Espirales de oscuridad [2/3] - WEIRD TALES (1924)

Espirales de oscuridad

La segunda entrega de la misteriosa novela india

Por SYBLA RAMUS

Título original: Coils of Darkness

Weird Tales | Volumen 3 | Número 3 | Marzo 1924

Pp.41-50

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CAPÍTULO SEIS: UN ENIGMA DE PERSONALIDAD

Cuando Halketh vio que la serpiente, una pequeña cobra, mordía a Mildred en el labio, quedó paralizado de horror. Un grito de angustia se ahogó en su garganta. Estaba completamente convencido de que ella estaba condenada y de que, en pocos minutos, moriría ante sus ojos. Esperó el desenlace sin esperanza alguna.

En el instante en que Mildred sintió el contacto de la cobra, una transformación repentina se produjo en ella. Al principio permaneció inmóvil, tensa y alerta. Luego la furia desapareció de su rostro. Sus facciones se suavizaron; la palidez de sus mejillas se convirtió en un rubor rosado y, aparentemente, volvió a ser la de siempre. Su cuerpo vaciló levemente por un instante y luego se relajó entre los brazos de su amante. Apoyó la cabeza sobre su hombro con una sonrisa dichosa.

Halketh estaba tan aturdido por la sorpresa que llegó a preguntarse vagamente si estaba soñando. Mientras tanto, el indio se había acercado. Con hábil destreza tomó la serpiente y la devolvió a la cesta.

Mildred abrió los ojos y luego levantó la cabeza con su dulce sonrisa habitual iluminando un rostro que ahora irradiaba bienestar. Rodeó el cuello de Halketh con los brazos y lo besó apasionadamente. Incluso en aquel momento, tan cargado de emociones contradictorias, él observó que el labio de ella no parecía hinchado ni afectado en modo alguno por la mordedura de la cobra.

Incapaz de comprender más que el hecho de que aquel aparente regreso a la vida debía de ser apenas un alivio temporal antes del desenlace fatal que seguía creyendo inevitable, Halketh continuó estrechándola contra sí.

—¿Estoy soñando o es esto un milagro? —jadeó.

Luego se aferró desesperadamente a la túnica del indio, impulsado por su angustioso temor, implorando y exigiendo cualquier antídoto que el hombre pudiera poseer. Pero Mildred lo detuvo con besos.

—Estoy perfectamente bien, Ernest. ¡No debes preocuparte! No fue nada... ¡nada! ¡Nunca me he sentido mejor en toda mi vida!

Halketh, todavía desconcertado y enfermo de miedo ante la posibilidad de perder a su amada, no podía tranquilizarse con aquellas palabras. Antes bien, solo aumentaban el terror que le helaba la sangre.

El indio había observado la escena, y ahora extrajo de su túnica una pequeña caja que contenía un ungüento. Halketh percibió el destello de una extraña sonrisa en aquel rostro inescrutable cuando el hindú le ofreció la caja abierta y le indicó que aplicara una pequeña cantidad sobre las marcas dejadas por la mordedura.

—No tenga miedo, sahib —continuó en un buen inglés—. Hay personas para quienes el beso de la serpiente no causa daño alguno, sino que solamente trae placer. La memsahib puede disfrutar con seguridad de su deleite.

Pero Halketh estaba muy lejos de sentirse seguro respecto a Mildred. Se aferró a la idea sugerida por las palabras del hombre y lo interrogó con ansiedad, aunque el escalofrío de horror se hacía más profundo a medida que surgían aquellas palabras de esperanza.

—¿Quiere decir entonces que hay personas a las que el veneno de serpiente no puede afectar?

El indio volvió a sonreír.

—Pueden verse afectadas, sahib, pero no de la misma manera que los demás.

Mildred, ahora de pie junto a su amante, tiró de él para susurrarle al oído:

—¡Ernest, querido! Compra esas serpientes para mí. Las quiero, querido.

Él retrocedió sobresaltado, mientras la sombría sonrisa del indio permanecía inalterable.

—¡Amor mío! ¿Qué es lo que estás pidiendo?

—¡Cariño! Me amas demasiado para negar un deseo mío, ¿verdad? Yo no te negaría nada, amado mío.

Hablaba con voz suave y acariciante, sonriéndole profundamente a los ojos.

Un fuerte sentimiento de repugnancia se apoderó de Halketh.

—Pero, querida, ¡esto es horrible! No puedes hablar en serio. ¿De verdad quieres esos repugnantes reptiles?

Ella tomó una de sus manos entre las suyas.

—Sí, querido, los quiero muchísimo. No puedes imaginar cuánto. Solo para tenerlos, ya sabes...

Se interrumpió, contemplándolo con expresión suplicante, y continuó:

—¡Querido Ernest! Todo el mundo en la India practica el encantamiento de serpientes. Sí, querido, de verdad. ¡Hazlo por mí!

Luego se dirigió al indio:

—¿Me las vendería?

El hombre reflexionó antes de responder:

—Perdóneme, memsahib, pero estas no podría venderlas.

—Pero podría traerme otras. Vivo en la Guarnición. Podría llevarme algunas allí.

—Mildred, realmente no puedo permitir esto —intervino Halketh.

Ella apoyó los dedos sobre los labios de él, mientras sus propios labios, pequeños como capullos de rosa, se fruncían dulcemente.

—Ernest, querido, seguro que podrías... para complacerme.

La idea le producía frío y náusea. Pero ella era adorable. Ningún hombre habría podido resistirse a ella, y mucho menos él.

Se volvió bruscamente hacia el indio, que mientras tanto había guardado todas sus serpientes en la cesta y parecía dispuesto a seguir su camino.

—¡Traiga a la dama lo que desea!

El hombre levantó la cabeza y lo miró a los ojos con una expresión extraña que Halketh recordaría años después.

—Iré, sahib, si así lo desea.

Saludó gravemente, levantó la cesta y desapareció entre los árboles.

Halketh permaneció inmóvil y en silencio mientras Mildred se apoyaba en él con gozoso abandono. De pronto la sujetó por los hombros, alejándola de sí a la distancia de sus brazos mientras escudriñaba profundamente sus ojos.

—¡Mi Mildred! ¡Mi pequeña querida!

Había una nota de súplica en su voz.

—Dime qué significa esto. ¿Qué te ha sucedido, querida, para que desees esas horribles serpientes? ¿Que incluso puedas manejarlas, acariciarlas? ¡Dios mío! ¡Es espantoso!

Las últimas palabras escaparon de sus labios en una especie de crescendo de agitación, mientras las diversas imágenes repulsivas regresaban una tras otra a su mente. También persistían en su memoria otras cosas. La bonita risa de Mildred le resultaba ahora discordante y perturbadora. Estaban apareciendo demasiadas cosas extrañas; ya habían aparecido antes en otras ocasiones. No se encontraba de humor para quedar satisfecho con explicaciones ligeras o juguetonas.

—No te rías, Mildred.

La atrajo más cerca.

—Míralo seriamente, querida. Debes comprender lo horrible y anormal que es este deseo.

Ella volvió a reír, y la tensión que Halketh había soportado hasta entonces terminó por quebrarse. La sacudió violentamente y luego la estrechó convulsivamente contra su pecho.

—¡Mildred! ¡Mildred! Déjame ayudarte, querida. Dime cómo puedo alejar este extraño hechizo. Hay algo que no está bien...—

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Él contempló la pequeña herida, que seguía sin mostrar inflamación alguna.

—¿No te das cuenta, amor mío? ¿No ves lo horrible, lo inquietante que resulta todo esto? ¡Me alarma... me aterra!

—No te enfades —dijo ella con un mohín infantil, como una niña que no quiere ser reprendida.

—¿Enfadarme? Si supieras cuánto me preocupa, por tu bien. Me afecta de una manera que no puedo describirte. No tienes idea de cuánto te cambia, mi pequeña querida.

Sus palabras apasionadas, su extrema agitación, parecieron penetrar al fin en la conciencia de Mildred. Su expresión cambió y se esforzó seriamente por tranquilizarlo y disipar sus temores.

—Queridísimo Ernest, exageras. Estás alarmado porque todavía no te has acostumbrado a las costumbres de la India...

—¿Quieres decirme —la interrumpió bruscamente— que es algo común aquí que las muchachas se vuelvan locas al ver una serpiente, que las acaricien, que permitan que las muerdan...? ¡Dios mío, Mildred! O estoy loco yo, o lo estás tú.

En verdad no pudo continuar. El incidente lo había conmocionado demasiado, y Mildred comprendió hasta qué punto se encontraba afectado.

—Cariño —dijo ella con ternura—, no es algo tan grave. En la India la gente está tan acostumbrada a las serpientes y a los encantadores de serpientes que no las ve como tú. Además, es maravillosamente interesante intentar encantarlas uno mismo; mucho más que adiestrar otras mascotas. Por eso las quiero, querido. Voy a disfrutarlo muchísimo.

Halketh ya empezaba a rendirse, una vez más, a su encanto, como sabía que acabaría haciendo. Pero volvió a sobresaltarse ante aquel desagradable recordatorio de la inminente llegada de las serpientes.

—Ahora bien, Mildred, no puedes hablar en serio. Seguro que no piensas comprarlas si ese viejo demonio vuelve.

—Por supuesto que sí, querido. Tú mismo acabarás interesándote cuando veas lo hábilmente que las adiestraré.

Y así sucesivamente, hasta que Halketh terminó por resignarse, aunque con una aceptación inquieta y poco convencida.

Durante el viaje de regreso, Mildred se mostró en su faceta más encantadora. Era más irresistible que nunca, y el amor se manifestaba en cada mirada y en cada gesto.

Desde su restablecimiento, el brillo de su inteligencia había ejercido sobre su enamorado un atractivo particularmente poderoso. Aquel día parecía inspirada de manera excepcional.

Después de unos cuantos intentos desganados de protestar, Halketh se abandonó por completo a su fascinación. Que hiciera lo que quisiera, con serpientes o sin ellas. Era demasiado feliz en aquel momento para dejarse perseguir por pensamientos desagradables.

