LOS FALSIFICADORES DE ESPÍRITUS DE HERMANNSTADT (1/2) - WEIRD TALES (1924)

LOS FALSIFICADORES DE ESPÍRITUS DE HERMANNSTADT (1/2) - WEIRD TALES (1924)

LOS FALSIFICADORES DE ESPÍRITUS DE HERMANNSTADT

Una asombrosa aventura de Houdini  

Por HOUDINI

Título original: THE SPIRIT FAKERS OF HERMANNSTADT

Weird Tales | Volumen 3 | Número 3 | Febrero 1924

Pp. 04-07 A 81-82

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HOUDINI, el internacionalmente célebre ilusionista, que ha desconcertado al público, a las policías más astutas y a los principales científicos de este y otros países durante los últimos veinte años, presenta aquí una narración de sus aventuras nunca antes registrada. Es un placer para los editores de esta revista anunciar que más relatos de las peripecias de Houdini aparecerán en números sucesivos, ninguno de los cuales ha sido publicado anteriormente.

Houdini siempre ha sentido un profundo interés por los fenómenos espiritistas y psíquicos. Ha conocido personalmente a la mayoría de los principales espiritistas de los últimos treinta años y, cosa curiosa, todos ellos han mostrado gran interés en Houdini, debido al hecho de que jamás ha dejado de reproducir cualquier prodigio de los llamados fenómenos espiritistas. Nunca ha podido descubrir un solo hecho que lo convenciera de la comunicación con los espíritus y, hace años, hizo solemnes pactos con catorce de sus amigos más cercanos: el primero en morir debía comunicarse con el sobreviviente mediante una señal acordada. Los catorce han fallecido y Houdini aún aguarda sus mensajes con respetuosa seriedad.

Podrían escribirse volúmenes acerca de las diversas hazañas realizadas por este Maestro del Escape. La mayoría son bien conocidas por casi todos los que han visto a Houdini en sus numerosas presentaciones ante el público estadounidense. Ningún hombre vivo hoy podría igualar a Houdini en convocar multitudes si se anunciara que intentaría una de sus milagrosas fugas. Pero Houdini ha tenido aventuras notables y ha logrado desesperadas evasiones que no fueron anunciadas de antemano. Ha viajado a todos los rincones del mundo y en su cuaderno están registradas experiencias personales en distintos climas que, si uno no conociera la capacidad del hombre, sonarían como la ficción más imaginativa. Algunas de estas experiencias aparecerán en futuros números de *Weird Tales*. Relatarán la venganza de criminales desenmascarados por Houdini, quienes no se detuvieron ante nada para vengarse de él. Mostrarán las medidas extremas a las que recurrieron sinvergüenzas codiciosos en sus intentos por arrebatarle los secretos que lo hicieron famoso. Narrarán las trampas tendidas con toda la astucia y el ingenio que las mentes más hábiles podían concebir.

Houdini es amante de los libros y posee la mejor colección de obras psíquicas, espiritistas y dramáticas de cualquier hombre en América. Acaba de terminar un nuevo libro sobre el tema de los fenómenos espiritistas fraudulentos, *Un mago entre los espíritus* (Harper & Bro.), y ha escrito varios volúmenes sobre diversos asuntos. Es tan conocido que el último diccionario de Funk & Wagnalls publicó la palabra “HOUDINIZE — salir de o escapar”.

El Dr. Frank Crane, en sus editoriales diarias sindicadas, comentó recientemente sobre Houdini: “Es uno de los hombres más notables de su tiempo. No solo es un mago famoso, sino que posee un equipamiento extraordinario de mente y cuerpo. Es uno de los organismos más perfectos y eficientes del mundo — una mente muy sagaz y llena de recursos. Hombres como Houdini contribuyen mucho a la cordura del mundo al mostrar al público que la mayor parte del hocus-pocus presentado por quienes dicen ser asistidos por espíritus y por la magia no son más que ingeniosos trucos.”

En otra página de esta revista aparecerá un anuncio de que Houdini responderá cualquier pregunta racional acerca de fenómenos espiritistas o psíquicos, y aquellas preguntas y respuestas que parezcan de interés general se publicarán en esta revista de tiempo en tiempo.

El Editor.(Edwin Baird)

❖ ❖ ❖

He estado en muchos aprietos a lo largo de mi variada vida; he enfrentado peligros en las formas más sorprendentes; pero jamás experimenté nada tan peligroso y extraño como cuando fui retenido prisionero por un grupo de chantajistas sin escrúpulos en un viejo castillo de Transilvania, a orillas del río Maros, en lo que entonces era parte de Hungría pero que más tarde fue cedido a Rumania en el arreglo que siguió a la Gran Guerra.

