DAGON - WEIRD TALES (1923)
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El Maestro de la Ficción Extraña Tiene Algo Inusual que contar en
DAGON
por: H. P. LOVECRAFT
Título original: DAGON
Weird Tales | Volumen 2 | Número 3| OCTUBRE 1923
Pp. 24-26
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Escribo esto bajo una considerable tensión mental, pues esta noche ya no existiré. Arruinado, y al borde de agotar mi provisión de la droga que únicamente hace la vida soportable, no puedo resistir más la tortura; y me arrojaré desde la ventana de este desván hacia la sórdida calle de abajo. No pienses que mi esclavitud a la morfina me convierte en un débil o un degenerado. Cuando hayas leído estas páginas apresuradamente garabateadas, quizá adivines —aunque nunca llegues a comprender del todo— por qué necesito el olvido o la muerte.
Fue en una de las regiones más abiertas y menos frecuentadas del Pacífico donde el navío en el que yo era sobrecargo cayó víctima de un corsario alemán. La gran guerra apenas comenzaba entonces, y la marina enemiga no había alcanzado aún su posterior grado de crueldad, de modo que nuestra nave fue considerada un premio legítimo, mientras que nosotros, su tripulación, fuimos tratados con toda la justicia y consideración debida a prisioneros navales. Tan liberal fue, en efecto, la disciplina de nuestros captores, que cinco días después de ser apresados logré escapar solo en un pequeño bote con agua y provisiones suficientes para largo tiempo.
Cuando finalmente me encontré a la deriva y libre, apenas tenía noción de mis alrededores. Nunca fui un navegante competente, y sólo podía conjeturar vagamente, por el sol y las estrellas, que me hallaba algo al sur del ecuador. De la longitud nada sabía, y no había isla ni costa a la vista. El clima se mantuvo benigno, y durante incontables días vagué sin rumbo bajo el sol abrasador; esperando ya sea a algún barco que pasara, o a ser arrojado a las orillas de alguna tierra habitable. Pero ni barco ni tierra aparecieron, y empecé a desesperar en mi soledad sobre la vasta inmensidad de azul ininterrumpido.
El cambio ocurrió mientras dormía. Sus detalles jamás los conoceré; pues mi sueño, aunque agitado e infestado de pesadillas, fue continuo. Cuando al fin desperté, descubrí que me hallaba medio hundido en una extensión viscosa de infernal cieno negro que se extendía en monótonas ondulaciones hasta donde alcanzaba la vista, y en la cual mi bote había quedado varado a cierta distancia.
Aunque cualquiera podría imaginar que mi primera sensación sería de asombro ante tan prodigiosa e inesperada transformación del paisaje, en realidad me sentí más horrorizado que sorprendido, pues había en el aire y en el suelo podrido una cualidad siniestra que me helaba hasta el corazón. La región estaba corrompida con los cadáveres de peces en descomposición, y de otras cosas menos describibles que vi sobresalir del fango repugnante de la llanura interminable. Quizá no deba esperar transmitir con simples palabras la inenarrable monstruosidad que puede habitar en el silencio absoluto y la inmensidad estéril. No había nada que escuchar, y nada que ver salvo una vasta extensión de cieno negro; sin embargo, la misma plenitud del silencio y la uniformidad del paisaje me oprimían con un miedo nauseabundo.
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El sol abrasaba desde un cielo que me parecía casi negro en su crueldad sin nubes; como si reflejara el pantano de tinta bajo mis pies. Al arrastrarme hasta el bote varado comprendí que sólo una teoría podía explicar mi situación. Por algún inusitado cataclismo volcánico, una porción del fondo oceánico debía haber sido arrojada a la superficie, exponiendo regiones que durante incontables millones de años habían permanecido ocultas bajo insondables profundidades acuáticas. Tan vasta era la extensión de la nueva tierra surgida bajo mí, que por más que aguzara el oído no lograba percibir el más leve rumor del océano en su oleaje. Tampoco había aves marinas que se cebaran en los cuerpos muertos.
Durante varias horas permanecí pensando o cavilando en el bote, que yacía de costado y ofrecía una ligera sombra a medida que el sol cruzaba los cielos. Conforme avanzaba el día, el suelo perdió parte de su viscosidad, y parecía que pronto se secaría lo suficiente para permitir el viaje. Aquella noche apenas dormí, y al día siguiente preparé un fardo con comida y agua, dispuesto para una travesía terrestre en busca del mar desaparecido y de un posible rescate.