De modo que apartó el asunto de su mente; lo relegó al fondo de sus pensamientos y allí lo dejó. Aunque una vaga y perturbadora sombra continuó rondándolo durante varios días.

Por azar, el indio acudió en ausencia de Halketh, de modo que Mildred pudo cerrar la compra de las serpientes sin la molestia de testigos. Entre el torbellino de otros acontecimientos olvidó mencionar el incidente, de manera que las serpientes llevaban ya algún tiempo instaladas en su nuevo alojamiento antes de que alguien de la familia advirtiera su presencia.

Por su parte, Halketh agradeció no volver a oír hablar de tan detestado asunto. Se esforzó en creer que aquel capricho había sido olvidado y deseaba fervientemente que jamás volviese a recordarse.

Lady Rathbone sufrió una gran impresión una mañana cuando, al entrar inesperadamente en la habitación de su hija, la encontró absorta en la contemplación de una serpiente de tamaño mediano que estaba enroscada alrededor de su brazo desnudo.

Los gritos de su madre sacaron a Mildred de su concentración. Retiró rápidamente la serpiente de su brazo y se volvió sonriendo.

—¡Mire, mamá! Ya he aprendido a encantarlas perfectamente. Es muy sencillo.

Su madre quedó horrorizada.

—¡Mildred! ¿Qué significa esto? ¿Cómo has conseguido esos animales? ¡Deben ser sacrificados inmediatamente!

Se apresuró a tomar el cordón de la campanilla para llamar a los criados, pero Mildred atrapó hábilmente la mano extendida antes de que alcanzara la cuerda.

—¡Oh, no, mamá querida! Esas son completamente inofensivas para mí, y me gusta enseñarles trucos. Ernest lo sabe. Es solo por diversión, ¿verdad, mamita?

Mientras hablaba, introdujo las serpientes en una especie de cesta que se encontraba cerca.

—¡Me parece algo espantoso! ¡Qué susto me has dado, hija!

Lady Rathbone se dejó caer en una silla, mientras Mildred se dedicaba a calmar sus temores y a suavizar su intensa repugnancia, hasta que finalmente obtuvo de ella un consentimiento tan reacio como inevitable para conservar las serpientes.

—Pero esto no es lo importante, querida hija.

Hizo un gesto como para apartar de su mente el desagradable tema de los reptiles, pues deseaba hablar con su hija de asuntos mucho más trascendentales.

—Lo que quiero decirte es que tu padre acaba de recibir... Ahora escucha, Mildred, y presta atención.

Porque la mirada de Mildred había abandonado el rostro de su madre y vagaba distraídamente por la habitación.

—Es muy importante, querida. ¡Tu padre ha recibido órdenes de regresar a Inglaterra! Bien, ¿qué tienes que decir a eso?

Lady Rathbone hizo una pausa y tomó aliento antes de continuar.

Mildred pareció sobresaltarse y palideció. Abrió la boca como si fuera a hablar, pero su madre prosiguió:

—Y eso no es todo. Ernest insiste, y tu padre está de acuerdo con él, en que la boda se celebre inmediatamente. Nosotros...

—¿Entonces podré permanecer en la India?

—Desde luego, mientras Ernest permanezca aquí. Tendremos que modificar muchos de nuestros planes, ya lo ves, pero la boda no será menos brillante por ello. Solo tendremos que trabajar muchísimo para llevarla a cabo tal como la había imaginado.

Y así, toda la guarnición se vio arrastrada a un torbellino de excitación mientras los preparativos para la boda más brillante que aquella región de la India había visto en mucho tiempo avanzaban con vertiginosa rapidez.

Naturalmente, un asunto tan pequeño como unas mascotas domésticas, fueran las que fuesen, quedó olvidado en medio del remolino de confusión que envolvió por igual a interesados y desinteresados.

Jamás hubo una boda más espléndida. Jamás una novia fue más hermosa.

Radiante de triunfo, Lady Rathbone besó a los recién casados cuando partieron hacia su luna de miel. Más tarde, mientras se preparaba para disfrutar de un merecido descanso nocturno, la orgullosa madre comentó al coronel:

—Querido mío, creo que nuestro tiempo en la India no ha sido mal empleado.

CAPÍTULO SIETE: LA REALIZACIÓN DEL AMOR

La felicidad no resultó en modo alguno perjudicial para el progreso de la obra a la que Lord Halketh había consagrado su vida. Tampoco su ambición disminuyó con el paso del tiempo. La India no lo había decepcionado. Había encontrado en aquella tierra las oportunidades que creía inalcanzables en cualquier otra parte para el desarrollo de sus teorías.

Al regresar de su luna de miel, irradiando la inspiración que una felicidad perfecta había encendido en él, Halketh se entregó a su trabajo como nunca antes. En reconocimiento a los elevados logros científicos y literarios que ya había alcanzado, combinados con la poderosa influencia familiar de la que disponía, le había resultado fácil obtener todas las facilidades que deseaba para promover los fines que esperaba alcanzar.

El Ministerio del Interior se había mostrado sumamente complaciente. Tras la debida consideración, recibió el mando que consideraba más favorable para llevar a cabo su proyecto.

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Creía que gran parte de los continuos problemas derivados de los levantamientos que estallaban por toda la India se debían a los métodos empleados por quienes ejercían el mando, los cuales con demasiada frecuencia no llegaban a establecer un verdadero contacto con las personas sometidas a su autoridad. Así permanecían ignorantes de la naturaleza y de las características de un pueblo que, en el mejor de los casos, resultaba difícil de comprender para gobernantes extranjeros.

Para Halketh, dotado de una mente profundamente analítica, aquello se convirtió cada día más en un estudio absorbente. Se entregó a él por completo. Aprendió bengalí con tal empeño que no pasó mucho tiempo antes de que pudiera intercambiar ideas con los habitantes nativos con cierta fluidez. También aprendió sus costumbres con una rapidez notable, mezclándose con la gente con facilidad y tacto; sin perturbar nunca sus ideales, aunque procurando guiarlos poco a poco hacia ideas más modernas.

Sin embargo, aun en medio de la dedicación a su trabajo, había un estudio que ocupaba un lugar todavía más alto en la vida de Halketh. Su esposa. Ella era el único ser ante quien incluso la gran meta de su existencia quedaba relegada a un segundo plano.

Su matrimonio era ideal. Mildred era esposa, amada, compañera; todo cuanto una mujer podía ser para un hombre. En gran medida, ella constituía la inspiración de los esfuerzos de su marido, pues el desarrollo de su inteligencia la capacitaba ampliamente para acompañarlo en todos sus intereses. Era para él una fuente inagotable de alegría y asombro, no solo por su belleza y brillante inteligencia, sino también por el radiante amor que irradiaba hacia él cuando ciertas facetas de su extraño carácter predominaban.

No es que Mildred variara jamás en dulzura, porque siempre era dulce. También era siempre afectuosa, pero Halketh pronto aprendió que aquel afecto tenía sus fluctuaciones. Nunca de forma brusca o desagradable; sin embargo, parecía existir una especie de variabilidad en la calidad de sus sentimientos. Estudió a su esposa sin descanso, pero no lograba localizar ni comprender la causa de aquella extraña y regular pulsación de sus estados de ánimo.

Solo sabía que, a veces, todo su ser resplandecía de luz, vida, alegría y amor; mientras que en otras ocasiones permanecía abstraída y distante.

—¡Ernest! ¡Mi alma, mi amante, mi esposo! —exclamó un día mientras corría a sus brazos.

Él inclinó la cabeza y sus labios encontraron los de ella.

—Mildred, ¿eres feliz con la vida que llevas conmigo? ¿Te satisface permanecer aquí, en la India, ayudándome e inspirándome en mi trabajo?

—¿Satisfecha? ¡En la India, contigo! Ah, querido mío, ¡no existe lugar que ame más! ¡Mi India! ¡Mi esposo! Ambos son un solo amor, porque aquí fue donde nos encontramos.

Él volvió a besarla.

—¡Amor mío! ¿Sabes que no pienso ceder ni una sola partícula de tu corazón a ninguna otra cosa, ni siquiera a tu patria? Lo quiero todo, todo para mí, querida.

Y contempló sus ojos soñadores larga y atentamente, como si quisiera extraer de ellos el alma misteriosa que vivía detrás de su mirada y sondear todas sus profundidades.

Porque, de vez en cuando, una vaga inquietud asaltaba al esposo: la sensación de que aún existía algo en lo más íntimo de su mujer que permanecía siempre apenas fuera de su alcance.

Pero Mildred respondió con una sonrisa, una sonrisa que iluminó sus ojos con aquel fuego que siempre ardía en ellos cuando predominaba su fase radiante, la fase que él más amaba.

Al estudiar las variaciones del carácter de su esposa, Halketh nunca percibía un cambio brusco de sentimientos ni una interrupción absoluta de su afecto. Era más parecido a la noche de reposo que sigue a un brillante día de vida consciente. Aquellos períodos se sucedían invariablemente, aunque la duración de cada uno variara.

A veces, la fase luminosa podía prolongarse durante semanas, viéndose interrumpida apenas por unas pocas horas de eclipse. Otras veces, el período opuesto duraba días enteros, durante los cuales Mildred parecía sumirse cada vez más profundamente en una especie de apatía. Incluso su amor por su esposo parecía entonces apaciguado, dormido, aunque la dulzura de su naturaleza nunca desaparecía por completo.

Halketh buscaba con ansiedad las causas ocultas de aquel fenómeno.

—Querida mía —le dijo un día—, ¿qué es esta languidez, esta pérdida de interés por las cosas que se apodera de ti en ocasiones?

Mildred levantó hacia él una mirada soñadora. No se movió ni habló. Era uno de esos días hermosos en que toda la Naturaleza parece hallarse en perfecta armonía. Ninguna vibración discordante de sonido o color alteraba la dulzura de aquella unidad en la que el universo parecía haberse sumergido por un momento.

Halketh se sentó junto a su esposa. Tomó una de sus manos y la sostuvo en silencio, esperando que hablara o mostrara alguna señal de animación.

—¡Mildred!

Aquella sola palabra, pronunciada con tono ansioso, logró atraer fugazmente su atención. Ella volvió hacia él una mirada tranquila e indiferente.

