AMARILLO Y BLANCO - WEIRD TALES (1924)
He aquí una historia verdaderamente extraordinaria de misticismo oriental
AMARILLO Y BLANCO
Por GEORGE FULLER
Título original: YELLOW AND WHITE
Weird Tales | Volumen 3 | Número 3 | febrero 1924
Pp. 36-40
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Encontrarse con el que una vez fue tu inseparable compañero de universidad, después de un intervalo de diez años, es una aventura incierta. Los recuerdos universitarios son cosas endebles y de hojalata cuando se los resucita de improviso. Tienen la costumbre de desmentir el halo de gloria que rodea la idea de la Alma Mater.
Jimmy Belden era plenamente consciente de ello. Durante aquella década había vuelto a encontrarse con otros antiguos camaradas de la universidad, hombres a quienes no había visto durante años. Y había llegado a comprender que, aunque el niño sea el padre del hombre, el parecido familiar resulta a veces sorprendentemente lejano. Pero nunca antes aquel cambio le había causado una impresión tan dolorosa. Tuvo que ser el mejor amigo de todos, el enérgico, íntegro y vigoroso Arch Pennington, quien le produjera la más intensa, inquietante y desconcertante sensación de haber descendido a algún tipo de compromiso con «esas cosas que ningún hombre debería hacer». Belden se sentía incómodo y perplejo.
Durante una pausa de la conversación, que por ambas partes había sido mitad formal y mitad torpemente moldeada por nostálgicos intentos de recobrar la camaradería de la juventud, permaneció sentado observando el entorno. Nueve años en China habían cambiado sin duda al viejo Pen, pensó. Su apartamento lo demostraba.
El aire cargado de incienso no era propio de él. La iluminación tenue no era propia de él. Los ricos cortinajes de colores apagados y pesadamente bordados, los muebles oscuros con incrustaciones de marfil y nácar, la llamativa bata floreada… todo aquello era completamente, grotescamente impropio de él.
Pero, por encima de todo, era el incienso lo que parecía fuera de lugar.
Era distinto de cualquier incienso chino que hubiese olido antes: dulce, evasivo y de una penetración insistente. De una forma extraña, parecía ser el alma misma de aquel lugar, la clave y expresión de cada uno de aquellos cambios incongruentes.
Miró la pesada mesa. El incienso parecía elevarse de ella.
Miró los cortinajes de seda. Parecía exhalarse desde sus misteriosos pliegues.
Miró las brillantes medias de seda, las sandalias de paja y aquella túnica de mandarín que negaba que el rostro que sobresalía por encima de ella fuera realmente el de Arch Pennington.
Siempre era el incienso la impresión más poderosa.
Jimmy casi podía creer que lo veía.
—China es un lugar extraño. Los chinos son un pueblo extraño —dijo Pennington bruscamente—. Tranquilos, sencillos, leales, generosos, confiados... y, sin embargo, al mismo tiempo, crueles, fanáticos, traicioneros, con una manera de pensar tan insondable para la mente occidental como el simbolismo de Egipto.
Tan súbitamente como había hablado, volvió a sumirse en el silencio.
Mientras hablaba, sólo se habían movido sus labios y sus ojos. El rostro enjuto y cetrino, con aquella piel sin brillo —«ahumada por el incienso», pensó Belden—, tan distinto del rostro antaño rosado y vivaz que Jimmy había conocido, no había alterado una sola línea de su expresión.
Sólo los ojos.
Rápidos, cautelosos, cambiando de una fría indiferencia a una soñadora reminiscencia; iluminándose a veces con un repentino e inquietante fulgor que se extinguía tan velozmente para dejar paso a una mirada de desesperanza apagada...
Sólo los ojos permanecían aparte de aquella máscara oriental tras la cual se había ocultado Arch Pennington.
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Belden se puso en pie con un ligero estremecimiento.
—Debo irme —dijo, algo vacilante.
Pennington saltó de su asiento con una vivacidad sorprendente y le tomó la mano.
—Vuelve otra vez, Jimmy, ¿quieres? —dijo con ansiedad—. Yo... ¡al diablo, Jimmy!, ha sido magnífico verte. Lo sé... lo he notado... te resulto extraño. Es que todavía no me he librado de China, viejo amigo; pero lo haré, dentro de poco. Vendrás mañana por la noche otra vez, ¿verdad?
