La Peineta de Concha de Tortuga - WEIRD TALES (1923)

La Peineta de Concha de Tortuga - WEIRD TALES 1923

 NOTAS DEL BAUL
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Narrador: un soldado prisionero, considerado demente, que relata los sucesos en un château abandonado. El capitán Bott, incrédulo ante las historias de fantasmas, decide instalarse en el dormitorio donde murió una joven novia de cabello rojo. 

 El narrador describe un ambiente cargado de moho, silencio y muerte. Encuentra al capitán estrangulado, con lo que parece ser una trenza de cabello cobrizo y una peineta de concha de tortuga en la mano.

 El consejo de guerra no cree su versión y lo considera culpable. El relato oscila entre confesión y cuento de fantasmas: ¿asesinato real o delirio? Breve, contundente, con ritmo oral de confesión. Ejemplo temprano del tono híbrido de Weird Tales: entre horror psicológico y sobrenatural. La ambigüedad es su mayor fuerza: nunca se confirma si hubo fantasma o crimen.


La Peineta de Concha de Tortuga

La Fantasía de un Cerebro Enloquecido  

Por: Roylston Markham 
Título original: The Tortoise Shell Comb,The Fantasy of a Mad Brain
WEIRD TALES, VOL.1. NO.1. ABRIL 1923
Pp. 34-36

❖ ❖ ❖

Bueno, los fantasmas de los hombres colgados en Is-Sur-Tille tienen compañía. Por mi parte, ni siquiera querría una fotografía del lugar. No, señor, yo no. Puedo recordarlo sin eso. Por eso me han puesto en este hospital con toda esta gente loca. Y aun así, una peineta de concha de tortuga sirve de coartada tan buena como cualquier otra…

—¿Qué? ¿Fantasmas? No, señor, claro que no; no creo en ellos, no de este lado del Atlántico… ¿quién le dijo alguna vez que yo creía en fantasmas?

¿El interno del hospital?… Si me hubieran mantenido cerca de aquel château en el bosque de Is-Sur-Tille, quizá habría sido distinto. Tenía una historia extraña, ese château. Eso fue lo que me desató; eso y el hecho de que nunca me cayó bien el capitán Bott.

Era duro, ese tipo. No, señor; no era dueño de aquel château francés, aunque en algún momento actuaba como si creyera que lo era… ya llegaré a eso.

Allá los “frogs” decían que el propietario original del lugar, en su juventud, se había enamorado locamente de una joven y se casó con ella. Debía estar loco por ella, porque, según su historia, a menudo se le veía peinando su cabello—sí, señor, los franceses son así; eso es romance—peinando su largo cabello rojo mientras caía por detrás de la silla hasta tocar el suelo.

Recuerdo particularmente que decían que su cabello era largo, muy largo, y rojo, como el cobre bajo la luz de las velas. Al cabo de un año, ella murió repentinamente de una enfermedad del corazón—“muerta por el amor mismo”, dijo uno de los franceses; eso es romance—y él, su esposo, el dueño de aquel château en los bosques de Is-Sur-Tille, abandonó esa región el mismo día de su funeral. El lugar, probablemente, sigue allí, igual que cuando lo vi, a finales del verano de 1918.

La casa estaba retirada del camino, entre los árboles. Parecía entonces como si hubiera estado desierta por mucho tiempo. La mayor parte del mobiliario había sido retirada, excepto en una habitación—ya llegaré a eso—y la verja que daba al patio se sostenía apenas de un oxidado gozné. La hierba llenaba los senderos; y no se podía distinguir los parterres de flores del césped, salvo por las malas hierbas.

Nadie había usado el lugar, ni siquiera en tiempos de guerra, hasta que nuestra unidad fue acantonada en Is-Sur-Tille. Esa historia de un fantasma de novia muerta suplicando que alguien le peinara el cabello había mantenido a los franceses alejados del sitio. Pero el capitán Bott era un tipo duro.