—¿Me necesitas, Ernest? ¿O nos quedaremos aquí descansando... antes de que yo...?

Se interrumpió distraídamente, y por un instante pareció que sus ojos podían cerrarse en el sueño. Halketh atrajo su cabeza hacia su hombro.

—¿Antes de qué, querida? ¿Qué piensas hacer?

Mildred permaneció inmóvil. Después de varios momentos respondió lentamente:

—¿Hacer? No haría planes... Espero el momento.

Una vez más guardó silencio, contemplando soñadoramente las colinas que se extendían ante ella.

—¿Qué momento, querida? ¿En qué estás pensando, Mildred? ¡Dímelo!

Pero toda la persuasión de Halketh no obtuvo más que respuestas vagas y fantásticas. No conseguía sacar nada en claro. Al parecer no había otra alternativa que dejar que aquellas fases, aquellos períodos de eclipse, siguieran su curso.

No existía ningún trastorno físico visible, pues su salud era perfecta. Parecía tratarse de un estado de ánimo que llegaba con absoluta regularidad, aunque sin obedecer a un calendario fijo. De no ser por esa irregularidad temporal, habría parecido el equivalente psicológico de los ciclos de sueño y vigilia presentes en toda la naturaleza.

Con el tiempo, Halketh terminó acostumbrándose. Llegó a la conclusión de que aquello era simplemente una peculiaridad de la individualidad de Mildred, tan extraordinaria en todos los aspectos. Como tal, debía aceptarla igual que aceptaba todo lo demás en ella. Mildred era Mildred, y él era el afortunado mortal a quien los dioses se la habían concedido.

Esta conclusión se vio reforzada un día cuando leyó la historia de un célebre compositor que producía sus obras maestras en verdaderas avalanchas creativas durante días enteros, en furiosas explosiones de genio; para luego caer durante períodos igualmente prolongados en una especie de letargo del que nada podía sacarlo hasta que la inspiración despertaba nuevamente.

Aquello coincidía tan exactamente con el caso de Mildred que su esposo creyó haber encontrado la explicación.

Porque durante sus fases brillantes, cuando tanto su belleza como su vivacidad parecían transformarse en auténtica gloria, su intelecto se iluminaba de tal modo que no solo su marido, sino también numerosos hombres destacados del mundo científico y literario, al encontrarse con la encantadora Lady Halketh en esos momentos, se maravillaban ante la fuerza de su comprensión y la agudeza con que penetraba incluso los problemas más abstrusos.

Además, respaldaba aquellos dones naturales con una excelente preparación técnica, pues durante sus períodos de inspiración se deleitaba absorbiendo toda clase de conocimientos con una facilidad y una capacidad de retención verdaderamente increíbles.

Así, Lady Halketh estaba convirtiéndose rápidamente en una figura célebre dentro de la sociedad inglesa de la India. Se hablaba más de ella que de cualquier otra mujer de su círculo.

Y a medida que Halketh se tranquilizaba al observar que su condición no mostraba señales de empeorar y que su desarrollo intelectual continuaba avanzando de forma constante, llegó a la conclusión definitiva de que su esposa pertenecía al mismo tipo de genio que aquel célebre compositor cuya carrera le había ayudado tanto a comprender la singular constitución espiritual de Mildred.

Reconfortado por aquella explicación tan plausible, Halketh acabó aceptando sus estados de ánimo como algo natural y esperado, algo que iba y venía según su propio ritmo.

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CAPÍTULO OCHO: EL TENIENTE RONALD

Sin duda existía una diferencia en las fases cambiantes de Mildred. Poco a poco, los períodos de apatía se habían ido prolongando y, cuando emergía de ellos, sus recuperaciones eran menos intensas que antes. A medida que Halketh observaba con creciente atención, se convenció de que así era. Echaba de menos aquella gloriosa explosión de vitalidad que siempre seguía a cada eclipse. Había una inquietud en todo cuanto ella hacía. Nada parecía satisfacerla. Daba la impresión de estar siempre tendiendo hacia algo intangible, inalcanzable.

Una y otra vez, Halketh pensaba en las terribles consecuencias de la incursión nocturna contra la guarnición de su padre, cuando los nativos la habían arrebatado al pasar en su huida. ¿Era posible que su recuperación no hubiera sido tan completa como todos habían creído? ¿Que algún efecto imborrable hubiese quedado para siempre grabado en su sensible sistema nervioso?

Reflexionaba ansiosamente sobre ello mientras observaba a su esposa en silencio, aunque muy de cerca. Hacía tiempo que había percibido cierta dificultad para abordar con Mildred aquel aspecto camaleónico de su vida emocional. Sentía que el tema le resultaba desagradable y, por ello, nunca había insistido. Del mismo modo, tampoco hizo comentario alguno ahora, aunque comenzaba a pensar que, si aquel estado de abatimiento continuaba mucho más tiempo, buscaría consejo médico especializado.

Precisamente entonces surgió una situación que le obligó a emprender una gira de inspección por los distritos más alejados de su jurisdicción. La noticia llegó inesperadamente y Halketh se apresuró a regresar a sus habitaciones para informar a su esposa. Era la primera vez desde su matrimonio que debía ausentarse más de uno o dos días y contemplaba con profundo disgusto una separación que duraría al menos diez días.

Mildred estaba sentada apáticamente en la veranda. Apenas levantó los ojos al acercarse él.

—Querida —dijo—, es absolutamente necesario que inspeccione el distrito. Hay problemas relacionados con los impuestos y debo ocuparme personalmente del asunto. Me duele tener que dejarte.

Mildred levantó la vista con una mirada rápida y vivaz.
—¿Debes marcharte, Ernest? —preguntó con rapidez—. ¿Cuándo?
Aquello mostraba más interés del que había manifestado por nada en mucho tiempo, y Halketh pensó que la idea de la separación debía haberla sobresaltado.
—Ese es precisamente el problema, querida. Debo partir tan pronto como sea posible, porque la situación empeora cada día. Y estaré ausente al menos diez días. Ojalá pudiera dejarte viéndote un poco más como tú misma.

Le alzó el rostro para besarla, y ella le devolvió el beso con algo de su antiguo ardor.
—No debes preocuparte por mí, querido. En realidad me siento mejor, y te prometo que estaré completamente repuesta cuando regreses.

Halketh sintió nuevamente el estremecimiento de la esperanza. Quizá el antiguo renacimiento estuviera a punto de florecer de nuevo, y Mildred volvería a ser aquella visión radiante de sus sueños. ¡Qué duro perderse aquella gloria por culpa de unos tediosos asuntos fiscales!

—¡Mildred! ¡Has vuelto a ser mía! Dime, durante estos últimos días de quietud, ¿has soñado conmigo?
Ella sonrió vagamente, sin responder. Él la estrechó entre sus brazos.
—¿Sabes lo difícil que me resulta dejarte, amor mío?
Mildred lo miró con aquellos ojos aún soñadores, aún lánguidos.

—Querido, no quisiera ser un obstáculo para tu deber. Quiero ayudarte, no impedirte actuar. Sabes que aquí estoy bien cuidada y que permaneceré segura hasta tu regreso. Mira, ahí está el teniente Ronald, que quiere hablar contigo.

Halketh se volvió.

—Ah, Ronald. Acérquese y tome asiento. Lo mandé llamar porque debo abandonar la guarnición inmediatamente para una gira de diez días. Esos sujetos problemáticos de las colinas se oponen a los impuestos y podrían causarnos dificultades muy pronto si no solucionamos el asunto de inmediato. Voy a visitarlos uno por uno y hablar con ellos. Mientras tanto, usted quedará al mando aquí, ya que Rutherford está ausente. Revisaremos algunos detalles mientras preparan nuestro equipaje.

Mildred permanecía junto a su marido. Ella y el apuesto joven oficial conversaron mientras Halketh anotaba apresuradamente algunos de los memorandos más importantes para uso de Ronald.

Había más animación en los modales de Mildred de la que Halketh había visto en mucho tiempo, y su corazón se llenó al pensar que era la devoción hacia él lo que la impulsaba a hacer aquel esfuerzo para despedirlo alegremente. Más tarde, cuando trajeron los caballos, sostuvo a su esposa en un silencioso abrazo mientras la besaba para decirle adiós.

Fiel a sus palabras, Mildred había recuperado por completo su tono habitual cuando Halketh regresó. Más radiante que nunca, cabalgó varios kilómetros por el camino para salir a su encuentro.

Ronald acompañaba a la esposa de su comandante.

Nunca había parecido más hermosa a los ojos de Halketh que cuando galopó hasta colocarse a su lado y alzó su rostro luminoso para recibir su beso. En la feliz conmoción del reencuentro solo fue consciente de la alegría de verla y de tenerla nuevamente junto a él.

Sin embargo, una vez pasado aquel primer instante, una sombra repentina e indefinible cayó sobre su corazón. Era como si el sol hubiese desaparecido tras una nube, dejando tras de sí un leve escalofrío. Percibió vagamente aquella sensación, pero no pudo analizarla.

En ese momento, su mirada recayó sobre el rostro de Ronald y descubrió en él una expresión de adoración tan evidente que una sacudida lo recorrió por dentro.

¿Cómo se atrevía Ronald, o cualquier otro hombre, a mirar así a su esposa?

Dirigió rápidamente la vista hacia Mildred. En aquel instante ella se volvía hacia su marido con una sonrisa amorosa. ¡Pero acababa de volverse desde donde estaba Ronald! ¿Había sido aquella sonrisa para él mismo o para el otro? ¿Cuál de los dos?

Mildred advirtió la expresión angustiada de su rostro.

—¡Ernest! ¡Querido! ¿Qué ocurre? ¿Te sientes mal?

Su sobresalto y su preocupación eran tan sinceros que lo devolvieron inmediatamente a la realidad, acompañado de un agudo sentimiento de vergüenza.

¿Qué le sucedía?, se preguntó. Debía de estar loco, debía de ser miserable para que semejante pensamiento hubiera cruzado por su mente.

El remordimiento se apoderó de Halketh. No habría soportado que ella lo creyera capaz de una mezquindad semejante.