Jimmy lo prometió y se marchó. Un súbito calor hacia el «viejo Pen», que por un instante había asomado detrás de su máscara, se mezcló en su corazón con cierta vergüenza por su propia frialdad y desconfianza.
Regresó a aquel pequeño rincón de China trasplantado a otra tierra la noche siguiente, y también la otra. Poco a poco, la antigua intimidad renació, hasta que estuvieron juntos cada momento libre de que Belden disponía. Gradualmente, la impresión de que Pen había perdido aquella nobleza de espíritu se fue apagando con el trato cotidiano, a medida que parte de su antigua vivacidad regresaba. Jimmy volvió a disfrutar plenamente de su compañía.
Pennington relataba, con un ingenio inimitable, las más fascinantes historias de sus poco convencionales viajes por los rincones remotos de aquella antigua y misteriosa tierra. Finalmente, sólo parecía quedar una barrera para una confianza absoluta entre amigos: la sensación de que Arch se acercaba una y otra vez a algún asunto profundamente personal y luego lo eludía hábilmente en el último instante.
Cuando al fin apartó aquella barrera, lo hizo con su acostumbrada brusquedad.
Una noche estaban entregados a ese silencio reflexivo y comunicativo que su renovada amistad hacía posible cuando, inesperadamente, habló.
—Me casé con una china —dijo.
Belden parpadeó.
—¿Te... qué? —balbuceó tras un atónito silencio.
—Me casé con una china —repitió Pennington—. Según la costumbre china. De hecho, sigo casado. Me casé con ella porque la amaba. Aún la amo. Le prometí regresar después de esta visita. Ella no quiso creerme.
Jimmy volvió a parpadear. Arch permaneció observándolo entre los párpados entornados, mientras el humo de su cigarrillo se adhería fantásticamente a sus dedos, ascendía lentamente y se enroscaba alrededor de su rostro en el aire inmóvil y pesado.
Al cabo de un momento, Jimmy logró rehacerse.
—Perdóname, viejo amigo —dijo rápidamente—. Ha sido algo demasiado inesperado para comprenderlo de golpe. Cuéntame.
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Los tensos rasgos de Pennington se relajaron. Mientras había aguardado la reacción de Belden, su rostro empezaba a adquirir una expresión desagradable.
—Fue en un rincón perdido del sudoeste de China —comenzó—, hará unos tres años. Llevaba meses recorriendo el país vestido como un nativo. En la universidad solían burlarse de mí por mis ojos orientales, ¿recuerdas? Y una larga fiebre me había dejado esta hermosa tez color ocre. Así que, con mi conocimiento del país, no tenía ninguna dificultad para hacerme pasar por chino.
»China me había fascinado desde el instante mismo en que desembarqué en Hong Kong. Durante seis años estudié a su gente: sus dialectos, sus costumbres, sus expresiones faciales, sus modales, sus gestos y sus trajes. Todo lo chino ejercía sobre mí un interés absorbente. Casi olvidé mis costumbres estadounidenses. Incluso en mi propia casa me vestía, pensaba, vivía y respiraba como un chino, hasta el punto de poder pasar por uno en cualquier lugar sin despertar sospechas.
»Fue entonces cuando comenzaron mis viajes. A partir de ese momento vagué sin descanso, llevando la incierta pero fascinante vida de un aventurero, buscando siempre los rincones más remotos y menos conocidos de aquel remoto y poco conocido país. La mayor parte del tiempo me hacía pasar por un comerciante ambulante, negociando, debo admitirlo, más con mi ingenio que con mercancías, porque resultaba demasiado peligroso transportar objetos de valor.
»Una tarde, cerca del ocaso, entré en un hermoso valle de las estribaciones montañosas. El aire estaba lleno del resplandor del atardecer. Árboles frutales y flores florecían por todas partes en las fértiles laderas cuidadosamente aterrazadas. Un poblado de casas blancas y techos rojos se agrupaba alrededor de los huertos y jardines de un inmenso templo, ornamentado y laberíntico, cuyos extremos parecían arder bajo los últimos rayos del sol. Jamás he respirado un aire tan maravilloso ni contemplado una belleza tan serena en ningún otro lugar del mundo.
Sus párpados descendieron y guardó silencio, como si estuviera reviviendo aquella lejana tarde.
—Decidí quedarme allí algún tiempo —prosiguió después de una pausa.