Esta aventura me sobrevino de manera completamente inesperada, sin indicio alguno de su carácter peligroso hasta que me vi plenamente envuelto en ella. Había estado mostrando mi habilidad en varias ciudades de Europa y acababa de concluir un compromiso en el establecimiento de Roanacher, en Viena, desconcertando a los espectadores al escapar de un baúl con triple cerradura en el que me habían arrojado esposado. Quise ver un poco del pintoresco país a lo largo del río Maros, así que, una vez terminado mi compromiso en Viena, emprendí solo lo que debía ser un viaje puramente de placer, pero que se convirtió en una de las aventuras más emocionantes y peligrosas que jamás viví.

En un pequeño pueblo, habitado en su mayoría por rumanos aunque pertenecía a Hungría, pasé la noche en casa de una familia de tenderos, divirtiendo a los niños y también a sus padres con algunos pequeños trucos de magia de salón. Debieron de divulgar que un mago se hospedaba con ellos, pues cuando estaba a punto de partir, a la mañana siguiente, una mujer fuertemente velada vino a verme y preguntó por mí, llamándome por mi nombre.

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Me preguntaba cómo aquella mujer sabía quién era yo, y la recibí en la pequeña sala que la familia había puesto a mi disposición.

—Señor Houdini —dijo, hablando en lengua magiar—, estoy en gran angustia, y usted tiene en su poder la posibilidad de ayudarme. ¿Lo hará?

—Señora —respondí—, si expone su problema con franqueza y claridad, veré qué puede hacerse.

Estaba visiblemente agitada, su cuerpo temblaba, pero el velo negro ocultaba sus facciones. Al cabo de un minuto recobró la compostura.

—Primero debo preguntarle —dijo— si usted cree en el espiritismo.

Me sorprendió francamente su pregunta.

—¿Qué relación tiene esto con el asunto? —repliqué.

—Si usted es un médium espiritista, entonces estoy perdida —contestó—. ¿Emplea usted los espíritus de los muertos en su trabajo?

Sonreí.

—En ese aspecto puede tranquilizarse —respondí—. En todas mis fugas de esposas, baúles y cárceles, en realidad, en todo lo que hago, no utilizo nada de eso. En cuanto al espiritismo, ni creo ni descreo de él. Puede que existan médiums honestos, pero hasta ahora nunca he conocido uno, ni he establecido comunicación con los muertos. ¿Responde eso a su pregunta?

—¡Gracias al cielo! —exclamó mi visitante—. Soy la condesa…

Vaciló un instante, y luego prosiguió, algo incoherente:

—Soy la condesa D—, pero debo pedirle que respete mis confidencias, porque el honor de nuestra casa depende de ello. No acudiría a usted, un extraño, en busca de ayuda, salvo porque se avecina un desastre que solo usted puede evitar. Sin que lo sepa, su nombre y su influencia han sido usados por una banda de chantajistas sin escrúpulos en un intento de arrancar secretos a mi hermana menor, Rosicka. Mi padre fue un hombre terrible, señor Houdini. Solo yo, mi hermana y un viejo guardián sordomudo conocemos los espantosos secretos del Castillo D—. Si esos secretos se revelaran al mundo, seríamos rechazados por toda gente decente y mis propias esperanzas de felicidad en esta vida quedarían destruidas. Estoy comprometida con un hombre al que amo profundamente, pero jamás se casaría conmigo, hija de tal linaje, si llegara a conocer los terribles secretos de nuestro castillo. Sin embargo, no estoy manchada por los crímenes de mi padre, pues heredé el rostro y los rasgos de mi madre. Mi hermana heredó de mi padre su fuerza de voluntad y su obstinada determinación, pero en facciones y carácter también se parece a mi madre, que era toda dulzura. Mire mi rostro, señor Houdini, y dígame si podría creer que soy hija de uno de los más degenerados y abominables villanos que jamás respiraron.

Se retiró el velo, y alcancé a ver una belleza y una ternura que me cortaron la respiración. En sus negros ojos había una súplica tan intensa que no pude evitar sentir compasión por ella; y aunque no sabía qué esperaba o quería de mí, decidí en ese mismo instante que la ayudaría en todo lo que estuviera a mi alcance. Me miró así durante tantos minutos que llegué a sentirme incómodo.

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—Vamos, señora —dije al fin—, tranquilícese; le doy mi palabra de que la ayudaré, y puede confiar absolutamente en que no revelaré sus confidencias. Pero no puedo imaginar nada que su padre haya hecho tan terrible como para que alguien llegara a odiar a una mujer tan hermosa y compasiva como usted.

—Ah, usted poco sabe —suspiró.

