SEÑORITA SERPENTE - WEIRD TALES (1923)

 

SEÑORITA SERPENTE - WEIRD TALES (1923)

 Un extraño relato de los adoradores mayas de la serpiente  

SEÑORITA SERPENTE

Por Earl Wayland Bowman 

 Título original: SENORITA SERPENTE

Weird Tales | Volumen 1 | Número 5 | JULIO 1923

Pp. 58-61

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Se dirá: “¡Es imposible; tal cosa no podría ser!” Y, sin embargo, será contado:  

Cortesana Serrano, la más hermosa, la más seductora de todas las damas del ranchito en Socorro, o, en realidad, de todo San Bendito, era también la “Señorita Serpente”; y los amantes que probaban sus labios morían rápidamente… o peor.  

Es difícil de creer.  

Pero quienes son escépticos desconocen los misterios que ocurren en la tierra de los Azteccas, donde voces susurrantes, malignas y benéficas, emergen del Llano Sonora en la noche; y en la oscuridad de las gargantas de la Sierra Negrito hay encantamiento.  

El padre Algonza de Reya, el santo sacerdote que cuida la Misión en Magdalena y ha visto muchas cosas, tanto agradables como terribles, vio a tres hombres —todos fuertes de cuerpo, jóvenes y con alma— cuando fueron a la hacienda La Queratto, donde Cortesana Serrano los había atraído; y cuando regresaron eran criaturas apenas humanas o animales, retorciéndose y siseando, incapaces de hablar, emitiendo ruidos en la garganta como Nariz Chata, la serpiente de cascabel que vive bajo la Roca Negra, entre los lechos de cactus y los bloques de basalto en la ladera de San Miguel.  

El padre Algonza lo vio, y el padre Algonza no mentiría.  

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Además de eso, estaba lo que le ocurrió a Skinny Rawlins, llamado por los mexicanos “Señor” Skinny, el vaquero americano, y al Kid Errabundo, el otro vaquero de Texas, conocido por su manera suave de hablar, sus ojos oscuros y su sonrisa constante, incluso cuando dominó a la “Señorita Serpente” (después de disparar contra “Lobo,” de quien se decía que era un yaqui y que vigilaba), tras de que el Señor Skinny ya había cedido y estaba indefenso. Ellos también, los americanos, así como el padre Algonza, sabían que era cierto.  

¿Quién, entonces, podrá decir que fue falso?  

No sólo aquellos que entraban en la casa La Queratto —la fina casa, el lujoso hogar de Cortesana Serrano, la “Señorita Serpente,” oculta entre árboles tras los gruesos muros del patio junto al acantilado de roca en el borde del Cañón del Seco— eran repulsivos en sus movimientos y en la mirada de sus ojos cuando salían (si acaso salían), sino que incluso sus cuerpos estaban moteados como la piel del monstruo de Gila, o como Nariz Chata, la serpiente de cascabel, y su carne tenía el hedor del reptil.  

Era horrible.  

“¡Están malditos!” declaró el padre Algonza. “¡El aliento de la ‘Señorita Serpente’ —ella con rostro de ángel y pasión de demonio— ha sido soplado en sus bocas! ¡Sus almas han sido marchitadas! Ya no son hombres. ¡Son serpientes!”  

Y aun así, ninguna señorita en todo Socorro era tan fascinante, tan difícil de resistir, como lo era Cortesana Serrano, la “Señorita Serpente.”  

Los hombres seguían con ansia a Cortesana Serrano.  

De dónde venía no se dijo —solo esto: que era del Sur. Algunos decían que era azteca, otros que era tolteca— y todos coincidían en que Cortesana Serrano era bellísima y vivía sola con el viejo guardián llamado “Lobo,” de quien se decía que era un yaqui, en la casa La Queratto.  

Incluso hombres sabios buscaron a Cortesana Serrano y murieron —o enloquecieron— en el abrazo de la “Señorita Serpente.”  

Primero, estuvo Francisco Treviño; venía de Mazapata —muy apuesto— un capitán de los soldados del comandante García. Desde el momento en que vio a la “Señorita Serpente,” sonriendo en el umbral del salón de baile regentado por la corpulenta mujer que fuma marihuana y es llamada “Vieja Bonanza,” el capitán Treviño quedó bajo el hechizo. Esa noche fueron a la casa La Queratto. Pietro Gonzales, que cuida los rebaños de cabras de don Alvardo, los vio entrar.  

