EL SUEÑO GRIS - WEIRD TALES (1923)

Una historia trágica, poderosamente narrada

EL SUEÑO GRIS

por Charles Horn

 Título original: GREY SLEEP

Weird Tales | Volumen 2 | Número 3| OCTUBRE 1923

Pp. 27-31

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Hubo ocasiones en su vida matrimonial en que Meta Hansen pidió la muerte. No muchas, es cierto, pero cada una se destacó con terrible intensidad, incluso después de que ella creyó haberse rehecho.

Las peores de todas fueron los días posteriores a la muerte de su primogénito, un niño, y los días posteriores a la muerte de su última hija. Después vinieron los momentos en que David, su esposo, descubrió sus mascotas —los dos ratones blancos— escondidos en el cobertizo detrás de la casa. David la apartó y observó fríamente mientras el gordo gato gris atrapaba a los ratones, uno tras otro.

(El gato pertenecía a un vecino.)

La última de sus súplicas de muerte llegó, al parecer, cuando David volcó en el patio las dos macetas de geranios que por un día habían adornado la ventana lateral de la pequeña sala. David aplastó las flores rojas bajo su talón.

—¡Tonterías! ¡Blandas tonterías! —gruñó, tanto al deshacerse de los ratones como de las flores—. Una mujer no tiene tiempo para esas cosas. Una mujer tiene su trabajo que hacer.

La más terrible de las muertes, entonces, Meta la habría besado al llegar hasta ella.

Todos estos sucesos ocurrieron en los primeros cinco años de su vida matrimonial, y al mirar atrás con frecuencia —aunque cada vez menos— se hacía preguntas. ¿Le habían arrebatado algo esos tiempos? ¿Habían apagado su ardiente anhelo de amor? ¿La habían reconciliado con la vida aquellas crueldades —dos veces de manos de su esposo y dos veces de manos de su Dios?

Ella creía que sí. Durante más de quince años se había enseñado a sí misma que debía doblar cada nervio de su cuerpo, cada pensamiento de su conciencia, cada impulso de sus horas, hacia David y según su voluntad. Sus actos le habían enseñado que no debía ser blanda; que no debía molestarlo con caricias; que no debía interrumpir sus horas con charla; que no debía tener impulsos de afecto, salvo cuando él lo quisiera y a su mandato. Su vida se convirtió en una serie de “no debes”.

Meses después de la muerte de su última hija, con los ojos puestos en un niño robusto de tres años, de cabellos dorados, Meta sugirió tímidamente una adopción. Sus brazos dolían, sus pechos se alzaban y tiraban con el gran anhelo cada vez que veía al niño. Su corazón de madre, hambriento de amor, lo deseaba. Él traería la gran plenitud a sus horas. Y podían conseguirlo. Tentativamente había dispuesto esto. Con timidez llevó la cuestión a David.

—¡No me hables de los críos de otros! —rugió él—. ¿Por qué deberíamos tomar cosas que no son para nosotros?

Luego, tras un largo silencio, y justo cuando sus labios temblaban al borde de otra súplica…

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—«Si no puedes criar hijos propios —si no tienes en ti la fuerza para tener hijos que vivan— no me hables de los críos de otros.»

Y se volvió hacia su periódico vespertino. Meta quedó silenciada.

Así era la cosa: «Tus hijos murieron. No pudiste criar a los tuyos.» Nunca «nuestra hija» o «nuestro hijo», sino «tus hijos». Meta sabía que, de haber vivido y sido motivo de orgullo, David los habría reclamado como suyos. De haber vivido y sido motivo de deshonra, habrían sido de ella, enteramente suyos… Como en la muerte lo eran.