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“Entramos en la casa a última hora de la tarde, el capitán Bott y yo. Él abrió camino hacia la cocina y atravesó la planta baja hasta un gran vestíbulo, donde la escalera subía al piso superior. Todo estaba cubierto de polvo. La única habitación de la casa que parecía haber sido ocupada en años era aquel dormitorio de arriba donde, nos habían dicho, la novia había dormido y muerto. Lo reconocimos porque era la única habitación de la casa cuya puerta estaba cerrada.

La abrimos—es decir, el capitán Bott lo hizo—y entramos. Yo me quedé en el umbral hasta que me maldijo y me ordenó seguirlo adentro. La habitación olía a moho. Olía a muerte. Era un buen cuarto para un fantasma. Estaba oscuro allí, pero poco a poco mis ojos se acostumbraron a la penumbra lo suficiente como para distinguir que había una cama. Por orden del capitán, fui a la ventana para abrirla y dejar entrar algo de luz, pero tuve que romper los goznes oxidados de las contraventanas exteriores antes de poder aflojarlas.

En la investigación del consejo de guerra no me creyeron cuando dije que esa era la única razón por la que entré en la habitación, y por orden del capitán.

La habitación estaba en el lado norte de la casa y el sol se estaba poniendo, así que abrir la ventana no ayudó mucho. Había almohadas, un colchón y sábanas—sábanas amarillas, amarillas por la edad—sobre la cama. Las sillas parecían todas en desorden. Había otra puerta en la habitación, probablemente conducía a un armario. Estaba cerrada.

El capitán Bott se acercó, palpó el colchón y dio unas palmadas a las almohadas—las almohadas sobre las que decían que la cabeza de la novia, arropada en su masa de cabello color cobre, había descansado cuando murió. El capitán Bott era duro, como ya dije. No creía en fantasmas.

Dijo que era el mejor “shakedown” que había visto en semanas.

‘Pronto voy a tener una buena noche de descanso’, dijo.

Y me ordenó ir por unas velas y sus cosas; y, cuando regresara, debía arreglar el lugar. Me fui. Me alegré de irme. Pero odiaba como el demonio tener que volver.

Cuando volví a entrar en la casa, era el crepúsculo y, dentro, tan oscuro como el vientre de un gato negro. Abajo, en la cocina, encendí una de las velas y la sostuve delante de mí con una mano, mientras la otra estaba ocupada con el equipaje del capitán. Luego atravesé la planta baja hasta el gran vestíbulo donde la escalera subía al piso superior.

A la luz de mi vela, en el descansillo, vi que la puerta del dormitorio estaba cerrada otra vez, como había sido la única puerta cerrada de la casa cuando subimos allí juntos por primera vez—el capitán, que no creía en fantasmas, y yo, que sí creía, allá… No, señor, claro que no; no creo en ellos, no de este lado del Atlántico. Pero, en los bosques de Is-Sur-Tille de noche, eso es distinto.

Y debe de ser peor, desde que colgaron a esos hombres allí… y con el capitán Bott, que pensaba que la cama de una novia muerta era un buen alojamiento. Ese tipo sí que era duro. Lo odiaba por eso.

-35-

Cuando lo dejé para ir por las velas, aquella puerta estaba abierta. Cuando regresé, estaba cerrada. No me gustaba volver a abrirla. Pero él estaba solo allí, en la oscuridad de ese dormitorio. Sabía que si esperaba a que él viniera a abrir la puerta, tropezando con las sillas y demás, seguro me maldeciría—ese es el infierno de ser un soldado raso y sirviente de un oficial; a ningún hombre blanco le gusta—, así que, finalmente, abrí la puerta con la mano que sostenía la vela.

Todo parecía como antes, pero tan silencioso. Mis oídos se tensaban buscando algún sonido, como solían hacerlo al cesar de golpe el fuego de un bombardeo. Pero no escuché nada, nada en absoluto. Y el lugar olía a moho. Olía a muerte. Era un buen cuarto para un fantasma. Lo pensé entonces.