Por eso, cuando Mildred respondió a sus comentarios sobre su floreciente salud explicándole que había montado a caballo con mucha frecuencia durante su ausencia y que aquello le había sentado maravillosamente bien, él se negó a formularse la pregunta acerca de quién había sido su acompañante.

—Yo mismo te llevaré a cabalgar, querida. ¡Todos los días! —dijo con entusiasmo—. Veo que ya te ha hecho muchísimo bien.

Pero, después de dos o tres paseos, jamás parecía encontrarse un momento conveniente. Además, las obligaciones de Halketh se hicieron más absorbentes precisamente entonces y, de algún modo, Mildred encontraba grandes dificultades para organizar su tiempo de acuerdo con el de él.
Sin embargo, observó con agradecimiento que su ánimo permanecía alegre. También creyó notar que los períodos de abatimiento se volvían menos frecuentes y menos pronunciados.

El único inconveniente que empañaba ahora una situación casi completamente feliz era que con frecuencia debía ausentarse durante dos o tres días a causa de la inquietud existente entre los nativos.

Y si el teniente Ronald visitaba a menudo sus habitaciones, normalmente era debido a asuntos que requerían la atención del oficial al mando. Si Halketh se hallaba fuera, como generalmente ocurría en los momentos elegidos para tales visitas.

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El teniente Ronald aguardaba, con toda corrección, el regreso del mayor cuando este se hallaba ausente. Ni por todo el mundo Halketh se habría permitido observar que, en tales ocasiones, invariablemente encontraba a su esposa conversando animadamente con el apuesto oficial.

Un día, Halketh regresó de una expedición antes de lo esperado. Al entrar en sus habitaciones y encontrar desierto el salón, subió rápidamente las escaleras en busca de su esposa. La encontró en su dormitorio, cambiándose los hábitos de montar por un ligero vestido de encaje vaporoso.

No pudo reprimir su sorpresa, pues hacía mucho tiempo que ella no montaba a caballo, alegando estar cansada de ello.

—¿Por qué has vuelto tan pronto, Ernest? ¡No te esperaba antes de esta noche!

Corrió hacia él y lo recibió con una efusividad extraordinariamente afectuosa.

Una vez más, la sombra cayó sobre su espíritu.

No podía sofocar la impresión de que ella intentaba apartarlo de cualquier pregunta con sus caricias o, más bien, de que su regreso inesperado la había sobresaltado por alguna razón que no deseaba que él sospechara.

No pudo contener la pregunta:

—¿Quién estaba contigo?

—Estaba sola, querido —respondió ella rápidamente, atrayendo su rostro hacia sí para darle otro beso.

Pero en aquel mismo instante vio al teniente Ronald cruzando el patio de armas.

¡El joven llevaba pantalones de montar!


CAPÍTULO NUEVE: CELOS Y TORMENTO

Un gemido brotó de los labios de Halketh. Apartó a su esposa de sí y la sostuvo a distancia de brazo, contemplando sus ojos como si no pudiera apartar jamás los propios. Ella se asustó.

—¡Queridísimo Ernest! ¡Estás enfermo, lo sé! ¡Déjame ayudarte, amor mío! Ven aquí, junto a la ventana; recuéstate y descansa al aire fresco.

Habló con una emoción tan aparentemente sincera y con una preocupación tan evidente por él que, una vez más, la conciencia de Halketh lo acusó. La soltó y se dejó caer, fatigado, sobre el diván que había junto a ellos.

—No, querida, no estoy enfermo... solo... no comprendo...

Intentó recobrarse mientras Mildred, profundamente angustiada, se arrojaba sobre su hombro, suplicándole que le permitiera llamar al cirujano.

—Aunque sea solo para examinarte, querido. Déjale comprobar que no hay nada malo. Quizá sea el calor y una cabalgata tan larga. Me sentiría mucho más tranquila, Ernest querido.

—No; me encuentro bastante bien. Algo me alteró un poco. Algo que vi hoy me inquietó.

Y mientras la tranquilizaba, una idea se formaba en su mente, una idea de la que llegó a sonrojarse. Pero vería a Ronald. Averiguaría el objeto de aquella cabalgata sin permitir que el otro lo sospechara.

En consecuencia, al encontrarse con Ronald poco después, Halketh condujo la conversación con suficiente habilidad hacia el asunto que no lograba expulsar de sus pensamientos, de modo que Ronald mencionó de manera natural que había pasado toda la tarde cabalgando de un sitio a otro, pues diversas obligaciones lo habían llevado por toda la zona, según explicó.

Después de escuchar la explicación del teniente, a Halketh apenas le quedaban motivos para creer que Ronald hubiera pasado aquella tarde en compañía de su esposa. Sin embargo, por mucho que lo intentó, no logró liberarse de la sensación de que algo siniestro se aproximaba.

Halketh descubrió que observaba a su esposa y a Harry Ronald siempre que los veía juntos. Era evidente que podía leer el amor en los ojos de Ronald cada vez que estos se posaban sobre Mildred. Pero eso era todo; nada había en la conducta de ninguno de los dos que pudiera justificar una objeción por parte del marido más celoso.

Mildred volvía a ser ella misma, su auténtico ser: cariñosa, devota y llena de la cálida ternura de otros tiempos. A veces algún recuerdo desagradable levantaba la cabeza, pero Halketh lo rechazaba de inmediato, decidido a disfrutar de la felicidad que tenía entre las manos sin seguir interrogándose acerca de lo que probablemente no había sido más que un producto de su imaginación alterada.

Además, Halketh cosechaba éxitos extraordinarios en su propio campo de trabajo, lo que constituía una satisfacción adicional. Se estaba convirtiendo rápidamente en una figura prominente tanto en los círculos británicos como en los indígenas. Era tan popular entre los hindúes que, en varias ocasiones, había evitado graves conflictos únicamente gracias a su influencia personal.

Comenzaba a ser reconocido, aunque de manera confidencial, como una especie de representante diplomático del Gobierno británico.

Ya en varias ocasiones había sido enviado, mediante instrucciones privadas procedentes de Downing Street, para resolver situaciones entre la población nativa que amenazaban con producir graves consecuencias.

En cada caso, el extraordinario magnetismo personal de Halketh, su tacto y su delicado sentido del honor habían logrado alcanzar acuerdos amistosos allí donde se temían conflictos.

Aquellos brillantes resultados lo colocaron en una posición muy favorable, y comenzaron a circular rumores de que pronto podría ofrecérsele un mando muy superior al que desempeñaba entonces.

La confirmación de tales rumores no tardó en llegar.

Halketh recibió avisos anunciando la próxima visita de un altísimo funcionario. Poco después, dicho personaje llegó al puesto acompañado de su séquito, y no sorprendió a Halketh descubrir que la misión revestía gran importancia. Los demás creían que la visita de Lord Lesquith era el anuncio de una nueva dignidad que aguardaba a Halketh.

El mayor y Lady Halketh, como anfitrión y anfitriona oficiales, se encontraban ocupados atendiendo a sus invitados. Mildred, siempre una anfitriona brillante, pronto tuvo al ilustre visitante y a todo su séquito rendidos a sus pies.

—Mi querida Lady Halketh —dijo él—, no comprendo qué está pensando Inglaterra al permitir que la India absorba todo su tiempo y nos prive de usted en casa. No es justo. Creo sinceramente que tendré que ordenar el regreso de su marido a Inglaterra, porque no podemos prescindir de su encantadora esposa. ¿No es así, Halketh?

Lord Lesquith se volvió hacia Halketh, que soltó una carcajada.

—Tal como están las cosas, ya me cuesta bastante conservarla para mí solo. Pero supongo que ese es el castigo por haber logrado conquistarla.

—No creo que vayamos a permitirle seguir siendo tan egoísta en el futuro, querido amigo.

Hizo una pausa para tomar un helado de la bandeja que le ofrecía uno de los sirvientes indios vestidos de blanco.

—No podemos seguir desperdiciando tanta gracia en los aires del desierto. Inglaterra debe reservar para sí sus adornos más brillantes. Tengo una idea...

Su señoría sonrió misteriosamente a Halketh y luego se dirigió a Mildred, que en aquel momento era el centro de un grupo fascinado y no había oído la conversación entre su esposo y el visitante.

—¿Qué le parecería, Lady Halketh, ser secuestrada y llevada de vuelta a Inglaterra? No diré que eso no pudiera suceder cualquier día de estos. ¿Qué opinaría de ello?

Lord Lesquith hablaba con ligereza, pero sus palabras sugerían una intención más seria.

Halketh se volvió sonriente hacia su esposa, para sobresaltarse al ver la expresión de su rostro: una expresión que casi parecía de miedo.

—¡Oh, no podría ir a Inglaterra! —exclamó como involuntariamente—. ¡No podría abandonar la India!

Lord Lesquith la miró con sorpresa, tanto por sus palabras como por la forma en que las había pronunciado.

Ronald se encontraba un poco detrás de Mildred. Al escuchar las palabras de Lesquith se había acercado más a ella. Halketh lo advirtió y creyó ver que los ojos de su esposa buscaban el rostro de Ronald con una intensidad terrible, aunque aquella expresión duró apenas un instante.

Entonces algo pareció quebrarse en su corazón.

Un súbito relámpago iluminó su mente, alumbrando los rincones más oscuros donde habían permanecido dormidos aquellos vagos y torturantes temores de algún tiempo atrás.

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Los temores que habían quedado adormecidos, relegados al olvido durante el apacible transcurrir de los días iluminados por la felicidad serena que había acompañado al restablecimiento de la salud de Mildred.

Pero ahora, en aquel relámpago de comprensión, Halketh supo que esos temores nunca habían desaparecido realmente de su conciencia. Solo habían permanecido dormidos temporalmente. Estaba seguro de ello ahora; seguro pese a todas las tranquilizadoras experiencias de los últimos meses.

Tranquilizaciones de las que se había alimentado como el adicto se alimenta de su droga, y gracias a las cuales había dejado pasar el tiempo sumido en felices sueños, sueños que había confundido con la realidad.

Ahora aquellas formas sombrías se alzaban de nuevo, convertidas de pronto en presencias reales y amenazadoras que al fin debía afrontar tal como eran.

