EL CADAVER EN LA TERCERA LOSA - WEIRD TALES (1923)

 

EL CADAVER EN LA TERCERA LOSA - WEIRD TALES (1923)

EL CADAVER EN LA TERCERA LOSA

Por: Otis Adelbert Kline 

Título original: The Corpse on the Third Slab

Weird Tales | Volumen 1 | Número 5 | JULIO 1923

Pp. 77-79

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El oficial Ryan caminaba lentamente entre dos hileras de frías losas húmedas, sobre las cuales reposaban los lúgubres restos de lo que alguna vez habían sido seres humanos.

Ensayó unas cuantas notas de *“River Shannon”* con su rica voz de barítono de Killarney, no en voz alta, pero con suficiente volumen para ahogar los extraños ecos sobrenaturales que resonaban desde las paredes y el techo inclinado de la morgue cada vez que sus pesados zapatos claveteados golpeaban el suelo.  

Aunque sabía que estaba solo en la sala, aquellos ecos le daban la sensación de ser seguido—una impresión rara, inquietante, nada agradable. Interrumpió bruscamente su tarareo. ¿Qué era eso? ¿El sonido de muchas voces imitando la suya? De pronto lo comprendió y rió. Una miríada de carcajadas huecas le respondieron.

Su rostro volvió a ensombrecerse, y maldijo con furia a su superior, quien lo había asignado a este deber especial en tan espantoso lugar, todo porque un cadáver que nadie podía identificar, y que por lo tanto nadie reclamaba, había sido robado la noche anterior.

Miró la esfera de su reloj. Casi era la una. Cinco largas y lúgubres horas debían transcurrir antes de que pudiera regresar a casa con su esposa y sus pequeños.

Un asistente había tenido la consideración de colocarle una silla de la oficina en el extremo de la sala. Sus instrucciones eran patrullar el sitio cada media hora. Como le tomaba apenas cinco minutos recorrerlo, disponía de intervalos de descanso de veinticinco minutos dos veces por hora. Aceleró un poco el paso al acercarse a la silla. Una vez sentado allí, al menos se libraría del sonido de aquellos pasos fantasmales.

Avanzaba balanceando su porra con fingida jovialidad, cuando, por el rabillo del ojo, vio—o creyó ver—un leve movimiento en la sábana que cubría el cadáver a su derecha. Se detuvo petrificado de asombro, y fijó la mirada en la cosa sobre la fría losa gris, mientras una extraña sensación punzante recorría la longitud de su columna vertebral.  

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Con una valentía forzada se acercó al cuerpo inmóvil y retiró la sábana. El cadáver, que yacía en la tercera losa desde el extremo, era el de un hombre de mediana edad, canoso, algo calvo, vestido con ropas de obrero. Sin duda el rostro no habría sido desagradable en vida, pero en la muerte difícilmente podía llamarse bello, con sus ojos vidriosos y fijos, la mandíbula caída y la lengua azulada, hinchada, que sobresalía.

Ryan volvió a cubrirlo con un estremecimiento y se apresuró hacia su silla: aquel lugar ciertamente le ponía los nervios de punta. Lo había sabido desde que el jefe Howell lo asignó allí y, siguiendo el viejo proverbio “hombre prevenido vale por dos”, había hecho su preparación para la emergencia. La preparación era muy simple: había vertido un poco de líquido ámbar pálido de una gran botella redonda a una pequeña botella plana. La botella plana reposaba cómodamente en el bolsillo de su cadera.

La gran botella redonda, un galón de “moon”, había sido un regalo de un amigo contrabandista.

—No tengas miedo de beberlo como agua, Ed —le había dicho su amigo—. Sé que está bien porque lo hice yo mismo. No encontrarás astillas en ese licor.

A pesar de la advertencia, la botella había permanecido seis meses intacta en el sótano de los Ryan. Él no era un bebedor habitual, pero creía en “guardar un trago en casa para emergencias”.

Miró furtivamente hacia la puerta de la oficina, luego sacó la botella de su bolsillo, quitó el corcho y la sostuvo a la luz para admirar su color y claridad, como un catador admira un vino añejo. Con cierta consternación notó que estaba casi a dos tercios vacía, aunque la noche apenas iba a la mitad. Debía reducir el tamaño de sus tragos o quedarse sin nada en las últimas horas. Reduciría, sí… después de este. Solo esta vez debía darse un trago del tamaño de un hombre.

