EL DESEO - WEIRD TALES (1923)

 ☠⚠️ Advertencia de contenido: Este relato incluye una escena de intento de suicidio. Si estás pasando por un momento difícil, busca apoyo profesional. 

EL DESEO - WEIRD TALES (1923)


 NOTAS DEL BAUL
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Este relato se aparta del tono habitual del pulp y se acerca más a la imaginería oscura de los cuentos de hadas recopilados por los hermanos Grimm. 

La historia se centra en el deseo de una madre de que su hija no repita los mismos "errores" que ella, un ruego que un hada cumple con una literalidad escalofriante.

El núcleo temático es inquietante: la imposibilidad de “sentir” o expresar emociones. Este motivo, que en la narración se convierte en un castigo sobrenatural, puede leerse también como una metáfora de ciertas experiencias neurodivergentes, donde la desconexión afectiva se vive como una limitación dolorosa. Ofelia, la protagonista, encarna esa tensión: su búsqueda desesperada por sentir desemboca en un desenlace trágico. 

 El hada es la figura más interesante del relato. Se presenta como una criatura hermosa y aparentemente benigna, pero su cumplimiento del deseo tiene un matiz sádico, como si aguardara con curiosidad la resolución fatal. Este contraste entre apariencia y acción potencia el carácter siniestro del cuento. El suicidio de Ofelia, que recuerda inevitablemente a la célebre pintura de John Everett Millais, subraya la tragedia de una joven que anhela experimentar lo que le ha sido negado. 

 Aunque el argumento es sencillo y no se expande más allá de la premisa inicial, El Deseo aporta un escenario original dentro de Weird Tales: un cruce entre el folclore europeo y la sensibilidad gótica. Su fuerza reside en la atmósfera y en la ambigüedad moral del hada, más que en la acción. 

 En conclusión, se trata de un cuento sombrío y perturbador, cuya potencia simbólica supera la trama pulp convencional. Es una lectura que deja huella por la crudeza con que aborda el deseo, la represión y la tragedia.


EL DESEO

Un extraño fragmento de ficción  

Por MYRTLE LEVY GAYLORD 
WEIRD TALES, Vol.1. No.2. Abril 1923
Pp: 114-115

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Quemada y marcada por el ardiente aliento de la pasión y las hondas heridas de la vida, la madre tomó por primera vez a la recién nacida, la niña Leonore, contra su pecho. Tembló de gozo y dolor al sentir los ávidos pequeños labios.  

Al poco, la mujer y la criatura en su pecho dormían. La madre soñó que, desde un cielo negro, apareció un hada de plata en una nube de luz.  

—Un deseo, un solo deseo, para la recién nacida —ofreció el hada.  

La madre, estrechando más a la niña contra sí, tembló y se ahogó, y pareció que no podría responder. Finalmente, las palabras brotaron, como involuntarias:  

—¡Que no sienta, que no sufra, que la pasión, el amor que abrasa y no calienta, jamás la toque!  

El hada sonrió con una leve sonrisa lejana y trazó un círculo con su varita estrellada.  

—Está bien —dijo.  

La nube de luz se desvaneció en el cielo negro. La niña se agitó, y la madre despertó, con el corazón dolorido, sin saber por qué.  

-114-

LEONORE, la mujer, era alta, pálida y excepcionalmente hermosa. Miraba con unos claros ojos grises que habían perdido el asombro de la infancia sin haber ganado nunca el calor de la feminidad.  

Pasaba por la vida como quien anda en un sueño. Veía mucho, comprendía mucho, pero cuando, en esos intensos momentos que a veces llegan, las rápidas lágrimas de simpatía y amor brotaban en los ojos de quienes la rodeaban, su corazón parecía de piedra. Sabía que debía llorar, pero no podía. Entonces murmuraba para sí:  

—Las lágrimas no son reales. Nadie siente de verdad. Solo fingen.  

Donald, el joven poeta, la amó de repente, ardientemente, gloriosamente. Miró en sus fríos ojos grises y juró para sí que en sus profundidades dormía la respuesta a toda la vida.  

La cortejó con pasión, suplicante, y en vano. Le mostró toda aquella dolorosa belleza que era su alma. Ella sonrió vagamente, desprendida, como un pino recortado contra el cielo del atardecer...  

Lo sacaron del pequeño estanque detrás de la casa. Yació entre las flores, inmóvil y hermoso, con el fuego que había ardido tan dolorosamente extinguido para siempre.  

Había lágrimas en los ojos de quienes se habían reunido en la gran sala gris, lágrimas en todos los ojos salvo en los de Leonore. Leonore miró el rostro cerúleo y pensó únicamente que era hermoso. No lloró.  

—Qué cruel —la oyó susurrar—. Fue por amor a Leonore, y ella es de piedra. No siente.  

Durante muchos días luchó con ese pensamiento. No sentía. ¿Cómo podía sentir? Comenzó a buscar la miseria para poder llorar. Fue al funeral de un niño que había muerto en el pecho de su madre. Pero ni el niño en el pequeño ataúd blanco, ni la madre, con su cabello desordenado y sus ojos enloquecidos, pudieron arrancar lágrimas a Leonore.  

Una noche se sentó frente a la chimenea de su dormitorio, mirando las llamas. La luz titilante la fascinaba. Durante largo rato permaneció inmóvil, observándola.  

Entonces, desde el corazón incandescente del fuego, Donald le habló:  

—Leonore, puedes sentir, pero no quieres.  

Ella sacudió la cabeza tristemente. —No puedo... no puedo.  

—¡El fuego... siente! —gritó él—. Seguramente puedes sentir el fuego. ¡Intenta!  

Obediente, colocó su delgada mano blanca en las llamas.  

—¿Sientes? ¿Ahora sí sientes? —le suplicó.  

—No —susurró ella—. ¡No!  

—No eres una mujer —jadeó él—. Agua helada, no sangre, corre por tus venas. Mira —señaló un cortapapeles de filo agudo que brillaba sobre la mesa.  

Obediente, tomó el cuchillo y, con dedos firmes, cortó la arteria de su muñeca. Donald se desvaneció de nuevo en las llamas...  

Cuando la encontraron en la mañana supieron que había buscado la muerte, pero no pudieron comprender por qué había quemado tan cruelmente su mano izquierda.

✠═════ FIN ═════✠  

-115-

"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."

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