EL MONSTRUO PELUDO - WEIRD TALES (1923)
El terror absoluto es la nota clave de este extraño relato
EL MONSTRUO PELUDO
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No soy un hombre científico ni instruido. Si lo fuera, quizá podría consignar los sucesos que estoy a punto de narrar de un modo que resultara de enorme valor para el mundo científico.
Si los hechos que voy a relatar hubieran sido presenciados por alguien con conocimientos de ciencia, el mundo se habría enriquecido sin duda con el fallecimiento del doctor Carrol. Entonces tendríamos una verdadera explicación de todo lo que ocurrió dentro del misterioso laboratorio que él mismo había preparado. Tendríamos la solución a la más desconcertante serie de circunstancias que jamás he oído.
¡Ay!, que sólo yo conozco todos los hechos absolutos que rodean el asunto. Y yo, de entre todos los hombres del mundo, soy quizá el menos capacitado para la tarea de consignarlos.
Pues, como he dicho, nada sé de ciencia ni de los principios implicados en los experimentos del doctor. Lo mejor que puedo hacer es escribir los sucesos tal como ocurrieron, de la mejor manera que sé, y permitir al lector sacar sus propias conclusiones. Si fuera escritor de ficción, la lectura de lo que sigue quizá resultara más placentera; pero entonces, tal vez, habría cedido a la tentación —tan común entre los escritores— de embellecer y pulir ciertos sucesos con el fin de hacerlos más emocionantes e interesantes. Los hechos mismos son lo bastante sobrecogedores, y si no los halláis interesantes, la culpa reside únicamente en mi escasa habilidad para relatar lo que sé que son los hechos absolutos.
Por qué el doctor Carrol, con su séquito de amigos científicos, llegó a tomarme afecto, es algo que nunca he podido comprender. Ciertamente no soy alguien que pudiera atraer la atención de un hombre tan instruido como él. En realidad, no era más que un sirviente del doctor, y sin embargo, en ocasiones me trataba con más cortesía que a sus propios colegas en la ciencia.
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Yo era su jardinero Vivía en una pequeña cabaña al borde de su propiedad; y muy a menudo, al caer la tarde, el doctor se dejaba caer para fumar tranquilamente y conversar unos minutos. En una o dos ocasiones incluso supe de él abandonando la compañía de sabios eruditos para venir a mi cabaña y hablar conmigo.
Naturalmente, llegué a creer que el doctor Carrol me apreciaba mucho; y yo habría muerto por él.
Creo que lo más notable en él eran sus ojos. Extraños, magnéticos; que, una vez que uno los miraba, parecían tener la propiedad de retener la mirada hasta que el doctor decidía apartarla. Hipnóticos, supongo que los llamarían. Ciertamente ningún hombre podría olvidar jamás los ojos del doctor Carrol.
Y porque yo nunca pude olvidar los ojos de mi patron, un grupo de analistas me juzgó loco. ¡Bah! Ellos no saben lo que yo sé, y probablemente nunca lo sabrán.
De vez en cuando, el sabio doctor se ocupaba en experimentos científicos. Aunque nunca conocí los detalles completos de esos experimentos, sí sabía que el doctor ocupaba un lugar envidiable en el mundo de la ciencia, y que era autor de varios libros que habían causado gran revuelo entre sus colegas. En verdad, siempre me impresionó la profundidad de su saber.
Y nunca dejé de maravillarme ante las cosas que a veces me mostraba en su laboratorio. Horribles, grotescas, y a veces aparentemente sobrenaturales eran las cosas que ponía ante mi atención. De haber sido supersticioso o débil de corazón, sé que habría muerto hace tiempo de los horrores que me mostró.
Pero el sereno y preciso doctor solía halagarme diciendo que yo era capaz de ver tales cosas con la calma desapasionada con que todo científico debe contemplar sus experimentos. Así alentado, continué mis visitas ocasionales al laboratorio y procuré mostrar entusiasmo por las cosas horribles y extrañas que me enseñaba; aunque muchas veces, tras ver alguna de sus terribles creaciones, volvía a mi choza y pasaba la noche en vela, demasiado sacudido por lo presenciado como para dormir.
