LOCURA DEL DESIERTO - WEIRD TALES (1923)
Una novela fantástica del Desierto Rojo
LOCURA DEL DESIERTO
Por HAROLD FREEMAN MINERS
Título origina: DESERT MADNESS
Weird Tales | Volumen 1 | Número 4 | ABRIL 1923
Pp. 19-30 A ?
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CAPÍTULO UNO: LA MUCHACHA Y LOS GRILLETES
Durante un largo momento, el hombre contempló con ojos cansados la extraña hendidura en la pared del cañón y el sendero gastado que conducía hacia ella.
Finalmente se dirigió al más cercano de sus dos burros con una voz apagada, medio humorística:
—Bueno, Archibald, parece interesante… ¿qué dices si lo intentamos?
Archibald no respondió. Archibald estaba dormido. Apenas se detuvo la pequeña caravana, el burro se hundió en un estado de abatimiento más apático de lo habitual y se quedó dormido de inmediato. De hecho, es dudoso que Archibald no hubiera estado dormido la mayor parte de la tarde.
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—No te importa, ¿eh, Archibald? Bueno, a decir verdad, tampoco me importa a mí. Pero pensemos en esto, viejo amigo. Durante los últimos cien años, más o menos, hemos estado paseando por este maldito desierto, y hemos hecho la “amistad” de unos cuantos conejos de cola blanca, uno o dos coyotes y una serpiente de cascabel. Los conejos mostraron su disgusto por nuestra compañía huyendo; los coyotes no hicieron más que burlarse de nosotros con sus voces lúgubres; la serpiente de cascabel ciertamente no mostró deseos de ser amistosa. No hemos encontrado a ningún ser humano; no hemos descubierto ninguna fabulosa mina de oro; ya hemos tenido suficiente de paisajes.
—Ahí está un sendero bien marcado, que desaparece en la cara de la roca sólida. Al final hay misterio, aventura. Posiblemente romance. También, posiblemente, cuatreros, que podrían recibirnos con todo menos entusiasmo. En ese caso nos uniremos a ellos, y yo te montaré a través del desierto hacia la gloria eterna. La idea me intriga, Archibald. Creo que debemos investigar.
En ese momento, una pulga demasiado industriosa debió lanzar un ataque decidido contra una de las pocas partes vulnerables de la anatomía de Archibald, pues de pronto sacudió la cabeza con vigor.
—¿Ah, estás de acuerdo conmigo? Sabía que lo estarías. Ahora seguiremos el sendero hacia la aventura… o hacia el campamento de un pastor de ovejas. ¡Vamos!
Percy, el segundo burro, fue conducido con dificultad hacia el estrecho sendero. Archibald lo siguió con gran desgana, pero finalmente el hombre logró poner en marcha su diminuta recua, y lentamente avanzaron por la angosta quebrada.
Stanley Ross había sido exiliado al país del desierto porque ciertos eminentes médicos de Nueva York habían llegado a la conclusión de que había contraído una enfermedad que se trataba mejor en las tierras altas secas del desierto.
Ross no había respirado el aire seco del desierto ni un mes cuando ya estaba tan sano como un boxeador profesional. La verdad era que Stanley Ross había abusado de cierto pasatiempo conocido como “leer la cinta” (seguir las cotizaciones bursátiles), y la Naturaleza se había declarado en huelga. Los médicos de Nueva York habían dado el primer paso hacia su recuperación; el desierto había hecho el resto.
Pero había otra herida que no había sanado tan fácilmente —o al menos Ross así lo creía. Stanley Ross estaba convencido de que tenía el corazón roto. La causa era un pedazo de feminidad rubia neoyorquina que se había encaprichado de Ross por un tiempo, pero al final se encaprichó más de los millones de un petrolero.
Así que se había quedado en el Oeste. Una saludable inquietud lo había impulsado a explorar los parajes inexplorados del vasto Desierto Rojo, y las maravillas siempre cambiantes de roca, arena y cielo, de arbustos de salvia y cactus, de cielos nocturnos centelleantes lo habían atraído. Durante meses había estado vagando por este inabarcable país de maravillas, obedeciendo cada capricho de su mente, explorando cada rincón que despertaba su curiosidad errante, acompañado únicamente por los dos burros que había nombrado con tanto humor.
Los espejismos lo habían atraído. Colores tan extraños que ningún artista se había atrevido a plasmarlos en un lienzo habían calmado su espíritu. Las formas grotescas de roca, arena y cañón lo habían intrigado.
Ross aún creía que la vieja herida seguía presente en su pecho. En realidad, llevaba meses pasándola de maravilla, y la muchacha ya no importaba. Sin embargo, se había dejado caer poco a poco en un estado de melancolía caprichosa. Lo que necesitaba era aventura. Estaba aburrido, pero si hubiera sabido lo que lo esperaba al final del estrecho sendero serpenteante frente a él, su aburrimiento quizá no habría sido tan agudo.
La quebrada rocosa por la que se abría el sendero era estrecha, y las paredes casi perpendiculares. El pasaje era sinuoso, pero un pequeño hilo de agua prometía un cañón más amplio más arriba. El sendero, aunque muy angosto, estaba bien definido y profundamente marcado. Parecía haber estado en uso constante durante años.
Ross había avanzado por aquel extraño pasaje unos cuatrocientos metros cuando algo en la pared del cañón detuvo de golpe su atención. Involuntariamente se detuvo. Al instante los burros se pararon también, como si su fuerza motriz se apagara automáticamente cada vez que su amo dejaba de caminar.
—¡Santos sapos cornudos! —exclamó Ross en voz baja—. Archibald, ¿ves lo que yo veo, o el sol me ha trastornado? ¿El mundo ha retrocedido tres siglos, o en verdad es mil novecientos veintitrés? No puede ser posible, Archibald, pero aun así veo lo que veo.
Allí, a menos de diez metros de distancia, había una muchacha —una muchacha bonita— ¡y estaba encadenada a cuatro grandes anillos de hierro, sujetos a la pared del cañón, mediante esposas, grilletes en los tobillos y cuatro pesadas cadenas!
CAPÍTULO DOS: GRILLETES ROTOS Y UN MISTERIO
Ross permaneció paralizado. No podía creer lo que veían sus ojos.
Que pudiera encontrarse con un ser humano en aquel vasto páramo de roca, arena y cactus era posible. Pero que hallara a una muchacha encadenada a una roca, como una criminal de la edad oscura, era poco menos que increíble.
No había forma de negar la existencia de la joven, sin embargo. Estaba allí, y necesitaba ayuda.
Su incredulidad se hizo añicos, y Ross se lanzó hacia ella de un salto. Incluso una mirada rápida bastaba para mostrar que era indudablemente hermosa; y también que estaba, sin duda alguna, en un estado de total agotamiento.
Al acercarse Ross, la muchacha levantó la cabeza con dificultad. Sus ojos se abrieron y sonrió lentamente. Luego, de pronto, todo su cuerpo se desplomó contra las cadenas que la sujetaban. Se había desmayado.
No podía imaginarse situación más extraña que encontrar a una joven hermosa encadenada a una roca en medio del gran Desierto Rojo. Sin embargo, aquello era asunto para considerar más adelante. La muchacha necesitaba atención inmediata, y el primer pensamiento de Ross fue liberarla.
Cuando examinó los grilletes, Ross comprendió que liberarla no sería fácil. Los cuatro anillos a los que estaban sujetas las cadenas estaban fijados a la pared del cañón mediante gruesas grapas de hierro, incrustadas profundamente en las grietas de la roca. Una prueba de fuerza mostró que nada menos que una carga de dinamita podría soltarlas.
Las cadenas eran relativamente pesadas y bien forjadas. Una lima era la única solución… y Ross no tenía ninguna.
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No fue hasta que examinó las esposas cuando Ross vio alguna esperanza de liberar a la muchacha. No eran del tipo común. No eran los grilletes de acero usados hoy en día, sino que tenían unas dos pulgadas de ancho, eran de construcción pesada y estaban hechos de hierro fundido. El mecanismo de cierre era anticuado. Eran un tipo de esposas que habían quedado obsoletas hacía casi tres cuartos de siglo.
Convencido de que realmente estaban hechas de hierro fundido, Ross comprendió de inmediato que sería una tarea relativamente fácil liberar a la joven. Tomando una pequeña roca como martillo, apoyó la espalda de la muchacha contra la pared del cañón y sostuvo su muñeca sobre la piedra. Unos cuantos golpes bien dirigidos con el improvisado martillo bastaron para quebrar el oxidado hierro fundido, y la esposa cayó en dos piezas.
La muñeca de la joven quedó libre sin más que una ligera magulladura en la piel. La segunda esposa se rompió con la misma facilidad. Ross bajó suavemente a la muchacha al suelo.
Liberar sus tobillos fue más difícil. Los grilletes eran de construcción más pesada y resultaban más duros de romper sin causarle daño. Sin embargo, colocando una roca bajo el grillete y con cuidado, Ross logró finalmente destrozar el hierro fundido sin más que magullar los delicados tobillos de la joven.
En un instante descargó el equipaje de uno de los burros y extendió su manta en el suelo. Recogiendo a la inconsciente muchacha, la colocó sobre las mantas e improvisó una almohada con su abrigo.
Casi frente al lugar donde la joven había estado encadenada, el pequeño hilo de agua había formado una diminuta poza entre las rocas. Tomando una taza de hojalata de su equipo de campamento, Ross corrió hacia la poza, llenó la taza y en un instante estaba arrodillado junto a la muchacha.
Mojando sus dedos en el agua, la roció sobre su rostro, luego le bañó cuidadosamente la frente y comenzó a frotarle las muñecas.
Pasaron diez minutos completos antes de que la joven mostrara señales de recuperar la conciencia. Entonces sus párpados comenzaron a temblar. Finalmente suspiró profundamente y sus ojos se abrieron lentamente.
Stanley Ross pensó que nunca había visto una expresión de terror tan absoluto como la que apareció en los ojos de la muchacha. Era como si acabara de despertar de una pesadilla terrible y aún estuviera bajo su influencia aterradora. Una mirada semejante podría haber aparecido en los ojos de una esclava cuando Nerón gobernaba en Roma.
Por un momento, la conciencia luchó contra aquella pesadilla que bullía en la mente de la joven y finalmente venció. Sus ojos se abrieron de par en par. Una media sonrisa cruzó lentamente su rostro. Fuera cual fuese la causa de su terror, la joven evidentemente reconocía en Ross a un amigo.
Sus labios, secos y agrietados, se movieron con dificultad, pero Ross vio que formaban la palabra: “¡Agua!”
Levantando su cabeza, humedeció los labios de la joven con la taza y luego le permitió beber hasta saciarse. Pero la debilidad aún dominaba su cuerpo, y ella volvió a hundirse en las mantas, exhausta. Sus ojos se cerraron de nuevo.
—No intentes hablar —aconsejó Ross—. Solo quédate allí y descansa hasta que te prepare algo. Entonces podrás contarme lo ocurrido.
