El Fantasma de Silent Smith - WEIRD TALES (1924)
He aquí un relato difícil de olvidar:
El Fantasma de Silent Smith
Un relato extraño de C. Franklin Miller
Título original: The Ghost of Silent Smith
Weird Tales | Volumen 3 | Número 2 | Febrero 1924
Pp. 66-70
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Silent Smith estaba muerto desde el principio. De eso no cabía duda. La historia de su trágico final apareció en la primera columna de todos los periódicos deportivos del país y fue oficialmente verificada, en su momento, por el médico, el forense y el clérigo.
Además, la tragedia misma fue presenciada por unos veinte mil ojos. Todos vieron la cegadora velocidad de la pelota al salir de la mano del lanzador. Vieron la melancólica indiferencia de Silent mientras permanecía en el plato. Vieron la pelota estrellarse contra su sien derecha y lo vieron caer. Algunos dijeron que quería morir, pero eso no viene al caso. De una cosa estamos seguros: Silent Smith estaba muerto.
Yo mismo vi su cadáver dos días después. Estaba dispuesto en un negro sombrío. Su ataúd era negro, su traje era negro y negra era su corbata de alas de murciélago. El negro era su color favorito.
Armonizaba perfectamente con la penumbra de su carácter, y a él se aferró, coherente en la muerte como en la vida activa.
La hora de su muerte también es cierta. Ocurrió exactamente a las tres y veintidós minutos, hora estándar del Este. Ese hecho lo he verificado. Es importante. Si hubiera ocurrido cinco horas más tarde, no habría nada inusual que contar. Silent Smith habría sido debidamente enterrado, llorado y finalmente olvidado, salvo por el brillante registro que siempre permanecerá como monumento a su destreza como lanzador. Pero murió a la hora indicada, y su cadáver estaba en manos del forense exactamente una hora después.
Esa misma hora lo encontró protagonizando el regreso más extraordinario en la historia del juego nacional, ¡y esto a tres mil millas de distancia!
Hago esa afirmación con pleno conocimiento de los hechos reales. Como miembro de los Bears de Johnny Morkan aquel año, vi el extraño suceso con mis propios ojos. Ocurrió en la costa, ante unos ocho mil aficionados.
Los del público que conocían a Silent y sus maneras sólo pudieron quedarse mirando, asombrados. En ese momento no sabían de su muerte. Yo sí. También el resto de los jugadores en el banco de los Bears. Un telegrama del Este había traído la trágica noticia. Ese mensaje arrojó una luz fantasmal sobre el asombroso fenómeno y dio al asunto un vago tinte de verosimilitud, por increíble que pareciera.
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Entiéndase: no niego la evidencia de los registros escritos. Sería inútil hacerlo. Sé que el locuaz Andy Gregg estaba en el montículo por los Bears aquel día. Comprendo que se le atribuyó la victoria que trajo al club el primer banderín que jamás flameamos a lo largo de la costa. Y admito que merecía el crédito. En todos los aspectos prácticos, el muchacho verborrágico había trabajado nueve entradas completas, ofreciendo una de las exhibiciones de lanzamiento más sensacionales que se hayan visto.
Sin embargo, insisto en que Silent Smith lanzó a los Bears hacia ese banderín con la misma certeza con que su muerte ocurrió dos horas antes de que se cantara el inicio del juego.
Veamos:
Silent Smith había sido nuestro As del montículo durante la mayor parte de la temporada. Cualquiera que lo haya visto en acción dirá que era un prodigio del pitcheo. Podía trabajar cada cuarto día, servir de relevista entre tanto cuando se le pedía, y aun así ganar la gran mayoría de sus juegos. A pesar de su inclinación por el trabajo duro, carecía extrañamente de entusiasmo y poseía tan poca sociabilidad como una lápida antigua.
Aclaro: no pretendo tener conocimiento directo sobre la sociabilidad de una lápida. Mi cabeza nunca descansó bajo su sombra. Tal vez su comunión se limite al reino de los espíritus difuntos, pero, en lo que el ojo humano alcanza a ver, son objetos extremadamente insociables. Y así era Silent.
Recuerdo bien el velo de tristeza que acompañó su llegada a nuestro campo de entrenamiento primaveral. Surgió errante sobre el terreno como una oveja perdida, arrastrando un gran bate negro: el novato más lúgubre que jamás vi.
