LUCIFER - WEIRD TALES (1923)

LUCIFER - WEIRD TALES (1923)
 He aquí un relato extraño con un clímax fulminante

LUCIFER

Por JOHN D. SWAIN
Título original: LUCIFER
Weird Tales | Volumen 2 | Número 4 | OCTUBRE 1923
Pp.37-39

══════════════ ✧✧✧ ══════════════

El célebre Caso Remsen fue tema de conversación hace un año, aunque pocos hoy podrían citar sus detalles de memoria. A raíz de él, media docena de hombres discutían trivialidades psíquicas, de manera más o menos desganada. Bliven, el psicoanalista, estaba hablando.

—Todo depende de una tendencia que quizá se exprese mejor en viejos adagios como: “El que se ahoga se agarra a un clavo ardiendo”, “A puerto seguro en la tormenta”, o “Una oportunidad en el azar”.

—Cuando los hombres han agotado la ciencia y la religión, recurren a médiums, a lectores de cristal, a clarividentes y a medicinas patentadas. Conocí a un farmacéutico inteligente que moría de una enfermedad maligna. Lo operaron tres veces. Los especialistas lo habían desahuciado. Entonces comenzó a tomar los brebajes y curalotodos de sus propios estantes, aunque sabía perfectamente lo que contenían —o podía averiguarlo con facilidad. Consultó a un montón de curanderos de hierbas, a sanadores indios de melena larga y a especialistas de anuncio.

—Y, por supuesto, sin resultado —comentó el pequeño médico inglés.

—No diría tanto —replicó Bliven—. Mantuvo viva la chispa de esperanza en su alma. Mejor que cruzarse de brazos y esperar lo inevitable. Estaba empezando con una milagrosa raíz brasileña cuando se apagó. En conjunto, vivió más feliz, y quizá más tiempo, gracias a todos los remedios falsos y doctores en los que gastó tanto dinero. Todo está en la mente, ¿sabe? Nada más cuenta demasiado.

—Todo farsantes, incluidas las actas de la S. P. R. —asintió Holmes, conferenciante en psicología experimental.

El pequeño doctor sacudió la cabeza con gesto de desaprobación.

—No iría tan lejos, en realidad —objetó—; porque, de vez en cuando, en medio de su consciente engaño, como usted lo llama, con las cartas marcadas y las pizarras preparadas, los imanes ocultos y los hilos invisibles, esos médiums y seudomagos se topan con algo que los desconcierta por completo. He hablado con un prestidigitador famoso que mantiene una apuesta de cien guineas a que puede duplicar las manifestaciones de cualquier médium; y, sin embargo, afirma que cada cierto tiempo se encuentra absolutamente perplejo. Puede imitar el fenómeno con destreza, ¿entiende?; pero no puede sondear las fuerzas desconocidas que hay detrás de todo. Es terreno peligroso. ¡A veces es blasfemia! Es irrumpir donde los ángeles temen pisar.

—¡Pamplinas! —bufó Bliven—. La mente subconsciente lo explica todo; y apenas hemos rozado la superficie de nuestro tema. Cuando lo dominemos, haremos en el laboratorio cosas que dejarán fuera de juego a todo astrólogo, quiromántico y profeta de las hojas de té.

Nadie pareció tener respuesta, y el psicoanalista se volvió hacia el pequeño doctor.

—Usted lo sabe, Royce —afirmó, un tanto desafiante.

—No pretendo seguir a ustedes, los de la nueva era, tan de cerca como debería; pero recuerdo un incidente de mis primeros años de práctica que no se explica en el estado actual de su ciencia, según la entiendo.

Bliven gruñó.

—Bueno, ¡dispare! —dijo—. Claro que no podemos comprobar sus hechos, pero si fue un observador preciso, quizá podamos ofrecer al menos una teoría plausible.

Royce se sonrojó ante la brusquedad de la expresión, pero no se ofendió. Todos hacen concesiones a Bliven, que es un buen tipo, aunque toscamente seguro de sí mismo, y esclavo de su obsesión.

