EL CUARTO DE HIERRO - WEIRD TALES (1923)

EL CUARTO DE HIERRO 

Otra historia de Paul Pry  

Por FRANCIS D. GRIERSON  

Título original: THE IRON ROOM

Weird Tales | Volumen 2 | Número 4 | OCTUBRE 1923

Pp. 47-51

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Paul Pry acababa de terminar el desayuno cuando llegó el coronel Fairbody.  

—Buenos días, coronel —dijo Paul alegremente—; ¿ya ha comido?  

—Hace una hora —respondió su amigo—. ¿Quiere acompañarme a investigar un caso extraño?  

—Mi querido coronel —replicó Paul, acostumbrado al brusco modo de hablar del otro—, usted sabe que considero un privilegio cuando me permite compartir su confianza…  

—Nada de halagos —interrumpió el coronel, riendo—; nos ha sido endiabladamente útil más de una vez, como bien sabe. Le debo un par de favores. Pero si viene tendrá que darse prisa. Tengo un coche esperando. Diga a su criado que prepare un pequeño equipaje; puede que tengamos que pasar una o dos noches fuera.  

Paul hizo sonar la campanilla y, diez minutos después, el coronel y él recorrían velozmente las calles.  

El coronel Fairbody, comisionado adjunto a cargo del Departamento de Investigación Criminal de Scotland Yard, conocía a Paul Pry como un joven millonario excéntrico que dedicaba su tiempo a la ciencia de la criminología. Por qué había adoptado el sugestivo nombre de “Paul Pry” —el coronel, como sus colegas de las fuerzas policiales de media docena de países— habría estado interesado en saberlo, pero era un secreto conocido solo por Paul mismo. El aficionado había ganado la confianza del profesional, sin embargo, gracias a los servicios que había prestado al Yard en varias ocasiones, y el coronel sentía un sincero respeto por las facultades de razonamiento que habían llevado a Paul a resolver ciertos problemas singulares en los que ambos habían estado implicados.  

—¿Sería indiscreto preguntar adónde vamos? —preguntó Paul, con su manera tranquila, mientras dejaban atrás los suburbios y se internaban en agradables caminos campestres.  

—En absoluto; nos dirigimos a un pequeño lugar llamado Stonebridge, en Hertfordshire. 

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La Compañía Química Carfax, sin duda”, sugirió Paul.  

El coronel era un viejo zorro.  

—No voy a gritar “¡Maravilloso!” —replicó—. Usted sabe perfectamente que el único lugar importante en ese vecindario son los talleres químicos de Carfax.  

—Donde hacen agradables experimentos en el arte de volar personas por los aires.  

—Precisamente. El señor Gerald Carfax, el célebre químico, tiene allí sus laboratorios. Realiza bastante trabajo para el Gobierno.  

—Y supongo que alguna fórmula secreta valiosa ha sido robada.  

—En absoluto; al menos, que yo sepa por ahora. Para decirle la verdad, sé muy poco del asunto.  

—Pero lo considera lo bastante importante…  

—¿Como para venir de inmediato? Así es. Carfax es un viejo amigo mío, y estoy convencido de que no me habría telefoneado esta mañana si no tuviera buenas razones para hacerlo. Pero creo que será mejor dejar que él mismo cuente su historia; los pocos hechos que conozco serían de escasa utilidad para usted.  

Paul accedió, y los dos hombres conversaron sin rumbo fijo hasta que el coche, pasando junto a una hilera de edificios irregulares, se internó en una avenida bordeada de árboles y se detuvo ante la puerta de una cómoda casa de piedra, donde Carfax, un hombre afable, de edad madura y con penetrantes ojos grises, los recibió cordialmente.  

Paul, por deseo propio, fue presentado como asistente no oficial del coronel, y Carfax los condujo a su biblioteca.  

—Le estoy muy agradecido, Fairbody —dijo, cuando se acomodaron—, por haber venido tan pronto. No le habría pedido que lo hiciera si no pensara que el asunto es de considerable importancia.  

