El sobreviviente - WEIRD TALES (1923)
El sobreviviente
══════════════ ✧✧✧ ══════════════
Mientras los dos hombres yacían sobre la arena aquella noche, a John Binns le parecía que podía alzar la mano y arrancar un puñado de estrellas frías y relucientes, tan cerca estaban.
Brillaban intensamente esa noche; lo torturaban, parecían burlarse de su sufrimiento. Había una estrella que lo fascinaba. Era más grande y brillante que las demás, y permaneció mirándola hasta que los ojos le ardieron.
Se humedeció los labios resecos, pasando la lengua entre ellos, y se estremeció ante el áspero raspado. Miró furtivamente a su compañero tendido cerca, y con disimulo llevó la cantimplora—con su precioso contenido cada vez más escaso—a la boca. No pensaba en su compañero más débil, Dick Webb. Cuando Dick no pudo reprimir un gemido, los ojos hundidos de Binns se estrecharon y brillaron con malicia, mientras murmuraba imprecaciones contra los hombres frágiles.
Estaba furioso con Webb. Los dos habían discutido acerca de la vieja ley de la supervivencia del más apto. Binns sostenía que la ley entre los hombres era la misma que entre las bestias: los fuertes sobreviven, los débiles perecen. ¿Acaso los animales grandes no devoran a los pequeños? Por supuesto. Webb replicó que el intelecto era muy superior a la fuerza bruta, y que la fuerza bruta con frecuencia se derrotaba a sí misma. Su argumento había sido lo bastante convincente para despertar la ira de Binns. Sabía que Webb era superior en cuanto a intelecto, y eso lo enfurecía. Bien, le demostraría al debilucho que había otra manera de cuidarse además de la fuerza física: una astucia de zorro que no requería la inteligencia que Webb creía poseer.
De no ser por ese enclenque Webb, él, Binns, el más fuerte de los dos y por lo tanto el más apto para vivir, podría tener una oportunidad, una oportunidad de luchar por salir vivo del desierto. Estaban perdidos. La comida que habían llevado se había acabado, y el agua estaba por agotarse. El agua era el peor problema. La humedad del cuerpo se evapora rápidamente en esas arenas ardientes.
La lengua de Binns estaba áspera, su garganta comenzaba a doler, sus labios a agrietarse. Los dos hombres no podían durar mucho más. Uno de ellos debía quedar allí. ¿Cuál? No Binns. Amaba demasiado la vida para pensar en sacrificarla por un débil, alguien que, en su opinión, el mundo no echaría de menos—y Binns era normalmente un hombre fuerte.
El miedo de Binns a la muerte era morboso. Fue ese miedo el que lo llevó, desde el inicio de su desgracia, a tomar astutamente más de su ración de agua y darle menos a Dick. Todo era culpa de Dick, de todos modos; ¿no había sido él quien arrastró a Binns a esta absurda cacería de oro? Se maldijo por haber sido tan tonto al dejarse llevar lejos de su vida anterior, donde había vivido razonablemente bien con lo que podía conseguir con su ingenio.
El hombre a su lado se agitó, murmuró algo en un delirio a medias, y luego pidió agua…
-95-
Binns se incorporó, sus pequeños ojos, casi incrustados a los lados de la nariz, fulgurando contra Webb.
—Ya tuviste tu parte —gruñó.
—¡Agua! —croó insistentemente el hombre más débil, extendiendo un vaso de hojalata.
Binns no le permitió beber directamente de la cantimplora; el riesgo de que obtuviera más de lo que le correspondía era demasiado grande. Binns había sostenido la farsa de economizar señalando a Dick que era mejor medir su ración. Era escrupuloso al repartir su propia porción cuando Dick lo observaba, pero luego siempre daba sorbos a escondidas. Él mismo cargaba la cantimplora con lo que quedaba del agua, bajo un impulso aparentemente generoso: era el más fuerte de los dos, por lo tanto el que debía soportar la mayor parte de la carga.
Dick volvió a extender su vaso con mano temblorosa y exigió un trago.
—¡Al demonio! —gruñó Binns.
Movió la mano con impaciencia hacia la cantimplora, se detuvo. ¿Por qué desperdiciar aquel precioso fluido vital en este hombre medio muerto? No podía resistir, eso era evidente. Cada gota que Dick bebiera ahora reducía las posibilidades de Binns de salir con vida. Era un desperdicio pecaminoso verter agua en la garganta de un hombre casi acabado. Sería mucho mejor dejar que el pobre diablo muriera y terminar con ello. En realidad sería una misericordia poner fin a su miseria. Por supuesto que lo sería. Nadie lo sabría nunca, y entonces Binns tendría una oportunidad, una pequeña oportunidad de sobrevivir.