Comprendió también que siempre había existido, en lo más profundo de su subconsciente, una convicción latente: que una parte del ser de su esposa permanecía tan lejos de su alcance como si perteneciera a otro mundo, a otra vida, imposible para él de penetrar.

Intentó dominarse. Intentó aferrarse a la confianza y regresar a la fe que había recuperado una vez antes.

Después de todo, ¿qué pruebas tenía?

Tan solo una mirada.

Una frase pronunciada sin pensar por Mildred. Un movimiento casual de Ronald.

Con esos argumentos combatía contra sí mismo mientras apenas era consciente de las alegres respuestas de su esposa y de la vivacidad con que conducía la conversación, recuperada ya de aquel instantáneo desfallecimiento.

Seguramente las cosas no podían ser distintas de lo que aparentaban.

Pero era inútil.

Por más que lo intentaba, no lograba expulsar la sospecha que latía sin descanso en su interior, obligándolo una y otra vez a repasar aquel círculo de hechos o fantasías sombrías.

Asfixiado, se llevó la mano al cuello y tiró nerviosamente de su cuello de camisa.

Entonces, de repente, su mente se volvió fría y clara.

Era necesaria la prudencia. Prudencia, o todo podría escapársele.

Procedería despacio. Emplearía la astucia hasta tener la certeza entre sus manos.

Entonces podría actuar. Pero ahora...

Se levantó en silencio, se disculpó con aparente naturalidad ante su ilustre invitado y abandonó la estancia.

No regresó hasta sentirse otra vez suficientemente dueño de sí mismo para afrontar el resto de la velada.

CAPÍTULO DIEZ: UN DESAFÍO

Por fin la casa quedó en silencio. Todos los invitados habían desaparecido por el sendero enmarcado de follaje, exquisito bajo la luz de la luna, que hacía resaltar cada hoja en un delicado dibujo brumoso, semejante a un encaje centelleante contra el cielo.

El último en marcharse fue Ronald, y Mildred permaneció un momento junto a la puerta abierta después de que él se hubo ido, contemplando la belleza de la noche tropical.

Luego se volvió, avanzó con ligereza hacia su esposo y apoyó silenciosamente la cabeza sobre su hombro.

Él permaneció inmóvil y rígido.

Mildred se sobresaltó al percibir la extraña tensión de su actitud.

—¿Estás cansado, querido?

De repente se sintió incapaz de encontrar las palabras adecuadas. Por alguna razón, contuvo la caricia que había estado a punto de darle y permaneció donde estaba, esperando.

Pero él siguió silencioso e inmóvil, sin siquiera volver los ojos hacia ella.

Inquieta, aguardó uno o dos momentos más y luego apoyó la mano sobre su hombro.

—Querido, estás tan callado... ¿La velada fue demasiado larga? ¿Quizá te aburrió?

Una vez más, él no respondió.

Ella se volvió y alzó el rostro hacia el suyo con una expresión de ansiedad e interrogación.

—¡Ernest! ¿Qué ocurre? ¿Hay algo malo, amor mío?

Lo sacudió suavemente, casi sin darse cuenta de lo que hacía.

Por fin él se movió.

La miró con una expresión que ella no logró interpretar. Le pareció que intentaba hablar varias veces sin conseguir pronunciar las palabras.

Ahora estaba verdaderamente alarmada.

Cuando por fin habló, Mildred se sobresaltó y por un instante casi miró alrededor, convencida de que debía de ser un extraño quien les estaba hablando.

—Mildred —dijo aquella voz hueca—, estás cansada. Veo que necesitas descansar...

Se interrumpió y casi pareció estar haciendo un esfuerzo para recobrar el aliento.

Sin embargo, aquellas palabras tan corrientes la tranquilizaron un poco, pese a lo extraño de su actitud.

—Ernest, querido, eres tú quien necesita descansar. No debes ocultarme nada. Estoy preocupada por ti. Dime la verdad. ¿Estás enfermo o sufres algún dolor?

Él hizo un esfuerzo por recobrarse.

—¡Claro que no! ¿Por qué habrías de pensar que estoy enfermo o que sufro? Vamos, querida; insisto en que entres y te acuestes. La velada ha sido larga... quizá demasiado larga en ciertos aspectos.

Hizo un enorme esfuerzo por parecer natural, por mostrarse tan tranquilo como de costumbre.

Pero Mildred comprendió que algo andaba mal.

—Entonces tú también debes venir, Ernest —dijo tras una pausa—. Creo que estás agotado, después de una velada tan larga y de tanta conversación. Vamos, querido. Entremos juntos.

Lo miró suplicante.

Él se volvió lentamente y contempló sus ojos.

Permanecieron así un largo momento, ella devolviéndole la mirada con afectuosa preocupación.

Finalmente, él se movió.

Pasó una mano por su cabello y luego lo rozó suavemente con los labios.

Había una extraña expresión en su rostro, pero Mildred tenía la cabeza inclinada y no la vio.

—Debes irte a descansar, Mildred, porque te lo pido. Déjame encontrarte dormida cuando suba. Antes tengo que revisar unos documentos para el correo de la mañana.

Esta vez consiguió parecer más él mismo, y Mildred se retiró a su habitación.

Continuaba preocupada por él, pero estaba muy cansada y pronto cayó en un sueño profundo.

No despertó hasta avanzada la mañana siguiente.

Encontró una nota de su esposo explicándole que una emergencia lo había obligado a partir temprano hacia un puesto avanzado. Temía no poder regresar antes de la noche del día siguiente. Añadía excusas para los visitantes y otros asuntos semejantes.

A Mildred no le gustó aquello.

«¡Qué extraño por parte de Ernest!», pensó.

¿Por qué se había marchado sin despertarla?

Y además, la noche anterior había estado tan distinto de sí mismo...

¿Podría haber ocurrido algo grave que no quisiera contarle?

Durante la mañana preguntó a Ronald al respecto, pero él afirmó no saber nada de ninguna noticia especialmente importante o interesante.

Mildred era hija de militar y esposa de militar; sabía lo suficiente para no insistir en cuestiones de esa naturaleza.

Concluyó que su marido había recibido alguna información que prefería guardar para sí mismo y, por eso, no mencionó el contenido de la nota.

Aun así, una cierta inquietud la acompañó durante todo el día.

Cuanto más reflexionaba sobre ello, más extraña le parecía la actitud de Ernest la noche anterior, cualquiera que hubiese sido la causa.

Y lo más sorprendente de todo era que pensara permanecer ausente también al día siguiente, pues esa era la fecha fijada para la partida de los visitantes y se había organizado un entretenimiento especial en su honor.

La emergencia debía de ser realmente grave para impedirle despedirse personalmente de huéspedes oficiales cuyo rango exigía todas las muestras de cortesía.

La ausencia del mayor Halketh, salvo en circunstancias extremas, habría constituido una seria falta a la etiqueta.

Durante todo el día, Mildred encontró difícil dar explicaciones satisfactorias a las muchas preguntas que le dirigían.

Finalmente, cansada y nerviosa, huyó de la observación de los demás.

La tarde estaba ya muy avanzada y decidió salir a dar uno de aquellos paseos solitarios que ahora hacía con frecuencia.

Al parecer, su esposo había sospechado al menos aquella costumbre.

Porque se hallaba oculto entre las sombras de una arboleda frondosa desde la cual ningún movimiento procedente de sus habitaciones podía escapar a su vigilancia.

-46-

Había permanecido allí esperando, sin comida ni agua, durante todo aquel largo día.

¿Esperando qué? Sentía, sabía, que tarde o temprano ella saldría. La esperaría. ¡La esperaría!...

El día avanzó. Las largas sombras comenzaron a extenderse.

¿No iba a salir nunca? ¿No comenzaría jamás la revelación?

Debía cumplir su propósito. Después... hundirse en el olvido eterno.

Por fin, la puerta lateral, rara vez utilizada, se abrió. Ella salió silenciosamente, cautelosamente.

No deseaba encontrarse con transeúntes; eso estaba claro.

¿Con nadie? No. Había una persona a la que sí deseaba encontrar.

Pero tomó el sendero opuesto, el camino que conducía a la selva.

¿Por qué? ¿Qué podía llevarla allí?

¿Y él, el amante al que iba a encontrarse?

¿Dónde estaba? Hoy no había caballo. Entonces no pensaba alejarse mucho.

Debía apresurarse si quería dar un rodeo y alcanzarla antes de que llegara a la zona donde el sendero se bifurcaba. Más adelante el follaje se volvía demasiado espeso y era fácil perder el rastro de la presa.

Pero en su precipitación tropezó y cayó pesadamente, golpeándose la cabeza contra una piedra.

¿Cuánto tiempo había perdido? ¿Había permanecido inconsciente mucho rato?

¡Maldita suerte! Debía seguir adelante.

Su cabeza no parecía demasiado despejada.

¿Habría sido importante aquel tiempo perdido?

En cualquier caso, debía darse prisa.

¿Dónde estaba el sendero?

¿Cómo era posible...? Parecía encontrarse muy lejos de él.

¡Ah!

Ahora volvía a encontrarlo.

Sí, aquel era el camino. Pero ¿dónde estaba ella?

Ya debía de haber alcanzado la espesura donde los senderos se dividían.

¿Y si la perdía después de todo?

¿Quién era aquel que venía desde el puesto militar?

El amante, por supuesto. ¡Ahora el cuadro estaba casi completo!

Primero se ocuparía de aquel hombre.

Después... más tarde... llegaría el turno de Mildred.

—¡Ronald! ¿Adónde va? Tomado por sorpresa, el joven oficial se sobresaltó. Culpablemente, pensó Halketh, mientras Ronald devolvía mecánicamente el saludo de su superior.

—Iba a dar un paseo, señor —respondió Ronald, visiblemente desconcertado por el extraño aspecto de su comandante y la expresión salvaje de su rostro.

Halketh avanzó hacia él.

—¡No es un paseo, señor! Usted va a encontrarse con...!

Las palabras parecieron atascarse en su garganta.

¿Cómo podía pronunciar el nombre de ella asociado a semejante pensamiento, incluso ahora?

