BESTIAS DE LA SELVA - WEIRD TALES (1923)

 


 NOTAS DEL BAUL
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Este relato de Reginald Thomas Maitland Scott, publicado en Weird Tales en 1923, es una auténtica joya del pulp. El formato de noveleta le permite explorar con detalle la mente perturbada de un hombre que, sin proponérselo, se enfrenta a lo sobrenatural. El auge de la psiquiatría en la época se refleja en la trama: la ciencia aparece como refugio de cordura frente a lo inexplicable, intentando mantener el mundo dentro de un frágil status quo de “normalidad”. 

 La narración se presenta a través de un documento redactado por el protagonista, recién salido de un sanatorio, lo que lo convierte en un narrador poco confiable. Sus divagaciones son leídas por los asistentes médicos y revelan una historia inquietante: la rivalidad con un gato por el cariño de su abuela, que culmina en el asesinato del animal y en la revelación de un ciclo de reencarnaciones donde uno mata al otro. 

 La llegada de su esposa —una mujer de sangre europea pero criada en China— intensifica la paranoia. Ella comienza a mostrar gestos felinos, reminiscencias de la gata muerta, evocando algo similar al síndrome de Capgras, donde el protagonista cree que su esposa ha sido reemplazada por otra entidad. Convencido de que ella quiere matarlo, su obsesión lo lleva al sanatorio, y todo lo que sabemos proviene de su propio escrito. El final es macabro y ambiguo: ¿eran realmente  su locura resultado de señales de que su esposa planeaba asesinarlo, o se trataba de una constante kármica que persigue a estas dos almas en un ciclo interminable? 

Esa ambigüedad es lo que da fuerza al relato, pues oscila entre lo sobrenatural y lo psicológico, sin ofrecer una resolución clara. En definitiva, Bestias de la selva combina el exotismo pulp con la exploración de la locura y la reencarnación, mostrando cómo la literatura de la época utilizaba la psiquiatría como frontera entre lo racional y lo inexplicable. Es un relato que deja al lector atrapado entre la duda y el horror.

Creas o no en la reencarnación, te entusiasmará leer

Bestias de la selva 

Por WILLIAM P. BARRON

Título original: Jungle Beasts

WEIRD TALES. VOL. 1. NO. 3. ABRIL 1923.

Pp. 23- 29 A 118-119

❖ ❖ ❖

—¡Mire! —dijo la enfermera al joven interno en el segundo piso del sanatorio del Dr. Winslow—. ¡Vea lo que encontré en los cajones de la mesa del 112, el paciente que fue dado de alta anoche! ¿Cree usted que esta historia horrible puede ser cierta?

El interno tomó el manuscrito con aire blasé. ¡Había leído tantas de esas divagaciones en papel!

—Ésta es realmente inusual —dijo la enfermera, notando su actitud—. Por favor, léala.

Ligeramente interesado, el interno comenzó a leer:

-23-

La historia de un vampiro

¿Por qué estoy aquí, en este lugar de locura, en esta casa de mentes enfermas? ¡Por culpa de un gato!  

Y es un gato el que me arranca de este sitio… para llevarme a la muerte. Y quizá este gato me siga para atormentarme en otro mundo, como lo ha hecho en éste. ¿Quién lo sabe?  

Este destino comenzó, al menos en lo que respecta a esta vida, cuando yo era un niño en la casa de mi abuela. Ella tenía un gran gato tártaro amarillo, al que amaba como sólo una anciana solitaria puede amar a un gato.  

Tal vez fuera porque yo estaba celoso del cariño y la atención que mi abuela prodigaba a Toi Wah —esa antipatía natural de un niño hacia cualquier cosa que usurpa el lugar que cree suyo por derecho—. O quizá fuera la misma crueldad innata, el mismo impulso travieso de infligir sufrimiento a una criatura indefensa, que he observado en otros muchachos.  

Sea como fuere, con o sin razón, odiaba a aquel animal autosuficiente y altanero que me miraba con ojos de topacio, con una expresión que parecía atravesarme y sobrepasarme, como si yo no existiera.  

La odiaba con un odio que sólo podía saciarse con su muerte, y pasaba horas —que deberían haberse dedicado a mis estudios— pensando y rumiando en los medios para lograrlo.  

Debo ser justo conmigo mismo: Toi Wah también me odiaba. Lo sentía cuando me sentaba junto a la silla de mi abuela, frente al fuego, y miraba a Toi Wah, que reposaba en otra silla al lado opuesto. En esos momentos siempre la sorprendía observándome con los ojos entrecerrados, furtiva, siempre alerta.  

Si estaba en el regazo de mi abuela y yo me inclinaba para acariciar su hermoso pelaje amarillo, podía sentir cómo se encogía bajo mi mano, y jamás ronroneaba, como sí lo hacía cuando era mi abuela quien la acariciaba.  

A veces la sostenía en mi regazo y fingía que la amaba. Pero mientras la acariciaba, mis manos temblaban con el deseo de hundirse en su piel satinada y, con la otra mano, estrangularla hasta matarla.  

Mi ansia de matar se volvía tan abrumadora que mi respiración se agitaba, mi corazón latía hasta casi sofocarme y mi rostro se encendía.  

Por lo general, mi abuela, al notar mi cara enrojecida, levantaba la vista por encima de sus lentes y decía:  

—¿Qué te pasa, Robert? Te ves acalorado y febril. Quizá la habitación esté demasiado caliente para ti. Deja a Toi Wah y sal a tomar aire un rato.  

Entonces yo la soltaba, apretándola tanto como me atrevía, con los dientes apretados para contenerme, la ponía sobre su cojín y salía.  

Mi abuelo había traído a Toi Wah, una pequeña gatita amarilla de ojos ámbar, en su barco desde aquella tierra misteriosa bañada por el Mar Amarillo.  

Y con Toi Wah había llegado una extraña historia: que había sido robada de un viejo jardín de monasterio budista, oculto entre pinos milenarios junto al Gran Canal de China.  

Alrededor de su cuello llevaba un hermoso collar de oro flexible, con un dragón grabado a lo largo y muchos caracteres chinos, adornado con piedras de topacio y jade. El collar estaba hecho para expandirse según fuera necesario, de modo que Toi Wah nunca estuvo sin él, desde su infancia hasta la edad adulta. De hecho, no podía aflojarse sin dañar el metal.  

Un día bajé a la cocina con la gata en brazos y le mostré el collar a Charlie, nuestro cocinero chino, que había navegado los Siete Mares con mi abuelo.  