En la tercera mañana hallé el terreno lo bastante seco para caminar con facilidad. El hedor de los peces era enloquecedor; pero estaba demasiado preocupado por cosas más graves para atender a tan leve mal, y emprendí con audacia la marcha hacia un destino desconocido. Todo el día avancé con constancia hacia el oeste, guiado por una lejana colina que se alzaba más que cualquier otra elevación en el desierto ondulante. Aquella noche acampé, y al día siguiente seguí viajando hacia la colina, aunque el objeto parecía apenas más cercano que cuando lo había divisado por primera vez. Al cuarto atardecer alcancé la base del montículo, que resultó ser mucho más alto de lo que parecía desde la distancia; un valle intermedio lo destacaba con mayor relieve sobre la superficie general. Demasiado fatigado para ascender, dormí a la sombra de la colina.
Ignoro por qué mis sueños fueron tan salvajes aquella noche; pero antes de que la luna menguante y fantásticamente gibosa se elevara sobre la llanura oriental, desperté empapado en sudor frío, decidido a no dormir más. Tales visiones como las que había sufrido eran demasiado para soportarlas de nuevo. Y a la luz de la luna comprendí cuán imprudente había sido viajar de día. Sin el resplandor del sol abrasador, mi jornada me habría costado menos energía; en verdad, ahora me sentía capaz de realizar la ascensión que al ocaso me había disuadido. Tomando mi fardo, emprendí la subida hacia la cima de la eminencia.
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He dicho que la monotonía inquebrantable de la llanura ondulante era para mí fuente de un vago horror; pero creo que mi espanto fue mayor cuando alcancé la cima del montículo y miré hacia el otro lado, dentro de un abismo o cañón inconmensurable, cuyos negros recovecos la luna aún no había ascendido lo bastante para iluminar. Me sentí en el borde del mundo; asomándome sobre el filo hacia un caos insondable de noche eterna. A través de mi terror corrían curiosas reminiscencias del *Paraíso Perdido*, y de la horrenda ascensión de Satán por los reinos informes de la oscuridad.
A medida que la luna trepaba más alto en el cielo, comencé a ver que las pendientes del valle no eran tan perpendiculares como había imaginado. Cornisas y afloramientos de roca ofrecían apoyos bastante fáciles para descender, y tras una caída de algunos cientos de pies, la declinación se volvía muy gradual. Impulsado por un instinto que no puedo analizar con certeza, me abrí paso con dificultad entre las rocas y me situé en la ladera más suave, contemplando las profundidades estigias donde aún no penetraba la luz.
De pronto mi atención fue capturada por un vasto y singular objeto en la pendiente opuesta, que se alzaba abruptamente a unos cien metros delante de mí; un objeto que relucía blanquecino bajo los nuevos rayos de la luna ascendente. Que era simplemente un gigantesco bloque de piedra, pronto me lo aseguré; pero era consciente de una impresión distinta: su contorno y posición no eran del todo obra de la Naturaleza. Una inspección más cercana me llenó de sensaciones que no puedo expresar; pues, pese a su enorme magnitud y a su ubicación en un abismo que había bostezado en el fondo del mar desde que el mundo era joven, percibí sin duda alguna que aquel extraño objeto era un monolito bien conformado, cuya maciza mole había conocido la obra —y quizá la adoración— de criaturas vivientes y pensantes.
Aturdido y asustado, aunque no sin cierto estremecimiento de deleite científico o arqueológico, examiné más de cerca mis alrededores. La luna, ya cerca del cenit, brillaba extraña y vividamente sobre los escarpados muros que cercaban la sima, y revelaba que un vasto cuerpo de agua fluía en el fondo, serpenteando hasta perderse en ambas direcciones, y casi lamiendo mis pies mientras me hallaba en la pendiente.
Al otro lado del abismo, las olas lavaban la base del monolito ciclópeo; sobre cuya superficie podía ahora distinguir inscripciones y toscas esculturas. La escritura era un sistema de jeroglíficos desconocido para mí, distinto a todo lo que había visto en libros; compuesto en su mayor parte de símbolos acuáticos convencionalizados como peces, anguilas, pulpos, crustáceos, moluscos, ballenas y semejantes. Varios caracteres representaban evidentemente criaturas marinas desconocidas para el mundo moderno, pero cuyos cuerpos en descomposición había observado en la llanura surgida del océano.
