerme el sueño del exhausto, despertando ocasionalmente para alimentarse, y volviendo a caer en la inconsciencia. Lo que él hace durante los intervalos en que yo no soy yo mismo sólo puedo imaginarlo.”

Otra entrada en el diario

“Debo actuar con rapidez si he de salvar a Avis. Ya no me importa mi propio destino—desde que he sentido el amor. Ella es huérfana. Vino aquí desde un estado del oeste, decidida a hacerse un lugar en el escenario. Como miles de otros, descubrió que su talento era mediocre. Buscó ganarse la vida de otras maneras, pero halló que lo único abierto para ella era el camino descendente. Meta—sí, otra vez fue Meta quien sirvió de señuelo—leyó su anuncio. Meta se presentó ante ella como el Buen Samaritano—una mujer rica, refinada, en busca de compañía. La trajo aquí.

Lessman me permite verla cada día ahora. ¿Qué plan diabólico tiene en mente para torturarme con sus sufrimientos?”

Capítulo VI

Ocasionalmente, entre las nubes de la oscuridad, aparece algún incidente que recuerdo con claridad. Por extraño que parezca, no hay registro de esas ocasiones en mi diario. Sólo puedo explicarlo suponiendo que en esos momentos Lessman retiraba su poder sobre mí, mientras que en todas las demás ocasiones yo estaba, como he dicho antes, en un estado semi-sonámbulo.

El diario continúa

“Desperté como quien despierta de una horrible pesadilla. Mi cerebro estaba tan claro como un cristal. Por un instante imaginé que me hallaba en mi propio apartamento—que los sufrimientos que había atravesado no eran más que las invenciones de mi mente.

Una sola mirada a la ventana enrejada me devolvió de golpe a la realidad de mi condición. Pero mi mente era mía. Estaba libre de la cosa espantosa que me había obsesionado.

En la mesa, en un rincón de la habitación, había comida. Comí con avidez. No recuerdo cuánto tiempo había pasado desde la última vez que me alimenté. Terminada mi comida, miré a mi alrededor en busca de algún medio de escape. Una vez que pudiera hallar una salida de aquel lugar maldito—algún arma con la cual defenderme—volvería, liberaría a Avis y huiría.”

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“Debía de ser medianoche. Afuera, la lluvia caía a torrentes. Golpeaba con un ritmo constante contra la ventana. Con cautela, para no ser oído, me acerqué de puntillas a la puerta y probé el picaporte.

¡La puerta estaba sin llave!

Exultante de emoción, miré hacia afuera. No había nadie a la vista. Mi ánimo era extraño, distante, vago—marcado por un algo indescriptible que no podía explicar. Salvo por la única lámpara de queroseno, que ardía débil en su soporte al final del largo pasillo, el lugar estaba en tinieblas.

Quitándome los zapatos, avancé de puntillas por el suelo. La habitación de Avis era la cuarta puerta desde la mía. Eso me había dicho. Al llegar, probé el picaporte. Estaba cerrado. Golpeé suavemente contra el panel. Al no recibir respuesta, llamé más fuerte, sin atreverme a alzar la voz. Al no lograr despertarla, me vi obligado a dejarla por un momento para continuar mi exploración.

En una esquina del pasillo había un gran bastón—evidentemente un cayado que había sido usado por uno de los guardianes en los días en que el lugar servía de manicomio. Con él en la mano me sentí más seguro.

¿Dónde estaba Lessman? ¿Había escapado mientras yo dormía, dejando mi puerta abierta? ¿Había obligado a Avis y a las otras pobres criaturas bajo su mando a acompañarlo? El pensamiento me sobresaltó. Apretando con más firmeza el garrote, tomé la lámpara de su soporte y emprendí una inspección. Todas las puertas que daban al pasillo, salvo la mía, estaban cerradas. El silencio era sepulcral, inquietante.

Al final del largo corredor, una escalera se enroscaba hacia arriba. Al subirla, me encontré en un pasaje largo, similar al que acababa de abandonar. Una o dos de las habitaciones cercanas al extremo estaban abiertas. No había nada en ellas salvo muebles viejos, carcomidos por las polillas y cubiertos de polvo. Todo el piso parecía desierto.

Al continuar, llegué a una puerta que, aunque parecía cerrada, cedía un poco bajo la presión de mi rodilla. Colocando la lámpara en el suelo, apoyé el hombro contra ella y empujé con fuerza constante. Bajo esa presión se abrió con facilidad.

Mis pies en calcetines no hacían ruido, y la facilidad con que logré abrir la puerta mostraba que las bisagras habían sido engrasadas recientemente. Dentro, ardía una lámpara.

Vacilé en el umbral. Entonces mi mirada sobresaltada distinguió una segunda habitación, separada de la primera por cortinas, parcialmente corridas.

A través de mi campo de visión se movió la figura enjuta del Amo de los Cuerpos. Vestía la bata descolorida en la que lo había visto por primera vez, y sostenía una lámpara en la mano. La luz iluminaba su rostro delgado y cruel. Se acercó al lado de la cama y se quedó mirando fijamente a su ocupante.

Algo pareció atraerme más cerca. Sobre la cama yacía un cadáver—un gigante rubio—desnudo hasta la cintura. Mientras Lessman, con su mirada maligna aún fija en la figura colosal, sostenía la lámpara un poco más alto, ¡el muerto se retorció y agitó como si estuviera en agonía!

El Amo de los Cuerpos extendió una mano huesuda. El hombre en la cama se tensó—¡y luego se incorporó de golpe, con los ojos inyectados en sangre, fulgurando!

Involuntariamente di un paso atrás.”

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“¡Dios es mi juez, aquellos ojos eran los de un cadáver—vidriosos, sin ver! Y mientras aún miraba, el cuerpo se deslizó hacia atrás, cesaron los curiosos movimientos convulsivos, y lo que yacía sobre la cama no era más que arcilla insensata.  

Ahora o nunca era el momento de atacar. Apretando con más fuerza mi garrote, lo levanté sobre mi cabeza. La espalda del Amo de los Cuerpos estaba vuelta hacia mí. Lo tenía desprevenido. Estaba a punto de descargar el golpe sobre su cráneo cuando, sin volver la mirada, habló:  

‘¡Siéntate, amigo mío, y arroja tu bastón! No puedes golpear. Tu brazo está paralizado.’  