El viejo chino la miró hasta que sus ojos parecieron salirse de su cabeza, mientras hacía extraños ruidos en la garganta. Se frotó los ojos, se puso sus grandes gafas de cuerno y volvió a mirar, murmurando para sí.  

—¿Qué pasa, Charlie? —pregunté, sorprendido, pues el anciano solía ser tan estoico.  

—Son palabras muy grandes —dijo al fin, sacudiendo la cabeza enigmáticamente—. Palabras que no sirven para ti. Palabras buenas para un gato muy grande; gato del Gran Lama.  

—¿Pero qué dicen las palabras? —insistí.  

Él se quedó largo rato contemplando la inscripción, acariciando el collar con ternura, mientras Toi Wah reposaba pasivamente en mis brazos y lo miraba.  

—Dice algo que no puedo decir bien en inglés —explicó al fin—. Dice: “La muerte no puede hacer nada, no puede morir”. ¿Ves? Cuando el gato del Gran Lama lleva este collar, no puede morir. No puede ser matado… sólo cambia de gato a otra cosa: mono, tigre, caballo… quizá hombre… la próxima vez —concluyó vagamente.  

—Dice: “Ámame y yo te amo; ódiame y yo te odio”. No puedo decir bien en inglés lo que dice en chino. ¿Ves?  

Y con eso tuve que contentarme por el momento. Ahora sé que los caracteres grabados en el collar de Toi Wah se referían a una cita del séptimo libro de Buda que, traducida libremente, dice lo siguiente:  

-24-

“Aquello que está vivo ha conocido la muerte, y lo que vive nunca puede morir. La muerte no existe; sólo hay un cambio de forma en forma, de vida en vida.  

Quizá el animal despreciado, que camina en el polvo del camino, fue alguna vez rey de Ind, o el consorte de Gengis Kan.  

No me hagas daño. Protégeme, oh Hombre, y yo te protegeré. Aliméntame, oh Hombre, y yo te alimentaré. Ámame, oh Hombre, y yo te amaré. Ódiame, y yo te odiaré. Mátame, y yo te mataré.  

Somos hermanos, oh Hombre, tú y yo, de vida en vida, de muerte en muerte, hasta que se alcance el Nirvana.”

Si entonces lo hubiera sabido, y detenido mi mano, ahora no estaría acosado por este terror amarillo que me acecha desde la oscuridad; que me sigue con pasos suaves y acolchados; nunca más cerca, nunca más lejos, hasta que…  

Toi Wah fue apareada con otro gato tártaro de alto linaje, y se convirtió en madre de un cachorro.  

¡Y qué madre! Sólo un corazón endurecido por el miedo podría permanecer insensible ante la incansable devoción de la gran gata hacia su cría.  

A dondequiera que iba lo llevaba en la boca; nunca lo dejaba solo ni un instante, como si presintiera el peligro que yo representaba; ¡una gata anormal, odiada!  

Sin embargo, parecía ablandarse incluso conmigo si pasaba junto a su silla mientras amamantaba a la pequeña criatura.  

En esos momentos se tendía, estirando las patas, abriendo y cerrando sus grandes zarpas en una especie de éxtasis, ronroneando su plena satisfacción. Me miraba entonces, con el orgullo y la alegría maternal brillando en sus ojos amarillos, ahora suaves y luminosos, el odio y la sospecha desplazados por el amor de madre.  

“¡Mira!”, parecía decir. “Mira esta maravilla que he creado con mi cuerpo. ¿No la amas?”  

¡No la amaba! Al contrario, intensificaba mi odio al añadir otro objeto a él.  

Mi abuela avivaba el fuego enviándome a las tiendas a comprar manjares para Toi Wah y su cachorro: hígado y hierba gatera para la madre, leche y crema para la cría.  

—Robert, hijo mío —me decía, sin sospechar mi odio—, ¿sabes que tenemos aquí toda una familia real? Estos maravillosos gatos descienden en línea ininterrumpida de los gatos de la Casa Real de Gengis Kan. Los registros se guardaban en el monasterio budista de donde vino Toi Wah.  

—¿Cómo la consiguió el abuelo? —pregunté.  

—No me lo preguntes, niño —sonrió la anciana—. Sólo me dijo que la robó, en un arranque de bravata, del jardín de aquel antiguo monasterio budista, animado por sus amigos. Pasaban una semana ociosa explorando las viejas ciudades a lo largo del Gran Canal de China, y quedaron prendados de los hermosos gatos tártaros de aquel jardín. Al parecer, los monjes budistas criaban estos gatos como una especie de deber religioso.  

Tu abuelo siempre creyó que una maldición budista acompañaba a Toi Wah, después de que un comerciante chino tradujera los caracteres de su collar. Y solía decir que ojalá no la hubiera metido a escondidas en el bolsillo de su gran chaqueta marinera, cuando los sacerdotes no miraban.  

Yo misma no creo en esas supersticiones ni en presagios, así que no le permití quitarle el collar. En realidad, no podía hacerlo: estaba tan ingeniosamente remachado.  

Él siempre temió que algún mal viniera del gato, pero yo la he encontrado un gran consuelo y un ser digno de amar.  

Y extendía sus manos hacia Toi Wah, y la gran gata saltaba a su regazo y frotaba su cabeza con cariño contra el cuello de mi abuela.  

Después de eso temí a Toi Wah más que nunca. Ese miedo era algo intangible, esquivo. No podía comprenderlo ni analizarlo; pero era muy real. Si vagaba por los pasillos sombríos de la vieja casa de mi abuela, o exploraba las habitaciones polvorientas y llenas de telarañas, siempre parecía seguirme el suave sonido de sus patas acolchadas. Siguiéndome, siempre siguiéndome, pero nunca acercándose; siempre justo más allá de donde podía verla.  

¡Era enloquecedor! Tener siempre tras de mí ese sigiloso, suave, casi inaudible sonido de pasos acolchados: nunca podía librarme de él dentro de la casa.  

En mi dormitorio, sentado solo frente al fuego, con la puerta cerrada y atrancada, cada rincón previamente explorado, la cama revisada debajo, siempre sentía que estaba allí detrás de mí, observándome con sus vigilantes ojos amarillos. Ojos llenos de sospecha y odio. Esperando, acechando… ¿para qué? No lo sabía. Sólo temía.  

De ese miedo surgieron muchos terrores irreales. Llegué a creer que Toi Wah aguardaba la ocasión propicia para saltarme encima por la espalda, o cuando estuviera dormido, y clavar sus grandes garras curvas en mi garganta, desgarrándola en su odio.  

