LA PLANTA DIABÓLICA - WEIRD TALES (1923)

 


Terrible Retribución Cayó sobre la Víctima de

LA PLANTA DIABÓLICA 

Por LYLE WILSON HOLDEN
Título original: THE DEVIL PLANT
Weird Tales | Volumen 1 | Número 3 | ABRIL 1923
Pp.89-91

❖ ❖ ❖

¡Fue la gota que colmó el vaso! Agravio tras agravio había soportado sin una queja, pero ahora estaba decidido a vengarme de Silvela Castelar, costara lo que costara. Su malévola influencia me había perseguido desde la niñez, y fue él quien hizo que cada esperanza querida de mi vida se tornara en cenizas antes de realizarse.  

Hace mucho, cuando éramos niños en la escuela, comenzó su obra maligna. Ambos éramos de sangre española, y ambos, habiendo perdido a nuestros padres en la infancia, recibíamos educación de nuestros respectivos tutores en uno de los famosos colegios de Inglaterra.  

Nada parecía más natural, dadas las circunstancias, que nos convirtiéramos en compañeros y compartiéramos habitación. Sin embargo, no tardé en lamentar haber entablado una relación tan estrecha con él. Era absolutamente inescrupuloso, y pronto sus fechorías le ganaron una reputación detestable entre los demás estudiantes, aunque siempre lograba, cubriendo hábilmente sus huellas, mantener buena imagen ante las autoridades del colegio.  

Pasadas pocas semanas, una ofensa particularmente atroz que había cometido puso a toda la escuela en conmoción. No podía pasarse por alto, y se inició una estricta investigación.  

¡Cuál fue mi horror al descubrir que su diabólica astucia había tejido una red de pruebas que me atrapaba por completo en sus lazos! No había escapatoria; fui expulsado en desgracia del colegio, y en desgracia abandoné Inglaterra. La notoriedad que recibí en muchos de los principales periódicos del Reino me hizo imposible ingresar en otra escuela o conseguir empleo honrado.  

Vine a América, trabajando mi pasaje en un barco de ganado. Los años que siguieron fueron duros, pero con sobria industria avancé lentamente hasta que, al fin, tenía buenas perspectivas de convertirme en socio menor de una gran casa comercial en Baltimore.  

Entonces apareció mi genio maligno. Silvela consiguió empleo en nuestra compañía y, gracias a su diabólica astucia, pronto se hizo estimado y confiado.  

Una mañana, pocos meses después de su llegada, se informó que una gran suma de dinero había sido robada a la firma. De nuevo una red de pruebas circunstanciales señalaba, sin lugar a dudas, en mi dirección.  

Fui arrestado y llevado a juicio. Como las pruebas no eran del todo concluyentes, el jurado no logró acuerdo y fui liberado; pero mi carrera en América quedó para siempre arruinada.  

Tan pronto como pude cerrar mis asuntos, me enterré en las soledades de Australia, donde comencé una nueva vida. La fortuna fue benévola conmigo y prosperé. Bajo otro nombre, me convertí en ciudadano respetado y honrado de un floreciente asentamiento.  

Entonces llegó la bendición suprema: conquisté el amor de la hermosa Mercedes, una inmigrante de ojos negros y tez aceitunada, proveniente de mi antigua provincia de Andalucía. ¡Estaba, en verdad, en el umbral del Cielo! Pero cuán breve fue mi día de dicha.  

Cuatro semanas antes de nuestra boda, Silvela Castelar apareció de repente en nuestro poblado. Es inútil detenerse en aquel período miserable. Basta decir que este engendro infernal volvió a obrar su diabólica hechicería, y Mercedes se perdió para mí para siempre.  

Me llegó el rumor de que Silvela, por primera vez en su vida, amaba con una pasión feroz y devoradora, y que Mercedes pronto estaría comprometida con él. Entonces juré, por todo lo sagrado, que Silvela Castelar pagaría íntegramente su deuda culpable, aunque como resultado mi alma se hundiera en la negrura estigia.  

¿Por qué escribo esto?

Porque hallo un placer lúgubre en relatar mi venganza, y porque quiero que el mundo sepa que tuve justa provocación. No tengo miedo. Vida o muerte… importa poco cuál sea ahora mi destino. Cuando esto se lea, yo estaré lejos de las moradas de los hombres.  

Silvela Castelar pensaba que yo era un necio. Me convenía que siguiera creyéndolo. Lo trataba como a un amigo íntimo, y él, pobre idiota, pensaba que jamás adiviné que era el instigador de la ruina que me expulsó de Inglaterra, destrozó mi carrera en América y, al final, me dejó desolado, sin esperanza de gozar jamás de las bendiciones del amor.  

