El violinista fantasma - WEIRD TALES (1923)
El extraordinario relato de un “violín encantado”
El violinista fantasma
Por WALTER F. McCANLESS
Título original: The Phantom Violinist
Weird Tales | Volumen 2 | Número 4 | OCTUBRE 1923
Pp. 33-36
══════════════ ✧✧✧ ══════════════
Supongo que muy pocos de nosotros hemos dejado de sentirnos cautivados por los cuentos de *Las mil y una noches*, o estremecidos hasta la piel de gallina por las historias de “aparecidos”, tal como las contaba la vieja Mammy sureña.
Para mí, el único mérito de aquellas viejas historias de misterio o fantasmas reside en el hecho de que en ninguna de ellas el lector u oyente llega a sentir que se le ha querido engañar. Son relatos de fantasmas auténticos y no se ven deslucidos al final por explicaciones debilitantes, como suele ocurrir en los relatos convencionales de ese tipo.
A riesgo de parecer poco convencional, quiero asegurarles que no tengo explicación alguna para el relato que voy a contar. Lo transmito exactamente como lo recibí de labios de uno de los protagonistas. Puede ser que, en esta época de investigaciones psíquicas, se haya descubierto alguna explicación, pero, repito, yo no la tengo.
Una noche de febrero de 1920, el editor nocturno del pequeño periódico para el que trabajaba humildemente como reportero me llamó para investigar un extraño suceso ocurrido en el Auditorio horas antes.
De quienes entrevisté supe que el espectáculo consistía en varios números a cargo de un joven violinista en ascenso, que recorría el estado como miembro de un destacado Lyceum. Nada fuera de lo común ocurrió durante la primera parte de su programa, el joven violinista respondiendo a los habituales bises de la manera acostumbrada en los artistas.
Pero tras el siguiente intervalo, prolongado por el movimiento del público y las llegadas tardías, apareció en el escenario con un aire visiblemente contenido. Su acompañante tocó el compás inicial, se detuvo, miró por encima del hombro y comenzó de nuevo. Aun así, el violinista no se movió, y el público sufrió las penurias de presenciar un caso de pánico escénico. Otra vez se tocó el compás inicial, y otra vez la pausa.
Entonces el violinista comenzó, pero no con el aire familiar para el acompañante; pues, tras unos débiles intentos de seguirlo, pronto desistió, mientras que, aparentemente desde el alma del violín, vibraba en los oídos del público una melodía baja y obsesiva. Lentamente, al principio, y con un ritmo doliente, el violín sollozaba un relato de soledad.
Para el público, helado en sus asientos, dejó de ser un objeto de madera y cuerdas. Era un alma inmortal que encontraba al fin un oído compasivo. Cada vez más rápido se tornaba el compás, mientras el relato avanzaba de la soledad a la privación y el sufrimiento—un sufrimiento cada vez más agudo, mezclado con la desesperación. De pronto, del gemido de la desesperanza, que caía intermitente cada vez más bajo, el aire cambió a un suave pizzicato, como venido del mundo de los espíritus…
-33-
«Como probablemente ya habrás deducido, provengo de una familia de músicos. No solo mi tío, sino también mi abuelo y mi bisabuelo fueron violinistas de no poca fama. De hecho, en nuestra familia se sabe que dondequiera que hubiese un Dalziel, por remoto que fuera el parentesco, allí se encontraría un violín. He conocido miembros de mi familia que demostraban su derecho al nombre por el simple hecho de saber tocar el violín.
Mi tío era tanto fabricante de violines como compositor. Tal era su destreza en este arte que llegó a adquirir una buena cantidad de propiedades antes de desaparecer definitivamente. Yo era apenas un niño entonces, y solo recuerdo su costumbre de llevarse el violín al bosque donde, en una especie de laboratorio al aire libre, estudiaba y probaba las propiedades acústicas de distintas maderas. De aquella última expedición jamás regresó.
