La Pesadilla Viviente - WEIRD TALES (1923)

La Pesadilla Viviente - WEIRD TALES (1923)
 NOTAS DEL BAUL
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la pesadilla viviente es un relato breve, centrado en la experiencia psicológica del miedo y como una vivencia particularmente fuerte puede cambiar a una persona. en este relato no hay descripciones de creaturas, fantasmas o elementos sobrenaturales, solo el poder cada vez más poderoso de la suggestion que lleva la mente del protagonista al límite. 

 MacMillen se queda solo en una vieja mansión donde supuestamente yace el cadáver de la abuela de la familia Mitchell. La atmósfera nocturna, los ruidos extraños y la sugestión lo llenan de pánico.
El clímax ocurre cuando descubre que el féretro no está en la habitación lo que hace caer en Panico al protagonista. 

 En realidad, todo fue un malentendido: el cuerpo había sido trasladado para el funeral. Se inscribe en la tradición de relatos que muestran cómo el miedo puede ser más devastador que cualquier aparición. Una anécdota inquietante que revela cómo la mente convierte un malentendido en pesadilla.

La Pesadilla Viviente

Por Anton M. Oliver

Título original: The Living Nightmare 

WEIRD TALES. VOL.1. NO.2. ABRIL 1923

Pp.38-41.

❖ ❖ ❖

¿Quieres decirme» —exigió Jim Brown— «que esa gente se fue del pueblo y espera que te quedes solo en esa casa esta noche?

Pues sí» —respondió MacMillen, preparándose para marcharse—. «Se han ido a Virginia y volverán el jueves, cuando tenga lugar el funeral.

¿Y dejaron el cuerpo tendido en la sala?  

Por supuesto. ¿Dónde esperabas que lo dejaran… en el porche?  

¿Y vas a dormir en esa casa solo… con el cadáver?  

Sí. ¿Y qué? No hay nada que temer.  

Tomando su sombrero y su abrigo, MacMillen se marchó.  

¡Dulces sueños!» gritó Brown, mientras la puerta se cerraba de golpe tras él.  

La noche era fría y la atmósfera estaba clara y “dura”. La nieve crujía bajo sus pies al caminar.  

«Idea tonta», murmuró; pero no pudo evitar preguntarse por qué los Mitchell, con quienes vivía, habían abandonado la casa el mismo día en que la abuela de la señora Mitchell había fallecido.  

En su mente repasó la explicación de la señora Mitchell. Ella le había dicho que iban a Wheeling, el antiguo hogar de la difunta, donde vivía una hermana, y que permanecerían allí hasta el funeral. Y le había preguntado: «¿No tienes miedo de quedarte aquí solo, verdad?»  

No, claro que no tenía miedo; pero era extraño que lo dejaran a cargo del cadáver y se marcharan.  

Entonces se le ocurrió. Curioso que no lo hubiera pensado antes. Los Mitchell debían de ser supersticiosos. Probablemente tenían alguna idea absurda sobre que una casa quedaba embrujada mientras hubiera un cadáver en ella, o algo por el estilo. Eso debía de ser. ¡Pero qué ridículo!  

Aun así, los Mitchell eran un poco raros de todos modos, reflexionó Mac, mientras subía por el sendero helado hacia la residencia de los Mitchell.  

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Se alzaba, rodeada de altos edificios y tiendas, en una zona de la ciudad que en tiempos pasados había sido el corazón mismo de la vida social. Era una de las casas más grandes y antiguas de la ciudad. Y ahora era un paria, por así decirlo, entre los monumentos a la industria y al progreso. Construida años atrás por el esposo de la mujer que ahora yacía muerta entre sus muros, pertenecía a un estilo arquitectónico hacía mucho abandonado. Todo en ella era alto y estrecho: el edificio mismo, las ventanas y puertas, las columnas del pórtico y el tejado, elevado entre las ramas de los árboles.  

Mac avanzó sin vacilar hacia la gran casa oscura. Pero, de algún modo, las formidables paredes de ladrillo que siempre parecían tan acogedoras se mostraban frías e inhóspitas aquella noche. Sombras extrañas danzaban en las ventanas.  