Meta era esclava de un gran amor. Ese amor había entrado en ella con el primer aliento de vida; lo había tomado con la leche del pecho de su madre. Había llenado el hogar de su niñez —aún ahora las lágrimas acudían a sus ojos al recordar la adoración de su padre por su madre— y lo llevó, pleno y visionado, a su matrimonio con David. Ella adoraba a su hombre. Creía que sería ella quien lo atendiera, trabajara por él, sufriera por él; su mano derecha y su mano izquierda; zurciera sus ropas, las lavara, se las dispusiera con esmero; corriera a su llamado, se sentara con él en las noches —hablando, riendo, soñando, amando, ¡amando!— cabalgando nubes rosadas en un mar de rosas.

David no deseaba nada de eso. Lo prohibía. Era un hombre duro.

—«Cuando te necesite te llamaré»— gruñía muchas veces. —«No me acurruques. No soy de esos. No me molestes. No hagas preguntas. Cuando te necesite, lo sabrás. Yo puedo cuidarme solo. No soy un blando. Tú cuida la casa. Ese es tu trabajo.»

Así, Meta creyó que algo había muerto dentro de ella; ciertos elementos de su ser habían expirado tras los primeros años. Creyó que había derrumbado su gran amor por el amor; creyó que lo había olvidado, relegado, acallado su clamor. Cuando una vocecilla asomaba, con resolución la sofocaba.

Y así, durante veintiún años, siete meses y trece días vivió en el Infierno.

De manera dura y estricta, eran prósperos. El trabajo de David como capataz de la cuadrilla de construcción les daba algo más que lo necesario (los gastos siempre dictados con severidad por el marido), y lograron comprar una casita. Cada domingo iban a la iglesia, y David dejaba una moneda de diez centavos en la bandeja de la colecta. Siete veces en todos esos años habían ido a un espectáculo.

Cada mañana de trabajo, a las seis y media, David se levantaba de la mesa, se pasaba el dorso de la mano por la boca, azotaba la puerta trasera y se iba a trabajar. Cada noche de trabajo regresaba a las seis, sacaba agua fría del grifo de la cocina, se lavaba cara y manos en la palangana de esmalte azul, se secaba con la toalla de borde azul y cenaba.

Después, con los pies apoyados en una silla, leía el periódico, con ojos tensos, labios apretados —los mismos ojos y labios tensos que usaba con sus obreros extranjeros. A veces, dejando el periódico, pronunciaba cuatro o cinco palabras secas. Usualmente no decía nada. Cuando Meta, en los primeros días de su matrimonio, intentaba prolongar la conversación, él se levantaba y se iba a la cama. Más tarde, con los años, le decía con brusquedad: —«Cállate, estoy cansado.»

Llegó la mañana del vigésimo primer año, séptimo mes y decimocuarto día, cuando David tenía cincuenta y cuatro años. Echó atrás las cobijas de la cama, bostezó, se estiró, se frotó los ojos con los nudillos y se incorporó. Al otro lado de la cama, Meta se inclinaba sobre sus cordones. Sintió sus manos tirando de las cobijas.

—«Todavía está oscuro»— se quejó—. «No ha amanecido.»

Meta se irguió, mirándolo, y luego al nuevo sol que entraba por la ventana. No dijo nada; la sorpresa, el miedo, pesaban sobre ella.

David se frotó los ojos, estiró los párpados, tirando de ellos con los dedos. Alzando las piernas sobre el borde de la cama, se tambaleó al ponerse de pie, dio uno o dos pasos vacilantes, con las manos extendidas, tanteando las paredes, buscando el camino. Meta corrió hacia él.

—«¿Qué… qué pasa?»— preguntó rápidamente. Sus manos delgadas temblaban.

—«¿Eh?»— él seguía palpando las paredes—. «No… no sé.» Miraba vacíamente por encima de ella, alrededor de ella, pero nunca directamente a ella. —«Algo… no puedo ver. No… ¿Es de mañana? ¿Es de día?»

Meta lo condujo a una silla. Revoloteando a su alrededor, sus órdenes secas la devolvieron a sí misma.

