EL PRESTAMISTA - WEIRD TALES (1923)
Un cuento de cinco minutos, con un giro inesperado al final
EL PRESTAMISTA
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“¡Mándelo entrar!”, gritó de pronto el hombre verrugoso, con algo entre un gruñido y un alarido.
La puerta marcada “Privado” se abrió para admitir una figura encogida, que luego se cerró discretamente.
El recién llegado saludó con una risita histérica, quitándose al mismo tiempo un bombín agrietado. Era encorvado y frágil. Su labio inferior temblaba de manera curiosa. Sin embargo, en su actitud había una especie de humor desesperado, una fanfarronería patética. Esperaba con nerviosismo convulso, girando el bombín entre sus manos.
“¡Siéntese!”, dijo Martin Hoganson, absorto en un archivo de cartas. Su voz chirriaba como una bisagra oxidada, pero las palabras eran automáticas.
El aludido dio un salto como si aquella voz penetrante hubiera sido una cuchillada repentina. Otra vez escapó su risita alcohólica. Se dejó caer en una silla junto a la puerta y cruzó la pierna izquierda sobre la derecha, para luego invertir la postura. Finalmente, colocó ambos pies juntos sobre el suelo. Sus ojos pálidos se fijaron en un calendario de la pared del fondo. El calendario, regalo de una gran institución bancaria, llevaba en su parte superior la leyenda: *“Pague todas sus cuentas con cheque; gastará menos dinero así que si lleva efectivo encima.”*
Al cabo de un momento, el hombre del gabinete de roble se irguió. Miró al visitante con ojos abotagados y luego lanzó una ojeada al reloj.
“Justo a la hora, ¿eh, Smith?”, observó.
La voz del visitante se quebró en una risa sin alegría. “Yo también fui oficinista, alguna vez.”
“¿Ah, sí?”, preguntó Hoganson sin interés. Como el otro no respondió, continuó: “Bueno, supongo que no pidió cita para decirme eso, ¿eh?”
Las maneras de Hoganson eran peculiares. Su vida había sido objeto de dos intentos.
“¡Ja, ja! Claro que no”, gimió el interlocutor, víctima de aquella ironía desagradable.
¡Si al menos Hoganson no fuera tan condenado gordo!, pensó. Otros, en su momento, también se habían irritado con la gordura del señor Hoganson.
“Supongo que sabe por qué estoy aquí, señor Hoganson”, sonrió Smith con falsedad. “Le escribí una carta… tenía la esperanza…”
“La leí”, dijo Hoganson, “y de toda la maldita tontería que he leído, esa fue la peor.”
El visitante quedó consternado.
“Yo esperaba…”
“Sí”, dijo Hoganson con profundo desprecio, “¡todos esperan! ¿Y de qué me sirve a mí la esperanza? Todos esperan, y ninguno paga.”
“¿Quiere decir que no… que no puede…?”
“¡Nada de eso!”, dijo Hoganson con firmeza. “Así de claro, Smith. Debería saberlo mejor.”
El hombre delgado se desplomó en su silla. Era lo que había temido. Su sonrisa forzada se desvaneció.
“Señor Hoganson”, dijo desesperado, “¡no miento! Mi esposa está enferma… yo estoy enfermo… ¡no puedo! No soy perezoso. Estoy dispuesto a trabajar; pero usted sabe qué oportunidades tiene un hombre de mi edad.” Con confidencia ansiosa concluyó: “¡Ni siquiera tengo para la renta!”
El prestamista jugueteó pensativo con un portaplumas.
“Ha tenido tiempo, Smith”, dijo. “Hemos sido bastante indulgentes. Le extendimos el plazo hace dos semanas. El mes pasado se retrasó tres semanas, y el mes anterior una semana. Parece que hemos sido bastante buenos con usted. No soy un hombre duro, pero no puedo darme el lujo de ponerme sentimental.”
“¿No podría darme solo una semana?”, suplicó Smith.
