UN JUEGO DE AZAR - WEIRD TALES (1924)
UN JUEGO DE AZAR
Esta historia inquietante te dará un estremecimiento “escalofriante”
Por Henry Lieferant y Sylvia B. Saltzberg
Título original: A GAME OF CHANCE
Weird Tales | Volumen 3 | Número 1 | ENERO 1924
Pp.30-33
══════════════ ✧✧✧ ══════════════
Hay en las salas de un hospital un silencio artificial más opresivo que la mudez de los muertos. Pero el silencio de un laboratorio ¡habla! La centrífuga gira frenética al menor toque, un derviche danzante que se rinde al aliento de su dios. El vidrio tintinea como la risa jubilosa de un niño al ver llegar a su madre. Las puertas de los incubadores se abren de par en par, diciendo: “Aquí hay tesoros. Escarba y encuentra.”
Aquella noche trabajé hasta tarde, más de lo habitual. Libre al fin de las interrupciones de un día febril, me sentía razonablemente seguro. Es cierto que esa noche estaba asignado al “cuarto coche”, como llamamos al cuarto vehículo de ambulancia, pero sólo en un caso extremo me llamarían. Recuerdo un día en que un barco de excursión arrojó a sus pasajeros a media milla de la bahía. Entonces cada ambulancia de la ciudad tuvo su turno, incluso aquellas obsoletas carretas de un solo caballo de la generación pasada. Apenas un mes antes, una panadería de diez pisos, ampliamente publicitada en el vecindario—
Días después, las salas de urgencias hedían a sangre quemada.
Lo confieso: egoístamente esperaba que la noche transcurriera sin una desgracia comunitaria. Ya bastantes calamidades individuales habían abarrotado mi jornada. Mis compañeros internos me acusan de mostrar mayor interés por el ángulo humano del hospital que por el médico. Acepto sus bromas con una sonrisa. Nunca he confiado a ninguno de ellos el problema que me llama cada noche al laboratorio.
-30-
Tomé otro tramo de tubo de vidrio, lo sostuve en la llama hasta el punto de fluidez y, con un movimiento rápido, lo estiré hasta la longitud deseada. Junto a mí, sobre un lecho de algodón, reposaba una pulcra pila de estas pipetas capilares, hechas en ratos libres: hilos de vidrio relucientes, flexibles, atenuados, extraídos de la matriz de un tubo más tosco. Del mismo modo, una mano maestra había moldeado a aquella muchacha con la que había conversado durante las horas de visita: la sostuvo en los fuegos de la experiencia hasta el borde de la disolución, luego la torció bruscamente hasta convertirla en una punta sensible, delicada, frágil, un recipiente para el veneno o el elixir que el azar dispusiera. No había tenido visitantes. Era un tributo a la tenacidad innata del organismo humano que el golpe del hombre al que llamaba su esposo no la hubiera matado. Vidrio hilado con la fuerza del acero.
El lejano traqueteo de platos en la cocina, preparativos para la comida de medianoche del personal nocturno, subrayaba mi aislamiento. Decidí prescindir de aquel intercambio de cortesías. Paz y el consuelo de ocupaciones sin interrupción se filtraban en mi mente cansada. ¡Una noche gloriosa de trabajo, si así lo elegía! Podría encajar unos minutos de sueño al día siguiente. Incluso el locuaz encargado de la morgue, cuya lengua compensaba con creces a los muchos mudos de su dominio y que solía aparecer dos o tres veces por la noche para animarse, se había marchado—según dijo, a visitar a una hija casada. Recuerdo haberme preguntado si hacía brincar a sus nietos en la rodilla, les enseñaba trucos y les contaba historias como otros abuelos. ¿Por qué no? Hay hombres que viven de la horca.
Bajé la persiana azul con mal disimulada irritación. Una luz blanca se había extendido de pronto por el patio y, al mezclarse con la lámpara de mi microscopio, había paralizado sus efectos. En la habitación donde apareció la luz yacía un gran sueco, demasiado corpulento para el catre ordinario del hospital. Lo habían traído esa mañana, aún hablador. Al caer la tarde, sus mandíbulas mostraban la mueca de la muerte, sus miembros estaban rígidos, sus ojos vidriosos. Dos días antes, una simple tachuela de alfombra había perforado su pulgar. Busqué en mi bolsillo la llave de la morgue que el encargado me había dejado. Podrían venir por ella en cualquier momento.