Por una vez en su vida, Ross se alegró de haber seguido el consejo de otro hombre. Cuando había iniciado su peregrinaje por el desierto, un viejo buscador de oro le había recomendado incluir unas cuantas latas de sopa en su equipo. Ross había protestado, viendo inútil cargar peso extra, pero el viejo “ratón del desierto” había insistido.
Ross había incluido la sopa. Hasta ahora no la había necesitado, pero ahora iba a demostrar su valor.
Reuniendo unas cuantas ramas secas de los sauces enanos que crecían alrededor de la poza, Ross pronto encendió un pequeño fuego. Abrió una lata de sopa, la calentó sobre las llamas y llevó una taza a la muchacha.
—¡Oh, está tan buena! —murmuró ella después de vaciar la taza—. Gracias.
—¿Te sientes con ánimos de hablar? —preguntó Ross.
Por un momento la joven lo miró con franqueza. Luego sacudió la cabeza con cansancio.
—No… no todavía… por favor. Estoy… tan… cansada. —Se hundió de nuevo en las mantas.
Comprendiendo que, por el momento, el descanso era lo más importante para ella, Ross la cubrió con una manta y se dedicó a sus tareas de campamento.
Terminó de descargar a los burros y los dejó sueltos para que mordisquearan los escasos manojos de hierba que crecían junto al arroyo filtrado. Hecho esto, se puso a preparar su propia comida.
Ya era anochecer, y para cuando hubo cocinado y cenado, la oscuridad se había asentado sobre el pequeño cañón. Lavando sus pocos utensilios en la poza, Ross los dejó a un lado y se dedicó a buscar suficiente leña para mantener vivo el fuego.
En la oscuridad, esta tarea resultaba algo complicada, y Ross estuvo ausente del campamento por un buen rato. Cuando regresó, vio que su extraña huésped evidentemente se había quedado dormida.
Ross echó algo de leña al fuego y se sentó con la espalda contra una roca. Encendió su pipa y se recostó para contemplar los sucesos de la tarde y la noche.
Su primera reacción mental al encontrar a la joven había sido de intensa rabia: que alguien, sin importar la causa o las circunstancias, pudiera ser tan absolutamente inhumano como para perpetrar semejante acto. Aún estaba enojado, pero se había enfriado lo suficiente como para considerar el asunto con calma.
No parecía haber explicación alguna a simple vista. Hasta donde Ross sabía, no había ninguna vivienda humana en todo aquel desierto, y sin embargo ese sendero por el pequeño cañón había sido usado con frecuencia y recientemente. En algún lugar más arriba del sinuoso camino debía estar la solución al misterio. Pero qué podría ser, o si alguna vez lograría resolverlo, Ross no podía imaginar.
Todo el asunto era grotesco, extraño. Que alguien encadenara a una joven a una pared rocosa en medio de un desierto abrasado por el sol era completamente incomprensible. La muchacha no tenía aspecto vulgar ni criminal. Al contrario, era bonita, delicada y obviamente refinada. Su ropa hablaba de un entorno muy distinto. Cómo alguien podía ser tan inhumano como para someterla a semejante trato era insondable.
Sentado allí, fumando y observando a la joven, reflexionando sobre lo extraño del asunto, Ross no podía darse ninguna explicación. Lo único que quedaba por hacer, aparentemente, era esperar a que la muchacha despertara y luego esperar a que hablara.
En cualquier caso, la aventura que había deseado parecía estar al alcance. A dónde lo llevaría, no tenía idea.
El fuego fue apagándose poco a poco. La joven seguía dormida. Ross retiró la pipa de su boca. Su cabeza se inclinó. En media hora la fogata se había reducido a una brasa.
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La cabeza del hombre se había inclinado hacia adelante sobre su pecho; su cuerpo se había relajado cómodamente contra el soporte. Él también dormía.
Las horas pasaron lentamente…
Con un sobresalto, Ross despertó. El primer resplandor tenue del amanecer se deslizaba hacia el pequeño cañón. Era de mañana.
Avergonzado, Ross se frotó los ojos, consciente de que había permitido que el sano cansancio de un día en el desierto venciera sus sentidos y lo llevara al sueño, cuando había tenido la intención de vigilar durante toda la noche.
Poco a poco los sucesos de la noche anterior volvieron a su memoria, y miró hacia el lugar donde había envuelto a la joven en sus mantas. ¡El lecho estaba vacío!
¡La muchacha había desaparecido!
CAPÍTULO TRES: UNA AVENTURA CON VENGANZA
En un instante Ross estaba de pie, la niebla del sueño se despejó automáticamente de su mente.
Una sola mirada bastó. El amanecer estaba lo suficientemente avanzado como para que pudiera ver tanto hacia arriba como hacia abajo del cañón. Era evidente que la muchacha había desaparecido durante la oscuridad.
Todo el asunto era tan absolutamente imposible, tan irreal, tan parecido a una aventura de *Las mil y una noches*, que Ross estuvo a punto de creer que había sido solo un sueño, una alucinación del desierto. No fue hasta que sus ojos buscaron nuevamente la pared del cañón que se convenció de que no había estado bajo alguna aberración mental.
No podía negar lo que veía. Allí estaban las cuatro pesadas cadenas sujetas a la pared del cañón, y allí estaban los cuatro grilletes rotos, prueba muda de que había tropezado con una situación tan exótica como uno de los propios espejismos del desierto.
No, no cabía duda de que la muchacha había existido realmente. Tampoco cabía duda de que había desaparecido. La única criatura viva a la vista era Archibald, que permanecía con la cabeza inclinada sobre las cenizas muertas del fuego de la noche anterior, en su habitual estado de abatimiento miserable.
Al principio parecía imposible que la joven hubiera abandonado el campamento sin ayuda, y parecía igualmente seguro que nadie podría haberla llevado por la fuerza sin despertar a Ross.
Sin embargo, al pensarlo, Ross comprendió que el agotamiento llegaría rápidamente a alguien encadenado a la roca y expuesto al sol sin comida ni agua. La recuperación probablemente llegaría con la misma rapidez. La muchacha había tenido agua y alimento la noche anterior, y bien podría haber reunido fuerzas suficientes para marcharse, si así lo había decidido. No parecía haber otra explicación.
—Bueno, Archibald —dijo Ross, cayendo en su costumbre de dirigirse al burro—, cuando empecé este viaje pensé que tú y Percy eran los únicos asnos de la partida. Ahora estoy convencido de que somos tres. Llevo meses ansiando aventura. Ayer me topé de golpe con el misterio más loco, ¡y luego me duermo y dejo que todo se me escape! Los tontos no piensan, pero supongo que tienen que comer —concluyó para sí mismo.
Se puso a preparar su desayuno, mientras reflexionaba sobre el asunto. Cuanto más lo pensaba, más misterioso se volvía.
Terminado el desayuno, lavó sus platos y luego se acercó a recoger su rollo de mantas. De inmediato se detuvo en seco. Allí, frente a él, grabado en la arena del cañón, había un mensaje:
“Por favor, márchese. Solo hay gran peligro si investiga más.”
No cabía negar la sinceridad de aquel mensaje. Unido al testimonio silencioso de los inhumanos grilletes, significaba que la muchacha, quienquiera que fuese, estaba en verdadero peligro.
Recobrando sus fuerzas, se había escabullido en la noche, pero antes de irse había dejado una advertencia al hombre que la había liberado. Era evidente que no deseaba arrastrar a un extraño a un peligro que consideraba suyo.
La advertencia, sin embargo, actuó sobre Ross como un trapo rojo sobre un toro. Era un desafío a su hombría, a su sed de aventura. En algún lugar de aquel estrecho cañón había un misterio; y también, en algún lugar, una muchacha en peligro desconocido, una muchacha que claramente necesitaba ayuda y un amigo.
Le tomó apenas unos minutos reunir a los burros y asegurar los cargamentos.
—Ahora procederemos a rescatar a la doncella.
—¡Arriba las manos, y rápido!
Ross giró al escuchar la voz áspera… y se encontró mirando directamente al cañón de un feo revólver. Detrás de él estaba el rostro más villano que Ross había visto jamás.
—¡Vamos! ¡Arriba las manos! —repitió el dueño del arma.
La situación era demasiado irreal para tomarla en serio.
—Ah, Archibald, la trama se complica. Primero encontramos a la Belleza; ahora encontramos a la Bestia. Apunta esa pistola hacia otro lado, amigo. Podría dispararse y asustar a mi compañero de orejas largas. Es delicado, y no me gusta que se le alteren los nervios.
—¡Arriba esas manos antes de que te agujeree!
Ross sintió el cañón del arma clavarse en sus costillas, y una mano experta registró rápidamente su cuerpo. Su pistola automática, que llevaba únicamente con el propósito de exterminar serpientes de cascabel, fue trasladada al bolsillo del otro.
La actitud violenta del pistolero era demasiado real para tomarla a la ligera. No cabía duda de que hablaba en serio.
—Ya puedes bajarlas ahora —dijo el hombre armado, retrocediendo un paso.
Ross se volvió y examinó a su captor.
—Si no le importa decírmelo —preguntó con frialdad—, ¿a quién debo agradecer esta visita tan temprana?
—Guárdate la palabrería. Todo lo que sé es que el gran jefe dijo que te trajera, y te estoy trayendo.
—Entonces debo entender que soy un prisionero.
—Entiende lo que quieras. Ahora ponte en marcha.
La resistencia era inútil. Su aire de bravura temeraria se había desvanecido; hirviendo por dentro ante la indignidad que se le imponía, Ross giró y comenzó a avanzar pesadamente por el sendero del cañón.
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Quizá durante unos cuatrocientos metros el estrecho cañón se abrió paso recto a través de la roca. Luego, de pronto, comenzó una serie de giros intrincados, como si hubiera intentado un paso y se hubiera visto frustrado, obligado a tomar una nueva dirección cada quince metros.
Por un rato, Ross avanzó sin hablar. De pronto volvió la cabeza y preguntó:
—¿A dónde me llevas exactamente, y quién es el “gran jefe”?
—No andes haciendo preguntas tontas. ¡Sigue andando!
Tras otro cuarto de milla de giros bruscos, el cañón se ensanchó de repente, y Ross se encontró mirando hacia una depresión rodeada por todos lados de altas paredes de roca perpendiculares, lisas y rectas.
La depresión era de forma ovalada, y cerca del centro había un grupo de edificios de adobe, cinco en total. Hacia ellos dirigió su captor la marcha.
Mientras avanzaba, Ross buscó con atención señales de vida; pero aunque escudriñó cada rincón posible con la mirada, no pudo ver ni hombre ni bestia. El lugar parecía absolutamente desierto.
En el primer edificio, una pequeña construcción de adobe que se alzaba algo apartada de las demás, se le ordenó a Ross detenerse. Abriendo una pesada puerta, el hombre le indicó con el arma que entrara. Ross cruzó el umbral, y al instante la puerta se cerró con estrépito tras él.
Oyó caer el cerrojo pesado en su lugar. Luego escuchó los pasos de su captor alejándose.
Por primera vez, Ross comprendió que realmente era un prisionero, y que lo habían capturado con algún propósito definido.