Me poseyó tanto ese miedo que fabriqué un collar de cuero para mí, que se ajustaba bien bajo mis orejas y alrededor de mi cuello. Lo llevaba siempre cuando estaba solo en mi habitación y cuando dormía, obteniendo así cierta sensación de seguridad. ¡Pero en la noche! ¡Nadie puede saber lo que yo, un niño solitario, sufría entonces!  

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Mis ojos apenas se cerraban en el cansancio somnoliento, cuando comenzaba el sigiloso repiqueteo de las pisadas de Toi Wah. Podía oírlas subir suavemente por la escalera, deslizarse por el oscuro pasillo hacia mi habitación, al final. Se detenían allí porque la puerta estaba cerrada con llave y atrancada, con el pesado aparador encajado contra ella como precaución adicional. Escuchaba con atención, y me parecía percibir un leve rasguño en la puerta.  

Entonces me invadían todos los terrores de la oscuridad. ¿Y si no había cerrado bien el tragaluz? Si estaba abierto, Toi Wah podría, con un gran salto, atravesarlo y caer sobre mi cama. Y entonces…  

El sudor frío del miedo brotaba de cada poro, mientras mi imaginación la veía saltar, y, con un gruñido, lanzarse sobre mi garganta con dientes y garras. Me estremecía y palpaba temblando mi cuello para asegurarme de que el collar de cuero estaba bien abrochado.  

Al fin, incapaz de soportar más la incertidumbre, saltaba de la cama, encendía la luz, corría hacia la puerta, arrastraba frenéticamente el pesado aparador a un lado y abría de golpe. ¡Nada!  

Entonces me deslizaba por el pasillo hasta la cabecera de la escalera y miraba hacia el vestíbulo tenuemente iluminado. ¡Nada!  

Mirando temerosamente por encima del hombro, volvía a mi habitación, cerraba la puerta, echaba el cerrojo, empujaba el aparador contra ella, me aseguraba de que el tragaluz estaba cerrado y saltaba a la cama, enterrando la cabeza bajo las cobijas.  

Entonces podía dormir. Dormir sólo para soñar que Toi Wah había entrado sigilosamente en la habitación y estaba succionando el aliento de mi cuerpo. Era una superstición popular en el campo años atrás, y sin duda mi sueño se veía favorecido por estar medio sofocado bajo las mantas. Pero el sueño no era menos aterrador ni real.  

Noche tras noche viví esa vida de terror encogido; de escuchar el sonido acechante de pasos sigilosos, suaves, siempre siguiéndome, nunca avanzando, nunca retrocediendo.  

Pero el día de mi venganza llegó al fin. ¡Qué dulce fue entonces! ¡Qué espantoso parece ahora!  

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II.

El cachorro de Toi Wah, ya medio crecido, se alejó de su madre en la planta baja y subió hasta mi habitación. Al volver de la escuela lo encontré allí, tendido sobre la alfombra y jugando con una de mis pelotas de tenis.  

La alegría llenó mi corazón al verlo. Acababa de ver a su madre durmiendo plácidamente en el regazo de mi abuela, que también dormía.  

Cerré suavemente la puerta y la atranqué. ¡Por fin me libraría de una de las plagas que hacían de mi vida un infierno! Me puse el collar de cuero y los pesados guantes que usaba para trabajar en el jardín. Tomé estas precauciones porque incluso de este pequeño cachorro tenía miedo.  

Ajeno a su peligro, el gatito retozaba por la alfombra. Respiré hondo, me agaché y lo levanté. Me miró, percibió su peligro, escupió y trató de escabullirse de mis manos.  

—¡Demasiado tarde, demonio! —exclamé con júbilo, sujetándolo con firmeza.  

Un zumbido me llenó los oídos, la cabeza se me embotó, la boca se me secó, mientras lo estrangulaba… lo estrangulaba hasta que sus ojos amarillos vidriosos se salieron de sus órbitas y su lengua colgó. Lo estrangulé con alegría, implacablemente, obteniendo más placer de la agonía de muerte de esa pequeña criatura —hija de la madre que odiaba y temía— que de cualquier otra cosa que hubiera conocido.  

Tras largo rato abrí las manos y lo miré de cerca en busca de signos de vida. Pero estaba completamente muerto. Al menos de uno de ellos me había librado para siempre, pensé jubiloso al contemplar el cuerpo inerte. Y entonces…  


Se oyó un rasguño en la puerta; y un maullido amoroso, desgarrado.  

Parecía imposible que un animal pudiera poner en el único sonido con que podía expresarse, la ansiedad y el amor anhelante que aquel maullido transmitía.  

El viejo miedo me atenazó el corazón. Resulta increíble que yo, casi un hombre hecho y derecho, campeón de fútbol y atleta completo, pudiera temer a un gato en pleno día.  

¡Pero lo temía! El sudor frío me corría por la espalda, y mis manos temblaban tanto que el gatito muerto cayó con un suave golpe sobre la alfombra.  

Ese sonido me sacó de mi semiestupor de miedo. Rápidamente levanté la ventana y arrojé el pequeño cuerpo inerte al patio.  

Cerré la ventana y, con estudiada indiferencia, caminé silbando hacia la puerta y la abrí.  

—Entra, gatita —dije inocente—. Pobrecita.  

Toi Wah entró corriendo y recorrió frenéticamente la habitación, maullando con desconsuelo. No me prestó atención, sino que buscó aquí y allá, bajo la cama, bajo el aparador, en cada rincón de la gran habitación anticuada.  

Al fin llegó a la alfombra frente al fuego, bajó la cabeza y olfateó el lugar donde, apenas un momento antes, había estado su adorada cría.  

Entonces me miró, con unos ojos grandes y dolientes. Ojos sin odio ya, sólo con un dolor inefable. Nunca he visto en los ojos de criatura alguna la pena que vi allí.  

Aquella mirada me produjo un extraño nudo en la garganta. Ahora me arrepentía de lo que había hecho. Si hubiera podido deshacer mi acto, lo habría hecho. Pero era demasiado tarde. El gatito muerto yacía en el patio.  

-26-

Por un momento Toi Wah me miró, y luego la pena en sus ojos dio paso a la vieja expresión de sospecha y odio. Y entonces, con un aullido semejante al de un lobo, salió disparada de la habitación.  

Al caer la noche, mi miedo aumentó. No me atreví a ir a la cama. También estaba inquieto, cobarde como era, por temor a que mi abuela sospechara de mí. Pero, afortunadamente para mí, ella creyó que el cachorro había sido robado y jamás imaginó que yo lo había matado.  

Me demoré hasta el último momento antes de subir a dormir. Evité cuidadosamente mirar a Toi Wah al pasar junto a ella camino de la escalera.  