❖
A los diez años recibí una invitación para visitar a mi abuelo en su hacienda, *La Guarida del León*—así llamada por dos grandes leones de piedra que marcaban la entrada de la casa. No sabía entonces por qué la invitación me había sido extendida solo a mí, pero me prepararon y partí con prisa a visitar al anciano.
Quizá su creciente soledad, desde la desaparición del tío Joel, lo llevó a desear tener cerca al ahijado que tanto se parecía a su hijo. Sea como fuere, tras un largo viaje, tedioso por la monotonía del paisaje y el modo de transporte, llegué a *La Casa de los Leones*, como a veces se la llamaba.
No voy a aburrirte con una descripción de la magnífica situación de aquella vieja casa, ni de cómo, a lo largo de millas antes de alcanzarla, sus grandes columnas blancas y su amplio techo rojo aparecían contra el fondo montañoso como alguna estructura clásica de la antigüedad. Pero sí te diré que, al volver la vista atrás y hacia abajo sobre la vasta extensión de colinas, valles y bosques, con las sombras del ocaso deslizándose sobre ellos, quedé impresionado por su absoluta soledad y relativa aislamiento.
El abuelo mismo me recibió—no con el franco y jovial talante de mis recuerdos más tempranos, sino con una especie de timidez abstraída. A pesar de mi corta edad, noté el cambio, sospeché la causa y me abstuve de comentarios que pudieran herir o de preguntas que reabrieran viejas heridas. Sospechaba, aunque no lo supe con certeza hasta más adelante en mi visita, que nunca había llegado a conocer el destino de mi tío. Por lo demás, mi abuelo mostraba pocas señales externas de su pena.
Para no recargar mi relato con detalles irrelevantes, diré que me asignaron la habitación que había sido de mi tío Joel, y pronto los días comenzaron a transcurrir de un modo propio de la convivencia entre la edad y la infancia—mi abuelo leyendo, soñando despierto o contándome historias en mis momentos de calma, y yo explorando los terrenos o escuchando sus relatos. No teníamos otros compañeros salvo un hombre para todo y su esposa, que era la ama de llaves de mi abuelo.
Estos, sin embargo, apenas contaban, pues parecían haber sido instruidos para respetar el duelo del abuelo y mantenerse apartados. Preguntas tenía muchas, pues en mis exploraciones por los terrenos había descubierto en el panteón familiar una tumba más reciente que las demás y un sendero bastante gastado que se internaba más allá en la montaña.
Pero contuve mi curiosidad por la razón que ya he mencionado y porque el abuelo tenía el aire de alguien cuya confianza sería difícil de forzar.»
❖
«Hacia el final de mi visita, sin embargo, la tranquila rutina comenzó a cambiar. El abuelo se había vuelto cada vez más inquieto, caminando de un lado a otro por el largo porche o por los terrenos, o alzando la vista hacia la montaña.
Yo, por mi parte, había encontrado otros campos de exploración y ahora me entretenía cada día hurgando entre los extraños muebles viejos, libros, armas de la Revolución y ropas que había descubierto en el gran desván. Había, sin embargo, un viejo cofre que hasta entonces había resistido mis intentos de abrirlo. Era un cofre curioso, tallado de manera extraña, que me recordaba algunas de las historias que el abuelo me había contado. Visiones de tesoros pasaban ante mi imaginación, y decidí de inmediato pedirle al abuelo la llave o el secreto, lo que fuera que lo abría. Corrí abajo y lo encontré paseando inquieto por el porche.
—Abuelo —comencé—, ese viejo cofre tallado en el desván…
Me detuve, paralizado por la expresión de sus ojos y por la presión de su mano en mi brazo.
—¡Joel! —exclamó al fin en un susurro horrorizado—. ¿Has… qué has hecho?
Me asustó mucho su manera.
—¡Joel, qué has hecho! —repitió, sacudiéndome.
—N-nada; solo quería la llave.
