La Calavera Por Harold Ward - WEIRD TALES (1923)

⚠️ Alerta de contenido: este relato contiene lenguaje ofensivo y condescendiente hacia personas negras esclavizadas. Tales expresiones reflejan prejuicios raciales de la época y pueden resultar perturbadoras o dolorosas para lectores actuales. Presentamos el texto en su forma original únicamente con fines históricos y literarios, sin avalar ni reproducir las actitudes discriminatorias que transmite.
Además, aborda la violencia física y la muerte con crudeza. Procede con cautela.

La Calavera Por Harold Ward - WEIRD TALES (1923)

 NOTAS DEL BAUL
❧ ❧ ❧ 

La calavera es un relato que mezcla exotismo colonial, violencia y fatalismo. Ward construye un ambiente hostil, cargado de tensiones raciales y sociales, donde la violencia parece inevitable. La historia se inscribe en la tradición pulp de justicia paradójica: el mal no es derrotado por el bien, sino que se destruye a sí mismo. 

 El protagonista, celoso de su socio, intenta deshonrarlo con una carta para impedir su matrimonio. La tensión lo lleva a asesinarlo en una borrachera, y luego debe deshacerse del cadáver, intentando culpar a un trabajador previamente torturado. Todos los personajes son desagradables: dominados por celos, resentimiento y un pensamiento colonial que pretende superioridad, aunque las circunstancias revelan su falta de control. 

 El relato utiliza un lenguaje condescendiente y ofensivo hacia los trabajadores, reflejo de la mentalidad colonial de la época. El ambiente es sofocante, cargado de hostilidad, y llama constantemente a la violencia. La narración muestra cómo la supuesta “superioridad” de los colonos se desmorona en medio de sus propias pasiones destructivas. 

 El protagonista muere envenenado por la punta de la flecha, víctima de su propio descuido. La justicia aquí no proviene de instituciones ni héroes, sino del autodesgaste del mal: el verdugo de otros se convierte en su propia víctima. 

 Para el lector actual, el relato es incómodo por su racismo implícito y su lenguaje colonial. Sin embargo, ofrece una oportunidad de reflexión: muestra cómo la violencia y la arrogancia terminan volviéndose contra quienes las ejercen.

La Calavera

Por Harold Ward
TÍTULO ORIGINAL: THE SKULL
WEIRD TALES. VOL.1. NO.1. MARZO 1923.
Pp.164-168
❖ ❖ ❖

Kimball levantó la mano, en señal de advertencia.

—¡Escucha! —exclamó en un susurro.

Luego apartó la botella de su codo y alcanzó el revólver, que colgaba justo encima de la mesa. Abrochándose el cinturón alrededor de la cintura, saltó hacia la puerta y la abrió de golpe.

La casa, levantada sobre pilotes a unos tres metros del suelo, tembló bajo la estampida de pasos que huían. Con la rapidez de un animal salvaje, se impulsó para el salto… y cayó directamente sobre la espalda del último de los negros que abandonaba el lugar.

El peso del hombre blanco derribó al nativo. Sujetándolo por el cabello, lo levantó de un tirón, manteniendo el cuerpo desnudo entre él y la multitud que acechaba en la oscuridad, justo más allá del círculo de luz que caía por la puerta abierta.

—¿Qué nombre? —exigió en el pidgin de las Islas (lenguaje de origen criollo en las islas salomón)—. ¿Para qué vienes alrededor de la casa grande? ¡Te tumbo de un golpe rápido!

Aún aferrando la lana rizada del hombre con la mano izquierda, su derecha salió disparada, asestando un golpe terrible en la boca del nativo. El negro, escupiendo sangre y dientes rotos, se retorció de dolor e intentó mirar de reojo a sus compañeros. Al ver que ninguno pensaba ayudarlo, sacudió la cabeza en un intento de escapar. El blanco la enderezó con otro golpe.

—¿Qué nombre? —volvió a exigir.

—Yo buen muchacho —respondió el negro con esfuerzo—. ¡Yo misionero!

—¡Entonces di una oración rápido!