Corrí escaleras arriba y por el largo pasillo hasta mi dormitorio. Me desvestí apresuradamente, arrojando la ropa aquí y allá, me lancé al centro mismo de la cama y enterré la cabeza bajo las cobijas.  

Allí esperé, temblando de terror, el sonido de las pisadas acolchadas. Nunca llegaron. Y entonces, porque estaba agotado por lo avanzado de la hora, y quizá también aturdido por la falta de aire fresco en mi habitación, dormí.  

Muy entrada la noche oí las campanadas de la iglesia al otro lado de la calle y abrí los ojos. La luz de la luna entraba por la ventana y vi dos ojos llameantes mirándome desde un rincón.  

¿Estaba atrapado en una pesadilla engendrada por mis temores? ¿O acaso, en mi prisa por acostarme, había olvidado cerrar y atrancar la puerta? No lo sé, pero de pronto hubo un golpe en la cama, como si algo hubiera saltado sobre ella desde el suelo.  

Me incorporé, estremecido de terror, y Toi Wah me miró fijamente a los ojos, sujetándolos con los suyos. En su boca llevaba el cuerpo desaliñado de su cachorro. Lo depositó suavemente sobre la colcha, sin apartar sus ojos de los míos.  

De repente un resplandor suave, una especie de halo, brilló a su alrededor, y entonces, como hombre vivo y honorable que soy, ¡Toi Wah me habló!  


III.

Ella dijo —pude ver cómo se movía su boca—:  

“Aquel que ha matado volverá a matar. Y entonces, el que mata será a su vez muerto.  

Sí, setenta veces siete serán tus días después de que mi ciclo se rompa. Entonces, a esta hora, regresaré para que la cosa se cumpla según la ley del Señor Buda.” 

Luego la voz cesó, el halo se desvaneció. Sentí que la cama rebotaba cuando saltó al suelo, y escuché el suave repiqueteo de sus pasos por el pasillo.  

Desperté con un grito. Mi frente estaba húmeda de sudor. Me castañeteaban los dientes. Miré y vi que mi puerta estaba completamente abierta. Salté de la cama y encendí la luz. ¿Había sido un sueño horrible, una pesadilla espantosa?  

No lo sé. Pero, tendido allí sobre la colcha, estaba el cuerpo húmedo y embarrado del cachorro de Toi Wah.  

Un tigre vivo y hambriento, devorador de hombres, en la habitación no me habría inspirado mayor terror. No me atreví a tocar aquella cosa fría y muerta. No me atreví a permanecer en la habitación con ella.  

Huí escaleras abajo, tropezando con los muebles del vestíbulo, hasta llegar al cuarto del sirviente. Allí golpeé y supliqué, con los dientes castañeteando, que me permitiera quedarme en un sofá de su habitación hasta la mañana, diciéndole que me había asustado un sueño terrible.  

A primera hora de la mañana siguiente, llevé en secreto al gatito muerto al jardín y lo enterré profundamente, colocando una pila de piedras sobre la tumba; vigilando con cuidado por si veía a Toi Wah.  

Al regresar a la casa, me encontré con la vieja ama de llaves, que estaba en la puerta de la cocina con el rostro ansioso.  

—Señorito Robert, ¡no es de extrañar que no pudiera dormir anoche! Su pobre abuela falleció durante la noche. Debió de ser pasada la medianoche, pues yo no la dejé hasta la campanada de las once.  

Mi corazón dio un salto. No por sorpresa ni por pena ante la muerte de mi abuela. Eso era algo esperado, y la fría y aristocrática anciana nunca me había querido demasiado.  

Tampoco por alegría de que me hubiera dejado rico, último de una vieja estirpe cuyos antepasados se lanzaban al mar en barcos trayendo las riquezas del mundo.  

¡No! Pensé sólo que Toi Wah y yo estábamos al fin en igualdad de condiciones. Y que tan pronto como fuera posible me libraría del temor que me inspiraba de día y del terror que me causaba de noche.  

Mi herencia valdría poco si debía pasar días ansiosos y noches acosadas por el miedo. Toi Wah debía morir, para que yo pudiera conocer días de alegría y dormir en paz por las noches.  

La sangre jubilosa me palpitaba en la cabeza y silbaba en mis oídos mientras corría a mi habitación, tomaba mi collar de cuero y mis guantes, y empuñaba el gran atizador de hierro junto a la chimenea.  

Llevé todo esto al ático, una pequeña habitación cerrada, débilmente iluminada por una claraboya. No había allí aberturas por las que un gato pudiera escapar.  

Luego descendí al cuarto de mi abuela. Ya se habían encendido las velas mortuorias. Apenas le di una mirada al rostro tranquilo, enjuto y aristocrático, digno incluso en la muerte.  

Miré alrededor, en las sombras vacilantes que proyectaban las velas, buscando a Toi Wah. No la vi. ¿Podía ser que, presintiendo su peligro, hubiera huido?  

Mi corazón se hundió. Aspiré bruscamente.  

—¿El gato… Toi Wah? —pregunté a la ama de llaves, que velaba junto al cadáver—. ¿Dónde está?  

—Debajo de la cama —respondió—. La pobre criatura está tan desconsolada que no quiso comer, y tuvimos que apartarla del lado de su señora para poder arreglar el cuerpo. No quiso salir de la habitación, sino que se metió bajo la cama, bufando y escupiendo. Me da miedo.  

Me puse en manos y rodillas y miré bajo la cama. Acurrucada en el rincón más lejano estaba Toi Wah, y sus grandes ojos amarillos me fulminaban con terror y desafío.  

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—Le tengo miedo, señorito Robert —repitió la ama de llaves—. Por favor, llévesela.  

Yo también temía a Toi Wah. Tanto la temía que sabía que no podría conocer paz ni felicidad mientras viviera. Estaba seguro de ello.  

Es el cobarde quien resulta peligroso. El miedo mata siempre, si puede. Nunca transige, ni es misericordioso. Cuídate de aquel que te teme.  

Me arrastré bajo la cama y la agarré. No ofreció resistencia, para mi sorpresa, pero podía sentir su cuerpo temblando a través de los guantes. Cuando mi mano la sujetó, emitió un pequeño sonido, como un jadeo… y nada más.  

Salí arrastrándome y, en presencia de la ama de llaves y de la muerta, la sostuve amorosamente en mis brazos, llamándola “pobrecita” y acariciando su largo pelaje amarillo, mientras ella permanecía pasiva, temblorosamente pasiva, en mis brazos.  