El resultado de su último experimento, sin embargo, me impresionó tan profundamente que durante tres meses estuve confinado en el pabellón de violentos del hospital estatal, con los asistentes desesperando de poder devolverme la cordura.
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Fue a fines de mayo Cuando comencé a notar la ausencia del doctor en sus lugares habituales. Ya no bajaba a mi cabaña por la tarde para fumar y charlar unos minutos. Por el señor Barton, yerno del doctor, supe que pasaba la mayor parte del tiempo en el laboratorio de concreto, apareciendo en la casa sólo para comer y dormir unas pocas horas.
“Es algo grande lo que está trabajando esta vez”, dijo Barton. “No permite que ninguno de nosotros se acerque al laboratorio, ni siquiera Bessie. Cuando aparece en la casa es sólo para tomar un bocado o dormitar un momento. Luego vuelve apresurado al laboratorio. Y está tan nervioso y excitado; juro que nunca lo he visto tan entusiasmado con un experimento. Habrá gran agitación aquí cuando finalmente abra la puerta del laboratorio e invite a sus amigos a ver lo que ha hecho.”
Recordando algunas de las cosas que había visto tras los muros sombríos del laboratorio, no pude evitar un escalofrío. Pero con el paso de los días, cierta curiosidad morbosa me atraía continuamente hacia el laboratorio, con la esperanza de obtener alguna pista de lo que ocurría tras aquellas ventanas fuertemente enrejadas.
Sabía bien que era algo capaz de infundir terror en el corazón del hombre mortal, ¡y aun así no podía mantenerme alejado! Luego el doctor desapareció por completo, y supe que hacía enviar sus comidas allí y pasaba días y noches dentro de las paredes del laboratorio.
Un mes después de que se encerrara, yo trabajaba en el extremo de la finca y, al ponerse el sol, al dirigirme a mi cabaña, encontré al señor Barton. Se puso a caminar a mi lado hasta mi puerta. Vi de inmediato que el joven estaba profundamente preocupado, y aunque no dijo palabra mientras caminábamos, supe que quería confiarse conmigo. Pero guardé silencio.
Al fin dejamos los bosques sombríos y salimos al camino de concreto que conducía a la casa y al laboratorio. Caminamos un rato, el único sonido era el crujir de nuestros pasos en la grava, que una lluvia reciente había lavado. Yo trataba en vano de llegar a alguna conclusión sobre lo que perturbaba a mi compañero, cuando de pronto me detuve y miré horrorizado un punto del pavimento. Allí, brillando bajo el sol poniente, yacía un gran charco de sangre fresca.
Barton lo vio al mismo tiempo que yo; noté que se estremeció. Luego, como deseando perder de vista el charco carmesí, apresuró el paso.
“¡Sangre!”, murmuró como para sí. “Sangre fresca cada día, siempre a la misma hora, y cada día hay más.”
“¿Qué significa eso, señor?”, pregunté respetuosamente.
Se detuvo de golpe y me tomó del brazo.
“Greening”, dijo nervioso, “esto me está destrozando los nervios, y necesito hablar con alguien. Tú viste ese charco de sangre allá atrás; ¿sabes lo que significa?”
Confesé que no.
“¡Ojalá lo supiera!”, dijo. “Lo que sí sé es que día tras día el doctor recibe cantidades cada vez mayores de sangre. Al principio era sólo un litro; luego un galón. Hoy—” aquí bajó la voz—“hoy fueron diez galones.”
“Probablemente tenga que ver con sus experimentos”, dije con fingida ligereza. “Le he conocido cosas más extrañas que sangre en ese viejo laboratorio.”
“¿Qué clase de experimento puede requerir diez galones de sangre cada día?”, exclamó Barton. “Te digo, hombre, tengo miedo. ¡Siento que algo va a suceder! ¡Algo terrible!”
Al fin me dejó, aún murmurando que algo terrible estaba por ocurrir. Durante mucho tiempo después de que se fue, me quedé solo en la veranda de mi cabaña, mirando el resplandor rojo del cielo occidental. Rojo, rojo como sangre. Y entonces me estremecí—por qué, no lo sé.