El bastón cayó de mis dedos. Intenté bajar el brazo para recuperarlo. Imposible. No podía moverme. Mi brazo estaba sostenido en alto como por una mano invisible.  

El Amo de los Cuerpos se volvió hacia mí con una sonrisa.  

‘¡Siéntate!’ ordenó.  

Mi brazo cayó a mi costado. Como un hombre ebrio, me tambaleé hasta una silla.”  

Capítulo VII

“Sentándose frente a mí, Lessman empujó una caja de cigarros sobre la mesa.

‘Tome uno,’ sonrió, escogiendo uno para sí. ‘Está unos sesenta segundos adelantado. Apenas esperaba que fuera tan puntual.’

‘¿Me esperaba?’ exclamé.

Él asintió. ‘Naturalmente,’ respondió. ‘¿De qué otra manera supone que llegó aquí? Seguramente no pensó que cometería un descuido tan grande como dejar su puerta abierta. Lo quería—quería hablar con usted. Mi mente dispuso que viniera, y aquí está.’

Hizo un leve gesto con la mano, como si desechara todo el asunto. Por un segundo reinó el silencio. Luego prosiguió:

‘Nuestro pequeño altercado de la otra noche me enseñó que usted es un hombre de más que ordinaria capacidad mental; de hecho, es el primero que ha desobedecido mis órdenes no pronunciadas. Y, más aún, me mostró que usted es el hombre que he estado buscando todos estos años.’

Sus ojos ardían de entusiasmo mientras continuaba:

‘Hombre,’ prosiguió, ‘mis experimentos han sido un éxito. Es cierto, vidas han sido destruidas. Pero ¿qué es la vida? Su teología hecha por los hombres le enseña que la vida no es más que un lapso de unos pocos años en la eternidad; usted corta el cordón que lo ata a esta tierra, e inmediatamente entra en el paraíso que su Dios ha preparado para usted. ¿Por qué, entonces, prolongar las cosas? Yo, más que ser el monstruo que cree, soy un benefactor de la raza humana. Cada hombre que muere en mis manos antes de su tiempo señalado tiene tanto más tiempo para pasar en el cielo.’”

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“El se recostó en su silla y rió sin alegría por un instante.

‘No estoy aquí para discutir lo correcto o lo incorrecto del asunto,’ continuó. ‘Soy un hombre nacido para gobernar; prefiero ser un gran demonio en el infierno que un pequeño ángel en el cielo—si es que existen tales lugares como el cielo y el infierno, lo cual dudo mucho.

‘Necesito ayuda en mi trabajo—en mis experimentos. Es cierto, tengo a Meta—pero ella no es más que una mujer débil. Necesito otros—hombres a quienes pueda enseñar—hombres en quienes pueda confiar—hombres con voluntad de conquistar. Usted me ha demostrado que es tal hombre. El mundo es suyo—el mundo y todo lo que contiene—si acepta.’

Se detuvo de repente y me miró fijamente a los ojos como si intentara leer mi alma. De hecho, creo que lo hizo, pues respondió a mis pensamientos no pronunciados antes de que yo los expresara:

‘Sí, el diablo llevó a Cristo a la montaña y le ofreció todo,’ exclamó, con los ojos llameantes. ‘Llámeme diablo si quiere—no me importa lo que me llame—le ofrezco lo mismo. Lo dije antes, y lo repito: el mundo es suyo—dinero, poder, placer y——’

Mientras hablaba, como obedeciendo a una señal ensayada, la puerta se abrió. Un vago perfume llegó a mis fosas nasales—un aroma tenue, esquivo—una brisa del Oriente. A través de la abertura entró Meta. Vestía un kimono—una prenda suave, sedosa, con figuras que recordaban al Oriente. Sólo recuerdo que bajo sus pliegues se asomaban unos diminutos pies desnudos, calzados con las más pequeñas sandalias.

Hay silencios más elocuentes que las palabras. Por un instante mis ojos buscaron los suyos—profundos, oscuros, brillantes, resplandecientes como grandes pozas de fuego líquido.

Ella sonrió. Luego, de repente, avanzó hacia mí, con los brazos desnudos—los pliegues del kimono habían caído—extendidos hacia mí, sus ricos labios rojos alzados hacia los míos.

Me puse de pie de un salto. Mi mente se llenó de pensamientos salvajes, insanos. Di medio paso hacia ella. Como un ave asustada, retrocedió velozmente. Luego, como poseída de un abandono frenético, desgarró el cuello de su kimono, revelando a mi mirada atónita un destello de piel blanca y transparente.

Extendiendo un brazo redondeado, apartó la cortina, descubriendo ante mí una habitación opuesta a aquella en la que yacía el cuerpo del hombre salido de la tumba.

¡Dios mío! Acurrucada en un rincón como un animal asustado estaba Avis. Su vestido estaba desgarrado, su cabello dorado enmarañado y desordenado. Se encogía ante la luz como quien teme sus rayos. Sus grandes ojos azules se clavaron en los míos. Estaban abiertos de par en par por el miedo. Sin embargo, sus labios se movieron. Me pareció que intentaban formar algún mensaje—transmitirme algo.

Levantó las manos implorantes. Estaban atadas con cadenas.

Detrás de mí llegó la voz de Lessman:

‘¡Elige!’ ordenó. ‘De un lado riqueza, lujo, poder, mujeres hermosas; del otro—¡esto!

‘¡Elige!’”

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Otro extracto del diario

“Desperté en mi propia cama. Tengo la palabra de Avis sobre lo que ocurrió. Ella dice que, cuando Lessman me hizo su terrible ofrecimiento, permanecí un instante como un hombre demasiado atónito para pronunciar palabra. De repente me volví y lo golpeé directamente en el rostro. Meta gritó. Sin embargo, Lessman simplemente retrocedió un paso y extendió la mano. Yo tenía el brazo preparado para golpearlo de nuevo. Vacilé, me tambaleé un segundo como un hombre ebrio, luego mis rodillas cedieron bajo mí y caí de bruces.

Eso es todo lo que ella sabe. Fue llevada apresuradamente de regreso a su propia habitación por Meta, donde cayó desmayada.”