—Por supuesto que no —respondió el coronel, con su tono seco—. Cuéntenos toda la historia; el señor Pry aún no sabe nada.  

—Es un asunto extraño —replicó el químico, meditativo—. Claro que puede haber una explicación sencilla, pero confieso que me desconcierta. Seré lo más breve posible…  

—No —interrumpió el coronel—. Cuéntenos todo lo que se le ocurra; podría omitir algo importante si no lo hace.  

El señor Carfax inclinó la cabeza.  

—Bien —prosiguió—, supongamos que no sabe nada de nuestro trabajo aquí. Nos dedicamos a la fabricación de diversos compuestos químicos, la mayoría de carácter secreto. Además, estamos constantemente realizando experimentos con el fin de descubrir nuevos métodos de aplicar la información que obtenemos. Eso basta por ahora; no necesito entrar en detalles salvo que surja algún punto sobre el que deseen más información. Tengo un personal bastante numeroso, todos ellos personas de buena reputación, como naturalmente esperará. Pero solo unos pocos conocen más que la labor concreta en la que están ocupados.  

—Sin embargo, tengo dos ayudantes que conocen casi todos mis secretos, y es de ellos —o más bien de uno de ellos— de quien deseo hablar. Son John Martin, mi principal asistente, y Roland Vayne, un pariente lejano que se ocupa de toda la parte eléctrica y mecánica del lugar. Vayne ha desaparecido repentinamente.  

—¿Cuándo? —preguntó Paul.  

—Anteayer.  

—¿Por qué demonios no me avisó antes?  

—Debí hacerlo, supongo —respondió Carfax—; pero ya sabe lo poco que gusta hacer una montaña de un grano de arena. Las circunstancias eran tan inusuales que al principio pensé que aparecería en uno o dos días y se disculparía.  

—¿Disculparse de qué?  

—Pues bien, esto fue lo que ocurrió: Martin y Vayne tienen habitaciones en un edificio de hierro, a poca distancia de esta casa. Estoy por construir una ampliación especialmente equipada para los talleres, y mandé levantar ese edificio de hierro para alojar a ciertos hombres especiales hasta que el nuevo lugar estuviera listo. Hace dos días, por la tarde, pedí a mi hija Stella que fuera a los talleres con un recado para John Martin. Ella confirmará lo que le cuento en breve, pero está bastante afectada, y pensé que le ahorraría algo de angustia si primero les relataba los hechos.  

—Desde luego —dijo Paul—. Continúe, por favor.  

—Según lo que me cuenta —prosiguió Carfax—, cruzó hasta el edificio de hierro y entró en la habitación de Martin, que es mitad sala de estar y mitad laboratorio, pues algunos de sus experimentos requieren muchas horas, y él lee, escribe o se entretiene con su gramófono mientras duran. Entró en la habitación, como digo, pero vio que Martin no estaba allí. Suponiendo —como en efecto era el caso— que se hallaba en alguno de los otros edificios, esperó su regreso.  

—Mientras aguardaba, notó en el gramófono un disco nuevo y puso el aparato en marcha. Llevaba escuchando la música unos minutos cuando la puerta se abrió de golpe y Roland Vayne irrumpió. Estaba en un estado de excitación extraordinario y gritaba algo que ella no alcanzó a entender con claridad. Corrió hacia ella y le dio un empujón violento, haciéndola caer y golpearse la cabeza contra el suelo de hierro. Quedó aturdida unos instantes y, cuando recobró el sentido, Vayne había desaparecido. Desde ese momento no he vuelto a verlo. Ninguna de sus ropas ni efectos personales han sido tocados, hasta donde sabemos. Eso es, en realidad, todo lo que sé del asunto.  

—Creo —dijo Paul, tras un breve silencio—, que sería conveniente —si el coronel Fairbody está de acuerdo— ver a la señorita Carfax. No necesito asegurarle, señor Carfax, que comprendemos plenamente lo doloroso que debe de haber sido para ella semejante suceso.  

