GRABADO EN LA CARNE - WEIRD TALES (1924)

 Un episodio en un manicomio 

GRABADO EN LA CARNE

por Tom Rawson Hilbourn
Título original: CARVED IN THE FLESH
Weird Tales | Volumen 3 | Número 2 | Febrero 1924
Pp. 33-34

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Lentamente, como si fuera devorado por un dragón de fuego, el sol desapareció tras las colinas distantes, tiñendo el cielo hasta que pareció un escudo manchado con la sangre del astro moribundo. Las paredes encaladas de una celda en el Asilo Estatal para Criminales Dementes se enrojecieron con la luz reflejada.

—¡Sangre! —chilló una figura acurrucada en el rincón de la celda—. ¡Sangre sobre carne blanca! —y unas manos temblorosas cubrieron sus ojos brillantes y desorbitados.

—Será mejor que eches un vistazo al Número 47, Bill —aconsejó un celador al guardia del corredor.

El guardia asintió y caminó lentamente por el pasillo entre las celdas enrejadas, sus pies enfundados en zapatillas no hacían ruido sobre el suelo de concreto. El resplandor rojo del sol poniente invadía incluso la penumbra del lúgubre corredor.

—Siempre empeora cuando ve algo rojo —gruñó Bill—. Supongo que pasará la noche delirando.

Desde el interior de la celda ocupada por el Número 47 llegaron gemidos bajos, luego un revoltijo de palabras —palabras pronunciadas con voz suplicante y entrecortada—; un breve silencio, y el tono se elevó hasta un grito.

—¡Sangre! ¡Sangre sobre carne blanca! ¡La sangre de mi nombre! —vociferó el hombre acurrucado en el rincón más alejado de la celda.

Bill Waterman, aunque llevaba muchos años como guardia en el asilo, se estremeció levemente. Se asomó a la celda, sin ser visto por el hombre encogido dentro. Aunque Waterman había escuchado los delirios del interno una y otra vez, siempre se detenía, como fascinado. Conocía bien la historia del prisionero, pero el horror del relato lo encadenaba, lo mantenía allí, escuchando su repetición. Se apoyó contra la pared, fuera del alcance de la mirada del hombre.

—La amaba. ¡Dios mío, cuánto la amaba! —la voz del Número 47 se había reducido casi a un susurro—. Y ella me amaba. Era mía, mía. Me estremecía con la luz del amor que brillaba en sus ojos cuando estábamos juntos. Temblaba cuando sus hermosos brazos suaves se enroscaban amorosamente a mi alrededor. Ardía cuando sus labios buscaban los míos.

—Durante años la amé, esperando el día maravilloso en que se arrodillaría a mi lado ante el sacerdote. Y cuando ese día llegó, la felicidad fue aún mayor de lo que había soñado. Era mi amada, mi amante, mi esposa, las tres en una. Era mi todo.

—Me llamaron para partir. Mi empresa me envió lejos, a los pantanos de Sudamérica. La despedida fue terrible, pero ambos sabíamos que significaba mi ascenso, mi oportunidad de hacer la fortuna que nos permitiría darle todos los lujos que ella ansiaba y que yo anhelaba colocar a sus pies.

—A través de los pantanos empapados de fiebre, luchando contra los peligros de la selva, peleando por la vida día tras día, avancé. Siempre tenía ante mí la imagen de ella al despedirnos —sollozante, temblando de pena—. “Dios te acompañe y te traiga de vuelta a mí”, había rezado cuando zarpé.

—No hay correo en la tierra del caucho. Mi grupo estaba muy lejos de las bendiciones reconfortantes de los mensajes de los seres queridos. Cada día escribía cartas de amor para ella en mi diario. Se las mostraría al regresar. Atesoraría las palabras que había escrito durante las noches solitarias en los campamentos del país de la fiebre.

—Los días fueron interminables antes de que mi trabajo concluyera. Se acumulaban los retrasos, ardía de impaciencia por volver con mi amada, pero por su bienestar permanecí en mi puesto. Enviaba pensamientos de amor a través del espacio. Sentía que debían alcanzarla y decirle cuánto la amaba.

—Llegó el día de mi partida hacia nuestro hogar. Viajábamos en una nave vieja y lenta que parecía arrastrarse sobre las olas. Día tras día, un anhelo incesante por la mujer que amaba. Paseaba por la cubierta, hora tras hora, deseando que el viaje terminara.

Por fin el barco atracó en el muelle. Me apresuré a pasar por la aduana, ardiendo con el deseo de correr hacia mi amada. Maldije la lentitud del taxi que me llevaba a casa. ¡Parecía que nunca llegaría! Al fin el vehículo se detuvo frente a mi puerta. Salté al suelo, lancé un billete al conductor y prácticamente volé por el sendero.

Noté que el jardín parecía descuidado, el camino cubierto de maleza. Pero fueron impresiones fugaces, destellos que cruzaron mi mente mientras avanzaba con ansia, deseando estrechar cuanto antes a mi adorada contra mi corazón palpitante.

Entonces me golpeó la verdad. La casa estaba desierta. ¿Qué podía haber ocurrido? ¿Estaba enferma? ¿Podía…? No, no podía ser eso. No podía haberme sido arrebatada. Dios no podía ser tan cruel. Frenéticamente toqué el timbre. No hubo respuesta. Me asomé por las ventanas. La casa estaba vacía.

Comenzó mi búsqueda. Al principio los amigos intentaron ocultarme la verdad, pero la arranqué de ellos por la fuerza. Mi esposa había sido infiel. Otro me había robado mi más preciado tesoro. Desde el momento en que supe la verdad, el mundo adquirió un tinte carmesí. Siempre había una mancha roja ante mis ojos.