Su rostro era una obra maestra de la desesperación oscura, trazado en líneas profundas y cansadas, mal dispuestas para sostener una sonrisa. Envuelto en sayal, habría hecho justicia al papel de principal doliente en cualquier funeral.
El jefe había estado ocupado toda la mañana, examinando a varios jóvenes lanzadores “prometedores” cuyos esfuerzos habrían arruinado el ánimo de cualquier entrenador. Les habíamos estado golpeando los lanzamientos por todo el parque. Ninguno tenía suficiente material para durar en una liga triple A. La ira del jefe crecía en consecuencia, y la visión de Silent contemplando el desastre con aire lúgubre no tuvo efecto calmante alguno en su temperamento.
—Oye, Smith —gruñó—, se supone que eres un lanzador, no un monumento. ¡Despierta! ¡Veamos qué tienes!
Silent sacó una pelota del bolsillo de su pantalón y la acarició tristemente por un momento. Pensé que iba a llorar. En cambio, respondió al jefe con una voz muy suave y cansada:
—Sí, señor, señor Morkan.
Algunos pudimos sonreír en secreto, pero nadie se atrevió a reír abiertamente. Conocíamos demasiado bien al jefe. Hervía por dentro, y la tapa estaba a punto de saltar en cualquier momento.
Silent, sin embargo, no le prestó la menor atención. Tras pronunciar aquellas palabras sorprendentes, lo ignoró por completo. Lentamente se dirigió al montículo vacío y comenzó un aún más lento movimiento de lanzamiento. El jefe juró que aquel nuevo recluta debía haber servido un tiempo en el coche fúnebre de alguna funeraria.
Lento o no, el muchacho era extraordinariamente elegante para ser zurdo. Eso podíamos verlo; pero lo que hacía con la pelota nadie lo supo jamás. Aquello que lanzaba con su brazo izquierdo era el mayor enigma al que me he enfrentado. Como si estuviera envuelta en masas de melancolía, la pelota flotaba hacia el plato y caía, abatida, en el guante del receptor. Era más parecido a un suspiro que a cualquier cosa sin sonido que pueda imaginar. Eludía nuestros bates como un fantasma que se eleva, y nos dejaba enredados en nudos tratando de darle un golpe sólido.
En quince minutos el jefe sabía que tenía un prodigio entre manos. Lo vi ablandarse mientras observaba la solemne actuación del muchacho, y su rostro comenzó a iluminarse.
—Muy bien, amigo —cantó con jovialidad—. ¿Pero cómo lo llamas?
Esta vez Silent no respondió. Al menos, no habló. Simplemente alzó los hombros y suspiró un largo, profundo suspiro. Eso lo decidió todo.
—La “bola suspiro” —sugirió alguien. Y desde entonces fue la “bola suspiro”.
El chico también sabía batear. No es que incendiara la liga como toletero, pero reveló un golpe mortal con su gran bate negro que lo convirtió en un príncipe entre los bateadores emergentes.
Esa extraña habilidad en los momentos decisivos se demostró por primera vez en el juego inaugural de la temporada. Hasta el octavo inning, su desempeño al bate lo clasificaba naturalmente como otro lanzador de débil ofensiva. Se había ponchado dos veces y había elevado un débil globo en su tercer intento. La cuarta vez que entró en la caja, sin embargo, la carrera del triunfo descansaba en tercera, y la trajo con un bonito sencillo.
Cómo lo hizo fue tan misterioso como su bola suspiro. Su lamentable postura en el plato jamás lo habría señalado como bateador de calidad. La imagen que ofrecía, aferrado a su gran bate negro, era de absoluta desesperanza y podría haberse titulado “El Fin”. Y sin embargo, en los momentos críticos, cumplía.
Tuvimos que aceptar a Silent tal como era. No había forma de cambiarlo. Sus acciones eran demasiado inesperadas y antinaturales para comprenderlas. Podía ponchar a un bateador y parecer dolorosamente infeliz por el hecho. Podía ganar un juego con un golpe oportuno y entrar en luto. Su atmósfera normal era de una melancolía profunda y misteriosa, y nunca variaba.