—La llamaré de inmediato —respondió Carfax, y en unos momentos Stella entró en la sala.  

Alta y de proporciones magníficas, era un espléndido ejemplo del más puro tipo de mujer inglesa. Se movía con la gracia natural de una joven que sabía manejar escopeta y caña de pescar con no poca destreza, y su amplia frente y la firme, aunque delicada línea de su mentón, insinuaban una mente equilibrada.  

Estaba pálida, pero por lo demás mostraba pocos signos del choque que había sufrido, y saludó a los recién llegados con cordial simpatía.  

—Señorita Carfax —comenzó Paul, tras un breve murmullo con el coronel Fairbody—, su padre nos ha contado la extraña conducta del señor Vayne, y deseamos ayudarle a esclarecer el misterio. Si me lo permite, hay una o dos preguntas que quisiera hacerle; estoy seguro de que comprenderá que no pretendo ser impertinente…  

—Por supuesto —respondió la joven con serenidad.  

—Usted no pudo, según nos ha dicho el señor Carfax, entender lo que el señor Vayne decía mientras la atacaba.  

—Estaba tan excitado que mezclaba las palabras. Parecía decir algo acerca de marcharse, o quizá me estaba diciendo que me marchara yo.  

Paul meditó unos instantes.  

—Señorita Carfax —prosiguió—, me veo obligado a preguntarle esto: ¿estaba el señor Vayne enamorado de usted?  

Stella se sonrojó, pero contestó con firmeza:  

—Me temo que sí, o lo había estado.  

—¿Lo había estado?  

El señor Carfax intervino.  

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—Debo decirles —explicó— que Vayne le propuso matrimonio a Stella hace algún tiempo, pero ella no sentía afecto por él. Creí que había aceptado su rechazo con hombría, hasta su extraordinaria conducta de hace dos días. Por supuesto, puede que no tenga nada que ver con ello.  

—¿Y la señorita Carfax está comprometida?  

—Está comprometida con John Martin.  

—¡Ah! —dijo Paul suavemente—. ¿El compromiso no es un secreto? —añadió.  

—Oh, no; se anunció hace un mes. Martin es un excelente muchacho y destinado al ascenso. Algún día será una figura importante en el mundo químico, y desde un punto de vista personal no podría desear mejor yerno.  

Paul se levantó.  

—Gracias —dijo—. Si le parece bien, coronel, creo que podríamos ir ahora mismo a echar un vistazo al cuarto de Vayne y al cuarto en el que se comportó de manera tan extraña.  

Los tres hombres —pues Stella no los acompañó— se dirigieron a las instalaciones. El señor Carfax explicó que el lugar había sido originalmente un monasterio; tras muchos años de abandono, durante los cuales cayó en ruinas, fue adquirido por una firma de cerveceros. Después de pasar por varias manos, la propiedad fue comprada por la Compañía Química Carfax, que convirtió algunos de los edificios a sus necesidades y levantó varias construcciones provisionales. El propósito de la compañía era ir despejando el terreno poco a poco y levantar nuevos y espaciosos laboratorios y talleres especialmente diseñados para el trabajo químico.  

Los aposentos ocupados por Roland Vayne estaban en un largo edificio de hierro, de una sola planta, dividido en varias habitaciones de distintos tamaños. Estaba hecho de planchas de hierro atornilladas, levantado rápidamente y a prueba de fuego. Un pasillo recorría todo el edificio por un lado, y cada habitación se abría a ese corredor.  

El cuarto asignado a Vayne era amplio y bastante cómodo. Tenía alfombra y estaba amueblado de manera sencilla pero suficiente. Tras una cortina se hallaban su cama y su tocador; el resto del cuarto servía de sala y estudio. Un lado estaba ocupado por estanterías, y bajo la ventana una larga mesa sostenía diversos aparatos eléctricos y mecánicos. Un sillón, un diván, algunas sillas, un soporte para pipas… lo que cabría esperar en la habitación de un soltero. Vayne y Martin tomaban sus comidas en la casa de Carfax, en familia, y era intención de Carfax proporcionarles aposentos acogedores en las nuevas instalaciones que ya estaban en construcción.  