—«Tráeme la ropa»— ordenó—. «Ayúdame… ayúdame a ponérmela.»

Hasta donde recordaba, era la primera vez en años que él pedía su ayuda. Le resultaba extraño.

—«No sé qué me pasa»— murmuró preocupado, frotándose los ojos.

—«No los frotes»— aconsejó Meta—. «Eso los empeorará.»

David refunfuñó. Con cuidado, llena de nerviosismo ante lo inusual de asistirlo, Meta lo ayudó a vestirse.

No le ladró. Estaba curiosamente callado, patéticamente callado.

—«Iré a ver a un médico»— meditó mientras ella lo guiaba a la cocina—. «El viento me ha estado soplando cemento en los ojos estos dos o tres días. Y polvo, más de una semana. Los ojos me han dolido meses, con el viento y la tierra y todo. Tal vez mi estómago está mal.»

Meta lo observaba con curiosidad, con tensión. Él intentaba mostrarse casual, natural, pero sus manos vacilaban al llevar la comida a los labios.

—«Iré a ver a un médico»— repitió, mientras torpemente empujaba la silla hacia atrás, casi caía al suelo, recuperaba el equilibrio y se aferraba al borde de la mesa—. «Iré enseguida. ¡Tráeme el sombrero!»

Pero David no fue al médico. No fue a nadie, fuera del estrecho patio. David estaba ciego.

Al principio, después de que el médico hiciera tres visitas, examinara con cuidado y anunciara con certeza que no había esperanza, tanto David como Meta quedaron aturdidos.

La casa estaba pagada, cierto, y habría seguro de compensación. Vivirían frugalmente, pero vivirían. El problema era que David no podía —no quería— aceptar que estaba condenado. Maldecía, refunfuñaba, blasfemaba contra el Creador y Su universo, y prometía grandiosamente lo que haría cuando pudiera volver a ver.

Meta se mantuvo distante, al principio. Con timidez, sus dedos vagaban hacia su hombro, en ocasiones cuando le leía en voz alta. Luego, sin tocarlo, se retiraban.

Pasaron semanas hasta que David lo comprendió: comprendió y tuvo miedo. Él, que ahora estaba en total oscuridad, y que nunca había temido durante todos los días de su vida, adquirió miedo de la noche. No era la oscuridad de la ceguera lo que lo vencía, sino los dedos que se aferraban al crepúsculo —¡los sentía!— las voces roncas y susurrantes que llegaban con el anochecer. Su nerviosismo crecía en las últimas horas de la tarde, y después de la cena, cuando Meta leía para él, David pedía que se sentara cerca. Poco a poco, tras semanas, su mano vagaba hacia la silla de ella, buscando la seguridad de su cercanía.

Meta se expandió rápidamente bajo esta nueva ternura. Un atisbo de lo maternal olvidado se deslizó en su modo y en sus ojos cuando lo ayudaba a vestirse o desvestirse, cuando le peinaba el cabello y le lavaba la cara y las manos. La calidez de la juventud regresó a ella —una calidez madurada por los años—, cierta incluso cuando simplemente se sentaba y lo miraba, invisible, y veía el nervioso tanteo de sus dedos.

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El creciente desfallecimiento que iba llegando a sus duras mandíbulas, y el pequeño gesto de alzar la cabeza de lado. Ver con los oídos, era eso. Meta comenzó a escuchar vagos retumbos de felicidad. Canciones, a veces, saltaban a sus labios.

Un pequeño gato llegó a la casa, se quedó, creció en el afecto de Meta, y fue cuidadosamente ocultado en la cocina. Poco a poco, a medida que aumentaba su osadía, lo llevaba a la sala, dejándolo dormir en su regazo mientras leía a David.

Un día, tarareando en su trabajo en la cocina, se asomó hacia David y lo vio marcando el compás de su canción con los dedos sobre el brazo de la silla. Un súbito nudo le cortó la respiración. La canción brotó plena, vibrante. David golpeaba y asentía, golpeaba y asentía, golpeaba y asentía.