Con nuestra primera vuelta por el circuito, la fama de Silent Smith comenzó a extenderse. Ese brazo izquierdo suyo, de lanzamientos lentos, se abrió paso en los corazones de miles de aficionados a lo largo de la costa. El entusiasmo salvaje con que se recibía su aparición en el montículo se convirtió en una manía, y su “bola suspiro” pasó a ser tema de conversación en todos los hogares.
No cabía duda de su popularidad. Era la mayor atracción del béisbol en cualquier parte del país. Tal vez fuera el triste encanto de su miserable existencia lo que intrigaba; tal vez el velo de misterio que envolvía su carácter lo que fascinaba; pero, ganara o perdiera, era idolatrado.
Detrás de su espectacular lanzamiento ascendimos a alturas que nunca habíamos conocido. Al completar tres cuartas partes del calendario, nos encontrábamos pisando los talones de los Leafs voladores, que habían estado orgullosamente en la cima toda la temporada. No era de extrañar que la ciudad enloqueciera por el béisbol. Por primera vez en nuestra historia, teníamos visiones de un banderín.
Entonces llegó el revés, y nuestras visiones se desvanecieron. Silent Smith fue transferido. Con la difusión de la noticia, un clamor de desaprobación se elevó a lo largo de la costa. Desde tres estados se oyó el mismo grito: “¡Béisbol corrupto!”, y la propia popularidad del deporte se vio amenazada. Se hicieron esfuerzos externos para que Silent fuera devuelto, pero el intercambio ya se había consumado. Nuestro As estaba perdido.
Con la partida de Silent, los Bears cayeron en días oscuros. Desarrollamos una racha perdedora que amenazaba con sacarnos de la contienda. Incluso los despreciados Bisons barrieron una serie de cuatro juegos, y un manto de tristeza se extendió sobre el campamento.
Tanto la prensa como el público pagador añadieron a nuestra miseria. “¡Solo un destello! ¡Los Bears han alcanzado su límite!” Ese era el consenso dondequiera que se reunieran los aficionados. La cosa empezó a irritar al jefe, y en un intento por redimir al club, salió a los suburbios y trajo de vuelta a Andy Gregg.
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Sin duda has oído hablar de Andy Gregg. Era conocido como el hombre más valiente del béisbol. Pero cuando el jefe lo sacó de la nada, no era más que un gran muchacho verde, torpe y sin bateo: un prodigio inútil. No podía batear y su fildeo era aún peor. Tenía solo dos cualidades destacadas: podía lanzar y podía hablar. Era difícil decir en cuál sobresalía más.
A pesar de su habilidad, trabajó bajo dificultades desde el principio. Un hombre de menor coraje se habría marchitado bajo la presión. Cada vez que aparecía como lanzador del día, un coro irracional de abucheos lo recibía, seguido del canto monótono que pedía a Silent Smith. No es que Andy fuera impopular; su espíritu era realmente admirado. Era simplemente el modo en que el público expresaba su indignación por la pérdida de su ídolo. Se resentían por la partida de Silent y lo reclamaban como solo una multitud fanática de béisbol puede hacerlo. La dirección era su blanco; Andy, el chivo expiatorio.
El muchacho simplemente reía y seguía lanzando. Pero tras su aparente indiferencia se ocultaba la ambición de acallar aquel clamor por Silent Smith. En secreto lo tomaba como un reflejo de su propia capacidad y luchaba con valentía por cambiar el tono. Habló tanto y tan bien que sacó al equipo de su lamentable depresión y lo devolvió a su lugar bajo el sol.
Cuando los Leafs invadieron nuevamente nuestro territorio para una serie final de tres juegos, estábamos a medio juego de empatar el primer lugar. Era el cierre de nuestro calendario, y las cosas no se veían tan prometedoras como podría suponerse. Nuestro cuerpo de lanzadores se había quebrado. El locuaz Andy era el único lanzador confiable que nos quedaba tras un mes agotador de lucha por mantenernos como subcampeones. Pero Andy estaba en excelente forma. Podía seguir parloteando como un reloj de ocho días, y eso era buena señal.
