El Extraordinario Experimento del Dr. Calgroni - WEIRD TALES (1923)

 El Extraordinario Experimento del Dr. Calgroni - WEIRD TALES (1923)

⚠️ Alerta de contenido: El siguiente relato usa lenguaje ofensivo para referirse a un personaje descrito con facultades mentales limitadas. El término se presenta en su contexto narrativo original, pero reconocemos que puede ser inapropiado o hiriente.
 NOTAS DEL BAUL
❧ ❧ ❧ 

El relato es en una parábola sobre la arrogancia científica y la ausencia de ética. El Dr. Calgroni realiza un experimento que nunca se explica del todo, cegado por su visión ingenieril del mundo. Esto lo convierte en un classico: científico loco, arquetipo clásico del pulp, donde la inteligencia se convierte en amenaza por falta de moral. Y es otra interpretación de la fabula de los tres sabios persas, que para probar su genio deciden revivir a un tigre que los termina devorado. 

El relato dialoga con las polémicas experimentaciones del Dr. Serge Voronoff, quien trasplantaba tejido testicular de simios a humanos como tratamiento hormonal justamente en ese periodo de tiempo. 

Más allá de lo biológico, el relato sugiere la posibilidad (fallida) de trasladar la conciencia a un cuerpo mas viril. este tema del simio con cerebro humano se presentaria comunmente en la ciencia ficción de los años 50s.

El error del doctor es casi cómico, pero el trasfondo es trágico: abuso de poder y explotación de los vulnerables. el relato es un ejemplo temprano de la crítica pulp al cientificismo extremo. Se inscribe en la tradición que va de Frankenstein a los relatos de laboratorio de Weird Tales. Más que un cuento de horror sobrenatural, es una parábola sobre el peligro del conocimiento sin responsabilidad.

El Extraordinario Experimento del Dr. Calgroni

Por Joseph Faus y James Bennett Wooding
WEIRD TALES. VOL.1. NO.1. MARZO 1923.
Pp. 143-149

❖ ❖ ❖

Hay mucho acerca del extraño Dr. Calgroni que no puedo dar a conocer al mundo.

Debe recordarse que nunca había estado dentro de su casa hasta después de verlo salir frenéticamente por la gran puerta principal, aquella noche lluviosa, con su rostro enjuto tan blanco como la muerte y, apenas vestido, correr precipitadamente hacia la estación.  

Que era un cirujano de extraordinaria habilidad lo reconozco sin dificultad. Pero Belleville era el último lugar donde uno esperaría encontrar a un hombre de tal destreza quirúrgica, y, sin duda alguna, el último sitio que se elegiría para ser escenario de los sorprendentes acontecimientos provocados como resultado de la compra por parte del doctor del simio “Horace” en el mundialmente famoso espectáculo de tres pistas de Barber.  

Si el doctor se hubiera alojado simplemente en el hotel, habría creído que, como yo, estaba pasando el verano en Belleville. Pues era una aldea apacible, situada en un valle montañoso, a algo así como un día de viaje desde Nueva York. Pero el hecho de que alquilara la propiedad Thornsdale despertó en mi mente sospechas latentes, probablemente sembradas por aquel extraño artículo que había leído en *The Surgical Monthly*.  

Lo bastante grande para ser un hotel o casa de huéspedes, pero situada en un lugar apartado—y además por la enorme renta exigida por sus herederos—la propiedad Thornsdale había permanecido vacía desde que el último de la línea Thornsdale muriera diez años atrás. Sus puertas habían sido cerradas con candados, y sus ventanas, tapiadas.  

Había sido la residencia más elegante del viejo pueblo en su época, pero ahora era considerada una especie de rareza histórica. En conjunto, ofrecía un aspecto formidable, agazapada tras sus grandes olmos, erguida enorme y castigada por el tiempo, con sus ventanas entabladas y ceñudas. Pero era justamente el tipo de lugar en el que el excéntrico Dr. Calgroni podía trabajar sin ser molestado.  

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Vi al peculiar doctor una mañana, cuando salía de la pequeña oficina de correos. Era justo después de la hora del tren, y muchos de los aldeanos merodeaban por el lugar, entre ellos un joven llamado Jason Murdock.

Murdock era de ese tipo del que siempre se oye hablar en una pequeña comunidad: el “diablo” del pueblo. Provenía de una buena familia, tenía dinero de sobra y todo eso; pero había logrado, pese a su rica herencia de sangre, encender más fuego y azufre de lo que los cinco predicadores del pueblo habían concebido en su imaginación. Era toscamente bien parecido, grande y fornido.  