De la habitación de Vayne pasaron a la de John Martin, que estaba junto a ella, y allí encontraron al propio joven. Martin era un tipo corpulento y jovial, de entre veinticinco y treinta años, según calculó Paul. La mesa de trabajo de la que se levantó al entrar ellos estaba cubierta de papeles y memorandos. La habitación tenía el mismo tamaño que la de Vayne y estaba dispuesta de manera semejante. Los gustos y ocupaciones, sin embargo, explicaban algunas diferencias menores. Un extremo de la habitación, por ejemplo, estaba sin alfombra, y allí se hallaba un banco cubierto de zinc y un pequeño fregadero. Había un par de estantes con frascos de vidrio y matraces, uno o dos mecheros Bunsen y otros dispositivos propios del químico experimental. El gramófono sobre un soporte cerca del banco producía una nota curiosamente incongruente, cuyo efecto se acentuaba con un par de cuadros en las paredes, algunas porcelanas antiguas y un gran jarrón sobre un pedestal de madera.  

Como no había chimeneas ni estufas en el edificio, el calor se suministraba mediante tuberías de agua caliente desde una caldera en un cobertizo algo distante.  

Tras una conversación general, Carfax propuso completar la visita a las instalaciones y regresar a su casa para almorzar, después de lo cual podrían considerar qué hacer. El coronel Fairbody estuvo de acuerdo, pero Paul pidió permiso para quedarse en la habitación de Vayne para un examen más detenido, prometiendo reunirse con ellos en la casa un poco más tarde.  

—Su colega parece haber formado alguna teoría —aventuró el señor Carfax, mientras los otros salían del edificio provisional.  

El coronel Fairbody se encogió de hombros.  

—Pry es un hombre extraño —dijo—. Son pocos los hombres cuyas teorías respeto más, y estoy seguro de que tiene una razón para lo que está haciendo.  

—Desde luego —respondió el señor Carfax, con vaga cortesía.  

El almuerzo estaba casi terminado, pero Paul no había aparecido. El señor Carfax, con hospitalidad, quiso ir a buscar a su invitado por la fuerza, pero el coronel Fairbody rió y se lo prohibió.  

—Déjelo tranquilo —dijo—. Es un hombre obstinado, y no le agradecerá que lo interrumpa. Vendrá cuando esté listo y le hará mil disculpas y explicaciones —del todo falsas— por su ausencia.  

—Parece darle bastante libertad en sus procedimientos —observó Martin.  

—Así es —respondió brevemente el coronel, y Stella cambió hábilmente de tema.  

El café acababa de aparecer cuando entró el criado y susurró algo a su amo, tras lo cual entregó una nota al coronel Fairbody.  

—Uno de los hombres de los talleres la trajo, señor —explicó—. Se la dio el otro caballero, que le dijo que la trajera aquí y se la entregara de inmediato, señor.  

El coronel, con una palabra de disculpa a Stella, rasgó el sobre, que Martin, desde su asiento, reconoció como tomado de la mesa de trabajo de su habitación. En silencio, el comisionado adjunto leyó el siguiente mensaje, escrito apresuradamente en media hoja de papel:  

“Vengan de inmediato al cuarto de Martin. Traigan escalera larga y ligera, o escalera de cuerda si es posible. También linterna eléctrica y frasco de brandy. Traigan a Carfax y a Martin; no a Stella.—PRY.” 

El coronel entregó el papel al señor Carfax y se levantó.  

—Estoy seguro de que nos perdonará, señorita Carfax —dijo—, si nos marchamos ahora. El tiempo apremia, y…  

—Y han recibido un mensaje del señor Pry que no quieren contarme todavía —interrumpió la joven, sonriendo.  