Preparación tras preparación, unas cien en total, pasaron bajo el ojo de mi microscopio. Gradualmente, el sueco y la muchacha, el encargado de la morgue, la ambulancia, el hospital, todo se redujo al tamaño relativo de las diminutas criaturas cuyos hábitos me absorbían por completo. Los propios organismos—a simple vista meras películas sobre un portaobjetos—usurparon, en mi mundo, aquella noche, el lugar que habían ocupado esas otras personas.
Captadas en actitudes de vida por el mordiente que había aplicado, colonias enteras de micrococos, aldeas, pueblos y naciones, un verdadero Pompeya, mostraban intrincadas estructuras nunca antes reportadas en ningún diario de bacteriología. No que pudiera afirmar, aún, haber hecho un descubrimiento vital. Sólo la presencia de diminutos puntos en la superficie de los micrococos, puntos en cada célula, dispuestos de manera consistente en una formación característica, estimulaba mi imaginación hasta el límite de lo irreal. Sería necesaria una investigación más profunda antes de interpretar su función. Más investigación—un día entero debía mediar, un día de rutinarias labores menores, de rondas hospitalarias, de—
¿No serían acaso las figuras de algún proceso cariocinético primitivo? ¿Las fuerzas de un instinto sexual aún no desarrollado? ¿El anlage, por decirlo así?
La sangre me subió a la cabeza hasta nublar mi vista. ¡Puerta tras puerta de la Ciencia se abría al mágico anuncio de mi hallazgo! ¡Las rocas se movían! ¡Los peces hablaban! ¡Cien portaobjetos teñidos de micrococcus haematodes habían conquistado el mundo!
El ronquido de un motor de ambulancia cerca de mi ventana, más allá de la ventana, doblando la esquina del edificio del laboratorio hacia la morgue. La mente humana, a veces, es capaz de una peculiar actividad dual. Mientras el centro de mi conciencia se fijaba en las ilimitadas posibilidades de lo que sospechaba era una fase sexual en el desarrollo de estas formas vegetales ínfimas, en la periferia de mi conciencia concluía que un nuevo conductor debía estar manejando la ambulancia. Simultáneamente, los dos canales de pensamiento continuaban su curso paralelo. ¿Y si esos ultra-microscópicos puntos fueran las mismas entrañas de la vida en su etapa formativa?
Los viejos chóferes sabían que el procedimiento era girar a la derecha antes de llegar al laboratorio y detenerse en la puerta de urgencias, donde un portero, convocado por las cacofonías de la campana de la ambulancia, aguardaría con una camilla con ruedas. Si pedía ser relevado de parte de mis deberes rutinarios, quizá habría tiempo de completar mis investigaciones y obtener una audiencia en la Sociedad Nacional de Bacteriólogos antes de fin de año. El crédito siempre redundaría en el hospital.
¡Pero la campana no había sonado! ¡La ambulancia se había detenido en la puerta de la morgue! No había más que una conclusión.
—¡Maldita mujer! —oí decir a Gleason cuando me acerqué por detrás.
El conductor y un policía que aparentemente lo acompañaba ya habían inclinado la camilla desde la parte trasera de la ambulancia. Sin comentar la observación de Gleason, me incliné sobre la mujer muerta. Bajo un sucio camisón (probablemente la habían encontrado así) que se aferraba tenazmente a su cuerpo como si no se lo hubieran quitado en días, la configuración de la mujer era claramente visible—piernas hinchadas, vientre distendido, pechos abultados. La piel húmeda colgaba de sus brazos y mejillas. Sus labios, apenas entreabiertos en la relajación de la muerte, mostraban un marcado contorno azulado, el púrpura-azul consecuente a la inhalación de gas de alumbrado.
Me volví hacia Gleason.
—¡Maldita mujer! —juró de nuevo, más ferozmente, mientras seguía sacudiendo el polvo de su lustroso uniforme blanco—. La compañía de gas estaba allí cuando llegué—el pulmón artificial la hizo volver. La muy tonta estiró la pata justo cuando la ambulancia arrancaba.
❖
El policía, haciendo anotaciones en un pequeño cuaderno negro, sonrió en señal de asentimiento. Como el mercurio en un termómetro, sentí que mi temperamento ascendía hasta reventar sus límites. Gleason era amante de la música, o al menos lo afirmaba. Una vez por semana, él y su prometida se permitían el lujo de un concierto. Pero el salario de un interno difícilmente es lo bastante elástico como para cubrir tanto la multa impuesta por traer un paciente muerto como el precio de un par de boletos.