Se le asignó el montículo en el primero de esa serie decisiva, y ganó. Cuatro lanzadores fueron golpeados sin piedad en el segundo, y perdimos. De nuevo estábamos rezagados por un estrecho margen, pero ¿quién quedaba para contener al enemigo? Harris, el fornido, estaba con amigdalitis; Lefty Lefferts tenía el pulgar roto; el brazo de Curly Weinert estaba adolorido por el exceso de uso. En cuanto al resto… ¿para qué seguir?
En esa hora de necesidad todos deseábamos un brazo de hierro: el brazo de Silent Smith. Incluso el jefe tenía en mente a su antiguo As. Lo admitió después. En ese momento, sin embargo, solo había una cosa que podía hacer —y la hizo. El locuaz Andy recibió la asignación. El muchacho estaba listo y lo anunciaba con su incesante parloteo.
—Los tenemos, Johnny —repetía al jefe—. El invierno se acerca y las hojas están cayendo. ¡Solo mantén el ojo en el árbol!
Todos estábamos reunidos en el dugout, esperando el sonido del gong. Ese peculiar silencio que se apodera de una multitud justo antes del inicio del juego ya había descendido. En el campo bañado por el sol, varios “alas blancas” daban los últimos toques al reluciente diamante. Detrás del plato estaba Jimmy Flynn, el manco, blandiendo un megáfono. Su voz retumbante se alzaba sobre el zumbido del silencio, anunciando las baterías.
Jimmy no había llegado más allá del nombre de Gregg cuando un rugido espontáneo brotó de las gradas y ahogó el resto. Era el aullido de la manada por su ídolo. Antideportivo, sí; pero Andy solo se echó a reír.
—¿Lo ves, Johnny? —canturreó—. Prefieren tener el depósito de cadáveres ahí fuera antes que a uno vivo. Enterraremos a ese pájaro ahora mismo. ¡Vamos, cachorros, miren mi humo! —Y trotó hacia el campo en medio de una lluvia de abucheos.
Andy tenía mucho “humo” y lo mostró a su manera torpe. Durante toda la entrada continuó el llamado por Silent Smith, con crescendos variables, pero el ruido no tuvo más efecto sobre el ánimo de Andy que el agua sobre el lomo de un pato. Trabajó metódica y eficazmente, dejando al enemigo fuera con exactamente seis lanzamientos. No era de extrañar que el muchacho sonriera cuando bajó al banco tras el último “out”. Sabía que estaba en lo cierto.
Y siguió así. Durante siete entradas continuó hablando y lanzando, cada vez más locuaz a medida que el juego avanzaba. No había razón para actuar de otro modo. Su bola de humo funcionaba perfectamente. Pasaba zumbando junto a los bates con monótona regularidad. Ni siquiera podían verla. Solo permitió dos hits en todo ese tramo.
Aparentemente, la hazaña no significaba nada para la multitud. Estaban completamente absortos en su pasatiempo favorito: hostigar al club, individual y colectivamente, por la partida de una estrella. Si ganábamos, era pura suerte. Si perdíamos… bueno, lo merecíamos. Nos lo decían con todas las letras. Y seguían aullando por Silent Smith.
Andy aún mantenía la calma. Su control era magnífico. No mostraba señales de flaquear bajo la tensión. Cuando regresó al dugout para nuestro turno al bate en el octavo, parloteaba como una urraca.
—Te dije que enterraríamos a ese pájaro melancólico —le dijo al jefe—. Ya tiene un pie en la tumba. Y cuando termine, ese montón de cabezas huecas allá arriba estarán echando tierra. Así ha sido siempre, Johnny.
El rostro del jefe estaba inusualmente serio mientras escuchaba el parloteo de Andy. En su mano temblaba el familiar azul de un telegrama. Sin decir palabra, se lo entregó.
Andy leyó la noticia y su semblante se desplomó. Silent Smith estaba muerto. Ese fue el golpe que se volvió contra él. Desde ese momento, la estrella de Andy comenzó a apagarse.
—Lamento haber dicho lo que dije —murmuró—. Solo estaba bromeando. No sabía nada de esto, Johnny.
—Por supuesto que no —respondió el jefe, animándose—. No dejes que te afecte ahora. Lo único que tienes que pensar es en ganar este juego. ¡Vamos, muchachos, adelante!