Durante dos días después de aquello, ni la “Señorita Serpente” ni el capitán Treviño fueron vistos. Lo que ocurrió en la casa tras los altos muros no se ha dicho, pero hubo sonidos —como el viento en las ramas secas de una yuca muerta, o los ruidos que provienen de las pequeñas cuevas bajo el acantilado de basalto donde se sabe que muchas serpientes tienen sus guaridas.  

Al tercer día, el capitán Treviño fue hallado a medio camino entre la casa La Queratto y la cantina El Merino —arrastrándose sobre su vientre en el polvo del camino. No podía hablar, no podía ponerse en pie, sólo podía retorcerse en la tierra con el movimiento ondulante del reptil. De su garganta salía un siseo, y su rostro y cuerpo estaban manchados como Nariz Chata, y su carne tenía el olor de la serpiente.  

Esa noche murió.  

❖ ❖ ❖ 

El padre Algonza se esforzó mucho, pero no pudo obtener del capitán Treviño ni una mirada de comprensión, ni una palabra que dijera lo que había sucedido.  

Esa misma noche, la “Señorita Serpente” volvió al ranchito en Socorro; sus ojos negros brillaban más, sus labios rojos estaban más cálidos, su danza más sinuosa y provocadora, y su risa más seductora que nunca.  

Entonces fueron dos los que no regresaron.  

Uno, un gringo —su cabello era del color de la paja— había llegado a San Bendito por las minas y pensaba partir al día siguiente hacia Los Oro, donde se trabajan las vetas de cobre; en cambio, esa noche con la “Señorita Serpente” fue a la casa La Queratto. Nunca más se le volvió a ver.  

La segunda noche, la “Señorita Serpente” estuvo otra vez en el fandango de la Vieja Bonanza.  

Entonces fue Manuel Valencia, hijo de don Julio, muy rico. Manuel bailó tres veces con la “Señorita Serpente” en la casa de la Vieja Bonanza, tras lo cual ambos se marcharon juntos.  

Dos días después, Manuel fue hallado encogido contra la pared de la cantina El Merino, su cabeza oscilando de un lado a otro como una serpiente que acecha para atacar. De su garganta salía un siseo, su rostro estaba manchado y horrible, sus ojos eran los de un demonio, y el hedor de su boca era el hedor del monstruo de Gila —el reptil diablo.  

El padre Algonza trabajó todo el día y parte de la noche, pero no pudo salvar al hijo de don Julio.  

De nuevo la “Señorita Serpente,” que había estado ausente dos días y dos noches, apareció, más fascinante que nunca, en el ranchito de Socorro —aunque, en sus ojos, a veces había una expresión que no podía comprenderse. Era una mezcla de desenfreno, de horror, de temor.  


❖ ❖ ❖ 

Después de una noche en la casa La Queratto, José Santoyez, hermano de Pablo, fue hallado intentando esconderse bajo el banco junto a la gran palma en la esquina de la fonda. Solo su cabeza sobresalía, y cuando alguien se acercaba les siseaba como la víbora venenosa; además, estaba moteado y olía igual que los otros —como un reptil ponzoñoso.  

Pablo, con la ayuda del padre Algonza, metió a José en una caja y lo envió a Hermorillo, y hasta el día de hoy permanece allí, en el lugar donde guardan a los que están locos —todavía actuando como lo hacía cuando lo encontraron.  

La “Señorita Serpente” volvió después a la casa de la Vieja Bonanza, y aunque reía y bailaba y sus encantos eran, si acaso, mayores que antes, podía verse que en su alma había un peso —una tristeza que no se atrevía a revelar.  

Entonces llegaron a Socorro el Señor Skinny y el Kid Errabundo.  

Iba a celebrarse la Fiesta de Porfirio. Se esperaba un gran acontecimiento. Entre otras cosas, habría corrida de toros. Stebano Venustanio, el más valiente matador de todo San Bendito, debía matar al toro negro, “El Toro Satán” lo llamaban, porque ya había corneado varios caballos y era famoso por la agudeza de sus astas y la ferocidad de su lucha.  