Así, mientras fumábamos, leíamos o cazábamos juntos, yo rumiaba mis agravios y atormentaba mi mente buscando algún método por el cual pudiera consumar lo que se había convertido en el único motivo absorbente de mi vida. Entonces el azar puso en mi camino el instrumento de mi venganza.  

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Un día, mientras vagaba, desolado y solo, por una región salvaje e inexplorada del país, me encontré con una de las especies más raras y, al mismo tiempo, más terribles del reino vegetal jamás descubiertas. Se la conoce como la planta pulpo, llamada por los nativos “el árbol del diablo”. Al verla, mi corazón dio un salto de exaltación, pues comprendí que mi búsqueda había terminado; el medio por el cual podría consumar mi propósito estaba ahora a mi alcance.  

Silvela y yo compartíamos una sola pasión: un intenso amor por la investigación botánica. Sabía que se interesaría al oír de mi extraño hallazgo, y creía que su conocimiento de la planta no sería suficiente para hacerlo precavido. En la noche del día siguiente, mientras fumábamos, saqué el tema.  

—Silvela, en los viejos tiempos solías estar bastante absorto en el estudio de la vida vegetal. ¿Sigues interesado?  

—Algo —respondió, y sus ojos se entrecerraron astutamente—. Hace años agoté las posibilidades interesantes de la mayoría de las plantas conocidas del mundo. Últimamente he hallado que la luz que brilla en los ojos de las mujeres es un tema de mayor interés.  

Pude haberlo estrangulado allí mismo; pero una vida de infortunios me había enseñado a ocultar mis sentimientos. No traicioné emoción alguna.  

—Me atrevo a decir que hay una planta que nunca has estudiado directamente.  

—¿Cuál es esa? —preguntó con leve curiosidad.  

—Una planta —proseguí— que sólo se encuentra en los lugares más inaccesibles de la tierra. Probablemente podría verse únicamente en las regiones más salvajes de Sumatra o Australia, y aun así apenas una vez en la vida.  

Ahora estaba completamente excitado.  

—¿De qué familia es ese arbusto prodigioso? —preguntó—. Tengo un vago recuerdo de haber oído hablar de él. Déjame ver… ¿no se llama…?  

—El árbol del diablo por los nativos, por otros la planta pulpo —interrumpí—. Pero he oído que el nombre es algo impropio. Se dice que es más bien un árbol del cielo, pues destila un raro y delicioso néctar con un maravilloso poder rejuvenecedor. Al mismo tiempo embriaga de un modo extraño y misterioso, haciendo que quien lo bebe se deleite en visiones celestiales de amor y radiante belleza. En lugar de dejar a uno deprimido, como ocurre con el alcohol, se dice que la impresión perdura, el rostro se torna más joven, y aquel que sorbe es realmente amado por cualquier mujer cuyos ojos lo contemplen. De hecho, he oído que si nuestro compatriota, Ponce de León, hubiera ido a los mares del sur en vez de a Florida, habría descubierto realmente la fuente de la juventud que buscaba.  

Miré a Silvela. Sus ojos centelleaban y respiraba con rapidez; sabía que había encontrado su punto débil. Su naturaleza era soñadora, medio supersticiosa, y mis palabras lo sedujeron poderosamente.  

—¡Ah! —exclamó—. ¡Ojalá pudiera ver este prodigio y beber de su jugo celestial!  

—Podría hacerse —respondí vacilante—, pero implicaría ciertas penurias y considerable peligro.  

—¿Has visto alguna de estas plantas?  

—Sí; hace apenas dos días.  

Silvela saltó de su asiento con una exclamación española.  

—¡Dios mío! —gritó—. ¡Rodríguez, por qué no me lo dijiste! ¿Cuándo podemos partir a buscarla?  

—Despacio —le advertí—. Te dije que había peligro. ¿No has oído que esta planta del diablo ha sido conocida por hartarse de carne humana?  

—El cuento salvaje de algún nativo asustado —se burló—. Llévame a ella y nada impedirá que pruebe los poderes legendarios de su jugo. ¡Espera! ¿Acaso no bebiste de ese delicioso néctar?  

Sacudí la cabeza con tristeza.  

—No, no tuve deseo de probarlo. ¿Por qué habría de buscar rejuvenecer mi cuerpo cuando mi corazón está viejo por dentro?  

—Tuviste miedo —se burló—, miedo de los zarcillos reptantes de esa planta infernal.  

—Tenlo por cierto si quieres —respondí con indiferencia—. Sin embargo, si a pesar de mi advertencia insistes en desear ver esta extraña rareza de la naturaleza, haré lo posible por guiarte hasta ella; pero repito: el camino es largo y difícil, y más te valdría dejar tranquila a esa cosa maldita.  

—Partiremos en la mañana —afirmó con decisión, levantándose para marcharse.  

No dije nada más, pero, solo en mi habitación, reí como un demonio ante el éxito de mi ardid.  