Y, al cruzar el umbral, noté que aquella otra puerta de la habitación, probablemente la de un armario, estaba abierta. Había estado cerrada. Pensé que quizá el capitán la había abierto mientras yo estaba fuera. No estaba tan oscuro cuando lo dejé como cuando regresé, y tal vez había estado husmeando un poco, por curiosidad, quizá. Yo no soy curioso de esa manera. Pero el capitán Bott era duro. Y no creía en fantasmas…

Todas estas cosas que les cuento sobre lo que vi, pensé y sentí, apenas quisieron escucharlas en la investigación del consejo de guerra…

No sé cuánto tiempo pasó desde que encendí la vela en la cocina de abajo hasta que me encontré con ella en la puerta del dormitorio de la novia muerta. No mucho, probablemente, porque la cera derretida apenas comenzaba a correr caliente sobre mis dedos cuando me volví a mirar hacia la cama, preguntándome por qué el capitán había guardado un silencio tan condenado. No era propio de él.

Y allí estaba, tendido de espaldas sobre la cama, con las puntas de sus zapatos apenas tocando el suelo. ¿Dormido? No. No sé cómo supe que no estaba dormido… el consejo de guerra me lo preguntó una y otra vez…

Pero vi que tenía algo enrollado alrededor del cuello, algo que relucía a la luz de la vela como la trenza de un cabello rojo cobrizo de mujer. Y sus manos estaban sobre la cabeza. Una de ellas apretaba una peineta de concha de tortuga. Supe que no estaba dormido. Supe que estaba muerto…

Cómo lo supe, no podría decírselo ni a ningún maldito consejo de guerra en la tierra. Dios sabe que me volvieron loco preguntándome eso y qué más había visto…

¿Que si no vi nada más? No, pero pensé que oí o sentí algo moverse cerca de aquel agujero negro donde la otra puerta se abría, bostezando hacia un armario. Mi vela se apagó—quizá fue solo el viento nocturno de la ventana—y la solté. Solté el fardo de cosas del capitán Bott. Crucé el umbral. Bajé las escaleras en la oscuridad, corriendo.

Caí al fondo. Lo recuerdo… Y se lo dije al consejo de guerra; fue casi lo único que esos tipos engreídos me creyeron… Pero ya estaba de pie y fuera de aquella casa antes de darme cuenta de que había caído…  

¡Ja! ¡Lo veo! Tú también piensas que estoy medio loco… Así lo creyó también la investigación del consejo de guerra. Por eso me enviaron aquí, entre toda esta gente demente. Pero oye, amigo, no creas lo que te diga el interno del hospital. Él está tan loco como los demás. Y es tan duro, también, como lo era el capitán Bott. Y ese tipo era tan duro que no creía en historias de fantasmas franceses.

Ese chiflado con el que acabas de hablar cuenta su historia a cualquiera que quiera escucharla,” comentó con indiferencia el interno, mientras regresábamos a la oficina del comandante del Manicomio del Ejército y la Marina. “Probablemente pienses que has oído un buen relato de fantasmas, pero en realidad lo que escuchaste fue la confesión de un asesino demente que debería haber sido el tercero en la horca de Is-Sur-Tille.

¿Acaso no hay un château embrujado en Is-Sur-Tille, y no murió allí, en el dormitorio, el oficial del que habla?

Oui, mais certainement!, como dicen los franceses. Si ese château no está embrujado, debería estarlo. En el pueblo circula la historia de la muerte de la novia allí. Y el capitán Bott murió allí, eso seguro. Pero aquello que encontraron enredado en su cuello, ‘como la trenza de un cabello rojo cobrizo de mujer’, era en realidad cobre—un alambre de cobre robado del equipo de un liniero. Podría parecer cabello a un loco.

¿Pero esa peineta?” insistí. “¿Qué hay de la peineta de concha de tortuga?

¿Esa? Oh, el chiflado la robó también. Pertenecía a una de las muchachas del pueblo que el soldado conocía antes de que el capitán le ganara el tiempo con ella.

-36-

✠═════ FIN ═════✠

"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."


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