Lo necesitaba con urgencia. Los ojos fijos y la lengua colgante de aquel cadáver en la tercera losa le habían puesto los nervios de punta. Llevando la botella a los labios, bebió profundamente, la tapó y la devolvió al bolsillo con un suspiro.

—Claro que ese hombre sabe hacer licor —murmuró—. Baja tan suave como el aceite, y tiene un sabor como de diez años de añejamiento en barrica.

Se quedó sentado en silencio hasta que su reloj le indicó que era hora de hacer otra ronda, y se levantó de mala gana para cumplir con su desagradable deber.

Al llegar frente a la tercera losa miró resueltamente hacia adelante. Así, razonó, si la cosa se movía no la vería, y no habría daño alguno. Ryan había pasado por alto el hecho de que tenía un par de oídos en perfecto estado. Un resbalón, un desliz, un sonido nauseabundo proveniente de la tercera losa le recordó brutalmente su error.

Con un jadeo de horror, prácticamente voló hacia la silla. Se dejó caer débilmente, se secó el sudor frío de la frente y terminó el contenido de su botella de un solo trago gorgoteante.

Ryan había decidido no volver a mirar en dirección a esa losa, y cuando tomaba una decisión era difícil hacerlo cambiar. Con obstinada determinación de cumplir su plan, pasara lo que pasara, giró su silla giratoria media vuelta y se dispuso a esperar el lúgubre paso de otros veinticinco minutos.

—Ahora que el condenado se dé vuelta todo lo que quiera, o haga un baile de puntas, por mí está bien. No le daré la satisfacción de ver sus endiabladas cabriolas —resolvió, medio en voz alta.

Aquel último trago había sido fuerte. De hecho, habría bastado para cuatro buenos tragos de leñadores o estibadores fornidos.

Ryan comenzó a adormilarse. Los decoradores habían trabajado en la morgue ese día, esmaltando de blanco las paredes, y él se dijo que el olor a trementina lo adormecía—eso y el maldito hedor húmedo y rancio del lugar mismo. Su cabeza se inclinó hasta que su barbilla descansó sobre uno de los botones dorados de su uniforme.

Algún tiempo después despertó sobresaltado y miró su reloj. Volvió a mirar, frotándose los ojos para asegurarse de estar despierto. Seguramente no había dormido más de diez minutos, sin embargo las manecillas marcaban las cuatro y media.

Se preguntó qué lo había despertado. Había habido un ruido de algún tipo. Recordaba vagamente eso, pero por más que intentaba no podía precisar la naturaleza del sonido.

De pronto, con una claridad sobrecogedora, el ruido se repitió. Era el seco chasquido de un zapato pesado sobre el duro suelo de concreto. Apenas se apagaron los ecos huecos cuando lo oyó de nuevo.

¡Alguien caminaba hacia él con pasos lentos y arrastrados desde la dirección de la tercera losa!  

Ryan no era un cobarde. Al contrario, había demostrado gran valentía en muchos enfrentamientos con bandidos desesperados y maleantes del bajo mundo. Tampoco era supersticioso. Creía que cuando un hombre moría, se iba; y eso era todo. Su alma podía ir al purgatorio, y de allí al cielo o al infierno, pero nunca regresar a la tierra. Sin embargo, a pesar de su valentía innata y de sus firmes convicciones teológicas, no podía obligarse a girar la silla y enfrentar aquello que se acercaba.

De hecho, descubrió, con horror absoluto, que era incapaz de moverse. No podía siquiera levantar sus manos inertes de los brazos de la silla. Incluso respirar se le hacía difícil, como si gruesas cadenas hubieran sido enrolladas alrededor de su cuerpo, sujetándolo contra el respaldo.

Deliberadamente, con dolorosa lentitud, aquellos extraños pasos resonantes se aproximaban. La cosa estaba casi sobre él, y aun así no podía moverse ni emitir sonido alguno. Una sombra extraña, deforme, apareció en el suelo frente a él. Lentamente se arrastró por la pared, su grotesco contorno asumiendo poco a poco forma humana.

Entonces la cosa misma apareció. Las cadenas invisibles alrededor del pecho de Ryan se apretaron, y unos dedos helados se aferraron a su corazón desbocado, estrujándolo hasta hacerlo latir con irregularidad, como un motor con bujías rotas, pues reconoció la figura enjuta y los rasgos macabros del cadáver de la tercera losa.