Capítulo VIII

Un hombre que sufre de amnesia, al volver a la normalidad, no tiene recuerdo alguno de lo ocurrido mientras estuvo en tal condición. Aunque no digo que yo haya estado amnésico en todo el sentido de la palabra, mi estado debió de parecerse en cierto grado a esa extraña dolencia. Puedo afirmar con absoluta certeza que no tengo recuerdo alguno de los sucesos que se describen a continuación. Sin embargo, están escritos en mi propia letra en el diario. Mi idea sobre el asunto es que me hallaba en una especie de sueño crepuscular, por así decirlo—no completamente bajo la influencia de Lessman, aunque sí en parte. Transcribo el contenido de mi diario tal como fue escrito, aventurando la afirmación, sin embargo, de que debió de ser redactado varios días después de los acontecimientos del capítulo anterior:

“Ha ocurrido algo extraño. El Amo de los Cuerpos evidentemente no me guarda rencor, pues anoche Avis y yo cenamos con él. Ordinariamente, somos alimentados como animales, la comida servida por un mulato sordo y mudo que empuja los alimentos a través de las rejas a aquellos que son demasiado peligrosos para ser dejados fuera de sus celdas, mientras que a los que Lessman considera inofensivos se les permite ocasionalmente cenar en una larga mesa desnuda en el pasillo. Allí nos sentamos y devoramos la comida como cerdos, nuestro único pensamiento siendo llenar el estómago rápidamente, no fuera que los demás obtuvieran más de su parte.

Imaginen, entonces, mi sorpresa anoche cuando, una hora antes de la comida, el mulato trajo a mi habitación—pues aún no estoy confinado en una celda, probablemente porque no estoy completamente loco—un traje de etiqueta. Todo estaba allí—incluso hasta los gemelos. Con él venía un equipo de afeitar. Colocando cuidadosamente las cosas sobre mi catre, me entregó una nota. Decía:”

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“‘Olvidemos nuestras penas por esta noche. Cene conmigo. Tengo una sorpresa reservada para usted.

‘Lessman.’

Ya estaba afeitado, limpio y sintiéndome como un hombre nuevo cuando el sirviente mudo vino por mí. Siguiéndolo escaleras abajo, fui conducido al gran salón. Lessman, de etiqueta completa, me tomó de la mano y me saludó cordialmente, mientras que un instante después Meta, verdaderamente regia en un elaborado vestido de escote pronunciado, se presentó ante mí. Pero la verdadera sorpresa llegó un minuto más tarde.

¡Avis fue conducida al salón!

Ataviada con un vestido elegante—qué hombre puede describir con precisión la indumentaria de una mujer—parecía un ángel del cielo. Me pellizqué para comprobar si estaba despierto o soñando. ¿Qué propósito tenía el Amo de los Cuerpos en esta mascarada?

¿Cómo describir la cena que siguió? Durante semanas habíamos subsistido con poco más que pan y sopa. Y ahora nos sentábamos ante un banquete. Lessman era el anfitrión perfecto; Meta, la anfitriona perfecta. Bajo sus hábiles manipulaciones nos olvidamos de nosotros mismos—olvidamos que eran monstruos—recordamos únicamente que éramos invitados de honor. Jamás he conocido un conversador tan encantador como él. El hombre es un verdadero almacén de conocimientos, con la habilidad añadida de transmitirlos a otros. Ha estado en todas partes, ha visto todo.

Es demasiado sutil para mí, pues he caído víctima de sus insidiosas artimañas. Sin embargo, es por otra persona que me he vendido, cuerpo y alma, a este monstruo.

Él sabe que amo a Avis. Cada una de mis miradas lo revela. Y es lo bastante astuto para aprovechar la oportunidad dorada. Esa es la razón de todas estas cortesías, la cena, la ropa, la brillante conversación.

Meta y Avis salieron de la habitación, dejando a Lessman y a mí con nuestros cigarros. Durante semanas había estado sin el consuelo de la nicotina. Bajo la influencia calmante del humo y el encanto de su conversación, me recosté en la silla, en paz con el mundo entero. Lessman percibió mi estado de ánimo. Se volvió hacia mí, sus ojos negros danzando con energía.

‘Usted es el primero que ha logrado combatir mi poder,’ dijo lentamente. ‘Y en lugar de enojarme, lo aprecio más por ello. Lo necesito—lo necesito con urgencia. Sin un hombre de su calibre, mi trabajo—mis experimentos—deben detenerse temporalmente.

‘Usted ama a la joven de cabellos dorados que está allá—y si no me equivoco mucho, ella lo ama a usted. Es suya—suya si acepta mis demandas. De lo contrario——’

Con un gesto, la puerta se abrió. Entró el mulato arrastrando a una mujer—apenas una jovencita. En sus ojos brillaba la luz de la locura. Su cabello estaba enmarañado, sus ropas hechas jirones y cubiertas de inmundicia. Sus dedos, semejantes a garras, se agitaban espasmódicamente mientras balbuceaba sin sentido. Retrocedí de ella horrorizado.”

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“El Amo de los Cuerpos cruzó la habitación y, con un amplio movimiento de su mano, descorrió la cortina. En el rincón más alejado de la sala contigua estaba Avis—una verdadera reina entre las mujeres—conversando con Meta. Retiró la mano y la cortina cayó de nuevo. Retrocedió hasta su silla y volvió a sentarse. El mudo se retiró, arrastrando consigo a la pobre criatura enloquecida.

Por un momento reinó el silencio. Luego Lessman volvió a dirigirse a mí.

‘Dentro de una quincena,’ dijo, ‘ella—la joven que está allí—la joven que amas—será como esa. Conozco los síntomas. Su mente está al borde. Depende de ti decidir si cae en el abismo.

‘Obedece mis órdenes, dame la ayuda que exijo, y la joven que amas permanecerá como ahora—compañera de Meta. Lujo, vestidos, buena comida—todo lo que una mujer desea—será suyo. Rehúsate, y volverá a su celda—al sórdido barro, la suciedad y los parásitos de donde salió la pobre desdichada que acabas de ver.

‘¡Tú y sólo tú puedes salvarla!’

