LA SEÑAL DEL CIELO - WEIRD TALES (1923)
Un extraño cuentecillo que puedes leer en cinco minutos
LA SEÑAL DEL CIELO
Por A. Havdal
Título original: THE SIGN FROM HEAVEN
Weird Tales | Volumen 2 | Número 3| OCTUBRE 1923
Pp. 39-90
══════════════ ✧✧✧ ══════════════
Daniel Diggs, el honrado sacristán, había cavado tres tumbas aquel día y estaba inusualmente cansado. Una de ellas se encontraba en terreno pedregoso, lo que hizo su tarea doblemente ardua. Era la tumba de un viejo ermitaño.
“Dura y pedregosa fue su vida, y dura y pedregosa es su tumba”, pensó el buen señor Diggs. Pues gravedad se espera de los sepultureros.
Ese ermitaño había vivido en una choza ruinosa junto al cementerio, nadie sabía ni le importaba desde cuándo. Cómo lograba subsistir, nadie sabía ni le importaba. Los niños lo llamaban “el Viejo Simón”, pero los adultos solían decirle “Simón el Simple”. Si “Simón” era su nombre o su apellido, nadie lo sabía ni le importaba.
El señor Diggs, hombre piadoso, había intentado en varias ocasiones volver los pensamientos del viejo Simón hacia la religión, pero sus exhortaciones caían en terreno pedregoso. Simón no se interesaba en los sermones del sacristán; pero sí tenía gran afecto por el pequeño hijo de éste, Danny.
“Vienes a ver si el viejo Simón guarda oro en su casa”, decía el ermitaño a Diggs. “Simón no tiene oro.” Y entonces el pobre viejo lloraba.
“Danny”, decía al niño, “cuando el viejo Simón muera, te llevará consigo y te mostrará un árbol con hojas de oro.” Y el anciano reía. “¡Un árbol con hojas de oro! ¡Con hojas de oro!” El pequeño Danny abría los ojos de par en par.
La mañana anterior, Diggs había pasado frente a la choza y había visto al viejo sentado junto a la ventana. Por la tarde volvió a pasar, y el anciano seguía en la misma posición. El sacristán entró en la choza, pero el viejo no se movió. Los muertos nunca lo hacen.
Cuando se supo en el pueblo que el ermitaño había muerto, la gente corrió a la choza. ¿No gusta a todos creer que los ermitaños son viejos avaros con montones de oro escondidos? En menos de media hora, los buscadores de tesoros habían destrozado la choza, pero no hallaron ni una moneda.
Diggs cavó la tumba del ermitaño junto a un gran árbol bajo el cual Simón solía sentarse largas horas. En verano, cuando el clima era benigno, el demente anciano a veces trepaba al árbol y dormía entre sus ramas toda la noche. Para los transeúntes en el camino, parecía un gran orangután peludo acurrucado en las ramas.
El sacristán dejó su pico, tomó su cubo de cena vacío y emprendió el regreso a casa. El cubo no estaba del todo vacío: había dejado un pedazo de pastel, como siempre, para Danny. El niño solía correr hasta la verja para recibir a su padre y quitarle el cubo.
Ayer, por primera vez, Diggs había comido todo lo que llevaba, olvidando dejar un dulce para su hijo. Al darse cuenta, se sintió afligido y, no queriendo decepcionarlo con un cubo vacío, arrancó una hermosa rosa roja de una tumba y la llevó en el cubo. Aunque sintió que no estaba bien tomar la flor, tranquilizó su conciencia prometiéndose no hacerlo nunca más.
El niño quedó encantado con la rosa y hasta la prendió en su camisón al irse a dormir.
Ahora Diggs había llegado a la verja del cementerio y, al abrirla, vio una pequeña figura blanca danzando alrededor de la tumba abierta de Simón. Una rosa roja ardiente estaba prendida en la túnica blanca.
“¡Danny, Danny! ¿Qué significa esto?”, gritó Diggs. Soltó el cubo y corrió tan rápido como sus piernas reumáticas le permitieron.
No había Danny allí; sólo un camisón blanco vacío, con la rosa prendida, colgaba sobre la tumba. Diggs, que no era supersticioso (había trabajado entre lápidas veinte años sin ver un fantasma), se frotó los ojos y tembló. La túnica flotaba sobre la tumba, la rosa se desprendió y el viento la arrastró, pero el camisón cayó dentro de la fosa.
“¡Mi hijo ha muerto!”, clamó el sacristán aterrorizado. “¡Es una señal del cielo!”
Corrió como loco hacia su casa. Al llegar, Danny no salió a recibirlo. Entró gritando: “¿Dónde está Danny?”
“Danny salió hace una hora a encontrarte en el camino”, respondió su esposa, horrorizada.
“¡Está muerto! ¡Está muerto!”, gemía Diggs. “¡He visto su fantasma!”
“No, no”, dijo su esposa, aunque pálida como la muerte, intentando calmarlo.
Diggs le contó lo del camisón blanco vacío que había visto danzando sobre la tumba de Simón. Ninguno lo dijo, pero ambos pensaron en las palabras del ermitaño:
“Danny, cuando muera te llevaré conmigo y te mostraré un árbol con hojas de oro.”
“Debemos ir al cementerio”, dijo la esposa temblando.
Fueron juntos, pero ella corrió más rápido y llegó primero. Se precipitó a la tumba abierta y miró dentro. ¡Allí estaba el camisón de Danny! La madre casi perdió la razón.
“¡Maldito viejo Simón! ¿Qué has hecho con mi hijo?”, sollozó.
Le respondió un gran crujido y quebrarse de ramas en el árbol junto a la tumba. Demasiado aterrada para mirar arriba, pensó si Simón había vuelto a la vida y trepado al árbol.
Diggs llegó jadeando. Otro estrépito de ramas, y el pequeño Danny bajó deslizando por el tronco con un gran saco de cuero al hombro.
“¡Miren lo que encontré, mamá! ¡Miren lo que encontré, papá!”, gritó Danny. “¡Un saco de monedas de oro!”
“¿Dónde lo hallaste? ¿Dónde has estado?”, preguntaron los padres a coro.
“¡Oh, cómo te asusté, papá!”, rió Danny, saltando. “No me viste escondido en el árbol. Até mi camisón a una cuerda y lo agitaba sobre la tumba.”
“¿Cómo pudiste hacer tal cosa, Danny?”, le reprendió su padre severamente.
“¿No sabes que hoy es el Día de los Inocentes, y mi cumpleaños, y todo?”, replicó Danny.
El padre abrió el saco. “¡Imposible!”, exclamó. “¡Dólares de oro! ¡Dólares de oro!”
-39-
Danny explicó que había encontrado el saco escondido en un hueco alto del tronco, cubierto de musgo. Al bajar, su pie rompió la cubierta y descubrió el pesado saco.
El cansado padre cargó sin quejarse el tesoro a casa. Lo contó sobre la mesa: mil novecientos veintitrés dólares en oro.
“¡Un dólar por cada año de la era cristiana!”, exclamó el piadoso Diggs.
Era suficiente para que hasta un hombre mundano se regocijara espiritualmente. Danny había encontrado, en verdad, el árbol con hojas de oro.
✠═════ FIN ═════✠
-90-
"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."



Comentarios
Publicar un comentario