Viniendo del Rancho de la Serpiente, donde cuidaban el ganado, el Kid Errabundo advirtió al Señor Skinny:  

—No siempre es necesario que un hombre sea un tonto —dijo el Kid Errabundo, sentado en su pequeño alazán, al Señor Skinny—. En este viaje… deja a las señoritas en paz.  

El Señor Skinny rió.  

—Si un vaquero no puede enamorarse de vez en cuando —respondió con ligereza—, ¿para qué demonios sirve estar vivo?  

—Si un vaquero, como dices, “se enamora de vez en cuando”… bajo ciertas condiciones —replicó el Kid Errabundo con significado—, especialmente en el país al que vamos ahora…  

—¡No seas tan condenado misterioso! —exclamó alegremente el Señor Skinny—. El amor es amor dondequiera que ocurra…  

—…¡no seguirá vivo! —concluyó el Kid Errabundo.  

El Señor Skinny miró con tolerancia superior a su compañero delgado y de ojos oscuros. Una vez más, el Señor Skinny rió, muy jubiloso, y, como era su costumbre al pensar en las damas, rompió en canción:  

❖ 

Oh, los buitres vigilan el cadáver—

Mientras los coyotes gimen y aúllan:

Pero el Viejo Skinny ama a una doncella—

¡Y la seguirá hasta el infierno!

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—“Al infierno” es más cierto de lo que piensas —dijo seriamente el Kid Errabundo—. ¡No conoces San Bendito! Hay cosas…  

—¡Ninguna de ellas me preocupa!  

—Un tonto es un tonto —murmuró el Kid Errabundo con lástima.  

Esa noche, la “Señorita Serpente” estaba en la casa de la Vieja Bonanza cuando entraron el Kid Errabundo y el Señor Skinny. El Señor Skinny la miró una sola vez —y estaba dispuesto, si era necesario, a matar al apuesto matador Stebano, quien en ese instante sostenía la mano de la “Señorita Serpente.”  

Lentamente, con descuido, los ojos del Kid Errabundo también se alzaron hacia los de la “Señorita Serpente.” De pronto su cuerpo se tensó. Su mirada se volvió un escrutinio penetrante. Un destello de reconocimiento cruzó su rostro:  

—¡Serrano! ¡Hija de la Serpiente! —exclamó en voz baja.  

La mirada de la “Señorita Serpente” vaciló, su figura tembló; rápidamente, con un grito ahogado, volvió la cabeza.  

Al Señor Skinny, la “Señorita Serpente” le sonrió.  

De nuevo, como si no quisiera pero no pudiera resistirse, miró al Kid Errabundo; en sus ojos negros había algo que hizo que el color se desvaneciera de sus mejillas, y una vez más la “Señorita Serpente” se estremeció —aunque al mismo tiempo echó la cabeza hacia atrás y rió con osadía, con desafío, y con un sutil arqueo de las cejas invitó al Señor Skinny a acercarse a su lado.  


❖ ❖ ❖ 

—¡Dios! —murmuró el Señor Skinny al Kid Errabundo—. ¿Viste eso? ¿Viste sus ojos?  

—Vi sus ojos —respondió el Kid Errabundo, con una extraña dulzura en la voz—, y vi en ellos lo que tú no viste… lo que no podrías ver, ¡pobre condenado necio!  

—Oh, bueno, no todos pueden ver lo que tú ves —replicó el Señor Skinny con burla, un tanto desdeñoso—. Cuando eran pequeños no fueron amamantados, como tú, en los brazos del “Sabio” de los toltecas…  

Ante la referencia a su infancia huérfana entre los Mozos de las Sierras —“Hombres de las Montañas”— muy al sur, en la tierra de los toltecas, antes de vagar hacia el norte en Texas, los ojos del Kid Errabundo se entrecerraron, se endurecieron. Luego su mirada se suavizó; era lástima.  

—¡Necio! —fue su única respuesta.  

El matador Stebano, muy atractivo en el uniforme verde y amarillo de su oficio, esbelto y gracioso, con la faja roja en la cintura, frunció el ceño cuando el Señor Skinny se acercó.  