Engañé a la ama de llaves, que creyó que estaba desahogando mi pena por la muerte de mi abuela al amar y acariciar al objeto de su afecto. No engañé a Toi Wah. Ella yacía tranquila en mis brazos, pero era la parálisis del terror; el estupor de la gran angustia. Su cuerpo no cesaba de temblar, y sus ojos estaban apagados y sin brillo. Parecía saber su destino y haber aceptado lo inevitable.  

La llevé arriba, la arrojé al suelo y cerré con llave la puerta. Tomé el atizador junto a la chimenea y me volví para matarla. Toi Wah permanecía donde la había lanzado, encogida como para saltar, pero no se movió. Sólo me miraba.  

Ya no la temía. En mis manos llevaba pesados guantes, y alrededor de mi garganta el grueso protector de cuero que había fabricado, remachado y tachonado de acero y bronce.  

Toi Wah no se movió. Sólo miraba, ¡pero qué mirada! Apelaba al demonio despiadado de mi corazón. Me quemaba el alma.  

“¡Mátame!”, parecían decir sus grandes ojos ámbar. “Mátame rápido y misericordiosamente, como mataste al tesoro de mi corazón. ¿Qué dice el Maestro?: ‘Sé misericordioso, y tu corazón conocerá la paz.’ Hoy es tuyo, mañana… ¿Quién puede decirlo?”  

Como en un sueño, me quedé mirando sus ojos. Mirando hasta que aquellos ojos ámbar se fundieron en un sucio estanque amarillo, alrededor del cual crecían helechos gigantes y cañas más altas que nuestros árboles del bosque. Y una neblina brumosa flotaba sobre la escena.  

En el estanque flotaba una canoa, un tronco ahuecado. En la canoa había un hombre, una mujer y un niño, todos desnudos salvo por pieles sobre los hombros. El hombre empujaba hacia la orilla con una pértiga, y al desembarcar saltó al agua y arrastró la barca hasta la ribera.  

Al tirar de la barca, las cañas se estremecieron a su derecha, y un gran tigre amarillo saltó desde los helechos y atrapó al niño.  

Por un instante se quedó allí, el hombre y la mujer paralizados por el miedo y el horror. Luego, con sangre goteando de sus fauces, volvió a saltar entre las cañas y desapareció.  

¡El rostro del hombre en la barca era el mío! ¡Y era Toi Wah quien sostenía a mi hijo en sus fauces sangrientas! Una gran Toi Wah, con colmillos de sable y piel amarilla sucia, pero aún Toi Wah.  

La visión del estanque se desvaneció y yo estaba allí, mirando los ojos del gato tártaro de mi abuela.  

¡Pero lo sabía! ¡Al fin lo sabía!  

IV.

Explícalo como quieras: yo sabía que, en algún tiempo remoto y prehistórico, Toi Wah había arrebatado a mi primogénito ante mis ojos torturados, y que su tierna carne había llenado las fauces de un tigre de colmillos de sable.  

¡Ahora había llegado el día de mi venganza! Apreté con más fuerza el atizador entre mis manos. Me puse de pie y la sujeté por el collar que ninguno de nosotros había logrado desabrochar. ¡Se desprendió en mi mano!  

Lo miré con asombro, luego lo arrojé a un lado, para no pensar más en aquella curiosa reliquia hasta…  

Tenía prisa por librarme de esa cosa de odio y temor. Mi corazón saltaba. Rechinaba los dientes en un éxtasis de júbilo; mis mejillas ardían. Una sensación de bienestar y poder hacía brillar todo mi cuerpo…  

La dejé allí, al fin, sobre el suelo manchado de sangre, un cuerpo roto y muerto, y salí cerrando la puerta con llave tras de mí.  

¡Era libre al fin! Libre del miedo a las garras y dientes en mi temblorosa garganta. Libre del sonido de pasos acolchados. Era un hombre nuevo, en verdad, pues se desprendía de mí toda la vieja timidez y falta de agresividad que aquel miedo a Toi Wah había engendrado. Me fui de la casa de mi abuela a la universidad, un hombre entre hombres…  

No volví a la casa de mi herencia hasta que llevé a mi esposa: una criatura tímida, suave, delicada, un hermoso contraste con el tipo agresivo de la mujer moderna.  

Era de un tipo oriental del viejo mundo, hija de un misionero chino retornado, educada en Oriente, y había absorbido las maneras y los ideales de las mujeres chinas de voz suave, recluidas y hogareñas entre las que había crecido.  

Sus ojos castaños claros y su cabello amarillo, su andar lento, ondulante y gracioso, y sus modos antiguos y singulares me atrajeron; y tras un breve y apasionado cortejo nos casamos.  

Era muy feliz. Apenas veinticuatro años, rico, y casado con una joven hermosa y cariñosa a la que adoraba.  

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Yo esperaba una larga vida de paz y felicidad, pero no había de ser así. Desde el mismo día de mi regreso a la maldita casa de mi abuela hubo un cambio. ¿Qué era? No lo sé, pero podía sentirlo. Lo percibí desde el primer día. Algo sutil, un velo sombrío, intangible, esquivo y desconcertante, comenzó lentamente a posarse sobre mí, sofocando y asfixiando la felicidad que había sido mía antes del funesto día de mi retorno.  

Había vuelto del pueblo con algún pequeño objeto de necesidad doméstica. Los sirvientes aún no habían llegado, y la ama de llaves, vieja y achacosa ya, estaba ocupada poniendo la casa en orden.  

Al regresar, busqué a mi esposa y la encontré en la habitación de mi abuela, de pie ante el retrato de tamaño natural de Toi Wah, pintado al óleo para mi abuela por un gran artista que también amaba a los gatos como ella los había amado.  

Hasta ese día, Toi Wah había permanecido sólo como un tenue recuerdo de la cruel venganza de un niño dominado por el miedo. A propósito, había desterrado todo pensamiento de ella de mi mente. Pero ahora todo volvía, una horda de odiosos recuerdos, mientras yo permanecía en el umbral y veía a mi esposa de pie, contemplando la imagen de la gran gata.  

Y cuando ella se volvió, sobresaltada por mi entrada, ¿qué vi?  

Vi, o creí ver, una semejanza, una gran semejanza entre ambas. ¡Los ojos, el cabello, la expresión general! ¿Por qué no lo había notado antes?  

¿Y qué más? En los ojos de mi esposa estaba el viejo miedo, el antiguo odio que solía ver en los ojos de Toi Wah cuando entraba de repente en la habitación de mi abuela… ¡en esta misma habitación! La mirada destelló un instante y desapareció.  

—¡Cómo me asustaste, Robert! —rió ella—. ¡Y la expresión de tu rostro! ¿Qué ha pasado?  