Sin embargo, con la represión de más de veintiún años contra la que luchar, Meta se contuvo. En más de diecinueve años David nunca la había besado de buena gana; en todo ese tiempo ningún término de cariño había salido de sus labios con gracia. Así que ella combatía la llegada de nuevos pensamientos, nuevas esperanzas. Eran demasiado vastos y profundos; demasiado propensos a ser malinterpretados… como ella una vez había malinterpretado las cosas.

Una noche David despertó en gran terror, como un niño pequeño, asustado, solo en una habitación extraña. El miedo a la oscuridad, a la noche oscura, pesaba sobre él. Podía sentirlo: tirando de él, aplastándolo, amenazándolo. Un sueño terrible lo había sacudido, y no podía abrir los ojos contra él. ¡Ese era el infierno! Antes, cuando venían los sueños, podía abrir los ojos, mirar la habitación familiar y saber que era solo un sueño. Ahora, la película del terror continuaba.

Instantáneamente los brazos de Meta lo rodearon, el toque calmante de madre. La cabeza de Meta cerca de su hombro, susurraba. Su voz lo tranquilizaba. Salida de un sueño profundo —y este es el prodigio que el germen materno en toda mujer hace posible— ella había despertado preparada, firme, serena. David se relajó.

—«Algo…» murmuró, casi gimió. «Algo…» Luego, tras un largo silencio: «¡Oh, Dios… ciego!»

Fue su primera queja en palabras. Antes siempre había sido el viejo duro y pendenciero, ciego pero pendenciero. Ahora se estaba ablandando.

Los brazos de Meta lo presionaron de nuevo contra la almohada. Sus dedos se deslizaron hacia su cabello, acariciando, acariciando. David se acercó como en busca de protección, y su pesado brazo derecho descansó sobre el cuerpo de ella. Sus labios quedaron contra su fino cabello.

Una vez, en sueños, murmuró: «Lo siento, vieja.» Suavemente. En el tono que otro hombre habría usado con un «Mi querida».

Meta comprendió, comprendió plenamente. Su cuerpo se estremeció.

—«Lo sé»— susurró—. «Lo sé. Duerme… duerme… duerme.»

Arrullándolo, sosteniéndolo cerca, suavemente lo meció en sus brazos, como se mece a un niño, hasta que se durmió.

Pero Meta no durmió esa noche, que fue su despertar al Cielo. Su mano siguió acariciando suavemente su cabello, su voz siguió con su arrullo susurrado. Incluso mucho después de que él durmiera, mano y voz continuaban. Lo sentía relajarse, respirar profundamente, y aun así lo mecía suavemente, murmurando su nana, aquella que había aprendido años atrás y usado tan poco tiempo…

—«¡Dios mío en el Cielo!»— susurró una vez—. «Después de estos años… todos estos años.» Y retomó su nana.

Horas después se levantó, fue al baño, encendió la luz eléctrica que iluminaba su habitación, y volvió a situarse sobre David. Hacía años que no lo veía así: tranquilo en el sueño. Tan callado, tan bueno. Querido David.

Temiendo que los latidos de su corazón lo despertaran, se deslizó de nuevo hasta la puerta del baño y lo observó desde allí. David se agitó. Su mano se extendió, buscando sobre la almohada. Al instante ella estuvo a su lado, deslizándose en la cama.

—«¿Dónde?» murmuró. «¿Dónde estás…?»

—«Aquí, querido»— susurró Meta. Era la primera vez en casi veinte años que decía «querido». Sus pensamientos lo habían contenido muchas veces, pero sus labios nunca lo habían pronunciado.

—«Aquí, mi querido»— repitió, más audaz.

David suspiró. Los párpados se cerraron sobre sus ojos vacíos. Respiraba con calma, contento en su cuidado, y su dura mano se acurrucó contra la mejilla de ella.

