CASO Núm. 27 - WEIRD TALES (1923)

CASO Núm. 27:
Unos minutos en un manicomio

Por MOLLIE FRANK ELLIS
Título original: CASE No. 27
Weird Tales | Volumen 1 | Número 3 | ABRIL 1923
Pp.96-98

❖ ❖ ❖

El doctor Maynard se detuvo a mitad del largo corredor del hospital y señaló con un gesto amplio las dos hileras de celdas enrejadas de hierro.  

—Esto, Wayne —dijo—, es el pabellón de psicopatía. Aquí tenemos algunos casos poco comunes. Toma, por ejemplo, el Número Veintisiete. Estoy seguro de que te interesará el Número Veintisiete. Ven por aquí.  

Obedecí con desgana. Me interesaba Maynard, no sus casos psicopáticos. No nos habíamos visto desde nuestros días de universidad, veinte años atrás, y yo había esperado recuperar algo de nuestra antigua intimidad durante estas pocas horas juntos, que el azar había puesto en mi camino.  

Yo había recorrido el mundo, adquirido el conocimiento caleidoscópico de la vida que se concede al trotamundos. Maynard se había quedado en casa, hurgando en los engranajes mentales de la maquinaria humana hasta que su nombre llegó a representar logros sorprendentes en el campo de la psicopatía. Cada uno había seguido su vocación: la pasión de Maynard era hacer que las ruedas giraran; la mía, preguntarme por qué giraban.  

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—Este es el Número Veintisiete —continuó Maynard, deteniéndose frente a la puerta de una celda—. Dejaré que ella cuente su propia historia… Buenos días, señora Howard. ¿Cómo se siente esta mañana?  

Al escuchar sus palabras, una mujer se levantó lentamente de un banco contra la pared del fondo de la celda. De pronto, se lanzó hacia adelante en un arrebato que terminó con un frenético sacudimiento de los barrotes de hierro de la puerta, justo donde nosotros estábamos.  

—¡Doctor Maynard! ¿Verdad que me va a dejar salir? ¿Verdad que me va a dejar ir a casa a frotarle la cabeza a Jim para que pueda dormir? Jim no puede dormir si no le froto la cabeza. ¡Usted sabe que no puede, Doctor! ¡Se lo he dicho tantas veces!  

—Sí, sí. Me lo ha dicho muchas veces, señora Howard —Maynard me lanzó una mirada significativa—. Pero dígamelo otra vez, por favor. Tal vez esta vez lo entienda mejor y la deje ir.  

La mujer apretaba su cuerpo enjuto contra la puerta de la celda. Parecía torturada por la ansiedad, dominada por una corriente vital de emoción en agudo contraste con la lastimosa mezquindad de su personalidad.  

Vestía un sencillo vestido de algodón; su cabello caía liso sobre su rostro anguloso; y en sus facciones se leía esa expresión de represión, de negación de todo derecho a existir como individuo, que caracteriza al tipo más pobre de mujer rural.  

Por un momento pareció que iba a desatar un torrente de palabras; luego, de golpe, retrocedió en silencio, y la angustia en sus ojos fue reemplazada por un horror creciente. Sin embargo, su tragedia —fuera cual fuese— le confería cierta dignidad que antes le faltaba. Su deslucida apariencia prohibía cualquier distinción, pero cuando se disculpó con Maynard de manera lastimosa, una cierta nobleza de alma brilló en sus ojos.  

—Me olvidé por un momento, Doctor Maynard, de que había matado a Jim. Me olvidé de que lo odiaba. Estaba pensando que aún vivía y que lo amaba como solía hacerlo antes de que los niños murieran. Soy una mujer malvada —la más malvada que jamás haya existido—; pero no estaría en esta penitenciaría si Jim hubiera podido dormir sin que le frotaran la cabeza.  

Maynard me tocó el pie al escuchar la palabra “penitenciaría”.  

—Está bien, señora Howard —su voz sonó innecesariamente fuerte y alegre frente al delgado tono de angustia de ella—. Cuénteme acerca de los niños. ¿Cómo murieron?  

—Los atropellaron, Doctor.  

No hay palabras para describir la muerte en su voz, como un dolor feroz consumido por falta de combustible para seguir resistiendo.  

—Fue el camión de aves que pasa por la granja todas las mañanas. Milly era demasiado pequeña para saber que no debía meterse en el camino, y Jacky salió corriendo para agarrarla y traerla de vuelta, y se cayó, Jacky se cayó. No fue culpa de nadie, Doctor. El hombre que conduce el camión siempre saludaba a los niños al pasar, y casi enloqueció cuando ocurrió. Y Milly era demasiado pequeña para saberlo; y Jacky hizo lo mejor que pudo—solo tenía seis años.  

—Pero después, ni Jim ni yo podíamos dormir. Al principio sí, una o dos noches, porque estábamos agotados con el funeral y todo eso; pero después de que los parientes se fueron, ya no pudimos. Veíamos sus caras—las de Milly y Jacky.  