Aunque era un gamberro aristocrático, todos lo admiraban en secreto, probablemente porque inyectaba “chispa” en el perezoso viejo pueblo.  

Vi a Jason Murdock señalando la figura encogida de un hombrecillo, de hombros caídos.  

—Ahí va —dijo—, ese Dr. Can-groan-ee, que se está mudando a la propiedad Thornsdale. Me pregunto si tendrá buen licor en su bodega. Ese viejo caserón Thornsdale tiene una buena bodega de vinos.  

El Dr. Calgroni no prestó la menor atención al insolente parloteo de Jason, sino que siguió caminando apresuradamente, con su rostro enjuto y bien afeitado sin volverse ni a la derecha ni a la izquierda.  

—¿Quién es ese hombre? —pregunté al jefe de correos, que había salido a la puerta a tomar aire.  

—No lo sé, salvo que su correspondencia está dirigida al Dr.—tendré que deletrearlo—C-A-L-G-R-O-N-I, y es en su mayoría extranjera, de Viena, reenviada aquí desde Nueva York.  

—Un hombre misterioso, ¿eh? —arriesgué.  

—Yo diría que más bien un tonto por alquilar esa vieja ratonera de Thornsdale, para vaya-a-saber-qué, que ha estado vacía estos diez años.  

Asentí y me dirigí en la dirección tomada por el doctor.  

Aquí había un elemento de misterio; pues yo, únicamente yo entre todos los aldeanos, sabía que la presencia de este eminente cirujano en Belleville presagiaba desgracia.  

Pronto alcancé a ver al doctor.  

Para un hombre de su edad y complexión, su andar era extraordinariamente rápido—como si lo impulsara un nervioso dinamo.  

Alargando mis pasos, mantuve una distancia prudente entre él y yo, hasta que abrió de golpe el alto portón de madera y desapareció rápidamente entre la espesura de arbustos altos y árboles bajos hacia la casa Thornsdale. Me detuve, seguro de no ser observado, y encendí mi pipa.  

Apoyado contra un árbol, repasé en mi mente el extraño significado de aquel notable artículo que había leído recientemente en la sobria y siempre auténtica *Surgical Monthly*.  

Este Dr. Calgroni, según parecía, había declarado al entrevistador que estaba allí desde Austria en vacaciones—y para sondear las opiniones de los cirujanos americanos respecto a su nueva teoría. Un tal Herr von Meine, célebre cirujano de Viena, añadió con cierta aspereza, se había burlado de la absurdidad y la idea heterodoxa de la teoría sin precedentes que él había propuesto, y había declarado que la operación de Calgroni era sumamente imposible, por no decir insensata—que jamás tendría éxito.  

El Dr. Calgroni afirmaba que podía prolongar indefinidamente la vida humana mediante la inserción de una glándula femoral viva de un joven mamífero cuadrumano, como el Pithecoide.  

La teoría del famoso doctor había provocado gran discusión y controversia en todo el mundo médico, y el consenso era que se trataba de un teórico impracticable que había perdido la razón.  

Y ahora aquí estaba el Dr. Calgroni, viviendo en el tranquilo pueblecito de Belleville, donde nadie conocía su sensacional hipótesis, alquilando aquella inmensa y destartalada propiedad, con su extraordinaria intención conocida sólo por él mismo.  

Me había sentado en un tocón frente al portón, que tenía un aro clavado, usado en otros tiempos como poste de amarre. El tiempo transcurría pesadamente para mí en Belleville, pero este nuevo elemento de misterio prometía algún posible interés y emoción.  

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Habiendo permanecido allí hasta que mi pipa quedó vacía y fría, fui sobresaltado por el ruido del portón abriéndose detrás de mí, seguido por el tac-tac de un martillo. Me volví.

Allí estaba el doctor, en mangas de camisa, clavando un cartel en el poste del portón. Burdamente pintado en negro sobre cartón blanco, leí:  

PROHIBIDA ABSOLUTAMENTE LA ENTRADA 
Quienquiera que entre aquí lo hace  bajo su propio riesgo.
T. Calgroni.

Sin siquiera lanzarme una mirada, el doctor cerró el portón tras de sí y parecía dispuesto a marcharse por el sendero de grava cubierto de maleza, cuando, al mirar hacia la oscura calle, se detuvo.