En las semanas que siguieron, Meta se expandió como una flor que ha sido mantenida en un sótano oscuro y de pronto es llevada a la luz del sol. Diez años se borraron de sus ojos, sus pechos se hicieron más redondos, más altos, su cuerpo más erguido. Se volvió alerta.

Sonriendo durante las horas del día, se apresuraba en sus tareas —cantando, riendo a través de la puerta hacia David, que se sentaba en su silla y marcaba el compás de sus canciones.

Por la noche, con su cabeza apoyada en el hombro de ella, Meta cerraba los ojos con fuerza, obligándose a dormir para que el día llegara más pronto. Era como una nueva novia. Cada hora contenía cien maravillas nuevas.

El pequeño gato creció en un gato mayor, y creció más en el afecto de Meta. David, a veces, sostenía al animal ronroneante en sus rodillas, lo acariciaba, parecía contento con el toque de compañía que le traía.

Con vacilación, David había llegado a decir «Mi querida» y «dulzura». Cuando una de estas palabras cayó por primera vez de sus labios, Meta se detuvo en su trabajo, se tensó. Luego corrió hacia él, se arrastró hasta él, casi de rodillas. Grandes sollozos la sacudieron.

Pasaron seis meses desde la llegada de la ceguera, y un día la señora Jobbins, que atendía la farmacia en la esquina de la calle, llegó apresurada al patio de los Hansen. Meta y David estaban sentados en el porche. La señora Jobbins hizo señas misteriosas a Meta, que bajó hasta la verja para hablar con la mujer.

—«Hay un… doctor Dulayne»— comenzó la señora Jobbins, sin aliento—. «Es un gran especialista, especialista en ojos. Está aquí, en el pueblo —amigo de nuestra familia, solía visitarnos cuando era pequeño» (ya había recuperado el aliento y hablaba a su velocidad habitual), «y le conté de su hombre, y cree que puede hacer algo por él. Cree que tal vez pueda operarlo.»

Con importancia y sonrisas, tras los susurros, la señora Jobbins aguardó. Era una mujer gorda y ansiosa que revestía de importancia cada acción y movimiento, exactamente como pesaba con solemnidad los venenos y medicinas en su tienda. Este era el momento más alto de su vida, sentía, llevar la gran noticia a Meta.

—«Digámoselo a David»— dijo Meta al fin, volviendo al porche.

David escuchó sin hablar, pero el endurecimiento de su cuerpo fue perceptible. Al final asintió.

—«Lo tendremos aquí mañana»— sugirió Meta. David estaba sumido en pensamientos. La señora Jobbins se apresuraba de vuelta a su tienda descuidada. —«Iremos a ver—»

—«Dile que venga enseguida»— interrumpió David. «Hoy. ¡Enseguida!»

—«Pero, querido»— objetó Meta—, «quizá él—»

—«¡Al instante!» La firmeza estaba en su mandato. «Dile que se apresure.»

El doctor Dulayne llegó al tercer día, y durante las horas que mediaron entre el anuncio jadeante de la señora Jobbins y la visita del especialista, Meta vivió con nervios desgarrados, los suyos y los de David. Nada de lo que intentaba complacía al hombre.

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Sus dedos sobre su cabeza, en el gesto calmante que él había pedido en aquellas semanas pasadas, fueron apartados bruscamente. Su vieja arrogancia volvía a crecer en él.

—«Sí»— anunció el especialista, tras el largo examen—, «el éxito es seguro. Será una operación tediosa, pero saldrá bien.»

Concertó una cita para el sábado siguiente, cuatro días después.

—«No hay nada que podamos hacer hasta entonces»— continuó—. «Estaré ocupado hasta el sábado. Dos o tres viejos amigos que debo visitar. Tráiganlo al hospital entonces. No, no hay necesidad de ese gasto. Lo atenderemos aquí mismo. Buscaré una enfermera.»