Ronald lo observó fijamente mientras su expresión se endurecía.

Halketh tragó saliva, intentando concluir la frase.

Al fin terminó torpemente:

—...a encontrarse con... alguien.

—¡No, señor! No voy a encontrarme con nadie —replicó Ronald con brusquedad.

Halketh perdió el dominio de sí mismo.

—¡No tergiverse las cosas! ¡No me mienta! —gritó.

Ronald dio un paso adelante.

—¿Mentira? ¿Se atreve a dirigirme esa palabra, señor?

—¡Mentiroso... y algo peor! ¡Eso es lo que le llamo!

Halketh casi se ahogaba mientras escupía aquellas palabras con voz ronca.

Ronald consiguió conservar el control.

—¿De qué me acusa exactamente? —preguntó con frialdad—. ¿Se ha vuelto loco?

—¿Así que pretende no entenderme? ¡Sé muy bien cuál es su propósito aquí! ¡No deseo nombrarlo! ¿Aceptará batirse conmigo?

—¡Desde luego, señor!

A Ronald le costó un gran esfuerzo dominarse.

—Pediré al teniente Harrington que actúe como mi padrino.

Saludó rígidamente y se alejó en dirección al puesto.

Halketh permaneció donde Ronald lo había dejado.

Se sentía aturdido y deseaba dormir.

Se tendió sobre la hierba espesa, bajo la sombra de unos arbustos densos, y casi inmediatamente cayó en un sueño profundo y sin sueños.

Cuando despertó, la luna brillaba con intensidad.

No tenía idea de la hora que era, pero solo sabía una cosa:

debía regresar al puesto sin que nadie lo viera.

Pensaba pedir a su mejor amigo, el capitán Rutherford, que resolviera ciertos asuntos por él.

De algún modo se encontró ante las habitaciones de Rutherford sin recordar cómo había llegado.

Llamó a la puerta, la abrió y entró tambaleándose.

Rutherford contempló con asombro aquel rostro desencajado, al que al principio apenas reconoció.

—Déjame entrar, Rutherford. Escóndeme. No permitas que nadie sepa que estoy aquí.

Halketh cayó en el asiento más cercano y permaneció allí, mirando fijamente al vacío durante algún tiempo.

Tras un instante de desconcierto, Rutherford se apresuró a servir un vaso de whisky.

Pero la mano de Halketh temblaba con tanta violencia que el capitán tuvo que sostener el vaso hasta sus labios mientras bebía.

—Así está mejor, viejo amigo. Ahora relájate un poco.

Cerró la puerta con llave y luego se sentó en silencio a esperar.

Comprendía que alguna catástrofe había caído sobre Halketh y que este se hallaba al borde del colapso. Sin embargo, no parecía haber nada más que pudiera hacer, salvo esperar a que volviera a hablar.

Durante largo rato permanecieron así.

Al fin Halketh levantó la cabeza y dijo lentamente:

—George... te necesito.

Parecía incapaz de reunir las palabras necesarias para expresarse.

—Voy a matarlo... y tú debes ser mi padrino.

Rutherford quedó horrorizado, completamente atónito.

Se preguntó si aquello tan terrible que había sucedido a Halketh no le habría trastornado la razón.

Pensando en esa posibilidad, respondió con calma:

—Haré cualquier cosa que necesites. Puedes contar conmigo, ya lo sabes. Pero es tarde y necesitas dormir bien. Toma otro vaso y luego acuéstate.

Ahora Halketh comprendió que Rutherford lo creía fuera de sus cabales.

Debía corregir aquella impresión antes de continuar.

—No, George. No estoy loco. No puedo decirte por qué me encuentro en esta situación. Pero voy a batirme con Ronald. Debes arreglarlo con Harrington, que actuará como su padrino. Debe ser lo antes posible. Eso es lo único en lo que insisto.


CAPÍTULO ONCE: SUSPENSO

Rutherford reflexionó antes de responder a la asombrosa exigencia de Halketh.

—Ernest —dijo lentamente—, no puedes hablar en serio. Debe de haber algún terrible error. Tómate tiempo para pensarlo y cuéntame más mañana por la mañana.

Pero Halketh respondió con tal solemnidad que su amigo sintió de pronto la convicción de que estaban ocurriendo cosas que escapaban por completo a su comprensión, y que ninguna acción por su parte podría cambiarlas.

—George —dijo Halketh—, lo que existe entre Ronald y yo ningún hombre llegará jamás a saberlo. Es algo que nos acompañará incluso más allá de la tumba. ¡Y pronto él estará allí conmigo!

Rutherford se estremeció.

—¿Verás a Harrington, George?

Incapaz de hablar, Rutherford asintió con la cabeza y estrechó la mano de Halketh.

—Nadie debe saberlo, George. Por supuesto, no necesito decírtelo. ¡Secreto absoluto, ocurra lo que ocurra! Confío en ti.

—Ernest —dijo Rutherford gravemente—, ¡piénsalo! Te lo suplico. Solo unas pocas horas de espera...

Halketh levantó una mano.

—¡Ni un momento, George! Todo el tiempo que venga después no bastará para cambiar las cosas. Recuerda que dependo de ti.

Hizo una pausa y añadió:

—Ahora me iré a descansar un poco, viejo amigo. Hay mucho que hacer y estoy muy cansado. Pero primero debo reposar. Después, ¡al trabajo!

Alargó la mano hacia la botella que seguía donde Rutherford la había dejado. Con una mano que temblaba tan violentamente que gran parte del licor se derramó, llenó el vaso con aquel líquido transparente y lo apuró de un solo trago.

Luego, sin decir una palabra más, se dejó caer completamente vestido sobre un diván y cayó en un estado que se parecía más al estupor que al sueño.

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Rutherford permaneció sentado durante largo tiempo observando a su amigo y superior, que seguía exactamente en la misma postura en que había caído después de pronunciar sus últimas palabras.

Intentó pensar con claridad y hallar una explicación para el súbito y misterioso desafío que Halketh había lanzado a Ronald.

Consideró sucesivamente las causas habituales que podían provocar una acción tan grave: un insulto, una ofensa al honor o los celos por una mujer.

Y descartó todas ellas.

Después decidió prudentemente aplazar cualquier conclusión hasta haber hablado con Harrington.

Pero Harrington tenía poco que decir que permitiera albergar esperanzas de un desenlace feliz.

Él también se había mostrado profundamente impresionado y, al principio, se negó a tomar en serio la petición de Ronald.

Al igual que Halketh, Ronald había rechazado de plano cualquier discusión sobre el asunto.

Rutherford y Harrington hablaron largo y tendido, con gran seriedad, pero parecía imposible resolver la cuestión amistosamente.

Finalmente, decidieron que cada uno intentaría un último esfuerzo de reconciliación, basándose en consideraciones morales: que ambos oficiales eran amigos desde hacía muchos años y que un duelo entre ellos sería algo monstruoso y antinatural.

Pero ambos padrinos fracasaron por completo.

Ni Halketh ni Ronald estaban dispuestos a escuchar argumentos ni razones.

El asunto debía seguir adelante hasta su sombrío desenlace, y toda nueva discusión resultaba tan inútil como indeseada.

Finalmente, Halketh declaró sin rodeos a Rutherford que, si no se le comunicaban de inmediato los detalles referentes al lugar, la hora y las armas, ni él ni Ronald seguirían demorándose por cuestiones de formalidad.

Para entonces el día ya estaba muy avanzado.

Rutherford y Harrington habían agotado todos los pretextos posibles para retrasar los preparativos, esfuerzo en el cual los favorecieron las ceremonias oficiales relacionadas con la partida de Lord Lesquith y de su séquito, incluida una escolta de oficiales montados que debía acompañarlos durante varios kilómetros.

Sin embargo, una vez concluidos aquellos compromisos, resultó imposible seguir ganando tiempo.

No quedaba otra alternativa que llevar adelante los planes para un encuentro fijado para aquella misma tarde.

Las armas elegidas serían espadas.

Pero los dos padrinos, aunque a regañadientes, se negaban a considerar la situación completamente desesperada hasta que llegara el último momento.

Durante aquellas horas siniestras, Mildred tuvo una jornada muy ocupada y bastante agotadora.

Su esposo continuaba ausente y nadie podía informarle si regresaría a tiempo para el almuerzo de despedida ofrecido a los invitados.

—¡La verdad, Ernest se está portando fatal! —se lamentó mientras iba de un lado a otro dando sus últimas órdenes.

—¡Isuf! Has dejado varios de estos jarrones vacíos. Trae más flores. Deben llenarse enseguida. Y también has olvidado colocar los abanicos adicionales. ¡Date prisa! Ya es tarde.

El criado indígena se apresuró a obedecer mientras Mildred, nerviosa, corregía aquí y allá la colocación de las flores, la platería y la cristalería, encontrándolo todo insatisfactorio.

—Hoy nada sale bien. La mesa tiene un aspecto horrible; rígido y convencional, precisamente lo que quería evitar. Y si Ernest me deja sola ahí... ¡qué espantoso!

Golpeó el suelo con el pie.

Al intentar dar una apariencia más natural a un arreglo floral especialmente rígido, volcó el jarrón y el agua se derramó sobre una buena parte del mantel.

—¡Isuf!

El hombre acababa de regresar con un gran ramo de flores.

—Debes cambiar este mantel inmediatamente. Llama a los demás para que te ayuden o no terminarás a tiempo. Dame esas flores y los jarrones. Yo misma los arreglaré.

Durante el siguiente cuarto de hora, Mildred fue cayendo en un estado de nerviosismo poco habitual sin conseguir, además, el efecto que deseaba.

Finalmente, desesperada, distribuyó las flores apresuradamente en los jarrones y apenas tuvo tiempo de vestirse antes de que comenzaran a llegar los invitados.

Y seguía sin haber noticias de Halketh.

Su esposa, sin embargo, cubrió brillantemente su ausencia.

Tan pronto como pudo hacerlo sin llamar la atención, llevó aparte a Lord Lesquith y le explicó que su marido había abandonado el puesto la noche anterior para cumplir una misión urgente cuya naturaleza no le había revelado y de la que aún no había regresado.