La habitación en la que se encontraba medía unos tres metros y medio de lado. Las paredes eran de adobe; el suelo, del mismo material, duro y alisado. Había dos pequeñas ventanas, pero ambas estaban fuertemente protegidas con gruesas rejas de hierro, incrustadas profundamente en el adobe endurecido. El mobiliario consistía en una mesa tosca y una silla.
Una sola prueba de fuerza mostró a Ross que nunca podría abrir la puerta. Haría falta una palanca o un hacha, y en la habitación no había herramienta alguna. Las paredes tenían al menos cuarenta centímetros de espesor. Bajo el ardiente calor del desierto, el adobe se había endurecido como cemento. A menos que recibiera ayuda desde fuera, no parecía haber posibilidad de escape.
El tiempo pasó. Finalmente dejó de vagar inútilmente por la habitación y se hundió en la silla.
Su pipa y su tabaco aún estaban en el bolsillo. Sacó la pipa, la encendió y se puso a considerar su extraño predicamento.
Parecía que habían transcurrido siglos antes de que detectara pasos que se acercaban. El cerrojo se levantó. La pesada puerta giró sobre sus goznes. Su captor estaba afuera, arma en mano. Detrás de él había un chino, que llevaba una bandeja con comida.
El chino entró en la habitación, colocó la bandeja sobre la mesa y dispuso la comida. Mientras realizaba este servicio, dijo en un susurro tan bajo que su compañero no pudo oír:
—Missee dice Wong prepara buena cena.
—¡Vamos, chino, date prisa! —gruñó el hombre con la pistola.
La puerta se cerró de golpe. El cerrojo cayó en su lugar. Ross volvió a estar solo.
Con cierta duda, examinó la comida. Las palabras del chino regresaron a su mente: *“Missee dice Wong prepara buena cena.”*
Así que la muchacha sabía que él era prisionero. Bien, lo único que podía hacer era esperar. Pero ¿quién era ella? ¿Y qué significaba su encarcelamiento?
Mientras tanto, no había razón para desperdiciar una buena cena. Ross tenía hambre, y en veinte minutos no quedaba ni una migaja de comida.
Recostándose en la silla, volvió a llenar su pipa y se dispuso a esperar los acontecimientos con la mejor disposición posible.
Pasaron horas antes de que escuchara pasos acercándose a su prisión.
CAPÍTULO CUATRO: ROSS ES INVITADO A CENAR
Ross oyó una llave en la cerradura, y un momento después la pesada puerta se abrió. Era nuevamente el pistolero. Evidentemente no estaba dispuesto a correr riesgos con su prisionero, pues otra vez sostenía el revólver preparado.
—¡Sal de ahí! —ladró, señalando con el arma para que Ross saliera del cuarto—. El gran jefe quiere verte.
—¿Ah, sí? —respondió Ross—. Tal vez ahora descubra de qué se trata todo esto.
—Lo descubrirás, seguro. Quizá más de lo que quieras.
—Sabes, creo que no voy a agradarte en absoluto. No me sorprendería tener serios problemas contigo todavía. Pero adelante.
La ironía de Ross estaba lejos de agradar al pistolero. Lo miró con odio por un momento, como si estuviera a punto de infligirle un castigo físico, pero finalmente lo pensó mejor y soltó con brusquedad:
—Yo no guío; yo sigo. ¡Muévete!
Ross fue conducido al mayor de los edificios de adobe, evidentemente usado como vivienda, y fue llevado directamente a un dormitorio.
Había esperado cualquier cosa menos lo que ahora veía. La habitación era como la que podría encontrarse en una mansión de piedra marrón en la Quinta Avenida. El suelo estaba cubierto por una alfombra profunda y suave. Había una cama de caoba, con una colcha blanca impecable, y un tocador del mismo material. A un lado del tocador se alzaba un espejo de cuerpo entero.
—El gran jefe dijo que debías afeitarte y luego vestirte para la cena. Encontrarás toda la ropa ahí, sobre la cama —el pistolero señaló con un ademán del arma hacia la cama.
Ross miró. Sobre la cama había un atuendo completo de etiqueta, desde la camisa con botones de perlas hasta los zapatos de charol.
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Se sorprendió al descubrir que la ropa le quedaba bien. Los zapatos de charol estaban un poco ajustados y el traje algo estrecho, pero media hora más tarde, cuando se contempló en el largo espejo de cuerpo entero, quedó bastante satisfecho.
—Muy bien, carcelero, vamos allá. Estoy curioso —dijo.
Su captor lo condujo por la larga veranda, y un momento después fue introducido en una amplia sala donde una mesa estaba dispuesta para la cena.
CAPÍTULO CINCO: UNA EXTRAÑA CENA
Para entonces Ross estaba preparado para casi cualquier cosa, y aun así la habitación en la que entró resultó más asombrosa que el dormitorio.
En el centro se alzaba una mesa dispuesta para cuatro personas. Resplandecía con cristalería, plata y mantelería impecable. A un lado de la sala había un enorme aparador. Su superficie estaba cubierta de copas, cocteleras y diversas botellas, cuyo contenido era evidente.
Sin embargo, lo que más atrajo su atención fueron los ocupantes de la sala. Eran tres: dos hombres y una mujer. Allí, por fin, iba a conocer el significado de los extraños sucesos de las últimas veinticuatro horas.
Los dos hombres estaban juntos y evidentemente conversaban. Ambos vestían impecables trajes de etiqueta. La joven permanecía aparte; distante, al parecer. A pesar de su vestido de noche, Ross la reconoció de inmediato como la muchacha que había encontrado en el cañón.
Uno de los hombres era joven y de complexión extraordinariamente fuerte. Sus anchos hombros musculosos sugerían una fuerza fuera de lo común. Su cabello era áspero y rojo; el color se reflejaba en su tez encendida. El rostro era fuerte y habría sido atractivo de no ser por un detalle: los ojos. Eran pequeños, hundidos y demasiado juntos. Podrían describirse como porcinos. El brillo apagado en ellos no era tranquilizador. Ross supo al instante que aquel hombre no le agradaba.
El segundo de los hombres, sin embargo, era realmente llamativo. De hecho, era una figura sorprendente. Su estatura superaba la media, más de un metro ochenta, y era delgado hasta la emaciación. Ross pensó que nunca había visto a un hombre tan alto y a la vez tan delgado. Era tan flaco que resultaba casi ridículo, y sin embargo parecía poseer una fuerza de látigo en su cuerpo.
Su rostro era estrecho y tan enjuto como su cuerpo. Una nariz fina y alta dividía un par de penetrantes ojos negros. Eran los ojos los que captaban la atención inmediata. Sus luces cambiantes brillaban intensamente. Parecían vivos con mil fuegos.
Ross registró de inmediato la impresión de que aquel hombre poseía un poder personal inusual, o que estaba completamente loco. Esos ojos no permitían otra conclusión.
Cuando Ross fue conducido a la sala, fue este extraño individuo quien avanzó de inmediato.
—Ah, nuestro invitado ha llegado —dijo. Su voz era suave como terciopelo, pero llevaba una cualidad irritante, cortante y apenas disimulada—. Adelante, señor Waring; la cena será servida enseguida. Wong, el vino.
De algún lugar apareció el chino Wong y, sacando una silla, indicó el lugar de Ross en la mesa. Inmediatamente llenó las copas con un líquido espumoso. Ross lo reconoció como champaña.
No hubo oportunidad de responder. De hecho, Ross estaba demasiado desconcertado para pensar en algo adecuado que decir. En un momento volvería a ser él mismo, pero por ahora su mente estaba en completo desorden.
Mientras el hombre mayor saludaba a Ross, la joven y el hombre más joven tomaron sus lugares en la mesa como si solo hubieran estado esperando su llegada para comenzar la comida. Cuando Ross avanzó, siguiendo la indicación del sirviente, su anfitrión levantó la copa de vino que estaba en su sitio.
—Brindaremos por la salud de nuestro invitado —dijo con calma.
Automáticamente, Ross levantó su copa. Los demás hicieron lo mismo. Por un instante las cuatro copas se alzaron, las luces jugando en sus profundidades brillantes. Entonces el hombre mayor se volvió hacia Ross con una reverencia elaborada y dijo con una voz dura como acero gris:
—Señor Waring, permítanos brindar por su excelente salud… ¡porque mañana será ahorcado!
Las palabras fueron como un soplo helado. Hasta ese momento todo el asunto le había parecido más bien ridículo a Ross. Había comprendido que estaba en peligro en ocasiones, pero nunca había imaginado que ese peligro implicara la pérdida de su vida.
Ahora comprendía que su propia vida estaba en juego; más aún, que a menos que encontrara alguna manera de librarse de su predicamento, estaba seguro de perderla. No cabía negar el significado del brindis. Ross no sabía por qué, pero sí sabía que aquel extraño alto y enjuto, de ojos enloquecidos, pensaba matarlo con toda certeza.
Por un momento, el joven neoyorquino perdió su aplomo. Se quedó con la copa suspendida en la mano, su mente girando. Pero solo fue un instante. En un segundo había recuperado la compostura. Alzando la copa a sus labios, la vació de un trago y se volvió hacia su anfitrión.
—Gracias, señor —dijo con descuido—, por sus buenos deseos para mi salud. Odio contradecirlo, pero no creo que me ahorque mañana. Y mi nombre tampoco es Waring. Resulta que es Ross.
—Como guste, señor Waring, como guste. Cualquier nombre serviría igual. Y le aseguro que tendré el placer de colgarlo mañana. Permítame advertirle también, señor Waring, que no intente nada. Quiero que esta cena sea pacífica. Es una cena de compromiso —añadió, con una reverencia exagerada hacia la joven—, la ocasión del desposorio de mi querida sobrina con el señor Beebe aquí presente. Sé que le interesará, señor Waring. Pero, para evitar cualquier idea que pudiera tener de brindar un entretenimiento innecesario, he colocado a mis amigos, el señor Garfin y el señor Poole, en la puerta con instrucciones de disparar si se pone revoltoso. Ahora, comamos.
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Ross miró por encima del hombro y encontró a Garfin recostado en la puerta por la que había entrado, con una sonrisa maligna arrugando su rostro. En la puerta opuesta se apoyaba otro individuo tan feo como Garfin. Evidentemente era Poole. Ambos tenían armas. Era obvio que, por el momento, no había posibilidad alguna de escapar.
En gran parte, aquella cena fue una pesadilla para Ross. Después se preguntó cómo había logrado pasar por ella.
Tras la primera efusión, el hombre mayor no hizo esfuerzo alguno por incluir a Ross en la conversación. Agradecido por ese respiro, Ross intentó reunir sus pensamientos y formarse una idea de su situación y de las personas con las que tenía que tratar.
El hombre mayor sostuvo una conversación animada y continua, principalmente con el hombre al que había designado como Beebe. Varias veces se dirigió a Ross, pero siempre de tal manera que era evidente que no esperaba respuesta. En varias ocasiones incluyó a la joven en su charla, pero la única vez que ella respondió fue para contestar una pregunta, y entonces se limitó a decir: “No, tío Arthur.”
Una o dos veces Beebe se dirigió al hombre mayor como “señor Ward”, por lo que Ross concluyó que su nombre era Arthur Ward. La identidad de la joven no pudo averiguarla, salvo que su nombre de pila era Virginia.