“¡Ni un día!”, dijo Hoganson. “Lo siento mucho, Smith, pero así son las cosas. Soy un hombre de negocios, y usted también. El sentimentalismo no paga. Usted lo sabe. Sabía lo que hacía cuando firmó nuestro acuerdo. Nosotros cumplimos, y usted no; eso es todo. Todo es correcto… y todo es legal.”
Miró desafiante a su visitante, como retándolo a negarlo. El hombrecillo parpadeaba. Parecía haberse encogido en estatura.
“¿No puede darle a uno una oportunidad?”, susurró.
“¡Una oportunidad!”, repitió el prestamista. “¡No lo estoy acosando! ¡No soy yo! Esto es simple negocio. Smith, ¿no lo ve?”
Se acomodó la corbata con reproche. Los anillos en sus dedos levantados enfurecieron al visitante, que saltó de su asiento.
“¡Negocios al diablo…!” En el colmo de su indiscreción, Smith vaciló. “¡Tengo que tenerlo!”, dijo. “¡Le digo que tengo que tenerlo! ¡Dios santo!”, susurró con voz ronca, “¿no piensa nunca en otra cosa que en negocios? ¿No significa nada para usted que me esté arruinando?”
“No voy a discutir con usted”, dijo Hoganson. “Está exaltado.”
“¿exaltado?”
De pronto Smith se exalto de verdad. Se desmoronó en un instante.
“¡Ladrón mentiroso!”, chilló. “¡Maldito ladrón! ¡Usted…!”
El prestamista sonrió.
“Vamos, vamos”, desaprobó. “¡Esto no sirve, Smith! Lo estoy tratando bastante bien, bastante bien. Le dije que lo siento por usted. Mire: salga y consiga el dinero en alguna parte—donde sea—y tráigalo mañana. Eso le da un día. No quiero ser duro con usted. ¡Tome, fume uno de los míos!”
Sacó una vistosa caja de cigarros de un cajón y la extendió sobre el escritorio.
Smith quedó helado de horror. Resistió el impulso de tomar un puñado de aquellos caros cigarros y lanzárselos a la cara de Hoganson. Luego lo golpeó el humor macabro de la situación; su ira se volvió mortal. Alargó la mano y pasó uno de los cigarros del estuche a su bolsillo.
“Está bien, Hoganson”, dijo insolente. “Lo tomaré—porque creo que es lo único que usted ha dado gratis en su vida. Quiero guardarlo—como recuerdo—¡en caso de que alguna vez llegara a olvidarlo!”
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Sus ojos volvieron a posarse en el calendario. “Pague todas sus cuentas con cheque”, decía. “Gastará menos dinero…”
Se volvió, con una sonrisa torcida deformándole la boca. Martin Hoganson lo observaba con ojos desconcertados. Vagamente alarmado, el prestamista vio cómo su visitante abría la puerta; escuchó luego cómo se cerraba tras él. Con un rápido encogimiento de hombros, el hombre verrugoso reanudó su ocupación anterior.
❖
Afuera del alto edificio, Smith se detuvo, desconcertado. Todavía estaba aturdido.
A su alrededor los hombres se apresuraban mirando sus relojes y caminando con prisa nerviosa. Los mensajeros se deslizaban dentro y fuera del laberinto del tráfico con increíble precisión. Una corriente de automóviles y camiones subía por la calle en un sentido y bajaba por el otro. Pasaban tranvías resonando con estrépito; Smith sabía que transportaban hombres ocupados que iban a cumplir citas de negocios. Alzó la vista hacia las líneas de cables telegráficos tendidos sobre su cabeza, y le pareció oírlos zumbar con mensajes invisibles… mensajes de negocios…
Todo hablaba de negocios, el monstruo horrible que lo había arruinado y que ahora amenazaba con engullir a su familia. Era como si de pronto se le revelara el misterio entero de la vida, su locura, su futilidad… La esquina donde se hallaba marcaba la intersección de dos arterias comerciales en una de las mayores ciudades de negocios del mundo.