Se quedó allí, tambaleante, luego extendió su mano izquierda nudosa y se apoyó contra la pared. Mientras aquellos ojos vidriosos se clavaban en los suyos, el paladar de Ryan pareció encogerse y secarse. Sonaba como una hoja muerta sacudida por el viento con cada inhalación.

Evidentemente el cadáver intentaba hablarle, pues su lengua azulada y sus labios se movieron apenas. Al poco logró cierto control y habló en un susurro ronco y áspero:

—B… buenas noches.

Ryan estaba demasiado petrificado de horror para responder.

El cadáver lo miró con curiosidad un instante. Evidentemente decidió que había dicho lo incorrecto. Lo intentó de nuevo:

—B… buenos días, oshifer.

La lengua del policía parecía pegada al paladar.

—¿Qué pasa? ¿Sordo y mudo?

Para su asombro, Ryan se oyó hablar. La ira ante la insinuación insultante del otro había liberado su lengua.

—No, no soy sordo ni mudo. Simplemente no hablo con tipos como tú, eso es todo. Ahora vuelve a tu losa y compórtate, o te mataré más muerto de lo que ya estás.  

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El cadáver hizo una mueca horrible. Luego rió—una risa de cementerio, cascada y hueca, que le provocó un ataque de tos.

—¿También te engañé, eh? —raspó—. Los engañé a todos. Engañé a la vieja. Engañé al basurero. Engañé a todos.

—Anda ya. No engañas a nadie.

—¡Los engañé a todos, te digo! Ella puso cloroformo en mi licor. Quería fugarse con el basurero. No me importa. Que se largue, y mejor para mí. ¡Maldita bruja, de todos modos! Pero los engañé. Creen que estoy muerto, pero no lo estoy. No más muerto que tú.

—¡Claro que lo estás! —gruñó Ryan.

—Te digo que no —resopló el cadáver, irritado—. ¿Acaso no puedo caminar? ¿No puedo hablar? ¿No puedo hacer cualquier cosa que hace un vivo?

—Por supuesto que puedes —concedió Ryan, que empezaba a ver la luz—. En un sueño cualquier cosa puede caminar, incluso un cadáver. Una vez vi una mesa de cocina bailar con un piano de cola en una pesadilla.

—¿Quién dijo nada de un sueño? No soy un sueño y puedo probarlo.

—Tendrás que demostrarlo —dijo Ryan—. Soy de San Luis.

—Muy bien. Si fuera un sueño podrías verme y oírme, pero yo no podría verte ni oírte. ¿Estoy en lo cierto o equivocado?

—Cierto.

—Por ejemplo, no sabría si eres un policía o un bailarín de ballet. No podría decir si tienes la cara lampiña o llevas un bigote.

—Claro que no podrías, y no lo haces.

—¿Que no? Escucha esto. Eres un policía grandote, con cara de plato y cuello de toro, con un largo y desgarbado mostacho color zanahoria que te hace parecer una morsa mareada.

Ryan intentó levantarse y golpear al insolente, pero las ataduras invisibles lo retuvieron. Apretó los dientes.

—Vas a pagar por esto, sueño o no sueño, cadáver o no cadáver —gimió.

El cadáver lo miró con ojos vidriosos, indiferente a la amenaza.

—Sabes —continuó—, he estado en cárceles mejores que esta. Sin calefacción, sin mantas, nada. Las camas frías como el hielo y duras como piedras, y las sábanas delgadas como papel.

Ryan quedó atónito. ¿Era posible que aquel cadáver no supiera que estaba en la morgue?

La cosa bostezó, mostrando su espantosa lengua azulada.

—Ho, hum. Me está entrando sueño otra vez. Supongo que volveré a mi viejo catre de yeso. Buenas noches, nariz de botella.

Esto fue demasiado para Ryan. Su rostro, naturalmente rubicundo, se tornó púrpura de ira mientras veía a la figura macabra tambalearse lentamente hacia la tercera losa. ¡Si tan solo pudiera moverse! Concentró su mirada en su dedo meñique. Incluso ese parecía incapaz de moverse, pensó. Sin embargo, intentó agitarlo, y ¡lo agitó! Probó levantar la mano. La levantó. Se sintió desbordado de alegría.

Levantándose con cuidado y sin hacer ruido de la silla, avanzó de puntillas tras el cadáver. Primero pensó en ponerle una mano pesada en el hombro, pero no pudo obligarse a tocarlo. La venganza—dulce venganza—estaba casi al alcance de su mano, y aun así no se atrevía a tomarla. Entonces tuvo una inspiración. Trasladando su peso al pie izquierdo, alzó el derecho y apuntó cuidadosamente al bolsillo trasero raído.

