DOS HORAS DE MUERTE - WEIRD TALES (1923)

 

DOS HORAS DE MUERTE

Un relato de fantasmas
Por E. Thayles Emmons
Título original: TWO HOURS OF DEATH
Weird Tales | Volumen 1 | Número 3 | ABRIL 1923
Pp. 64-66

❖ ❖ ❖

Hace unas pocas semanas, mientras revisaba algunos papeles antiguos que encontré en el escritorio de mi difunto padre, me topé por casualidad con el siguiente manuscrito. Ignoro si se trata de un registro verídico de alguna aventura en la vida de mi padre, o de un relato ficticio que en algún momento preparó para su publicación; pero me inclino a creer que es, en efecto, una narración verdadera. He comprobado que un hombre llamado Félix Sayres existió realmente; que fue íntimo amigo de mi padre, y que murió de la extraña manera descrita en el manuscrito. Más allá de eso, nada sé. En cualquier caso, lo presento íntegro, tal como lo encontré, sin alteración alguna.

Al tomar mi periódico matutino, lo primero que atrajo mi atención fue lo siguiente:

MUERE EN MANICOMIO
INTERNADO DURANTE TREINTA Y CINCO AÑOS, MUERE REPENTINAMENTE.

Félix Sayres, de 69 años, quien había sido interno del Asilo de Eastwood para Locos durante los últimos treinta y cinco años, fue hallado muerto en su celda ayer por la mañana. En otro tiempo fue un científico muy conocido en esta ciudad, pero a los treinta y cuatro años cayó en una locura irremediable, y desde entonces permaneció confinado en el asilo, del cual era, al momento de su muerte, el interno más antiguo.

Félix Sayres fue mi compañero de universidad y, en años posteriores, mi amigo más cercano. Ahora que ha muerto, me siento libre de revelar la extraordinaria historia que lo concierne, parte de la cual ni siquiera él llegó a conocer, aunque fue protagonista principal de la terrible escena que quedó grabada indeleblemente en mi memoria, acosando mis horas de vigilia y repitiéndose en sueños recurrentes.

Mi amigo era un hombre de genio y talento, y de no haber sido por la terrible desgracia que lo alcanzó, habría llegado a ser famoso en el mundo científico. Casi todo su tiempo, día y noche, lo dedicaba a la investigación, elaborando nuevas hipótesis y sacando a la luz descubrimientos en ese extraño mundo en el que, evidentemente, había nacido.

En aquel entonces yo era su amigo más íntimo, y me confió muchas de sus esperanzas y secretos. Pasé incontables noches en su laboratorio, escuchando la explicación de alguna nueva teoría o ayudándole en sus experimentos.

Siempre fue para mí un gran placer dedicarle parte de mi tiempo, aunque mi mente no compartía la misma inclinación científica que la suya. Sus teorías estaban tan lúcidamente elaboradas y tan sólidamente fundamentadas que incluso las más abstractas parecían, aun en estado embrionario, susceptibles de demostración. Mi confianza en él era tal que siempre estaba dispuesto a colaborar en cualquier experimento o prueba.

Sin embargo, había un límite que me negaba a cruzar. Sayres, aunque ocupado principalmente en asuntos materiales, se entregaba constantemente a diversos experimentos psíquicos, con los cuales me rehusaba absolutamente a tener trato alguno. Lo oculto, sostenía yo, debía permanecer oculto. Si hubiera sido intención que pudiéramos ver más allá de las cosas de este mundo, ese poder nos habría sido otorgado hace siglos, afirmaba; y cuanto menos se ocupara uno de esos problemas irresolubles que atormentaban a mi amigo, más feliz sería su vida. No teniendo deseo alguno de conocimiento sobrenatural, evitaba cuidadosamente todo contacto con ello, y entre Sayres y yo existía el tácito acuerdo de que, más allá de la conversación ordinaria, el tema estaba prohibido. Sabía, sin embargo, que para él aquello era una fascinación irresistible, y que mi opinión no bastaba para desterrarlo de su mente.

En la época de la que hablo no había visto a Sayres durante varias semanas, como solía ocurrir cuando se hallaba más absorto en sus libros y experimentos. Había acudido a su laboratorio, pero su sirviente me dijo que nadie debía ser admitido, y comprendí que era inútil intentar verlo. Finalmente recibí una carta suya, en la que me decía que tenía algo interesante que revelar y me instaba a “¡ven esta noche!”.