—¡La señorita bailará con el vaquero americano! —dijo el Señor Skinny, sonriendo, mientras extendía la mano para tomar la pequeña y cálida mano.  

—Mañana… yo mato… —gruñó el matador Stebano.  

—¡Al toro! —rió burlonamente el Señor Skinny, mientras conducía a la “Señorita Serpente” lejos.  

—¿Quién es él… el de ojos oscuros… el que juega al monte? —susurró ansiosa la “Señorita Serpente” al Señor Skinny, su cuerpo apretado contra su pecho en la danza—. Su mirada… me llena de… de temor. ¡Sus ojos… parecen… saber! —La última palabra fue casi un jadeo.  

El Señor Skinny miró con indiferencia hacia el Kid Errabundo, ya sentado en la mesa donde se jugaba a las cartas.  

—Ese es solo el Kid Errabundo —respondió con ligereza el Señor Skinny—, un buen compañero en algunos aspectos, pero no peligroso. No es muy dado a las damas. No las entiende como yo, por ejemplo.  

—¿No le interesan las señoritas?  

—No, al menos no como para notarlo…  

—¿Tiene miedo?  

—¡Nada en la tierra ni en el infierno! Vivió demasiado tiempo con los toltecas…  

—¡Toltecas! —las sílabas saltaron de los labios de la “Señorita Serpente” como el silbido de una serpiente; se balanceó, sus manos se aferraron convulsivamente a los brazos del Señor Skinny; se tambaleó como si fuera a caer; su cuerpo se volvió casi líquido en su flojedad, y en sus ojos había terror.  

—¡Toltecas! —repitió la “Señorita Serpente” con jadeos, como si estuviera asustada—. ¡El Blanco… Hijo de la Llama… sin miedo; sin deseo!  

Entonces rió. ¡Qué risa! Mezcla de la pasión más enloquecida, del júbilo más salvaje, de la desesperación más absoluta.  

Después de eso, la “Señorita Serpente” bailó como nunca mujer alguna había bailado antes —ni después— en la casa de la Vieja Bonanza, en el ranchito de Socorro.  

❖ ❖ ❖

El padre Algonza trajo la noticia. Debido a la grave enfermedad del pequeño hijo de Mateo y Nanita Sandoza, el padre Algonza regresó muy tarde, cuando la luna ya descendía y descansaba casi sobre la cima del Capaline, el volcán muerto; en la entrada de la hacienda La Queratto, vio a la “Señorita Serpente” y al Señor Skinny detenerse un instante; tras los muros se escuchó un rumor —como criaturas deslizándose por la hierba— la puerta se abrió, el Señor Skinny y la “Señorita Serpente” entraron en el lugar y de nuevo se cerró.  

El padre Algonza no esperó.  

Tan rápido como pudo, corrió al ranchito para encontrar al otro vaquero americano, el Kid Errabundo. En la casa de la Vieja Bonanza aún estaba en el monte.  

—¡Rápido! —susurró el padre Algonza—. ¡El Señor Skinny ha cedido! En la casa La Queratto —con la “Señorita Serpente”— ella cuyo beso es la muerte… o la locura. ¡Los vi entrar! ¿Qué puede hacerse?  

—El maldito idiota. —Lentamente, el Kid Errabundo se levantó de la mesa—. ¡Iré!  

—¿Y yo? —preguntó el padre Algonza.  

—Ven también. Desde afuera podrás vigilar.  

La casa La Queratto estaba negra; el gran portón cerrado y atrancado; desde dentro no se oía nada salvo, a veces, un ruido de roce, como si algo pasara velozmente entre la densa arboleda.  

—¡Tu mano, padre Algonza! —dijo muy bajo el Kid Errabundo.  

La mano del padre Algonza fue tendida, el pie del Kid Errabundo se apoyó en ella —con un salto alcanzó la cima del muro, se impulsó y cayó dentro del patio.  

El Kid Errabundo se acercó al portón, levantó con cuidado la tranca, abrió la entrada.  

—Quédate aquí. No entres… a menos que…  

El padre Algonza permaneció en la abertura. Dentro todo era oscuridad; de las sombras surgía un siseo como nunca antes había escuchado el santo sacerdote; el espeso y nauseabundo hedor de serpientes venenosas llenaba el aire; el padre Algonza hizo la señal de la cruz y se estremeció.  