Mi vista siguió la dirección de sus ojos. Se acercaba una carreta. Se detuvo junto al tocón y se paró. Cargada con grandes cajas, las mulas sudaban tras el esfuerzo. Su conductor, de rostro hosco, se detuvo a unos seis metros y se volvió hacia el doctor:  

—Sé que llego tarde —le oí refunfuñar—, pero manejé las cajas con cuidado, tal como dijo. ¿Entro con la carreta?  

—Será mejor —respondió Calgroni en un inglés tajante, aún sin reparar en mí—. Y recuerda: si hay algo roto, no recibes ni un centavo. Y giró por el sendero.  

—¡Maldito sea! —juró el carretero, volviéndose hacia mí—. ¿Ha visto alguna vez un viejo tan gruñón?  

—¿Vidrio dentro de las cajas? —sugerí.  

El hombre me miró con sospecha, luego sus labios se contrajeron como una prensa y se volvió hacia sus mulas. Lo observé conducir a través del portón para carros y avanzar entre los árboles cubiertos de musgo hasta la casa.  

II.

A la mañana siguiente me levanté temprano, con la intención de pasear frente a la vieja propiedad Thornsdale. Encontré la Calle Principal desierta, salvo por dos hombres ocupados en colocar el llamativo anuncio de la llegada de:  

“EL MUNDIALMENTE FAMOSO ESPECTÁCULO DE 3 PISTAS  DE BARBER” 

Me detuve a observar cómo embadurnaban con sus brochas las largas tiras multicolores de papel y las lanzaban sobre el cartelón. Poco a poco, un pequeño grupo de muchachos de ojos muy abiertos y ociosos se fue congregando alrededor de los diligentes hombres del circo.  

El cartel más llamativo y conspicuo representaba a dos gorilas mirando con furia desde detrás de los barrotes de su jaula. Debajo estaba litografiado en enormes letras rojas:  

“MIMMIE Y HORACE: ¡LOS ÚNICOS GORILAS SALVAJES EN CAUTIVERIO!” 

 

Me volví para marcharme—y, momentáneamente sobresaltado, me enfrenté a lo que parecía ser uno de los gorilas sueltos. ¡Sólo que llevaba ropa! Contemplando el cartel con una expresión de curiosidad vacía, estaba un hombre, bajo de estatura, de hombros inmensos y pecho profundo, con el cabello cubriéndole la frente casi hasta sus pobladas cejas. Era horrible de mirar. Lo reconocí, sin embargo, al instante, como el tonto del pueblo, conocido como “Will el Simple.”

Lo había visto antes, una pobre criatura de mente débil, vagando sin rumbo por la aldea, compadecido pero rechazado, salvo cuando alguien necesitaba la ayuda de unas manos poderosas y una espalda fuerte.  

Babeando y murmurando, Will siguió a los hombres del circo cuando se marcharon.  

Yo vagué sin propósito por la primera calle; luego, al llegar a las afueras del pueblo, me encontré en la parte trasera de la propiedad Thornsdale. Para mi sorpresa, vi otro aviso de advertencia similar al que el Dr. Calgroni había clavado en su portón la noche anterior. No sólo en uno, sino en muchos lugares, en los árboles y en la alta cerca, vi los letreros de “Prohibido el paso.” El doctor mismo no se veía por ninguna parte.  

Pasó una semana y no ocurrió nada más allá de los chismes acerca del extraño doctor. De vez en cuando, el propio Dr. Calgroni compraba provisiones y recogía su correspondencia. Aunque yo me las ingeniaba para estar cerca de él siempre que podía, rara vez pronunciaba más de media docena de palabras—y nunca dirigidas a mí. Una vez, sin embargo, creí sorprenderlo mirándome furtivamente de una manera extraña.  

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Obviamente, el doctor era su propio sirviente, ama de llaves y cocinero. Nadie corría el riesgo de entrar en su casa—ni siquiera el atrevido Jason Murdock.  

Varios días antes de la llegada del circo, noté lo que consideré un acontecimiento particularmente significativo: el Dr. Calgroni caminando hacia su morada, con Will el Simple siguiéndolo, como un perro, a pocos pasos detrás.  

A distancia prudente, los seguí. Al llegar a la propiedad Thornsdale, me sorprendió ver al doctor cerrar el portón tras de sí, dejando a Will afuera. El pobre idiota permaneció allí hasta que el Dr. Calgroni desapareció.  

El día antes de que llegara el espectáculo, vi al doctor palmear el hombro de Will y hablarle.  