Entonces, con la cabeza inclinada de vergüenza y los ojos apartados de los míos, me relató una historia depravada tan espantosa que fruncí el ceño con repugnancia, y cerré los puños involuntariamente, presa de una furiosa indignación al pensar que criaturas como el padre de aquella mujer pudieran existir en esta tierra nuestra. Incluso la incluí a ella en mi intenso rechazo, pues su voz se quebraba y se deshilachaba incoherente en medio de los detalles más repulsivos. Pero cuando levantó de nuevo los ojos, y vi en ellos el horror y el miedo, una gran ola de compasión me invadió por la desdichada hija de un hombre capaz de infligir tan terribles barbaridades a inocentes muchachas campesinas en los calabozos de su castillo.

Lo que me contó aquella noche estoy bajo juramento de no revelarlo, y no puedo violar ese juramento. Si dijera que su padre fue una bestia con forma humana, insultaría a todo el orden animal de la creación. Era mucho peor, mucho más bajo que cualquier bestia. El relato de su hija hablaba de la desaparición de mujeres y jóvenes en la negrura de la noche, y de cómo el conde organizaba partidas de búsqueda para engañar a los campesinos haciéndoles creer que intentaba hallar a las desaparecidas, cuando en realidad esas pobres criaturas sufrían en los calabozos de su castillo… pero no debo olvidar mi juramento. Baste decir que la madre de las dos hijas del conde murió de vergüenza y terror, y que las dos jóvenes (mi hermosa visitante y su hermana Rosicka), al conocer por los delirios de su padre moribundo la verdad que ya medio sospechaban, se recluyeron en una parte del castillo y vivieron apartadas del mundo, hasta que recientemente fueron a Hermannstadt, donde el amor entró en la vida de mi visitante, la condesa D—.

—Bien lo ve, señor Houdini —prosiguió la condesa—, que todos mis sueños de amor y felicidad se acabarán si estos terribles secretos salen a la luz. Deben permanecer guardados en el pecho mío y de mi hermana Rosicka, para ser enterrados para siempre en la tumba cuando muramos. Seguramente ningún hombre, por mucho que me ame, consentiría en unir su nombre y su familia a un linaje maldito por una bestia como mi padre, el conde D—. Y sin embargo, llevó un buen nombre en vida, y su memoria es respetada, aunque yo no pueda esperar ya la dicha ahora que está muerto.

Estuve a punto de decir que nadie podría negarse a perdonar a una mujer tan encantadora por los pecados cometidos por sus antepasados. Pero el horror absoluto de la historia que acababa de contarme me hizo estremecer, y permanecí en silencio.

—Hace tres meses —dijo la condesa D—, mi hermana conoció en Hermannstadt a una dama noble muy interesada en el espiritismo. La llevó a varias sesiones y la presentó a un médium llamado Popkens. Este médium la ha convertido por completo al espiritismo, y está usando su influencia para arrancarle los secretos que arruinarían nuestro linaje.

—Hace cuatro días lo trajo a nuestro castillo, que se alza a orillas del río Maros, a dos leguas de aquí. En cuanto lo vi, supe que lo había visto antes: moreno, con pequeños ojos brillantes que muestran mucho blanco; manos nerviosas de dedos largos; un fino bigote negro rizado con afectación; y un horrible hábito de pellizcarse repetidamente la barbilla en forma de pico con la mano izquierda. Hay algo siniestro en ese hombre. Sé que lo he visto antes, y en el mismo castillo, cuando mi padre aún vivía. Quién es y qué sabe, está más allá de mi poder decirlo, pero estoy segura de que lo he visto antes, y de que es diabólico. Si pudiera identificarlo con certeza, sé que convencería a mi hermana de que es un impostor que no persigue nada bueno.

—En la última sesión a la que asistió mi hermana en Hermannstadt —prosiguió—, él entró en trance, y el espíritu de mi padre habló por los labios de Popkens, con la misma voz de mi padre, ordenándole liberar su alma del tormento escribiendo todo lo repulsivo y horrible de sus maldades en la tierra, tal como mi hermana lo había oído de los labios moribundos de mi padre, atormentado por la conciencia, en aquel terrible delirio que precedió a su muerte: los aterrados desvaríos de un demonio que intentaba hacer las paces con Dios antes de morir. Como solo mi hermana, yo y el guardián sordomudo lo atendimos en su última enfermedad, mi hermana está convencida de que era realmente el espíritu de nuestro padre quien le hablaba. Le ordenó redactar clara y legiblemente todo lo que le había dicho en su delirio, y firmarlo en presencia de dos personas que serían nombradas en una sesión posterior.

—Por supuesto, Rosicka se negó. No aceptaría órdenes del padre cuya memoria detesta, pero quedó muy preocupada. Entonces, anoche, este falso médium, Popkens (pues estoy segura de que es un impostor y aventurero sin escrúpulos), celebró una sesión en el propio castillo, a la que yo asistí. Afirmó producir el espíritu de nuestra santa madre. La aparición ordenó a Rosicka rescatar a nuestro padre del tormento cediendo a sus deseos, y nombró a dos hombres que debían presenciar la declaración jurada de mi hermana. Como señal de que era realmente el espíritu de nuestra madre, hablando desde más allá de la tumba, dijo que se había aparecido en sueños a esos dos testigos, y que ya estaban en camino desde Hermannstadt para presenciar el documento que mi hermana Rosicka debía redactar, aunque el espíritu de nuestra madre no les había informado de qué documento se trataba.

