Doctor X - WEIRD TALES (1923)
Un relato de cinco minutos
Doctor X
Por: Culpeper Chunn
título original: Doctor X
Weird Tales | Volumen 1 | Número 5 | JULIO 1923
Pp.22-23
❖ ❖ ❖
—Nuestro viejo profesor, Sven Borgen, se ha vuelto famoso casi de la noche a la mañana —comenté, levantando la vista del periódico matutino—. ¿Lo recuerdas, Pat?
—Claro —respondió McKane, mientras sacudía perezosamente una mota de polvo imaginaria de su corbata color naranja quemado—. El sueco que solía dar clases de psicología en el G. W. I. durante nuestro último año allí. Era patizambo y tenía un ojo desviado. Un chiflado errático, ¿no? Solíamos llamarlo Bicho. ¿Qué ha hecho ahora? ¿Se ha proclamado emperador de Wuzu o se fugó con su abuela?
—Nada de tanta trascendencia internacional —dije—. Pero parece que se ha colocado bajo los reflectores de todos modos. Hace unos días se supo que había perfeccionado una operación para injertar el cerebro de un animal en el cráneo de otro animal de la misma especie, de manera muy parecida, según entiendo, a como se injertan tejidos vivos y huesos en los seres humanos.
—¡Ah! —replicó McKane, bostezando—. ¿A cuánto cotiza Consolidated Steel esta mañana?
—Sus experimentos han tenido éxito en un grado casi increíble —proseguí, ignorando su pregunta—. El periódico dice que de cincuenta operaciones realizadas en perros y otros pequeños mamíferos, sólo dos resultaron fatales. Estas operaciones, continúa el relato, se han practicado principalmente en animales vivos, pero en al menos un caso el cerebro de un perro vivo fue injertado en el cráneo de un perro muerto por conmoción cerebral. El perro muerto volvió a la vida.
—Duro para el primer cachorro —comentó Pat.
—Aunque los experimentos de Borgen se han limitado a animales —retomé—, recientemente se le concedió permiso de las autoridades suecas para experimentar con pacientes incurables en un manicomio. Pero justo el día en que la noticia salió en los periódicos —que, por cierto, la han explotado a lo grande—, lo atropelló un tranvía y murió instantáneamente.
—Suerte de diablo —dijo McKane, sin mucho interés—. Si hubiera vivido, habría terminado sus días en un manicomio. ¿Injerto de cerebro? ¡Bah! El hombre tenía hormigas en el desván.
—No estoy tan seguro —repliqué—. El periódico dice…
—¡Pamplinas! —interrumpió McKane groseramente.
—El periódico dice —insistí tercamente— que él…
—¡Zarandajas!
—Se equivoca usted —intervino una voz tranquila detrás de nosotros—. “Zarandajas” no es precisamente la palabra. La historia sobre el doctor Borgen en los periódicos matutinos es completamente cierta. Yo conozco los hechos del caso.
Volví la cabeza bruscamente y miré al hablante. Se había detenido justo detrás de mi silla y contemplaba por encima de mi hombro el periódico extendido sobre mis rodillas.
Era un hombre alto, de edad y nacionalidad inciertas, aunque había en él un algo esquivo que sugería lo escandinavo. Tenía un rostro saturnino del color del pergamino viejo, una nariz aguileña y un par de ojos azules relucientes que parecían tornarse verde iridiscente cuando uno se sumergía en su mirada. Vestía un traje negro raído, llevaba un sombrero blando calado sobre la frente, y un cigarrillo de marca conocida colgaba entre sus delgados labios rojos.
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Un individuo poco atractivo, en suma, y sin embargo, extrañamente, alguien que despertó de inmediato mi interés.
—¿Y quién demonios puede ser usted? —preguntó McKane, recorriéndolo de arriba abajo con mirada insolente.
—Le ruego me disculpe —repuso el desconocido, sin mostrar turbación—. Oí el final de su conversación al pasar, y como el doctor Borgen me honró alguna vez con su amistad, no podía dejar que su afirmación acerca de su estado mental quedara sin réplica. Sven Borgen no era un lunático, como parece creer, sino un genio cuya muerte será un duro golpe para la ciencia.
—¿Y esta historia del periódico está basada en hechos? —pregunté.
—En lo que alcanza, sí —asintió el extraño, arrojando la colilla de su cigarrillo al mar—; pero la mejor parte de la historia, la culminación de la vida del doctor Borgen, en realidad, no ha sido contada. Me pregunto si les interesaría escucharla.
—¿Por qué no? —dije, mirando a McKane.
Pat asintió, aunque no pude discernir si en señal de consentimiento o simplemente para apartar el sol de sus ojos.
El desconocido se acercó a la barandilla y por un momento permaneció contemplando la vasta extensión de agua bajo él. El gigantesco transatlántico de la Cunard, el S. S. *Princess Maritza*, acababa de pasar Sandy Hook y, en un mar tan liso como el cristal, ganaba velocidad con cada giro de sus motores mientras se dirigía hacia aguas europeas bajo un sol abrasador.