Pero Andy estaba afectado, sin duda. Su útil parloteo cesó, y eso fue mala señal. Cuando volvimos al campo tras una entrada infructuosa, era evidente que no era el mismo. Incluso el renovado clamor por Silent Smith parecía irritarlo. Escarbó la tierra con los zapatos de clavos; arrancó briznas de hierba y empezó a masticarlas; humedeció los dedos contra el césped; hizo varias cosas que no eran propias de él, pero que, curiosamente, habían caracterizado el lanzamiento de Silent Smith.
Desde detrás del plato, el árbitro pedía acción. También la multitud. Y Andy finalmente se puso en marcha.
Aquella última entrada fue una pesadilla. Andy caminó al primer bateador, y un murmullo de desazón recorrió el campo. La siguiente pelota la dejó en el centro, y Sammy Dawes la soltó sobre segunda para un bonito sencillo. El murmullo se convirtió en rugido.
Andy escupió con furia en su guante y miró con rabia hacia las gradas. Ese persistente clamor por Silent Smith había penetrado al fin. El muchacho estaba irritado.
La multitud vio su reacción y desató una verdadera avalancha de burlas. Como si el banderín ya hubiera sido asegurado de haber retenido a Silent. ¡Y ahora mira lo que está pasando! Tal vez tenían razón… ¿quién sabe?
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Enfurecido, Andy lanzó otra pelota sobre el plato, solo para verla convertida en un toque burlón. En su torpe intento por fildearla, tropezó y cayó. La pelota rodó libre. Me lancé sobre ella desde mi posición en tercera y evité que los Leafs anotaran. Pero las bases estaban llenas, sin outs, y Andy era nuestra única esperanza.
Para entonces, unas ocho mil vigorosas gargantas rugían hasta el extremo —sí, hasta ese extremo— en su frenético clamor de “¡sáquenlo!” y su irracional demanda de “¡Silent Smith!”. El pandemonio se había desatado.
Le entregué la pelota a Andy y le rogué que se tomara su tiempo.
—No es justo, Ken —explotó con furia—. ¿Qué tengo yo que ver con la pérdida de Silent? ¡Te lo pregunto!
Le aseguré que cada miembro de aquella multitud vociferante merecía estar en una celda acolchada, y añadí unas palabras sobre nuestras posibilidades de ganar el banderín.
Esto último tuvo un efecto calmante. Andy ajustó el cinturón y pareció serenarse. Pero los Leafs no estaban dispuestos a ceder. Golpearon dos sencillos consecutivos y anotaron otras tantas carreras.
Las gradas temblaban con el estrépito de pies y voces. Por encima de todo se oía el nombre de Silent Smith, pero Andy ya no lo escuchaba. Su furia parecía haberse disipado. Permanecía quieto en el centro del diamante, observando cómo el corpulento Jess Winters llevaba su bate de 390 al plato. Era la mayor amenaza de bateo de la liga, y se necesitaba un mundo de valor para enfrentarlo.
Por un momento Andy no se movió, y luego hizo algo característico: empezó a hablar. Le dijo al gran Jess que fuera por una tabla. Me pareció que el tono burlón era forzado, pero mi corazón se reconfortó al verlo luchar por recuperar su ritmo.
—¡Así se hace, muchacho! —gritó Tommy Leech desde segunda—. ¡Haz que le pegue, Andy! ¡Estamos todos contigo!
Andy no respondió, y supimos que su confianza no estaba en su punto. Echó un vistazo al corredor en tercera y, de pronto, soltó una pelota con velocidad cegadora. Jess Winters giró con toda su fuerza, y la bola regresó hacia Andy como un cohete. Instintivamente levantó los brazos, pero la pelota atravesó su defensa y cayó con un golpe seco y terrible. El muchacho se desplomó como un trapo.
El clamor de la multitud se ahogó al instante. Todos se pusieron de pie en una ola de sobresalto, mirando la forma inmóvil en el centro del diamante.
Pensé que el chico estaba muerto. Su rostro era ceniciento y sus labios sin color. Al parecer, su corazón había dejado de latir. Tenía los ojos abiertos, fijos, con esa expresión que suele acompañar a la muerte súbita.
Durante diez minutos trabajamos sobre su cuerpo inerte. El único signo perceptible de vida era un leve temblor del pulso en su muñeca, que ocurría a intervalos de un minuto. La condición era tan extraña que incluso el médico del club parecía desconcertado.