—La voz era en verdad como la de nuestra madre, pero también había una diferencia. Fue esa diferencia la que impidió que Rosicka, allí mismo, se retirara a su dormitorio y pasara el resto de la noche escribiendo el fragmentario registro de las depravaciones de mi padre —un registro que haría que la comarca se alzara contra nosotras, y significaría el fin de mi sueño de felicidad, si es que lográramos escapar con vida de aquellos cuyos hijas y hermanas sufrieron las increíbles infamias perpetradas por mi padre.

—La aparición de nuestra madre, apareciendo tenuemente en la habitación oscura como un espectro de niebla, conminó a mi hermana a que no tenía derecho a condenar ni siquiera al peor de los pecadores a un tormento eterno, y que ese tormento sería interminable a menos que quedara un registro escrito que pudiera ser descubierto por generaciones futuras para exponer su vergüenza al mundo, de modo que su espíritu pudiera expiar. Tal registro escrito de sus maldades pondría en peligro la felicidad de Rosicka, dijo la voz, pues después de que el documento fuera debidamente atestiguado debía enterrarlo tras una cierta piedra en el famoso calabozo negro. Yo sabía lo que significaba el calabozo negro, donde en tiempos medievales se infligían terribles torturas, y me estremecí impotente al pensar en descender alguna vez a aquel antro de iniquidad, visitado por última vez por mi padre, cuya muerte fue causada por el veneno de la mordedura de la muchacha enloquecida que mantenía encadenada allí.

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Pero con ese pensamiento, una súbita claridad vino a mí. Aquel hombre, ese falso médium, de quien estoy seguro había visto alguna vez en el castillo, conocía el calabozo, conocía los crímenes de mi padre y quería apoderarse de las pruebas. Los hombres que venían de Hermannstadt para presenciar el documento eran sus cómplices. Pretenden obtener el escrito del calabozo, después de que Rosicka lo haya depositado allí, y luego chantajearnos hasta arrebatarnos todo lo que tenemos, pues saben que tanto Rosicka como yo renunciaríamos a todo y nos lanzaríamos sin un centavo al mundo antes que sufrir la ignominia de ser marcadas por las depravaciones de nuestro padre. El falso médium, Popkens, finge no saber nada de lo ocurrido durante su trance, pero eso es solo para convencer a mi hermana de que las comunicaciones que ha recibido provienen realmente de nuestro padre y de nuestra madre. Cómo Popkens sabe algo de los crímenes de mi padre, o del delirio que precedió a su muerte, aún no lo sé, salvo que sea realmente un médium espiritista. En tal caso, sus tratos son con malos espíritus empeñados en nuestra ruina.

Sea como fuere, mi hermana dice que si los dos testigos de Hermannstadt llegan hoy, como profetizó la aparición de nuestra madre, entonces creerá que ha recibido un mandato solemne de ella y preparará un registro de la culpa de nuestro padre. No hay manera terrenal, dice, de que los testigos pudieran haber sido informados para venir al Castillo D—. Popkens, asegura, estaba en trance y no sabe nada de la comunicación de nuestra madre, y aun si hubiera estado consciente no tenía medios de enviar mensajes a Hermannstadt, y no ha salido del castillo desde la sesión. Pero si Rosicka redacta ese escrito, entonces estamos perdidas, pues caerá en manos del inescrupuloso Popkens.

Cuando esta mañana vine al pueblo para enviar una carta a nuestro abogado en Hermannstadt, rogándole que acudiera en mi ayuda, oí que había un hombre aquí que hacía trucos de magia, y por su naturaleza supe que debía ser usted. Popkens, hace una semana, llevó a Rosicka a verlo actuar, cuando mi hermana estaba en Hermannstadt. Rosicka me ha dicho que usted es en realidad un gran médium espiritista, que realiza fugas sobrenaturales con ayuda de los espíritus, aunque afirma hacer sus trucos por su propia habilidad, para excitar mejor la admiración del público. Pregunté a mi hermana cómo sabía esto, y me dijo que Popkens se lo había asegurado. También le dijo que usted había sido su discípulo en el desarrollo de sus poderes mediúmnicos. Mi hermana lo vio encadenado y esposado, arrojado a un baúl en el escenario de Viena, y el baúl fue luego cerrado y atado con gruesas cuerdas. Se colocó un dosel alrededor del baúl para ocultar sus operaciones al público, y pronto usted emergió del dosel, habiendo escapado. Parecía imposible que un hombre realizara tal hazaña por medios humanos, dijo Rosicka, pero Popkens le explicó que usted había aprendido a proyectar su doble espiritual, y que solo ese doble entraba en el baúl, y que usted simplemente se materializaba de nuevo y volvía a hacerse visible al público. Mi hermana creyó ciegamente en la explicación del médium.