»Y me quedé casi seis meses. Descubrí que los habitantes eran gente sencilla del campo, amistosa, confiada e inteligente. Hice buenos negocios... si es que puede llamarse “negocio” a mis pequeños trucos de tahúr ambulante, mis juegos de cubiletes y mis operaciones improvisadas. Vivían mejor que la mayoría de los chinos, y eso se reflejaba no sólo en su mejor estado físico, sino también en un aspecto más agraciado de lo habitual. Algunas de las mujeres eran realmente hermosas.
»Una de ellas... ¡Santos cielos, hombre! ¿Qué estás mirando?
Belden saltó literalmente de su silla.
—¡Dios mío, Pen, me has dado un susto de muerte! —exclamó—. ¡Me has arrancado de China de un tirón! ¿Qué te pasa? Sólo estaba observando el humo alrededor de tu cabeza. Adopta formas muy extrañas.
—¡Al diablo con eso! —dijo Pennington, mientras una expresión de nerviosa excitación aparecía en su rostro—. ¿A qué se parece?
—Pues... a nada en particular, supongo. Es sólo que el humo permanece suspendido eternamente en este aire sofocante que tienes aquí, y este incienso me aturde. Por cierto, ¿de dónde sacas ese aroma tan peculiar? Maldición, ¡hasta lo huelo en sueños!
—Precisamente iba a hablar de eso —respondió Pennington secamente—. Uf... me has puesto la carne de gallina, mirando por encima de mi cabeza de esa manera. ¿Por dónde iba?
—Estabas hablando de las mujeres —dijo Belden.
—Ah, sí.
Arch volvió a quedarse callado un momento.
—Un día vi a una muchacha que se dirigía al templo —continuó al fin—. Tardé bastante tiempo en atreverme a entrar allí, porque los templos orientales no son lugares donde convenga mostrar demasiada curiosidad. Sin embargo, después de un par de meses me sentí lo bastante seguro de mi posición como para arriesgarme. Un día me mezclé con la multitud cuando mucha gente acudía al templo. Al cabo de un rato la advertí a mi lado.
Se detuvo.
Jimmy empezó a preguntarse si había decidido no continuar cuando, de pronto:
—¡Por Dios, hombre! ¡Era maravillosa! —dijo reverentemente—. Ninguna mujer china que hayas visto jamás podría darte la menor idea de lo hermosa que era. Era pequeña, elegante y delicada como un pájaro, pero con una delicadeza plena y redondeada que volvía loco a cualquiera. Permanecí cerca de ella todo el tiempo que pude. Me tenía completamente hechizado. Pero el movimiento de la multitud terminó separándonos y, por más que lo intenté, no pude volver a encontrarla.
»Durante semanas la busqué por todas partes, olvidándome de todo lo demás. Probablemente habría acabado metiéndome en graves dificultades de haber continuado así, porque empecé a husmear en lugares que ni siquiera eran seguros para un chino y debí de comportarme de manera sospechosa.
»Pero al fin la encontré.
»Nos encontramos por casualidad fuera del poblado, y ella me reconoció mediante una rápida y trémula mirada levantada desde sus gloriosos ojos pardos, una mirada que dispersó las pocas facultades mentales que aún me quedaban. La detuve, decidido a no perderla de nuevo.
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—Era increíblemente tímida, pero demasiado inocente para resultar coqueta; y me había observado aquel día tanto como yo a ella. Antes de separarnos conseguí que me prometiera que se reuniría conmigo aquella noche, si le era posible. Parecía extrañamente asustada por alguna razón, y sin embargo no me tenía miedo a mí.
»Bueno, no hace falta entrar en demasiados detalles; acabarás pensando que soy un idiota sentimental. Pero fue amor a primera vista para ambos, si es que tal cosa existe. Sólo nos veíamos de noche, fuera del poblado; pero nos veíamos siempre que ella lograba escabullirse, lo que ocurría casi todas las noches, y vivíamos como si cada instante contuviera toda la eternidad. ¡Ah, aquellas noches! Jimmy, tú nunca has visto la luz de la luna. China o no, su piel era como marfil; no amarillenta, sino como el más fino marfil, y estaba formada como un ángel. Bueno...
Pasó una mano cansada sobre los ojos.
—Mejor dejemos eso.
