LA HABITACIÓN EN LA TORRE - WEIRD TALES (1923)
Una historia de fantasmas aterradora
LA HABITACIÓN EN LA TORRE
Por D. L. Radway
Título original: The Room in the Tower
Weird Tales | Volumen 1 | Número 5 | JULIO 1923
Pp. 62-63 a 93-94
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No hace mucho tiempo me hospedaba en un viejo castillo en la parte norte de Escocia—esa tierra de gentes de espíritu místico—y cierta torre de este castillo, algo más antigua que las demás dependencias del edificio, había sido conocida durante siglos, tanto por los habitantes como por los aldeanos, como morada de fantasmas.
En esta torre había una antigua habitación tapizada que no había sido tocada ni ocupada en la memoria del lugar. Sin embargo, mi amor e interés por lo sobrenatural estaban tan hondamente arraigados en mi naturaleza que supliqué a mi anfitriona, Lady Garvent, que me permitiera dormir al menos una noche en aquella vetusta estancia tapizada. En consecuencia, el ayuda de cámara trasladó mi equipaje, poco después de mi llegada aquella tarde, al aposento de la torre.
Era una típica noche de invierno escocesa: la lluvia azotaba los cristales en ráfagas violentas, el viento aullaba con un grito semejante a la voz de una desdichada banshee, y de cuando en cuando una tormenta de granizo golpeaba las ventanas como el estrépito de la artillería. En torno al gran fuego de troncos en el salón nos reunimos acogedoramente, más complacidos aún de hallarnos cálidamente refugiados en el interior mientras afuera rugía la guerra de los elementos.
Mi anfitriona se declaró encantada de poder brindarme una noche en compañía de los fantasmas de la familia, quienes, afortunadamente, siempre se habían limitado estrictamente a la habitación de la torre.
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La conversación derivó hacia lo extraño y lo sobrenatural, y todos comenzamos a relatar historias de fantasmas que habían llegado a nuestro conocimiento o al de nuestros amigos más cercanos.
Confieso con franqueza que en poco tiempo los miembros de la reunión me habían puesto en un estado de nervios sumamente “saltón”, y sentía que, en un lugar como aquel, “cualquier cosa podía suceder”.
Finalmente, mi anfitriona dijo: “Creo que ha llegado el momento de poner fin a esta encantadora conversación”, y al despedirse añadió:
“Realmente siento que esta noche he estado, por decirlo así, en comunión con espíritus de otro mundo distinto a este. Es casi inquietante.”
Me pareció que todos estaban algo inclinados a bromear a mi costa cuando comprendieron que hablaba en serio al querer pasar la noche en la “habitación encantada”, y entre risas fui escoltado por toda la compañía hasta la gastada escalera de piedra que conducía a la torre en la esquina noroeste del castillo. Nos dijimos “buenas noches”, y yo subí a mi aposento.
Estaba amueblado con los más extraños y lúgubres muebles de roble negro que pueda imaginarse, y una enorme cama con dosel ocupaba el centro de una pared, sobresaliendo bastante hacia la habitación. Mis propias “comodidades domésticas” estaban allí—provistas por el esmerado cuidado de mi criado—pero también, en las paredes sobre la chimenea y sobre mi cama, colgaban las inquietantes armas de una generación pasada de escoceses. Piezas de armadura de bello y complejo diseño—sin duda de factura española—se apoyaban contra los muros; y en un rincón, con efecto poco tranquilizador, se erguía una armadura completa.
La estancia en esta torre cuadrada era muy amplia. Jamás había visto una chimenea semejante; tan enorme era el conducto que uno podía casi permanecer erguido dentro de él, con el hogar de ladrillos al nivel del suelo de la habitación. Como mi amable anfitriona había insistido en que se encendiera un gran fuego en aquella noche invernal, se apilaban allí enormes troncos, y la estancia se iluminaba con las luces extrañas y vacilantes que brotan de la leña ardiente.