En ese punto del relato de la condesa la interrumpí con cierto calor.

—No es verdad —dije—. No soy médium, y no hago mis fugas por tales medios.

—Le creo —prosiguió la condesa—, y eso es justamente lo que quiero que le diga a Rosicka. Ella lo ha visto. Lo conoce de vista. Si viene conmigo ahora mismo al Castillo D—, llegaremos antes de que los cómplices de Hermannstadt lleguen allí. Dígale a Rosicka que usted no es médium. Dígale que Popkens es un mentiroso y un impostor. Ella le creerá, y los secretos de nuestro linaje quedarán guardados en nuestros pechos, y en el suyo (pues le he revelado todos los secretos de mi padre que conozco, sin ocultar nada), y esos secretos perecerán cuando nosotras perezcamos. El noble linaje de D— continuará, y la felicidad que busco tan desesperada y egoístamente quedará asegurada. Es poco lo que le pido, señor Houdini, pero significa todo para mí, y le recompensaré generosamente.

Extendió sus manos suplicantes, y sus ojos se hundieron en los míos. Le dije que no podía aceptar su dinero por un favor que estaba más que dispuesto a conceder.

Subimos a un carruaje bastante destartalado, y partimos hacia el castillo. La condesa explicó que lo conducía ella misma porque no quería que nadie en el castillo supiera de su excursión al pueblo; y en cualquier caso solo podía contar con el sordomudo, pues vivían muy sencillamente en una pequeña parte del castillo, con apenas dos sirvientes más, marido y mujer, que cocinaban y cuidaban la casa.

Tras un viaje de poco más de una hora, llegamos al Castillo D—, a orillas del río Maros. El viejo foso estaba vacío, salvo por una costra estancada que mostraba la presencia de un par de pulgadas de agua; y el castillo mismo había sido muy descuidado. Una de sus murallas daba directamente al río, que lamía sus cimientos. Los jardines estaban bien cuidados, con céspedes lisos, arbustos recortados y una profusión de rosas, testimonio del amoroso esmero del viejo sordomudo. El anciano saludó cuando el carruaje avanzó por el camino de tierra, y luego ayudó a la condesa a descender del vehículo.

Entramos directamente en el salón, y la condesa me presentó de inmediato a su hermana Rosicka, que conversaba con un hombre de piel oscura y facciones malvadas, a quien acerté en reconocer como Popkens, el médium.

Jamás olvidaré la sorpresa y consternación con que oyó mi nombre en labios de la condesa. La ira, intensa y abrumadora, se dibujó en su rostro por un instante, y luego desapareció por completo. Forzó una amplia sonrisa en sus labios y extendió la mano en saludo.

—¡Ah, señor Houdini! —exclamó en un inglés aceptable—. ¡Qué placer encontrarlo aquí! ¿No me recuerda, verdad?

Nunca había visto a ese hombre antes de ese minuto. La descarada insolencia de su saludo me repugnó. Rechacé el apretón de manos ofrecido y, mirándolo directamente a los ojos, le dije:

—Señor Popkens, su juego ha terminado. Usted es un farsante y un impostor, y ha dicho a la señorita Rosicka cosas sobre mí que no son ciertas. Estoy aquí para desenmascararlo antes de que logre consumar sus planes de chantaje.

La sonrisa de Popkens se ensanchó aún más y, volviéndose hacia Rosicka, exclamó en magiar, tan rápido que no pude entender todo lo que le decía:

—¿Lo ve? Me conoce. Este es el gran espiritista de quien hablábamos, que solía ser mi discípulo.

—Está mintiendo a esa joven —exclamé en inglés, con el temperamento reflejado en mi rostro.

—Bueno, bueno, mi estimado señor Houdini —replicó en inglés, frotándose las manos—, hablaremos de esto con calma. Si me lo permite, quisiera tratar este pequeño asunto con usted a solas en otra habitación. Será en su beneficio —añadió, con un destello amenazante en los ojos que desmentía la amplitud de su sonrisa.

—No, hablaré ahora mismo, en magiar, delante de estas dos mujeres —dije, y me volví hacia Rosicka.

Popkens se quedó inmóvil apenas un minuto, hasta que empecé mi explicación. Entonces, de pronto, se lanzó sobre mi espalda y rodeó mi cabeza con sus brazos, intentando doblarla hacia atrás y estrangularme. Me tomó desprevenido por la brusquedad del ataque, y caí al suelo. Rápidamente lo sacudí de mis hombros, y con un golpe demoledor en la barbilla lo envié tambaleando contra la pared. Desafortunadamente no estaba solo, pues desde la ventana había visto la llegada de sus cómplices de Hermannstadt antes de abalanzarse sobre mí.