Frotándose las manos, sonrió ampliamente, con deleite.

—«Será una operación espléndida, ¡magnífica! Usted será muy feliz.»

Meta se preguntaba, cada vez más, después de que el doctor se marchó. ¿Sería feliz? ¿Podría alguna circunstancia en el mundo traer una felicidad tan grande como la de los últimos meses en que había maternado a un hombre? ¿Cuál sería el rumbo de su vida, después de que David volviera a ver? Cada vez más, conforme avanzaban los cuatro días, se entregaba a resolver esa pregunta.

Ya David estaba cambiando, el tono dictatorial volvía a caer sobre él. Su voz se endurecía, su mandíbula se tensaba, sus hombros se alzaban con agresividad. Ya había comenzado a hablarle de las cosas que un hombre haría por sí mismo, después del sábado. En toda su repulsión horrible, Meta sentía de nuevo la llegada de su Infierno.

El jueves, trabajando, había comenzado a cantar. David gritó con enojo:

—«¡Corta ese aullido! Quiero pensar. Déjame pensar. No he tenido un minuto para mí en casi un año.»

Más tarde, por la tarde, después de leer un periódico, obtuvo el permiso de David y fue a la tienda de la señora Jobbins, sentándose en el espacio detrás del tabique con la propietaria. Los ojos de Meta vagaban buscando sobre los estantes cargados de frascos. Ante ella veía nombres extraños de drogas. De un lado a otro sobre las filas de frascos, su cuerpo dio un pequeño sobresalto al reconocer un nombre. Furtivamente miró el papel doblado que había traído consigo.

—«Aquí dice»— comentó—, «de dos personas que tomaron algo y nunca despertaron.»

La señora Jobbins limpió sus lentes en el borde de su delantal y leyó la historia en el periódico.

—«Un hipnótico»— dijo con importancia al terminar, y entró en la descripción de los hipnóticos.

Así aprendió Meta que había venenos que no retorcían al matar.

Una muchacha entró a comprar un refresco de chocolate, y Meta quedó sola en el espacio tras el mostrador de recetas, el espacio con sus estantes llenos de frascos de nombres extraños. Tocando aquel surtido, tras levantarse apresurada y mirar furtivamente hacia el frente, encontró el frasco con el nombre familiar, el nombre que aparecía en el periódico.

Cuando Meta salió del cuarto trasero, media hora después, una mano en el bolsillo del delantal apretaba con fuerza un pequeño paquete envuelto apresuradamente.

El viernes fue día de tortura. David no le dio a Meta un momento para sí misma, sino que continuamente la llamaba, exigiendo alguna atención, luego lamentando la ceguera que hacía necesaria esa atención.

—«Pero, querido»— dijo Meta una vez—, «estoy tan contenta—»

—«¡No me digas ‘querido’!»— ladró él—. «No soy un bebé. En una semana seré distinto. No estaré aquí sentado mientras me tratas como a un niño. ¡No me acurruques! ¡No me digas ‘querido’!»

Así descubrió que debía abandonar la nueva palabra tierna de sus pensamientos. Debía endurecerse otra vez. Debía… En la cocina, más tarde, luchó con ello. ¿Podría olvidar? ¿Podría volver al terror? ¿Después de estas semanas? ¿Estas semanas blancas, doradas, felices?

Desde la primera visita del doctor, David perdió su miedo a la oscuridad de la noche. Le daba la espalda a Meta, en cada una de las tres noches, y roncaba de inmediato. El viernes por la noche, Meta no durmió y David no lo supo. No durmió porque había ido a ver al gran especialista —su visita desconocida para David— y lo había interrogado.

—«David, mi hombre»— preguntó—, «¿saldrá bien?»

El doctor Dulayne le dio una palmada en el hombro.

—«Tan seguro como que el sol sale, como que llega el día, volverá a ver»— sonrió.

—«¿No hay… no hay error?»— insistió ella.