A LA MAÑANA SIGUIENTE el clima estaba borrascoso y tempestuoso, y temí que el fuego del entusiasmo de Silvela se hubiese apagado. Pero también sabía que la oposición sería combustible para la llama.  

—Me temo que tendremos que posponer nuestro viaje —observé, cuando apareció.  

Si Silvela albergaba alguna duda sobre la conveniencia de partir aquella mañana, se desvaneció de inmediato.  

—¡Tonterías! —gruñó—. Es un clima perfecto para nuestro propósito.  

—Está bien, amigo mío —respondí—. Recuerda, sin embargo, que te aconsejé no ir.  

—Las consecuencias recaerán sobre mi cabeza —replicó—. Vamos, pongámonos en camino.  

Nuestro sendero estaba sembrado de dificultades, y avanzábamos con lentitud. A ratos el viento aullaba y silbaba a través de los parajes desolados con un sonido tan lúgubre que me hacía estremecer. El cielo estaba sombrío, y nubes bajas y oscuras corrían por el firmamento plomizo como si huyeran de alguna escena de horror. Grandes rocas obstaculizaban nuestro paso a cada instante, y sus formas grotescas parecían mirarnos con malicia mientras pasábamos. Al fin, Silvela se detuvo y se enjugó la frente.  

—Vamos —exclamé—, estás cansado y exhausto. El día declina. Regresemos.  

Silvela vaciló, y por un instante temí que aceptara mi propuesta. Pero luego se irguió, y su mentón se endureció con determinación.  

—No. Hemos llegado lejos; continuaremos hasta el final. Guía el camino.  

—Así sea —respondí sombríamente—. Continuaremos hasta el final.  

-90-

Creí que un estremecimiento recorrió la recia figura de Silvela y que su rostro palideció levemente, pero se volvió con resolución y me siguió mientras yo avanzaba una vez más.  

Era ya tarde en la tarde cuando nos aproximamos al final de nuestro viaje. Las nubes se habían vuelto menos densas, y el sol, colgando bajo en el horizonte, brillaba con un resplandor sombrío. Todo el cielo occidental tenía la apariencia de sangre cuajada.  

Al fin rodeé una inmensa roca, me detuve y señalé hacia el norte. Allí, a poca distancia delante de nosotros, se erguía la macabra planta.  

En apariencia, era como una enorme piña de unos tres o cuatro metros de altura. De la cima brotaban las anchas hojas verde oscuro, que caían hasta el suelo formando una especie de jaula alrededor de la planta.  

Dentro de esas hojas, en lo alto de su corpulento cuerpo, podían verse dos discos carnosos y redondeados, uno sobre el otro. De ellos goteaba constantemente un néctar dorado e intoxicante: el fatal señuelo que atrae a la víctima hacia su destino. Alrededor de esos discos se extendían largos zarcillos verdes, semejantes a los brazos de un pulpo. Una ligera presión sobre uno de los discos bastaba para que los tentáculos serpentinos envolvieran a la víctima en su mortal abrazo, mientras el dulce fluido la volvía inconsciente del peligro hasta que era demasiado tarde.  

Silvela permaneció un instante en silencio, contemplando la extraña planta que yo le señalaba.  

—Es una visión siniestra —murmuró, y un escalofrío recorrió su cuerpo.  

—Siniestra lo es, en verdad —respondí—. Por mi parte, no tengo deseo alguno de conocerla más de cerca.  

—Siempre dispuesto a mostrar la pluma blanca —me ridiculizó con desprecio.  

No resentí abiertamente la ofensa; podía soportar la injuria un poco más.  

—Silvela —dije—, dejemos tranquila a esta planta espantosa. Te ruego que regreses conmigo ahora. Ya has visto esta cosa horrenda, ¿por qué habrías de querer probar el legendario poder del fluido que destila?  

—Porque amo —respondió con voz soñadora—, y deseo ser amado más allá de todos los hombres. Si es, en verdad, la fuente de la juventud, ¿qué peligro podría impedirme beber de su jugo milagroso?  

—Entonces no diré más. Bebe, pues, de las maravillas fabulosas de este árbol del destino, y que toda la dicha y toda la felicidad que tu vida merece lleguen a ti al beber el néctar que gotea en gotas doradas de su corazón.  

Silvela me lanzó una rápida mirada con sus ojos oscuros, como si sospechara un significado oculto en mis palabras. Luego avanzó con rapidez hacia la ominosa planta.  

—¡Cuidado! —le advertí—. No toques los largos zarcillos verdes. Allí reside el peligro, pues podrían desgarrar tu carne.  