—Ocurrió hace muchísimo tiempo —comenzó Royce—, cuando yo era interno en un hospital de Londres. Si conoce algo de nuestros hospitales, comprenderá que son de los últimos lugares en la tierra donde podría suceder algo extraño. Todo es terriblemente ético, prosaico y reglamentado—mucho más que en las instituciones de aquí, aunque éstas sean mejores en muchos aspectos.

—Pero en Londres puede suceder casi cualquier cosa, y sucede. Les encanta señalar a Nueva York como la Cosmópolis típica—porque tiene más italianos que Roma, más alemanes que Berlín, más judíos que Jerusalén, y así sucesivamente. Pues bien, Londres tiene todo eso, y más. Tiene núcleos de afganos, turcomanos y árabes; tiene barrios donde la conversación se lleva a cabo en lenguas desconocidas. Incluso posee una sinagoga de judíos negros—que data ciertamente de la dinastía Plantagenet, y probablemente de antes.

—Miríadas pasan toda su vida en Londres y mueren sin saber nada de ella. Sir Walter Besant dedicó veinte años a reunir datos para su historia de la ciudad, y confesó que apenas tenía un conocimiento superficial de su tema. Los hombres aprenden bien alguna de sus cien facetas: los agentes de Scotland Yard, los compradores de peltre antiguo o de libros incunables, los importadores de té, los hoteleros, los abogados, los socios de clubes; pero fuera de su pequeño estanque se cierne la niebla eterna, ocultando el verdadero Londres en su pegajoso abrazo amarillo. Yo nací allí, asistí a su Universidad, ejercí un par de años en Whitechapel y luego me trasladé al elegante distrito de Westminster; pero visito la ciudad como un extraño.

—Así que, si algo misterioso hubiera de suceder en algún lugar, bien podría ser en Londres; aunque, como he dicho, difícilmente se esperaría en uno de nuestros sólidos, aburridos e intensamente prosaicos hospitales.

—Watts-Bedloe era el gran hombre en mis tiempos. Encontrará sus obras en sus bibliotecas médicas, Bliven; aunque supongo que la marcha de la ciencia lo ha relegado. La osteopatía le debe mucho, creo; y sé que el doctor Lorenz, el gran ortopedista de hoy, reconoce libremente su deuda con él.

—Un día nos trajeron un caso particularmente angustioso: el único hijo de Sir William Hutchison, viudo, cuyas esperanzas se habían centrado casi idólatramente en este muchacho, que era un inválido. Tendría que ser británico para comprender del todo cómo se sentía Sir William. Era un deportista entusiasta; jugaba a todos los deportes al aire libre de manera superlativa, cazaba con jauría en sus propios campos, disparaba a tigres desde el lomo de un elefante en la India y a pie en África, alquilaba un río salmonero en Noruega, capitaneó durante años el equipo de polo de Inglaterra, navegaba su propio yate, criaba sus propios caballos de caza, había escalado los picos más difíciles de Suiza, y fue el primer aficionado en comprar y operar un biplano.

-37-

—De modo que al natural dolor de un padre se añadía el amargo derrumbe de todos los planes que había concebido para aquel niño: instruirlo en el fino arte del lanzamiento con mosca, en el tiro certero, en la equitación vigorosa y en todas esas cosas. En lugar de un compañero que pudiera continuar la vida que sus años crecientes le obligaban a abandonar en parte, tenía un inválido irremediable que cargaría con el peso y pondría fin a su linaje.

—Era un pequeño muchacho encantador y paciente, con la cabeza más hermosa y unos grandes ojos inteligentes; pero su cuerpecito destrozado bastaba para desgarrar el corazón. Torcido, deformado, marchito—y más allá incluso de la habilidad del propio Watts-Bedloe, que había sido el último recurso de Sir William. Cuando confesó con tristeza que nada podía hacer, que la ciencia y los cuidados más esmerados apenas añadirían unos años a la mera existencia de aquel pequeño mártir, comprenderán que el padre llegó al mismo punto que usted, Bliven, ha ilustrado al citar el caso del farmacéutico. En resumen, estaba dispuesto a probar cualquier cosa; a recurrir a charlatanes, nigromantes, ¡al mismo Satanás, si con ello su hijo podía recobrar la salud!