Se detuvo dramáticamente. No había más que una respuesta. ¡Que Dios en el cielo tenga misericordia de mi alma! Me he convertido en socio de Lessman en el crimen—cómplice de esa cosa inmunda, el Amo de los Cuerpos—¡yo, que he jurado llevarlo ante la justicia!

Pero he salvado a Avis.”

Capítulo IX.

Calculo que varias semanas debieron transcurrir entre el momento en que se escribió lo anterior y lo que sigue:

“¿Qué sabe la humanidad acerca de los fenómenos psíquicos? Recuerdo haber leído los intentos de diversos novelistas por explotar el tema. Combinando un poco de psicología con una imaginación vívida, logran armar una narración legible, aunque poco confiable, confiando en la falta general de conocimiento para cubrir sus falsedades. ¿Y quién puede culparlos? Seguros tras las murallas del silencio fúnebre de la tumba, pueden desafiar al mundo a probar que están equivocados. Sus extrañas hipótesis les traen oro, poder y posición en el mundo de las letras. Y yo—yo, el único hombre que alguna vez envió su alma a través de los reinos del espacio para explorar los misterios del gran desconocido—debo guardar silencio.

La mente humana se niega a creer lo que no entiende. Si hiciera público lo que sé—aun si fuera posible—sería ridiculizado, objeto de burla por la prensa y el público. Pues, a pesar de nuestra tan alabada civilización, seguimos siendo esclavos de la superstición y la ignorancia, siempre dispuestos, como los antiguos, a abatir a quien se atreva a pronunciar la verdad.”

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“¿Quién, entre los millones de este globo, creería que he pasado días—semanas—meses—en el pasado remoto? Como un hombre que contempla una película de sí mismo proyectada en la pantalla, así me he visto en las edades idas. Con armadura reluciente, una lanza con pluma en la mano, he cabalgado con los cruzados, o he luchado con la desenfadada gallardía de aquellos tiempos por el favor de la sonrisa de una dama. He sido jefe de una banda tan sangrienta de asesinos como jamás cortó gargantas o hundió una nave.

Sonrío al pensar en las cosas que he sido—yo, que ahora soy jefe de una agencia moderna de detectives, contratado para dar caza al hombre cuyo cerebro gigantesco ha hecho posibles todas estas cosas. He estado entre los mejores y los peores en los días pasados. Sin embargo, ¿quién creería tal historia? Lessman está demasiado adelantado a su tiempo. Y, sin embargo, existe la posibilidad de que dentro de unos siglos algún ojo lea estas líneas y se pregunte cómo los hombres de hoy podían ser tan obtusos.

Ya no temo a la muerte. Sé ahora que tal miedo no es más que una idea supersticiosa. No existe tal cosa como la muerte. Aquello que llamamos muerte no es sino un paso de una vida a otra. Lessman me ha enseñado que la vida es un ciclo y que, al dejarlo, entramos en otra existencia, mejor o peor que la que abandonamos, de acuerdo con nuestras propias acciones.

¡Lessman! Ah, allí está el intelecto. Es él quien ha hecho posible que contemple maravillas que ningún hombre había visto antes. Me pregunto cómo pude haber dudado de él.

Lessman es un científico—un pensador adelantado a su tiempo. Ahora que me ha mostrado que no existe la muerte, no siento remordimiento alguno por quitar la vida, pues al hacerlo simplemente ayudamos a la naturaleza unos años, dejando el cuerpo para nuestros experimentos. Me ha prometido que algún día publicará los resultados de sus conclusiones para que el mundo los conozca y estudie. Cuando lo haga, ocuparé un papel estelar en esas páginas. Pues soy yo quien, a su mandato, ha explorado los reinos desconocidos, trayéndole de vuelta los frutos de mi saber.

Y he encontrado a Avis una y otra vez. He descubierto que ha estado conmigo a través de las edades—mi amada, mi afinidad. En cada período del pasado me ha acompañado—tal como lo hará en el futuro, hasta que llegue el tiempo en que la Inteligencia Divina ponga fin a todas las cosas.

Permítanme comenzar desde el principio. Ya no vivo en una habitación semejante a una celda, comiendo como un animal con el ganado cuya capacidad mental no es tan grande como la mía. Con Avis a mi lado, ceno con pompa junto a Lessman y Meta.

La noche siguiente, inmediatamente después de la cena, el Amo de los Cuerpos me convocó a su biblioteca. Estaba ansioso por comenzar sus experimentos. Al principio estaba nervioso, tenso hasta el extremo, lamentando el pacto que había hecho con él. Pero en cinco minutos había obrado un cambio en mi mente, y bajo el dominio de sus palabras pronto llegué a un punto en que estaba tan entusiasmado como él.

Recuerden, yo mismo he incursionado en la filosofía hasta cierto punto. Obtuve un título en Princeton antes de dedicarme al negocio de la detección criminal. Pero mi conocimiento es elemental comparado con el de Lessman. Aunque me estoy apartando de mi tema.

Bajo el hechizo de su elocuencia, olvidé que yo era el siervo y él el amo—que no era más que un prisionero, subyugado a la voluntad de mi carcelero. Durante una hora discutimos el asunto; estaba tan interesado como él. Afirma que no hay alturas a las que el hombre no pueda ascender, siempre que lo quiera. Para él, el hombre es—o debería ser—absolutamente dueño de su propio cuerpo y alma.”

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“Su mente ha llegado a donde otras se detuvieron. El hipnotismo, para él, es un juego de niños. La transferencia del alma, el intercambio de cuerpos—estas son las cosas con las que este hombre experimenta. Pero tiene su límite. Puede llegar hasta cierto punto y no más allá.

Sin embargo, con mi voluntad sometida a la suya—con mi mente sintonizada con la suya—creía que podía lanzarme a través del espacio. En otras palabras, él sería la estación de energía que me proporcionaría la fuerza para realizar los viajes de exploración.

Yo era como arcilla húmeda en sus manos. Con el entusiasmo de un muchacho, me entregué a él. Reclinándome en mi silla, a su orden hice de mi mente un vacío absoluto, en la medida de lo posible. Probablemente fue sólo por un instante—pero suficiente. No hubo el dolor que sentí antes, en aquella ocasión inolvidable en que mi alma se separó de mi cuerpo. En cambio, sentí que mi alma—mi ser mental—abandonaba mi cuerpo. Me encontré de pie junto a mí mismo, sentado allí en la silla. No había miedo—nada salvo una sensación de ligereza…”

Capítulo X.