—Nada —respondí—. Nada en absoluto.  

—¿Pero por qué me miraste así? —insistió—. Seguramente algo anda mal. ¿No vienen los sirvientes? Si no vienen, no soy del todo inútil; hasta puedo cocinar —y volvió a reír, una risa nerviosa, pensé.  

Tenía el aire de alguien sorprendido por mi entrada, como si hubiera sido descubierta en algo secreto u oculto que ahora trataba de disimular.  

—Pues… —balbuceé confuso, porque aquella semejanza extraordinaria me había dejado sin aliento—, nada está mal. Sólo que de repente me impresionó, al verte allí junto al retrato del gato de mi abuela, la notable semejanza: tu cabello, tus ojos… del mismo color. Eso fue todo.  

—¡Robert! —rió, levantando un dedo en señal de reproche.  

Esta vez estuve seguro de la nota de confusión en su risa, que parecía forzada. Mi esposa no era dada a reír, siendo una persona tranquila y reservada.  

—¡Imagínate! ¡Yo, como un gato!  

—Bueno —dije con ligereza, estrechándola en mis brazos—, pues Toi Wah era una gata muy hermosa y de noble linaje. Su ascendencia se remontaba a Gengis Kan. Así que parecerse a ella no sería tan malo, ¿verdad? —Y la besé.  

¿Se encogió ante la caricia? ¿Tembló su cuerpo en mis brazos? ¿O fue imaginación, el despertar de viejos recuerdos de Toi Wah, que se estremecía ante mi más leve contacto?  

No lo sé. Sí sé, sin embargo, que aquella extraña experiencia de ese día fue el comienzo del fin; el fin que aún no ha llegado, pero que avanza velozmente… ¡para mí!.

V.

Conforme avanzaba el día, me volví inquieto e intranquilo; incómodo y descontento.  

Así que, después de la cena, salí a dar un largo paseo por los caminos del campo. Al regresar, mi esposa dormía. Me acosté suavemente a su lado y, cansado por la caminata, pronto me quedé dormido también.  

Dormido, soñé. Soñé con Toi Wah y con el cachorro de Toi Wah. Y volví a escuchar, en mi sueño, el lamento de la madre gata llamando ansiosa y amorosamente a su cachorro que nunca regresaría.  

Tan vívido y real fue el sueño que desperté con el grito del gato resonando en mis oídos. Y al despertar, me pareció oírlo de nuevo: un lamento apagado, un llanto a medio camino entre gato y humano, como si una mujer hubiera gritado en voz alta y luego hubiera reprimido rápidamente el grito.  

¡Y mi esposa había desaparecido!  

Me levanté de un salto. La luz de la luna inundaba la habitación por la ventana. Era casi tan claro como de día. Ella no estaba en ninguna parte de la habitación.  

Recorrí velozmente el pasillo y bajé las escaleras, sin hacer ruido con mis pies descalzos. La puerta de la habitación de mi abuela estaba abierta. Miré dentro. Dos ojos luminosos, con un tinte verdoso, brillaban en la penumbra del rincón más alejado.  

Por un instante mi corazón se detuvo, y luego se desbocó palpitante. Respiré hondo y avancé hacia aquella cosa desconocida de ojos brillantes que se agazapaba en el rincón.  

Al llegar al círculo de luz de luna en el centro de la habitación, escuché un jadeo de miedo, un movimiento repentino, y mi esposa huyó junto a mí, salió de la habitación y subió corriendo las escaleras.  

Oí la puerta del dormitorio cerrarse de golpe tras ella, oí la llave girar en la cerradura.  

Cuando pasó corriendo junto a mí y subió las escaleras, el golpeteo de sus pies resonó en mis oídos como el suave repiqueteo de las pisadas de Toi Wah que habían llenado mis años juveniles de miedo. Mi sangre se heló ante aquel viejo sonido, hasta entonces olvidado.  

-29-

¿Qué miedo cobarde era éste? Traté de recomponerme, de razonar con lógica. ¿Miedo de un gato muerto hacía tiempo, cuyos huesos carcomidos estaban arriba, en el suelo del ático? ¿Qué había que temer? ¿Me estaba volviendo loco?  

El portazo de la puerta del dormitorio, el giro de la llave en la cerradura, cambiaron de inmediato mis pensamientos y despertaron en mí una furia abrumadora. ¿Iba yo a quedar encerrado fuera de mi propio dormitorio… de nuestro dormitorio?  

Corrí escaleras arriba. Golpeé la puerta, sacudí el picaporte. Golpeé con los puños los paneles. Grité:  

—¡Abran! ¡Abran la puerta!  

En medio de mi furioso asalto, la puerta se abrió de repente y una pequeña figura de ojos soñolientos se hizo a un lado para dejarme entrar.  

—¡Robert! —exclamó ella, mientras yo permanecía allí, desconcertado y avergonzado, con un furioso conflicto de duda, miedo e incertidumbre rugiendo en mi mente—. ¿Qué sucede? ¿Dónde has estado? Yo dormía profundamente, y me asustaste, gritando y golpeando la puerta.  

¿Me engañaba? En parte. Pero en sus ojos… ¡Ah! En sus ojos estaba esa mirada felina, astuta, inescrutable, que nunca había visto allí hasta ese día. Y ahora esa mirada nunca los abandona, ¡siempre está allí!  

—¿Qué hacías abajo… sola en la habitación de mi abuela? —balbuceé.  

Ella arqueó las cejas con incredulidad.  

—¿Yo? ¿Abajo? ¡Robert, qué te pasa! Acabo de despertarme de un sueño profundo para dejarte entrar. ¿Cómo podría haber estado abajo?  

—¡Pero la puerta del dormitorio estaba cerrada con llave! —exclamé.  

—Debiste haber bajado tú mismo —explicó— y cerrar la puerta tras de ti. Tiene cerradura de resorte. Seguramente tuviste alguna horrible pesadilla. Querido, ven a la cama ahora. —Y volvió a acostarse.  

De nuevo disimulé, como aquel día en que la encontré de pie ante el retrato de Toi Wah. Sabía, más allá de toda duda razonable, que mentía. Sabía que había estado plenamente despierto y en mis cabales cuando bajé y la encontré allí. Evidentemente deseaba engañarme, y hasta que pudiera comprender su motivo fingiría creerla. Así que, murmurando algo en el sentido de que debía tener razón, me metí en la cama también.  

Pero no para dormir. Volvieron a mi mente acosada todos los viejos terrores juveniles de la oscuridad, y reviví aquellos días atormentados por el miedo a Toi Wah o a alguna sombra desconocida, no sabía qué.  