Cuando llegué al laboratorio de mi amigo lo encontré en un estado de gran excitación nerviosa, paseándose de un lado a otro como un tigre enjaulado. Me saludó efusivamente y, con su acostumbrada franqueza, se lanzó de inmediato al asunto que evidentemente ocupaba su mente. Sentándose frente a mí, comenzó:

—Thornton, quiero que te prepares para escuchar algo completamente distinto de todo lo que hasta ahora te he mostrado. Es algo que para la humanidad siempre ha sido vago, incierto, insondable; algo que, en efecto, sólo ha existido en la imaginación y en la teoría, pero nunca en la demostración. Te lo mostraré esta noche, y al mundo mañana, de un modo que revolucionará por completo la vida y el vivir, la muerte y el morir.

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«Como bien sabes, mis creencias religiosas siempre han sido escépticas; pero cualquier escepticismo ha surgido más bien de la insuficiencia de fe para superar la falta de evidencia directa que los mortales poseen acerca de las cosas espirituales, que de una incredulidad obstinada. Jamás he dudado de que exista un Ser Supremo. Sus múltiples obras son demasiado manifiestas, y resulta imposible concebir una creación como esta tierra y todos sus delicados mecanismos, y el resto del universo con sus maravillas desconocidas, sin alguna vasta supervisión sobrenatural.

Aunque nunca he discutido el tema en gran medida, lo he cultivado como un pasatiempo secreto y predilecto, y he dedicado muchas horas de trabajo en ciertas líneas relacionadas con él. Desde el principio aparté la finitud de la cuestión. La mente humana, o alma, con sus poderes ilimitados, siempre me ha parecido la más maravillosa de todas las creaciones. No he podido hallar una definición enteramente satisfactoria de esta “mente” desde un punto de vista puramente físico, y por ello busqué obtenerla. Nadie afirmará que el alma es material; pertenece al cuerpo y se desarrolla con él, pero no forma parte de él.

La vida no es más que un cirio, que un leve soplo puede apagar fácilmente; pero esa cosa indeterminable llamada “mente”, razoné, debe regirse por leyes distintas. ¿Es posible que el Creador haya dispuesto que la mayor de todas Sus obras se extinga con el cese de la vida en esa vil masa de barro que es el cuerpo? ¿O dispuso más bien recuperarla, junto con su complemento espiritual, en un mundo propio, como los hombres han creído durante siglos?

Escéptico como he sido, siempre he estado dispuesto a conceder que la idea de una existencia espiritual, aunque vaga, no parece más maravillosa que miles de otras cosas que vemos a diario a nuestro alrededor y que, precisamente porque se manifiestan, no les prestamos atención alguna.

Como base de la teoría que me propuse formular, tomé lo que llamaré “átomos mentales”. Como ya he dicho, no podemos considerar la fuerza mental como algo material; pero, como hecho contradictorio, sabemos que es algo, y más allá de esa generalidad somos ignorantes. Entonces, dado que la fuerza mental gobierna por igual cada porción del cuerpo, razoné que esa cosa indeterminable de la que está compuesta debe hallarse en una parte tanto como en otra.

Coloqué entonces esos átomos mentales como difundidos en el espacio ocupado por el cuerpo, situados incluso entre los átomos de su composición material. Si, en la muerte, esta mente se retira simplemente del cuerpo —todo lo cual trabajé como ya determinado—, ¿no ocuparía en el mundo espiritual el mismo espacio y conservaría la misma forma humana de la cual había huido?

Entonces se me ocurrió la idea de que, si pudiera producirse alguna acción poderosa y aún desconocida (probablemente mediante el uso de drogas), que causara una separación instantánea y simultánea de cada átomo mental de los átomos físicos, el efecto sería una muerte espiritual, mientras que la vitalidad física no se vería en lo más mínimo afectada. Di un paso más y añadí la suposición de que, a medida que los efectos de esa acción se disiparan, sería posible que el alma reingresara en el cuerpo, del mismo modo en que había sido expulsada, y la creación volvería a estar completa.

He trabajado incansablemente, realizando experimento tras experimento, hasta que al fin he logrado producir una droga que cumple todo lo que te he explicado. La he usado en diversos animales y los he visto recuperarse de sus efectos, y así he comprobado que es inofensiva. Me atreví a probarla en mí mismo, y sé que ciertamente he resuelto el misterio del futuro, aunque durante el breve período en que mi alma estuvo en el mundo espiritual apenas pude hacer unas pocas observaciones, y de escasa importancia.