Debo apartarme nuevamente de mi diario.

Como he señalado en otra parte, conservo el recuerdo de ciertas cosas que sucedieron mientras estuve bajo el poder de Lessman, aunque la mayor parte del tiempo que pasé con él es sólo un vacío.

En mi diario no hay nada que trate directamente de mis viajes a lo desconocido bajo su extraña influencia, salvo alguna vaga mención ocasional. Estoy seguro de que la mayor parte del tiempo me hallaba en una especie de sopor, imaginándome en un estado perfectamente normal, aunque retenido por el Amo de los Cuerpos en una condición en la que respondía de inmediato a su voluntad.

Sin embargo, incluso ahora puedo recordar, vagamente, incidentes que me ocurrieron en esos viajes. Recuerdo haberme encontrado con Avis en numerosas ocasiones y bajo muchos nombres. Si mis aventuras hubieran sucedido de manera consecutiva, y pudiera recordarlas, serían un alimento interesante para la reflexión de los hombres de ciencia. Pero, desgraciadamente, saltan de un lugar a otro, la narración quedando muchas veces inconclusa.

Son tantas y tantas las aventuras cuyos detalles no puedo evocar, que no haré intento alguno de consignarlas. Basta decir que durante todo ese tiempo mi cerebro se debilitaba constantemente mientras yo, pobre engañado, imaginaba que había recuperado la normalidad.

En mis intervalos de lucidez me atormentaba sin cesar una conciencia roedora. Allí estaba yo, un oficial de la ley, prestándome a la peor forma de delincuencia. Intentaba reconciliarme con la idea de que era un prisionero, pero siempre me obsesionaba la noción de que había demostrado ser un traidor a mí mismo y a mi juramento. Mi único consuelo era la sensación de que, al convertirme en traidor, estaba salvando la vida y la razón de la mujer que amaba.

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“Me pregunto ahora por qué no maté a Avis y luego me suicidé. Tan grande era la influencia de Lessman sobre mí que sinceramente creía que la muerte era un mito. Mis propias aventuras más allá del límite me habían demostrado la corrección de su teoría. ¿Por qué, entonces, no lo terminé todo? Es algo que no puede explicarse, especialmente si se recuerda que, desde mi perspectiva deformada, la muerte habría sido la solución más fácil al dilema. Mi única explicación es que mi mente no funcionaba adecuadamente. Como he repetido una y otra vez, el lector debe formar sus propias conclusiones, extraer sus propias deducciones, pues yo trato con hechos, no con conjeturas.

Lessman me permitía cierta libertad dentro de la casa. Con Avis a mi lado, vagaba por los largos y polvorientos corredores, explorando, buscando. Me decía a mí mismo que estaba buscando pruebas—que tarde o temprano lograría escapar y llevar al Amo de los Cuerpos ante la justicia. Y no hallaba nada—nada salvo los pobres desdichados encerrados en sus celdas, todos locos. ¿Y quién creería a un maníaco? No, no había absolutamente nada que pudiera usarse contra el monstruo. Sería mi palabra y la de Avis contra la de Lessman y Meta. Un caso así sería objeto de burla en los tribunales.

¿Por qué no escapé? No podía. Sólo sé que, con la puerta abierta de par en par, una mano invisible parecía impedirme cruzar el umbral.”

Capítulo XI

DE NUEVO, DEBO RECURRIR A MI DIARIO:

“Ahora sé cómo fue asesinado el desconocido—el hombre por cuya muerte John Duncan está detenido. Ignoro quién fue el médium a través del cual Lessman actuó. Imagino que fue Collins, el detective de Chicago. Lo he interrogado, y no recuerda nada del asunto, tan deteriorada está su mente. Sin embargo, conserva una vaga noción de haber cumplido alguna vez las órdenes de Lessman. Tampoco he sabido el nombre del pobre hombre que encontró la muerte en el heroico intento de desenmascarar al Amo de los Cuerpos.

¡El decano del Daggett College está muerto—asesinado! Otro profesor ha sido arrestado como el homicida. Lessman me mostró el periódico esta mañana, riéndose de los macabros detalles. No hay absolutamente esperanza alguna para el pobre desdichado que ha sido apresado por la policía, pues todas las pruebas están en su contra. Lo colgarán, y la ley se dará por satisfecha. Yo mismo reí con Lessman al leer la crónica. ¿No tiene razón cuando afirma que ambos no son más que conducidos al paraíso antes de tiempo?

¡Estoy seguro de que yo maté al profesor Ormsby!

Años atrás, él y el profesor Jacobs habían sido maestros en el mismo colegio donde Lessman ocupaba una cátedra. A ellos, Lessman, entonces joven, presentó algunas de sus asombrosas teorías. Ellos se volvieron contra él con ridículo, lo reprendieron; y luego lo denunciaron como hereje al rector de la universidad. Fue su testimonio lo que provocó la expulsión de Lessman en desgracia. Juró vengarse.

Hace dos noches Lessman lanzó mi ego—mi espíritu—a través del espacio. Estoy seguro de ello, aunque mi memoria es confusa y se debilita más cada hora. A su mandato fui a los aposentos de Ormsby. Jacobs estaba sentado con su viejo amigo, enfrascados en una acalorada discusión, pues ambos eran hombres argumentativos.”

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“Ante los ojos del profesor Jacobs, el decano Ormsby lanzó un grito cuando una mano invisible lo derribó—y luego cayó retorciéndose al suelo, con las marcas púrpuras de unos dedos en la garganta.  

Arrestaron a Jacobs por el asesinato. Otros habían oído la discusión entre ambos. En vano intentó decirles la verdad—que la disputa había sido amistosa y que su amigo había sido asesinado por alguna fuerza invisible.  

Se burlaron de su relato—pues las marcas de los dedos se veían demasiado claramente en el cuello del muerto.”  

Otra entrada en el diario  

“¿Me estaré debilitando mentalmente? Parece que cumplo las órdenes de Lessman con demasiada facilidad. Me pliego a cada una de sus sugerencias. Sé que me está utilizando en sus crímenes—que se está enriqueciendo gracias a mis esfuerzos—y ya no recuerdo lo que ocurre como solía hacerlo. Todo es confuso, con aquí y allá algún recuerdo especialmente vívido que resalta en medio del caos.  