Esa noche, una conclusión terrible se formó en mi mente respecto al significado de aquellas cajas singulares, los avisos hostiles, la actitud de Will hacia el doctor y el interés de éste en él, que me mantuvo despierto toda la noche.  

De mal humor conmigo mismo, me levanté al primer asomo del sol. Recordando el circo, me dirigí a las vías para verlo descargar.  

Algunos aldeanos se habían reunido alrededor de los pocos y miserables vagones marcados por los viajes que componían el tren de circo de segunda categoría, y en particular frente al vagón que contenía la jaula de Mimmie y Horace.  

El Dr. Calgroni estaba allí, y tras él, Will el Simple. El doctor hablaba con gran seriedad al domador.  

—Usted dice que el señor Barber ha ofrecido vender a cualquiera de estos animales —decía el doctor, mientras yo me acercaba a la periferia de la curiosa multitud.  

—Sí, señor. Venderá uno porque pelean continuamente. Hay que vigilarlos con cuidado, o podrían matarse entre sí. Usted no sabe qué feroces bestias son los gorilas…  

El doctor sonrió.  

—Quisiera hablar con el señor Barber —interpuso.  

El domador de gorilas vaciló, luego, cerrando de golpe las puertas corredizas del vagón de animales:  

—Claro; sígame —dijo.  

El doctor, al lado del hombre, caminó hacia un coche más adelante, la oficina combinada de boletos y administración de los espectáculos Barber. Por un instante, Will el Simple pareció vacilar, pero no siguió al Dr. Calgroni—las cosas invisibles dentro de la gigantesca jaula cercana parecían retener su atención hipnótica. Varias gotas grandes de lluvia salpicaron el suelo cubierto de cenizas. El cielo pendía negro y lúgubre; el sol había desaparecido por completo.  

Observé a Will el Simple. Estaba incómodo, rondando con inquietud alrededor del vagón de los gorilas. Las demás personas cercanas no prestaban atención al idiota. Al poco tiempo, el domador y el Dr. Calgroni regresaron, acompañados de otro hombre que contaba un fajo de billetes.  

—Usted dice —comentó éste al pasar junto a mí— que quiere que “Horace” sea entregado de inmediato.  

—Sí —respondió el doctor con concisión.  

—Muy bien. Hank, llama a la cuadrilla, descarguen la jaula y pongan a Horace en esa jaula roja individual. ¡El Dr. Calgroni nos lo ha quitado de encima!  

Ante esto, Will el Simple se acercó al cirujano y le tocó la manga.  

—¿Usted compra hombre-animal peludo? —murmuró.  

El doctor puso su vieja mano delgada, azulada por las venas, sobre el ancho hombro de Will.  

—Sí, Will, y voy a darte un trabajo—¡un trabajo como su ayuda de cámara! Los hombres del circo intercambiaron guiños, y del vagón salió rodando una jaula vacía, de barrotes de hierro. Los rasgos inexpresivos de Will se torcieron en lo que, en su rostro idiota, registraba placer.  

El Dr. Calgroni hizo señas al hombre que yo había visto entregar las extrañas cajas aquella primera tarde.  

—¿Tienes tu equipo?  

El hombre asintió.  

Una escena de bullicio surgió a mi alrededor. Una multitud grande y excitada de aldeanos se había congregado.  

La gran jaula que contenía a Mimmie y Horace fue bajada junto a las vías. Eran dos de los mejores ejemplares de su tipo que jamás había contemplado.  


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Horace fue trasladado a la jaula individual y su fuerte puerta asegurada con doble candado. El tiro de mulas se acercó con la carreta. 

—Aquí, Will —dijo el doctor al pobre idiota—, súbete a la carreta. Nos vamos antes de que nos mojemos. El doctor parecía sumamente exaltado.  

Will el Simple, que había permanecido allí como aturdido, levantó su pesado cuerpo y se encaramó detrás de la jaula del gorila.  

No bien la carreta desapareció de la vista, los cielos parecieron desatarse con furia. La lluvia cayó a torrentes, obligando a los espectadores a correr desesperados en busca de refugio. Cuando llegué al hotel, con el agua escurriendo de mis ropas empapadas, la tormenta aumentó su furia. Llovió todo aquel día—y el siguiente.  

Mientras yacía en mi cama aquella noche y escuchaba el rugido del viento y la lluvia golpeando el techo y los cristales de las ventanas, mi mente seguía derivando hacia los habitantes de la propiedad Thornsdale—el extraño doctor, Will el Simple y su pupilo, Horace, el gigantesco gorila.  