»Era hija de uno de los altos sacerdotes del templo. Por eso había estado tan asustada cuando nos conocimos; para ella, los hombres eran absolutamente tabú. Apenas estaba comenzando una especie de noviciado en el templo, que iría reclamando cada vez más de su tiempo hasta absorberla en cuerpo y alma. Pero la llamada del corazón era demasiado poderosa para las cadenas del templo, y acudía a mí como un pájaro acude a su compañero. Cómo logramos mantener aquello tanto tiempo sin ser descubiertos y castigados como sólo los chinos saben castigar, no puedo imaginarlo. Como insensatez temeraria, superaba cualquier cosa que haya oído jamás. Pero entonces nunca pensaba en ello; quizá por eso logré salir indemne. En cualquier caso, así fue. Nunca nos molestaron.
»Comencé a visitar el templo siempre que acudía un grupo numeroso de aldeanos, para poder verla de vez en cuando durante el día. Normalmente estaba recogiendo flores en los jardines del templo para utilizarlas en la elaboración del incienso. Empleaban principalmente la misma clase de incienso que tengo aquí; ella me dio un poco cuando me marché. A veces me produce escalofríos, pero lo amo porque ha llegado a significar para mí su propia presencia. Lo elaboran a partir de una magnífica flor amarilla, distinta de todas las que había visto, que crece en grandes macizos dentro de los jardines del templo. Parecía no crecer en ninguna otra parte del valle, y todos los parterres estaban demasiado alejados de los senderos públicos para que pudiera examinarlos de cerca, aunque su aroma intenso y penetrante llenaba el aire por todas partes.
»Solía rogarle que me trajera alguna de aquellas flores, en parte por curiosidad, pero sobre todo porque su fragancia estaba inseparablemente ligada a ella en mi pensamiento. Pasaba tanto tiempo entre aquellas flores que su perfume parecía acompañarla siempre.
»Pero, aunque el amor había vencido su educación religiosa en casi todos los demás aspectos, nunca consintió en eso. Cuando le pedía flores, una expresión de miedo aparecía en sus ojos y murmuraba:
“No. No. El incienso es bueno para los hombres, dentro del templo. Las flores son buenas para los hombres, en los jardines. Pero fuera son malas. ¡Malas!”
»Comprendes, claro está, que estoy traduciendo sus palabras; nunca aprendió inglés. Finalmente dejé de pedirle flores, porque aquello la inquietaba demasiado. Creo que el trabajo relacionado con las flores era la única parte de su religión que comprendía realmente, aunque nunca la interrogué. El resto...
Se interrumpió, y un lento y violento estremecimiento recorrió todo su cuerpo.
—El resto es demasiado horrible para creerlo. Resulta difícil imaginar que algo semejante pudiera existir en medio de un entorno tan hermoso y entre gente tan superior. Descubrí su verdadero significado completamente por accidente.
»Un día estaba en el templo durante una especie de festividad. Casi todo el valle se encontraba allí. Se estaba formando una tormenta, y el aire era casi insoportablemente sofocante; entre eso y la multitud reunida en el templo, casi me quedé dormido de pie. Me puse a observar el humo que ascendía desde el altar y...
Volvió a estremecerse.
—...pareció quedarse suspendido sobre el ídolo con la forma de un murciélago gigantesco.
Belden sintió que la sangre se le helaba. Sólo mediante un enorme esfuerzo logró conservar el dominio de sí mismo. ¿Se estaba volviendo loco?, pensó frenéticamente. Porque precisamente era la figura de un murciélago lo que él había estado contemplando en el humo que flotaba sobre la cabeza de Pennington y, al lanzar ahora una furtiva mirada hacia arriba, volvió a verlo.
Por nada del mundo habría querido que Pennington advirtiera hacia dónde estaba mirando; pero necesitó toda su fuerza de voluntad para apartar los ojos con aparente naturalidad. Una sensación de mortal náusea se apoderó de él.
❖
—¿Y bien? —preguntó con voz ronca.
Por suerte, Pennington estaba demasiado absorto para advertir lo extraño de su expresión y de sus maneras.
—Pues bien, aquello me produjo un miedo espantoso —continuó—. Estaba preparado exactamente de la manera adecuada para lo que vino después, ¡y vaya si consiguió ponerme en acción! Como ya he dicho, la tormenta llevaba tiempo gestándose; y de repente estalló con el estruendo más sobrenatural que he oído en toda mi vida.