La única otra iluminación provenía de cuatro grandes velas, dos sobre la mesa de tocador y dos sobre la alta repisa de la chimenea. Las ventanas con parteluz, hundidas profundamente en muros de más de seis pies de espesor, estaban pesadamente cubiertas con terciopelo rojo oscuro.
No fue hasta que una puerta se cerró de golpe—empujada por una ráfaga de viento más feroz de lo habitual, que pareció sacudir la torre hasta sus cimientos—y los troncos incandescentes se desplomaron con terrible y súbita violencia al mismo tiempo, que comprendí que estaba realmente aislado de todo el mundo ordinario.
Entonces comprendí intensamente que estaba solo, y a punto de entrar en la vida de lo irreal, lo oculto—que hasta entonces había sido fascinante sólo de oídas. ¿Cómo sería la experiencia en carne propia? Siempre suponiendo que los espíritus de la torre se dignaran revelarse.
Los muros de aquella gran estancia estaban cubiertos con magníficos tapices antiguos, que representaban escenas de caza y figuras de monteros con su atuendo forestal, y sabuesos entre los árboles de un vasto bosque. Era una hermosa obra de aguja, y en otro momento me habría interesado mucho; pero de algún modo, en aquella noche en particular, la imaginación había tocado las cuerdas de mi mente hasta hacerlas sonar desafinadas—de modo que me parecía que los ojos de los jinetes bordados realmente se movían y seguían mis pasos por la antigua habitación. En esa noche salvaje, la corriente de aire tras el tapiz lo hacía oscilar levemente en toda su longitud, de vez en cuando, y entonces los seres allí bordados parecían danzar y balancearse con él.
Con el acompañamiento del viento aullante y la cruel ráfaga afuera, y el fuerte traqueteo de los cristales al ser azotados por furiosas ráfagas de lluvia y granizo, me desvestí rápidamente, preparándome para la noche con una especie de prisa temblorosa por acabar y meterme en la cama, muy ajena a mi naturaleza. Y una vez entre las sábanas, fui lo bastante cobarde como para no querer apagar la única vela que había dejado encendida.
En otro instante, por extraño que parezca, juro que escuché un suspiro de aliento humano muy cerca de mi cabeza—tan fuerte que, en un destello, la vela sobre la pequeña mesa junto a mi lecho se apagó, y quedé conteniendo la respiración en la penumbra, con sólo las luces vacilantes y las sombras de los viejos troncos crepitando y chisporroteando en la vasta chimenea antigua.
Allí permanecí, decidido a no cerrar los ojos ni un momento—pues sentía en todo mi ser que extraños sucesos estaban próximos. Sin embargo, pronto me venció una especie de sopor contra el cual era inútil luchar, y me pareció, como en una visión, ver cómo una cortina, en el extremo de la habitación, era movida ligeramente pero de manera inconfundible hacia un lado por algún medio invisible.
Ese sopor me dominaba cada vez más, a pesar del creciente horror de la noche, y debí de caer en la inconsciencia.
❖ ❖ ❖
Cuando desperté fue con una sensación que jamás olvidaré mientras viva: escalofríos que reptaban desde la nuca, subiendo y bajando por la espina dorsal, produciendo el más horrible estremecimiento helado en todo mi cuerpo. Está más allá del poder de las palabras describir lo que sentí en aquel instante.
Al cabo de un minuto—cuando me hallé plenamente despierto de nuevo—con asombro y horror vi, a la luz de los troncos aún débilmente incandescentes en el hogar, agazapada en un montón indescriptible junto a la gran chimenea, una masa grande e informe, cubierta al parecer por una sábana blanquecina y deslucida, la muselina amarillenta por la edad.
Mientras miraba—tendido inmóvil sobre mi lecho—vi que aquella cosa se movía con un vaivén ondulante, y descubrí que eran seres separados que yacían allí, todos envueltos en ropajes blanquecinos-amarillentos de un material extraño y, para mis ojos, insólito. Quizá, siglos atrás, cuando en vida real se había usado, fue blanco; pero ahora estaba rancio y amarillento por el paso de los años.