El Kid Errabundo, inclinado hacia adelante, corrió rápido hasta la puerta de la casa. Estaba abierta. Un delgado hilo de luz roja se derramaba desde la habitación; en el umbral el padre Algonza vio al Kid Errabundo detenerse un instante. Luego entró.  

Hubo silencio, salvo por el siseo, siseo, que provenía de cada rincón del patio; silencio y el hedor nauseabundo de los reptiles.  

—¡El lugar está embrujado… está maldito… es la morada de la progenie del Maligno! —susurró el padre Algonza.  

Pareció una eternidad. El padre Algonza no podía recordarlo. Esperó.  

Entonces, sosteniendo el crucifijo delante de sí, el padre Algonza mismo avanzó con cautela hacia la puerta.  

Lo que vio no puede olvidarlo.  

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Un solo quemador colgaba de una viga en el centro de la habitación. Bajo él estaba el gran escudo de cobre de Zachu, “Señor de los Reptiles.” Un resplandor apagado —rojo, como de brasas humeantes— llenaba el lugar.  

En un diván, cubierto con la piel del leopardo moteado, al fondo de la sala, estaba el Señor Skinny envuelto en los viscosos pliegues de una serpiente monstruosa, su cabeza echada hacia atrás, el cuello arqueado, las fauces abiertas y acercándose a los labios entreabiertos del Señor Skinny, quien miraba con visión extasiada, incapaz de moverse, hacia los ojos demoníacos que para él parecían ser los ojos acariciadores, invitadores, de la “Señorita Serpente,” ardiendo de amor.  

Agazapado en el otro extremo de la sala estaba el Kid Errabundo —su voluntad luchando contra la voluntad demoníaca de otra gran serpiente enroscada frente a él, bloqueando su camino hacia el diván donde yacía el Señor Skinny; la espantosa cabeza erguida, lista para atacar, oscilaba de un lado a otro, contenida únicamente por la mirada del Kid Errabundo.  

El padre Algonza no podía moverse, apenas podía respirar.  

La boca venenosa de la gran serpiente inclinada sobre el Señor Skinny descendía lentamente, con certeza, hacia el rostro del vaquero americano. Un latido más, y las encías viscosas se pegarían a sus labios y el alma sería drenada de su cuerpo…  

—¡Serrano!  

La palabra salió de la lengua del Kid Errabundo como la estocada de un puñal.  

—¡Serrano, hija de la Serpiente!  

Había un mandato irresistible en el tono. Los gruesos pliegues alrededor del Señor Skinny temblaron, la fea y aterradora cabeza se volvió hacia el Kid Errabundo —en sus ojos estaba toda la furia y locura de la pasión detenida, y, con la mirada, un terror indecible.  

—¡Serrano!  

De nuevo, no en voz alta, pero con autoridad, vino la palabra de los labios sonrientes del Kid Errabundo.  

Ante la interrupción, la rabia desgarró a la serpiente monstruosa que se enroscaba bloqueando el paso del Kid Errabundo hacia el Señor Skinny y la serpiente que lo tenía cautivo en el diván —la fea cabeza en forma de cuña se echó hacia atrás, atrás, lista para que los colmillos saltaran con la certeza de la muerte sobre la carne del joven americano.  

Por primera vez, la mano del Kid Errabundo voló hacia el revólver en su cadera—  

—¡Serrano, para que vivas… Zacaratta, el azteca, tu malvado aliento… debe morir!  

Mientras hablaba el Kid Errabundo, el arma tronó.  

La gran serpiente frente a él se agitó salvajemente, inútilmente, por el suelo. Una neblina de humo la envolvió por un instante. Los abrumadores vapores que emanan del monstruo de Gila, el reptil diablo, cuando muere, llenaron la sala. Los dos metros de longitud del reptil se estremecieron convulsivamente y quedaron quietos—  

¡Y “Lobo,” el yaqui, yacía muerto, con una bala en el cerebro!  

—Era la serpiente —lo juro— la que disparó el Kid Errabundo —declaró después el padre Algonza, y el padre Algonza no mentiría—. ¡Y, sin embargo, fue “Lobo,” el yaqui, quien murió!  

