EL NOMBRAMIENTO DE LOS MUERTOS DE LUKAPEHU - WERID TALES (1923)
EL NOMBRAMIENTO DE LOS MUERTOS DE LUKAPEHU
Por P. D. Gog
Título original: THE DEAD-NAMING OF LUKAPEHU
Weird Tales | Volumen 2 | Número 2 | JULIO 1923
Pp.27
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El siguiente relato me fue entregado en manuscrito por un conocido, a quien se lo refirió un amigo que lo había escuchado de un viejo residente del grupo hawaiano, como acontecido al padre de éste. En vista de la integridad del padre, y teniendo en cuenta otros casos semejantes, no cabe duda alguna sobre la veracidad de la historia. Si Lukapehu murió por un “error de juicio mortal”, por los conjuros del viejo curandero, o por el miedo supersticioso, queda al criterio del lector juzgarlo por sí mismo.
El título Kahuna significa hechicero. Kahuna-anana es un título específico para un hechicero mortífero, derivado de Kahuna, hechicero; y anana, mirar fijamente. El epíteto sugiere aquella antigua creencia en el mal de ojo, tan ingenuamente preservada en las baladas escocesas, y particularmente común en Italia e India. La historia se registra aquí sustancialmente tal como llegó a mi posesión.
En 1859, mi padre ya se había establecido en una gran plantación en Kawai, una de las islas del grupo hawaiano. Entre sus “muchachos” adquirió reputación de absoluta intrepidez y, en grado sorprendente, de temeraria indiferencia hacia los diversos poderes de encantamiento. También habitaba en Kawai, donde se unen las dos ramas del río Waimea, un célebre viejo Kahuna, Kapukapu, que superaba con creces a sus colegas hechiceros en habilidad, siendo reputado como un *Kahuna-anana*, o hechicero mortífero. Tan grande era la fama de este mago que jamás ninguno de los aldeanos se atrevía a oponerse a sus deseos; pero a menudo se quejaban amargamente a mi padre de las injustas exigencias de Kapukapu en cuanto a comida y servicio, impuestas bajo amenazas de calamidades terribles y seguras. Mi padre desestimaba tales relatos, especialmente ante cierto muchacho suyo, Lukapehu, su pescador más hábil, exhortándolo a no temer al anciano, sino a enfrentarlo con valentía y reírse de sus amenazas con desprecio.
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Una tarde del año que he mencionado, Lukapehu subía por el valle al ponerse el sol, llevando en su red la pesca del día, abundante incluso para él. Era un nativo alto y de buen carácter, que avanzaba con el abandono despreocupado de una fuerza física sobrante y de una irresponsabilidad primitiva. Quizá su corazón salvaje se conmovía ante la gloria del ocaso, reflejada en las palmas y los helechos tropicales en un aura dorada; quizá pensaba en la esposa y en el pequeño bambino desnudo que lo recibirían en su choza y se alegrarían con el tesoro de plata que su destreza había arrancado al mar; pues mientras recorría el profundo valle del río Waimea, cantaba una melodía plañidera que se mezclaba con el crepúsculo como las sombras alargadas, tenue, esquiva.
De pronto el canto cesó y un silencio extraño invadió la quebrada, salvo por el murmullo del río y el trino de las aves inquietas en los árboles de koa. Lukapehu había llegado a las ramificaciones donde moraba Kapukapu. Silueteado contra el sol ardiente, se erguía el viejo hechicero, alto, enjuto, apoyado en su báculo y mirando fijamente hacia el valle. Vestido apenas con un taparrabo raído, su larga cabellera desgreñada rozaba sus hombros, su barba gris y delgada se agitaba en la brisa vespertina, y sus ojos, que sobresalían como brasas de fuego de su calavérica cabeza, le daban el aspecto de un esqueleto animado de un demonio. Al ver al pescador con su carga, cruzó el arroyo y detuvo a Lukapehu.
—Hijo mío —dijo—, veo cuán grande ha sido tu éxito. Cuando un joven tiene tanto, es bueno que lo comparta con un anciano.
Lukapehu, fortalecido por el ejemplo de mi padre, respondió con audacia:
—También es bueno, a veces, que un anciano se ocupe de sus propios asuntos.
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Apartando de un empellón al enjuto Kapukapu, continuó valle arriba, ignorando el llamado de su nombre por parte del hechicero enfurecido. Pero pronto escuchó al *Kahuna* entonar extrañas sílabas sonoras que iban cobrando intensidad y resonancia a medida que la voz avanzaba, hasta que, del bajo y amenazante murmullo de las vocales, el *Kahuna* levantó los ecos del valle y del bosque con su reverberante canto:
“¡Lukapehu morirá! ¡Lukapehu morirá!”
El corazón de Lukapehu se hundió. Intentó tranquilizarse recordando las palabras de mi padre, pero el miedo primitivo se apoderaba rápidamente de su alma. ¿Cómo podía la civilización liberar en una sola generación una vida que era producto de siglos de esclavitud supersticiosa? ¿Acaso el malvado *Kahuna-anana* no había lanzado la maldición fatal sobre su primo, y no había perecido éste miserablemente? ¿Cómo podía él, Lukapehu, esperar escapar?
Miró hacia atrás… y se perdió. El sol se había ocultado dejando un reflejo sangriento en un cielo manchado de nubes; las sombras yacían negras y amenazantes entre las palmas. Junto al oscuro murmullo del arroyo estaba Kapukapu, su cabello desgreñado ondeando en la brisa creciente, sus largos brazos extendidos, su nudoso báculo apuntando al aterrorizado Lukapehu, mientras murmuraba su diabólico conjuro de muerte:
“¡Lukapehu morirá! ¡Lukapehu morirá!”
Lukapehu rompió a correr, dejando tras de sí un sendero de plata mientras los peces caían de su red. Más y más rápido se precipitaba hacia el refugio de su choza, mientras el canto del *Kahuna-anana* se elevaba cada vez más alto hasta parecer llenar la tierra:
¡Lukapehu morirá! ¡Lukapehu morirá!”
El pobre pescador cayó exhausto ante la puerta de su choza repitiendo una y otra vez:
—Estoy muriendo; ¡Kapukapu me ha llamado! ¡Estoy muriendo! ¡Estoy muriendo!
Su asustada *wahine* y el pequeño bambino moreno lo arrastraron dentro de la casa y enviaron por mi padre. Pero él estaba ocupado y mandó decir que Lukapehu no debía temer, que no podía morir, y que él, mi padre, bajaría en la mañana.
A la mañana siguiente, justo antes del amanecer, mientras el rocío aún pesaba sobre los helechos y los pandanus, cabalgó hasta la choza del pescador esperando hallarlo en su faena. Pero Lukapehu seguía tendido gimiendo en el catre, ni mi padre pudo levantarlo.
Murió con el rompimiento del día, justo cuando el sol disipaba la penumbra del valle de Waimea, llamado a su muerte por el horrible *Kahuna-anana*.
✠═════ FIN ═════✠
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"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."


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