Entonces, con fuerza sorprendente, el corazón de Andy comenzó a latir como un martillo. Un parche de color se extendió por sus mejillas pálidas. Un minuto más y sus párpados temblaron débilmente, su amplio pecho se alzó y suspiró.
Con ojos vidriosos miró al grupo ansioso que lo rodeaba. Su frente se fruncía, como si no pudiera comprender el significado de todo aquello. Intentó ponerse de pie, pero no pasó de las rodillas. Dos de los muchachos lo tomaron por los brazos y comenzaron a llevarlo al vestuario. No lo permitió. Los apartó y avanzó tambaleante hacia el montículo.
Un suspiro de asombro recorrió la multitud. Nadie había imaginado que pudiera reanudar el juego. Era increíble. Lo miraron en silencio reverente, un tributo mudo al puro valor del hombre.
Y entonces un rugido de admiración proclamó un nuevo ídolo. Silent Smith estaba muerto.
—¿Seguro que estás bien, amigo? —preguntó el jefe, inquieto.
Por un momento no hubo respuesta. Andy volvió su rostro demacrado y miró al jefe con unos ojos extrañamente tristes. Parecía cargar sobre los hombros las penas del mundo. Luego dijo:
—Andy está bien.
Las palabras sonaron extrañamente distantes. La voz carecía de tono.
El jefe negó con la cabeza y se retiró lentamente del campo. Iba a arriesgarse. Tenía que hacerlo. Envió a dos de los muchachos al bullpen para que se calentaran, por si Andy no lograba resistir.
La multitud se aquietó en las gradas y comenzó a zumbar como un enjambre de abejas. Nada igual se había visto jamás. Un golpe así habría quebrado el espíritu de la mayoría de los hombres, pero ahí estaba Andy, dispuesto a continuar. ¿Sería capaz?
Todas las miradas se clavaron en él mientras empezaba a cavar un hoyo con los spikes frente al montículo. Ignoraba todo lo demás. Que el equipo estuviera perdiendo tres a cero y que hubiera un corredor en cada base, ansioso por aumentar la ventaja, no tenía importancia. Rasgaba y pateaba la tierra con lentitud, con un esfuerzo medido, como si cavar hoyos fuera un arte. Todo ello con la cabeza gacha y los ojos bajos.
Por fin el hoyo quedó perfecto y recogió su guante. A mí me pareció que seguía aturdido. Parecía inseguro en cada movimiento, como si no pudiera decidir qué hacer a continuación.
—¿Todo bien, Andy? —pregunté con cautela, entregándole la pelota.
No respondió. Ignoró mi pregunta como había ignorado todo lo demás. Dando la espalda, inició un lento y elegante movimiento de lanzamiento, cada gesto perfectamente familiar. Deliberadamente, metódicamente, lanzó cinco pelotas sobre el plato y luego esperó a que el bateador tomara posición. Y no pronunció una sola palabra.
No intentaré explicarlo. Solo puedo tratar con los hechos. Y el hecho, en este caso, fue que Andy lanzó esas cinco pelotas con su brazo izquierdo —no de manera torpe o ridícula, sino con perfecta facilidad. Además, su estilo era idéntico al de Silent Smith. Y Silent Smith estaba muerto.
Pero no era momento para teorías. El bateador estaba listo. El árbitro esperaba. Nos colocamos en posición y el juego se reanudó.
El asombroso cambio de ritmo de Andy causó estragos en los bates enemigos. Lanky Andrews se plantó en el plato como una estatua y vio pasar tres strikes perfectos. Su bate nunca se movió del hombro. Chubby Wilson lo hizo un poco mejor: al menos giró. De hecho, giró tres veces y luego siguió a su compañero al banco para el segundo out. El emergente Collins golpeó la pelota para un débil globo, que Jordan, nuestro receptor, atrapó en su gran guante, dejando varados a los tres corredores que abarrotaban las bases.
Y la pelota que lo logró fue la **bola suspiro**.
El prodigio de aquel momento mantuvo a la multitud hechizada. Observaron la extraña actuación de Andy con asombro boquiabierto. ¿Había cambiado su estilo? ¿Podía haber perfeccionado aquella famosa entrega en secreto? ¿Había estado ocultándola durante semanas, esperando sorprender en el instante psicológico? Las preguntas volaban rápido. Las respuestas eran escasas.