III.

Tres días después supe que el Dr. Calgroni había enviado un telegrama a Nueva York, y a la mañana siguiente un desconocido excepcionalmente bien vestido, cuya perilla, porte y maletín delataban a un hombre de medicina, bajó del tren.  

Al verme, me preguntó:  

—¿Sería tan amable de indicarme el camino a la propiedad Thornsdale?  

Le indiqué la mejor manera de llegar a la casa del Dr. Calgroni sin tener que vadear el lodo, y se marchó con un breve “Gracias.”  

La noche siguiente vi al desconocido, con el rostro ceniciento y visiblemente sacudido por dentro, comprar apresuradamente un boleto y marcharse en el tren de las 9:45 hacia Nueva York.  

De inmediato busqué al encargado del telégrafo.  

—Usted está al tanto de las extrañas acciones del Dr. Calgroni…  

—¡Ya lo creo! Está loco.  

—No puedo decir eso, pero ¿a quién envió el mensaje la otra noche?  

—¿No dirá que fui yo quien se lo contó?  

Levanté solemnemente mi mano derecha.  

—Bueno —susurró—, envió un telegrama a un hospital pidiendo a su mejor cirujano.  

Así que el asistente había regresado, asustado. ¿Y por qué?  

Varias semanas después, el mundialmente famoso espectáculo de tres pistas de Barber dio una función de regreso en Belleville. Aquella noche me encaminé hacia la propiedad Thornsdale.  

De nuevo las nubes se habían acumulado para una tormenta, con rayos intermitentes de luna que de vez en cuando se filtraban, sólo para ser absorbidos por la bruma.  

Al situarme frente a la vieja residencia, que se alzaba oscura tras los árboles sombríos, me senté en el tocón que servía de poste de amarre. Me alegraba que en el bolsillo de mi abrigo descansara una pulcra pistola automática. Por qué permanecía allí frente a la silenciosa casa vieja no lo sé. No brillaba ninguna luz en la casa; ningún ruido surgía de sus profundidades amortiguadas.  

Entonces, a mis oídos llegó un alarido y a mi mirada sobresaltada una luz se encendió en la casa. Pude ver vagamente que una figura aparecía en la puerta abierta. Miró detrás de sí por un instante, luego corrió frenéticamente hacia mí.  

Sobre la grava húmeda resonaron los pasos de pies que se movían rápidamente, y el portón frente a mí se abrió de golpe. En la luz difusa alcancé a ver al Dr. Calgroni, con el sombrero y el impermeable en las manos, los músculos de su rostro temblando, su cara mortalmente pálida, salir y girar, corriendo desesperadamente hacia el pueblo.  

Retrocedí, pistola en mano, esperando lo que pudiera seguir al doctor. Nada ocurrió. Obedeciendo a un impulso, salí tras el cirujano fugitivo. Sobre el suelo encharcado lo seguí, doblando esquinas, bajando por la Calle Principal hasta la estación. Llegué a tiempo de verlo subir al estribo del vagón trasero del tren de las 9:45, rumbo a Nueva York.  

Palpitando de emoción, apenas consciente de lo que hacía, emprendí el regreso hacia la propiedad Thornsdale. A varias cuadras de distancia, alcancé a ver una figura de hombros anchos y cuerpo robusto, desaliñada, vestida apenas con un taparrabos, corriendo—o más bien brincando y saltando—hacia los terrenos del circo. Con la pistola automática en la mano, lo seguí.  

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A una cuadra de los terrenos del circo, bajo la farola de la calle, vi una figura a caballo que reconocí como Jason Murdock, evidentemente de regreso a casa. 

Entonces, gruñendo, la Cosa que había visto saltó desde detrás de un tronco, a cuatro patas. Al ponerse sobre sus pies traseros, dio un salto volador hacia Jason, derribándolo de su caballo. En el suelo rodaron, el poderoso Jason indefenso en las garras de la Cosa. Sus dedos se cerraron estrangulando la garganta del hombre.  

Intenté disparar, sólo para descubrir que mi pistola estaba trabada; intenté gritar, y no pude.  

En ese instante la banda de metales comenzó a tocar *“There’ll Be A Hot Time In The Old Town Tonight!”* Al sonar las rápidas y danzantes notas en el aire nocturno, la Cosa cesó de pronto en el acto de estrangular a Jason, mirando atentamente hacia arriba. Parecía haber en su horrible semblante una expresión de respuesta, de obediencia. Pude ver sus ojos salvajes y su rostro barbudo—¡Dios! ¡Era Will el Simple!  