Tendido allí en la oscuridad, resolví que la mañana me encontraría dejando para siempre aquel lugar aparentemente habitado por fantasmas. Mi paz mental, mi felicidad, mi libertad del miedo… esas cosas valían más que todas las viejas casas de campo del mundo. Y con esa resolución, dormí.  

Dormí hasta bien entrado el día, despertando al mediodía para descubrir que mi esposa había salido con algunos vecinos a jugar tenis y tomar el té. Así que, claramente, no podía arreglar mi partida hasta el día siguiente. Debía esperar su regreso y, mientras tanto, formular alguna excusa razonable para explicar mi precipitado retorno a la ciudad, después de haber planeado una estancia de un año en el campo.  

Y además, ahora era de día, un día sobrio y real, y, como siempre me ocurría, los terrores de la noche parecían irreales, pesadillas medio olvidadas. Así que aparté el asunto de mi mente por el momento y salí a dar un largo paseo por los campos.  

Era casi la hora de la cena cuando regresé. Al abrir la puerta del comedor, mi esposa se volvió desde donde estaba junto a la chimenea para saludarme, y de nuevo me impresionó su parecido con Toi Wah. El arreglo de su cabello acentuaba ese efecto. Y cuando sonrió… ¡no puedo describirlo! ¡Una sonrisa felina, astuta, secreta!  

—Robert —dijo, acercándose a mí y alzando los labios para ser besada—. ¿Sabes qué día es hoy?  

Sacudí la cabeza.  

—¡Pues es mi cumpleaños, muchacho olvidadizo! Mi vigésimo primer cumpleaños, y tengo una sorpresa para ti.  

—El viejo sacerdote budista que me enseñó cuando era niña me dio un frasco de raro vino de loto chino, cuando se despidió de mí, que debía guardar intacto hasta mi vigésimo primer cumpleaños. Me dijo que entonces estaría casada, y que ese día debía descorchar el viejo frasco y beber el vino con mi esposo, en memoria de mi maestro, que para entonces estaría en el seno del Nirvana.  

—¡Mira! —y se volvió hacia la mesa de servicio, donde reposaba un pequeño frasco rechoncho cubierto de mimbre, y me lo entregó.  

Lo miré con curiosidad. Estaba sellado con un pequeño sello de bronce, estampado con difusos caracteres chinos.  

—¿Qué significan estos caracteres? —pregunté, entregándole el frasco.  

Ella miró de cerca el sello.  

—¡Oh! Uno de esos sabios dichos budistas que los chinos ponen en todo —sonrió—. ¿Quieres que lo traduzca? Puedo hacerlo, ¿sabes?  

Asentí.  

—“El vino alegra o entristece el corazón, bueno o malo. ¡Bebe, oh Hombre, según tu elección!” —leyó.  

Luego arrancó el sello y sirvió el vino: un líquido ámbar espeso, tan denso que caía como crema. Su bouquet llenó la habitación con un tenue y lejano olor a flores de loto.  

—¿Bebemos ahora, Robert, o esperamos a que sirvan la cena?  

—Bebamos ahora —dije, curioso por probar aquel vino oriental, desconocido para mí.  

—¡Amén! —dijo mi esposa suavemente.  

Entonces murmuró, rápida y suavemente, unas palabras en chino —o al menos eso supuse— y bebimos el vino. No había mucho en el frasco, y lo bebimos todo antes de que sirvieran la cena.  

Mientras cenaba, una extraña sensación de bienestar fue apoderándose de mí. La desconfianza, el miedo y la aprensión se desvanecieron de mi mente, y mi corazón se sintió ligero. Mi esposa y yo reímos y conversamos como en los días de nuestro noviazgo. Era otro hombre.  

Después de la cena fuimos a la sala de música y ella cantó para mí. Cantó, con dulce voz baja, extrañas y antiguas canciones de la vieja China. Del estandarte del dragón ondeando al sol, y de las hogueras en las colinas. De viejos amores y odios tártaros. De agravios que nunca mueren, sino que pasan de edad en edad, de vida en vida, de muerte en muerte… sin prisa, sin fin, hasta que la deuda sea saldada.  

Me quedé escuchando, adormecido en una vaga languidez mental, con una sensación que me era ajena desde hacía tiempo: que todo estaba bien en el mundo. Estaba pacíficamente feliz, y la dulce voz de mi esposa seguía arrullando. La hora de dormir, la subida a nuestro dormitorio y lo que ocurrió después es sólo un recuerdo borroso.  

Desperté, o creí despertar (ahora que estoy en este manicomio ya no lo sé con certeza), bien entrada la noche.  

Desperté con una sensación de sofocación, una impresión de disolución inminente. No podía moverme, no podía hablar. Sentía algo indescriptiblemente maligno, repulsivo, espeluznante, suspendido sobre mí, amenazando mi propia vida.  

Intenté abrir los ojos. Los párpados parecían pesados como plomo. Toda la fuerza de mi voluntad apenas logró entreabrirlos. A través de esa leve abertura vi a mi esposa inclinada sobre mí, y los ojos que me miraban eran los inescrutables ojos de ¡Toi Wah!  


VI.

Lentamente se inclinó —pude percibir la delicada fragancia de su cabello— y aplicó sus dulces y suaves labios sobre los míos. De nuevo sentí que me ahogaba, que el mismo aliento de mi vida estaba siendo arrancado de mí.  

Concentré toda mi voluntad en el esfuerzo de luchar, y con un tremendo esfuerzo logré mover débilmente un brazo. Mi esposa apartó apresuradamente sus labios de los míos y me miró de cerca, con los crueles ojos ámbar de la gran gata tártara, cuyos huesos yacían en mi desván.  

Una vez más se inclinó y aplicó sus labios sobre los míos. Yo yacía allí en una impotente languidez, incapaz de moverme, pero con una mente activa que retrocedía al pasado, trayendo a mi memoria todos los viejos cuentos infantiles de gatos que succionaban el aliento de los niños dormidos, de las leyendas populares que había oído sobre inválidos indefensos muertos por crueles gatos que les robaban el aliento.  

Al fin comencé a reaccionar. ¿Iba mi aliento a ser succionado por esta criatura mitad humana, mitad gato, que se inclinaba sobre mí? Con un último esfuerzo desesperado de mi voluntad embotada por el vino, levanté los brazos y aparté a este suave y dulce vampiro de mi pecho y de la cama.  

Y entonces, mientras el sudor frío del miedo corría por mi cuerpo tembloroso, grité pidiendo ayuda. Por fin mi sirviente subió corriendo las escaleras y golpeó la puerta.  