»Todo quedó sumido en una oscuridad absoluta, y el viento aullaba como diez millones de demonios. No había relámpagos en el sentido habitual de la palabra, pero el aire estaba tan cargado de electricidad que resultaba físicamente doloroso, y el trueno era un rugido continuo, ensordecedor, desgarrador.
»Parecía que estuviéramos justo en el centro de aquello.
»Cada pelo del dorso de mis manos, cada pelo de la cabeza de las personas que me rodeaban, estaba rígido como una cerda. ¡Fue la cosa más espeluznante que me ha sucedido jamás!
»La multitud soportó aquello unos treinta segundos, demasiado aterrorizada para moverse; luego todos, sacerdotes incluidos, enloquecieron por completo y se lanzaron en una estampida salvaje hacia las puertas. Y no me importa admitir que yo era el hombre más aterrorizado del lugar.
»En la oscuridad y la confusión tomé el camino equivocado y, ¡Dios mío!, acabé en un sitio terrible.
»Después de atravesar varias estancias y corredores llegué a una serie de habitaciones interiores débilmente iluminadas, impregnadas de un olor peculiar y nauseabundo. Una sola mirada me bastó para comprender que me encontraba en un lugar donde nadie, salvo un sacerdote, podía permanecer a salvo ni por un segundo.
»La siguiente mirada... ¡brrr! ¡Todavía puedo verlo!
»La siguiente mirada me mostró, colgado de una viga al otro extremo de la habitación, un inmenso murciélago vampiro, repleto de sangre y dormido. Y debajo de él...
Se detuvo y dejó caer la cabeza entre las manos, apoyando los codos sobre las rodillas.
—...debajo de él, colgando inerte de las cuerdas que la sujetaban a un poste, estaba el cuerpo desnudo de una muchacha. Muerta. ¡Desangrada hasta quedar blanca!
La respiración de Belden silbó entre sus dientes.
❖
—Encantador, ¿verdad? —dijo Pennington, levantando la vista con una sonrisa torcida—. Bueno, muchacho, yo era el hombre más aterrorizado de toda Asia. No quiero presumir, pero nadie puede estar más asustado de lo que yo estaba; y si pudiera, yo lo habría estado todavía más.
»No sé cómo logré salir de allí. Si alguien me hubiese visto, jamás habría escapado. Pero la tormenta había espantado a todo el mundo fuera del templo y en el exterior estaba tan oscuro como dentro de una vasija cerrada, de modo que nadie me vio marcharme.
»No dejé de correr hasta atravesar por completo el poblado y alcanzar los campos. No me detuve hasta que un pensamiento cruzó mi mente y expulsó todo miedo, dejando únicamente rabia ciega, horror y una debilidad tan intensa que me hizo caer de bruces al suelo, jadeando.
—¿Quieres decir... ella? —preguntó Belden.
—Si te refieres a la muchacha del templo, no era ella —respondió Pennington—. Pero fue pensar en ella lo que me detuvo. De pronto comprendí que estaban reservando a mi pequeña para aquel monstruo horrible, inmundo e innombrable; que tarde o temprano la atarían a aquel poste.
»Podía imaginar a la bestia aferrada a aquella delicada garganta, drenando la vida, el calor y el rubor rosado de sus mejillas.
»Te digo que durante un tiempo fui un loco.
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—Por suerte, no pasó mucho tiempo antes de que la viera, o quizá habría hecho alguna locura verdaderamente suicida. La tormenta la había aterrorizado casi hasta la muerte, y su primer pensamiento fue encontrarme. Los truenos y relámpagos habían dado paso a un diluvio tremendo, azotado por un viento furioso. Seguía estando oscuro, aunque apenas era media tarde; pero no tanto como para impedirme verla avanzando entre la hierba empapada, con sus blancas vestiduras mojadas y agitadas por el viento pegadas a su cuerpo.
»No sé exactamente cómo logré convencerla de que huyera conmigo. Sé que le supliqué desesperadamente, porque el simple pensamiento de que volviera a acercarse a aquel templo me llenaba de un horror indescriptible, y comprendía que la tormenta nos brindaba una oportunidad única. Recuerdo que durante un tiempo casi perdí la esperanza; sus antiguas creencias y su temor a la venganza del ídolo eran demasiado fuertes. Pero el amor triunfó, y logramos escapar sanos y salvos.