Alzó la vista hacia su propia ventana. No le agradaba del todo la idea de pasar junto a la habitación donde yacía la difunta, lo admitió para sí mismo, pero ciertamente no tenía miedo. ¡Él no!  

Con sombría resolución, introdujo la llave —que había sacado del bolsillo mientras subía por el sendero— en la cerradura de la puerta principal. La enorme puerta con paneles de vidrio chirrió al hacerlo, y casi se sobresaltó al ver su propio reflejo en el cristal reluciente. Giró la llave en la cerradura y abrió la puerta de par en par con un vigor innecesario.  

Una oleada de aire caliente lo recibió. La casa estaba cálida, sorprendentemente cálida, considerando que había permanecido desocupada todo el día. Su corazón, por alguna razón inexplicable, latía con fuerza al entrar en el oscuro vestíbulo.  

Giró bruscamente a la izquierda y buscó el interruptor eléctrico. Su mano lo había accionado muchas veces, lo había encontrado al instante en la oscuridad; pero aquella noche tuvo que palpar para hallarlo. Lo accionó una vez, dos, tres… pero el vestíbulo permaneció en tinieblas.  

La oscuridad de pronto pareció causarle un dolor casi físico. Escuchando con agudeza, trató de explicárselo. ¿Por qué estaban apagadas las luces? Las farolas de la calle estaban encendidas, y había luz en varias de las casas que había pasado. Permaneció inmóvil. No se oía nada. La casa oscura estaba sepultada en un silencio mortuorio.  

Entonces, con una súbita violencia que le destrozó los nervios, llegó un sonido tan real como el de su propio corazón, que latía con tal fuerza que la sangre le retumbaba en los oídos. Se volvió para enfrentarlo, pero tan repentinamente como había comenzado, se detuvo. Con los dientes apretados y la frente húmeda, Mac permaneció inmóvil. Luego volvió: un sonido semejante al grito lejano de una sirena.  

Poco a poco recobró sus sentidos, y la razón ocupó el lugar del desconcierto. Buscó sus cerillas y, encendiendo una, se acercó al candelabro de gas, giró la válvula y pronto una llama azul se alzó del quemador, que no había sido ajustado en meses.  

Con manos algo temblorosas, reguló primero el aire, luego el gas, hasta que finalmente la familiar luz amarilla iluminó el vestíbulo. Entonces volvió a oír el ruido, esta vez un poco más fuerte y más cercano.  

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Su decisión de investigar lo abandonó de pronto. Permaneció inmóvil, incapaz de moverse, pues no solo escuchaba… ¡también sentía! Entonces, con una súbita resolución, se dirigió rápidamente a su habitación, situada en el mismo piso y contigua a la biblioteca.  

La luz del vestíbulo proyectaba una sombra larga y distorsionada sobre el suelo frente a él. Todo estaba tan quieto que el silencio le retumbaba en los oídos. Encendiendo su propia lámpara de gas, cerró y atrancó la puerta. Su pipa descansaba sobre la cómoda, y la encendió nerviosamente. Luego se miró en el espejo.  

«¡Qué ridículo!» dijo, medio en voz alta, con una risa forzada. Después comenzó lentamente a desvestirse.  

Todo estaba tranquilo y apacible allí, en su propia habitación. ¡Qué necedad dejarse llevar por tanta excitación! Probablemente las luces se habían apagado en toda la ciudad desde que había entrado en la casa y, en cuanto a aquel ruido, seguramente provenía del exterior, y en su mente lo había asociado con el cadáver perfectamente inofensivo que yacía en la habitación contigua.  

«¡Maldito Brown!» murmuró. «Me puso nervioso por nada con sus bromas.»  

Y, habiendo terminado de desvestirse, se acostó, aunque dejó la luz encendida a plena intensidad. A pesar de que su propia explicación sobre el origen de los extraños sonidos lo había satisfecho en cierta medida, permaneció despierto durante largo rato.  

Se estaba dejando llevar por las primeras suaves corrientes del sueño cuando, de pronto, se incorporó bruscamente. ¡Había oído un ruido!  

Su lámpara titilaba de manera extraña y podía escuchar su tenue zumbido—apenas audible—pero que a sus oídos parecía el poderoso escape de vapor de una caldera, pues estaba tensando el oído para captar otro sonido, un sonido que debía volver a escuchar, cuya fuente debía localizar.  