Su férreo agarre en mi brazo se relajó y cayó.
—¿No lo encontraste entonces… el resorte, quiero decir? —preguntó más calmado, incluso con cierta bondad, al darse cuenta de mi miedo.
—No, señor. ¿No lo abrirá para mí? —añadí, animado por su tono más amable.
—¡Joel! —casi lo gritó, y su rostro se tornó blanco—. ¡No, nunca! ¡No podría! Y sin embargo… —vaciló, luchando por dominarse—. Y sin embargo, puede que sea solo mi imaginación, después de todo. Sí, seguramente eso es. ¿Cómo podrían los muertos…? —Su voz se apagó en un soliloquio incoherente y finalmente cesó, mientras su cabeza se inclinaba poco a poco en pensamientos.
—Sí —continuó, tras un momento, como hablando consigo mismo—, lo haré… lo haré. Este horror de la montaña… si puedo probar mi fantasía… lo haré. ¡Ven! —Se volvió de pronto hacia mí—. Lo abriré para ti y te daré a conocer algo de lo que he vivido en los últimos tres años. ¡Ven! —Se dirigió resueltamente hacia el desván y yo no me atreví a desobedecer.
Pronto estábamos junto al cofre, y aún lo veo como, con el rostro pálido y la mano temblorosa, tocó el resorte. La tapa se levantó lentamente, como si se resistiera a entregar su secreto. Olvidando mi momentáneo miedo, me adelanté con la impaciencia e ignorancia de la juventud.
—¡Escucha! ¿No lo oyes? —preguntó.
—No oigo nada, abuelo.
Mis ojos estaban fijos en una pequeña caja con forma de ataúd dentro del cofre. Un gemido detrás de mí atrajo mi atención hacia el abuelo. Él también miraba aquella caja, y la terrible expresión de su rostro jamás la olvidaré mientras viva.
Pálido antes, su rostro era ahora el de un cadáver—un pálido verdoso. Las venas se hinchaban como cuerdas bajo la piel de su frente, el sudor perlaba su ceño, su respiración llegaba en jadeos gorgoteantes, y sus ojos estaban tan dilatados que parecían salirse de las órbitas. Si alguna vez he visto a un hombre en medio de una horrible alucinación, lo vi entonces. Con un grito de terror, salté lejos del cofre y corrí hacia la cabecera de la escalera.
—¡Joel, detente! —llegó en voz fantasmal desde el abuelo.
A pesar de mi terror, me detuve lo suficiente para mirar por encima del hombro. Él se calmó con esfuerzo y, recogiendo la caja con un estremecimiento, me siguió. Yo bajé apresuradamente, sintiendo que me perseguía algo sobrenatural—una cosa macabra.
Al pie de la escalera, el abuelo me condujo a la biblioteca y, colocando la caja sobre la mesa, me indicó una silla.
—Recuerdas a tu tío Joel, ¿verdad? —preguntó.
Asentí.»
-34-
«Quizás te hayas preguntado por qué yo, un anciano sin nada en común con tu juventud, habría de invitarte a este lugar solitario. Tal vez pensaste que, con tu tío Joel ausente, me sentía solo y deseaba que alegraras mis últimos días. En cualquier caso, viniste, hecho que agradezco, y te abstuvista de hacer preguntas; comprendí tu tacto al evitar recordarme mi pérdida. Pero la verdad es que te traje aquí no por mi soledad—aunque estoy solo, y mi pérdida rara vez se aparta de mi mente—. Te traje para medirme contigo, pues he temido estar volviéndome loco. Este violín es de tu tío Joel, y esa tumba recién hecha allá afuera creo que es la suya.»
El abuelo se detuvo como si no supiera cómo continuar. ¿Había regresado el tío Joel solo para morir, entonces? ¿O habían hallado su cuerpo? Me lo preguntaba. Cuando estaba a punto de dejarme llevar por esas dudas, hallé respuesta en la historia que mi abuelo reanudó.