»Tal vez, cuando advirtieron nuestra ausencia, pensaron que la tormenta había sido enviada por los dioses para ocultar que se la llevaban, y que yo era alguna especie de emisario adelantado; al menos, jamás vimos señal alguna de persecución. Sin embargo, no corrimos riesgos. Hasta encontrarnos a cientos de millas de distancia viajamos únicamente de noche, y no desperdiciamos un solo minuto que pudiera emplearse en avanzar hasta alcanzar la región costera, la China que conocen los hombres blancos.
»De algún modo, la visión de europeos en las ciudades de la costa me llevó inmediatamente a reflexionar sobre nuestra situación. Yo la amaba. ¡Jimmy, la amaba, te digo! Y me casé con ella. A la manera china, como ya te he dicho, pero me casé con ella de todos modos. Y durante dos años fui absoluta y completamente feliz.»
Se puso en pie y comenzó a pasearse nerviosamente por la habitación, pasándose las manos por el cabello, chasqueando los dedos y silbando fragmentos de melodías. Era evidente que soportaba una tensión insoportable.
—¿Durante dos años? —insinuó Jimmy con suavidad.
Su amigo se dejó caer pesadamente en una silla.
—Sí, durante dos años —respondió con voz apagada—. Jimmy, el amarillo y el blanco no se mezclan; ni siquiera un amarillo marfil y el blanco. Ni siquiera el amor puede conseguirlo. Yo creía que sí, incluso cuando abandoné China. Estaba completamente convencido de que volvería. Ella lo sabía mejor que yo. No creía que fuera a regresar; no pude hacer que lo creyera. Y ahora sé que tenía razón. No voy a volver.
»Nunca volveré a conocer un minuto de felicidad en toda mi vida, pero no puedo marcharme de aquí; y tampoco la traería aquí, aunque pudiera hacerlo, aun cuando estaría dispuesto a morir en este mismo instante si eso nos reuniera.
»Regresé a América porque empezaba a sentir nostalgia de mi país y porque estaba disgustado conmigo mismo por sentirla. Creía estar tan saturado de China que una vez aquí me curaría para siempre de aquella añoranza y podría volver para vivir feliz y satisfecho a su lado hasta el fin de mis días.
»Al principio pensé que las cosas marchaban justamente así. Me sentía como un gato en un desván extraño, y fui lo bastante necio para pensar que me había convertido en chino. Jimmy, eso no puede hacerse. Si volviera ahora, me volvería loco en menos de una semana, por mucho que la ame. Lo comprendí en cuanto me encontré contigo.
»La antigua vida volvió sobre mí como una avalancha, y aquella primera noche que pasaste aquí sufrí los tormentos de los condenados. Hasta el pensamiento de ella quedó empañado, porque formaba parte de China. He luchado contra ello; mi corazón está muerto aquí... ¡muerto!
»Quiero regresar, pero no puedo. Me he rendido, Jimmy. No voy a volver.
❖
Siguió un largo silencio. Pennington se había desplomado en su sillón y permanecía con los ojos cerrados, el rostro envejecido y contraído. A Belden le dolía el corazón por él, pero comprendía que sólo podía ofrecerle una silenciosa simpatía; no existía absolutamente nada que un amigo pudiera decir.
Era Pennington quien debía decidir cuál de aquellas dos voluntades enfrentadas prevalecería. Ningún consejo podía ayudarle.
Y, sin embargo, aquello no impedía que Jimmy lo compadeciera desde lo más profundo de su alma.
El silencio se hizo doloroso mientras esperaba que Pen hablara de nuevo.
Cuando finalmente lo hizo, parecía haber recuperado el dominio de sí mismo gracias al fatalismo oriental que había absorbido en tan gran medida.
—Simplemente, Jimmy, la mente occidental está construida de manera diferente a la oriental —dijo con calma—. Diferente desde los cimientos mismos. Cada una ha seguido durante siglos su propia línea de desarrollo, sin apenas influencia de la otra.
»Ni siquiera uno de cada cincuenta hombres blancos que viajan a China estudia a los chinos como yo lo hice. Pero yo apenas arañé la superficie. Con todo mi conocimiento, incluso mientras vivía allí tuve que admitir que, en algunas de las cosas más simples de la vida, no lograba comprender ni siquiera a mi propia esposa, por mucho que nos amáramos.