No creo haberme dejado influir por los temores de Barton; de hecho, casi los había olvidado. Pero de pronto me invadió una abrumadora premonición de desastre inminente. Aunque la noche era calurosa y sofocante, sentí de repente frío y miedo. Pensando en disipar aquella sensación, entré en la casa. Con las luces encendidas, todo pareció más alegre. Incluso logré reírme de mis temores, que parecían tan infundados.
¡Ojalá hubiera hecho caso de ellos!
Por fin, cuando el reloj dio las doce, me levanté y comencé a prepararme para dormir. Tras apagar la luz, salí a la veranda y miré hacia el camino que conducía al laboratorio. La noche era calurosa y pesada, con promesa de lluvia para el día siguiente. Nubes ligeras corrían por el cielo, a veces ocultando por completo la luna.
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Noté que el doctor había abierto uno de los grandes postigos de acero. Probablemente para tomar aire. Satisfecho de que todo estaba en orden, regresé a mi cabaña y me acosté de inmediato.
El sueño tardó en llegar, y cuando al fin caí en un sopor inquieto, fue perturbado por una terrible pesadilla en la que parecía ahogarme en un océano de sangre. Sobre mí, los extraños ojos magnéticos del doctor sonreían enigmáticamente y parecían retenerme con su poder hipnótico sobre las corrientes que intentaban engullirme.
Desperté jadeando, sudando por cada poro de mi cuerpo, poseído de un horror como nunca antes había conocido. Por un tiempo no pude creer que todo hubiera sido un sueño terrible. Las olas de sangre aún parecían agitarse a mi alrededor y, allí, directamente sobre mi cama, brillaban un par de ojos redondos y luminosos. No sé cuánto tiempo los miré, demasiado sacudido para moverme. Me pareció una eternidad que aquellos ojos horribles me miraran fijamente mientras yo yacía temblando e impotente.
De pronto, ¡la cosa cayó sobre mí! Quedé al instante sofocado bajo aquella criatura horrible y desgarradora. El blando cuerpo cubierto de pelo parecía aplastarme, mientras el hedor indescriptible me enfermaba y asfixiaba. Grandes brazos nervudos, al menos una docena, se enrollaron alrededor de mi cuerpo como si intentaran aplastarme hasta la muerte.
Sentí el aliento caliente y rancio de la bestia cerca de mi rostro, y comprendí que sus fauces asesinas se acercaban cada vez más a mi garganta. En vano descargué golpes sobre su cuerpo. Aunque mis puños se hundían profundamente en la carne, no lograban efecto alguno. Al fin, con el último resto de mi energía menguante, conseguí rodar y arrojar a la bestia al suelo.
Siguió un ruido de forcejeo confuso, y un instante después vi una gran sombra en la ventana. ¡La maldita cosa se había ido!
Durante varios minutos permanecí tendido de espaldas, luchando por recuperar el aliento y la fuerza. Luego me levanté tambaleante, encendí las luces y, tomando la escopeta que siempre tenía a mano, salí decidido a perseguir a aquella criatura impía.
Debí haber dormido más de lo que pensaba, pues el cielo estaba ahora completamente cubierto; y hacia el oeste los relámpagos centelleaban sin cesar. El retumbar del trueno y la brisa fresca prometían lluvia en breve. Aunque la desaparición de la luna me privaba de un poderoso aliado, estaba decidido a no dormir más aquella noche hasta encontrar a la bestia.
Atraído por la tenue luz que aún brillaba en el laboratorio, me dirigí hacia allí y miré por la ventana abierta. Tan cerca estaba el doctor que podría haberlo tocado de haber querido. Tenía la espalda vuelta hacia la ventana y se inclinaba sobre su escritorio, escribiendo. Al parecer, nada estaba mal allí—excepto que el doctor se estaba agotando lentamente con su experimento. Permanecí junto a la ventana iluminada. Después de mi encuentro con aquella cosa terrible, la proximidad de otro ser humano me resultaba reconfortante. Y mientras lo observaba escribir tan tranquilamente, comencé a preguntarme si acaso todo no había sido una pesadilla. Largo rato permanecí allí, reflexionando, y cuando volví a mirarlo, su cabeza se había desplomado sobre el escritorio, y el sonido de su respiración me indicó que dormía.