Su cuerpo comenzó a dolerle por permanecer rígido en una sola posición. Aun así, todo seguía en silencio.  

De repente, con la sensación de ser arrancado a la conciencia, volvió a oír el ruido, semejante al alarido de una sirena. Parecía lejano, y sin embargo cercano. Su corazón trabajaba con tal fuerza que podía sentir su latido en todo el cuerpo. El alarido continuó durante varios segundos, y luego todo volvió a quedar en silencio.  

Quiso levantarse, pero no pudo.  

No tenía miedo, se repetía a sí mismo… y, sin embargo…  

De pronto oyó el sonido de pasos—pisadas que parecían provenir del interior de la pared, atravesar su habitación y desvanecerse poco a poco. Conteniendo la respiración, escuchó.  

El gran reloj del salón dio la hora de la medianoche. Contó cada golpe mientras resonaba por la casa. Ahora estaba completamente despierto. Las cortinas blancas parecían brillar como nieve iluminada por el sol, y las campanadas del reloj, en el silencio mortuorio, sonaban como las de un imponente reloj de torre.  

Cuando la última nota se extinguió, Mac recordó de pronto que el reloj había sido detenido por la señora Mitchell como muestra de respeto hacia aquella que, en la habitación contigua, aguardaba el entierro.

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Un súbito sentimiento de alivio invadió a Mac. Ahora todo estaba claro; alguien había regresado, quizá el señor Mitchell. Eso lo explicaba todo.  

Con confianza, Mac se levantó de la cama y, tras abrir la cerradura de su puerta, salió al pasillo. ¡Qué diferente se veía todo, qué natural y hogareño! La luz, que poco antes había tenido un aspecto fantasmal, ahora parecía amistosa y completamente normal. Al pie de la escalera, Mac se detuvo y llamó. Llamó más fuerte y más fuerte, pero todo permaneció en silencio. De pronto, por alguna razón inexplicable, se acercó a la puerta de la habitación contigua, asió con resolución el picaporte y, con un empujón repentino, abrió la puerta de golpe. Los rayos de la luz de gas del pasillo cayeron directamente dentro de la habitación, y lo que revelaron le provocó un escalofrío helado de horror. Ante él se alzaban dos pedestales vacíos. ¡El cuerpo había desaparecido!  

Girando violentamente, casi corrió hacia la puerta principal y la abrió de golpe. Una ráfaga helada de viento golpeó su cuerpo apenas cubierto. Durante varios segundos permaneció respirando el aire frío de la noche, luego, con repentina determinación, cerró de un portazo la gran puerta de roble.  

Al cerrarse la puerta, se produjo un chasquido agudo, como el de un alambre al romperse, seguido de un estruendo, un crujido y un lamento. La luz eléctrica se encendió, y aquel mismo paso que antes había resonado en la casa se acercaba más y más. Sintió un dolor agudo, como la estocada de un cuchillo, entre los omóplatos… Y entonces cayó desvanecido.  

Pasaron semanas antes de que Mac volviera a estar bien. La excesiva exposición le había provocado neumonía. Tan pronto como se recuperó, me llamó al hospital y me rogó que le buscara un nuevo alojamiento y retirara sus pertenencias de la casa de los Mitchell.  

Intenté en vano explicarle que había malinterpretado a la señora Mitchell respecto a la disposición del cadáver, pues ellos se lo habían llevado para enterrarlo en Wheeling, y no estuvo en la casa en ningún momento después de su partida. Pero Mac fue inflexible. Me escuchó con indulgencia, con paciencia; luego, posando su blanca y ardiente mano sobre mi hombro, me miró fijamente a los ojos y, con una voz que transmitía convicción, dijo:  

«Sé lo que sentí en esa habitación aquella noche. Tenía poder sobre mí, y me está esperando, y no voy a volver.»  

Mac está bien ahora, y se le puede ver en el club casi cualquier noche. Pero siempre que alguien comienza a hablar del Más Allá, se levanta y abandona la sala apresuradamente.  

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✠═════ FIN ═════✠

"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."

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