Ocasionalmente me lee los periódicos, o me los entrega después de señalarme algún crimen misterioso del que hay noticia. A menudo me dice, con una mueca burlona, que él es el autor y yo el ejecutor de esos horribles sucesos. Hombres inocentes están sufriendo por cosas que yo he hecho.  

La policía busca a una misteriosa mujer que ha sido vista con frecuencia en los lugares donde se han cometido extraños crímenes. ¿Será posible que ellos—Lessman y Meta—estén usando a Avis como me usan a mí? Ambos lo niegan. Y Avis me asegura que no tiene recuerdo alguno de tales cosas… Me pregunto…”  

Capítulo XII

Más cosas notables del diario  

“Hoy colgaron a John Duncan por el asesinato del joven desconocido. Y yo, el hombre que juró salvarlo del cadalso, no pude hacer nada.  

Soy un cómplice—un encubridor después del hecho. Lessman es un demonio, y si Meta es algo mejor, es sólo porque carece de su habilidad científica. Estoy empezando a odiarlos a ambos.  

He sido engañado. No soy más que un títere. Mi cerebro se debilita constantemente. Cuando me hayan exprimido por completo me desecharán, como han hecho con Collins y los demás. Me doy cuenta de ello cuando estoy solo, pero cuando estoy con Lessman cumplo sus órdenes de buen grado, con alegría.  

Los periódicos suelen estar llenos de relatos sobre su labor entre las clases pobres. Dicen que regala miles de dólares cada año. Poco sospechan que es dinero obtenido mediante el crimen—que se interesa por los pobres sólo porque ocasionalmente logra conseguir algún nuevo tipo de cerebro humano sobre el cual realizar sus perversos experimentos.”  

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Otro extracto  

“¡Maldito sea el Amo de los Cuerpos! ¡Lo odio! Su dominio sobre mí es absoluto—supremo.  

Tan vil como me he vuelto, tan degradado como me ha hecho, mi propio ser se rebela ante la idea de lo que me ha obligado a hacer. Sería mejor estar muerto—mil veces mejor. Pero ni siquiera puedo morir. Porque él, maldición sobre él, no me lo permite. Posee mi cuerpo y mi alma.  

Ayer estoy seguro de que maté a otro hombre. Fue Johnston, el corredor de bolsa—un hombre que conocía bien en mis otros días—tan bondadoso como pocos. Muchas veces me había hecho favores. Y, sin embargo, por orden de Lessman, le quité la vida al pobre anciano.  

¡Dios en el cielo! ¡Qué enredo fue! Lessman lo planeó todo. Podría haberlo hecho de otra manera—más fácil de sobrellevar para los que quedaban atrás. Pero no—ese no es su estilo. Ama lo dramático, lo teatral. Pero déjenme contarlo tal como sucedió:  

Fuimos juntos a la casa de Johnston—Lessman y yo. El pobre anciano llevaba varios días enfermo, pero no había permitido que su dolencia interfiriera con su labor filantrópica. Lessman, en su disfraz de trabajador entre los pobres y afligidos, no tuvo dificultad en obtener entrada. Me presentó como otro obrero en la viña. He cambiado tanto como resultado de lo que he pasado que Johnston no me reconoció.  

A solas en la habitación con el viejo, Lessman me ordenó cumplir su mandato. Juro que intenté contener mi mano, pero estaba impotente. No era yo, sino otro, quien tomó aquel cuello enjuto entre mis dedos musculosos y presionó—presionó—presionó contra la tráquea hasta que el rostro pálido y demacrado se tornó negro y los ojos grises se salieron bajo sus cejas blancas y desgreñadas como cuentas de vidrio.  

Intentó defenderse—luchar por su vida—pero ¿qué era su fuerza insignificante comparada con la mía? Sus esfuerzos sólo me enfurecieron más. Lo sacudí como un terrier sacude a una rata. ¡Y la expresión agonizante en su rostro! Era espantosa. Intentó gritar pidiendo ayuda, pero tan firme era mi agarre que sólo pudo emitir borbotones y gorgoteos.  

Lessman lo observó todo. Se reía con deleite ante los débiles jadeos del anciano y me incitaba a continuar. Luego, cuando lo deposité sobre su lecho, fue el Amo de los Cuerpos quien, con un tremendo despliegue de hipocresía, gritó pidiendo auxilio y tiró frenéticamente de la campanilla que convocaba a la familia y a los sirvientes.  

Jamás olvidaré la expresión de dolor patético en el rostro de la anciana compañera del difunto. Mentiroso como es, Lessman le contó una historia sobre el súbito ahogo del viejo y su muerte antes de que pudiéramos llamar ayuda. Los sirvientes la sacaron desmayada de la habitación.”  

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Otra entrada  

“¡Maldito sea el Amo de los Cuerpos! ¡Lo odio! Su dominio sobre mí es absoluto—supremo.  

Tan vil como me he vuelto, tan degradado como me ha hecho, mi propio ser se rebela ante la idea de lo que me ha obligado a hacer. Sería mejor estar muerto—mil veces mejor. Pero ni siquiera puedo morir. Porque él, maldición sobre él, no me lo permite. Posee mi cuerpo y mi alma.  

Ayer estoy seguro de que maté a otro hombre. Fue Johnston, el corredor de bolsa—un hombre que conocía bien en mis otros días—tan bondadoso como pocos. Muchas veces me había hecho favores. Y, sin embargo, por orden de Lessman, le quité la vida al pobre anciano.  

¡Dios en el cielo! ¡Qué enredo fue! Lessman lo planeó todo. Podría haberlo hecho de otra manera—más fácil de sobrellevar para los que quedaban atrás. Pero no—ese no es su estilo. Ama lo dramático, lo teatral.  

Fuimos juntos a la casa de Johnston—Lessman y yo. El pobre anciano llevaba varios días enfermo, pero no había permitido que su dolencia interfiriera con su labor filantrópica. Lessman, en su disfraz de trabajador entre los pobres y afligidos, no tuvo dificultad en obtener entrada. Me presentó como otro obrero en la viña. He cambiado tanto como resultado de lo que he pasado que Johnston no me reconoció.  