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Si hubieran sabido del destino de Silent Smith, sus pensamientos quizá habrían tomado un cauce más macabro. Si hubieran leído aquel telegrama del Este, tal vez habrían convenido en que Silent estaba respondiendo por fin a su llamado. Tal como estaban las cosas, solo podían mirar y maravillarse.
Cuando volvimos al dugout, encontramos al jefe en seria consulta con el doctor Barrett, el médico del club. Se corrió la voz de que Andy debía ser dejado en paz, y así se hizo.
Salió del campo arrastrando los pies, con la cabeza gacha, y se acomodó en actitud apática en un extremo del banco. El doctor Barrett estudió su figura encorvada por un momento y finalmente negó con la cabeza. Todos hicimos lo mismo. Si los muertos pueden volver de algún modo, Silent Smith estaba allí sentado en su lugar habitual, irradiando tanta melancolía como siempre.
Pero el giro más antinatural de todo el asunto aún estaba por venir.
Pudgy Ayres conectó un bonito sencillo al jardín derecho para abrir nuestra mitad del noveno, y la multitud empezó por fin a alentarnos. Tommy Leech empujó a Pudgy con un toque bien colocado y llegó a salvo a primera. Ambos avanzaron una base cuando Marty McGowan recibió boleto, y las bases quedaron llenas.
Todo lo que necesitábamos ahora era alguien con un golpe certero, alguien capaz de soltar un batazo que barriera las bases y empatara el marcador a tres.
Andy era el siguiente en turno, y todos esperaban un bateador emergente. Con la victoria en juego, no parecía prudente arriesgarse con el “prodigio sin bateo”, pero el jefe debía estar siguiendo una corazonada. No dijo una palabra cuando Andy salió del banco y examinó el estante de bates con ojos melancólicos.
El mío era el único bate negro del grupo, y Andy lo tomó.
En medio de un silencio tan muerto como un cementerio, arrastró el bate hasta el plato. Cada movimiento suyo era seguido por la multitud con ojos tensos y respiración contenida. El momento estaba cargado de algo más allá de su comprensión, y el misterio del hecho los mantenía fascinados.
Un fotógrafo de periódico se apostó junto a la línea de foul y enfocó su cámara en Andy mientras entraba en la caja. Si Andy lo vio, no dio señal alguna. Tenía los ojos fijos en el suelo. Con aire doliente se deslizó hacia el lado izquierdo del plato, aferró el bate con un esfuerzo cansado y esperó.
Blondy Vance, el lanzador rival, estaba visiblemente perturbado. Andy siempre había sido bateador derecho, y verlo adoptar aquella lamentable postura zurda con un gran bate negro era como mirar a un fantasma. Por un momento Blondy lo observó, y Andy le devolvió la mirada con tristeza.
El árbitro devolvió a Blondy a la realidad, y finalmente inició su movimiento de lanzamiento. Fue su último esfuerzo de la temporada. La pelota voló hacia el plato sin fuerza alguna. Andy conectó con un estruendo resonante, y tres carreras llegaron detrás. El marcador quedó empatado mientras Andy, con la carrera del triunfo, doblaba por tercera.
Avanzó tambaleante la distancia entre tercera y home. Sus pies arrastraban como si pesaran toneladas. Logró llegar al plato con la anotación decisiva, y luego se desplomó como un saco vacío.
Pasó media hora antes de que Andy se recuperara y volviera a parlotear como el muchacho que conocíamos. El doctor se hizo cargo de él, y Andy se mostró desconcertado al descubrir que había terminado el juego. Su último recuerdo era el de haber sido golpeado por una pelota bateada.
Podría añadir que una fotografía de Andy iniciando el recorrido de aquel jonrón apareció en el *Daily Mail* del 11 de septiembre de 1912 y generó gran discusión en todo el país. Aunque algo borrosa, el rostro de Andy se distingue con claridad suficiente para ser identificado. Cubriendo su cara, como un velo, hay algo nebuloso que se asemeja inquietantemente a los rasgos melancólicos de Silent Smith.
Y Silent Smith estaba muerto.
✠═════ FIN ═════✠
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"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."





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