Kimball descargó golpe tras golpe en su rostro. El salvaje chillaba de agonía. En la sombra, los demás se movían con inquietud, como una manada de ganado lista para una estampida, pero el hombre blanco parecía no prestarles atención.

Por fin, concluido el castigo, arrancó el arco y las flechas de la mano inerte de su víctima y, girándolo de repente, le dio una patada y un empujón que lo lanzaron a cuatro patas en medio de los otros. Luego, volviéndose, aparentemente ignorando a los negros aterrorizados, volvió a entrar en la casa.

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Arrojando el arco y las flechas sobre la mesa, se sirvió un trago fuerte de ginebra y lo bebió de un golpe. Luego, sentándose junto a la mesa, tomó el arma y la examinó con cautela.

—¡Envenenadas! —comentó con indiferencia al hombre que yacía en la cama—. Le di una paliza sangrienta a Tulagi como lección para los demás. Se están volviendo insolentes, con sólo uno de nosotros para controlarlos. Ojalá estuvieras de pie y en movimiento otra vez.

—¿En la plataforma, eh? —preguntó el enfermo con desgana.

Kimball asintió.

—Se están volviendo atrevidos —dijo con brusquedad—. Quinientos negros son demasiados para que un solo hombre los mantenga en orden. Ha sido un verdadero infierno desde que caíste… y luego el perro tuvo que estirar la pata. Cuando Donaldson llegue la próxima semana con el *Scary-Saray* tendremos que mandar por un nuevo cazador de negros. Chipin tiene un par más que ha estado entrenando en Berande.

El enfermo se dio vuelta con un gemido.

—¡Gracias a Dios que me enfermé! —dijo con amargura—. Es duro, Dios lo sabe, pero me dio la oportunidad de descubrir qué clase de canalla eres, Kimball.

Kimball frunció el ceño. Abrió la boca como para responder. Luego, pensándolo mejor, se sirvió otro trago y volvió a ocuparse de examinar el arma que había quitado al nativo. Se balanceaba ligeramente en la silla bajo la carga de licor que llevaba, pero su voz no estaba enturbiada cuando, tras un minuto de silencio, miró al otro.

—¿No puedes sacarte eso de la cabeza, Hansen? —dijo—. Estoy harto, hasta la coronilla, de eso.

Hansen se incorporó sobre un codo y agitó el puño con furia hacia el otro.

—¡Oh, estás “harto hasta la coronilla”, eh? —lo imitó—. ¡Ya lo creo que deberías estarlo! Supongo que estoy hiriendo tus delicados sentimientos al mencionártelo, ¿eh? ¿No es algo de lo que un hombre debería quejarse, verdad? ¡Que aquel a quien creía su mejor amigo le hiciera una jugada tan sucia!

Kimball se sirvió otro trago. Su mano tembló ligeramente al llevar el vaso a los labios.

—¡Olvídalo y vete a dormir! —gruñó.

—Sí, “olvídalo”, ¡maldito tramposo, mentiroso, traidor! ¿Cómo voy a olvidar que le escribiste a Gladys y le dijiste que yo había tomado una esposa negra?, ¡La querías para ti, ¿verdad?, rata miserable, bebedor de ginebra! Fue pura suerte que me enfermara y tuvieras que ocuparte de la plantación en vez de ir por el correo la última vez, o nunca habría recibido esa carta de ella diciéndome por qué me había rechazado.

—¡Te lo digo ahora, por última vez, que yo no le escribí eso! —replicó Kimball con fiereza—. Te digo que es mentira. Te mostré la carta que le escribí, dándole mi palabra de honor de que alguien te había hecho una jugarreta.

—¿Quién más aquí en las Islas la conocía de nuestra tierra? —exigió Hansen, dejándose caer de nuevo sobre las almohadas—. ¿Y quién más sabía que estábamos comprometidos?

—¡Cómo diablos voy a saberlo! —respondió Kimball con voz pastosa, alcanzando tambaleante la botella—. Estás enfermo, Hansen, o te golpearía por la forma en que me hablas.

El enfermo se incorporó otra vez de sus almohadas con un resoplido de ira, el rostro enrojecido, los ojos brillando con fiebre.