Su razonamiento era tan ingenuo como el de un niño. Porque las cargas de una tal Mary Malloy habían resultado insoportables, él y su prometida se verían obligados a soportar la compañía mutua en casa, o en algún cine de barrio. ¡Maldita mujer!
Para evitar discutir con Gleason, giré sobre mis talones y seguí la camilla hacia la morgue. Nuestros pies chirriaban ásperamente sobre el piso de cemento. Ninguna de la reverencia externa y el temor que la costumbre, o quizá el miedo, conceden a los muertos marcó la disposición temporal de Mary Malloy.
—¡Ahí va, muchacho! ¡Métela! ¡Cuidado con la trenza—!
—Mary Malloy—treinta y seis años.
El policía, lo bastante amable como para librarme de la tarea, escribió su nombre en la etiqueta con un ademán enfático, se frotó las manos enérgicamente como si se las lavara de todo el asunto y nos deseó alegremente buenas noches. El chófer levantó la pesada tapa de zinc, la encajó en su sitio, volvió a acomodar la rebelde trenza de espeso cabello negro de Mary Malloy y luego golpeó con fuerza la cubierta para asegurar su estabilidad.
—Buenas noches, doctor. ¡Supongo que ya está segura!
—¡Buenas noches!
-31-
El estrépito discordante del zinc, mezclado con nuestras voces, reverberó por el corredor, rebotó contra las puertas metálicas cerradas de la sala de casilleros y del teatro de autopsias y volvió duplicado al interior de la morgue. Lado a lado, de abajo arriba, los nichos de los muertos estaban incrustados en la pared de cemento, cuatro filas, cinco en cada fila, como casillas de palomar en un escritorio gigantesco. A veces, cuando las tapas cerraban el frente de todos ellos, me recordaban más a cajas en los estantes de una zapatería—todas de un mismo tamaño, color y forma—con cifras y letras negras para una identificación más cómoda, sólo que en una zapatería un par de zapatos ocupa una caja. Aquí—los recién nacidos se amontonan de seis en seis, de ocho en ocho en un nicho para ahorrar espacio, hasta que un camión del Departamento de Beneficencia viene a llevárselos, y en tiempos de tensión, cuando los enterradores están ocupados—
Me introduje en el laboratorio por una puerta estrecha, casi desconocida, que conectaba los dos edificios. Marguerite Judson me estaba esperando. Toda la frialdad de la morgue se derritió en mí mientras observaba, desde un rincón, cómo ajustaba y reajustaba la cofia sobre su brillante cabello cortado a la altura de la frente, al estilo de los niños. Podía verla doble desde mi escondite: una en carne y hueso, esbelta, contenida en energía; otra en la larga puerta de vidrio que usaba como espejo.
—Estoy de guardia en la Sala Seis esta noche —decía cuando yo la saludaba con un “ejem” o un “buh” desde la puerta—. Vi tu luz encendida. Todos duermen—pensé que bajaría.
Una tontería teatral, por supuesto—como si no supiera que las disculpas eran innecesarias—pero, aun así, una deliciosa apertura para lo que tuviéramos que decirnos. Desgraciadamente, ella había estado de guardia nocturna durante un mes, y yo en turno diurno.
Resolví permanecer oculto unos momentos más, hasta que la cofia se ajustara a su idea de lo que más me atraería. Sería demasiado cruel aparecer antes. Entonces, sin pensarlo, mi mirada se desvió hacia la mesa donde había dejado los tubos con los que estaba trabajando.
—¡Marguerite Judson! —exclamé con severidad.
Ella se encogió contra la pared, cubriéndose la boca con el dorso de la mano, asustada.
En dos zancadas despejé la habitación. —¡Ustedes, enfermeras, podrían volver loco a un cadáver! —grité—. ¡Han desordenado mis tubos! Supongo que pensaron que eran colores preciosos, que les gustaría jugar con ellos. ¡En la sala de operaciones tienen miedo de tocar un instrumento! ¡Ustedes, mujeres! ¡Uf!
La cabeza de Marguerite Judson se alzó de golpe. Su repentina recuperación debió haber sido una advertencia. Si la hubiera llamado incompetente, o entrometida, quizá se habría humillado dulcemente y más tarde me habría demostrado la injusticia de mi opinión. Pero cuando un hombre incrimina a toda la feminidad por lo que una mujer cree que es una falta personal suya—
En nombre de su sexo y de su profesión, Marguerite Judson dio un portazo.