A solas en la habitación con el viejo, Lessman me ordenó cumplir su mandato. Juro que intenté contener mi mano, pero estaba impotente. No era yo, sino otro, quien tomó aquel cuello enjuto entre mis dedos musculosos y presionó—presionó—presionó contra la tráquea hasta que el rostro pálido y demacrado se tornó negro y los ojos grises se salieron bajo sus cejas blancas y desgreñadas como cuentas de vidrio.  

Intentó defenderse—luchar por su vida—pero ¿qué era su fuerza insignificante comparada con la mía? Sus esfuerzos sólo me enfurecieron más. Lo sacudí como un terrier sacude a una rata. ¡Y la expresión agonizante en su rostro! Era espantosa. Intentó gritar pidiendo ayuda, pero tan firme era mi agarre que sólo pudo emitir borbotones y gorgoteos.  

Lessman lo observó todo. Se reía con deleite ante los débiles jadeos del anciano y me incitaba a continuar. Luego, cuando lo deposité sobre su lecho, fue el Amo de los Cuerpos quien, con un tremendo despliegue de hipocresía, gritó pidiendo auxilio y tiró frenéticamente de la campanilla que convocaba a la familia y a los sirvientes.  

Jamás olvidaré la expresión de dolor patético en el rostro de la anciana compañera del difunto. Mentiroso como es, Lessman le contó una historia sobre el súbito ahogo del viejo y su muerte antes de que pudiéramos llamar ayuda. Los sirvientes la sacaron desmayada de la habitación.”  

Entrada adicional  

“La señora Johnston está muriendo, dicen, de pena. Lessman se ríe de ello, considerándolo una gran broma. Cuando estoy con él, yo también río. Lejos de él, puedo ver el horror—el diabólico horror de todo esto.  

Lessman es más rico por miles de dólares. La señora Johnston, si sobrevive, quedará casi en la miseria. La suma que le fue arrebatada representaba prácticamente todo lo que tenían—los ahorros de una vida. Pues Lessman presentó un testamento falso en el que casi todo, salvo una pequeña cantidad para la viuda, se dejaba a la caridad, con Lessman como administrador.”  

-70-

Capítulo XIII

Siguiendo lo anterior, mi diario se llena durante varias páginas con garabatos infantiles, sin sentido. Parece que intenté escribir, pero evidentemente mi cerebro y mi mano no lograban coordinarse. Aquí y allá puedo distinguir una maldición contra el Amo de los Cuerpos, pero nada más puede leerse. De ello deduzco que transcurrieron varias semanas entre la última entrada y la que ahora sigue. Durante ese tiempo probablemente estuve en uno de mis estados de trance, tan profundamente bajo la influencia de Lessman que no tenía control alguno sobre mis actos. Al mismo tiempo, el hecho de que siquiera intentara escribir demuestra que, en lo más profundo de mi subconsciente, persistía el deseo de dar al mundo la horrible verdad.

Del diario

“¡He negado la verdad! He traicionado a aquellos que me pagan, y ahora conozco el remordimiento de Judas.

¿Será posible que el Amo de los Cuerpos busque a mi Avis? ¿Son esas miradas que le lanza desde debajo de sus párpados entrecerrados mensajes de amor?

Últimamente ella ha parecido distraída y llena de una vaga melancolía cuando estoy cerca. ¿Quiere decirme algo, pero teme abrir los labios?

Ella conoce mi temperamento cataclísmico. Me ha visto sacudirme la funesta influencia del Amo de los Cuerpos cuando un arrebato de pasión me ha poseído. Probablemente teme que vuelva a alzarme contra él y que me aniquile allí mismo.

Mis manos están atadas. Al entregarme al Amo de los Cuerpos he traicionado a la mujer que amo. ¡Que el cielo tenga misericordia de mi alma!”

Otra entrada

“Hoy, merodeando entre las ruinas del viejo edificio, encontré los restos de una antigua capilla. En un extremo había un altar, derrumbándose. En un pequeño nicho, cubierto de polvo, hallé una botella de Agua Bendita. La he tomado y la he escondido en mi habitación. Quizá nos salve.

¿Habrá vendido el Amo de los Cuerpos su alma al diablo? He oído hablar de tales cosas. Nadie creería que algo así fuera posible. Y, sin embargo, ¿quién creería que los sucesos que he registrado en mi diario pudieran haber tenido lugar? Parecen brujería, tan extraños, tan diabólicos son. Nunca creí en tales cosas, pero ahora estoy dispuesto a creer en cualquier cosa.”

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Extracto FINAL

“Mi decisión está tomada. Hoy hablé nuevamente con Avis. Prácticamente admitió que Lessman la ha estado fastidiando con sus atenciones. ¿Quién sabe hasta qué extremos llegará mientras ella esté bajo su diabólica influencia?

Meta, también, está mostrando los dientes a la pobre Avis. Hasta ahora la había protegido en cierta medida. De eso estoy seguro, y Avis también lo cree. Pero últimamente ha actuado de manera extraña, incluso mostrando su temperamento en varias ocasiones. Lessman la trató entonces con un desprecio burlón. Él sabe el dominio absoluto que ejerce sobre ella.

Pero puede dañar a mi amada. Cómo, no lo sé. Es una mujer capaz de cualquier cosa. Y el ‘monstruo de ojos verdes’ no tiene ni cerebro ni conciencia.

Voy a ser un hombre al fin. Estoy convocando toda mi fuerza de voluntad para la batalla que seguramente vendrá en unos días. Debo—lo haré—romper las cadenas que ha colocado sobre mí. Así como me levanté en rebelión contra él en aquellas otras ocasiones, así me alzaré de nuevo por la mujer que amo. Pero esta vez no habrá rendición. Lo venceré y la salvaré, o moriré en el intento.

Morir por Avis puede mitigar mi pecado a los ojos de Dios.