—Luego, con el tiempo, Jim dejó de verlas tan seguido, y dijo que podría haber dormido, de no ser por mí. Dijo que yo ya debía estar superándolo un poco; y supongo que debí haberlo hecho. Lo intenté, pero no sirvió de nada. Quizá fue porque eran solo los dos, y se fueron al mismo tiempo.  

—Jim empezó a ponerse muy irritable conmigo. Dijo que un hombre no podía trabajar en una granja sin dormir. Y tenía razón. Jim siempre fue sensato.  

—Una noche, después de que lo había mortificado bastante llorando, descubrí que podía hacerlo dormir frotándole la frente, despacio y firme; y así lo hice todas las noches después de eso, y dormía bien. Me alegraba, porque Jim era un trabajador duro y un buen proveedor; y un hombre no puede trabajar en una granja sin dormir.  

—Pero de algún modo, después de que Jim se dormía por las noches, todo parecía mucho más solitario. Quizá si hubiéramos vivido más cerca de los vecinos habría ayudado algo. Era tan terriblemente silencioso, de noche, donde vivíamos; y la luna entraba por la ventana tan blanca y todo…  

—A veces, justo antes del amanecer, me ponía a pensar si habría pasado si yo hubiera estado en el patio delantero, vigilando a los niños, en vez de estar lavando en la cocina. Y me ponía a temblar entera y no podía parar. Una vez desperté a Jim y le rogué que hablara conmigo; pero dijo que no serviría de nada que los dos perdiéramos el sueño, así que nunca lo volví a hacer. Jim siempre fue sensato.  

—Al final llegué a un punto en que el trabajo de la casa me pesaba tanto que temía no poder terminar las cosas. Se lo dije a Jim y él lo lamentó. Pero dijo que el trabajo de una mujer no importaba tanto—que podía dejarse pasar—pero que el hombre tenía que ganarse la vida.  

—Aun con el trabajo y todo, nunca quería que llegara la noche; me asustaba cuando caía el anochecer, y a Jim no le gustaba. Dijo que no era manera de recibir a un hombre en casa después de un día duro de trabajo; y tenía razón. Hice lo mejor que pude, pero de algún modo no podía reír mucho ni ser cariñosa; así que Jim empezó a ir al pueblo después de la cena. Nunca lo había hecho antes de que los niños murieran.  

—A veces se quedaba muy tarde. Yo, no estando acostumbrada a quedarme sola, lo pasaba peor. A veces me cansaba tanto de esperarlo despierta que sentía que podía dormirme en ese mismo instante. Pero claro que no podía, porque tenía que frotarle la cabeza. Verá, había llegado a depender de eso, y, como decía, un hombre tiene que dormir o no puede trabajar.  

—Todo ese tiempo, Doctor, yo estaba queriendo a Jim y tratando de salir adelante lo mejor que podía. Sabía que había tenido suerte de conseguir a Jim. Era un buen hombre. Nunca hacía berrinches como Papá. En casa nunca nos atrevíamos a contradecir a Papá porque era muy excitable; y al final se volvió loco. Lo habrían llevado al manicomio, supongo, solo que murió.  

—Quizá yo habría llegado a dormir después de un tiempo, solo que por entonces llegó octubre, cuando empiezan a soplar los vientos de otoño, y la casa crujía de noche—como pequeños ruidos quebrándose, como susurros de bebés… Y las sombras de las hojas de nuestro gran árbol afuera de la ventana se retorcían en las paredes como pequeñas manos empujando contra tapas de ataúd, tratando de salir y volver a encontrar los pechos de su madre.  

Ella se detuvo bruscamente y permaneció en una quietud tensa—como si estuviera de nuevo en aquella casa silenciosa de dolor, con sus ruidos agudos y sus diminutas sombras de manos infantiles buscando a su madre en las paredes—escuchando el silencio, el silencio insoportable, de las horas que se desvanecían.  

El doctor Maynard hizo un movimiento inquieto. Con un sobresalto, la mujer volvió a la realidad y se volvió hacia nosotros una vez más.  

—No llegué a odiar a Jim, Doctor, hasta después de que empecé a usar esas pastillas que le dieron a Mamá cuando estaba en su lecho de muerte. Ella murió, dejando un frasco en el estante de la cocina—morfina, así le llaman. Una noche, cuando ya no podía soportarlo más, pensé en ellas y tomé una, y me ayudó mucho.  