De algún modo—quizá porque el bolsillo se movía, o tal vez porque el licor ámbar había nublado su visión—calculó mal la distancia. La pesada bota claveteada viajó hacia arriba, donde debía haber un blanco sólido pero no lo había, y siguió viajando. Probablemente habría llegado hasta el techo de no estar íntimamente conectada con la anatomía de Ryan. Tal como fue, le arrancó el pie izquierdo de debajo, la parte posterior de su cabeza chocó contra el suelo, y alcanzó a ver fugazmente una constelación gloriosamente brillante, nunca antes vista.

Luego un telón de sombría oscuridad descendió a su alrededor, arrastrándolo hacia el olvido.  


El primer retorno de Ryan a la conciencia fue un estado entre el sueño y la vigilia. Tenía la impresión de ser un cadáver, tendido sobre una fría losa gris.

Extendió la mano, luego la retiró bruscamente. Estaba recostado sobre algo frío y duro. Este descubrimiento lo despertó rápida y completamente. Se incorporó y gimió, pues un dolor agudo le atravesó la cabeza. Seguramente algo le había abierto una herida en la parte posterior. La palpó con cuidado y descubrió una hermosa contusión redondeada.

De pronto oyó un murmullo de voces. Una en particular le sonó como la del jefe Howell.

Se levantó apresuradamente, recogió su gorra y sacudió el uniforme. Su reloj marcaba las seis. Intentó recordar cómo y por qué estaba tendido en el suelo con un chichón en la nuca. Al fin lo recordó, y miró con sospecha hacia la tercera losa. Estaba ocupada, y el cadáver no parecía haber sido perturbado, pues yacía tal como lo había visto a la una, con la sábana cubriendo su figura angulosa.

El sonido de las voces se hizo más claro. Alguien había abierto la puerta de la oficina. El jefe Howell la sostenía abierta mientras dos asistentes entraban, llevando una camilla sobre la cual yacía el cuerpo de una mujer de rasgos toscos y gruesos. Su rostro estaba horriblemente mutilado, y su cabello y ropas empapados y enmarañados de sangre.

Los asistentes, buscando una losa vacía, notaron que la cuarta estaba libre y depositaron allí el cuerpo.

El jefe Howell llamó a alguien que acababa de entrar por la puerta exterior de la oficina.

—Entre, forense, creo que ya tenemos esto aclarado para usted.

El forense Haynes entró, y ambos se dirigieron a la tercera losa. El jefe sacó una fotografía de su bolsillo y, levantando la sábana, comparó los rasgos del cadáver.

—Es él, sin duda —dijo Howell.

—¿Quién?

—El marido de esta mujer, Frank Merlin. Ella lo mató anteanoche—puso cloroformo en una botella de whisky clandestino que él tenía para poder fugarse con el basurero. Tan pronto como murió, llamó a su amante, quien cargó el cuerpo en su carreta, envuelto en sacos de arpillera, y lo llevó a otra parte de la ciudad donde lo arrojó en un callejón oscuro.

—Anoche ella y su amante se enzarzaron en una pelea de borrachos y él casi la hizo pedazos. Los vecinos, al oír el alboroto, llamaron al agente de ronda. Cuando llegó, la mujer estaba muerta y el hombre, bestialmente ebrio, tuvo que ser apaleado casi hasta la inconsciencia antes de aceptar ser arrestado. Cuando lo trajeron lo empapé con agua fría y lo hice entrar en razón. Tras un duro interrogatorio confesó todo.

Ryan escuchaba la historia con los ojos desorbitados. Había considerado su experiencia de la noche anterior como un sueño. ¿Y si, después de todo, había sido realidad?

Se encaminaba hacia la oficina, cuando algo detuvo su atención: la marca de una mano humana en la pared recién esmaltada, como si alguien se hubiera apoyado en ella. Recordó la postura del cadáver junto a esa pared la noche anterior, y la curiosidad lo atrajo irresistiblemente hacia la tercera losa.

La mano izquierda estaba con la palma hacia abajo, y la giró con dificultad, pues el rigor mortis ya se había instalado. Entonces lanzó un grito de asombro ante lo que vio.

¡La palma del muerto estaba manchada con esmalte blanco, pegajoso y medio seco!  

✠═════ FIN ═════✠

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"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."

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