Beebe ignoró a Ross y, por su actitud, parecía estar buscando el favor de Ward. En cuanto a la muchacha, permaneció en silencio, con los ojos bajos, manteniéndose claramente distante. Una o dos veces Ross captó un mensaje fugaz en sus ojos. Le pareció que estaba en absoluto terror, aunque con perfecto control de sus nervios.
En esos destellos de sus ojos Ross estuvo seguro de percibir una súplica muda de ayuda. Si aquella era una cena de compromiso, Ross estaba convencido de que el compromiso no contaba con el consentimiento de una de las partes, y decidió en ese mismo momento no solo lograr su propia fuga, sino también ayudar a la joven.
La comida era excelente y perfectamente servida por el chino, pero Ross no habría podido nombrar un solo plato, y pensó que la cena nunca terminaría. La presencia de Garfin y Poole era prueba muda de que, por el momento, no podía hacer nada. Cuando finalmente la comida terminó y Ward empujó hacia atrás su silla, Ross sintió un alivio distinto. Al menos era el comienzo del final.
—Ahora, señor Waring —dijo Ward con suavidad—, iremos a mi estudio, donde tengo algunas cosas que decirle antes de que demos por terminada esta agradable pequeña reunión. No creo que mi sobrina desee acompañarnos.
Se levantaron de la mesa, y Ross fue conducido a una habitación contigua que resultaba aún más llamativa, a su manera, que cualquiera de las otras en las que había estado esa noche.
Un fuego vivo ardía en una amplia chimenea, sobre la cual se alzaba una magnífica cabeza de carnero. Otros trofeos similares adornaban las demás paredes. Intercalados con ellos había armas de fuego, armas indias, lazos de crin de caballo… en fin, todo tipo de arreos y trofeos del Viejo Oeste. Era una colección notable, una que en otras circunstancias habría interesado profundamente a Stanley Ross.
Al instante comprendió de dónde habían salido aquellos curiosos grilletes anticuados que habían aprisionado a la muchacha. Allí había varios pares similares.
Ross fue conducido a una silla frente al fuego. Ward tomó otra, frente a él, mientras Beebe se sentaba en un amplio banco al otro lado de la chimenea. Ross aguardó expectante.
Ward ofreció a su invitado un cigarro. Escogiendo uno para sí, cortó la punta con deliberada calma y lo encendió con irritante parsimonia. Finalmente se recostó en su silla y miró fijamente a Ross con sus ojos enloquecidos. Una diminuta sonrisa, cínica y cruel, se curvó en su boca de labios delgados.
—Podría haberlo hecho matar de inmediato, señor Waring —dijo con deliberación, su voz suave y modulada, pero mordaz, ardiente—, pero no quise hacerlo. En cambio, quise traerlo aquí esta noche para que comprendiera plenamente lo serio que es esto, y lo inútil que resulta enfrentarse a Arthur Ward. Y además, quería que mi sobrina supiera que debe obedecerme absolutamente.
—Supongo, señor Ward —preguntó Ross—, que sería completamente inútil decirle que mi nombre no es Waring en absoluto; que ni siquiera conozco a nadie con ese nombre, o que nunca había visto a su sobrina hasta anoche.
—Completamente inútil, se lo aseguro, señor Waring. Estoy absolutamente seguro de su identidad. No cometo errores.
—Señor Waring, nunca olvido una ofensa. La recuerdo para siempre, y mi único mal rasgo es que siempre me vengo. De cualquier modo lo habría atrapado al final, Waring, pero su tonta maniobra de seguir a mi sobrina aquí me ahorró muchos problemas. Waring, debería haber sabido que de todas las personas en la tierra usted tendría la menor posibilidad de casarse con mi sobrina.
—Esta noche puede tener el extremo placer de reflexionar que apenas esté muerto, Virginia será la esposa de Beebe.
—¿Y si ella se niega? —preguntó Ross.
—Estamos a cien millas de cualquier lugar, Waring. Podrían suceder cosas que harían que Virginia se sintiera feliz de casarse con Beebe… o con cualquiera.
—Una cosa más, Waring, y luego terminaremos esta entrevista —continuó Ward con desapasionada calma—. Quiero que sepa que esto es solo el comienzo. No estaré satisfecho hasta exterminar a toda su familia. Puede que me lleve años, pero ciertamente tendré el placer de matar a su hermano y a su padre. No conviene hacerle daño a Arthur Ward.
—Tendrá esta noche para reflexionar sobre lo que pudo haber sido. Por la mañana lo colgaré.
—Eso es todo lo que tengo que decir, y como será completamente inútil que usted diga algo, lo mejor será que regrese a su habitación. El señor Garfin y el señor Poole se asegurarán de que tenga un regreso seguro.
Ross sabía que, por el momento, tendría que someterse. Resistirse sería inútil ahora. Estaba solo contra cuatro. Las probabilidades eran demasiado grandes. Solo podía esperar, confiando en que la noche le brindara una oportunidad.
Sin embargo, antes de irse no pudo resistir una última muestra de bravata —una bravata que en absoluto sentía.
Levantándose de su asiento, Ross hizo una profunda reverencia a Ward.
—Buenas noches, señor Ward. Gracias por una cena excelente y una velada muy entretenida. Y permítame asegurarle que no me colgará por la mañana.
Dándose la vuelta, Ross salió de la habitación.
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CAPÍTULO SEIS: UNA ESPERANZA DESVENTURADA
Cuando Ross salió a la oscuridad, su primer pensamiento fue lanzarse en una carrera hacia la libertad. Esa esperanza murió casi antes de nacer, pues sintió el cañón de un revólver presionado contra sus costillas y la voz áspera de Garfin gruñó en su oído:
—Haz un solo movimiento para escapar y te disparo. El jefe dice que va a colgarte en la mañana, pero yo preferiría ahorrarle el trabajo.
Ross sabía que Garfin no se entregaba a palabras vacías. El pistolero lo mataría con gusto. Además, en las sombras otra figura los acompañaba de cerca. Sabía que era Poole y que, si lograba vencer a Garfin, sus posibilidades de escapar de las balas del segundo pistolero serían muy remotas. No, aún no era el momento.
Los tres regresaron pesadamente a la prisión de una sola habitación de Ross, y en apenas un minuto la puerta se cerró de golpe, el cerrojo cayó en su lugar y la cerradura chasqueó su mensaje cruel.
Una vez más era prisionero.
Ross buscó en la oscuridad la tosca silla y se dejó caer en ella. Sabía que, por el momento, no había posibilidad de escapar, así que se entregó a contemplar su situación.
¿Quién era aquella extraña muchacha a la que había rescatado, solo para verla desaparecer en la noche? ¿Por qué no había hablado esa noche? ¿Por qué no le había dado ninguna señal de acción? ¿Quién era Beebe, que aceptaba un compromiso evidentemente odioso para la joven? Y, finalmente, ¿quién era Ward con sus ojos enloquecidos?
¿Quién era Waring, y qué había hecho para merecer una venganza tan maliciosa por parte de Ward?
Ross se formuló estas y muchas otras preguntas, pero no halló respuesta satisfactoria a ninguna. Solo se presentaba un revoltijo de misterios desconcertantes. Su mente hervía con soluciones imposibles, pero tuvo que admitir que en realidad estaba completamente perdido.
Solo unos pocos hechos se destacaban como base sobre la cual trabajar.
Él, Ross, había sido confundido con otro hombre, de nombre Waring. Ward evidentemente odiaba a Waring con intensidad y estaba decidido a darle muerte por una ofensa, real o imaginaria. No cabía duda tampoco de que Ward estaba, en cierto grado, loco.
Qué papel jugaba Beebe, Ross no podía determinarlo, más allá de que gozaba del favor de Ward y que deseaba a la muchacha, dispuesto a tomarla en cualquier condición que pudiera conseguirla.
La joven estaba claramente en gran peligro. Se veía que odiaba a Beebe, pero al mismo tiempo era incapaz de resistir cualquier orden de su tío. Ross podía ver con claridad que estaba en una situación en la que la muerte quizá sería preferible a lo que enfrentaba.
Y, sin duda, estaba el hecho de que él, Ross, estaba destinado a morir en la mañana a menos que pudiera idear alguna salida a su dilema.
La noche estaba avanzada cuando terminó de considerar estas cosas. Fue entonces cuando un plan de acción comenzó a sugerirse en su mente. A medida que maduraba, comprendió que era una esperanza desventurada; pero sus circunstancias eran tan desesperadas que no parecía haber otra opción que intentarlo. Sabía que su éxito dependería enteramente del elemento sorpresa.
Una vez decidido en su mente lo que debía hacer, Ross se dejó caer sobre la tosca mesa y pronto quedó profundamente dormido.
Apenas amanecía cuando despertó, pero no se permitió volver a dormirse. Iba a estar preparado.
Pasaron tres horas completas antes de que escuchara pasos que se acercaban. Deslizándose silenciosamente por la habitación, Ross se aplastó contra la pared junto a la puerta y esperó.
Los pasos se acercaban más y más. Una llave chirrió en la cerradura. Se oyó un clic. El cerrojo se levantó. Lentamente la puerta giró sobre sus goznes.
Como un relámpago, Ross salió de su escondite y se lanzó por la puerta. El único ser humano a la vista era Garfin. Como un rayo furioso, Ross se abalanzó sobre él.
Tomado por sorpresa, Garfin apenas tuvo tiempo de disparar antes de que Ross estuviera encima. Demasiado sobresaltado para apuntar con precisión, su bala se perdió. Con una fuerza terrible, Ross lo golpeó con todo el impacto de su cuerpo. Los dos cayeron enredados en un montón. El arma de Garfin fue arrancada de su mano y salió rodando varios metros.
Garfin no carecía de cierto tipo de valor, pero toda su vida había dependido de un arma para imponer sus argumentos. El combate físico no había sido nunca su fuerte, y ahora se encontraba sin posibilidad de igualar a su joven adversario.
Stan Ross estaba lejos de ser un débil físicamente: largos meses caminando por el desierto lo habían endurecido como el acero. No hacía mucho había sido conocido como jugador de fútbol americano de cierta fama. Ahora utilizaba ese conocimiento del combate cuerpo a cuerpo en toda su extensión.
Tomando a Garfin por sorpresa, Ross tenía la ventaja inicial, y cuando ambos cayeron, él quedó encima. Golpeando, pateando, usando la fuerza aplastante de su cuerpo, se lanzó contra el pistolero en una tormenta demoníaca. Por un instante pareció que lo dejaría inconsciente antes de que pudiera ofrecer resistencia alguna.
Pero Garfin estaba luchando por su vida y lo sabía. No iba a ser vencido tan fácilmente. En un instante los dos hombres se revolcaban y forcejeaban en el suelo en una lucha feroz.
Sin embargo, la juventud no podía ser negada. Aquellos golpes como martillazos estaban teniendo un efecto decisivo. Garfin se debilitaba. Poco a poco Ross lo estaba desgastando.