»Ella también era consciente de esa diferencia. Yo fui el primer hombre blanco que vio en toda su vida, pero sabía que mi condición de chino era sólo una apariencia. Y, sin embargo, aquí tienes una de las diferencias: jamás dio la menor muestra de ello hasta que hablé de venir aquí de visita. Entonces me rogó que no viniera y me dijo que, si lo hacía, nunca regresaría.
»Me reí de ella, como hacen los hombres. Le dije que nada podía mantenerme alejado de su lado, que sólo estaba despidiéndome por última vez de América. Terminó cediendo, pero nunca llegó a convencerse; y el tiempo ha demostrado que tenía razón.
»Sabía que no la estaba abandonando, porque jamás dudó de mí. Pero sabía cómo terminaría todo. ¿Cómo lo sabía, Jimmy?
»Una sencilla muchacha de las colinas... ¿cómo podía saberlo?
—Ni idea —respondió Jimmy impotente.
—Sí, ni idea... y yo tampoco la tengo —dijo Pennington—. En fin, está bien provista de recursos, y ahora lo más bondadoso que puedo hacer por ella es mantenerme alejado. Es mejor para ambos perder por completo aquella antigua vida que continuarla arruinada y devastada, burlándose de nosotros con su presencia a medias y con sus recuerdos.
Tomó un paquete de la mesa y empezó a hacerlo girar entre sus dedos largos y nerviosos.
—Me dio esto cuando me marché —dijo con una sonrisa melancólica—. Me hizo prometerle una docena de veces que no lo abriría bajo ninguna circunstancia hasta decidir no regresar. No «a menos que», entiéndelo bien, sino «hasta que». Bueno... supongo que ahora ya puedo abrirlo.
Lo manipuló nerviosamente durante unos instantes.
Finalmente comenzó a desenvolver las numerosas capas de seda aceitosa que lo envolvían. Retiró vuelta tras vuelta; luego apareció una cubierta de estera de paja; después más seda aceitosa. Al fin quedó al descubierto una hermosa caja lacada semejante a un cofrecillo para joyas.
La abrió.
Su rostro se volvió gris de dolor.
—Las flores amarillas —murmuró—. Mira, Jimmy. Las flores amarillas.
Jimmy se inclinó hacia adelante, casi mareado por el perfume pesado y embriagador que surgió de la caja.
En su interior reposaban tres magníficas flores amarillas sobre un lecho de seda púrpura.
Tocó una con la punta del dedo y se estremeció involuntariamente.
Los pétalos eran extrañamente rígidos y cerosos, y acudió a su mente la imagen de aquel terrible templo cuyos jardines constituían el único lugar donde crecían aquellas flores.
Retrocedió instintivamente.
Pennington tomó las flores de su lecho de seda y las llevó hasta su rostro.
—¡Pobre pequeña Muchacha de las Flores! —susurró—. ¡Ah, si pudiera volver! ¡Si tan sólo pudiera volver!
Permaneció sentado con aquellas voluptuosas flores de pesadas corolas entre las manos, contemplándolas con unos ojos que no veían.
Sobre su cabeza se balanceaban y retorcían las volutas de humo del cigarrillo y del incienso.
Belden evitó mirarlas obstinadamente.
Sus nervios estaban al límite.
Finalmente se puso en pie, incapaz de soportarlo por más tiempo.
—Debo marcharme, Pen —dijo—. Ya casi es de mañana, y no te estoy haciendo ningún bien. Ojalá pudiera ayudarte, Dios lo sabe, pero esto es algo que está más allá de lo que puede hacer un amigo.
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—Sí, muchacho, vete —dijo Pennington con una de sus escasas sonrisas—. Esta noche estaré mejor solo; lamento haberte hecho pasar una velada así. Dentro de un rato me daré una ducha para despejarme y luego me iré a la cama. Pero vuelve mañana, ¿quieres? Esto pasará y voy a necesitarte durante unas semanas.
Permaneció de pie jugueteando con las flores mientras Belden se esforzaba por ponerse el abrigo.
«Ojalá dejara de manipular esas cosas», pensó Jimmy de pronto, con una inesperada sensación de irritación.
Luego añadió en voz alta:
—Buenas noches, Arch.
—Buenas noches, Jimmy —respondió Pennington, apoyando durante un momento la mano sobre el hombro de Belden mientras se estrechaban las manos—. ¡Eres un gran amigo, viejo!