Entretanto, la tormenta se acercaba rápidamente. Grandes sogas de fuego rasgaban el cielo plomizo, y el trueno retumbaba. Mientras debatía mentalmente si debía descartar a mi visitante nocturno como producto de mi imaginación y volver a la cama, la tormenta estalló con toda su furia. Estaba a punto de correr hacia el refugio de mi cabaña cuando, de pronto, por encima del tumulto de la tormenta, escuché un chillido agudo, sobrenatural, como de un ser mortal en terror absoluto.
Al instante se me vino a la mente la visión de aquella gran bestia peluda de muchos brazos; y corrí bajo la lluvia hacia la masa sombría de la casa. Al parecer otros también habían oído el grito, pues en los cuartos de los sirvientes una luz se encendió de golpe. Otras luces aparecieron, y escuché voces excitadas. Luego, otra vez, ¡aquel grito espantoso!
Impulsado por un miedo inexplicable, atravesé la casa y subí la amplia escalera hacia las habitaciones de la hija del doctor y su esposo. Un pequeño grupo de sirvientes histéricos se agolpaba ante la puerta, intentando en vano derribarla. Mientras forcejeábamos con la pesada puerta de roble, el grito se repitió—muy débil esta vez. Burrows, el chófer, y yo retrocedimos y lanzamos nuestro peso combinado contra la puerta.
Y entonces, al derrumbarse el panel macizo, vi una escena que jamás quisiera volver a ver.
La habitación estaba literalmente empapada en sangre. En el suelo yacía el cuerpo sin vida y horriblemente mutilado del señor Barton, mientras en la blanca extensión de la cama estaba su esposa. Las gargantas de ambos habían sido destrozadas, como si las hubiera desgarrado alguna fiera.
Por todas partes, las salpicaduras de sangre daban testimonio mudo, aunque trágico, de la lucha que allí había tenido lugar. Burrows y yo apartamos con firmeza a los demás para que no contemplaran el terrible espectáculo. Enviamos a la cocinera del doctor al teléfono, con instrucciones de avisar a la policía y llamar a un médico—aunque yo sabía que nada podría hacer. Luego, por unos momentos, Burrows y yo permanecimos temblando en aquella habitación de muerte. Yo, por mi parte, intentaba reunir mis pensamientos y decidir qué hacer.
“Por supuesto, quien cometió este crimen terrible entró y salió por la ventana abierta”, dije distraídamente. “Ya que la única puerta estaba cerrada por dentro, es evidente que el asesino debió entrar por la ventana.”
“¡Pero es una caída de quince metros!”, replicó Burrows con un escalofrío.
Miré por la ventana abierta y vi que tenía razón. No había medio visible por el cual una persona pudiera trepar por la lisa pared de ladrillo.
“Te digo que ningún hombre hizo esto”, murmuró Burrows entre dientes castañeteando. “Es obra de alguna maldita bestia. Una vez leí un cuento de un tal Poe, y en él dos mujeres eran asesinadas… ¡por un simio!”
Y de pronto recordé aquella pesadilla aterradora en mi cabaña. ¿Podría Burrows tener razón? ¿Podría haber sido un simio gigantesco el que me atacó y asesinó a la pareja?
Me estremecí ante la idea—y sin embargo, al instante comprendí algo aún más aterrador: ahora sabía que no había soñado con la criatura. Allí, ante mí, estaba el testimonio trágico y mudo de que la bestia existía realmente. Pero los muchos brazos… ¡seguro que ningún simio poseía tal número! Y si no era un simio… ¿qué era entonces?
“Te diré lo que pienso”, dijo Burrows lentamente, esforzándose por recobrar la calma. “Creo que es alguna maldita cosa con la que el doctor ha estado experimentando. Algún monstruo terrible. ¿Sabes de la sangre que ha estado recibiendo?”
Asentí. Burrows se inclinó hacia mí y me tomó nerviosamente del brazo.