Saltando primero a cuatro patas, luego medio erguido sobre sus pies, el idiota enloquecido se dirigía hacia los terrenos del espectáculo justo cuando las nubes se rompían en un aguacero. Hacia la parte trasera de la gran carpa se lanzó Will, mientras la multitud se dispersaba hacia sus hogares.  

Como si conociera su entorno, se dirigió a una carpa de espectáculo secundario frente a la cual chisporroteaba una antorcha de gas. La multitud, huyendo bajo la lluvia, en la confusión no había visto al pobre idiota ni a mí en nuestra carrera frenética. Pero varios hombres me seguían, mientras Will arrancaba las solapas de la entrada.  

Dentro, aunque pobremente iluminado, pude ver claramente la jaula de Mimmie, la gorila hembra. Su domador se volvió al ruido de nuestra entrada y apresuradamente alcanzó su vara con punta de cuchillo—pero demasiado tarde. Lanzando un grito, agudo y desafiante, Will se arrojó contra la jaula de Mimmie, quien, con un grito de batalla en respuesta, extendió ambos brazos largos a través de la jaula, arañando y desgarrando al hombre que luchaba ferozmente afuera.  

El domador se precipitó con su vara, empujándola contra Mimmie. Por un instante ella retrocedió; luego varios de nosotros tiramos rápidamente de Will, que sangraba profusamente, alejándolo del animal enfurecido, que de nuevo se lanzó hacia adelante como si reconociera en Will la reencarnación de su compañero, Horace.  

Espumando por la boca, Will se desplomó en el suelo. Por el tono de la sangre que manaba del costado de su cuello, vi de inmediato que estaba perdido—las garras de Mimmie habían seccionado su vena yugular.  

Entre los hombres que me ayudaron a apartar al pobre de las garras de Mimmie, estaba el sheriff del condado.  

—¿Qué significa esto? —exigió, sujetándome por los hombros.  

—¡Sígame! —grité.  

Una multitud de hombres excitados, encabezados por el sheriff y por mí, se dirigió a la propiedad Thornsdale. La luz aún iluminaba débilmente el vestíbulo a través de la puerta abierta.  

—Entraré primero, sheriff —propuse—. Haga que sus hombres rodeen el lugar.  

Me escabullí hacia el vestíbulo. Un hedor terrible me recibió. Descubrí que provenía de una puerta que daba al pasillo. Una débil luz ardía dentro. A mi alrededor había varias cajas, con los lados desgarrados y el relleno de viruta colgando y esparcido por todas partes.  

Frente a mí, completamente ensamblado en cada detalle, estaba lo que las cajas contenían: una mesa de operaciones y todos sus múltiples accesorios quirúrgicos. De una larga caja en la esquina sobresalían los miembros peludos del rápidamente descompuesto Horace, el gorila macho.  

Tomando una pequeña lámpara de aceite del aparador, me volví para examinar el cadáver; y noté un papel, que cayó al suelo. Una rápida mirada al costado de la cabeza de la bestia reveló una gran hendidura, podrida en los bordes, a través de la cual, era evidente, se había extraído el cerebro.  

Recordé apresuradamente las teorías del Dr. Calgroni. ¿Podría ser…?  

Mis ojos se posaron en el suelo. Alzando la lámpara, vi que había escritura en aquel trozo de papel.  


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Lo recogí y leí la nota, que, incluso en el último momento, Calgroni había dirigido a mí, Von Meine, principal detractor de sus desquiciadas teorías:  

"Herr Von Meine, de Viena, usted dijo que no podría hacerlo. Me reprendió por mis intentos de aliviar la aflicción de los locos y débiles mentales. Sin embargo, ahora sé que lo he logrado, sin matar al sujeto como usted afirmó que sería el resultado de tal operación. Por eso lo seguí hasta aquí, para mostrárselo. ¡Fue un éxito, Von Meine! Pude darme cuenta por la manera en que sus ojos miraron a los míos, cuando finalmente volvió en sí. Pero pude ver que el cerebro que había sustituido por el atrofiado de Will era demasiado vigoroso—esa expresión no pertenecía al Simple Will. Estoy huyendo antes de que recupere sus fuerzas. Admito mi miedo; ¡pues después de esta operación el antiguo idiota será un cliente peligroso, con el cerebro demasiado vigoroso y feroz del gorila Horace en su cabeza!"

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✠═════ FIN ═════✠

"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."

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