Fue, sin embargo, el relieve pictórico lo que más me mantuvo hechizado. Claramente visibles a través del agua intermedia, debido a su enorme tamaño, se desplegaban una serie de bajorrelieves cuyos temas habrían despertado la envidia de un Doré. Creo que aquellas figuras pretendían representar hombres —al menos, cierta clase de hombres—; aunque las criaturas aparecían retozando como peces en las aguas de alguna gruta marina, o rindiendo homenaje en algún santuario monolítico que parecía hallarse también bajo las olas. De sus rostros y formas no me atrevo a hablar en detalle; pues el mero recuerdo me hace desfallecer. Grotescos más allá de la imaginación de un Poe o un Bulwer, eran condenadamente humanos en su silueta general, pese a sus manos y pies palmeados, labios horriblemente anchos y flácidos, ojos vidriosos y saltones, y otros rasgos menos agradables de evocar. Curiosamente, parecían haber sido tallados desproporcionados respecto a su fondo escénico; pues una de las criaturas aparecía matando a una ballena representada apenas un poco mayor que ella misma.
Observé, como digo, su grotesca forma y extraño tamaño; pero al instante decidí que no eran sino los dioses imaginarios de alguna tribu primitiva de pescadores o marineros; una tribu cuyo último descendiente había perecido eras antes de que naciera el primer ancestro del Hombre de Piltdown o del Neandertal. Sobrecogido ante esta inesperada visión de un pasado más allá de la concepción del antropólogo más audaz, permanecí meditando mientras la luna proyectaba reflejos extraños sobre el silencioso canal frente a mí.
Entonces lo vi. Con apenas un ligero hervor que marcaba su ascenso a la superficie, la cosa emergió sobre las aguas oscuras. Vasta, polifémica y repugnante, se deslizó como un monstruo descomunal de pesadillas hacia el monolito, alrededor del cual arrojó sus gigantescos brazos escamosos, mientras inclinaba su horrenda cabeza y dejaba escapar ciertos sonidos medidos. Creo que entonces enloquecí.
De mi frenética ascensión por la pendiente y el acantilado, y de mi delirante regreso al bote varado, recuerdo poco. Creo que canté mucho, y reí extrañamente cuando no podía cantar. Tengo vagas memorias de una gran tormenta algún tiempo después de alcanzar el bote; en todo caso, sé que escuché truenos y otros tonos que la Naturaleza sólo pronuncia en sus estados más salvajes.
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Cuando salí de las sombras me hallaba en un hospital de San Francisco; llevado allí por el capitán del barco norteamericano que había recogido mi bote en pleno océano. En mi delirio había dicho mucho, pero descubrí que mis palabras habían recibido escasa atención. De cualquier levantamiento de tierras en el Pacífico, mis rescatadores nada sabían; ni juzgué necesario insistir en algo que sabía no podrían creer. Una vez busqué a un célebre etnólogo, y lo divertí con preguntas peculiares acerca de la antigua leyenda filistea de Dagón, el Dios-Pez; pero pronto, al percibir que era irremediablemente convencional, no proseguí mis indagaciones.
Es de noche, especialmente cuando la luna está gibosa y menguante, cuando veo la cosa. Probé la morfina; pero la droga sólo me ha dado un alivio transitorio, y me ha atrapado en sus garras como un esclavo irremediable. Así que ahora voy a poner fin a todo, habiendo escrito un relato completo para la información o el desdeñoso entretenimiento de mis semejantes. A menudo me pregunto si no habrá sido todo un puro fantasma—un simple delirio febril mientras yacía abrasado por el sol y delirante en el bote abierto tras mi huida del buque de guerra alemán.
Esto me lo pregunto, pero siempre me sobreviene en respuesta una visión horriblemente vívida. No puedo pensar en el mar profundo sin estremecerme ante las innombrables cosas que quizá en este mismo instante se arrastren y chapoteen en su lecho viscoso, adorando sus antiguos ídolos de piedra y tallando sus detestables semejanzas en obeliscos submarinos de granito empapado. Sueño con un día en que puedan alzarse sobre las olas para arrastrar con sus fétidas garras los restos de la humanidad enclenque y exhausta por la guerra—un día en que la tierra se hunda, y el oscuro fondo oceánico ascienda en medio de un pandemonio universal.
El fin está cerca. Oigo un ruido en la puerta, como de algún inmenso cuerpo resbaladizo golpeando contra ella. No me encontrará. ¡Dios, esa mano! ¡La ventana! ¡La ventana!
✠═════ FIN ═════✠
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"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."



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