Ross buscó la garganta de su enemigo. La respiración de Garfin llegaba en jadeos. Sus ojos se salían de las órbitas. Gradualmente Ross levantó la rodilla hasta presionarla contra el estómago de Garfin. Un esfuerzo final pondría fin a la lucha. Lentamente la cabeza de Garfin se echaba hacia atrás. Entonces—
Un golpe brutal y cegador alcanzó a Ross en la cabeza. Por un breve instante mil fuegos estallaron ante sus ojos. Luego, la negrura absoluta.
Se desplomó hacia adelante sobre el cuerpo de su adversario.
CAPÍTULO SIETE: WONG INTERVIENE
Cuando Ross volvió a la conciencia lo hizo con una sensación de desconcierto. Su cabeza parecía llena de punzadas de dolor; sus ojos ardían intensamente; su cuerpo estaba adolorido y rígido.
Poco a poco luchó contra la niebla en su cerebro y abrió los ojos. Apenas alcanzó a darse cuenta de que estaba de nuevo en su habitación de prisión, tendido sobre la mesa. Con esfuerzo doloroso se incorporó.
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Ross vio entonces que no estaba solo. Había otra persona en la habitación. A medida que sus ojos penetraban la penumbra, se dio cuenta de que el hombre frente a él era Arthur Ward.
Instantáneamente su mente se despejó, y se giró para enfrentar a su carcelero.
Ward estaba de pie en el centro de la habitación, con los pies separados y las manos detrás de la espalda. Una sonrisa sardónica desfiguraba su rostro.
—Bueno —preguntó—, ¿así que decidiste no morir?
—Sí, decidí no morir —respondió Ross—. Podría recordarle también que ya no es de mañana y no me han colgado.
—No, y tampoco lo harán. He preparado una muerte mucho más agradable para ti.
—¡Gracias!
—No malgastes tus gracias —replicó Ward—. Antes de que todo termine estarás muy lejos de agradecerme. Verás, Waring, tu pequeño estallido de esta mañana me hizo pensar. Si hubieras aceptado las cosas tranquilamente, te habría colgado y todo habría terminado. Pero tuviste que intentar escapar, y eso me hizo pensar que la horca era demasiado benigna para ti. Terminaría demasiado rápido. No habría tiempo para reflexionar. Así que ideé algo realmente apropiado para tu caso.
Mientras Ward hablaba, Poole había entrado cargando una caja de madera que depositó con cuidado en un rincón y luego se retiró rápidamente. Parecía tener miedo.
—Sí, Waring —prosiguió Ward—, he planeado una muerte para ti que me gusta mucho más que la horca. Y, maldita sea tu alma podrida por toda la eternidad —gruñó—, ¡sabrás lo que es el verdadero tormento antes de morir!
Con un movimiento repentino, giró, pateó la tapa de la caja, salió disparado por la puerta y la cerró de golpe antes de que Ross comprendiera lo que estaba haciendo.
Medio desconcertado, tardó un momento en dar sentido a la acción de Ward. Entonces comprendió que había un profundo significado en aquella caja que Poole había traído. Algún presagio siniestro se ocultaba en esa caja de madera.
Fascinado, Ross se quedó mirando la caja, consciente de que contenía su destino, sin saber qué esperar y ciertamente sin imaginar lo que se desarrollaría.
Durante un largo minuto no ocurrió nada. Ross se puso nervioso por la tensión. Luego un zumbido tenue surgió de la caja. Silencio. De nuevo aquel extraño sonido. Y otra vez. Un roce deslizante, como de seda rígida frotándose.
Y entonces el cuero cabelludo de Ross se erizó de horror y su sangre se heló en las venas, pues sobre el borde de la caja apareció una cabeza horrible y balanceante. ¡Luego otra! ¡Una tercera! ¡Y una cuarta!
¡Eran enormes serpientes de cascabel de lomo de diamante!
Al reconocerlas, Ross supo de inmediato que estaba atrapado. Bajar al suelo significaba la muerte, una muerte horrible y espantosa. Permanecer sobre la mesa…
Instintivamente, subió los pies a la mesa mientras los grandes reptiles salían de la caja, uno tras otro. Contó ocho en total.
Ross se entregó a una negra desesperación. Allí abajo, en el suelo, lo aguardaba un destino demasiado atroz para describirlo…
❖
Debieron de haber pasado al menos dos horas, y el crepúsculo ya se asentaba oscureciendo la habitación, cuando Ross oyó pasos.
Se acercaban a su prisión. Por un momento, su corazón dio un salto ante la posibilidad de un rescate. Pero la puerta no se abrió. En cambio, escuchó la voz burlona de Ward desde afuera:
—Oh, estás bastante seguro por ahora, Waring. No pueden alcanzarte mientras permanezcas en esa mesa. Yo lo planeé. ¿No fue amable de mi parte ser tan considerado? Pero no habrá comida ni habrá agua, y todo el tiempo estarás pasando por el infierno. Eso también lo planeé. Y llegará un momento en que no podrás soportarlo más. O caerás de la mesa por debilidad, o enloquecerás y bajarás al suelo. Ellos siempre estarán esperando, Waring. ¡Y entonces te atraparán, maldito! —La voz, elevándose hasta un agudo crescendo de pasión, terminó en una explosión de risa salvaje y maníaca.
Los pasos que se alejaban le indicaron que Ward se había marchado.
A medida que la penumbra se transformaba en oscuridad absoluta, Ross sintió que iba a enloquecer. Su mente hervía con impulsos descontrolados. Cien veces se imaginó tendido en el suelo, hinchado, ennegrecido. Cien veces atravesó la muerte. Solo aquella esperanza que “brota eterna” lo mantuvo de no bajar al suelo y poner fin a todo.
Poco a poco Ross se tranquilizó. Finalmente se recostó contra la pared en un estado de apatía, sin saber ni importarle cuándo llegaría el final.
Pasó una hora.
De pronto Ross percibió un sonido inusual. Desde algún lugar detrás de él llegó un bajo “¡Hist!”, tan bajo que apenas se podía oír. Sigilosamente se levantó hasta la altura de la ventana enrejada y miró hacia la oscuridad.
Débilmente pudo distinguir una cabeza recortada contra el cielo. Una voz susurrante habló:
—¡Toma!
Inconfundiblemente era la voz de Wong. Se oyó un chirrido, como de algo que pasaba entre los barrotes.
Ross extendió la mano y esta se cerró sobre el frío acero.
¡Una pistola automática!
—¡Toma! —volvió a susurrar la voz.
Esta vez Ross sintió su mano cerrarse sobre un cinturón de cartuchos.
—Yo traer Ga’fin. Tú disparar.
Como un fantasma, la figura en la ventana desapareció sin hacer ruido.
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Al sentir aquel frío acero en su mano, el ánimo de Ross se elevó como una marea. Toda su confianza menguante regresó. De inmediato volvió a ser dueño de sí mismo: seguro, sereno, sin miedo.
Rápidamente se ciñó el cinturón alrededor de la cintura. Con dedos firmes, se aseguró de que la pistola estuviera cargada. Quitando el seguro, se arrodilló sobre la mesa, de cara a la puerta, y esperó.
Ross no sabía si alguna vez saldría vivo de aquella habitación, pero sí sabía que los primeros hombres en abrir la puerta morirían.
CAPÍTULO OCHO: “TE LAS VERÁS CONMIGO”
Arthur Ward estaba de pie de espaldas al gran fuego de la sala, con los pies separados, las manos cruzadas detrás de la espalda, la cabeza inclinada y los ojos mirando desde debajo de sus cejas pobladas. Era una actitud característica y que expresaba de manera peculiar la crueldad calculada del hombre.
Beebe estaba sentado en el amplio banco de la chimenea, con los pies estirados muy por delante de él. Fumaba lentamente, su postura desparramada era toda de aprobación indolente. Las cosas se estaban acomodando bastante a gusto de Larson Beebe.
La joven, Virginia, estaba sentada en una silla algo delante de su tío. La mirada salvaje de sus ojos y su rostro agitado mostraban que estaba atravesando una prueba que la quebraba poco a poco.
—Pero, tío Arthur —exclamó—, seguramente no puede querer hacer esta cosa terrible. ¡Si yo no amo al señor Beebe en absoluto! Apenas lo conozco, y no quiero casarme con nadie.
—Mi querida sobrina —respondió Ward con calma—, el amor no tiene parte alguna en mis planes. El odio gobierna el mundo, y el odio es mi credo. El amor vuelve a las personas blandas e indolentes. El odio es el gran inspirador. El odio hace girar al mundo.
—El sentimiento no tiene lugar en este matrimonio. Es enteramente un matrimonio de conveniencia. Tus inclinaciones personales no tienen ningún peso. Deseo que te cases con Beebe; por lo tanto, lo harás.
El color de la joven se intensificó mientras escuchaba el ultimátum de su tío. Al terminar, una expresión sombría de desafío se asentó en su rostro.
—¡Pues no lo haré! —respondió con firmeza.
—Como quieras, Virginia, pero si no consientes en casarte con Beebe dentro de veinticuatro horas te dejaré aquí sola con él. Imagino que después de un par de semanas de eso estarás bastante dispuesta a casarte con él.
—¡Oh, bestia! —Por un instante, al comprender plenamente el significado de las palabras de Ward, pareció que la joven iba a desmayarse.
Luego, como una fiera acorralada, se volvió contra Beebe en un estallido de furia ardiente.
—Y tú, Larson Beebe, ¿qué tienes que decir? ¿Vas a ser parte de esto? ¿Eres tan bestia como mi tío?
Beebe la miró con tolerancia por un momento desde sus ojos porcinos antes de hablar. Una sonrisa felina de satisfacción curvó sus labios. Respondió lentamente, con indolencia:
—Virginia, estoy loco por ti. Te quiero, y voy a tenerte. Mientras te niegues a amarme, no me importa en absoluto cómo te consiga. Un modo me sirve tanto como otro.
La joven volvió a mirar a su tío. Sus manos se extendieron en un gesto suplicante. Por un instante pareció que iba a rogar. Luego, evidentemente, lo pensó mejor.
—Supongo que entiende, tío Arthur —dijo en voz baja y fría—, que me mataré antes de permitir que esto suceda.
—Mi querida Virginia, parece que no entiendes la situación en absoluto. Estás absolutamente bajo mi poder. No puedes matarte porque no lo permitiré. No te daré la oportunidad. Harás exactamente lo que yo diga.
—¡Todavía no, Ward! Primero te las verás conmigo.
Stanley Ross estaba de pie en el umbral. Pero no era el Stanley Ross urbano, despreocupado y elegante que, unos días antes, había buscado aventuras con ligereza en un sendero desconocido del cañón. Ahora había encontrado la aventura, y esta lo había tratado con rudeza. Su rostro y sus manos estaban sucios. Su ropa, desgarrada y manchada. Una manga casi arrancada del hombro. Su cabello, revuelto y apelmazado de sangre. Por un lado de su cara se extendía una gran mancha de sangre seca y sucia.
En su mano derecha sostenía una fea pistola automática, y en su rostro y ojos había una expresión de furia salvaje.
Al oír la voz de Ross, Ward giró y sacó un arma. Pero fue demasiado tarde, pues Ross, con una firmeza y frialdad que contrastaban con la fiereza de su aspecto, disparó. Una expresión de asombro indescriptible cubrió el rostro de Arthur Ward. Vaciló un instante sobre sus pies y, cuando una mancha roja comenzó a expandirse en su camisa, se desplomó hacia atrás, sin vida.