Furioso, barrí mis tubos desordenados de nuevo dentro del incubador. Saqué mi reloj. ¡Las dos en punto! A esa hora la omnipotencia del micrococcus haematodes ya no parecía cosa del futuro inmediato. ¡Trabajo—trabajo—y años de trabajo más duro! Un viento cortante entraba desde la morgue por una rendija de la puerta. Enfriaba mi pueril enojo.
Estaba convencido, en ese momento, de que Marguerite Judson no volvería a hablarme jamás. ¿Por qué había recurrido Mary Malloy al suicidio? Gleason cantaría otra melodía por la mañana, cuando las Noticias Locales aparecieran con un relato empapado de sollozos sobre el valeroso joven cirujano de ambulancia que había luchado incansablemente por salvar la vida de la suicida.
Estaba cansado, agotado. A otro en mi estado podría haberle dado un buen consejo, pero como me había azuzado más allá del punto en que el agotamiento deja de ser agotamiento y se convierte en irascibilidad nerviosa, buscaba con persistencia algún interés que me mantuviera despierto. El silencio del laboratorio me provocaba ahora. Aun decía: “Aquí hay tesoros. Escarba y encuentra.” Pero sabía que no podría escarbar ni encontrar a menos que me asegurara contra interrupciones.
Recorrí el laboratorio cerrando por la noche, reacio a marcharme, esperando contra toda esperanza que algo me detuviera. Un conejillo de Indias al que había sangrado tarde en la tarde chilló como un juguete de goma al acercarme. Le di unas hojas de lechuga y un puñado de avena. Dos ratones blancos, que deberían haber estado entumecidos por la neumonía, se perseguían arriba y abajo por las escalerillas de su enfermería. Desde el interior de un frasco de alcohol, los ojos sin párpados de un monstruo infantil bicéfalo me seguían de manera inquietante.
❖
De pronto, el silencio de la morgue me atrajo. Al fin y al cabo, no tenía por qué subir a mi habitación, pues sobre la mesa de autopsias el encargado había dejado para mí el cuerpo destripado de una mujer, cuya causa de muerte el médico forense no había podido determinar. Yo tenía una teoría sobre esa mujer.
El encargado de la morgue bajaría temprano a la mañana siguiente para coser el corte del forense, no fuera a descubrirse su infracción de las reglas por algún enterrador madrugador. La familia de la mujer vendría por su muerta. Yo sólo quería su corazón, de todos modos. ¿La familia de la mujer? Al regresar a la morgue, cerrando con llave la pequeña puerta tras de mí, recordé lo que el historiador del hospital me había contado acerca de la familia. Lo más probable era que permaneciera en su nicho uno o dos días más, hasta que el asunto pudiera resolverse amistosamente. Dos hombres habían acudido a la oficina, cada uno poco después de la muerte de la mujer, cada uno con un certificado de matrimonio y varias fotografías, cada uno reclamando ser su esposo. ¿Se presentaría el tercer hombre, bajo cuyo nombre había ingresado al hospital, a hacer valer sus derechos en la mañana? ¿Había existido realmente un tercer hombre?
Encendí las luces blancas. Otra ráfaga giró por la morgue, retorciendo y volteando las etiquetas de los nichos cubiertos hasta que su roce contra el metal sonó como el roer de ratas desde dentro.
El olor de la muerte, obstinado a pesar de la desinfección, más obstinado aún por el cadáver sin hielo expuesto todo el día, pareció impregnar mi ropa al instante, como una zambullida en agua las empapa. Desde el centro de la mesa de pizarra, un tubo de desagüe goteaba una mezcla de sangre coagulada, fluidos corporales y agua en un cubo de hojalata debajo. Me descubrí cruzando la morgue al compás constante de aquel ritmo. ¡Uno—dos—tres—cuatro! ¡Goteo—goteo—goteo—goteo!
Alguna enfermera bromista, cansada de la interminable venda de una pulgada y el nudo cuadrado, había atado las mandíbulas de la mujer con una venda de tres pulgadas, asegurándola con un lazo frívolo sobre la oreja izquierda. En lugar de la habitual impresión de un cadáver con dolor de muelas, la variación producía un cadáver engalanado para una fiesta. En las corrientes de aire que silbaban por la puerta, los extremos endurecidos por la sangre del lazo se agitaban y rozaban entre sí. Contra las reglas, un par de pendientes de jade falso y un anillo a juego habían quedado en el cuerpo. El brazo derecho colgaba lánguidamente sobre el borde de la mesa. Interfería con mi trabajo, me molestaba, de hecho, pues rozaba contra mis pantalones cada vez que me inclinaba, como dedos intentando hurgar en mi bolsillo.