«Quizás recuerdes —prosiguió— que en el momento de la desaparición de Joel se hizo una búsqueda diligente en sus lugares habituales y en el vecindario, pero sin resultado. Buscamos un cuerpo mutilado o herido en campo abierto; nunca pensamos en un prisionero bajo llave. Incluso si se nos hubiera ocurrido, ¿quién de nuestros vecinos—y eran pocos—podría ser culpable de secuestrarlo? Tenía propiedades, pero ¿cómo podrían sus raptores esperar beneficiarse de ellas manteniéndolo cautivo?
»Pero todo esto no se nos ocurrió hasta demasiado tarde. Pasaron meses, meses en los que sufrió todas las torturas de los condenados, y comenzábamos a esperar que, si simplemente se había marchado, pronto regresaría. Casi enloquezco al pensar que estaba casi a nuestras puertas—justo allá arriba, en esa montaña, en una cabaña—¡muriéndose de hambre!
Aquí el relato resultó demasiado para mi abuelo, y se vio obligado a detenerse. Mi corazón se volcó hacia el anciano, pues parecía tan quebrado y desvalido, y bajo la presión de las emociones de aquellos momentos, se le notaba envejecer perceptiblemente. Abrí la boca para protestar contra la continuación del relato cuando, tras un desesperado esfuerzo por dominarse, prosiguió:
«Un día, mientras cabalgaba inquieto por los alrededores, pasé junto a la cabaña y noté la pesada puerta y las gruesas rejas de hierro en las ventanas. Había oído que el edificio se había usado como prisión durante la Guerra de la Independencia. Era una construcción antigua, pero sorprendentemente bien conservada, y parecía capaz aún entonces de retener prisioneros.
»Por curiosidad me acerqué a la ventana y miré dentro. Estaba a punto de darme la vuelta cuando, en la sombra cerca de la puerta, vislumbré lo que parecían viejas ropas. Se me ocurrió que podían ser las vestimentas de algún prisionero revolucionario. La curiosidad me llevó hasta la puerta, que encontré cerrada por fuera con candado y cadena. La cadena estaba tan carcomida por el óxido y tan gastada que, con un poco de esfuerzo y un palo, la rompí y entré.
»Puedes imaginar mi horror y repugnancia al descubrir que aquellas ropas cubrían un esqueleto. Algo extrañamente familiar en las vestiduras me hizo voltear el cadáver, cuando, de entre el abrigo y los brazos descarnados, rodó… ¡este violín! Al instante pensé en Joel. No sé por qué, pero así fue. Con los dedos temblando de miedo apenas formado, abrí el estuche. Ante mí yacía el violín de mi hijo, y no supe más.»
❖
«Cuando finalmente recobré el conocimiento, el sol se estaba poniendo y mi caballo resoplaba de miedo ante la puerta abierta. Me detuve lo suficiente para componer lo que quedaba del cuerpo de mi pobre hijo, con la intención de regresar esa misma noche y llevarlo a nuestra familia para cumplir con ese triste deber. Fue entonces cuando observé por primera vez que el esqueleto no era antiguo, pues aún quedaban restos de carne adheridos en algunos huesos. Pero mi corazón se quebró al encontrar un trozo de cuero medio masticado entre las pobres mandíbulas.»
De nuevo el abuelo se detuvo, sobrecogido, y le rogué que desistiera de tan doloroso relato. Él sacudió la cabeza.
«Lo que resta se cuenta pronto. Terminaré, pues debes saberlo todo. Esa noche regresé, como había planeado, y con ayuda cumplimos los últimos y tristes ritos para mi hijo. El violín lo coloqué en aquel rincón, junto a la estantería, y más tarde lo moví al lugar donde lo encontraste.