Silvela se detuvo un instante junto a los brazos colgantes, sus ojos brillando con una luz casi insana. Su rostro estaba encendido por el fuego apasionado que corría por sus venas. Para su mente susceptible, sabía que era la aventura suprema de su vida. Podía notar que su corazón latía con fuerza, por las arterias palpitantes de su garganta. Sus labios se movían, y agucé el oído para captar el sonido.  

—¡Por Mercedes! —murmuró, y se internó entre los zarcillos colgantes.  

Tras una breve pausa, se inclinó hacia los discos carnosos en el corazón de la planta y bebió larga y profundamente del jugo dorado. Soñadoramente cerró los ojos y, inclinándose hacia adelante, apenas pude captar algunos acentos entrecortados que brotaban de sus labios.  

—¡Ah, amor, mi único amor! —murmuraba—. Mira, amada, los rostros angelicales… voces celestiales que se acercan… dulces, tan dulces… la luz sobrenatural de los campos Elíseos… ¡ah, el perfume divino… el oleaje del mar eterno!  

Con los brazos cruzados, permanecí esperando. Perdido en los deleites de su visión embriagadora, cada facultad, cada sentido engañado en una feliz quietud por el quimérico fantasma, no advirtió las vibraciones temblorosas que recorrían toda la masa de la horrible planta.  

Lentamente al principio, y luego con mayor rapidez, los largos palpos sinuosos comenzaron a elevarse y retorcerse en lo que parecía una espantosa danza de muerte. Más y más alto se alzaban los brazos terribles, hasta que se cernieron sobre la inconsciente figura de su víctima.  

Una vez me acerqué demasiado, y uno de los horribles zarcillos enroscados rozó mi mano. Retrocedí de inmediato, justo a tiempo, pues tan mortal era el agarre de los brazos ponzoñosos que la piel se desgarró de mi carne.  

Lenta pero inexorablemente, los brazos semejantes a los de un pulpo se cerraron alrededor del cuerpo de Silvela. Uno de ellos cayó sobre su mejilla. Al tocar la carne desnuda, un estremecimiento recorrió su cuerpo, y de pronto abrió los ojos.  

Sólo un instante bastó para que comprendiera por completo el horror de su situación. Mientras se deleitaba en sueños de paraíso, los lúgubres brazos de la planta de la muerte lo habían aprisionado en su férreo abrazo, y supe que ningún poder en la tierra podría hacerlos aflojar hasta que se abrieran para arrojar la cáscara seca —la piel y los huesos muertos— de su presa. Ya le habían comprimido el pecho de tal modo que sólo podía respirar en cortos jadeos. Sus ojos aterrados buscaron mi rostro.  

—¡Dios mío, Rodríguez! —gritó con voz terrible. 

Los brazos lo apretaron con más fuerza. Alcanzó a jadear una palabra: «¡Ayuda!»  

—Silvela Castelar —dije con amarga calma—, estás más allá de toda ayuda humana. No podría socorrerte aunque quisiera. Una vez dentro del abrazo de esos brazos horribles, sería tan impotente como tú. Recuerda que en cada paso de este viaje fatal te advertí, pero con cada advertencia te volviste más decidido. Tres veces has traído ruina sobre mí; la tercera vez me dejaste sin nada en la vida, pero yo estaba resuelto a que no disfrutaras lo que yo había perdido. Silvela, esta noche los débitos y créditos de tu cuenta conmigo quedan equilibrados. En la página del libro de la vida escribo las palabras: «¡Pagado en su totalidad!»  

Me escuchó hasta el final. Entonces, al comprender que toda esperanza había desaparecido, un alarido tras otro brotó de sus labios frenéticos. En su terror y desesperación luchó con una locura de frenesí; pero cada movimiento hacía que el abrazo de los brazos macabros se cerrara aún más sobre su cuerpo.  

Con el corazón enfermo, me volví de aquella escena espantosa y me lancé hacia el sendero de regreso a casa. Al rodear la gran roca desde donde habíamos divisado por primera vez el árbol fatal, un último gemido desgarrador llegó a mis oídos.  

«¡Mercedes! ¡Mercedes!»  

Como el último grito de un alma perdida que flota sobre el abismo de la gehena, resonó con terror vibrante en el aire, rebotando en las rocas siniestras, y luego se apagó en el silencio de la noche que se acercaba.  

Un desvanecimiento me sobrecogió, y me estremecí al roce de la brisa helada que se levantó cuando el sol se hundió, rojo sangre, bajo el horizonte; y mi corazón estaba tan frío como mi carne encogida.  

Sol o sombra… ahora es lo mismo para mí. Pero como compensación por mi vida destrozada, llevaré siempre conmigo la visión de la forma distorsionada de Silvela retorciéndose en el estrecho abrazo de los brazos serpentinos del árbol del diablo; y en mis oídos resonará eternamente el eco de su último grito desesperado: «¡Mercedes!»  

✠═════ FIN ═════✠

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"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."

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