Contemplaba como en trance—y sin embargo sé que estaba plenamente despierto. Paralizado de horror, sentía cada nervio de mi cuerpo tensado al máximo—esperando y observando con ansia lo que aquellos seres junto al fuego estaban a punto de hacer.
Un instante, y para mi espanto la figura central comenzó a moverse—lentamente, lentamente, con un extraño movimiento ondulante de brazos y ropajes imposible de describir, volviéndose hacia la cama donde yo yacía; y lo siguiente que atrapó mi mirada y me dejó petrificado fue una larga y enmarañada guedeja de cabello blanco que llegaba hasta el suelo cuando la figura se incorporó.
Y al girar, el rostro se reveló ante mí—¡cielos misericordiosos!—en lugar de un rostro, ¡una calavera sonriente! Y del otro lado del cráneo, también, caía una larga corriente de cabellos blancos que alcanzaban el suelo.
Las grandes cuencas vacías de los ojos de aquella cabeza de muerte parecieron descubrir de pronto que un ser humano yacía en la cama—y sonrieron repulsivamente. Al mirar, todo poder de hablar o clamar por ayuda, de moverme o girar, me abandonó. Permanecí allí, helado contra el colchón por la visión.
Aquella figura espantosa alzó un brazo para apartar su túnica; vi la mano extendida—pero la carne de esa mano había abandonado aquellos huesos hacía años. En sus dedos esqueléticos sostenía en alto, hacia mí, un cáliz humeante—deslizándose ahora con rapidez hacia la cama.
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Quizá puedas imaginar mi horror al ver la figura deslizándose, arrastrándose hacia mí, su máscara de muerte sonriendo como si se complaciera al encontrar por fin la habitación habitada por un ser humano—mientras yo distinguía las cuencas vacías del destino, que parecían brillar rojas en la estancia iluminada por el fuego, y la mano ósea alzando en lo alto lo que sabía ser una copa de veneno destinada a mí.
Mis ojos se posaron entonces en las otras figuras fantasmales; permanecían inmóviles, todas vueltas hacia la cama—y, al levantar sus brazos, vi que cada una sostenía en alto un cáliz humeante.
El sudor corría ahora por cada poro de mi cuerpo, y cuando la primera figura espantosa avanzó con pasos firmes más cerca de la cama en la que yacía, estuve absolutamente seguro de que había sonado mi última hora, incluso de que la muerte sería preferible a la locura, al frenesí, que sentía recorrer cada vena, al terror de conocer lo desconocido, de ver aquellas cosas que normalmente permanecen invisibles.
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Un aliento helado emanaba de la figura al acercarse a mí, hasta que me pareció sentir la misma atmósfera de la tumba. ¡Incluso ansiaba la muerte!
Ahora el vapor del cáliz se cernía pesado y ardiente sobre mi rostro. ¡Me estaba volviendo loco—loco!
❖ ❖ ❖
En el otro extremo de la habitación un reloj de tono profundo comenzó a dar sonoramente las doce. Con un alarido de terror incontenible—ese sonido de las campanadas rompiendo el hechizo que me mantenía en silencio—caí inconsciente sobre las almohadas, y no supe nada más hasta que llegó el amanecer.
Con la mañana la tormenta había pasado, y fui despertado de mi letargo por los fríos y brillantes rayos del sol invernal.
Y mientras me vestía y me preparaba una vez más para mezclarme con la gente y los alrededores de la clara realidad, hice un voto de no intentar jamás penetrar en aquel otro mundo, remoto, misterioso, más allá de la tumba. Nunca más mostrar siquiera curiosidad por la vida de esos espíritus que habitan ese mundo; sino dejarlos en la compañía de otros fantasmas.
✠═════ FIN ═════✠
"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."



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