LA ARAÑA - WEIRD TALES (1923)

LA ARAÑA

 Una extraña historieta  

Por Arthur Edward Chapman
Título original: THE SPIDER
Weird Tales | Volumen 2 | Número 4 | OCTUBRE 1923
Pp.40-41 a 85

══════════════ ✧✧✧ ══════════════

—¡Te digo, Ron, fue raro… ¡sobrenatural!  

Mi amigo, Ronald Titherington, rió mientras pesaba en su palma la pequeña araña dorada.  

—No pretenderás sugerir —replicó— que esta pequeña masa de oro y carbono sea capaz de ejercer control sobre la voluntad humana. El objeto es valioso, lo admito: esos ojos de diamante deben valer al menos un par de cientos cada uno. Pero, aparte de eso… ¡absurdo!  

Me levanté y me quedé de espaldas a la chimenea, algo molesto por la incredulidad de mi compañero.  

—Puedes creerlo o no, Ron —dije—, pero ciertamente afirmo que algo así ocurrió. ¿A qué fui a la subasta? No a comprar ese adorno relativamente insignificante, estarás de acuerdo. No, fui a asegurar para mi colección aquellas piezas que la convertirían en la mejor del país… y las conseguí.  

—Pero te repito, Ron, que cuando esa pequeña araña salió a la puja sentí un extraño deseo apoderarse de mí, una determinación irresistible de poseerla. No sé por qué debía ser así; no voy a intentar explicarlo. Al lado de aquellos otros objetos antiguos no era nada, y sin embargo en ese momento habría estado dispuesto a cambiarlos todos por ella. Los ojos de diamante de la criatura eran magnéticos; me impulsaban incluso contra el dictamen de mi razón. ¡Repito que fue algo sobrenatural!  

Titherington escuchó mi relato, algo acalorado, con una sonrisa tranquila en sus labios delgados, y sacando un cigarrillo de su estuche lo encendió pensativamente.  

—Veamos —murmuró lentamente, como hablando consigo mismo—. ¿No fue esta misma araña la que se halló junto al cuerpo del difunto Sir Nicholas Goldeby, cuando lo descubrieron muerto en circunstancias tan misteriosas hace algunos meses?  

-40-

—Sí —asentí—. Lo había traído de Oriente y la policía lo consideraba una joya sagrada, sosteniendo que Sir Nicholas había encontrado la muerte a manos de ciertos fanáticos hindúes que buscaban devolverla al templo profanado.  

—¡Ah! —exclamó de pronto Titherington, mostrándose sumamente complacido consigo mismo—. ¿Así que recuerdas todo eso, eh?  

—Por supuesto —respondí, sorprendido—. ¿Por qué no habría de recordarlo, si tenía tanto interés en la colección del difunto?  

—Entonces, ¿no crees —dijo con deliberación— que fueron precisamente los sucesos asociados con la araña los que te hicieron actuar como lo hiciste? En otras palabras, ¿no fue un caso de imaginación intensamente exaltada?  

—¿Quieres decir que fue mi vívido recuerdo de los hechos relacionados con el caso lo que me llevó a desear poseerla, y que atribuí a la araña un poder que en realidad era fruto de mi propio afán? —negué con la cabeza, sin convencerme.  

—Exactamente. Mira, Alan, los hechos encajan como las piezas de un rompecabezas. ¿No dijiste que un hombre extranjero, de tez oscura, pujó contra ti con gran insistencia por la joya, y que cuando lo superaste en la puja te suplicó que se la dejaras? Pues bien, ¿qué hay más natural que los guardianes de la joya, al fracasar en obtenerla por la fuerza, intentaran aprovechar esta oportunidad para recuperarla? Me parece, Alan, que deberías cuidarte más de los poderes humanos que de los sobrenaturales.  

—¿Entonces piensas que ese extranjero podría intentar robarme la araña?  

—Sí —repuso Titherington, levantándose y desperezándose—. Hazme caso y mantén el ojo puesto en ella… Bueno, me voy a la cama; son las once. Buenas noches, viejo amigo.  

Le deseé buenas noches y, después de que se hubo marchado, encendí otro cigarrillo y me senté ante el fuego moribundo para una última fumada, repasando en mi mente los extraños sucesos del día.  

Por más razonamientos que ofreciera mi amigo, yo no estaba convencido. Estaba seguro de que había algo extraño en aquella araña dorada.  

La contemplé allí, descansando sobre un pequeño gabinete de porcelana junto a la ventana, e intenté leer algún signo de fuerza oculta en sus grandes ojos de diamante. Pero no, el objeto parecía lo bastante ordinario; simplemente una masa de oro y carbono, como había dicho Titherington.  

Arrojando la colilla de mi cigarrillo a la chimenea, me levanté lentamente y apagué la luz. Luego me retiré, sintiéndome satisfecho conmigo mismo y con el mundo en general por el resultado de mi jornada, y deseando nada mejor que entregarme a la diosa del Sueño.  

Pero, por una vez, aquella deidad, tan pronta a responder a mi llamado, no me sonrió favorablemente, y me revolví inquieto en la cama, escuchando el leve susurro de las hojas afuera de la ventana y los innumerables otros sonidos que se materializan de manera tan misteriosa en la imaginación del desvelado.  

En el vestíbulo de abajo, el gran reloj dio las once y media, y me descubrí contando sus pesados tictacs y figurando el péndulo macizo oscilando, siempre oscilando, lenta y monótonamente en su prisión de cristal. Tic-tac, tic-tac, sonaba, imponiéndose con tal insistencia que, al cabo, ya no podía oírlo por la misma intensidad de mi escucha.  