—¡Es un camino largo el que no tiene vuelta! —murmuró—. Es mi dinero el que está en esta plantación, Kimball… mi dinero contra tu experiencia. ¡Y mantén esa maldita flecha apuntando hacia otro lado, idiota! Estás borracho… demasiado borracho para andar jugando con armas. Podrías dispararme sin más: ¡y si lo haces, te atraparé aunque tenga que volver de la tumba para hacerlo! Y recuerda esto, Kimball: tan pronto como pueda levantarme y andar de nuevo, tendremos un ajuste de cuentas. Y tú saldrás de esta plantación, tú…

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Ya fuera un accidente o un asesinato en toda regla, nadie lo sabe. Kimball estaba borracho—bestialmente borracho. La flecha estaba cargada en el arco y sujeta entre sus dedos temblorosos, la cuerda tensa. Y Hansen lo había molestado, enfurecido, hostigado, maldecido. En cualquier caso, cuando Kimball se desplomó hacia adelante en su silla, la cuerda se deslizó de entre su pulgar y su dedo, y—

¡Hansen cayó de espaldas sobre las almohadas con un grito ahogado, la flecha enterrada profundamente en su sien!

II.

Pasada la medianoche, Kimball despertó de su estupor alcohólico.

Por un instante, no tuvo recuerdo alguno de lo sucedido. La lámpara de aceite aún ardía con fuerza, proyectando en marcado relieve la figura del hombre en la cama.

Kimball se incorporó de puntillas para no despertar a Hansen. Su pie tocó el arco que yacía en el suelo. Entonces una oleada de comprensión lo invadió. De pronto recordó que era un asesino.

Si había matado a Hansen intencionalmente o no, era incapaz de recordarlo. La memoria se había detenido en el segundo en que se desplomó hacia adelante, con el cerebro entumecido por el licor consumido durante la velada. Sabía que habían discutido—que Hansen había sido más abusivo de lo habitual y lo había maldecido.

Se acercó a la cama. Una sola mirada al rostro hinchado, ya tornándose negro—y a los ojos vidriosos que lo miraban fijamente—le confirmó que su sospecha era cierta: la flecha había sido impregnada con veneno. Se estremeció mientras empujaba las flechas restantes, que había tomado de Tulagi, hacia el fondo de la mesa y se servía otro trago.

Debía actuar de inmediato. Donaldson y el *Scary-Saray* llegarían en unos días. Y Donaldson no era ningún tonto. Tampoco Svensen, su compañero. Ambos sabían que había mala sangre entre los socios. Y si alguno de los sirvientes encontraba el cuerpo por la mañana, provocaría un sinfín de habladurías entre los negros. Algunos seguramente hablarían con Donaldson. El gran comerciante podría atar cabos y llevar sus sospechas a las autoridades.

Alzando la mano, tomó su revólver y, abrochándose el cinturón a la cintura, avanzó de puntillas hacia la puerta. La lluvia caía a torrentes y el rugido del oleaje resonaba con fuerza. El cielo se partía con relámpagos, mientras el trueno rodaba y retumbaba.

Era un típico aguacero isleño; sabía que duraría poco. Sin embargo, mientras persistiera, los nativos estarían bajo techo, lo que lo mantenía a salvo de miradas indiscretas si actuaba de inmediato.

Pero el miedo—miedo a no sabía qué—lo llevó a bajar las cortinas hasta que no quedara rastro de luz por los lados ni por abajo.

Luego, armándose de valor con otro trago de la botella, bajó la lámpara hasta dejar la habitación en penumbra. De nuevo se acercó a la puerta y, abriéndola apenas unos centímetros, escuchó.

Satisfecho, regresó a la cama y levantó el cuerpo muerto de Hansen, echándoselo al hombro con gran esfuerzo. Apagó la lámpara de un soplido al pasar junto a la mesa.

Entonces, tanteando cuidadosamente con los pies para no chocar con algún mueble en la oscuridad, buscó la salida.

Doblando el cuerpo contra la fuerza del viento, alcanzó los escalones y se escabulló por la esquina de la casa, opuesta a los barracones de los negros. Al borde del cocotal, volvió a detenerse para escuchar.