—Oh, naturalmente había buscado el auxilio de la religión. Clérigos notables de su propia fe habían ungido los valientes ojos, los labios pacientes, los miembros torcidos, y habían rogado a Dios que obrara un milagro. Pero ninguno le fue concedido. No tengo la menor idea de quién fue el que sugirió a Sir William acudir a los Luciferianos.

—¿Luciferianos? ¿Adoradores del diablo? —interrumpió Holmes—. ¿Había alguno en su tiempo?

—Hoy abundan; pero es la secta más secreta del mundo. Huysmans, en *Là-Bas*, nos ha contado tanto como cualquiera; y usted sabe perfectamente, o debería saber, que todos los sacerdotes que creen en la Presencia Real tienen el máximo cuidado de que la hostia sagrada no caiga en manos irresponsables. Muchos ni siquiera la colocan en la palma del comulgante, sino directamente en su boca. Pues la Hostia robada es esencial para la celebración de la infame Misa Negra, que constituye la ceremonia principal del ritual luciferiano. Y cada año se reportan en la prensa varios robos, o intentos de robo, del tabernáculo.

—Ahora bien, la teoría de esta extraña secta no carece de cierta racionalidad distorsionada. Argumentan que Lucifer, Estrella de la Mañana, fue expulsado del Cielo tras una gran batalla, en la que fue derrotado, sí, pero no destruido, ni siquiera lisiado. Hoy, tras siglos de celo misionero, el cristianismo apenas ha reunido una décima parte de la humanidad en su redil; la gran mayoría está, y siempre ha estado, fuera. Los malvados prosperan, los justos tropiezan a menudo; y en la última gran batalla de Armagedón, los luciferianos creen que su campeón triunfará finalmente.

—Mientras tanto, y en un secreto casi impenetrable, practican sus ritos infames y sirven al diablo, reuniéndose preferentemente en alguna iglesia abandonada, con altar y crucifijo, que invierten. Se cree que suman cientos de miles, y florecen en todos los rincones del mundo; y se presume que emplean apretones de manos y contraseñas. Pero, entre tantas conjeturas, este hecho se mantiene claro: el culto a Lucifer existe, y ha existido desde tiempos inmemoriales.

—Nunca tuve la menor idea de quién los sugirió a Sir William. Tal vez algún amigo devoto en secreto, que deseaba hacer un prosélito. Tal vez una palabra ociosa escuchada en un club—o en un ómnibus. El caso es que oyó hablar de ellos, descubrió que sus sacerdotes impíos reclamaban un poder oculto, estaba dispuesto a hipotecar su hacienda o vender su alma por su pequeño hijo, y de algún modo logró ponerse en contacto con ellos.

—El hecho de que lo consiguiera, de que intimidara a Watts-Bedloe hasta permitir que uno de la fraternidad entrara siquiera en el hospital, es el mejor ejemplo que puedo dar de su desesperada persistencia. Y aun así, el médico aceptó sólo bajo ciertas condiciones aparentemente prohibitivas. El individuo no debía tocar al pequeño paciente, ni siquiera acercarse a su cama. No debía hablarle, ni intentar sostener su mirada. Nada de hipnotismo barato, ni nada parecido.

—Watts-Bedloe, creo, redactó las condiciones con la confiada esperanza de que pondrían fin a las negociaciones; y quedó profundamente disgustado al enterarse de que el luciferiano, aunque apático, no se sintió en lo más mínimo disuadido por la dureza de los términos. Parecía que no había estado dispuesto a acudir bajo ninguna circunstancia; que insistía en averiguar cómo había oído Sir William hablar de él, y su dirección, y que había rechazado cualquier remuneración. En suma, ¡una nueva especie de faquir!

—Éramos cinco en la sala a la hora convenida, además del pequeño paciente, que dormía plácidamente. De hecho, Watts-Bedloe había tomado la precaución de administrarle un somnífero, para que el charlatán no pudiera de ningún modo influir en su sistema nervioso. Watts-Bedloe estaba de pie junto al catre, con el cabello arenoso revuelto, el bigote rígido erizado, como un terrier Airedale en guardia. El padre estaba allí, por supuesto; y la enfermera jefe, y un ordenanza fuerte y taciturno. ¡Puede ver que no había muchas posibilidades de que el hombre del diablo hiciera algo indebido!