Y cuando Jimmy ya se volvía para marcharse, añadió pensativamente:
—A menudo he pensado que en Occidente quizá hemos sacrificado demasiado en aras de nuestro progreso material. Los chinos han descendido casi sin cambios desde los albores mismos de la humanidad. ¿No te sugiere nada eso, Jimmy? Conocen cosas y emplean fuerzas que nosotros olvidamos hace siglos. Pero el amarillo y el blanco no se mezclan.
Belden casi bajó corriendo las escaleras.
❖
Al llegar a su casa entró en el baño para lavarse las manos. Apenas las sumergió en el agua sintió un insoportable ardor en el hombro, mientras los dedos de su mano derecha parecían a punto de estallar.
—¡Ay! —exclamó, retirando las manos bruscamente del agua.
Estaban rojas e hinchadas, y en el dedo índice de la mano derecha aparecían diminutas gotas de sangre.
—¿Cómo demonios me he hecho esto? —se preguntó—. ¡Ay! Desde luego, el agua lo empeora. Dios mío, las malditas historias paganas de Pen me han puesto los nervios de punta. Pobre viejo Pen; está realmente destrozado.
Se aplicó un poco de ungüento en la mano dolorida, la vendó y comenzó a prepararse para acostarse, maldiciendo las incómodas vendas mientras luchaba con el cuello de la camisa.
—¡Uf! —exclamó cuando el teléfono sonó de repente—. ¡Vaya, estoy más nervioso de lo que pensaba! ¿Quién diablos llama a estas horas de la noche?... Habla Belden.
—¡Jimmy! —llegó por la línea una horrible caricatura rasposa de la voz de Pennington—. ¡Por el amor de Dios... un médico... ven rápido...!
Se oyó un estrépito, como si el auricular hubiese caído al suelo.
—¡Hola, Pen! ¡Hola! —gritó Jimmy.
No hubo respuesta.
Escuchó tensamente durante unos segundos y luego salió disparado de la habitación.
En la acera se encontró con su vecino, el doctor Fairchild, que acababa de bajar de un taxi.
—¡Suba de nuevo! —gritó, empujando al estupefacto médico hacia el vehículo y subiéndose detrás de él—. ¡Al 37 de Court Place, y conduzca como un demonio! Y recoja a un policía en la comisaría de la Sexta Calle.
No habría podido hacerse más rápido.
Apenas habían transcurrido seis minutos desde que sonó el teléfono de Belden cuando el fornido agente derribó la puerta del apartamento de Pennington.
Había luz en el baño y la ducha seguía funcionando, pero Pennington no estaba allí.
Lo encontraron tendido en el suelo junto al teléfono cuando Jimmy encendió las luces.
Estaba completamente desnudo, como si hubiera corrido desde la ducha para contestar la llamada.
Yacía en medio de un charco de sangre increíblemente extenso.
Estaba muerto.
—Bueno, yo... —jadeó el doctor Fairchild, secándose el sudor frío de la frente al incorporarse tras una rápida inspección—. Quizá el forense pueda ponerle nombre a esto, pero yo no. ¡No tiene un solo rasguño ni un solo hematoma, y sin embargo ha sangrado por todos los poros de su cuerpo! ¡Se ha desangrado por completo... completamente seco!
En la pared había un intento de escritura garabateado con sangre:
«Ella vino... juntos al fin... feliz ahora.»
Jimmy apartó la mirada, enfermo y con la garganta cerrada.
—Espero que sí. Dios sabe que lo espero. Quizá el amarillo y el blanco ya no importen donde él se encuentra ahora.
Sobre la mesa reposaban las tres flores amarillas.
Estaban tan marchitas como si hubieran permanecido allí durante años.
Mientras descendía tambaleándose las escaleras y se internaba en el gris amanecer de la ciudad, las últimas palabras de Pennington volvieron a resonar en su memoria:
—Los chinos han llegado hasta nosotros casi sin cambios desde el principio de los tiempos. Saben cosas y utilizan fuerzas que nosotros olvidamos hace siglos. Pero el amarillo y el blanco no se mezclan.
«No», pensó. «El amarillo y el blanco no se mezclan... no en esta tierra.»
Y luego añadió para sí:
«Pero, Dios mío... ¡cómo pueden chocar!»
✠═════ FIN ═════✠
-40-
"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."




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