Levanté el corazón de la mujer. Lo examiné. A simple vista, nada se veía. Lo pesé en mi mano derecha. Normal al tacto, y sin embargo… en su interior sospechaba que Beaker, en San Sebastián, me agradecería profusamente por ese corazón.
-32-
De pronto, como un perro que ladra ante un peligro invisible, o un gato que arquea el lomo, mi mano quedó suspendida en el aire. ¡Sabía que no estaba solo! Uno—dos—tres—cuatro. ¡Goteo—goteo—goteo—goteo! Todas las puertas estaban cerradas. Los muertos estaban… muertos. Y, sin embargo, sabía que no estaba solo. Junto a la convicción llegó el sonido de pasos en el corredor, de una respiración corta y trabajosa, de cuerpos pesados zigzagueando, me parecía, ora hacia un lado del pasillo, ora hacia el otro.
¿Qué podía hacer? Deslicé el corazón en el bolsillo de mi abrigo. ¿Dónde esconderme? No creía en heroísmos espectaculares. Cuando supiera el propósito de los intrusos habría tiempo suficiente para dar la alarma. Me escabullí hacia el único rincón sombreado y protegido de la morgue.
Los pasos, ya muy cerca, se detuvieron. Voces:
—¡Es mía, te lo digo!
—¡Del demonio que lo sea!
—Ya veremos.
Sobre la mesa de autopsias los dos hombres se inclinaban con espeluznante indiferencia. No podía verlos bien, pero sus cuellos, rojos, gruesos y sucios, contaban la historia de sus rostros. El primero abrió la boca. El olor a whisky me alcanzó. Su lengua se arremolinaba y tropezaba.
—Toda arreglada, ¿eh, cariño? —gimió, manoseando el lazo ensangrentado—. Toda arreglada y esperándome, ¿eh?
Imaginé que su voz, aunque nublada, se jactaba con un matiz de triunfo. La cabeza del otro se balanceaba con inestabilidad.
—Tengo fotos —murmuró—. Fotos y todo. No vas a… ¡te digo qué!
Algo, incomprensible para mí en ese momento, pasó entre las dos figuras embriagadas. En un instante estaban de rodillas. La mesa los cortaba de mi vista. El traqueteo de pequeños objetos, quizá botones o piedras, se elevó agudo sobre su jadeo asmático. ¿Botones, o piedras? La curiosidad me volvió audaz. Di un paso fuera de mi rincón. Ninguno de los hombres me notó. Di otro, luego otro. ¡Estaba detrás de ellos!
¡Goteo—goteo—goteo—goteo! Uno—dos—tres—cuatro. ¡Bajo la misma mano colgante de la mujer, los dos hombres estaban jugando a los dados!
Palpé el corazón en mi bolsillo. Durante toda una vida había sido el símbolo físico de lo que esos hombres deseaban. Una y otra vez los dados caían con fuerza sobre el cemento. Ahora uno sonreía con la victoria cercana. Ahora el otro se la arrebataba. Maldiciones llenaban los huecos. El tintinear del metal los sobresaltó. Miraron alrededor, afortunadamente no en mi dirección. ¡El pedazo de jade falso engastado en oro había caído del dedo de la mujer!
—¿Hablas, nena? —rió ruidosamente el más locuaz de su propio chiste. Dio a la mano colgante un apretón generoso. Una vez más sus cabezas se inclinaron una hacia la otra. ¡Más desesperado traqueteo de dados! ¡El juego continuaba!
No tengo medida para juzgar el paso del tiempo. El traqueteo lejano de platos anunciaba los preparativos para la última comida del personal nocturno. Una campana de ambulancia repicó. Una luz en la sala de operaciones de maternidad se encendió. Me subí el cuello del pobre abrigo de sarga. La tensión se volvió insoportable.
Lentamente, con cautela, medio pie a la vez, me deslicé hacia la puerta. La concentración absorbía a los hombres.
Uno—dos—tres—cuatro. ¡Goteo—goteo—goteo—goteo! Se me ocurrió que la alegría del vencedor sería una visión impía. No podía quedarme.
Mis compañeros internos, creo que ya lo he dicho, me acusan de reacciones poco científicas.
✠═════ FIN ═════✠
-33-
"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."


Comentarios
Publicar un comentario