Casi al mismo tiempo, un hacha voló por la habitación y clavó su hoja profundamente en la pared junto a Larson Beebe, fallando su cabeza por apenas una fracción de pulgada. Wong había entrado en acción. Beebe se deslizó hacia adelante desde su asiento y se agachó buscando refugio temporal detrás de la mesa.
Ward no había tenido tiempo de apuntar, pero instintivamente había apretado el gatillo. La bala alcanzó a Ross en la cabeza y le abrió una larga herida superficial justo encima de la sien izquierda. La herida no era grave, pero por un momento lo cegó. Ese instante fue fatal, pues al reponerse del impacto comprendió que había olvidado a Poole.
Instantáneamente Ross giró hacia la otra puerta, pero fue demasiado tarde. La pesada bala lo hizo girar medio cuerpo. Por un instante luchó por mantener el equilibrio. Luego cayó de bruces al suelo.
Con dolor, con un esfuerzo casi sobrehumano, Ross se incorporó con una mano y deliberadamente disparó a Poole en el pecho.
Entonces, misericordiosamente, la conciencia se apagó.
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CAPÍTULO NUEVE: VIRGINIA EXPLICA
Cuando Ross volvió a la conciencia, lo hizo en un mundo borroso, febril y atormentado por el dolor.
No sabía dónde estaba ni qué había sucedido. Solo sabía que su cabeza estaba vendada y le estallaba de dolor; que su hombro estaba rígido y adolorido, incapaz de moverse siquiera una fracción de pulgada, y que palpitaba con un dolor sordo y constante; que sus ojos ardían y se nublaban; y que todo su cuerpo ardía con diez mil fuegos.
De una cosa más era consciente Ross. De la muchacha. Cuando ella vio que Ross había salido momentáneamente de la niebla, corrió a su lado y respondió a la pregunta no formulada en sus labios acercándole una taza de agua fría. Parecía haber estado esperando siglos para poder hacer justamente eso.
Ross bebió agradecido, pero cuando quiso interrogarla, ella puso un dedo sobre sus labios y dijo:
—¡Shhh! No ahora. Hablaremos cuando se sienta mejor. Por ahora necesita dormir más que cualquier otra cosa.
Y Stanley Ross obedeció. En un instante estaba dormido, en un sueño febril y agitado que no traía descanso.
Siguieron días de semiconsciencia, medio pesadilla; días en los que Ross ni sabía ni le importaba lo que ocurría, cuando el delirio salvaje se alternaba con la dolorosa realidad.
Estaba demasiado enfermo para hacer preguntas sobre lo sucedido. De hecho, solo era consciente de que, cada vez que la niebla se disipaba, la muchacha siempre parecía estar presente: un ángel cuidador que le traía bebidas refrescantes y aplicaciones calmantes para su cabeza y hombros.
Finalmente llegó un día en que Ross despertó a un mundo lúcido. La niebla febril había desaparecido de su cerebro. Su cabeza ya no palpitaba como mil demonios. Su hombro seguía dolorido y rígido, pero ya no estaba lleno de un dolor enloquecedor. Estaba débil, muy débil, pero el mundo volvía a ser interesante y era agudamente consciente de un apetito prodigioso.
Ross se dio cuenta de que estaba en la misma habitación a la que lo había conducido Garfin la noche de la extraña cena. Más allá de eso, no le interesaba. Sabía que la joven seguía actuando como su enfermera.
A la hora de la comida, el chino Wong entraba con una bandeja. Ross seguía demasiado débil para preocuparse por el paradero de los demás, o por lo que había sucedido la noche de la pelea.
Aprendió que el nombre de la muchacha era Virginia Carver, pero nada más.
En menos de una semana ya estaba sentado en la larga veranda cada tarde. Con el regreso de la fuerza volvió la curiosidad. Quería conocer la historia de aquella extraña morada en el desierto y saber exactamente qué había pasado la noche en que Wong lo ayudó a escapar.
Varias veces sacó el tema con la joven, pero cada vez ella lo aplazaba diciendo que aún no estaba lo bastante fuerte para hablar. La excusa, sin embargo, se volvía cada vez más endeble a medida que su salud mejoraba.
Una tarde, mientras Ross estaba sentado en la veranda, la muchacha salió y tomó asiento frente a él. Era evidente que había llegado el momento de las explicaciones.
—Supongo, señor Ross —comenzó Virginia Carver—, que se ha estado preguntando de qué se trata todo esto, y ciertamente tiene derecho a una explicación. No sé cómo voy a agradecerle lo que ha hecho por mí. Fue usted muy valiente.
—Bueno, suponga que se olvida de los agradecimientos, señorita Carver —dijo Ross, visiblemente incómodo—. Me gustaría saber todo sobre este extraño asunto, sin embargo. Pensaba que *Las mil y una noches* eran historia antigua, pero estoy casi listo para creer cualquier cosa.
—Para que pueda entender, tendré que llevarlo unos siete años atrás —explicó la joven—. En ese tiempo mi tío, Arthur Ward, era uno de los grandes operadores de Wall Street. Toda su vida ha sido un hombre muy peculiar; excéntrico; siempre haciendo cosas extrañas sin explicación aparente, y nunca confiando en nadie.
—En la Calle era conocido como un “plunger”. Ganó mucho dinero. No sé cuánto exactamente, más allá de que siempre fue muy generoso con mi madre, su hermana. Pero en algún momento debió de haber sido realmente muy rico.
—Hace siete años, parece que se arriesgó demasiado y quedó atrapado. Su fortuna fue prácticamente aniquilada. Cuando todo se resolvió, seguía siendo un hombre acaudalado —probablemente valía medio millón de dólares—, pero la mayor parte de su fortuna había desaparecido.
—Luchó ferozmente para no hundirse. Hubo días y noches enteras en que creo que no durmió nada. Estaba como un hombre salvaje, pero la combinación en su contra fue demasiado grande y terminó derrotado.
—Al principio pensamos que iba a perder la razón. Durante semanas actuó de manera muy extraña. Finalmente pareció recobrarse y mostrarse racional.
—Liquidó sus negocios y luego desapareció de repente. No dejó palabra de adónde iba, simplemente se esfumó. Eso fue hace siete años, y durante dos no supimos nada de él. Hace cinco años recibí una carta suya pidiéndome que lo visitara aquí. Vine y encontré las cosas más o menos como las ve ahora.
—Parecía perfectamente racional y contento. Claro, era raro y errático, pero siempre lo había sido. Parecía haber olvidado por completo Wall Street y pasaba la mayor parte del tiempo reuniendo una colección de arreos y objetos del Viejo Oeste. Dudo que exista una colección mejor.
—También hacía muchas reuniones con sus viejos amigos, invitándolos a largas estancias. Allí surgía su excentricidad, pues insistía en que todo fuera exactamente como en Nueva York. Debe haber unos quince trajes de etiqueta en la casa, y siempre pedía que todos se vistieran para la cena. Importaba vinos y alimentos. Wong ha estado con él desde que llegó aquí y es un excelente cocinero.
—Yo venía cada año. Siempre fue muy amable conmigo y hacía todo lo posible por entretenerme. Pensaba que cada año actuaba un poco más extraño, y a menudo me preguntaba si no estaba algo desequilibrado mentalmente.
—Cuando vine este año hubo un gran cambio. Vi de inmediato que estaba completamente loco. Imaginaba que estaba siendo perseguido por los Waring, y mantenía a Poole y Garfin, pistoleros de Nueva York, para protegerlo. Los Waring eran las personas que habían orquestado su derrota en Wall Street, y el tío Arthur los odiaba intensamente. No solo imaginaba que lo perseguían, sino también que el joven Waring —a quien yo nunca he visto— intentaba casarse conmigo. Esto parecía ser una obsesión para él.
—Cuando llegué encontré que Larson Beebe era huésped del tío Arthur. Había conocido al señor Beebe en Nueva York varias veces, y lo detestaba. Tenía buenas razones para ello. Él… bueno, siempre lo he despreciado.
—No tengo la menor idea de cuál era su influencia sobre el tío Arthur, pero apenas llegué, él comenzó a insistir en que me casara con Beebe.
—Por supuesto, me negué, y fue entonces cuando la locura del tío Arthur salió a la superficie. Siempre había sido la bondad misma, pero ahora de repente se convirtió en la encarnación de la crueldad. Aunque no cabía duda de que estaba completamente loco, en su locura su mente seguía siendo tan astuta y calculadora como siempre.
—Cuando me negué a casarme con Beebe, comenzó a practicar sus crueldades conmigo en un esfuerzo por quebrar mi voluntad. Estaba completamente a su merced, pues no había manera de escapar. Todo lo que podía hacer era someterme.
—La culminación de sus indignidades fue encadenarme a las rocas donde usted me encontró. Si me habría dejado allí hasta morir, apenas lo sé, pero creo que no. Su mente estaba tan desequilibrada que sería difícil asegurarlo.
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—Me escapé esa noche porque sabía que te mataría si te encontraba conmigo. Evidentemente tenía a Garfin vigilándome, o de otro modo no habría sabido que me habías liberado. Estaba obsesionado con la idea de que tú eras el joven Waring.
—El resto de la historia ya lo conoces. No me atrevo a pensar qué me habría sucedido si no hubieras venido a rescatarme, señor Ross.
—¿Pero qué ocurrió realmente la noche en que escapé? —preguntó Ross.
—Bueno… disparaste tanto a mi tío Arthur como a Poole —respondió ella vacilante.
—¿Lo hice… lo hice…? —balbuceó él, impotente.
—Sí —contestó ella con calma—. La Providencia ayudó a tu puntería esa noche. Wong los enterró a ambos. No, señor Ross —añadió, al notar la expresión en su rostro—, no lo sientas así. Si no los hubieras matado, ellos te habrían matado a ti, y yo habría sufrido un destino peor que la muerte. En esas circunstancias no puedo sentir pesar.
—¿Qué pasó con Beebe? —preguntó Ross, curioso por el destino de aquel individuo tan dudoso.
—Eso es un misterio. Simplemente desapareció esa noche y no lo hemos vuelto a ver. Wong apenas lo falló con un hacha esa noche. Creo que le tiene un miedo mortal a Wong. En cualquier caso, se ha ido. Y ahora, señor Ross, quiero hacerle una pregunta: ¿Cómo logró escapar de su prisión aquella noche? Wong no me dice nada. Solo sonríe cuando le pregunto, y sospecho que le debo mucho a Wong.
—Seguramente sí, señorita Carver —respondió Ross con fervor—. Ese chino es un prodigio. De algún modo consiguió mi pistola automática y el cinturón de cartuchos. Me los pasó por la ventana y luego, con algún pretexto, hizo que Garfin viniera a abrir la puerta. Entonces… bueno, Garfin ya no volverá a molestarnos.
CAPÍTULO DIEZ: UN NUEVO PELIGRO
Con el paso de los días, Ross recobró nuevas fuerzas y nuevo interés. Su cabeza ya estaba curada y su hombro, más allá de estar rígido, ya no le molestaba. Aunque aún algo débil, podía caminar a su gusto.