Siento al Amo de los Cuerpos llamándome… Cada nervio me hormiguea… Estas pueden ser las últimas líneas que escriba… Me pregunto si estas páginas serán leídas alguna vez por otros ojos que no sean los míos… Voy ahora a responder a su llamado… Dios me ayude…”

Capítulo XIV

El resto de mi relato proviene de la memoria, pues las líneas precedentes constituyen la última entrada en mi diario. Como he señalado en otra parte, puedo evocar ciertos sucesos que ocurrieron durante mis períodos de trance. Recuerden sus sueños—vagos, indistintos, nebulosos—saltando de un lugar a otro. Así son mis recuerdos de aquella última hora con el Amo de los Cuerpos. Probablemente sucedieron muchas cosas de las que no guardo memoria. En mi afán de ceñirme a los hechos, consigno únicamente lo que recuerdo, dejando los vacíos a la imaginación del lector.

Debió de ser inmediatamente después de escribir la última entrada en mi diario cuando Lessman me convocó, pues el libro estaba en mi bolsillo cuando finalmente volví en mí.

De esto, sin embargo, no tengo memoria. Mi primer recuerdo es el de flotar por el espacio en una de aquellas extrañas expediciones de exploración en el Más Allá, a las que tan a menudo me enviaba el Amo de los Cuerpos, varias de las cuales están descritas en mi diario. Si estaba regresando o si iba en camino, no lo sé. Sólo recuerdo que algo parecía arrastrarme de vuelta—que todo mi pensamiento—si es que puede llamarse pensamiento—era regresar a mi propio cuerpo lo antes posible.

Mi siguiente recuerdo es estar en la habitación con Lessman. Mi cuerpo yacía recostado en un sillón, frío, rígido y semejante a la muerte. Intenté entrar en él. Pero la voluntad de Lessman me lo impedía.

Podía ver, podía oír, pero no tenía visibilidad. No era más que un espectro—un ego, por así decirlo—un pensamiento—un espíritu—un vapor.

Y estaba controlado por completo por el cerebro de Lessman. Así como la corriente invisible enviada desde una estación central hace que el diminuto submarino, a millas de distancia, se precipite aquí y allá, así el cerebro magnético de él dominaba mis acciones.

Entonces supe—o más bien sentí, pues no creo que un espectro pueda pensar—sentí que era voluntad de Lessman que jamás regresara a mi envoltura corporal. Algo—su pensamiento—parecía lanzarme de nuevo al espacio. Y al mismo tiempo otro pensamiento—más fuerte aún—parecía mantenerme inmóvil.

Era la fuerza de voluntad que había concentrado durante semanas, ayudada por el deseo de auxilio de Avis. Todo su ser clamaba por mí.

Ella estaba en los brazos de la bestia. Por una vez en su carrera, su terrible voluntad no surtía efecto sobre su víctima. Su cabellera dorada se había soltado de sus trenzas y caía en una nube resplandeciente sobre sus hombros. Sus pequeños puños golpeaban con frenesí el rostro de él; sus ojos negros, lujuriosos, la miraban como los de una serpiente, buscando hechizarla con su poder.

“¡Era horrible! Sabía que ella me estaba llamando—llamándome con cada fibra de su ser. Y yo estaba impotente, encadenado al suelo, incapaz de recuperar la forma fría que era yo mismo.

De pronto, se arrancó de su abrazo. Su ropa colgaba hecha jirones; en su mejilla había un feo arañazo; sobre uno de sus blancos y redondeados brazos se marcaba una lividez roja donde sus crueles dedos la habían sujetado. Ella gritaba frenéticamente. Los muebles estaban volcados.

Ahora la tenía acorralada. Pero ella se defendió, golpeándolo en la cabeza con la pata de una silla rota en la refriega.

La persiguió por la habitación… Una vez más estaba en su poder. Podía oír su respiración entrecortada mientras ponía hasta la última gota de su fuerza en un esfuerzo final por liberarse…

La puerta se abrió. Meta entró. Sus ojos negros ardían. Su boca se movía convulsivamente. Era un demonio enfurecido—una mujer despreciada—rechazada por otra. Como un diablo salido del infierno, se lanzó a la lucha. Lessman la apartó de un solo movimiento de su brazo musculoso.

Por un instante quedó allí aturdida… Se arrastró hasta ponerse de rodillas, sus labios escupiendo maldiciones… Se incorporó a medias y avanzó tambaleante hacia ellos, mientras Lessman arrastraba a su víctima chillando hacia la puerta que conducía a la otra habitación. Él se volvió hacia ella, sus ojos llameantes chisporroteando con ira descontrolada.

Por el momento me habían olvidado… Algo se quebró. Me encontré de nuevo dentro de mi propio cuerpo, con la lujuria de la batalla ardiendo en mí… Lessman, rodeado de sus enemigos, se volvió como un ciervo acorralado… Sentí las corrientes de su poderosa mente arremeter contra mí como grandes olas golpeando una costa rocosa.

Toda la energía que poseía era necesaria para mantenerme en pie. ¡Me atrapó dentro del poder de su voluntad! Sentí que me deslizaba—deslizaba—deslizaba… Todo se oscureció ante mí. No podía ver nada salvo sus ojos—ardiendo—ardiendo en lo más profundo de mi alma.

Como un hombre que lucha contra una sobredosis de cloral, me esforcé por liberarme de la telaraña que su mente tejía a mi alrededor. Fue inútil. De nuevo sentí una ola de fuego recorrer mis venas.

Me tambaleé contra la mesa. Tomando la lámpara, con un esfuerzo final, la lancé directamente al rostro del demonio burlón frente a mí.”

“No supe nada más hasta que desperté en el hospital.

Dicen que el lugar que Lessman llamaba su sanatorio fue reducido a cenizas la noche anterior a que me encontraran vagando, casi como un maníaco, a varios kilómetros de distancia.

Como afirmé al principio, soy incapaz de distinguir entre la verdad y los desvaríos de mi cerebro enfermo. El lector debe sacar sus propias conclusiones.

¿Qué sucedió? ¿Maté a Lessman? ¿Perecieron él, Meta y Avis en el incendio junto con los otros pobres desdichados? Nadie lo sabe.

Acabo de enterarme de que una mujer—una mujer de cabellos dorados—fue hallada hace una semana en estado de demencia en un pueblo lejano. Los informes dicen que murmura algo acerca del “Amo de los Cuerpos”. ¿Será Avis? Esta noche parto hacia el hospital donde está recluida. Si es ella, quizá mi presencia logre devolverla a sí misma.

✠═════ FIN ═════✠

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"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."

 

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