Una vez más me volví sobre el costado izquierdo y encaré la ventana, que estaba completamente abierta, pues la noche era cálida. La luna había salido y un estrecho haz de luz se filtraba entre las cortinas, pintando un sendero plateado a lo largo de la alfombra hasta la puerta, de modo que pude trazar mentalmente las grotescas formas de flores imposibles que se enroscaban entre llaves griegas incapaces de abrir la puerta del Templo del Sueño.  

¡Ding-dong—Ding-dong—Ding-dong! repicó el centinela insomne, y mientras escuchaba el toque del cuarto de hora que había pasado, me hice súbitamente consciente de un nuevo sonido, desconocido hasta entonces, que no podía reconciliar con causa alguna conocida. Era un extraño tamborileo apagado… algo semejante al tictac de un reloj dentro de un cilindro metálico.  

¡Por supuesto! Era el tictac de mi propio reloj colgado en el barandal de la cama, que actuaba como caja de resonancia. Sonreí para mis adentros al comprender la simplicidad de la explicación y alcé la cabeza con confianza para confirmar mi razonamiento.  

¡El reloj se había detenido a las once y veinticinco!  

Extraño. ¿Qué podía ser entonces? Escuché, incorporándome sobre el codo, pero ya no lo oía. Debía de haber sido imaginación, pensé, y me recosté de nuevo. Apenas mi cabeza tocó la almohada cuando ¡tum—tum—tum! llegó el ruido con regularidad mecánica. Y entonces, con fuerza abrumadora, la solución se precipitó sobre mí al presionar una mano contra mi pecho. ¡Era el latido de mi propio corazón!  

Una ola ardiente y húmeda recorrió mi cuerpo al comprenderlo; un temor nervioso e irracional se apoderó de mí y supe que estaba asustado, horriblemente asustado de algo que no tenía existencia tangible.  

Mientras luchaba contra aquel extraño sentimiento y me llamaba necio por permitir que temores tan infantiles me dominaran, vi algo que hizo dar un gran salto a mi corazón y heló mi sangre en las venas.  

Enmarcados en la puerta, mirándome desde la impenetrable negrura del corredor más allá, había dos grandes ojos fijos, sin parpadear, brillando con la luz reflejada como los faros de un automóvil, reluciendo como un par de inmensos diamantes. Y entonces, mientras contemplaba con horror ilimitado aquellos ojos centelleantes, una gran pata peluda se deslizó lentamente, vacilante, dentro del haz plateado, tanteando el suelo con incierta oscilación. Al poco se unió otra, y luego una tercera, suspendida en el aire unos segundos antes de posarse sobre la alfombra.  

Intenté volver la cabeza, anticipando con terror lo que estaba por venir, pero no pude. Había algo magnético, sobrenatural en aquellos ojos de diamante que me impulsaba incluso contra el dictamen de mi razón. Y mientras permanecía allí, indefenso, atado con grilletes de un miedo indecible, las patas vacilantes fueron seguidas por una temible cabeza semejante a una calavera, armada con un par de enormes colmillos en forma de pinza que se abrían y cerraban sin cesar con un sonido áspero y chasqueante que me erizó el cabello. Al poco, la criatura se reveló en toda su horrenda y repulsiva totalidad.  

Allí estaba, rojiza y dorada bajo la luz de la luna, maligna, espantosa, semejante a un enorme oso peludo.  

¡Cielos misericordiosos! ¡Era la araña!  

Y venía hacia mí con aquellos pasos vacilantes, reptantes, lenta, silenciosamente. Intenté gritar, pero mi lengua se negó a articular sonido alguno; habría saltado de la cama y huido de esta pesadilla, pero no podía moverme. Ese ojo siniestro, magnético, me mantenía inmóvil, y gemí interiormente con una angustia indescriptible, mientras el sudor ardiente se acumulaba en gotas sobre mi frente.  

Cada vez más cerca se acercaba. Sus patas extendidas tantearon la colcha, rozaron mi cuerpo encogido. ¡Horror! Me envolvieron en un abrazo cada vez más apretado.  

Clavé la mirada en aquellas orbes terribles y relucientes que parecían regodearse en mi indefensión, y por un instante tenso la criatura permaneció inmóvil.  

Abajo, el reloj dio la hora de la medianoche.  

-41-

Un zumbido fuerte y doloroso resonaba en mi cabeza.  

Entonces el hechizo pareció desvanecerse, y cuando los grandes colmillos de la criatura tantearon mi garganta, lancé un grito y me arrojé con la ciega locura de la desesperación contra aquella forma vil y peluda, cayendo al suelo alfombrado atrapado en su abrazo implacable.  

Sólo conservo un recuerdo nebuloso de lo que ocurrió después: parecía que estaba enloquecido. Me debatí y pataleé frenéticamente en mis vanos intentos de evitar aquellos colmillos temibles que se aferraban a mi garganta desnuda. Tal vez grité…  

Recuerdo vagamente que mi mano extendida tocó algo frío, sólido, y una aguda y electrizante sensación de júbilo me recorrió al descargar golpes salvajes, golpes nauseabundos y crujientes, sobre la horrenda cabeza que me sonreía… Una masa repugnante y pútrida se derramó… las patas peludas se aflojaron y se tornaron rígidas… agotada mi locura, rodé por el suelo…  

Mi estómago se rebeló. Sentí náuseas, asco… Me desvanecí…  

Me encontraron tendido, aparentemente sin vida, en el suelo, con un pesado atizador de hierro firmemente sujeto en mi mano.  

Muy cerca, con sus ojos de diamante reducidos a polvo y su cuerpo destrozado casi hasta quedar irreconocible, yacía ¡la Araña Dorada!  

✠═════ FIN ═════✠

-85-

"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."

Comentarios

Entradas populares