—«Ninguno.»

Así, pensando en esa afirmación, sopesando la posibilidad, esforzándose por ordenar en su mente las diversas perplejidades, aquella noche permaneció despierta. En las horas pequeñas de la madrugada se levantó, fue a la sala, encendió cuidadosamente el fuego, temerosa de un ruido que despertara a David, y se sentó largo rato ante la pequeña estufa, mirándola. A veces caminaba hasta la ventana, observando la llegada del amanecer, viendo extenderse los dedos dorado-rosados del oriente. Se maravillaba de la belleza de la llegada del día.

No lo había notado antes, en años y años. Había estado demasiado cansada, demasiado ocupada con otras cosas. Ahora estaba exaltada.

Ayudando a David a vestirse, después del desayuno, en esa última mañana, cayó bajo las continuas punzadas de su mal genio. Se enfureció cuando ella salió un momento de la habitación.

—«¡No sabes que tengo que darme prisa!»— gritó. «Debo estar listo a las once. ¿Qué haces? ¡Muévete!»

—«Sí. Solo estoy preparando las cosas. Para mí y algunas para ti.»

—«¿Para mí? ¡Yo no tengo que preparar nada!»

—«Sí»— respondió ella suavemente—. «Debes estar vestido. No parecerías un vagabundo, un pordiosero. Debes vestirte.»

Le trajo su traje negro, y se quedó tranquila a su lado.

—«Estoy lista para vestirte ahora.» Sus dedos recorrieron la tela.

—«Tráeme mi traje gris»— ordenó él—. «No quiero esa cosa negra. No voy a un funeral.»

—«Este es tu traje gris»— mintió Meta—. «Tú… aún no has aprendido a sentir—»

—«¡Eso es!»— bramó él—. «¡Burlándote de mi ceguera!»

—«¡Querido!»— exclamó ella—. «¡Querido!»

—«Haz lo que tengas que hacer y no me fastidies con palabras»— rugió él—. «¡Apártate! Yo puedo hacerlo.»

Sus brazos se enredaban en el chaleco, Meta lo asistió en silencio. Él bramó y la llamó «torpe».

—«En una semana… en una semana»— gimió—, «saldré de esto. Volveré a ser mi propio hombre. Pero esto se siente como mi traje negro.»

—«Es el gris»— repitió Meta.

Taconeando por la cocina con sus pies en zapatillas, un delantal sobre su mejor vestido de seda gris, Meta puso la tetera en la estufa y exprimió dos limones en dos tazas. Los tonos quejumbrosos de David le chirriaban. El sol había abandonado sus días, las voces de los pájaros se habían apagado, los colores se habían desteñido de las flores.

Los rostros de sus dos hijos aparecían en las cosas, parecían estar enmarcados en el fondo de las tazas; y volvió a ver el pavor de los dos ratones blancos. El crujido de los huesos en las mandíbulas del viejo gato, el gato de su vecino, resonaba en sus oídos. El pequeño gato nuevo, el que había llegado a ella, rozó su falda, y ella lo levantó en sus brazos, acunándolo cerca, sintiendo su cuerpo responder al ronroneo. Caminando hacia la ventana, miró hacia el mundo dorado.

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Ella había vislumbrado el Paraíso. Durante unas pocas semanas de los largos, larguísimos años, una dicha inefable había brillado ante ella. Había bebido hondo del vino de la vida. Ahora, de nuevo, las heces.

—«¡Ah, Dios!»— susurró. «No.» Y, otra vez, con fiereza: «¡No!»

La habitación giró. Sintió que caía. El gato saltó de sus brazos y se quedó en un rincón, observándola. Aferrándose a la mesa, se sostuvo hasta calmarse, serenarse.

Se dirigió a la estufa, levantó la tetera, dividió el agua en dos tazas y las llevó a la sala. David seguía con sus reproches, quejándose, preguntando la hora, el clima, la posibilidad de que el doctor olvidara la cita, criticando sus dedos torpes, temblorosos. Nunca lo había conocido tan locuaz, tan vitriólico.