—Bueno… —empezó el coronel, algo turbado, pero ella rió suavemente, agitó la mano y salió de la sala.  

—Eso —comentó el coronel— es lo que yo llamo una muchacha sensata. Debe de estar loca de curiosidad, pero no lo demuestra.  

—Es una buena chica —dijo el señor Carfax—. Pero, Fairbody, esto parece importante. Por fortuna sé dónde conseguir una escalera y una linterna sin llamar la atención, y podemos llevarnos ese pequeño decantador de brandy.  

Solo fueron necesarios unos minutos para obtener una larga escalera de cuerda de un pequeño almacén cercano. El encargado se había ido a comer, pero Martin tenía una llave maestra que les permitió entrar. También consiguieron una linterna, y los tres hombres se apresuraron hacia la habitación de Martin.  

Encontraron a Paul sentado en el gran sillón de Martin, sumido en pensamientos. Sin embargo, al entrar ellos se levantó de un salto y habló rápidamente.  

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—Ah —dijo—; han traído la escalera. Bien. Perdóneme, coronel, por enviarle un mensaje tan perentorio, pero si estoy en lo cierto, no debemos demorarnos. Si estoy equivocado… eso puede esperar. Primero quiero hacerle unas preguntas al señor Martin.  

Se volvió hacia el joven.  

—¿Cuándo vio por última vez a Vayne? —preguntó—. Sé que ya nos lo ha dicho, pero quiero llegar a cierto punto, así que perdóneme si parece que pierdo el tiempo.  

—Lo vi aproximadamente una hora antes del incidente con Stella —la señorita Carfax— —respondió Martin con prontitud.  

—¿Recuerda lo que ocurrió entre ustedes?  

—Perfectamente, pues fueron solo unas palabras. Me dijo que había conseguido un nuevo disco de gramófono —uno que yo no tenía— y que lo pondría en mi habitación para mí. Le di las gracias y le dije que lo probaría al volver. Iba a inspeccionar las instalaciones.  

—¿Eso le llevó mucho tiempo?  

—Unas dos horas, aproximadamente.  

—¿Fue cordial con usted?  

—Por supuesto; teníamos excelentes relaciones.  

—Ahora, otro punto: ¿de dónde sacó ese gran jarrón que está sobre el pedestal?  

—Me lo dio Vayne. Lo encontró en las ruinas. Le gustaba mucho curiosear en las entrañas de la tierra —hay enormes bodegas antiguas aquí, ya sabe, algunas de las cuales usamos para almacenar químicos peligrosos. A mí me gusta la porcelana, y él, riendo, me dijo que lo añadiera a mi colección, pensando que era basura. Pero, curiosamente, describió el objeto a un amigo suyo experto, y este le dijo que probablemente era una pieza bastante buena de antigüedad. Por supuesto, le pedí que lo recuperara cuando me lo contó, pero se negó, y mandamos hacer el pedestal a uno de los carpinteros para que no estuviera al alcance de los limpiadores y se rompiera por accidente.  

Los ojos de Paul Pry brillaron.  

—Ahora, caballeros —dijo—, voy a poner a prueba una teoría. Si es correcta, resolveremos el misterio de la desaparición de Roland Vayne. Quédense donde están…  

Cruzó la habitación, se acercó al gramófono, ajustó la aguja y dio cuerda al mecanismo. En un instante, las notas de aquella hermosa selección de *Madama Butterfly* de Puccini, “Un bel dì”, inundaron la sala con exquisita melodía. Los presentes aguardaban ansiosos el siguiente paso de aquel extraño drama. Cuando sonaron las últimas notas, tres de ellos lanzaron un grito de sorpresa.  

Justo frente al gramófono, donde Paul había estado de pie un momento antes, una sección cuadrada del suelo de hierro se abatió silenciosamente hacia abajo, revelando un oscuro agujero. Unos segundos después, al terminar la música, la plancha de hierro volvió a elevarse, pero antes de que pudiera cerrarse Paul se lanzó hacia adelante y la empujó de nuevo con un fuerte bastón, que encajó contra la plancha contigua de tal modo que impidió que la trampilla volviera a cerrarse.  