-96-
Nunca había matado a un hombre. La idea del asesinato lo estremecía. Pero ese sentimiento no nacía de ningún valor que otorgara a la vida de otro ser humano, sino más bien del temor al castigo y de un miedo supersticioso. Había oído hablar de hombres que, tras quitar la vida, nunca podían dormir, pues la víctima se presentaba siempre en su imaginación. Tonterías, por supuesto, pero el pensamiento le erizaba el cuero cabelludo. Sin embargo, esto no sería asesinato; sería simplemente la vieja ley de la autoconservación…
Dick se impacientaba cada vez más en sus demandas de agua.
—¡No has jugado limpio, ladrón embustero! —gritó al fin con voz débil.
Al pensar que había sido descubierto, la furia ardiente de Binns estalló como si la acusación fuera injusta. El odio lo llenó, su mano retrocedió, se lanzó hacia adelante. Un fogonazo brotó, y el suplicante Dick se desplomó sobre la arena.
Binns, mortalmente enfermo ahora, se enjugó el rostro con mano temblorosa y quedó mirando aturdido la figura en el suelo; luego retrocedió.
—¡Dios! —murmuró, contemplando fascinado el cuerpo encogido. Finalmente arrancó sus ojos de aquel objeto horrible, se volvió y corrió frenéticamente, tropezando en el terreno desigual, cayendo una y otra vez, levantándose y avanzando hasta caer exhausto.
Permaneció jadeando un tiempo, sin saber cuánto, con los ojos abiertos de par en par. Al cabo comenzó a dormitar inquieto, despertando cada vez sobresaltado, pues la figura con el vaso estaba siempre ante él. Repetía la escena una y otra vez: el hombre suplicante, el fogonazo del arma, el lento desplome de su compañero.
Por fin se calmó, se levantó y siguió adelante. No tenía idea de hacia dónde corría; podía haber sido en círculo. Eso no serviría. Debía encontrar una guía. Allí estaba aquella estrella brillante, la que tanto lo había fascinado, colgando sobre el horizonte. Si se mantenía hacia ella, al menos seguiría un rumbo general. ¡Buena estrella! La seguiría mientras brillara.
Avanzó tambaleante. Si tan sólo pudiera librarse de aquella cosa infernal ante sus ojos, aquel bulto en la arena… Pero ¿no habría sido un necio al regalar el agua? ¿No? Tenía tanto derecho a la vida como cualquier otro. ¡Claro! Más derecho que aquel ser que había dejado atrás. De todos modos habría muerto.
Se detuvo y miró, comenzando a sudar. Las sombras tenues de las dunas asumían formas grotescas. Una de las pequeñas montañas de arena parecía aquel bulto… Se inclinó, mirando con intensidad. Juraría que se movía. Rió en voz alta. Era un tonto por asustarse así. Luego siguió tambaleándose. En su horror había olvidado beber, aunque la garganta lo torturaba. Imaginó que otra de aquellas malditas formas se movía. Avanzó y la pateó con furia.
Siguió adelante, tambaleante, medio delirante, con las rodillas debilitándose. De pronto volvió a detenerse y mirar. Otra forma más. Bien, esta vez no se dejaría engañar. Avanzó tambaleante para patearla—La cosa se incorporó y extendió aquel intolerable vaso.
Binns se lanzó hacia adelante y cayó de bruces. La figura reptó hasta su lado, lo palpó buscando la cantimplora, finalmente la encontró, la llevó a sus labios y sorbió el contenido, luego intentó débilmente voltear al caído Binns para verterle las últimas gotas de agua en la garganta…
Al amanecer un grupo de hombres halló dos cuerpos tendidos en la arena. Uno se inclinó sobre uno de ellos.
—Este tipo —dijo— aún respira. Parece que lo quemó una bala al costado de la cabeza. No tiene gran cosa, salvo hambre. Supongo que podremos salvarlo. ¿Y el otro, Bill?
Bill volteó el otro cuerpo, boca arriba.
Dos pequeños ojos juntos miraban hacia el cielo que ya no veían.
—No podría estar más muerto —anunció Bill. “Es curioso, además —añadió pensativo— que este tipo haya sido el primero en caer… es mucho más robusto que el otro.”
✠═════ FIN ═════✠
-97-
"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."


Comentarios
Publicar un comentario