»Una noche, tras un día lúgubre de lluvia y aguanieve, intentaba leer cuando me asaltó un acceso de inquietud. Era una de esas noches que invitan a acurrucarse en un sillón junto al fuego rugiente para leer. Mi mente volvía constantemente a Joel y a su triste destino. Finalmente abandoné el intento y dejé el libro sobre la mesa, con la intención de dejar que el sonido del viento y la lluvia me arrullaran en el olvido y el sueño. El viento había crecido considerablemente y gemía y sollozaba alrededor de las cornisas, y con cada ráfaga repentina la lluvia y el granizo golpeaban como dedos fantasmales contra los cristales.
»Al comprender que mis esfuerzos eran inútiles, me levanté y llevé el libro de vuelta a la estantería. Ociosamente, mi mirada cayó sobre el violín y de pronto se me ocurrió que no lo había examinado con detenimiento desde que lo encontré. Me pregunté si estaría en buen estado tras meses de exposición en una pobre cabaña a toda clase de inclemencias. Con esto en mente, abrí el estuche y saqué el violín. Las cuerdas estaban rotas, pero el instrumento no había sufrido daño—hecho debido al abrigo y a los brazos protectores de mi pobre hijo.
»Pronto lo volví a encordar y me disponía a pasar el arco sobre las cuerdas cuando escuché una melodía baja y dulce que reconocí como una improvisación de Joel. Parecía provenir de su habitación. Apenas sabiendo qué me atrevía a esperar, corrí desesperado hacia su cuarto. ¿Había regresado Joel, después de tantos meses? Su habitación estaba tan vacía como lo había estado durante meses. Pero la melodía continuaba, ahora en otra parte de la casa. De nuevo corrí tras ella, con el mismo resultado. Como un fuego fatuo, parecía conducirme. ¿Conducirme adónde?
»Corrí de vuelta a la biblioteca y guardé el violín en su estuche. Me propuse seguir aquella melodía, que ahora parecía venir de lejos. Afuera, hacia el camposanto. Corrí al porche, sin importarme ya la lluvia ni el granizo. ¿Podía ser, después de todo, el viento? ¿Era mi imaginación? Pero no; a través del viento, como llevado por él, venía la melodía, guiándome—¡guiándome hacia la montaña!
»La seguí. A través de la tormenta la seguí. Subí la montaña, hasta la cabaña, y más allá la seguí—la seguí hasta que la tormenta se rompió y apareció el amanecer. Exhausto y desfalleciente, caí; y allí, varias horas después, la partida de búsqueda me encontró, delirante, murmurando y tanteando. Me llevaron a casa, y durante un mes o más permanecí entre la vida y la muerte.
»Cuando me recuperé, la gente a mi alrededor me miraba con compasión; sabía que me creían loco. ¿Lo estoy? Aún puedo razonar. ¿No es coherente mi relato? ¿O sufro simplemente temporadas de locura? He comenzado a temerlo, pues a veces sigo oyendo esa melodía y siempre la sigo. Durante tres años esto ha continuado, hasta que he desgastado un sendero en la montaña. Nunca sé qué espero encontrar—¿a Joel o a su asesino? No puedo creer que Joel, después de tantos años, siga vivo. Y sin embargo, dicen que la esperanza muere difícilmente. Si vive, ¿de quién es entonces aquel esqueleto?
»Y ahora ya lo sabes todo. Te quise aquí para ver si tú también podías escuchar al Violinista Fantasma, como he empezado a llamarlo. Pero mis temores parecen crecer. El Violinista Fantasma tocó hoy—¡y tú no lo oíste!»
-35-
«Así terminó el relato de mi abuelo, y podrás imaginar que, aunque era joven, comprendí lo que significaban sus últimas palabras. ¡El abuelo loco! Con creciente horror, al recordar poco a poco lo que hasta entonces solo había notado de manera subconsciente (su mirada abstraída, su actitud de escucha), llegué a la plena realización del hecho. Me sentí aliviado, por tanto, cuando uno o dos días después fui llamado de regreso a casa.