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“Sé lo que ha estado haciendo con ella”
Susurró Burrows. “Un día, el hombre del matadero no vino, y tuve que ir yo mismo a traerla. El doctor llevó la lata al laboratorio y vertió la sangre en un largo canal—igual que un comedero de cerdos. Un extremo sobresalía a través de una partición que el doctor había construido dentro del laboratorio. Y cuando la sangre corría por el canal, escuché un movimiento detrás de la partición, como algún animal abalanzándose sobre su alimento.”
“¿Qué clase de animal?”, pregunté.
“¿Qué clase?”, repitió. “¿Qué clase de animal esperas que beba diez galones de sangre cada día?”
Entonces una idea repentina me golpeó. “No pudo haber sido ese animal el que cometió este crimen, fuera lo que fuese”, dije. “En el momento en que escuché el grito yo estaba justo afuera de la ventana del laboratorio. El doctor estaba despierto cuando lo vi por primera vez, y por lo tanto habría sido imposible que la bestia escapara. Mientras yo estaba allí, el doctor se durmió—pero yo estaba justo afuera de la ventana, la única abierta en el edificio, y habría visto cualquier cosa que saliera.”
“Entonces, ¿quién o qué lo hizo?”, exigió Burrows.
“No lo sé—pero vamos a averiguarlo, si es posible”, respondí. “Consigue un arma, si puedes, y únete a mí afuera. Iremos primero al laboratorio, para informar al doctor. Luego registraremos los terrenos a fondo.”
Afuera, la tormenta había aumentado en furia, y tuvimos gran dificultad en abrirnos paso bajo la lluvia torrencial hacia el laboratorio. Los relámpagos iluminaban intermitentemente nuestro entorno como si fuera pleno día, y al instante siguiente nos sumíamos en una oscuridad tan profunda que a menudo tropezábamos y caíamos. Parecía que todos los elementos de la naturaleza estaban en contra nuestra, y aun así persistimos en nuestro intento de llegar al doctor.
Por fin logramos alcanzar los muros sombríos del laboratorio. Burrows levantó la culata de su rifle y golpeó fuertemente la puerta de acero; luego esperamos impacientes a que el doctor la abriera. No hubo respuesta.
Golpeamos de nuevo, y mientras Burrows aguardaba, rodeé el edificio hasta donde había visto el postigo abierto. Un súbito terror me oprimió el corazón al ver que estaba cerrado. Claro, habría sido natural que el doctor lo cerrara contra la lluvia—pero aun así me estremecí. Inquieto y temeroso, regresé a la puerta, donde Burrows esperaba.
“¡No responde!”, me gritó por encima del tumulto de la tormenta.
En vano intenté convencerme de que nada podía haberle ocurrido al doctor, seguro como estaba tras aquellas paredes de concreto sólido. Una creciente angustia me invadió: que tras la implacable puerta de acero hallaríamos otra tragedia. No pude librarme de esa sensación, aunque razonaba que el doctor dormía la última vez que lo vi, y que quizá su agotamiento o la furia de la tormenta le impedían oír nuestros esfuerzos. Al fin cedí a mis temores y sugerí que derribáramos la puerta.
“¿Crees que—”, comenzó Burrows temblando.
“No lo sé”, respondí. “Pero vamos a averiguarlo. Creo que podremos quitar la puerta de sus bisagras.”
“¡Oh, por qué no regresé a la ciudad esta noche!”, gimió Burrows. “Sangre—sangre y asesinato. Primero la hija del doctor y su esposo—¡ahora el doctor!”
“Cállate y trae herramientas”, ordené con brusquedad. “Creo que encontraremos al doctor perfectamente bien; pero debemos trabajar.”
A regañadientes, fue al garaje por herramientas, y nos pusimos a trabajar en la maciza puerta de acero. No sé cuánto tiempo laboramos, pues perdimos toda noción del tiempo en nuestro frenético esfuerzo por alcanzar a nuestro patrón.
Al fin logramos sacar el último pasador. Un fuerte tirón con la palanca, y la inmensa puerta de acero cayó al suelo, donde la lluvia la golpeaba sin piedad. Quedaba una puerta de madera que también debíamos forzar para entrar al taller del doctor. Ésta cedió rápidamente a nuestros esfuerzos, y entonces nos detuvimos, súbitamente sobrecogidos por un miedo desconocido. ¡El lugar estaba en absoluta oscuridad—como la de una tumba!