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Elevó la voz en un chillido agudo y aterrorizado, y sus cómplices irrumpieron en la sala y se abalanzaron sobre mí. Eran cuatro hombres en lugar de los dos que se esperaba. Rápidamente me ataron y me arrojaron a un rincón del cuarto, donde uno de ellos se sentó a vigilarme con un revólver desenfundado, para impedir que deshiciera mis ligaduras y escapara.

Los dos sirvientes del castillo habían entrado alarmados al oír el ruido del combate. Fueron rápidamente dominados y atados a sillas. Luego los cómplices, bajo la dirección de Popkens, cuyo rostro había perdido la sonrisa, procedieron con calma a atar las manos de la condesa y de Rosicka, que se habían encogido, aterradas, en un rincón de la sala.

Yo estaba tan sorprendido como cualquiera por el súbito giro de los acontecimientos. Cuando accedí a la petición de la condesa, esperaba únicamente una escena tormentosa al denunciar al médium de Hermannstadt, para impedirle arrancar el secreto que le permitiría chantajear a la familia y despojarla de sus bienes. Pero ahora me encontraba prisionero de cinco hombres desesperados, en un castillo húngaro, y esos hombres me guardaban un profundo rencor por haber arruinado su juego. Si me mataban, mis amigos jamás sabrían lo que me había ocurrido. Ciertamente Popkens tenía razones para odiarme.

Los dos testigos que habían venido de Hermannstadt para presenciar el documento de Rosicka habían sido, por supuesto, convocados por Popkens, y no por espíritus. Él había arreglado con ellos antes de salir de Hermannstadt, y sabía la hora exacta en que se esperaba su llegada al Castillo D—. Su propósito al perpetrar esta farsa contra Rosicka era evidente: quería que ella creyera que el mensaje espiritual de su madre era auténtico, y qué mejor manera de lograrlo que hacer que el espíritu de la difunta anunciara que los testigos venían, y luego que su llegada confirmara la veracidad del mensaje. Así, Popkens había hecho decir hábilmente a la aparición que los testigos estaban en camino.

Los dos hombres habían traído consigo a otros dos disfrazados de sirvientes, en caso de emergencia. Como ya no había razón para mantener esa apariencia, se mostraron ahora en su verdadera condición de cómplices de Popkens. Esto lo deduje de la conversación, aunque mi conocimiento de la lengua magiar no era suficiente para entender todo lo que se decía. Pronto se hizo evidente que estaban decididos a forzar a Rosicka a redactar el documento de chantaje de inmediato, por cualquier medio a su alcance.

Para mi intensa indignación, Popkens se acercó a la joven y le abofeteó el rostro. Fue un grave error, pues encendió el espíritu obstinado de la muchacha contra cualquier compromiso con aquella banda de desesperados chantajistas que la habían hecho víctima de sus supuestos poderes mediúmnicos. La sirvienta gritó con fuerza, y uno de los hombres la amordazó con el pañuelo del respaldo de la silla en que estaba atada, aunque sus gritos habrían sido inútiles de todos modos, ya que el anciano cuidador de los jardines del castillo era la única persona al alcance de su voz, y era sordo.

Descargué mis sentimientos en un torrente de enérgico inglés, diciéndole a Popkens lo que pensaba de un hombre que golpeaba a una mujer indefensa y atada. Él sonrió con malicia y, acercándose al rincón donde yo yacía, me dio deliberadamente una patada en el estómago.

Para entonces ya me había liberado de mis ligaduras, y me lancé sobre Popkens. El hombre del revólver no se atrevió a disparar, por miedo a herir a Popkens, pero logró descargar la culata de su arma con fuerza aplastante sobre mi cabeza. Quedé aturdido un minuto y me desplomé en el suelo. Los hombres me ataron de nuevo con fuerza, y Popkens sacó de un bolso negro un par de esposas resistentes, que cerró en mis muñecas tan apretadas que me cortaban la carne.

—Señor Rey de las Esposas —me dijo en inglés—, veremos qué puede hacer con estas bonitas pulseras en sus muñecas. Usted ha desafiado públicamente a cualquiera en Hungría a esposarlo con unas que no pueda abrir. Estas, mi estimado señor, no son de fabricación especial, pero me temo que no saldrá de ellas tan fácilmente como se libró de las esposas de la policía alemana en la sala del jurado de Colonia. Oh, sí, sé todo sobre eso. Su reputación lo ha precedido hasta Hungría.