—Cuando, puntualmente, la puerta se abrió y se presentó ante nosotros, sufrí una de las mayores sorpresas de mi vida; y una rápida mirada a los rostros de mis compañeros me mostró que su asombro igualaba al mío. No sé qué tipo habíamos imaginado—si un místico de barba blanca, envuelto en una capa larga con un sombrero puntiagudo lleno de símbolos cabalísticos, o un hombre pálido, siniestro y elegante del mundo, como los que George Arliss nos ha mostrado, o qué; pero ciertamente no la criatura insignificante que se inclinó torpemente y se quedó girando un bombín entre las manos al cerrarse la puerta tras él.

—Era un hombrecillo regordete, calvo, de mediana edad, que parecía un frutero fracasado, o un pequeño comerciante de mantequilla y queso. Aunque el día era fresco, con una húmeda niebla amarilla arremolinándose sobre la ciudad, sudaba copiosamente, y se secaba la frente una y otra vez con un pañuelo barato. Parecía a la vez incómodo y perfectamente seguro de sí mismo, si me entiende. Sé que suena a tontería, pero es la única manera en que puedo describirlo. Completamente convencido de que podía hacer aquello para lo que había venido, pero deseando con toda el alma estar en cualquier otro lugar. Oí a Watts-Bedloe murmurar “¡my word!” Y creo que habría escupido con disgusto—si tal acto fuera concebible en un médico de hospital londinense.

—El sacerdote luciferiano se volvió hacia Sir William. Cuando habló, parecía acorde con su aspecto que se tomara libertades con las aspiraciones: “Estoy ‘ere, milord. Y a su servicio.”

—Watts-Bedloe habló con brusquedad. “¡Mire aquí, buen hombre! ¿Pretende decir que puede devolver la salud a este niño lisiado?”

—El extraño volvió su rostro húmedo y pastoso, lívido en la bruma, hacia el especialista. “El que yo sirvo puede, y lo hará. Yo soy un intermediario, por decirlo así. Un transmisor. Es fácil para Él, pero no lo aconsejo, y le advierto que no debo ser considerado responsable de cómo lo haga.”

—Watts-Bedloe se volvió hacia Sir William. “Pongamos fin a esta farsa repugnante —dijo con brusquedad—. ¡Necesito aire fresco!”

-38-

Sir William asintió al hombrecillo, que se secó la frente con su pañuelo y señaló el catre.  

—¡Descubra la colcha! —ordenó.

La enfermera obedeció, tras una mirada interrogante a Watts-Bedloe.  

—Quítele la bata de dormir —continuó el visitante.

Los labios de Watts-Bedloe se abrieron en un gruñido ante esto, pero Sir William lo detuvo con un gesto, se acercó a su hijo y, con infinita ternura, le quitó la pequeña prenda, dejando al niño dormido desnudo en su cama.

De nuevo, como siempre, sentí que una oleada de compasión me atravesaba. La noble cabeza, el pecho de paloma, que subía y bajaba suavemente, la columna torcida, los pequeños miembros nudosos y retorcidos… ¡bastaba para desgarrar el corazón! Pero mi atención se volvió pronto hacia el extraño.

Apenas miró al niño; hurgó en su grasiento chaleco, mientras Watts-Bedloe lo observaba como un lince, y sacó una migaja de tiza. Se agachó y trazó un tosco círculo en el suelo a su alrededor; un círculo de unos cuatro pies de diámetro. Y dentro de ese círculo comenzó laboriosamente a escribir ciertas palabras y figuras.

—¡Un momento! —intervino Bliven—. ¿Ciertas palabras y figuras? ¿Qué símbolos, por favor?

—Había un emblema de la esvástica —respondió Royce de inmediato—, y otros familiares en algunas órdenes secretas antiguas, y que a veces se hallan en ruinas aztecas y tablillas babilónicas; el ojo abierto, por ejemplo, y un tosco puño con el pulgar extendido. También garabateó la secuencia 1-2-3-4-5-6-7-9, notará que omitió el “8”, la multiplicó por 18, luego por 27, y por 36; pueden entretenerse calculándolo. El resultado es curioso. Finalmente escribió la frase: *“Signa te, signa, temere me tangis et angis.”* Un palíndromo, como verá; es decir, se lee igual —o igual de mal— hacia adelante o hacia atrás.