Se detuvo, aparentemente reflexionando sobre cuánto le había ayudado. Luego continuó:  

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—Fue más o menos entonces cuando empecé a odiar a Jim, mirándolo dormir tan profundamente, con la cara toda roja y la boca abierta. No era tanto por eso, Doctor, porque siempre pensé que Jim era bien parecido, aunque de complexión tosca. Pero empezó a tener sobresaltos, despertándose a la hora del canto del gallo, justo cuando yo ya había tomado mi pastilla y había dejado de temblar por las sombras y esas cosas. Entonces tenía que volver a levantarme y frotarlo otra vez para que se durmiera. Me puse a pensar si moriría de inmediato, sin que le doliera nada, si yo apretaba fuerte en esos puntos blandos de sus sienes. Parecía que tener que hacerlo una vez más sería más de lo que podía soportar…  

Ella se detuvo otra vez, como si reviviera su tormento; quizá deslizándose de nuevo, como un espectro blanco, del dormitorio al estante de la cocina y de regreso, para quedarse mirando la figura desparramada de su esposo, luchando contra el impulso de aplastar la vida bajo sus manos y quedar para siempre libre de su horrible tarea.  

—…No maté a Jim, sin embargo, Doctor, hasta que se acabaron esas pastillas. Supongo que quizá nunca lo habría hecho si no se hubieran acabado. Pero después… algún tiempo después maté a Jim. Presioné hacia abajo… abajo…  

Maynard esperó hasta estar seguro de que había terminado; entonces habló en un tono imperioso.  

—¡Señora Howard!  

Sobresaltada, nos miró como si nos viera por primera vez. Se aferró a la puerta de la celda y la sacudió en un frenesí de ansiedad.  

—¡Doctor Maynard! ¿Verdad que me va a dejar salir? ¿Verdad que me va a dejar ir a casa a frotarle la cabeza a Jim para que pueda dormir? ¡Jim no puede dormir si no le froto la cabeza! ¡Se lo he dicho tantas veces, Doctor…!  

Maynard me apartó; pero aquella voz suplicante nos siguió a lo largo del corredor, delgada, angustiada—  Me apresuré.  

Cuando cerramos la puerta del pabellón de psicopatía tras nosotros, Maynard dijo:  

—Ahora, lo interesante de todo esto—lo último—para un psicólogo. ¿Notaste que ella todavía lo ama, cada vez que sale de su obsesión de haberlo matado?  

—¿No lo mató? —pregunté.  

—En absoluto. Verás, cuando ya no pudo conseguir más de la droga, su pena y su falta de sueño “le trastornaron el cerebro”, como dirían ustedes los profanos. Recuerda lo que dijo acerca de “Papá”.  

Luché contra mi desconcierto ante este giro inesperado del asunto.  

—¡Pero no entiendo! —balbuceé.  

—Probablemente no. Intentaré explicarlo lo más sencillamente posible y sin términos científicos. Verás, ella había querido matarlo durante tanto tiempo—había repasado la manera de hacerlo tantas veces en sus vigilias silenciosas—que cuando al fin su mente consciente se desequilibró, el deseo reprimido tomó venganza convirtiéndose en una obsesión subconsciente, que se anunció a sí misma como un hecho consumado. Es un aspecto interesante de la psicopatía, ¿no crees?  

Yo no lo creí. Cambié de tema.  

—¿Qué fue del hombre—su esposo? ¿Cómo lo tomó?  

—Bien. Muy bien, en realidad. Un tipo sensato. Por supuesto, al principio se alteró por la condición de ella; pero cuando le dejamos claro que era incurable, se calmó. Se fue a casa y lo meditó una o dos noches…  

—¿Cómo supones —interrumpí (realmente no pude resistir preguntarlo)— cómo supones que logró dormir sin…  

—…Y entonces solicitó el divorcio —continuó Maynard, ignorando mi infantil descortesía—. Quiere casarse de nuevo, pero, por supuesto, nuestras leyes…  

—¿Casarse!  

Maynard frunció el ceño. —Se puede entender su punto de vista.  

—Sí, claro. Y nuestras leyes… bastante poco comprensivas…  

Maynard despachó el asunto con un gesto magnánimo. Además, su mirada encendida revelaba una concentración de interés que ignoraba lo trivial. Me miró con avidez.  

—¿Qué pensarías, Wayne—estoy estudiando el caso y te pido información—, te inclinarías a creer que su razón para querer matarlo fue una percepción subconsciente de ese rasgo en él, esa ansia de librarse de lo que lo molestaba, sin importar sus responsabilidades? ¿O, por otro lado, pensarías que fue un arranque de antagonismo sexual—resentimiento de que él, a diferencia de ella, pudiera reanudar una existencia normal tan pronto después de un cataclismo emocional?  

Me puse a manosear mi sombrero y me dirigí hacia la puerta. Quería marcharme.  

—Mi tiempo se ha acabado, Maynard —dije apresuradamente—. Lo siento, pero debo irme. Me alegra haber tenido esta visita contigo. Muy orgulloso de haber sido compañero de clase de una celebridad, ya sabes, y todo eso. Pero realmente no puedo seguir tus sutilezas científicas. Si lo que quieres decir es que piensas que su crueldad la volvió loca…  

Maynard levantó las manos. —¡Oh, ustedes los profanos! —rió—. Pero vuelve a visitarme, Wayne. Siempre que pases por la ciudad. Siempre me alegra verte. Tenemos casos muy interesantes aquí.  

✠═════ FIN ═════✠

"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."
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