No llegó ningún sonido desde la dirección de los barracones. Poco después, luchando contra el viento, avanzó bamboleándose entre la arboleda durante un cuarto de milla.

Convencido de que estaba lo bastante lejos de la casa, dejó caer su macabro fardo al suelo y regresó. La tormenta borraría sus huellas para la mañana. Con la llegada del día, daría la alarma, como si acabara de descubrir la ausencia de Hansen.

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Había repasado todo en su mente mientras avanzaba con dificultad. Sería bastante fácil imponer su historia a los negros de mente sencilla. Les diría que el hombre enfermo se había levantado en la noche y se había marchado vagando. Las fiebres son comunes en las Islas; también lo es el delirio. Y, cuando encontraran el cuerpo con la flecha en el cráneo, creerían que su amo había caído víctima de algún salvaje errante.

Había media docena de fugitivos—desertores de la plantación—escondidos en la maleza, temerosos de internarse en las colinas por miedo a los feroces hombres de las montañas y, al mismo tiempo, temerosos del castigo que seguramente se les impondría si regresaban a la plantación. A uno de ellos se le culparía de la muerte de Hansen. Los negros respaldarían tal historia cuando él la contara a Donaldson y Svensen a su llegada.

Había cubierto una pequeña parte de la distancia de regreso a la casa, con la cabeza inclinada en pensamientos, cuando un crujido entre las palmas a su derecha lo hizo volverse de repente. Al hacerlo, una lanza pasó zumbando junto a su cabeza, incrustándose en el árbol a su lado.

Girando, sacó su revólver y descargó el cargador en la dirección de donde había sido lanzada la lanza. Estaba demasiado oscuro para disparar con precisión; y un instante después un relámpago le mostró una figura desnuda que se escabullía detrás de un árbol en la distancia. Demasiado tarde, se dio cuenta de que había salido de la casa sin un cargador extra de cartuchos. Desarmado, rompió a correr, esquivando aquí y allá entre las largas avenidas de árboles hasta llegar al borde del bosque.

Los negros ya salían precipitadamente de sus barracones, parloteando excitados.

—¡Ornburi! —le espetó a uno de los sirvientes—. Tú diles a los muchachos: amo enfermo, él se escapó. Tiene diablo en la cabeza. Yo voy tras él. Encuentro negro malo. Negro malo quizá lo mató. Ustedes miren. Ustedes atrapan negro malo, mañana mucha comida, nada de trabajo, mucho tabaco—¡mucho de todo!

Mientras Ornburi avanzaba, orgulloso de ser elegido entre sus compañeros, y explicaba a los recién llegados lo que había sucedido, Kimball subió corriendo los escalones y entró en la casa. Volvió un instante después con su rifle y el cinturón de cartuchos, encontrando a los negros armándose con sus armas nativas, chillando y parloteando de alegría ante la perspectiva de la cacería humana y el descanso festivo que seguiría en caso de éxito.

A pesar de sus esfuerzos por mantener cierto orden, ayudado por el exaltado Ornburi, era casi de día cuando la expedición estuvo lista para partir. La lluvia casi había cesado, pero una mirada le mostró que el aguacero nocturno había borrado por completo el rastro que había dejado. Esquivando aquí y allá entre los árboles, alerta con fiereza ante sus enemigos ocultos, pasó casi una hora antes de que los nativos cubrieran la distancia que Kimball, cargado como estaba, había recorrido en veinte minutos.

El cuerpo de Hansen yacía donde lo había arrojado.

¡Pero la cabeza había sido cercenada!

III.

En su fuero interno, Kimball no tenía dudas acerca de la identidad del negro que le había lanzado la lanza en la oscuridad, pues al revisar a los trabajadores descubrió que Tulagi faltaba.

Resentido por la paliza que Kimball le había dado, el nativo había huido. Oculto en la oscuridad, alimentando su ira, el destino había puesto en su camino al hombre que lo había azotado. El mismo destino había hecho que fallara su objetivo al lanzar la lanza.

Y Tulagi pertenecía a una tribu que creía en tomar cabezas como trofeos.