Luego, en magiar, ordenó a uno de sus cómplices traer un martillo y un clavo. Mientras los buscaban, los dos sirvientes fueron llevados a otra habitación. Popkens, entretanto, tallaba un lápiz en largas tiras. Cuando trajeron el martillo, destrozó las cerraduras de las esposas clavando el hierro en ellas, y luego, al retirar el clavo, introdujo los trozos de lápiz en la cerradura, obturándola firmemente.

Dejando a la condesa y a su hermana atadas a la mesa, los cinco hombres me arrastraron al pasillo, donde Popkens procedió a arrancarme la ropa con un cuchillo afilado, hasta dejarme completamente desnudo. Luego registró mi cabello en busca de llaves o ganzúas ocultas.


—Solo estoy jugando limpio conmigo mismo, señor Houdini —dijo Popkens, con la sonrisa más maligna que jamás he visto—. No voy a darle oportunidad de abrir cerraduras con limas, sierras o ganzúas que pueda tener escondidas en su ropa. Así que discúlpeme si le quito las prendas. Voy a presentarle el interior de un calabozo cuya existencia ni siquiera la condesa conoce. He llegado demasiado lejos como para detenerme ahora. Pero no voy a asesinarlo, señor Houdini. Simplemente morirá de hambre, y si alguna vez lo encuentran, será años después de que nos hayamos ido de aquí, y solo sus huesos quedarán para decirle al mundo que este fue Houdini.

Luché hasta quedar exhausto, pero mis captores ataron mis tobillos con grueso alambre, me vendaron los ojos y luego me llevaron por pasajes interminables, bajando una escalera húmeda y sinuosa, hasta un recoveco mohoso en el fondo de un calabozo. Allí me dejaron caer por un agujero en el suelo del calabozo, dentro de una caverna fangosa, y Popkens saltó tras de mí. Alrededor de mis brazos, que ya estaban fuertemente esposados a la espalda, pasó un doble par de grilletes que estaban remachados a la pared del castillo detrás de mí. Luego me quitaron la venda de los ojos.

Yací desnudo en el suelo fangoso de la más oscura y pestilente caverna que jamás me haya tocado ver en años de viajes por países extranjeros. Era lo que se llama una *oubliette*: un agujero tenebroso donde los prisioneros son arrojados y olvidados por el mundo hasta que sus esqueletos son hallados años después.

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No fui el primer ocupante de aquella lúgubre caverna, pues Popkens había retirado de los grilletes un esqueleto parcialmente vestido antes de colocar las cadenas en mis propios brazos. Miré aquel objeto macabro, tendido en el barro junto a mí, mientras la linterna de Popkens arrojaba sus débiles rayos en aquel lugar terrible, y me estremecí. Restos de ropa mohosa aún se aferraban a los huesos, y el cráneo, que se había desprendido cuando los cómplices de Popkens arrojaron el esqueleto a un lado, me miraba desde cuencas vacías, como si hiciera una mueca de siniestra alegría al encontrar compañía tras tantos años. Juzgué, por el aspecto de los restos de ropa, que el esqueleto era el de una muchacha, y en efecto, parte de su largo cabello se pegaba a la pared detrás de mí. Podía sentirlo contra la nuca.

Popkens me dio una patada en las costillas y luego trepó fuera de aquel agujero, ayudado por uno de sus cómplices, que le bajó una cuerda. Me dejaron en completa y terrible oscuridad.

Ni siquiera la condesa conocía la existencia de la *oubliette*, había dicho Popkens. Debía alcanzarse, entonces, por un pasaje secreto, quizá a través de una puerta oculta. ¿Cómo sabía Popkens del pasaje que conducía a ella, o incluso de su existencia? Recordé que la condesa lo había reconocido como alguien a quien había visto alguna vez en el castillo, aunque no podía precisar cuándo ni en qué circunstancias. Verdaderamente aquel hombre tenía una historia siniestra. Su conexión con el castillo, y posiblemente con el disoluto viejo conde, debía de haber sido mucho más estrecha de lo que la condesa sospechaba.

He estado en muchas situaciones difíciles, pero nunca mis perspectivas parecieron tan sombrías como en ese momento. He sufrido peores torturas físicas en Blackburn, Inglaterra, donde fui esposado y atado con hierro por un hombre fuerte en el escenario del Palace Theater, el 24 de octubre de 1902, y padecí brutalidad hasta que mis brazos y muñecas sangraban desgarrados por los hierros, cuyas cerraduras habían sido obturadas en violación de las reglas del juego limpio, tal como Popkens las había obturado en esta ocasión. Pero entonces podía haberme liberado en cualquier momento si hubiera admitido la derrota en lugar de continuar mi lucha con los hierros hasta finalmente liberarme por mis propios esfuerzos. Ahora, en cambio, parecía no haber salida a mis tormentos, desnudo en el barro de la *oubliette*, encadenado a la pared, bajo el lecho del río Maros, en una caverna mohosa cuyas paredes rezumaban salitre.