Le resultaba muy agradable pasar las tardes en la larga veranda. Allí lo acompañaba con frecuencia Virginia Carver, y ambos compartían horas muy gratas. De hecho, Ross se dio cuenta de repente de que estaba tomando más que un simple interés pasajero en aquella joven.
Virginia Carver era sumamente encantadora. Además, era de un tipo y personalidad que atraían particularmente a Stanley Ross. Mientras lo cuidaba durante su enfermedad, había encontrado su presencia muy reconfortante. Ahora que estaba casi recuperado, su compañía se volvía aún más deliciosa, y comprendió que, en lo que a él respectaba, la amistad estaba madurando hacia algo más definido. A medida que mejoraba, sabía que se acercaba rápidamente el momento en que tendrían que abandonar aquel oasis en el desierto.
Su mente volvía una y otra vez a Larson Beebe. ¿Cómo había logrado desaparecer tan completamente aquella noche? ¿Adónde había ido? ¿Qué estaría haciendo ahora? Ross no podía apartar la idea de que volverían a tener noticias de Beebe, y que cuando eso ocurriera significaría problemas.
Esta convicción se afianzaba más en su mente por las acciones de Virginia Carver. Ross estaba seguro de que la joven estaba profundamente preocupada por algo; parecía ansiosa y nerviosa; daba la impresión de estar siempre atenta, escuchando y observando. La intuición le decía a Ross que la causa de su perturbación era Beebe.
La intuición también le indicó que quizá Wong podría arrojar algo de luz sobre la situación. La siguiente vez que el chino apareció en la veranda, Ross lo detuvo.
—Wong —dijo—, la señorita Carver parece preocupada por algo. ¿Sabes qué es? ¿Es por Beebe? ¿Sabes dónde está?
El rostro de Wong no traicionó el menor destello de comprensión.
—No savvy —respondió.
—Sí que entiendes. ¿Qué pasa aquí? ¿Dónde está Beebe?
Wong miró rápidamente arriba y abajo de la veranda, como temiendo que alguien lo oyera. Luego señaló con un dedo hacia la boca del pequeño cañón.
—Él allí —dijo en voz baja.
—¿Qué quieres decir?
—Él esconder en cañón. Matar todos si salimos.
—No tenemos que salir por ahí.
—No hay otro camino —explicó Wong.
—¡Qué! ¿Quieres decirme que esa es la única salida de este lugar? ¿Por qué no podemos salir por los acantilados?
—No se puede —respondió el chino, y se marchó antes de que Ross pudiera interrogarlo más.
¡Así que eso era! El cañón era la única salida de la cuenca, y Beebe estaba escondido allí, esperando cazarlos cuando intentaran salir. ¡Una idea bastante ingeniosa! Y por eso Virginia Carver llevaba esa expresión de preocupación.
Ross fue directamente hacia la joven. La encontró en el comedor.
—Señorita Carver —preguntó—, ¿por qué no me dijo que Beebe estaba en ese cañón?
—Bueno, no veía ningún sentido en preocuparlo con eso mientras estaba tan enfermo —respondió ella, sonriendo—. Y además, señor Ross, creo que usted tiende un poco a hacer cosas impulsivas, y me parece que ya ha corrido suficientes riesgos por mi causa.
Ross ignoró lo último.
—¿Entonces realmente está allí? —preguntó.
—Sí, señor Ross, lo está; y me temo que estamos en una situación bastante mala. Él tiene toda la ventaja.
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—¿Pero no hay ninguna otra salida de este lugar más que por ese cañón?
—Ninguna en absoluto. El tío Arthur escogió este sitio precisamente por esa razón. Había un sendero por el acantilado, pero lo voló con dinamita. A menos que desarrollemos alas, saldremos por ese cañón o no saldremos.
Ross reflexionó un momento. Finalmente preguntó:
—Me pregunto por qué no ha intentado matar a Wong y a mí durante la noche.
—Creo que hay al menos dos razones —respondió la joven—. La primera es que Larson Beebe es un hombre muy cauteloso. No arriesgará ni un solo cabello de su cabeza si no es necesario. Si subiera aquí podría salir herido. Si se queda allá abajo está perfectamente seguro y nosotros no tenemos la menor posibilidad de pasar.
—Otra cosa: creo que le tiene un miedo mortal a Wong. Subió dos veces de noche y robó provisiones. Desde entonces Wong ha estado vigilando. No creo que duerma nunca.
—Bueno, de todos modos podemos resistir más que él, señorita Carver.
—Pero eso es justamente lo que no podemos hacer, señor Ross. Nuestras provisiones están muy bajas —dijo la joven ahora con grave seriedad—. A menos que encontremos alguna solución, me temo que pronto nos matará de hambre. Parece que estamos atrapados.
CAPÍTULO ONCE: WONG TIENE UNA IDEA
Ross despertó a la mañana siguiente plenamente consciente de la gravedad de su situación. Tan pronto como terminó el desayuno salió a examinar las paredes de la cuenca.
Si tenía alguna esperanza de encontrar un medio de escape por los acantilados, pronto se desilusionó. No había ninguna ruptura en las paredes. Eran tan perpendiculares como una plomada y tan lisas como el basalto. Nada salvo una mosca podría haber escalado esos acantilados.
La única salida conducía por el estrecho y retorcido cañón de abajo. Y allí Larson Beebe aguardaba como un gato en la boca de la ratonera. Ross comprendió que había pocas o ninguna posibilidad de que él o Wong atravesaran el cañón con vida. Beebe tenía toda la ventaja.
Ross regresó a la casa y se sentó en la veranda. Repasó una docena de posibles planes de escape, y al final tuvo que concluir que todos eran imposibles.
De hecho, su única conclusión era que daría lo que tuviera por tener el cuello de Larson Beebe entre sus manos. Sin embargo, aquello parecía una posibilidad remota. Más bien, la situación estaba invertida.
Ross había agotado casi toda su gama de planes imposibles cuando Wong apareció en la veranda. El chino llevaba una sonrisa enigmática en su rostro normalmente inescrutable. Era evidente que estaba complacido con algo.
—Tú venir —dijo a Ross—. Tengo algo mostrar.
Ross se levantó y siguió a Wong, quien lo condujo a uno de los cobertizos de adobe. Abrió la puerta y le indicó que entrara.
La habitación era una especie de taller, pero lo que atrajo de inmediato la atención fueron dos enormes cometas apoyadas contra la pared.
—¿Ves? —preguntó Wong.
—Sí, veo —respondió Ross—, aunque no entiendo. ¿Cuál es la idea, Wong?
—Mlisha Beebe matar todos si bajamos cañón. No se puede escalar. Wong hacer cometa. Cometa subir cuerda acantilado.
—Creo que soy bastante torpe, Wong. Todavía no lo entiendo.
—Cuando Wong niño en China volar muchas cometas. No olvidar cómo. Volar cometa ahora. Cometa levantar cuerda hasta cima acantilado. Nosotros subir cuerda. Irnos.
—¡Por Dios, Wong, creo que lo has conseguido! —exclamó Ross admirado—. ¿Pero funcionará?
—Puede hacerse —asintió Wong.
—¿Pero cómo sujetarás la cuerda en la cima del acantilado, Wong?
—Wong buen volador de cometas. Dos cometas levantar gran lazo. Soltar lazo sobre árbol en cima acantilado. Dos extremos colgar abajo. Hacer nudo corredizo. Tirar una cuerda. Todo hecho.
—¡Wong, eres un prodigio! Creo que funcionará. Vale la pena intentarlo.
—Puede hacerse. Intentar mañana si viento viene.
Ross se apresuró a buscar a Virginia Carver.
—Señorita Carver —la llamó jubiloso—, Wong tiene un plan para sacarnos de aquí, y creo que funcionará. Ha construido dos enormes cometas en el taller. Dice que levantarán una cuerda y que puede soltarla sobre uno de esos pinos raquíticos en la cima del acantilado. Subiremos por la cuerda y dejaremos al amigo Beebe allá abajo en el cañón con las manos vacías. ¿Se anima?
—Por supuesto que sí —respondió la joven, sorprendida de que él siquiera dudara de su valor.
—Sabía que lo haría. Vamos a intentarlo mañana. Será mejor que prepare dos mochilas con comida.
—¿Dos mochilas? ¿Y yo no llevo nada? —preguntó la joven.
—Señorita Carver —dijo Ross con gravedad—, es un largo camino hasta la civilización, y será una gran carga para su fuerza hacerlo sin llevar nada.
—Lo lograré —respondió Virginia Carver, mientras se alejaba.
A la mañana siguiente Ross estaba ansioso por el experimento, pero casi fue mediodía antes de que se levantara una brisa lo bastante fuerte como para elevar las cometas.
Virginia Carver salió vestida con camisa de franela, pantalones de sarga y botas altas con cordones. Era un atuendo bien adaptado al trabajo que tenían por delante, pero acentuaba la delgadez de la joven, haciéndola parecer casi frágil. Sin embargo, no había fragilidad allí. Más bien era flexible con la flexibilidad de un cable trenzado, y la muchacha tenía la gracia de una fina hoja de Toledo. Una vez más Stanley Ross se dio cuenta agudamente de que Virginia Carver se había convertido en un interés sumamente importante en su vida.
Wong había instruido a Ross en su plan de escape. Ross comprendió de inmediato que no pretendía levantar una cuerda lo bastante pesada como para sostener a un ser humano. En cambio, Wong había sacado de uno de los almacenes una línea ligera pero muy resistente.
El plan consistía en elevar el lazo de la cuerda con las dos cometas y soltarlo sobre un pino raquítico que crecía en ángulo cerca de la cima del acantilado norte. Luego se podría atar una cuerda más gruesa a uno de los extremos y subirla por encima del árbol, haciendo posible escalar y salir.
Ross comprendió al instante que el plan era correcto si las cometas podían manejarse. Esa era la tarea de Wong, y él parecía bastante confiado.
Los tres sabían que debían trabajar rápido. Si Larson Beebe descubría su plan, no había manera de saber qué acción desesperada podría intentar.
Wong y Ross pusieron rápidamente en acción la primera gran cometa. Se elevó con facilidad, pero al alcanzar unos quince metros se bamboleó torpemente. No cayó, sin embargo: solo se inclinaba y se lanzaba. Esto no pareció preocupar a Wong en absoluto.
Simplemente entregó la cuerda de la cometa a Virginia Carver para que la sostuviera mientras él, con ayuda de Ross, hacía volar la segunda cometa.
Ahora Wong y Ross tenían cada uno una cometa bajo control. Soltando lentamente la cuerda, permitieron que las cometas ascendieran. Cuando alcanzaron unos veinticinco metros de altura, las cuerdas unidas al lazo de la línea se tensaron de repente y la cuerda comenzó a elevarse desde el suelo.
Fue entonces cuando Ross comprendió que, como diseñador de cometas, Wong sabía muy bien lo que hacía, pues en el instante en que el peso de la cuerda fue sostenido por las cometas, estas dejaron de bambolearse y volaron con firmeza.