Ni siquiera el estruendo del arma rompió el hechizo que sujetaba al Señor Skinny —su boca abierta, en una sonrisa idiota, aún buscando con ansia el contacto de las fauces horrendas que se inclinaban hacia él.  

Sin aliento, el padre Algonza observaba.  

El Kid Errabundo avanzó, sobre el cuerpo de “Lobo”—rápidamente llegó al diván—  

—¡Serrano… tu Maestro! —con ternura, casi como habla un amante, las palabras salieron de sus labios, sonriendo, suavemente, con tristeza.  

—Sin miedo—  

La mano abierta del Kid Errabundo se lanzó y golpeó la boca viscosa de la serpiente.  

—Sin deseo—  

De nuevo la mano se estrelló contra la fea cabeza, y con una risa —no de alegría, no de ira, no de pasión— el Kid Errabundo se volvió.  

Los sinuosos pliegues se tensaron convulsivamente, luego se aflojaron, la cabeza cayó, una neblina como la que había envuelto a la otra cubrió las formas en el diván —el Señor Skinny y el reptil— y de la bruma surgió de pronto el grito agonizante de una mujer, lleno de tormento, y la “Señorita Serpente,” la Cortesana Serrano, se levantó—se tambaleó—y cayó sollozando y gimiendo al suelo. Sus labios estaban magullados como si hubieran sido golpeados y sangre corría por la comisura de su boca.  

¡La gran serpiente había desaparecido!  

El Señor Skinny, aturdido, sus ojos mirando frenéticamente alrededor, se levantó tambaleante del diván.  

—¿Dónde diablos… qué ha pasado?  

—¡Vete rápido! —ordenó el padre Algonza.  

El Kid Errabundo se detuvo en la puerta.  

De rodillas, su cuerpo meciéndose de un lado a otro, sus manos aferrando el crucifijo que colgaba del cíngulo del padre Algonza, la “Señorita Serpente”—Cortesana Serrano—clamó con piedad:  

—¡Tolteca! ¡Tolteca, mío! ¡Hijo de la Llama—el Blanco!  

El Kid Errabundo se acercó a su lado, miró con ternura hacia los ojos alzados, anegados en lágrimas; una sonrisa de infinita tristeza tembló en sus labios mientras susurraba:  

—¡Aún no, Serrano! ¡Aún no…!  

❖ ❖ ❖

Aquella noche, sin esperar el amanecer, el Kid Errabundo y el Señor Skinny cabalgaron hacia el norte.  

El cuerpo de “Lobo” el padre Algonza lo dejó donde había caído; a la “Señorita Serpente,” la Cortesana Serrano, la llevó a la misión en Magdalena. Nunca más volvió la “Señorita Serpente” a bailar en el ranchito de Socorro, y desde aquel día nadie ha entrado en la casa La Queratto.  

En el resplandor del ocaso, cuando el sol se ha hundido tras los riscos salvajes de la sierra del Cristo y la oscuridad cubre el Llano Sonora, la “Señorita Serpente” se desliza fuera de la misión y, junto a la gran yuca, se detiene y mira con ansia —sus ojos ya no ardiendo con la pasión que atraía a los hombres hacia la casa La Queratto, sino brillando con el suave fulgor de un amor imperecedero— hacia la Estrella Blanca que cuelga sobre la cima del Monte Centinela, lejos, en el norte.  

Allí la encontró el padre Algonza la noche después de la Fiesta de los Penitentes.  

—Padre Algonza… —los labios de la “Señorita Serpente” temblaban en una sonrisa desgarradora por su anhelo—. ¿Vendrá Él? ¿Vendrá el Tolteca —mi Dueño— el Blanco, Hijo de la Llama— otra vez a Serrano?  

La respuesta trajo esperanza a los ojos alzados:  

—Vendrá, Hija del Dolor… —los brazos del sacerdote atrajeron la cabeza de la joven contra su pecho—. El Tolteca, tu Dueño, vendrá cuando tu alma —habiendo sido probada— pueda encontrarlo…  

El padre Algonza se detuvo, las últimas palabras fueron un susurro:  

—…Sin miedo; sin deseo.  

✠═════ FIN ═════✠

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"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."

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