—La escalera, coronel, por favor —dijo—. Creo que vamos a encontrar a Roland Vayne.  

La escalera de cuerda, de unos quince metros de largo, fue bajada por la abertura, asegurando la parte superior con una sólida barra de hierro, y Paul, tomando la linterna en la mano, descendió lentamente. En pocos segundos se oyó su voz, llamando a los demás para que bajaran. Uno a uno, entraron en el hueco cuadrado y descendieron unos treinta peldaños de la escalera.  

Se encontraron en una bodega de suelo de piedra, de la que partía un pasadizo hacia la oscuridad. Junto al pie de la escalera estaba Paul Pry, al lado de un objeto informe. Al dirigir la luz de la linterna hacia él, los tres hombres vieron un cuerpo encogido tendido sobre las losas.  

Era el cuerpo de Roland Vayne.  

Allí, en aquella celda silenciosa, en la solemne presencia de la Muerte, Paul Pry relató, con palabras tanto más conmovedoras por su sencilla modestia, cómo había reconstruido la tragedia en la que el joven electricista había desempeñado un papel tan terrible.  

—Cuando me dejaron en la habitación de Vayne —dijo—, ya había formado una teoría vaga. Ahora es imposible decir si estoy en lo cierto o equivocado en todas mis conclusiones, pero el cuerpo ante el que estamos es la prueba final que parece sostener lo que debe ser una línea de deducción en parte especulativa. Revisé los papeles de Vayne, y no me sorprendió encontrar un plano del antiguo priorato sobre el cual, como ya había averiguado, se levantaron estas instalaciones.  

—Sabía que Vayne había sido un pretendiente rechazado por la señorita Carfax; que Martin había ganado el premio que él no pudo obtener; y que Vayne era consciente de ello. Sabía también que Vayne era un hábil electricista, con sólidos conocimientos de mecánica, y que tenía acceso a cualquier parte de las instalaciones cuando lo deseaba.  

—El coronel Fairbody les dirá que muchos crímenes que parecen extraños no son en realidad nada extraordinarios; no es que las circunstancias locales se combinen para ayudar al criminal, sino que el criminal naturalmente se aprovecha de las circunstancias locales para cometer su delito.  

—Así ocurrió en este caso. Me temo que no cabe mucha duda de que Vayne intentó cometer un crimen, pero al final la Providencia frustró sus esfuerzos.  

—Vayne se enfrentaba a dos problemas: primero, deshacerse de un hombre que se interponía en su amor y que, probablemente, consideraba un peligroso rival profesional, pues sospecho que él mismo tenía ambiciones aparte de su trabajo inmediato y estaba profundamente dedicado al estudio de la química.  

—Así es —murmuró el señor Carfax.  

Paul inclinó la cabeza.  

—El segundo problema de Vayne —prosiguió— era eliminar a John Martin de tal manera que no recayera sospecha alguna sobre él. Su plan era ciertamente ingenioso, pero algún rasgo caprichoso en el hombre lo llevó a elaborarlo de forma tan curiosa que su misma astucia me hizo sospechar la verdad.  

—Este no es el momento ni el lugar para detallar minuciosamente los pasos que seguí: prefiero mencionar solo los puntos esenciales de la historia. Vayne sabía, como muchos, que ciertos objetos vibran en distintos grados en simpatía con determinadas notas musicales. Obtuvo, probablemente tras una búsqueda cuidadosa, el gran jarrón que está en la habitación de Martin, y descubrió que vibraba considerablemente en respuesta a la nota de si bemol.  