No vi otros seres espirituales, sino que permanecí, en lo esencial, cerca de mi cuerpo sin alma, aguardando el momento propicio para regresar a la vida física, si en verdad ello fuera posible; pero estoy convencido de que lo que he logrado hace que lo no revelado pueda ser revelado y despoja al más allá de todos sus secretos.»

 ❖

SE DETUVO, y por un instante, tan desconcertado estaba yo por lo extraño de todo aquello, que permanecí mudo, con la mente en un torbellino.

Tratando de sobreponerme a mi asombro, alcancé la garrafa de vino que estaba sobre la mesa frente a mí, y en la copa más cercana vertí un poco del fuerte vino que Sayres siempre tenía a mano. Tras apurarla, levanté la vista y vi un destello de satisfacción cruzar su semblante.

—Thornton —dijo—, en esa copa de vino había suficiente de la droga para dejarte temporalmente muerto durante dos horas, según mis mejores cálculos. En cinco minutos estarás inconsciente. Quiero que atravieses la misma experiencia que yo he soportado con seguridad, para que después podamos intercambiar ideas sobre el asunto.

A pesar de sus seguridades, un miedo mortal se apoderó de mí, y lo increpé con juramentos y protestas por su trato injusto. Con calma imperturbable volvió a hablarme, procurando disipar mis temores y asegurándome que volvería a conversar conmigo al cabo de las dos horas.

Incluso mientras hablaba, sus palabras se tornaron indistintas, y un mareo abrumador me dominó. Luego vino un momento del cual no guardo recuerdo alguno, tras el cual, por el hecho de que me hallaba —o parecía hallarme— a unos pocos pasos de la silla en que había estado sentado, contemplándome aún en la misma posición, supe que mi cuerpo estaba sin alma, tal como Sayres había dicho, ¡y que yo era el alma que allí se erguía!

Miré en torno, y en lugar de la atmósfera invisible a la que estaba acostumbrado, la habitación parecía llena de un vapor en constante movimiento y pulsación, denso, gris y neblinoso, pero a través del cual podía distinguir los objetos con tanta facilidad como de ordinario.

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Vi a mi amigo levantar mi cuerpo de la silla, colocarlo sobre un banco y poner un cojín bajo la cabeza. Luego comenzó a pasearse de un lado a otro, arriba y abajo, adelante y atrás, y descubrí que yo podía moverme a voluntad y seguirlo.

Intenté hablarle, pero ya no había sonido; extendí la mano para asir una silla, pero no ofreció resistencia, y comprendí que en verdad no ocupaba espacio, aunque estaba en el espacio y era parte de él. Vi los labios de mi amigo moverse como si hablara. No escuché sonido alguno, pero pude entender sus palabras, aunque no se dirigía a mí.

El resplandor de las lámparas me producía una sensación que, de haber estado en mi forma física, habría llamado dolor, y preferí permanecer en un rincón oscuro. Por una comunicación mental directa, de la cual en ese momento no era consciente, pude manifestar este hecho a Sayres, y él apagó de inmediato todas las luces, dejando el laboratorio iluminado sólo por el fuego tenue en la chimenea al fondo de la sala. Me sorprendió entonces descubrir que la ausencia de luz no afectaba mis facultades visuales, y que podía ver en la oscuridad tan bien como antes.

De ello deduje que, en realidad, no poseía visión como tal. Mis sentidos habían quedado atrás con mi ser físico, y aquí estaban reemplazados por una extraña comprensión de todo cuanto me rodeaba. Conservaba las facultades que los sentidos transmiten, pero su presencia material faltaba.

Podía deslizarme por el aire con tanta facilidad como caminar sobre el suelo, e incluso habría podido hundirme a través de ese mismo suelo si lo hubiera deseado, pues la sustancia más sólida no ofrecía resistencia alguna a mi forma. Podía atravesar directamente cualquier cosa.

El éxito del experimento, hasta ese punto, sirvió para devolverme la confianza en Sayres, y no dudaba de que al cabo del tiempo señalado podría regresar a mi cuerpo. Determiné, por tanto, no perder ocasión de hacer todas las observaciones posibles.

Sayres seguía recorriendo la habitación, y era evidente por sus actos que, en gran medida, el miedo era la causa de su inquietud. Sabía que, con toda probabilidad, yo estaba constantemente cerca de él, y habría evitado entrar en contacto conmigo si hubiera podido hacerlo. Félix Sayres poseía un valor superior al de muchos hombres, pero pocos mortales pueden enfrentarse cara a cara con lo sobrenatural sin experimentar temor.