El abuelo insistió en que llevara conmigo el violín, y por temor a herirlo accedí. Al volverme para mirar la *Casa de los Leones*, juré entonces que, si alguna vez tenía los medios, cazaría al asesino del tío Joel y exigiría pago completo por la vida que había arrebatado y por la razón que había destruido. Poco imaginaba que tan pronto habría de lograrlo.
Los días transcurrieron sin novedad para mi juventud. Pasó un mes, y con él mi pobre abuelo. Había tomado el sendero hacia la montaña y, en su estado debilitado, cayó desde una roca alta. Cuando lo encontraron estaba ya muerto. Renové mi juramento de venganza y, sacando el violín por primera vez desde que lo había adquirido, examiné la aparente fuente del destino trágico del abuelo. Incluso entonces podía tocar un poco de oído, y me sobrevino un deseo irresistible de tocar el violín del tío Joel.
Lo encordé y afiné, y tomé el arco para tocar. Pero nunca lo toqué. Una melodía baja y dulce comenzó a palpitar desde el corazón del violín. Sorprendido y encantado, permanecí varios minutos antes de darme cuenta de lo que estaba ocurriendo. Cuando lo hice, horrorizado, casi arrojé el violín dentro de su estuche. La melodía se desvaneció en un lamento de desesperación. ¿Estaba yo también enloqueciendo?
Al mirar con terror el instrumento mientras esta idea me asaltaba, vi asomar por una de las aberturas un trozo amarillento de papel que mi acción apresurada había desprendido. Sin tocar el violín, saqué un pedazo descolorido de sobre que evidentemente había estado oculto dentro de él durante años. Al desplegarlo, descubrí que contenía una escritura bastante legible.
«Al dueño de este violín» —decía— «yo, Joel Dalziel, muriendo de lenta inanición, cedo y lego toda mi herencia, recientemente convertida en acciones y bonos, por la suma de ciento cincuenta mil dólares ($150,000), con la condición de que la mitad de dicha cantidad se destine a la educación musical, y la otra mitad a encontrar y procesar a mis carceleros, que ahora son mis asesinos, descritos más abajo.»
El sobre estaba casi cubierto, por dentro y por fuera, con una letra pequeña y apretada que se probó sin duda alguna ser la de mi tío. Además, los detalles sobre dónde estaban ciertos bonos, hechos conocidos solo por él, lo demostraban concluyentemente. No tuve dificultad en establecer mi derecho. Durante los últimos diez años he estado cumpliendo las condiciones del extraño testamento de mi tío.
Extraño que, después de tantos años de búsqueda en mis viajes, haya logrado de manera tan insólita dar con el asesino. No había usado ese violín en años, y solo porque mi violín habitual no llegó con mis demás pertenencias me vi obligado a usar el de mi tío.»
❖
«—Una cosa más —dije, tras la conclusión de este relato prodigioso—. ¿Cómo explicas la extraña pausa justo antes de tu último número?
—¿Sabes? —rió—, olvidé por completo lo que iba a tocar. Sí, señor. No podía recordar una nota ni cómo colocar los dedos. Solo escuchaba la melodía obsesiva de mi tío, y volvió a mí el viejo temor de estar volviéndome loco. No era consciente de nada más que de esa melodía inquietante… hasta aquel terrible grito del público.
—El hombre, en su confesión, declaró que la melodía era la misma que lo había atraído repetidamente al escenario de su crimen —aventuré.
—Sin duda en los mismos momentos en que mi abuelo la escuchaba —respondió.
—Y está tu extraordinario parecido con tu tío —añadí.
El violinista sonrió.
—Pero, aunque él pudo haberme tomado por un fantasma —dijo—, existe el Violinista Fantasma. Todo es muy extraño. ¿Puedes explicarlo?
Yo no pude, y hoy no estoy más cerca de su solución.»
✠═════ FIN ═════✠
-36-
"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."


Comentarios
Publicar un comentario