“¡Doctor Carrol!”, llamé nerviosamente.
Un eco vacío y burlón desde la bóveda fue mi única respuesta. Y entonces comprendí que nunca encontraríamos al doctor con vida—que, por segunda vez aquella noche, estaba en presencia de una muerte horrible y misteriosa.
¡Muerte y algo más! Una intuición sutil me dijo que en aquella bóveda de los muertos había una cosa viva, respirando.
“¡Por el amor de Dios, consigue una linterna!”, dije con voz ronca, aferrando con más fuerza mi escopeta.
Burrows se apresuró a traerla, y un momento después volvió con el objeto deseado.
No sin cierta aprensión, entré en el edificio, dirigí la luz hacia la silla donde había visto al doctor por última vez, y presioné el botón.
Creo que debí gritar al ver lo que apareció. Allí, junto a la ventana, con la garganta desgarrada de oreja a oreja, estaba el cuerpo sin vida del doctor. No dudé de que había sido atacado mientras dormía, y que la misma bestia que había matado a su hija y a su esposo también lo había asesinado. Una cosa peculiar me impresionó: la completa ausencia de sangre. No había una sola gota alrededor del doctor, a pesar de que su garganta había sido destrozada de la manera más atroz.
Entonces comprendí por qué el edificio estaba en total oscuridad. En la muerte, la cabeza del doctor había caído contra la pared y, al tocar el interruptor, había cortado la corriente.
Advirtiendo a Burrows que vigilara de cerca, aferré mi escopeta y avancé hacia el cuerpo. Temblando, levanté su cabeza y encendí las luces. Apenas se iluminaron, escuché un grito horrible y aterrorizado desde la puerta. ¡Burrows había desaparecido!
Con un súbito terror en el corazón, me volví lentamente, reacio a contemplar la visión que había hecho huir a Burrows. Lo que vi fue aún más espantoso que mis más salvajes imaginaciones.
Allí, a menos de tres metros de mí, contemplé la criatura más horrible jamás vista en esta tierra. Medía casi dos metros de cabeza a cola, y poseía una cabeza tan grande como la mía. De pronto se irguió sobre sus largas y delgadas patas.
Y entonces comprendí por primera vez lo que era. A pesar de su tamaño monstruoso, lo reconocí de inmediato: ¡era una araña—una araña gigantesca, horrible, grotesca!
Rezo para no volver jamás a enfrentarme con semejante parodia de la naturaleza. No sé cuánto tiempo permanecí allí, mirando con horror fascinado a aquella monstruosidad terrible. El cuerpo y las patas de la criatura estaban literalmente empapados en sangre fresca y fétida—la sangre del señor Barton y su esposa. Con un escalofrío, comprendí cuán cerca había estado de compartir el destino de los otros dos, y, finalmente, del doctor. Con una súbita furia contra aquel asesino ensangrentado, levanté mi arma.
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Y entonces, levantó la cabeza, ¡y vi los ojos! Fue en ese instante cuando la locura finalmente se apoderó de mí. Grité en voz alta de terror, mientras el arma caía al suelo con estrépito, ignorada. Creo que habría huido gritando del edificio, de no haber quedado paralizado bajo el hechizo de aquellos ojos.
Los grandes analistas me han juzgado loco, y sin embargo sé, tan cierto como sé que estoy vivo, que la cosa que había arrebatado la vida del doctor también había tomado algo más. Algo—no sé qué, salvo que quizá fuera su alma. Porque los ojos—los ojos de aquella criatura abominable eran, sin duda, los magnéticos e inolvidables ojos del doctor Carrol.
Y en esos ojos había una expresión de horror como nunca había visto: el aspecto de un alma condenada. Luego, mientras aquellos ojos magnéticos se fijaban en los míos, me pareció que la expresión cambiaba, que intentaban suplicarme en silencio—tratando en vano de atravesar el abismo y transmitirme algún mensaje.
Esa mirada dio paso a una de decepción. Me pregunté si acaso el doctor intentaba comunicarse conmigo a través de aquellos ojos, y ahora se sentía frustrado porque yo no podía leer sus pensamientos. Nunca pude decidirlo. La expresión cambió rápidamente a una de absoluta desesperación.