Con la llegada de Donaldson y Svensen en el *Scary-Saray* tres días después, lo que le daba suficiente apoyo blanco para manejar la plantación sin temor a un levantamiento, Kimball reanudó la búsqueda del fugitivo. Tulagi, suelto, sería una amenaza constante, no sólo para su propia seguridad, sino también para la paz y tranquilidad de los negros. El fugitivo tenía una influencia considerable entre los demás, y ya había demasiada insatisfacción entre los trabajadores como para permitir que se infiltrara un problema adicional.

El cuerpo del asesinado Hansen había sido enterrado decentemente cerca del borde del cocotal bajo la dirección de Kimball.

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Donaldson y Svensen nunca dudaron por un instante de su historia, la cual fue corroborada por Ornburi y los negros. Tales cosas no son infrecuentes en las Islas. Ambos se ofrecieron voluntariamente a ayudarlo a dar caza al supuesto asesino. Pues la supremacía del hombre blanco debía mantenerse para el bien común de todos.

Cerca del final del segundo día encontraron aquello que buscaban. Junto a un esqueleto yacía una calavera, con la punta de una flecha incrustada en la sien. Un gran hormiguero cercano contaba una historia macabra.

Que una de las balas de Kimball había dado en el blanco era casi indudable. Tulagi, herido de muerte, se había detenido, no obstante, el tiempo suficiente para cercenar el espantoso trofeo, y luego se abrió paso hacia las colinas como pudo.

Agotado por la pérdida de sangre, cayó, sólo para convertirse en víctima de las hormigas.

IV.

Mientras los tres hombres blancos avanzaban hacia el claro, la vista de una goleta anclada cerca del *Scary-Saray* se cruzó en su mirada. En la playa, junto a la casa, estaba varada una ballenera.

—Por su aspecto, debe ser el *Dolphin* del capitán Grant, de Malatita —comentó Donaldson, protegiéndose los ojos del resplandor del sol—. No sabía que llegara tan lejos. ¿La has visto alguna vez, Kimball? ¡Es una belleza!

Antes de que Kimball, caminando un poco detrás de los otros y cargando la calavera, pudiera responder, un hombre y una mujer salieron de la casa para encontrarse con ellos. Donaldson se volvió rápidamente.

—¡Es ella! —exclamó—. La chica más bonita de las Islas. ¡Esconde esa maldita calavera, Kimball! No es algo que una mujer de su clase deba ver.

Ya estaban a poco más de cien metros de distancia, la joven agitaba su pañuelo hacia ellos.

—Es extraño que no te quedaras en casa para recibir a tu invitado, Karl —llamó ella—. ¿Y Fred Hansen… dónde está?

Kimball se adelantó a los demás.

—¡Gladys! —exclamó.

—¡Esconde esa maldita calavera, te lo digo! —gruñó Donaldson en voz baja.

Ya estaban casi juntos. Kimball metió la calavera bajo su abrigo. Al hacerlo, casi se le resbaló de las manos sudorosas y, en un esfuerzo por sujetarla, su dedo se deslizó dentro de una de las cuencas vacías.

La punta de la flecha, que sobresalía del hueso, le arañó la piel. Por un momento lo olvidó en la felicidad de encontrarse con la mujer que amaba.

—Papá quiso hacer un viaje de comercio por esta zona y me trajo como compañía —decía ella, mientras él avanzaba para tomar su mano extendida—. Di que estás sorprendido de verme.

Antes de que pudiera alcanzarlo, las piernas de Kimball se doblaron bajo él y cayó hacia adelante. La calavera, cayendo de debajo de su abrigo, rodó y rebotó media docena de metros, deteniéndose al pie de una pequeña loma.

Ellos se lanzaron hacia adelante para sostenerlo mientras caía. Pero demasiado tarde. Con un gran esfuerzo se incorporó de rodillas.

—¡Hansen! —gritó—. ¡Lo maté! Juró que se vengaría, ¡y lo ha hecho! ¡La… maldita… cosa… estaba envenenada!

Se desplomó de bruces.

Al pie de la loma, la calavera sonreía sardónicamente.

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✠═════ FIN ═════✠

"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."


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