—¿Qué ocurre? —llamó—. ¿Qué pasa, señor? ¿Quiere que vaya por la policía?  

—No pasa nada —respondió mi esposa con calma. Se había levantado del lugar donde la había arrojado y estaba arreglándose el cabello despeinado—. Su señor ha tenido una terrible pesadilla, eso es todo.  

—¡Es mentira! —grité—. ¡No me dejen solo con este vampiro!  

Salté de la cama y, sin reparar en la condición semidesnuda de mi esposa, abrí de golpe la puerta. Ella retrocedió, pero yo la agarré por la muñeca, fuera de mí por el terror nervioso.  

Y entonces, allí en su muñeca… ¡lo vi! Miré de cerca para estar seguro. Entonces todo se aclaró de inmediato. Ya no tenía dudas. ¡Lo sabía!  

—¡Miren! —chillé—. ¡Aquí, en su muñeca! ¡El collar de Toi Wah! No sé por qué lo dije, ni apenas qué dije, pero sabía que era verdad.  

—¡El collar de Toi Wah! —repetí—. ¡No puede quitárselo! ¡Está transformándose en un gato! ¡Miren sus ojos! ¡Miren su cabello! Pronto volverá a ser Toi Wah con el collar en su cuello, y entonces…  

Y entonces vi a mi esposa desconcertada por primera vez. Sentí que el brazo que había sujetado temblaba en mi agarre frenético.  

—¡Robert! —balbuceó—. Yo… yo encontré esto en el suelo del ático ayer. Y… y… pensando que era una curiosa reliquia china, me lo puse en la muñeca. ¡Es una pulsera, no un collar!  

—¡Quítatelo entonces! —grité—. ¡Quítatelo! ¡No puedes! ¡No puedes, hasta que vuelvas a ser Toi Wah, y entonces estará en tu cuello! ¡Lee lo que dice! ¡Está en tu maldita lengua!  

—¡Pero nunca volverás a vivir para enloquecerme otra vez con miedo, para hacer de mi vida un infierno de ojos acechantes y pasos acolchados, y luego para succionar mi aliento al fin! ¡Te maté una vez, puedo hacerlo de nuevo! ¡Y otra vez, y otra vez, en cualquier forma que los demonios del infierno te envíen para acechar a los hombres honrados!  

Y la agarré por su hermoso cuello. Pensaba estrangularla hasta que aquellos crueles ojos amarillos saltaran de sus órbitas, y luego reír al verla jadear en la última agonía de la muerte.  

Pero fui engañado. Los sirvientes me dominaron y me trajeron aquí, a este manicomio.  

Dije entonces que estaba perfectamente cuerdo. Lo digo ahora. Y los alienistas doctos, reunidos en consejo, han estado de acuerdo conmigo. Mañana he de ser entregado a la custodia de mi dulce esposa de voz arrulladora, que viene cada día a verme. Me besa con labios suaves y mentirosos que ansían succionar mi aliento, o quizá incluso desgarrar la carne de mi garganta con los pequeños dientes blancos tras los crueles labios.  

Así que mañana saldré… para morir. ¡Para ser asesinado! Iré a la muerte tan seguramente como si el verdugo esperara para arrastrarme al cadalso, o si el alcaide estuviera afuera para escoltarme a la silla eléctrica.  

¡Lo sé! Se lo he dicho a los psicólogos y médicos doctos: lo sé. Pero ellos ríen.  

—¡Todo es un delirio! —exclaman—. ¡Tu pequeña esposa te ama con todo su leal corazón! Incluso con tus huellas dactilares marcando un moretón azulado en su tierno cuello, ella te amaba. Aquella noche en que despertaste, asustado, al verla inclinada sobre ti, sólo te estaba besando, en un esfuerzo por calmar tu sueño perturbado.  

¡Pero yo lo sé! Por eso estoy dejando todo esto escrito, para que cuando me encuentren muerto los doctores sabios sepan que yo tenía razón y ellos estaban equivocados. Y para que se haga Justicia.  

Y aun así… quizá nada pueda hacerse. He dejado de luchar. Me he rendido. Como el oriental, digo: “¿Quién puede escapar a su destino?”  

Pues moriré por justicia china, una venganza budista por haber matado a la gata tártara, Toi Wah. A Toi Wah, a la que odié y temí, y a la que he odiado y temido a través de todas las vidas que ambos hemos vivido, muy, muy atrás, hasta aquel tiempo en que el tigre amarillo de colmillos de sable arrebató a mi primogénito y huyó con él entre los juncos y helechos de los pantanos paleozoicos, un delicado bocado para su cachorro.  

Y así… ¡adiós!  

-118-

—¡Qué relato tan extraño! —la enfermera se estremeció, mientras el interno terminaba de leer el manuscrito—. Vamos a conducir hasta Cheshire Manor y…  

—¿Cree usted esta historia? —interrumpió el interno, golpeando el manuscrito con los dedos y alzando las cejas con escepticismo, mientras sonreía.  

—¡No, por supuesto que no! —exclamó la enfermera—. Pero… el paseo no nos hará daño, y… me gustaría asegurarme.  

Al detener su coche frente a la sombría y vieja mansión, quedaron impresionados por el extraño silencio del lugar. Ningún sirviente respondió a su llamada. Y al cabo de un tiempo, como la puerta estaba abierta, entraron y comenzaron a subir las escaleras.  

Un sonido extraño, lúgubre y solitario descendió hacia ellos: el aullido de un gato.  

Se detuvieron un instante y se miraron, y luego, tranquilizados por la luz del sol, y siendo ambos personas profesionales y prácticas, siguieron adelante. Al llegar a lo alto de la escalera se encontraron con un largo pasillo, al final del cual había una puerta abierta.  

—¡Mire! Ése es el dormitorio del que escribió —susurró la enfermera, aferrándose al brazo del interno.  

Caminaron suavemente por el pasillo hasta la puerta y miraron dentro. En la cama yacía el hombre que buscaban, con los ojos vidriosos, la mandíbula caída y el rostro lívido… ¡muerto!  

Sobre su pecho estaba erguido un gran gato amarillo de ojos ámbar, que los enfrentó con el lomo arqueado y un gruñido amenazante. Involuntariamente retrocedieron. El gato saltó junto a ellos y bajó por el pasillo hacia las escaleras, lanzando el mismo extraño grito.  

—¡Dios mío! —jadeó la enfermera, con los labios pálidos—. ¿Lo vio? ¡En el cuello de ese gato… y era un gato tártaro, conozco la raza… en su cuello estaba… estaba el collar de topacio y jade… el mismo del que él escribió!  

✠═════ FIN ═════✠

"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."

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