Apoyé los pies en la barandilla y me acomodé con holgura en mi silla de cubierta. El viaje, al parecer, no iba a ser tan monótono como había creído al principio. Prometía bien desde el inicio, pensé, mientras observaba al desconocido enroscar su figura huesuda en una silla vacía frente a nosotros.
—Aunque la noticia periodística omite mencionarlo —comenzó, dirigiendo su mirada hipnótica hacia McKane—, la idea del injerto cerebral no se originó en el doctor Borgen, sino en un cirujano al que llamaremos doctor X. Perfeccionar esta operación fue la ambición de toda su vida, y trabajó y experimentó durante más de treinta años con ese fin.
—Casi desde el principio, sin embargo, comprendió que no podría continuar sus experimentos sin ayuda, y fue por ello que confió en su amigo y colega Sven Borgen. Con la cooperación de éste, los experimentos se llevaron a cabo con seriedad durante muchos años, hasta que al fin la ciencia triunfó y los esfuerzos de ambos cirujanos fueron coronados con éxito.
—El injerto cerebral era ya un hecho consumado.
—Los experimentos, sin embargo, se habían limitado a los animales inferiores, y antes de revelar su secreto al mundo, el doctor X deseaba operar sobre sujetos tomados de la raza humana.
—Piensen, caballeros, lo que esta operación, si resultaba exitosa, significaría para la humanidad. Los cerebros alertas de los ancianos podrían recibir nueva vida en, digamos, los cuerpos de jóvenes lunáticos físicamente perfectos, y las mentes de los genios podrían, mediante operaciones sucesivas, prolongarse quizá —quién sabe— ¡para siempre! No sería más que cuestión de tiempo antes de que la raza humana se convirtiera en una raza de superhombres.
—Pero continuemos: el doctor X, él mismo un hombre muy anciano, tenía un hijo, un joven de miembros firmes y mente vigorosa, de unos veintidós años, que asistía a una escuela de medicina en Copenhague.
—Una noche, poco después de que el doctor X hubiera concluido con éxito la primera fase de sus experimentos, recibió un telegrama informándole que su hijo había sufrido graves heridas en un accidente automovilístico. El mensaje llegó en plena noche, mucho después de que el doctor X se hubiera retirado, pero se vistió apresuradamente y tomó el primer tren hacia Copenhague.
—El muchacho había sido llevado a un hospital: sufría una fractura compuesta del cráneo y no se esperaba que sobreviviera. De hecho, recobró la conciencia apenas lo suficiente, tras la llegada de su padre, para darse cuenta de que estaba muriendo y suplicar a su progenitor, en nombre de la ciencia, que utilizara su cuerpo para continuar los experimentos de injerto cerebral. El doctor X prometió hacerlo y luego, pese a sus heroicos esfuerzos por salvarlo, su hijo murió casi de inmediato a causa de una hemorragia cerebral.
—No se le ocurrió al doctor X romper la promesa hecha a su hijo. Estaba perfectamente dispuesto a sacrificar su propia vida, si era necesario, por el avance de la ciencia, y le parecía natural que su hijo quisiera que su cuerpo se usara con el mismo propósito.
—Así que no vaciló. Telegrafió al doctor Borgen y luego hizo trasladar el cuerpo de su hijo al hospital privado de un colega en la misma ciudad. Después redactó su testamento.
—Cuando Borgen llegó varias horas más tarde, el doctor X estaba listo para la operación, que se realizó casi de inmediato.
—No intentaré describir la operación en sí. Los tecnicismos los aburrirían. Basta decir que, poco después de que los dos hemisferios del cerebro del doctor X fueron injertados en el cráneo de su hijo muerto, los órganos de éste comenzaron a funcionar. En resumen, caballeros, la operación fue un éxito, y el muerto volvió a la vida.
❖
El desconocido encendió un fósforo contra el tacón de su zapato y aplicó la llama a un cigarrillo nuevo. Luego levantó la vista y su mirada se encontró con la mía. Aparté los ojos apresuradamente.
Ciertamente no creía su historia, pero había, sin embargo, un algo indefinible en él que me inspiraba una extraña mezcla de repugnancia y temor.
McKane bostezó y alcanzó un cigarro.
—Bueno —comentó—, su relato no carece de interés, pero si espera que me lo trague, se llevará una decepción. No es que dude de su sinceridad, pero… en fin, ¿cómo sé que su historia está basada en hechos? Confieso que me parece muy improbable. ¿Puedo tomarme la libertad de preguntarle su nombre?
—Por supuesto —dijo el desconocido, fijando su mirada hipnótica en el rostro de mi amigo—. Antes de morir yo era el hijo del doctor X. —Una sonrisa sardónica torció sus delgados labios rojos—. Ahora —añadió lentamente—, soy el doctor X.




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