Todos nosotros hemos sentido en algún momento —a veces de día, pero más a menudo de noche— la proximidad de alguna presencia fantasmal, que provoca una sensación de frío y un horror sofocante. Esto se me demostró claramente ahora, pues cada vez que Sayres y yo nos acercábamos a unos pocos pasos, podía ver con facilidad que él percibía mi presencia. No intentaba comunicarse conmigo ni prestaba atención a las diversas cosas que hacía para atraer su mirada.

Al poco tiempo pareció recobrarse y caminó con calma hasta donde yacía mi cuerpo sin alma, quedándose de pie mirándolo. Por el brillo de sus ojos, y por mi maravillosa facultad sobrenatural de comprensión, supe en un instante que el exceso de trabajo y la tensión nerviosa habían hecho finalmente su efecto, que el cordón de la razón se había roto ¡y que mi amigo era un loco!

Sus labios se movieron y lo escuché —o más bien lo sentí— dirigirse a mi cuerpo:

—¡Al fin te tengo en mi poder! He esperado largo tiempo este momento, y por fin mi espera será recompensada. He expulsado el alma del cuerpo, y el cuerpo vive; pero ahora quitaré la vida misma, ¡y estarás muerto!

La palabra pareció agradarle, y murmuró lentamente:

—Muerto… muerto…

 ❖

Lo oí continuar en su locura:

—¡Eres tú quien me ha robado los honores que me corresponden; eres tú quien impediría que me volviera famoso; eres tú, maldito seas, quien se casará con la única mujer que jamás podré amar… y luego me pides que te deje vivir! ¡No, maldito!

Entonces sacó de un cajón cercano un cuchillo de disección grande y de forma peculiar, que yo le había visto usar muchas veces, y, con la deliberación propia del insano, comenzó a afilarlo en una barra de acero, probándolo de vez en cuando con el pulgar.

En mi sobrecogedor temor por la seguridad de mi ser físico, ignoro todo lo que hice, pero sé que fue en vano. ¡Cuánto anhelé el poder del habla! ¡Y qué no habría dado por el uso de mi propio cuerpo fuerte para enfrentarme a él!

Pero estaba completamente en su poder y a su merced, y el pensamiento nauseabundo me asaltó: yo, el espíritu, debía permanecer pasivo a su lado y ver mi cuerpo, aún vivo, ser destrozado y mutilado por el cuchillo que blandía. Pedí ayuda, pero sabía que no había sonido, y en la desesperación aguardé.

Escuché al loco que una vez fue mi amigo murmurar: «Esto bastará», y, con la hoja reluciente en la mano, avanzó por la habitación, y supe que el momento terrible había llegado.

Intenté aferrarme a él, pero mis manos no tocaron nada. Un paso más y estaría junto al banco, y todo habría terminado. Instintivamente me lancé entre el loco y mi cuerpo, con los brazos extendidos como para mantenerlo alejado. Cómo se logró no puedo decirlo, pero por la expresión de terror mortal que apareció en su rostro —tal como nunca he vuelto a ver en semblante alguno— supe que me había vuelto visible ¡y que él me veía!

Puedo imaginar la escena en ese instante: el espíritu guardando a su indefenso doble… y ciertamente debió de ser un cuadro capaz de helar el corazón más valiente. Los ojos de mi amigo se dilataron de horror; el cuchillo cayó de su mano.

Un momento permaneció así. Luego sus labios se abrieron, y supe que había lanzado un grito. Cayó entonces a mis pies, la sangre brotando de su boca y sus fosas nasales, sus ojos rodando en el espanto.

Permanecí encadenado al lugar por el miedo de que se recuperara de su ataque y llevara a cabo su intención demoníaca.

Al fin, la misma sensación de mareo que antes había experimentado volvió a mí, y casi antes de darme cuenta de lo que ocurría me encontré sentado erguido en el banco, cuerpo y alma nuevamente unidos, y la figura de Sayres a mis pies, para convencerme de que todo no había sido una horrible pesadilla.

Coloqué a mi pobre amigo sobre el banco, y finalmente logré devolverlo a la conciencia, aunque en un estado muy débil.

Atravesó una enfermedad muy grave, pero jamás recobró la cordura. Permaneció irremediablemente loco.

De esta historia terrible que he relatado él nunca recordó nada. No pude encontrar en su laboratorio ninguna muestra de la maravillosa droga, y soy tan ignorante de su composición ahora como lo era en aquella noche espantosa. He guardado silencio sobre el asunto, esperando que algún día Sayres recobrara la razón, pero ahora que ha muerto me he visto impulsado a escribir esta narración.

✠═════ FIN ═════✠
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"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."


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