—«Aquí»— dijo suavemente, sosteniendo la taza humeante bajo su nariz—. «Bebe esto. Te dará fuerzas. Necesitas fuerzas, lo sabes.»

Él la apartó.

—«¡No me acurruques! No me atosigues. Soy lo bastante fuerte.»

—«Pero bébelo»— insistió ella—. «Te calentará.»

Refunfuñando aún, obedeció, y luego reanudó su furia.

—«Maldita mujer fastidiosa»— gruñó. «No tenemos tiempo para tonterías. Mira por la puerta, a ver si lo ves. ¡Apúrate!»

Con la taza vacía en la mano, Meta esperó, esperó en silencio. David se levantó de la silla, tanteó hasta ponerse de pie, dio un par de pasos tambaleantes, palpando la habitación.

—«¿Dónde…?»— preguntó. Sus labios estaban espesos. Se tambaleó contra el marco de la puerta, y habría caído de no ser por los rápidos brazos de Meta.

—«Estoy… estoy…» murmuró. «Estoy—»

—«Lo sé»— susurró ella—. «Solo recuéstate un poco. Descansa un minuto.»

Con su cuerpo pesando sobre ella, lo guió hasta la cama y lo tendió en ella. Respirando hondo, suspiró, forcejeó para incorporarse y habría logrado levantarse, de no ser por las manos firmes de Meta. Durante minutos que parecían marcarse en el reloj, ella permaneció allí, observando, observando. David gimió, sollozó. Su cuerpo se tensó.

Se podía ver cómo se tensaba.

Meta fue a la sala, levantó la segunda taza de la mesa y la llevó de nuevo al dormitorio. En ese momento cuidadoso, por hábito de toda una vida, cruzó los brazos de David sobre su cuerpo, estiró sus piernas, alisó su fino cabello. Encontró dos motas de pelusa en el saco del traje negro, y con el dedo humedecido las quitó. David se veía bien, pensó, mientras lo contemplaba. El nuevo gato la había seguido a la habitación, y ahora estaba a sus pies, frotando su lomo arqueado contra el borde de su falda.

Estirándose junto a David, Meta alisó todas las arrugas de su vestido de seda gris. Esperaba que no se arrugara. Luego, habiendo preparado su casa, se incorporó sobre un codo, levantó la segunda taza a sus labios y la vació. Tenía un sabor dulzón, decidió.

Al poco tiempo, una bruma gris comenzó a deslizarse sobre ella, una suave bruma gris. Se elevaba, flotaba, oscilaba en largos bucles y giros. Era delicioso; pacíficamente, serenamente delicioso. Nubes grises la envolvían, suavizando su viaje; sabía que David estaba a su lado, podía sentir su cuerpo elevarse y levantarse con el suyo, acompañándola en el viaje a través de las nubes grises.

Una vez, por un instante —¿o fue una eternidad?— temió que David cayera desde la gran altura a la que ascendían. David estaba ciego. Debía protegerlo de la caída. Sus brazos se extendieron, bajo el cuello de David, acunando su cabeza en el hueco de su hombro, atrayéndolo más cerca, mientras llegaba el sueño gris.

El nuevo gato saltó suavemente a la cama, se quedó un momento, la cola agitándose, observando el rostro de Meta. Su mano libre estaba extendida a un lado, cerca de las patas del gato. Sus dedos comenzaron a cerrarse, el pulgar doblándose hacia adentro, contra la palma endurecida. El gato observaba, la cola agitándose. Cautelosamente el animal extendió una pata delantera, tocando delicadamente los dedos que se cerraban. Bajando al vientre, tocó suavemente los dedos, mientras se aferraban al pulgar, los tocó una y otra vez.

✠═════ FIN ═════✠

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"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."

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