—¡Hocus pocus! ¡Viejas patrañas! —bufó Bliven.

Royce lo miró con calma.  

—Viejas patrañas, como dice, profesor. Más viejas que la historia registrada. Hecho esto, en unos cinco minutos quizá, con Watts-Bedloe cada vez más inquieto y conteniéndose con dificultad, el individuo se levantó rígidamente de su posición en cuclillas, guardó con cuidado el fragmento de tiza en su bolsillo, se secó la frente por vigésima vez y señaló el catre con la palma húmeda.  

—¡Ahora cúbranlo! —ordenó—. Todo cubierto; cabeza y todo.

La enfermera colocó suavemente la sábana sobre la pequeña figura. Podíamos verla subir y bajar con la respiración regular del sueño. De pronto, con los ojos abiertos y fijos en el suelo, el hombre comenzó a rezar en latín. Y, fuera cual fuese su inglés, su latín era hermoso de escuchar, ¡puro como el de un novicio! Era demasiado rápido para que yo lo siguiera palabra por palabra—más tarde hice la mejor transcripción posible, y estaré encantado de mostrársela, Bliven—pero, en todo caso, era una oración a Lucifer, a la vez adoración y súplica, para que concediera ante aquellos incrédulos cristianos una prueba de su dominio sobre el fuego, la tierra, el aire y el agua. Cesó tan bruscamente como había comenzado, y señaló el catre.  

—¡Está hecho! —suspiró, y una vez más se secó la frente.

—¡Charlatán infernal! —gruñó Watts-Bedloe, incapaz ya de contenerse—. ¿Tiene el descaro de decirnos que algo se ha obrado en ese niño con su palabrería babosa?

El hombre lo miró con ojos apagados.  

—Mírelo usted mismo, señor —respondió.

Fue Sir William quien arrancó la sábana de su hijo; y hasta el día de mi muerte recordaré la belleza sobrenatural de lo que nuestros ojos atónitos contemplaron. Allí yacía, con una sonrisa en los labios, como una forma perfecta recién salida de la mano de su Creador, sus pequeños miembros rectos y delicadamente torneados, un cuadro de casi sobrecogedora hermosura, el niño que apenas cinco minutos antes habíamos visto como una ruina rota y deformada de la humanidad.

De nuevo Bliven interrumpió explosivamente:  

—¡Oh, vamos, Royce! Admito que cuenta una historia estupenda, como tal; incluso me tuvo pendiente del clímax. ¡Pero esto es demasiado! Como hombre a hombre, no puede sentarse ahí y decirnos que ese niño fue curado.

—No dije eso; porque estaba muerto.

Bliven quedó sin palabras, por una vez; pero Holmes intervino en protesta:  

—Me parece extraño que una historia tan rara no haya sido repetida y discutida.

—No es extraño, si sabe algo de los hospitales de Londres —explicó pacientemente Royce—. ¿Quién la repetiría? ¿Permitiría Watts-Bedloe que se supiera que, con su permiso, se admitió a un charlatán y que durante sus diabólicas invocaciones su paciente murió? ¿Mencionaría el padre afligido el asunto, siquiera a nosotros? ¿O la enfermera jefe y el ordenanza, engranajes de una máquina inexorable?

—Todo esto ocurrió hace casi cuarenta años; y es la primera vez que lo menciono. Watts-Bedloe murió hace años; y la línea de Sir William se extinguió. No puedo verificar un detalle; pero todo sucedió exactamente como lo he relatado. En cuanto al luciferiano, ninguno de nosotros, creo, lo vio marcharse. Simplemente se deslizó hacia la viscosa niebla amarilla, de regreso al infierno privado del que había salido, en algún lugar de Londres, la ciudad que nadie conoce, y donde cualquier cosa puede suceder.

✠═════ FIN ═════✠

-39-

"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."

Comentarios

Entradas populares