Sacrifiqué todo: mi posición, mis bienes. Convertí cuanto tenía en dinero—dinero que siempre llevaba conmigo. Seguí a la pareja de lugar en lugar. Siempre estaban delante de mí, pero mi búsqueda fue tan implacable como la muerte misma.

Por fin los encontré. Se habían refugiado en una cabaña en las montañas del oeste. Sin que ellos lo supieran, los observé—los observé y planeé.

Soy un hombre fuerte—mi odio me hizo más fuerte. Un día lo encontré solo, en la cima de una alta montaña. Me acerqué lentamente, con cautela. No oyó mi llegada, y entonces lo tuve entre mis brazos. Era tan indefenso como un niño. A pesar de sus esfuerzos, lo llevé hasta el borde de un precipicio y lo bajé hasta que sus dedos se aferraron a la roca. No podía alzarse para ponerse a salvo, y yo reí al ver sus dedos aferrarse al peñasco. Resbalaron… resbalaron. En su rostro se dibujaba la agonía, pero también había agonía grabada en mi corazón.

Cuando sus manos se soltaron, bajé el talón de mi zapato sobre sus yemas.

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No aplasté con fuerza, sino que presioné con firmeza y reí ante el dolor que sabía le causaba. Él había traído dolor a mi corazón. Suplicó, imploró, rogó, pero yo lo observé sonriente, lo observé hasta que cayó con un grito maldito lanzado desde sus labios. Lo vi caer—caer y luego estrellarse contra las rocas afiladas del fondo.

Me quedaba un largo trecho antes de llegar a la cabaña donde él la había dejado. Sabía que ella estaría esperando su regreso, como una vez esperó el mío. La noche había caído cuando llegué.

Una luz brillaba desde la pequeña ventana de la cabaña de troncos. Vi ese resplandor filtrarse entre los huecos de los árboles mucho antes de alcanzar su nido de amor. Era su luz de guía, la luz que debía conducirlo hacia ella. ¿Ansiaba su llegada como yo había creído que ansiaba la mía en los días de felicidad?

Me acerqué en silencio, arrastrándome hasta la pared de la cabaña. Me asomé por la ventana. Ella estaba allí, caminando nerviosamente de un lado a otro en la diminuta habitación. La luz del fuego en la chimenea la teñía de escarlata.

Abrí la puerta sin ruido, pero me vio casi al entrar. No gritó; su rostro se volvió blanco y tembló, se balanceó como un árbol delgado ante el embate de la tormenta.

Mis ojos bebieron toda su espléndida belleza, pero mi corazón no se aceleró como en los días en que la poseía. Latía con el pulso lento y apagado del corazón de una bestia herida. Estaba extrañamente sereno.

Sus labios se entreabrieron como si quisiera hablar, pero no salió sonido alguno. Vi su lengua intentar humedecerlos, pero permanecieron secos, pálidos.

Me acerqué lentamente. Ella retrocedió hasta quedar contra la pared. Extendí la mano y tomé su brazo. Estaba frío; sentí el temblor del miedo bajo mi tacto.

—He venido —fue todo lo que dije.  

—¿Qué… qué vas a hacer? —balbuceó, encogiéndose.

No respondí. Mi otra mano buscó su brazo libre, y al sujetarlo sentí su carne estremecerse bajo mi presión. La atraje hacia mí y miré el miedo desnudo en sus ojos.

En un rincón había una litera tosca; de su esquina surgía un poste que llegaba del suelo al techo. Sujetando ambos brazos con una sola mano, aflojé mi cinturón y la empujé lentamente hacia la litera. La até con el cuero firmemente al poste.

Cuando estuvo bien sujeta, extendí la mano y le arranqué la ropa del cuerpo tembloroso. Deliberadamente, sin piedad, la despojé de todo. Se erguía ante mí, su piel blanca y brillante encogiéndose ante mi contacto. Escuché el jadeo en su garganta mientras intentaba gritar.

Había planeado todo lo que haría. Mi mano buscó el cuchillo que llevaba al cinto. Lo saqué lentamente de su funda. Probé la punta con el dedo. El acero se sentía frío bajo mi tacto.

De nuevo mis ojos buscaron los de la mujer que permanecía indefensa ante mí. Se estremeció bajo mi mirada y luego de sus labios brotó un torrente de súplicas y oraciones, hasta que quedó en silencio. Había perdido el sentido.

Me puse a trabajar con rapidez. Sobre su piel delicada comencé a grabar cuidadosamente mi nombre. Era mía, y sobre ella dejaría mi marca de posesión. Nadie podría tenerla sin saber que pertenecía a otro hombre.

Mientras el cuchillo trazaba su marca, recobró el conocimiento, pero bajo el aguijón del dolor volvió a desvanecerse. Durante ese instante consciente, le dije lo que pensaba hacer.

Cuidadosamente, lentamente, procurando que la hoja no cortara demasiado hondo, grabé mi nombre sobre la piel clara bajo sus firmes pechos. La sangre escarlata fluyó, formando ramificaciones sobre la blancura.

“JACKSON KERREY, SU MUJER.”

—¡Sangre! ¡Sangre sobre carne blanca! ¡La sangre de mi nombre! —gritó el Número 47, acurrucado y tembloroso en el rincón de su celda.

—Pobre diablo —murmuró Bill Waterman—. Tendremos que poner un vidrio de color en la ventana. Siempre empeora cuando ve el rojo.

✠═════ FIN ═════✠

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"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."

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