Entonces, lenta y deliberadamente, la gran bestia se volvió y comenzó a moverse por la sala. Al llegar a la pared, se detuvo y volvió a mirarme. Desde la grotesca cabeza, los ojos del doctor me observaban con una expresión de horror—horror y algo más.
Al principio no lo comprendí, pero ahora lo sé. ¡El doctor Carrol me estaba diciendo adiós!
Un instante después, una de las largas y desgarbadas patas se alzó por la pared. Lentamente, la bestia se irguió en posición vertical. Luego, casi con desgana, otra pata alcanzó un estante colgado en la pared. Mientras yo aguardaba, una enorme jarra cayó estrepitosamente, derramando su contenido sobre la criatura. Un hedor horrible de ácido ardiente me golpeó las fosas nasales mientras la bestia se desplomaba en el suelo, y yo permanecía inmóvil, demasiado horrorizado para moverme. Lentamente, pero con certeza, el ácido destructor consumió el cuerpo de la bestia.
Me quedé de pie, impotente, observando las convulsiones de muerte de aquella cosa maldita, contemplando la lenta destrucción del cuerpo repugnante que, de algún modo inexplicable, contenía el alma de mi patrón.
Al fin todo terminó. Donde la araña había yacido, no quedaban más que unos jirones y un charco de ácido descolorido. Debí estar completamente loco cuando salí tambaleante por la puerta abierta del laboratorio, hacia el amanecer de un nuevo día, para balbucear a la policía un relato increíble sobre una araña gigantesca que se había apoderado del alma de un hombre. Me dijeron que estaba loco—que la posesión del alma por parte de la araña era producto de mi imaginación desordenada.
Pero el cuaderno del doctor, que encontramos en el laboratorio, prueba sin lugar a dudas que la criatura existió, y aunque incrédulos, se vieron obligados a aceptar que el señor Barton, su esposa y el doctor fueron asesinados por ella. Sólo mi afirmación de que el alma del doctor había entrado de algún modo en el cuerpo de la araña se han negado rotundamente a creer. Y sin embargo, si no es cierto, si las autoridades tienen razón al declarar imposible tal cosa—entonces, ¿por qué la criatura se destruyó deliberadamente a sí misma?
Epílogo: El cuaderno del doctor
Del cuaderno se desprendía que durante algún tiempo el doctor había estado interesado en una teoría según la cual ciertos animales podían ser aumentados de tamaño hasta un límite prescrito únicamente por el deseo del experimentador. Había comenzado su experimento con una araña en lugar de otras criaturas, por alguna razón técnica que explicaba cuidadosamente en el cuaderno, pero que yo no comprendí.
Día tras día, registraba los resultados de su intento, desde el inicio del experimento hasta muy pocos minutos antes de su muerte. Aunque en el momento de escribirlo no podía imaginar el fatal desenlace, dejó esta anotación:
“Es evidente que he cometido un error en la programación de la alimentación diaria. La cantidad de sangre que he estado suministrando resulta lamentablemente insuficiente; y, para empeorar las cosas, el hombre del matadero cometió un grave error en mi pedido de hoy. La bestia está creciendo mucho más rápido de lo que esperaba, y temo que voy a tener serios problemas a menos que pueda alimentarla temprano mañana. Debo enviar a Burrows a la ciudad lo antes posible para que traiga suficiente sangre. Vacilo en pensar lo que podría suceder si esta poderosa criatura llegara a sentir los dolores del hambre.”
Y allí termina el manuscrito, como supongo que terminó cuando yo, desde mi puesto de observación fuera de la ventana del laboratorio, vi al doctor desplomarse sobre su escritorio y quedarse dormido.
He reflexionado mucho sobre cómo la bestia logró escapar mientras el doctor estaba sentado a pocos metros del recinto. Finalmente llegué a una conclusión satisfactoria: el doctor tenía la costumbre de dormitar unos minutos a intervalos irregulares, y fue en uno de esos momentos cuando la araña logró escapar.
✠═════ FIN ═════✠
"Traducción al español realizada por Héctor Torres para El baúl de próspero Todos los derechos de esta versión reservados."

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