Aquella explicación bastó para Lesquith, quien conocía la inestable situación del distrito.

Expresó cortésmente su pesar por la ausencia de su anfitrión.

Mildred se sintió aún más contrariada por la tardanza de tres oficiales del puesto: Rutherford, Harrington y Ronald.

Precisamente acababa de decidir que el almuerzo debía comenzar cuando los tres aparecieron juntos.

Harrington llegó primero hasta ella.

—Lady Halketh, he llegado tarde. ¿Tendrá la bondad de disculparme? Fui llamado por un asunto urgente y lamento...

Se interrumpió confusamente al darse cuenta de repente de que su superior, Rutherford, debería haber hablado antes.

Pero Rutherford ni siquiera pareció advertir aquella infracción de la etiqueta militar.

—Nos vimos retenidos por circunstancias inevitables —dijo humildemente— y le rogamos que disculpe nuestra tardanza.

También él se comportaba de una manera extraña y rígida, lo que despertó la curiosidad de Mildred.

Sin embargo, no dio muestras de ello.

—Estoy segura de que solo asuntos muy importantes habrán podido retrasarlos, así que quedan perdonados.

Luego se volvió hacia Ronald y advirtió inmediatamente que él también parecía tenso y poco natural.

—Vamos, señor Ronald —dijo sonriendo mientras le tendía la mano—. ¿Tiene usted una explicación igualmente buena para llegar tarde?

El joven estaba pálido.

Vaciló antes de estrechar su mano.

Entonces Mildred comprendió que algo extraño ocurría por todas partes.

Se apresuró a aliviar aquella atmósfera incómoda anunciando que el almuerzo estaba servido.

A partir de ese momento, las obligaciones de anfitriona la mantuvieron demasiado ocupada para seguir pensando en el singular comportamiento de los tres oficiales.

Por fin terminó aquel día agotador.

Por fin los invitados se marcharon.

Y Mildred, con un genuino suspiro de alivio, se dejó caer en un asiento para disfrutar del fin de la tensión bajo la que había vivido durante varios días.

Entonces repasó mentalmente todo el acontecimiento.

A pesar de tantos contratiempos, consideró que había sido un éxito.

Ernest estaría complacido, pensó.

A lo largo del almuerzo, la ausencia de su marido apenas había sido notada.

Ronald había desaparecido inmediatamente después, pero Mildred no lo había advertido, ni tampoco había notado que no acompañó a la escolta de despedida.

Durante todas aquellas horas, Halketh había permanecido en las habitaciones de Rutherford.

La mayor parte del tiempo estuvo sumido en una especie de estupor que lo mantuvo inmóvil hasta bien entrada la tarde.

Entonces se levantó.

Se afeitó y se vistió cuidadosamente.

Después escribió una carta.

Y cuando la tarde comenzó a declinar, tomó el camino hacia sus propias habitaciones, aunque con extrema cautela, casi furtivamente.


CAPÍTULO DOCE: EL TERRIBLE AMANTE

Las ventanas del salón estaban abiertas. Desde donde se encontraba, podía ver la figura de Mildred moviéndose por su habitación, yendo de un lado a otro.

Por un instante olvidó que las cosas ya no eran como antes.

Permaneció observándola como si estuviera bajo un hechizo.

Se preguntó si aquello era un sueño o si realmente estaba allí.

Estuvo a punto de lanzarse hacia adelante con el impulso alegre de siempre, subir los escalones de tres en tres, como acostumbraba hacer, y correr luego hasta la habitación de su esposa.

Pero en el momento en que dio el primer paso apresurado, algo lo detuvo.

Lo frenó como una traílla detiene a un perro de caza, y se preguntó por qué no debía entrar.

Entonces la comprensión cayó sobre él.

Se tambaleó bajo el impacto.

Durante un instante su mente pareció aclararse hasta alcanzar una especie de conocimiento superior; el ojo interior se abrió durante una millonésima de segundo y le pareció vislumbrar algo más allá de la realidad visible.

Pero la visión pasó demasiado rápido para que su cerebro pudiera retenerla.

Solo supo que había sido algo tan espantoso que dio gracias a Dios por aquella pequeña tregua: aún no necesitaba conocerlo en toda su verdad.

Eso quedaría para el futuro.

Y el futuro sería otra cuestión.

-48-

El mismo estupor que lo había embotado durante casi todo el día descendió de nuevo misericordiosamente sobre su mente, como el éter que los cirujanos administran según las necesidades del paciente que debe pasar por el bisturí. A veces solo lo suficiente para permitirle soportar la operación.

Así también ahora aquella soñolienta letargia volvió a envolverlo.

De una manera extraña, estaba empezando a amarla: aquella nueva condición de su espíritu que le traía alivio frente al dolor.

No sabía cuánto tiempo había permanecido allí de pie.

Entonces advirtió que ella ya no estaba en la habitación, aunque no había percibido el momento en que desapareció de su vista.

La puerta lateral se abrió, la misma situada al final de la veranda, exactamente igual que la otra vez.

Ella salió.

Podía distinguir un fragmento de su vestido blanco allí donde el fino chal azul oscuro que llevaba revoloteaba al caminar.

¿Adónde iba?

La misma dirección.

El sendero que conducía a la selva.

Iba a encontrarse con su amante.

¡Pero sería la última vez, por Dios!

La siguió sigilosamente.

¡Con qué rapidez avanzaba!

¡Qué bien conocía el camino!

Mucho mejor que su marido, que apenas lograba mantenerla a la vista mientras se apresuraba por aquella senda irregular llena de curvas y obstáculos.

Ya estaban internados en la selva.

Sentía que debía aferrarse con fuerza a la razón. La cabeza le latía tan violentamente que se preguntó si no acabaría perdiéndola en el momento decisivo.

Quizá, después de todo, no fueran necesarios los servicios de Rutherford.

Ni los de Harrington.

¿Cómo era eso?

¿Dónde había desaparecido?

Esforzó la vista entre el espeso follaje, pero no pudo verla.

Quizá todo fuera solamente un sueño.

Una pesadilla espantosa.

Si estaba despierto, ¿dónde estaba ella?

¿Era realmente aquel el sendero de la selva o se encontraba en su propia cama, despertando de una larga y horrenda pesadilla?

Debía de haber soñado que veía a su esposa caminando delante de él por aquel sombrío camino.

¿De qué otro modo podía haberse desvanecido así?

¿Qué era aquel sonido en lo profundo de la selva?

Sonidos... sonidos de movimiento... sonidos de voces.

¡Entonces no era un sueño!

¡Era verdad! ¡Verdad! ¡Había llegado el momento!

Estaba allí; no era un fantasma ni una ilusión, sino carne viva.

Carne que podía cortarse. Atravesarse. Despedazarse.

¡Si tan solo lograba conservar la cordura el tiempo suficiente para hacer lo que debía hacerse!

Se detuvo un instante, intentando recomponerse, reunir hasta el último resto de energía que aún quedaba en su interior.

Escuchó. ¿Voces?

No. Una sola voz. La de ella.

¿Cómo acercarse sin ser oído? ¡Allí!

Por aquel pequeño sendero sinuoso que se apartaba del camino principal y penetraba en la espesura más profunda de la selva.

Y ahora los sonidos llegaban con mayor claridad.

Las palabras comenzaban a alcanzar sus oídos.

¡Ella estaba feliz!

¡Feliz!

Los más dulces acentos del amor y la ternura.

Tropezando, siguió adelante.

—¡Amado mío! ¡Amado mío! ¡Ya estás aquí antes que yo! ¡Cuánto te he añorado, cuánto te he añorado!

Halketh avanzó tambaleándose.

¡El final estaba próximo!

—¡Te amo! Baja la cabeza, junto a la mía... así...

Otra vez aquella risita burbujeante.

¿Qué recuerdo despertaba en él?

—Más cerca... más cerca de mí... más cerca... más cerca... ¡Ah!

Qué extraño. ¿Era música? ¿Quién estaba tocando?

¿Qué melodía era aquella, tan dulce y tan familiar?

De pronto la reconoció.

El fakir la había tocado mucho tiempo atrás, cuando apareció entre los árboles de espeso follaje.

—¡Otra vez, amado mío!

Se preguntó si realmente estaba oyendo aquella música.

—¡Dame amor! ¡Dame vida con tus labios! ¡Bésame, bésame!

Y entonces el sueño cambió, como sucede en los sueños.

Le pareció salir a un claro desde donde finalmente podría contemplar a su esposa entre los brazos de su amante.

En los sueños nunca logramos movernos en el momento preciso.

Y en aquel sueño Halketh permanecía inmóvil, petrificado, incapaz todavía de lanzarse sobre Ronald.

La forma oscura junto a su esposa se movió.

La cabeza del amante se alzaba.

Se alzaba.

¡Oh, Dios! ¡Dios mío!

Aturdido. Enloquecido. Loco de horror.

Halketh se cubrió los ojos con las manos.

Miró otra vez.

Y entonces comprendió.

Aquella cabeza con capucha. Aquellos anillos.

Ni el propio infierno habría podido ofrecer un espectáculo semejante cuando el terrible Amante volvió a besarla.

De repente Halketh saltó hacia ellos.

La espada destinada al corazón de Ronald se hundió profundamente en el cuello escamoso de la cobra.

Una vez.  Otra. Y otra. Y otra más.

Las espantosas espirales comenzaron a retorcerse en convulsiones frenéticas, semejantes a gigantescos resortes desquiciados, mientras la espada de Halketh atravesaba y desgarraba.

Resonaron gritos salvajes.

Algo se lanzó contra su garganta.

Sintió pequeños pinchazos semejantes a uñas arañando su cuello, intentando abrirse paso hacia su carne.

¡Así que también su esposa había entrado en aquella pesadilla de locura!

¿Por qué no?

¡Aquella noche parecía que el infierno entero se había desencadenado!

Sin prestar atención a la insignificante violencia de los golpes de Mildred, hundió una y otra vez la espada afilada hasta que los retorcidos anillos quedaron lo bastante inmóviles como para poder apartarse de ellos sin peligro.