—Cuando el jarrón había estado instalado el tiempo suficiente para ser medio olvidado, le conectó dos diminutos alambres dispuestos de tal modo que formaban un contacto de apertura y cierre —si lo describo correctamente— al vibrar el jarrón. Esa vibración era mucho más que la milésima parte de una pulgada, que basta para establecer una conexión eléctrica. Los alambres pasaban por el pedestal de madera y por el suelo. Ahora bien, hemos oído que a Vayne le gustaba explorar las bodegas de este lugar, y fingió haber encontrado el jarrón en una de ellas. Espero mostrarles que en sus exploraciones descubrió que todo este edificio se había levantado directamente sobre una larga excavación que comunicaba, por un pasadizo estrecho, con bodegas situadas bastante lejos.  

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—El plan ahora se hace claro: Vayne, durante la ausencia de Martin, retiró fácilmente una plancha del suelo de hierro en la habitación de Martin, justo frente al gramófono —el lugar en el que naturalmente se colocaría una persona al ajustar la aguja o al cambiar el disco. Era sin duda un artesano ingenioso, pues colocó una bisagra fuerte en un extremo de la plancha y un cerrojo de resorte en el otro, con un muelle poderoso debajo. Todo ello lo conectó a una pequeña batería eléctrica que ocultó en su propia habitación. En resumen, el efecto de estos arreglos era que Vayne podía accionar un interruptor en su cuarto y electrificar los alambres del jarrón, los cuales liberaban, al hacer contacto por la vibración del jarrón, el cerrojo que mantenía la plancha del suelo en su sitio.  

—Cuando la música cesaba, la vibración se extinguía, y el resorte volvía a colocar la plancha de hierro, que quedaba asegurada por el cerrojo. Mientras tanto, la persona que estuviera de pie sobre la plancha en ese momento era precipitada a este suelo de piedra. Si la muerte no era inmediata —como en el caso de Vayne, que se rompió el cuello— era casi seguro que se producirían heridas graves, y la víctima, incapaz de moverse, moriría de hambre y sed.  

—Hasta aquí les he mostrado a Vayne como un bribón hábil y frío; permítanme ahora mostrarles un rasgo redentor de su carácter.  

—Cuando supo que Martin iba a salir por un buen rato, le habló del disco que había conseguido. Conociendo la afición de su colega por la música, previó que al regresar a su habitación probablemente probaría el disco de inmediato. Si no, lo haría sin duda después de la cena, al volver. Vayne se deslizó en la habitación de Martin, colocó el disco en el gramófono y regresó a la suya, donde accionó el interruptor que controlaba la corriente.  

—Todo estaba preparado. El disco era excelente, como ustedes escucharon, y tenía la peculiaridad que Vayne necesitaba: concluía con un fortissimo en si bemol. Esa nota era la que producía la mayor vibración en el jarrón.  

—Vayne probablemente pensaba salir de su cuarto e ir a una parte distante de las instalaciones para tener una coartada convincente en el improbable caso de ser sospechoso de la desaparición de Martin. Pero antes de hacerlo se sorprendió al oír el sonido del gramófono en la habitación de Martin. Tras vacilar unos momentos, según calculo, se deslizó por el pasillo y miró dentro. Para su horror, vio a la señorita Carfax de pie frente al aparato, lista para levantar la aguja en cuanto concluyera la pieza. En un instante comprendió lo que había ocurrido, y al mismo tiempo se dio cuenta de que no había tiempo para explicaciones. Creo que debió de saber que no podría escapar él mismo de una muerte terrible si quería salvar a la joven, y quizá en ese momento la enormidad del crimen que había concebido se le reveló por completo.  

—Sin vacilar, se lanzó a través de la habitación y apartó violentamente a la señorita Carfax del lugar fatal; cuando ella recobró el sentido, él había encontrado el destino que había diseñado para el amante de ella.  

Paul se detuvo, y por unos instantes reinó un silencio absoluto.  

Entonces John Martin tomó la linterna de la mano de Paul y dirigió su haz sobre el rostro blanco del muerto.  

—¡Dios lo perdone! —dijo con voz ronca.  

Los cuatro hombres subieron en silencio por la escalera y salieron a la luz del sol, al mundo de los vivos.  

✠═════ FIN ═════✠

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"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."

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