¡Todo era por dinero! ¡Cómo lo odiaba—el dinero!—el becerro de oro ante el cual se inclinaba en idolatría un universo enloquecido. Algo así pasaba por su pensamiento; pero la expresión, luchando por articularse, brotó en forma de lágrimas. ¡Dios!
Los niños lo esperarían en casa dentro de poco. Un humor horrible se escondía en la situación. El dinero que tanto despreciaba era lo que más necesitaba. Bien, ya había decidido conseguirlo.
Del bolsillo lateral sacó el caro cigarro—el cigarro de Hoganson. Contempló su rico color, su etiqueta chillona. Una sonrisa se curvó en sus labios. Arrancó la vitola de papel y la aplastó bajo el tacón, hallando un placer salvaje en aquella infantil acción. Había dicho que guardaría el cigarro, ¿pero lo haría? Había sido una observación insensata… teatral. Mejor sería triturarlo en sus manos, como si fuera la grasienta garganta de Hoganson; o—¡feliz ocurrencia!—¡enviárselo por correo de vuelta a su abominable donante!
Pero la ira había pasado. Lo que necesitaba ahora era frialdad. En cuanto al cigarro—¡Por el cielo, lo fumaría!
Con el humor cínico de un hombre derrotado, acercó una cerilla al tabaco y observó cómo el humo se enroscaba desde la punta encendida.
Mientras fumaba, meditaba, sacudiendo la ceniza sobre el alféizar de una ventana del alto edificio contra el que se apoyaba. Muy arriba, en aquel edificio, estaban las oficinas de Martin Hoganson… quien, al caer la noche, habría dejado de existir.
En su bolsillo quedaba apenas lo suficiente para comprar algo que había pensado nunca necesitar; algo que su esposa temía tener en casa, por los niños… ¡Ellos lo esperarían dentro de poco!
Sonrió al pequeño montón de ceniza en el alféizar, y sin formular el pensamiento supo que era significativo de la vida. Luego lanzó la colilla a la calle y se alejó rápidamente.
❖
Cuando Martin Hoganson salió del edificio, una hora más tarde, soplaba una brisa fuerte. Se subió el cuello del abrigo, murmurando suaves imprecaciones. Su mente aún vagaba en torno a la mortal palidez del rostro de Smith.
“¡Al diablo con él!”, dijo Hoganson mientras avanzaba hacia la acera. “Casi me amenazó. Un tipo así es peligroso; debería estar en la cárcel. ¡Por Dios, si supiera que no me atrevo a cerrarle el crédito, me causaría problemas! Apuesto a que está muerto de miedo. Conseguirá el dinero en alguna parte. Conozco a estos tipos; siempre pueden conseguir dinero cuando tienen que hacerlo.”
Con este pensamiento lógico y tranquilizador, Martin Hoganson bajó del bordillo hacia la calle. En ese mismo instante, una ráfaga de viento atrapó el montón de ceniza de cigarro en el alféizar de la ventana y lo dispersó. Una escama insignificante voló rápidamente hacia la calle y se alojó en el ojo del prestamista.
Con una maldición, Hoganson sacó un pañuelo del bolsillo y lo aplicó al miembro irritado. Había dado ya varios pasos en la calzada, pero ahora se volvió para desandarlos. El pañuelo seguía firmemente presionado contra su ojo.
“¡Cuidado!”, chilló la voz de un hombre, presa de súbito temor… y se oyó el chirrido de frenos y el alarido de una sirena de motor.
Entonces algo explotó en el cerebro de Martin Hoganson; y cuando el automóvil se detuvo, los testigos comprendieron—si se detenían a pensarlo—que todo el dinero del mundo no devolvería el aliento de vida a aquel bulto de arcilla repentina.
✠═════ FIN ═════✠
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"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."



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