Y aun así habría preferido continuar cortando para siempre, hasta que el olvido acabara por apoderarse de él, antes que detenerse y enfrentarse a lo que ahora debía afrontar.

Aturdido por el horror absoluto de todo aquello, Halketh sujetó a su esposa con tanta fuerza que las frenéticas resistencias de ella cesaron de golpe.

—¡Demonio! —gritó ella—. ¡Me has arrebatado mi amor, mi felicidad, mi propia vida!

—¡Basta! ¡Basta! —rugió Halketh, sacudiéndola hasta hacerle castañear los dientes—. ¡Eres un demonio que viste la forma de mi pobre Mildred! ¡Debería matarte!

Miró a su alrededor buscando la espada que había arrojado.

La violencia de aquellas sacudidas pareció devolver en parte el juicio a Mildred.

Aferrándose a su brazo, gimió:

—¡Oh, Ernest! ¡Ten piedad de mí! ¡No lo entiendes... no puedes entenderlo!

Él la miró fijamente.

El horror y una demencial perplejidad luchaban en su rostro.

—¡Ernest, por el amor de Dios! ¿Por qué lo mataste?

Con aquellas palabras murió su última esperanza.

Se abandonó por completo al fantástico infierno cuyas arenas movedizas comenzaban a tragárselo.

Soltó una carcajada espantosa.

—Supongo que estoy soñando. Nada parece ya real. Espero que nada sea real. Mildred, ¿dónde estamos? ¿Qué ha ocurrido?

Ella lloraba.

—¡Oh, Ernest! ¡Déjame recobrarme! Sé cuán terrible debe parecerte todo esto. Pero no puedo vivir sin aquello que acabas de ver.

Él permaneció inmóvil, contemplándola con mirada vacía.

—No te entiendo, Mildred.

—Lo sé, querido. Te resultará muy difícil comprenderlo. Nunca quise que llegaras a saberlo.

La mirada ausente de Halketh no abandonaba su rostro.

Poco a poco Mildred iba recuperando el dominio de sí misma.

Posó una mano sobre el brazo de su marido.

—¿Volvemos a casa, querido? Creo que allí podría explicártelo mejor.

—Mildred, debes aclararlo ahora.

Halketh hacía un esfuerzo supremo por conservar la conciencia, que sentía escapársele.

—Date prisa... o temo no ser capaz de resistir mucho más.

Todavía jadeante y temblorosa, ella exclamó:

—¡Ernest! ¡Mi amado esposo!

Él se estremeció al oír aquellas palabras cariñosas, y ella lo advirtió.

—¡Perdóname o moriré! —sollozó—. No tengo la culpa... ¡Oh, Ernest, no tengo la culpa! Desde aquella noche, cuando los nativos me llevaron consigo... hace años... cuando una cobra me mordió al pasar bajo un árbol... he sido incapaz de vivir sin su veneno.

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—Debí habértelo dicho... ¡Oh, lo sé, debí habértelo dicho!

Ahora lloraba desconsoladamente, mientras su esposo continuaba tan rígido como antes, luchando por conservar el dominio de sí mismo.

—Continúa —dijo al cabo de un momento.

Mildred se esforzó por reprimir los sollozos histéricos que le cerraban la garganta.

—Sabes, Ernest, cómo permanecí durante tanto tiempo como si estuviera muriéndome, incapaz de reaccionar, hasta que me regalaste aquel perrito.

»Solo entonces las cosas empezaron a parecerme un poco más claras, como si estuviera despertando nuevamente a la vida. Y fue el perro quien produjo ese cambio. Me hizo comprender vagamente que necesitaba tener cerca una forma de vida animal. Pero aun así no lo entendía del todo.

»Incluso entonces solo había regresado parcialmente a mi conciencia normal. Todavía no era lo bastante yo misma para comprender lo que sucedía a mi alrededor ni dentro de mí.

»Solo cuando encontramos aquel día al encantador de serpientes llegué finalmente a comprenderlo. Entonces supe qué era lo que necesitaba... o perecería.

—Dios te castigó al no dejarte perecer —dijo Halketh con la misma calma pétrea.

—¡Oh, Ernest... Ernest! —gimió ella de nuevo.

—Continúa.

—Y entonces... entonces vi que aquello te horrorizaba. También comprendí que no era bueno ni natural, de modo que oculté las serpientes. Necesitaba sus mordeduras para mantenerme alegre y llena de vida... para seguir viviendo.

»Pero después de un tiempo... recuerdas, Ernest, cuando me volví tan apática hace algún tiempo... descubrí que las mordeduras de serpientes pequeñas ya no eran suficientes.

»Yo... necesitaba un estímulo más fuerte.

»Por eso empecé a internarme en la selva los días en que tú estabas fuera.

—¡Oh, si supieras cuánto sufro al confesarte esto!

Volvieron a sacudirla violentos sollozos, terribles convulsiones que, sin embargo, consiguió dominar mientras reunía fuerzas para la confesión definitiva.

—Vagaba por la selva... las llamaba... y al fin encontré las grandes cobras... y dejé que me dieran vida.

—¡Oh, Dios del cielo, cuánto lo amo!

Las últimas palabras escaparon involuntariamente de sus labios.

Su voz se elevó en un grito que quedó bruscamente interrumpido cuando la mano de Halketh se cerró alrededor de su garganta como una garra de hierro.

La sostuvo así durante un instante, mientras ella se debatía sofocándose y agitaba los brazos desesperadamente en el vacío.

Luego la soltó con la misma brusquedad.

Ella cayó al suelo entre gemidos.

Él la dejó allí.

Su voz glacial llegó hasta sus oídos.

—Todavía no lo he decidido, Mildred. Quizá te mate esta noche. Tal vez no abandones este lugar con vida.

Se interrumpió y pareció perderse en una profunda meditación.

Mildred, casi vencida por el horror, se arrastró hasta sus pies gimiendo.

Los ojos de Halketh se volvieron hacia ella.

Ningún otro músculo de su cuerpo se movió.

Al cabo de un momento habló:

—No. No digas nada más por ahora. No te acerques demasiado. Quizá no sea prudente. Todavía no he tomado una decisión.

La desdichada mujer, sin atreverse ni a hablar ni a moverse, permaneció inmóvil donde había caído.

Pasaron diez... quince minutos...en completo silencio.

Entonces él extendió lentamente una mano hacia ella.

Al sentir aquel contacto, el hechizo que la paralizaba se rompió.

Con un grito agudo se apartó rodando por el suelo áspero mientras clamaba:

—¡Perdóname! ¡Perdóname!

—No tengas miedo de mí, Mildred... ahora no —dijo él lenta y suavemente—. Es cierto que al principio no sabía qué sería lo mejor. Pero ya he tomado una decisión.

»No te mataré... esposa mía, o la que una vez lo fue.

»Tal vez, después de todo, no seas culpable.

»Pero debes saber, Mildred, que esta noche te seguí con el asesinato en el corazón, porque creía que iba a encontrarte con Ronald como amante.

Ella levantó la vista con una expresión de sorpresa apagada.

—Y ahora desearía que hubiera sido así antes que...

—¡Oh, Dios mío, ten piedad!

Por un instante se quebró su petrificada serenidad.

Logró dominarse de nuevo y continuó:

—Te tomé por esposa, Mildred, para bien y para mal, en la alegría y en la tristeza, en la salud y en la enfermedad; para tenerte y conservarte hasta que la muerte nos separase.

»Por eso, desde hoy dedicaré mi vida a encontrar una cura para la maldición que llevas sobre ti.

»Nos iremos a Inglaterra.

»Buscaré ayuda por todo el mundo.

»Y quizá aún podamos volver a encontrar la felicidad.

Guardó silencio.

Llorando, Mildred se arrojó entre sus brazos.

Él sostuvo en silencio aquel cuerpo tembloroso y sacudido por los sollozos.

Esperó sin decir palabra hasta que pasó la parte más violenta de su desesperación.

Luego, manteniendo el rostro apartado para no volver a mirar aquella masa oscura y escamosa que todavía se retorcía y se agitaba como el hirviente contenido de un caldero infernal de brujería, Halketh condujo a su esposa hacia el camino de regreso.

En silencio la llevó de vuelta al puesto militar.

Y allí la dejó.

Aún tenía algo que hacer aquella noche.

Sin pronunciar una palabra más, abandonó el hogar que había creído no volver a pisar nunca y se apresuró a cumplir un compromiso pendiente.

Sabía que llegaba tarde a la cita acordada.

Alcanzó el lugar del duelo con unos veinte minutos de retraso.

Los hombres que avanzaron hacia él al verlo aparecer jamás olvidaron el aspecto espectral de su rostro.

Permanecieron en silencio mientras Halketh avanzaba directamente hacia su adversario sin mirar ni a derecha ni a izquierda.

—Ronald, deseo pedirle disculpas. Le he causado una gran injusticia. Debo solicitar su perdón. ¿Me lo concede?

Una intensa oleada de compasión y alivio se mezcló en los sentimientos de Ronald cuando estrechó la mano derecha de Halketh entre las dos suyas.

—No diga más, señor, se lo ruego —respondió cordialmente—. ¡Perdóneme usted a mí cualquier precipitación o cualquier falta que haya observado en mi conducta!

Ronald estaba mucho más conmovido de lo que dejaba ver.

Aquella había sido una experiencia solemne para él.

—Confío en que volvamos a ser amigos —dijo Halketh.

Después se dirigió a los demás:

—Caballeros, les agradezco a todos su presencia y espero que disculpen lo ocurrido. ¿Me permiten retirarme?

Todos estrecharon su mano en silencio.

Horas más tarde, cuando comenzaban a abrirse los misterios del amanecer, Halketh regresó a su habitación.

Su esposa continuaba despierta y oyó sus pasos.

Él atravesó la estancia.

Cuando ella sintió el suave roce de su mano sobre la suya, la atrapó y la estrechó contra el pecho.

—¡Ernest! —susurró—. ¿Has pensado...? ¿Sabes qué es lo que me mantiene viva?

—He pensado en ello —respondió él— y estoy preparado.

Hizo una pausa.

—Nos las llevaremos con nosotros.

✠═════ CONTINUARÁ ═════✠

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"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."

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