El corazón de Ross saltó dentro de él, porque ahora sabía que el plan de Wong funcionaría y que iban a burlar a Larson Beebe. Arriba, arriba, las cometas se elevaron. ¡Treinta metros! ¡Sesenta! ¡Ciento cincuenta! ¡Trescientos! ¡Unos trescientos metros!
Las dos cometas estaban separadas unos diez metros, y cuando fue evidente que la cuerda estaba más alta que la pared del acantilado, Wong y Ross comenzaron a avanzar lentamente. Su objetivo era un pino bajo que crecía en ángulo hacia afuera cerca de la cima del acantilado. Apuntando cuidadosamente hacia él, Wong y Ross llevaron las cometas a una posición en la que un extremo de la cuerda colgaba a cada lado del árbol y contra el acantilado. El lazo de la cuerda estaba ligeramente por encima del árbol, y las cometas lo arrastraban hacia adelante.
—¡Señorita, agarre las cuerdas! —gritó Wong.
Comprendiendo rápidamente lo que se le pedía, Virginia Carver tomó los extremos de las cuerdas colgantes.
—¡Soltar! —gritó Wong de nuevo.
Instantáneamente él y Ross soltaron las cuerdas de las cometas. Estas se precipitaron torpemente fuera de la vista sobre la cima del acantilado. El lazo de la cuerda cayó limpiamente sobre el pino y se deslizó por su tronco hasta las raíces. ¡El trabajo estaba hecho!
Ross quiso gritar de pura alegría. La exaltación se reflejaba en cada rasgo de Virginia Carver. En cuanto a Wong, el autor de aquel audaz plan, simplemente sonrió y se puso rápidamente a trabajar.
En algún lugar de los edificios Wong había encontrado un rollo de cuerda ligera. Sin duda había sido traída para fabricarse en lazos, pues era muy flexible y extremadamente resistente, lo bastante fuerte para soportar el peso de un hombre corpulento.
Un extremo de esta cuerda fue atado al extremo libre de la línea sobre el árbol. Cuando Wong tiró bruscamente del otro extremo de la cuerda más pequeña, esta se deslizó fácilmente sobre el tronco del árbol. En un minuto o dos, el extremo de la cuerda había sido elevado sobre el tronco y devuelto al suelo del cañón. Así la línea ligera fue reemplazada por la cuerda más pesada.
No había lugar donde anclar uno de los extremos, así que Wong simplemente hizo un lazo en un extremo de la cuerda, pasó el otro a través de él formando un nudo corredizo, y rápidamente lo hizo subir hasta el árbol. Las cometas de Wong habían demostrado su valor. El medio de escape estaba dispuesto y listo.
—Wong subir primero —dijo el chino. Sin discusión ni permiso, el intrépido Wong asumía el riesgo de probar la seguridad de la cuerda. A modo de explicación añadió a Ross: —Tú no fuerte. No puede subir señorita. Wong puede.
Wong tomó la cuerda con las manos y, con la agilidad de un gato, apoyando los pies en la pared del cañón, se impulsó, mano sobre mano, por la cara del acantilado. Apenas pasó un minuto antes de que estuviera en la cima y se deslizara por el borde.
En un instante su cabeza reapareció y llamó a Ross para que enviara las mochilas de comida, cantimploras y mantas. Fue cuestión de un momento, y Wong las subió rápidamente hasta la cima.
Hasta allí todo había salido bien, y no había señal de Beebe. Parecía que iban a lograr escapar.
Cuando Wong dejó caer la cuerda de nuevo, Ross formó un lazo en el extremo y lo pasó sobre la cabeza de Virginia Carver, asegurándolo bajo sus brazos.
—Ahora, señorita Carver, si toma la cuerda con ambas manos creo que Wong podrá subirla con seguridad —dijo—. Si golpea contra el acantilado, empújese con los pies.
La joven no le respondió, pero sonrió con confianza. Aceptó su parte en la fuga con lo que a Stanley Ross le pareció un valor espléndido.
Lenta pero muy firmemente, Wong comenzó a elevar a la muchacha. El pequeño chino parecía hecho de acero, pues sin detenerse ni variar la velocidad, subió a Virginia Carver hasta la cima del acantilado y la ayudó a pasar el borde. Fue una hazaña de la que un hombre el doble de su tamaño podría haberse sentido justamente orgulloso.
Cuando la cuerda volvió a descender, Ross no perdió tiempo. Una rápida mirada hacia la boca del pequeño cañón no reveló señal alguna de Beebe. Sujetando la cuerda, Ross comenzó su ascenso.
Su hombro le molestaba un poco, pero no pasó más de dos o tres minutos antes de que él también estuviera en la cima del acantilado.
¡Estaban libres!
CAPÍTULO DOCE: UN FINAL Y UN COMIENZO
Stanley Ross se incorporó sobre el borde del acantilado, donde Virginia Carver y Wong lo esperaban, y se puso de pie. Estaba exultante.
—Bueno, señorita Carver, supongo que estamos a salvo, gracias a Wong aquí —exclamó con júbilo—. Lo único que queda ahora es alejarnos de este maldito lugar.
—¿Así que crees que estás a salvo, eh? —gruñó una voz fría.
Ross giró bruscamente y se encontró frente a Larson Beebe. Beebe lo apuntaba con firmeza con una gran pistola automática, y sus ojos hundidos, porcinos, brillaban con una luz de locura.
El corazón de Ross se hundió. Había esperado un ataque de Beebe desde abajo, pero nunca se le ocurrió que pudiera estar esperándolos en la cima del acantilado. Ahora estaba completamente indefenso. Beebe tenía la ventaja y podía matarlo dos veces antes de que él pudiera sacar su propia arma. Además, era evidente que Beebe pensaba hacerlo.
Ross se sintió invadido por la futilidad, la impotencia. No pensaba en que estaba a punto de morir, sino que se sentía simplemente disgustado consigo mismo por haberse dejado acorralar cuando el juego estaba prácticamente ganado.
—¿Así que pensaste que podías escapar? —continuaba Beebe. Era obvio que él también estaba casi loco—. ¿Creíste que estaba dormido, eh? Supe lo que tramaban en cuanto vi las cometas. Pude atraparlos entonces, pero pensé que la manera más fácil y segura sería subir aquí y esperar detrás de una roca hasta que todos estuvieran arriba. No me estarían buscando y podría liquidarlos fácilmente. Bueno, aquí estoy, y les espera un largo viaje.
—¿Pensaron que podían burlar a Larson Beebe, eh? Ahora mismo voy a dispararles a ti y a tu precioso amigo chino, y luego los patearé por el acantilado. Después voy a llevarme a Virginie y…
Ross fue consciente de que la mano derecha de Wong se movió hacia la base de su cráneo, justo encima del cuello de su blusa. En el mismo instante volvió a salir, y ahora sostenía una larga y delgada hoja brillante.
Hubo otro movimiento de la mano de Wong tan rápido que Ross no pudo seguirlo. Solo supo que una expresión de asombro absoluto se había extendido por el rostro de Larson Beebe. Era como si hubiera presenciado un milagro y no pudiera comprenderlo.
Entonces, de repente, Ross vio lo que había sucedido. ¡La empuñadura del cuchillo que Wong sostenía sobresalía de las costillas de Larson Beebe!
Por un instante Beebe vaciló sobre sus pies. Sus dedos se relajaron y su pistola cayó sobre las rocas. Luego se desplomó de bruces.
—Puede hacerse —murmuró Wong—. Un día patear a Wong. No patear otra vez.
❖
Esa noche los tres acamparon junto a un pequeño manantial, a varios kilómetros cañón abajo. Alrededor de la diminuta fogata hicieron sus planes para salir del desierto.
Ross conocía la dirección general que debían tomar, y confiaba en que, avanzando con calma, la joven podría realizar el viaje a pie. Virginia Carver estaba segura de sí misma.
A la mañana siguiente Ross fue despertado por pasos sobre las rocas. Se incorporó y vio a dos animales de largas orejas que descendían por el sendero hacia el manantial. ¡Eran Archibald y Percy!
Ross lanzó un grito que despertó de inmediato a sus compañeros.
—Ahí está su barco del desierto, el que la llevará de regreso a la civilización —dijo, mientras Virginia se levantaba de sus mantas.
La joven no comprendió. Miró a los dos animales con asombro por un momento.
—¿Pero no son salvajes? —preguntó.
—Tan salvajes como dos caracoles —respondió Ross—. Esos dos estimables caballeros me trajeron a este desierto, y ahora nos sacarán de él.
Cuando terminaron el desayuno, Ross notó que Wong estaba ocupado reorganizando el peso de las mochilas.
—No te preocupes por las mochilas, Wong. El amigo Archibald puede llevar a la señorita Carver y Percy puede cargar los suministros. Tú y yo iremos ligeros, Wong —explicó Ross.
—No puede ser —respondió Wong—. Yo no ir contigo.
—¿Qué quieres decir, Wong?
—Wong ir por allá —contestó el chino, señalando hacia el sur.
—¿Ir por allá? —preguntó Ross, desconcertado—. ¿Por qué? Vas a venir con la señorita Carver y conmigo.
Wong sacudió la cabeza. —Wong matar hombre. Pensar no quedarse en Estados Unidos. Ir a México.
—Disparates, Wong —dijo Ross—. La señorita Carver y yo podemos arreglar eso fácilmente.
—Pensar que no. Wong ir México. Tener hermano allá. Comprar pequeño restaurante.
Ross comprendió que no tenía sentido tratar de disuadirlo. No había manera de combatir una naturaleza así. Tras unos momentos preguntó:
—Wong, ¿a dónde vas en México?
—Ir a Juárez.
—¿A Juárez, eh? ¿Cuál es tu nombre completo?
—¿Nombre? Wong Chen Chek.
—Muy bien, Wong. Dentro de unos dos meses ve a la oficina de correos y pregunta por un paquete certificado. Encontrarás suficiente dinero en él para comprar el mejor pequeño restaurante de Juárez.
Wong sonrió. —Gracias.
Colgando su mochila al hombro, se lanzó por el sendero sin más.
—Adiós. Adiós, señorita —se escuchó la voz de Wong, alejándose de Ross y Virginia Carver.
Media hora más tarde, el chino desapareció de la vista, muy abajo en el cañón. Ross se volvió hacia la joven.
Virginia Carver contemplaba a lo lejos el caos de rocas y arena que es el Desierto Rojo, hacia donde las brumas de la mañana se disolvían en la cambiante neblina del sol naciente.
Por un momento Ross la observó sin hablar. Fresca y vibrante de juventud, era hermosa más allá de las palabras.
—Supongo que lo mejor será que nos pongamos en camino ahora —dijo. Luego su voz vaciló—: Señorita Carver… Virginia… cuando salgamos de aquí… yo… yo tengo algo que decirle.
Durante un largo instante la joven siguió mirando hacia la colorida neblina del desierto. Luego se volvió hacia Ross. Una sonrisa particularmente tierna se dibujó en su boca. Sus ojos eran estanques llenos de lágrimas no derramadas.
Su voz titubeó: —¿Le importaría… decirlo ahora… Stanley?
✠═════ FIN ═════✠
"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."
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