Liberarme de los grilletes de la *oubliette* no fue tan difícil como temía, pero mis esposas obturadas mantenían rígidas mis muñecas, y la carne se hinchaba bajo la cruel mordida del acero, haciendo doblemente difícil extricarme. Sin embargo, al soltar mis brazos de la pared me sentí más cómodo, y logré desatar mis tobillos del alambre que los sujetaba. No podía trepar fuera de la *oubliette* con las manos esposadas a la espalda, pero recurrí a un viejo truco: me incliné hacia adelante y doblé las piernas hasta poder pasar mis brazos encadenados alrededor de mis pies y llevar mis manos, aún esposadas, al frente.

Entonces me tocó una tarea macabra, que creo no repetiría ni por las fortunas combinadas de Rockefeller y Henry Ford. Mis captores, tras todas sus precauciones de quitarme la ropa y cualquier objeto que pudiera servir para abrir una cerradura, habían pasado por alto el esqueleto humano que yacía junto a mí en la *oubliette*. Me arrodillé sobre el esqueleto y astillé las costillas. En efecto, fue con un hueso roto del esqueleto, junto a mis pies, que logré abrir los grilletes que me sujetaban a la pared, y esto no fue tan difícil como podría suponerse, una vez resuelto el problema de cómo tomar el hueso y manipularlo. Requirió gran habilidad contorsionista, pero fue fácil comparado con la tarea de abrir las cerraduras de las esposas obturadas con madera y aplastadas con un clavo.

En mi larga y aventurera carrera nunca he dejado de abrir una cerradura, pero esta no era una prueba legítima, como tampoco lo fue la del escenario en Blackburn. Allí había tenido éxito, pero aquí parecía enfrentar un fracaso absoluto. Logré sacar la obturación de madera de una de las esposas, cuando me asaltó el temor de que los falsos espiritistas volvieran para asesinarme. Popkens, como había demostrado al mencionar mi fuga de las esposas en Colonia, sabía que yo había abierto las mejores cerraduras de la policía alemana, y podía concebir la posibilidad de que también escapara de sus manillas, aunque estuvieran obturadas.

Trepé fuera de la *oubliette* hacia el calabozo que la cubría, abrí la maciza puerta del calabozo (lo cual fue tarea fácil comparada con algunas cerraduras de cárceles americanas), y salí a un pasadizo húmedo. Un rayo de luz titiló a lo largo del pasillo, y retrocedí al calabozo justo a tiempo para evitar ser descubierto. Casi caí de nuevo en la *oubliette* en mi prisa. En efecto, habían enviado a un hombre para acabar conmigo. Alzó su linterna y arrojó sus rayos a través de la reja cuadrada en la parte superior de la maciza puerta del calabozo. Me agazapé justo debajo de la abertura, y no me vio.

Lo oí forcejear con la cerradura, y abrió la puerta vacilante, sorprendido de que la llave girara tan fácilmente. Me dio la espalda al colocar la linterna. En su mano derecha sostenía un revólver, con el que evidentemente pensaba dispararme. Me lancé sobre su espalda, pasando mis brazos esposados por encima de su cabeza, y le doblé la cabeza hacia atrás. Aunque mis muñecas estaban maniatadas, tenía la ventaja de la sorpresa. Lo derribé bajo mí y presioné mi rodilla contra su garganta. Lo estaba estrangulando hasta dejarlo inconsciente cuando parte del suelo del calabozo cedió, precipitándolo de cabeza en la *oubliette* de la que yo había trepado un minuto antes. La linterna cayó en la abertura y se apagó, dejándonos a ambos en la oscuridad. Me abrí paso a tientas por el pasillo, subiendo peldaño tras peldaño, temiendo trampas ocultas que pudieran arrojarme al río Maros.

Ascendí una larga escalera en espiral, y finalmente vi una luz tenue delante de mí, saliendo a un corredor sombrío en la parte superior del castillo. En efecto, los calabozos se alcanzaban por un panel oculto, que había quedado abierto por el hombre que acababa de bajar a matarme. Lo cerré, y admiré la absoluta destreza con que estaba disimulado. Pero la condesa y su hermana Rosicka estaban en poder de Popkens y sus cómplices sin escrúpulos, que quizá las torturaban para obligarlas a entregar el documento que los chantajistas deseaban, y mi propia situación era precaria, así que tuve poco tiempo para admirar la habilidad de construcción de aquel panel.

Debía escapar, quitarme las esposas, conseguir ropa y pedir ayuda. Trepé por una ventana de la torre del castillo y comencé a descender por el muro en el crepúsculo, aunque aún maniatado. Entonces recordé que, en mi prisa por alcanzar la seguridad, había olvidado cerrar la puerta del calabozo sobre la *oubliette*. Ese fue el error que casi me costó la vida.

✠═════ CONTINUARÁ ═════✠

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"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."

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